Se llama copla democrático

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Mensaje  achl el Miér Mar 29, 2017 8:34 pm



Amigos para siempre


Se conocían del colegio desde niños y eran amigos, y de adultos su amistad era indestructible. Un día, luego de un tiempo, se veían y una noche decidieron hacer el amor. Simple y llanamente, porque no cabía otra cosa, porque se amaban y se deseaban, y ya no podían aguantar más

La una de la madrugada

Después de cenar y de unas copas de más, querían devorar la noche. Ella, una mujer desbordante, hablaba y hablaba. Él, un hombre dócil, escuchaba y escuchaba con tanta atención que se desvanecía entre manidas divagaciones. No quedaban ya garitos a dónde acudir, tampoco excusa qué inventar, caminaban sin rumbo fijo y que la intuición se impusiera. Pero algo engañaba al azar, y sus pasos terminaban en el portal de la casa de ella. Tras una larga mirada, se hizo el silencio; sí, ese silencio de las amargas despedidas. Ella, llevada por el alcohol y por ese fuego interior que la prendía antes de irse a dormir sola, le pedía a él que la besase en la boca y que entrase a su casa...

Al quitarle el sostén, el improvisado amante recordaba su cuerpo de niña, esbelto pero frágil. La había visto crecer, había visto cómo se habían ido formando aquellos preciosos senos, como pintados por el mejor pintor de cuerpos de mujer, que ahora reclamaban sus mimos. En cuyos senos sobresalían unos botoncitos marrones, erizados por la excitación.

Él evocaba una decepción que había sufrido al escuchar, años atrás, a alguien decir que se jactaba de haberlos degustado a placer. Él había respetado tanto los senos de ella, que ni por asomo imaginaba que su saliva los iba a rociar enteros. Aunque le temblaban las manos, no dudaba en acariciarlos, avivando en su buena amiga de siempre una pólvora de expectación e impudicia...

Apenas sentía que los labios de él trotaban sobre su cuello, la hembra salvaje bramó, liberando una sensación de alivio. Nunca había alardeado con él; le consideraba su refugio, su fiel desahogo; pero, no obstante, sentía desde lo más profundo de su ser que era suyo, que ella era la única mujer que podía hacerle gozar.

Ella estaba completamente segura de que esa noche iba a ser de un inevitable sexo salvaje. Una cuenta pendiente, que más temprano que tarde, cuando ella lo dispusiese, tenían que saldar.

La tiesura de aquel miembro se deslizaba por los recios muslos de ella, y el cosquilleo se propagaba traviesamente hacia el mismísimo centro de su vagina. Ella respiraba cada vez con más intensidad y se retorcía. Le excitaba que las miradas de él se derritieran por su cuerpo, la ponía a cien que la mirase desnuda...

Él intentaba arrebatarle el tangas, pero ella, cual resorte, le apartaba la mano; por contra, le pedía que se tumbase, y así poder sentir su piel. Se miraban a los ojos, pero él, amante inexperto, creía que ella pedía más placer. ‘Quizá no pueda yo darle lo que quiere; quizá no estoy a la altura’, pensaba. Pero ella se abalanzaba poseída sobre él y en el acto sentía el varón una lengua bulliciosa que recorría su cuerpo...

Ella, con habilidad y maestría, liberaba el miembro de él de los calzoncillos, el cual estaba lascivamente erguido con el glande al descubierto. Él no quería abrir los ojos y verla así. No entendía que su cándida amiga tuviera ese saber con la boca. Pero para ella no era nuevo, y tampoco se recreaba contándole sus destrezas en asuntos del sexo. Él le pedía que parase, que estaba a punto de eyacular.

Ella, experta y dominante, le hacía comprobar que sus técnicas eran infalibles. En un alarde de ternura se pegaba a él, cogía su mano y la guiaba hasta debajo de su tangas. Mordía su oreja y le susurraba que era su turno, que ya estaba muy caliente...

Como ella sospechaba, él no era hábil con los dedos. Entonces cogía su mano y juntos dibujaban círculos alrededor de su seso.

Siempre había actuado de maestra para su amigo, desde una raíz cuadrada, hasta cómo cocinar cualquier cosa; desde que los dos llevaban babis, hasta que se hallaban completamente desnudos, como ahora...

Le costaba aprender, pero luego el alumno era capaz de superarla en cocinar los platos más sabrosos. Masturbarla no era una excepción; se congratulaba al escuchar sus furiosos gemidos, al verla retorcerse en espasmos, al ver que podía dominarla con tan sólo un dedo. Por vez primera se sentía cómodo y el delirio le desbordaba. Sus deseos se propagaban por otros rincones de su cuerpo, notando la dureza de su pene. Ya lanzado, le quitaba el tangas y le veía la vagina, la cual estaba desierta, como la última vez, como cuando de párvulos descubrían los dos juntos que los niños y las niñas no tenían el mismo sexo. Sus rojos y protuberantes labios incitaban a adentrarse.

Ella,fiera sedienta, le pedía que agitase los dedos, pues tras comprobar que estaba dilatada, le urgía frotarlos con fuerza, y que presionase las paredes. Gemía descontrolada mientras buscaba en el cajón de la mesilla un condón. Pero en ese momento miraba hacia su amigo. No lo veía; era un desconocido, uno más. Su amigo, formaba ya parte de su colección de machos que se rendían a las directrices de su deseo sexual, y más tarde desaparecían de su vida, evitando ella repetir con el mismo...

Olvidando su máxima de disfrutar el momento, se preguntaba para sí el después de esa inesperada noche de amor... '¿Amigos? ¿Amantes? ¿Enemigos? ¿Esposos? ¿Novios? ¿Desconocidos?’. Un abanico amplio en dónde había para escoger...

Él, nervioso pero decidido, le arrebataba el condón y se lo ponía como una exhalación. Su erección era imponente pero sincera. El imparable cautivador se asombraba de sus propios progresos.

¿Lograría aprender de forma rápida y práctica lo que tantas veces ella le había inculcado... 'vivir el presente sin miedo, hacer el amor sin sentir arrepentimientos, ser uno mismo y pasar de juicios ajenos...?'

Entonces él, muy excitado, separándole los muslos y dispuesto para penetrarla, vio en su ojos un sentimiento que conocía a la perfección: ‘la amistad’. Después de abrazarla con ternura, le dijo: 'amigos para siempre'.


Y acto seguido culminaron lo que ambos tenían en mente y que finalmente decidió ella, como siempre


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Mensaje  achl el Miér Mar 29, 2017 9:13 pm



¡Aquéllos antiguos cabaré!

La nutrida clientela masculina, con calentura sexual, se abanicaba el torso semi desnudo. Sus manos apaciguaban ‘sus partes más íntimas’.

Los palmitos de las cabareteras preparados estaban para dar deleite a penes rabiosos. Miles de tentaciones en las sillas, buscando, posesas de iracunda fiebre. Al alba, se veían rayos lunares y solares, y también pájaros azules, acariciándose; limpios lapislázulis, transidos colibríes granates y bellos narcisos carmesí. La clientela era gente de azúcar que se derretía en cántaros de cera caliente.

Por entre las mesas, caminaba la canastera, y en su canasto llevaba un tesoro en contorno lascivo. Casi desnuda iba y era bellísima. Movía caderas y pechos al son de la música. Los saxofones echaban candela, escupían notas de limón, amarillas y verdes, como de caramelos. Sus dibujadas nalgas, y el triángulo de sus rapados pubis ofrecía placer a aquellas salidas vergas, orientadas hacia una gruta de deleite infinito. Los clientes soñaban con camas en el infierno. Las hermosos pechos de la canastera prometían un paraíso de abundante y densa leche. La hembra aquella estaba descomunalmente buena e infernalmente lasciva…

Los clientes, ebrios de vino y de deseo, vibraban en el ambiente. Labios buscaban en donde derretirse, y apoyos en donde descoyuntarse. Ojos de machos, clavados en el cuerpo de aquella nena; y en su cesto: baratijas sexuales y bolas de lotería.

____¿Me compra usted mis géneros?

El mimbre tenía un toque de baboso escarnio. Su vientre iba tatuado con jeroglíficos arábigos.

Y, por fin, sobre el estrado, la primera vedette con la cabeza llena de plumas de avestruz, mostrando sus duros senos y contoneando su cuerpo...

Y poco después, la segunda, y la tercera, con iguales hechuras y maestría corporal...

Y las tres repetían sus contoneos a petición del vocerío...


Pero eso siempre que la caudales echase tanto o más humo que los falos asistentes en la sala


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Mensaje  achl el Miér Mar 29, 2017 11:42 pm



Descubriendo el sexo

Durante mi adolescencia, descubrí que el sexo era algo en lo que pensaba a diario. Iba al Instituto a fingir que estaba sacándome la ESO, cuando no era verdad, ya que era un pésimo estudiante. Había besado a algunas chicas, pero sin amor por mi parte, sólo para poder presumir delante de mis amigos.

En aquella etapa de mi vida disfrutaba de cierta popularidad, sin motivo aparente ya que lo único que se me daba medio bien era jugar a fútbol, y de formar parte de una panda de otros como yo. Pero es innegable que a las chicas les gustan los chicos ‘malos’, por lo que nunca me faltaban oportunidades para besarme con alguna de ellas, aunque eso no me llenaba.

Como cosa normal, la inmadurez reinaba en las aulas.

La primera chica de la que me encapriché era la 'empollona' del Instituto. Se llamaba Rocío pero todos los colegas me decían que pasase de ella, que era muy aburrida. Pero demasiado me atraía como para no estar obsesionado. Además, daba la casualidad de que nuestro tutor nos puso juntos en clase, así que la tenía a mi lado todos los días.

Intentaba entablar conversación pero ella me respondía por pura fórmula. Yo no tenía nada interesante que decirle, pero no podía ignorarla. A veces le pedía un lápiz, o cualquier otra cosa con tal de rozar su mano cuando me lo diese. Soñaba con ella: su forma de hablar, de escribir, de masticar chicle, de expresarse con los profesores cuando no estaba de acuerdo con ellos…

Pero lo tenía muy crudo; yo no era su tipo. Sólo era un calavera, sin nada interesante que aportar a su vida. A veces pensaba en dejarme llevar hasta que llegase el verano, estación en la que la perdería de vista, pero no podía hacerlo.

Entonces decidí cambiar de estrategia. Ya que no había nada en mí que le gustase, me fijé en algunos detalles que le gustaban a ella, quizá así podía conseguir información que me hiciera saber cómo ser más visible a sus ojos.

Durante las horas del recreo, Rocío se encerraba en la biblioteca del Instituto. Le gustaba leer. Descubrí algo que podía explotar a mi favor. Así que lo que hice fue ir a la biblioteca todos los días a leer. El primer día pasé vergüenza, porque todos los colegas me miraban. No se lo podían creer. Nunca aparecía por la biblioteca. Siempre me pasaba los recreos jugando al fútbol. Los demás se sorprendían del cambio experimentado en mí; pero, al final, todo el mundo se acostumbra a todo.

Insospechadamente, leer me gustaba. Fue un hechizo para mí. Estuve todo el 4º de ESO devorando libro tras libro. Me aficioné a la lectura. Y no sólo eso. Rocío ya me hablaba. Me preguntaba por los libros que había leído e intercambiábamos opiniones, nos contábamos cosas, reíamos. Descubrí algo importante para ella y lo transformé en importante para mí. No me hizo falta simular que me gustaba leer, porque en realidad adoraba las horas del patio, pero eran los momentos del día en que podía viajar a otro espacio: leyendo un libro.

El curso tocaba a su fin, y como cada año empezamos a montar una fiesta. Ese año fue en casa de un chico de familia adinerada. Un lujoso y enorme chalet, con jardín decorado con una hermosa piscina. A Rocío nunca la invitábamos; la considerábamos como un muermo, y esa fiesta era sólo para gente guay.

Pero aquel año era diferente. Para mí, sin la presencia de Rocío, la casa estaría vacía. Así que conseguí que mi amigo la invitase. No olvidaré ese día en que mi amigo, que entró por primera vez en la biblioteca, se dirigió a ella para ofrecerle una invitación. Yo estaba leyendo, dos mesas atrás, pero cuando mi amigo se fue, alcé la cabeza y dirigí mi mirada hacia Rocío. Ella me sonrió.

¡Había aceptado!

La fiesta fue un desenfreno y lujuria, mezclado con droga, sexo y alcohol. Había tres grupos repartidos en la casa: uno, se bañaba en la piscina; otro, se 'rifaba' con quien ir a la cama; y el tercero estaba ya perdido por las habitaciones de la casa, haciendo Dios sabe qué. Y no sólo Dios...

Yo estaba en el salón hablando con uno, pero con la vista en la puerta de la entrada. Cuando, por fin, Rocío entró, apenas pude reconocerla. Lucía minifalda verde sexy, y melena negra al aire. Era la primera vez que la veía maquillada. Me vio, se me acercó y me dio los dos besos típicos. Mientras preparaba las bebidas, me dijo que su madre no la dejaba venir, pero el pretexto de las buenas notas siempre ayuda a permisiva. Rocío tomaba ron con naranja, y esa noche opté yo por lo mismo. Bebida dulce para un buen sabor en la boca.

Con las copas en ambas manos, la invité al cuarto de mi amigo, como ya tenía pactado con él. A ella le dije que estaríamos más cómodos y sin apenas música podíamos conversar. Accedió. Un cosquilleo bailaba en mi barriga. El momento se acercaba. Ya en la planta alta, se fue al baño y empezó a retocarse. La miraba y tenía que tragar saliva pues se me estaba agolpando en la boca. Me vio por el espejo y, sonriendo nerviosa, se dio la vuelta. Tuve que limpiarme un resto de saliva que tenía en la comisura de los labios.

Al fin llegó la oportunidad, que llevaba esperando desde el inicio del curso, así que me me acerqué y la besé. Me devolvió el beso. Nos temblaban las piernas. Continuamos besándonos, y a pocos minutos se relajó y rodeó mi cuello con sus brazos. Cerré los ojos y metí la lengua en su boca inspeccionando la suya. Mientras las lenguas jugaban, mi mano derecha bajó a su entrepierna. Rocío dejó de besarme, me cogió de la mano y me llevó hacia la cama. Mi pene crecía y se endurecía.

Siempre quedaré con la eterna duda de qué habría pasado si no hubiese aparecido una amiga suya llorando en el cuarto. Lloraba porque el alumno más grosero del Instituto se había pasado con ella. Rocío me dijo que lo sentía mucho, pero que tenía que irse con su amiga para tranquilizarla.

Antes de salir le dije que me facilitase su número de móvil. Y tan decepcionada como yo, accedió.

Cuando llegué a mi casa, inmediatamente tuve que meterme en la ducha. Mientras me enjabonaba me masturbaba y así mi pene se iba calmando.

Al otro día, la llamé y le propuse quedar en una cala, cerca de mi casa. Ella aceptó. Entonces atravesé toda la playa andando para llegar a la cala, escuchando el rumor de las olas contra la arena caliente. Me ayudaba a pensar ese sonido. Le iba a decir a Rocío que quería iniciar una relación con ella. Me gustaba tanto que no me conformaba sólo con la escena caliente de la noche anterior; quería más...

Rocío estaba ya allí esperándome. Mi corazón se disparaba. Nos besamos y luego di rienda suelta a mis sentimientos. Le dije que quería ser su novio. Me contestó que llevaba saliendo dos meses con un chico de su barrio. Había oído rumores sobre eso, pero no quise creerlos. Agregó que no quería dejarlo y venirse conmigo, porque no estaba segura de que yo fuese en serio, que no podía arriesgarse a perder lo que ya tenía, que lo de la otra noche fue un calentón y que no se arrepentía, pero necesitaba conocerme mejor para convencerse de si merecía la pena.

Así de claro y de rotundo me habló.

Y yo, imbécil de mí, sin poder controlarme dejé que me venciese el orgullo y la mandé a paseo. En realidad, me fue muy doloroso. Era la primera vez que me enamoraba y un golpe tan duro no lo supe encajar. Me fui de la cala dejando a Rocío con la palabra en la boca.

Mientras caminaba hacia mi casa, mi corazón se iba rompiendo. Ya en mi cuarto, lo tenía hecho trizas. Aunque la realidad de las cosas es que un corazón no se rompe, sólo sufre.

Me metí en el cuarto de baño directamente a la ducha, pero en esa ocasión no era para masturbarme. No me apetecía.

Agua a chorros corría por mi cuerpo y lágrimas abundantes por mis mejillas…


En la actualidad, Rocío está ya casada con aquel chico, que resultó ser un buen hombre, y tienen dos hijos. Los mismos o más que podrían haber sido míos si yo hubiera sabido controlar mi estúpido orgullo


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Mensaje  achl el Jue Mar 30, 2017 1:04 am



Mereció la pena

Aquella noche, paseando por Sevilla, decidimos entrar a un cine. No estaba previsto, pero nos gustó la idea. Estábamos cansados de tanto andar y estaba muy dolorida con los nuevos zapatos de tacón alto, y además las medias me apretaban, así que me fui al baño antes de subir a la sala, mientras mi marido iba a comprar palomitas y refrescos.

Aquel largo pasillo con luces multicolores me transportaba a otra época, haciéndome evocar mis tiempos de atrás: noches de cine, primeras manitas... años cargados de emociones y sensaciones.

Mirándome en el espejo del aseo de señoras, se despertó mi lado pícaro y quise sorprender a mi marido. Me dejé puestas las medias y me quité el sujetador y las bragas, y luego entré a la sala. Lucía un suave vestido, pero con las luces apagadas, nadie notaría mis pechos y mis pezones erizados por la excitación que me producía aquella situación.

Llegué a la fila que recordaba vagamente y me senté junto a mi marido, al que apenas pude distinguir. Me pareció que me miró, sin hablar. Entonces me dispuse a ver la película.

Nada más sentarme en mi butaca, la respiración de mi marido se aceleró, como si ya imaginase algo, pero no era posible, así que me lancé: puse una mano en sus muslos, muy cerca de su bragueta, y le saqué su miembro, que ya estaba erecto.

No tardó él en hacer lo mismo que yo. Con su mano derecha en mis rodillas, mi humedad era creciente y cuando llegó a mi bajo vientre, chorreando estaba ya.

Mientras tanto me había dado cuenta que en la fila de atrás de la nuestra había un tipo que no perdía detalle, y aunque su curiosidad me molestaba, estábamos tan a gusto con nuestra excitación que no nos movimos de nuestra fila; por lo que dejé que los dedos de la mano que tenía entre la piernas agitase mi vagina, a plena libertad.

Simulando que nuestros ojos estaban posados en la pantalla, ni siquiera nos mirábamos. Cuando me vino un orgasmo me costó controlarme, pero lo superé.

Fue algo genial.

Después, como satisfecha, miré a mi marido y le di un beso cómplice.

Pero, de pronto, me quedé helada. ¡Había estado tocándome un extraño! ¡No era mi marido!

Entonces todo lo comprendí enseguida. Mi marido era el de la fila de atrás. Siempre había sido ésta su mayor fantasía, y el azar, o no sé qué, la había hecho realidad aquella noche.

Sin mediar palabra alguna, me levanté rápidamente y salí a todo gas de la sala. Mi marido me siguió. Ya en la calle, nos reímos de esa forma que sólo nosotros sabemos y comprendemos.


Aunque todavía hoy, más de seis meses después de aquel episodio, continúan en mí el susto y la vergüenza, mereció la pena


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Mensaje  achl el Jue Mar 30, 2017 2:04 am




Mi Ani


Esta historia mía... ¿cómo olvidarla? Recuerdo cada momento como si fuera hoy mismo. Trato de olvidar lo ocurrido y de nuevo vuelve a mí. Mi nombre es Ana, ahora tengo 18 y dicen mis amigas que soy una chica guapa y que tengo un bonito cuerpo


Bueno, aquí voy a relatar algo que me cambió la vida cuando yo contaba 16 años…

Era un viernes lluvioso en el colegio. Yo estaba en clase dibujando, mientras el profesor de Gramática explicaba, escribiendo en la pizarra, una lección.

____¡Ana! -gritó el profesor.
____¿Sí, señor profesor? -dije, sonriendo, mientras dejaba el lápiz sobre el escritorio.
____¡No voy a permitir que estés dibujando en mi clase!

Aun su más que evidente enojo, pude comprobar que no paraba de mirar mis piernas. Yo llevaba la típica falda escolar, pero muy por encima de las rodillas.

____Ya he dejado el dibujo –dije, todavía sonriendo.

De pronto, sonó el timbre de salida de clase y todos los alumnos empezaron a recoger sus cosas, El profesor se quedó sentado y me llamó a su mesa.

____No has tomado ni un solo apunte, Ana. No quisiera catearte. Así que te dejaré un trabajo especial –me dijo mientras buscaba en su estantería.
____¡Vaya! –me dije en voz normal, contrariada.
____ Toma. Este es un vídeo que contiene algunas bases de la Gramática. Quiero que me traigas los apuntes el lunes próximo.
____Está bien -le dije mientras me dirigía hacia la puerta.
____¡Un día de estos hablaré con tus padres! -me dijo, enojado.
____¡No se preocupe; yo se lo diré a ellos! –y salí, dejándole con ganas de seguir hablando

Era la hora del recreo, pero fui a mi taquilla, donde Javi, un pinta golfete de 18 años, alto y guapo, y de dos cursos superiores al mío, me esperaba.

____Hola, Ana –me dijo.
____Hola, Javi –le contesté, con mi típica sonrisa
____¿Qué vas a hacer esta tarde? –añadió, y sus ojos miraban mis pechos.
____Esta tarde… esta tarde... Nada en especial. ¿Por...?
____Porque casualmente tengo yo el vídeo que te dio tu profesor. ¿Qué tal si lo vemos juntos? –dijo, sin dejar de quitar la vista en mis pechos.

La cosa era bien simple: iría a casa de Javi, vería el vídeo y haría los apuntes.

____De acuerdo. ¿Dónde vives? –le pregunté.
____Por eso no te preocupes, yo te llevaré -me respondió.

La mañana siguió normal, cada clase se me hacía eterna. Hasta que llegó la hora de la salida. Javi tenía ya su flamante deportivo a la entrada del colegio.

____¿Nos vamos? –me preguntó.
____Antes tengo que avisar a mi casa. No tardaré -le respondí.
____No tienes por qué llamar. Terminaremos muy pronto y yo te acercaré.
____En ese caso, vámonos ya...

Llegamos a su casa. Vivía solo. Su familia era adinerada.

Entramos, nos acomodamos, él sirvió dos refrescos, puso el vídeo y se sentó a mi lado.

Hacia muchísima calor, lo que me obligó a tomar la bebida muy rápidamente. El vídeo era muy lento y pesado, y en cada escena sentía sueño. Peleaba por mantenerme despierta. No podía dejar de ver ese vídeo, para así evitar males mayores, además de que no quería quedarme sola con Javi.

____¿Te sientes bien, Ana?
____Sí, sólo un poco mareada.

De repente, sentí cómo perdía fuerza. No podía moverme. Unas manos empezaron a recorrer todo mi cuerpo. Intenté apartarlas. Inútil. Casi dormida estaba ya. Las manos subían y subían, hasta pararse en mis senos y después en mi bajo vientre. Trataba de soltarme con todas mis ganas.

____¡No me toques! ¡No me toques! –decía, medio inconsciente.
____Tranquilízate, Ana, todo va a ir bien -sólo esas palabras pude escuchar.

Pero eso fue lo último que oí en boca de alguien, antes de sentir un extraño placer y de quedarme poco después profundamente dormida...


A los nueve meses de aquello, tuve un precioso bebé: mi Ani, auténtica locura de sus abuelos maternos. Su padre todavía no la conoce, ni a ningún familiar de él. ¡Y ni falta que le hace a mi niña! ¡Es mía y sólo mía!


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Mensaje  achl el Jue Mar 30, 2017 5:20 pm



Una perla apareció por mi pub

Me llamo Antonio y tengo 31 años. Desde adolescente aprendí de algunos detalles que dan sentido, diversión, y placer a cada existencia. Y si bien cada cual tiene sus propias cosas, para mí en este momento nada mejor que estar sentado a la barra de mi pub, en mi ciudad, Sevilla, con una jarra de buena cerveza fría y un paquete de cigarrillos. Estando así, siento que el tiempo se detiene y que estoy a punto de encontrar una mujer que me haga feliz y yo a ella


Las cinco menos diez de la madrugada...

De repente, la puerta se abrió y tenue luz se dejó caer sobre una figura, que parecía de mujer. Sólo pude ver una silueta de unas curvas. Afuera, la lluvia caía fuerte, pero aquella figura no estaba mojada, sin duda por la protección de un impermeable largo verde que la cubría entera.

____Disculpe, el pub está ya cerrado por esta noche -dije desde el otro lado del local
____Lo siento. No lo sabía -respondió, con voz casi inaudible.- Vi desde afuera que había luz y por eso entré...

Dio unos pasos hacía la barra y pude verla entera. Su cara era tersa y su piel de un delicado color crema. Sólo por eso, me dio la sensación de que era foránea. En sus ojos pude ver tristeza, pero no di mayor importancia, pues el color celeste y profundo de ellos me estremeció de tal forma que sentí que no podría hablar. Sus labios eran suculentos y vi lo hermoso de ellos, mezclados exquisitamente con un fuerte rojo de carmín y que a su vez combinaba con lo que más me deslumbró: un pelo que caía hasta su coxis. Pero no fue eso lo que sisó mi atención y que me había cautivado; su deslumbrante belleza era lo que me tenía embobado.

Después de verla más cerca, me auto confirmé en lo que vi.

____Y si el pub está cerrado, ¿por qué estas tú aquí bebiendo cervezas? -me preguntó, aún en pie junto a una mesa cercana a la barra.
____Porque soy el propietario, quien lo dirige y manda -respondí, dentro de lo extasiado que estaba en ese momento.
____¿Podría al menos tomar una copa? -preguntó de nuevo, a la vez que se acercaba más a mí.

Dudé pensando si en verdad eso estaba pasando. Llevaba mucho tiempo con mi pub y era la primera vez que me ocurría algo así.

____Bueno, una copa no se la niego a nadie. Total, no iba ya hacer nada más y a las cinco cierro -contesté recuperando mi tono-. Mi camarero se se marchó ya, pero yo puedo servirte. ¿Qué deseas tomar?

Desvió sus ojos al estante de licores. Pensativa lo recorrió de una esquina a otra, parándose en botellas de whisky, vodka, ron. Finalmente se quedó mirando fijamente una hilera de whisky.

____Un whisky –dijo, decidida
____Ok. Si quieres, siéntate en una de esas sillas mientras te lo preparo.

Se sentó y yo me levanté, dirigiéndome al otro lado de la barra. Por unos instantes, se produjo un incómodo silencio entre nosotros, sólo se oía un ruido de botellas, debido a que buscaba el mejor whisky para dejarle una buena impresión de mi negocio.

____¿Te molestaría si pusiera música? -me preguntó, con más confianza que antes-. Este pub está más triste que yo -agregó.

La miré de reojo mientras abría una botella de Chivas18, etiqueta negra. Sin percatarme, mi cara reaccionó con un gesto de desagrado.

____Disculpa, quizás me esté tomando demasiada confianza -su voz era temblorosa, como asustada.- Será mejor que me vaya.

Reaccioné desconcertado, si saber bien qué ocurría.

____No, por favor -respondí, con la duda de qué habría pasado para que cambiase de parecer, después de haber insistido para quedarse a tomar una copa.- ¿Algo te ha molestado? -le pregunté.
____Bueno… tu... expresión -tartamudeó levemente.
____Disculpa. Mi cara suele aparentar que estoy molesto, pero no es así. No he pretendido molestarte.

Suspiró aliviada. Se levantó de la silla y se sentó en un taburete, junto al mío. Pasado un instante, se levantó de nuevo y dio unas zancadas hasta llegar a la máquina de discos.

____En la parte de atrás hay un interruptor para encenderla -dije sin dejar de mirar el vaso donde vertía el Chivas.

Luego de que encendió la máquina, sentí una moneda caer golpeando a otras al fondo del aparato.

'Nostálgica música suena; mala pieza para calmar el espíritu turbado de esta nueva clienta', pensé. Dejé el whisky preparado sobre la barra y me aproximé a la máquina. Digitalicé en el tablero dos números más.

____Con eso, las canciones seguirán hasta que acabe el disco -le dije con un tono de voz, claramente para agradar.

____Gracias -dijo de forma que casi no pude oír, y se sentó de nuevo.

Ya sentada, bebió un sorbo de Chivas, pero con elegancia. Cada vez que mis ojos la miraban, me quedaba más hechizado por ella.

____¡Es magnífico este whisky -exclamó-. Como se ve que eres el dueño y sabes tratar bien a tu clientela -agregó, sonriendo.

De pronto, se quitó el impermeable rojo que llevaba puesto, dejando ver su figura totalmente. Ya había logrado distinguir sus bellas curvas. Ahora era disímil. Si ya antes quedé sorprendido por su espectacular belleza, de pronto, me pareció estar frente a una modelo.

Llevaba falda verde muy ceñida y body negro muy escotado, que dejaba ver gran parte de unos pechos redondos, mayores que el tamaño normal. Si no fuese por el body, los senos estarían al descubierto. Diría que vestía elegante. Los brazos y las partes de los muslos que pude ver, mostraban cardenales y arañazos recientes.

En el momento que se giró para dejar su impermeable en el taburete de al lado, pude ver que la falda era de unos quince centímetros por encima de las rodillas, dejando ver buena parte de los muslos. Era una chica muy sensual.

Volví a alzar la mirada y mis ojos toparon con los suyos. Sonrió, no sabría decir si pícara o irónica. En ese momento, sólo quería recrearme en aquel hermoso cuerpo, quizá maltratado.

____No es para tanto -se percató de mi intención, y en tan sólo segundos su cara cambió a expresión triste.- No soy tan bella. O al menos no todos los hombres me ven como tú.

De esas palabras pude sacar algunas conclusiones y quizá del por qué de venir a mi pub con urgencia por beber. Pensé que habría algo oculto que no quería confesar, ni, por supuesto, yo preguntar. Le respondí:

____Eres lo suficientemente bella para dar guapura a mi negocio -mi voz delataba cabreo contra el bastardo que la había dejado así.
____Gracias por su halago, señor dueño -y le vi una sonrisa nerviosa.
____No me llames así. Me hace parecer mayor –dije en forma graciosa.- Me llamo Antonio, y por cierto, aún no me has dicho tu nombre.

____Creo, señor dueño… -otra vez sonreía–, que no necesita saberlo, pero puede llamarme Perla –y alargó su mano derecha.

Esperaba que estrechase su mano como cualquier saludo, pero en vez de eso la cogí entre mis brazos y la besé, cosa que le cogió por sorpresa. Se sonrojó y se apartó. Cuando superó la vergüenza, me miró a los ojos y los dos sonreímos.

Mi jarra estaba vacía, así que cogí otra lata. Era una exquisita Mahou, por su rubiez y su sabor serrano. Encendí un cigarrillo. Ella también acabó su whisky, por lo que presto fui a por la botella de Chivas, cubilete con hielo y botellita con agua mineral.

La charla empezó a fluir, y con Chivas y Mahou de por medio pude saber que era decoradora de 'El Corte Inglés' de Nervión, y que ese día libraba. Conversamos sobre temas diversos, pero no pude lograr sacarle lo que le había ocurrido antes de llegar a mi pub; por lo tanto, dejé de insistir para no echar a perder lo poco que quedaba para cerrar. Mi aburrido día pasó a placentero, algo que no había pensado que iba a ocurrir.

De pronto, mi preciosa clienta enigmática puso una de sus manos en mi muslo derecho.

____Gracias, Antonio. Lo he pasado bien, pero no creo tener en mi bolso suficiente dinero para seguir consumiendo –me dijo. Pero parecía que no quería irse.
____No te preocupes por eso. Todo corre por cuenta de la casa -respondí, con una sonrisa, para tratar de animarla.
____Si me quedo sé que abusaría de tu hospitalidad -añadió.
____En absoluto. Es un placer tenerte aquí -le dije, sin poder ocultar mi satisfacción por tan grata compañía.

Se puso en pie y me abrazó. Con mi cabeza sobre su pecho, podía sentir el suave peso de sus senos. En ese momento me percaté de que era casi de mi estatura, o sea, muy alta.

____La verdad es que me gustaría quedarme, si no es molestia -susurró a mi oído en un tono, entre insinuante y tímido.

Mi corazón corría cual AVE. Me pareció disímil a otras chicas que conocía. Diría que una hembra especial. Desde luego, guapísima y con un palmito que podría resucitar a un muerto.

Antes de que pudiese responder o decir algo, me besó con tal pasión que mordió mi labio inferior. Pude sentir una ansiosa lengua buscando la mía, jugueteando dentro de nuestras bocas.

Busqué con ansia su cuello y me deleité con su dulce aroma. Su perfume, que olí que era Quizás Quizás Quizás, me envolvía, como me abrumaba tanta dulzura. Pero la vi a falta de cariño, sobre todo de macho.

Levantó la cabeza para que pudiese moverme con total libertad por todo su cuello. Cada vez que la besaba sentía su fuerte respiración en mi oído, produciéndome un cosquilleo excitante. Apenas lo notó empezó a gemir, resoplando sus labios. Llegado a este punto, mi miembro era ya un tubo alargado de acero macizo.

Seguí besando su cuello para luego empezar a descender hasta su canal. Otra vez me encandilé: sus senos eran grandes, redondos y bien hechos. Al igual que en los animales se adivina su edad por la dentadura, en casi todas las mujeres, lo es por la turgencia de sus senos, por lo que calculé que aquella despampanante ignota tendría sobre 30 años.

____Ahora puedes hacerme algo más que tocarme -me susurró con tono sensual, deseoso e incluso exigente.

Por el momento, no quise actuar, estaba un poco cortado. Puse mi mano en sus senos y los acaricié. Podía sentir su anhelo. Sólo allí alcé la mirada y vi su cara rebosante de placer, y también deseosa.

____Sigue así. Son tuyos, puedes hacer con ellos lo que te apetezca -me dijo a sovoz, aun su agitada respiración.

Subí su falda hasta la cintura y dejé su sostén al aire. Llevé mis manos a su espalda para soltarlo y sentí su carne tibia y tersa, clamando bajo mis palmas. Lo desabroché, dejándolo sobre el taburete de al lado de donde estábamos.

Sus pechos eran una delicia. Actué de inmediato sobre ellos y comencé a lamer sus pezones.

____¡Muérdelos! -me pidió con voz suplicante.

Y los mordí, y ella dejó escapar gemidos. Dos de mis dedos jugueteaban en su bajo vientre, siempre delicadamente.

De repente, cogió mi cabeza y me hizo subir. Me besó apasionadamente. Puso una mano en mi pecho y me hizo retroceder contra una silla.

____Siéntate -suplicó, seductora.- Es tu turno de disfrutar.

Me soltó el cinturón y me quitó los vaqueros que llevaba, arrojándolos al suelo. Mi pene ante sus ojos, estaba realmente rabioso. Hacia ya algunas semanas que yo no había tenido sexo.

La vi sorprendida, y tuve una mezcla de sentimientos; por un lado, sentía satisfacción, pero a la vez seguía cortado.

____Tu miembro es enorme y duro -dijo, admirada por lo que tenía entre sus manos, rompiendo el silencio que se creó. Y supongo que dijo eso de 'enorme y duro' debido al alcohol ya ingerido.
____No es para tanto. Ni yo presumo de ella -sonreí nuevamente con una mezcla de deseo y algo más. ¿Me estaba enamorando...?

Se humedeció su mano derecha con su saliva y empezó a masturbarme. Se sentía feliz, y más aún cuando su boca se fue hacia la mía y me besó, acompasada con los vaivenes de su mano.

____Me estás dando placer. Eres buena para el sexo, y sabes bien como satisfacer a un hombre -susurré entre gemidos.

Quedé mirando su mano mientras disfrutaba de aquello. Pero, de pronto, vi que cambió la mano por la boca, cuya succionaba ahí abajo, de forma increíble. En verdad, era demasiado buena en esto. Sentí como metió mi pene entero en su boca, y no pude evitar dejar salir rugidos. Su boca se movía sincronizada, alternando las lamidas de rápidas a lentas, mientras su lengua se recreaba con mi glande y con el agujero del meato. Y cada vez que me hacía esto, un escalofrío recorría todo mi cuerpo, para luego sentir un gusto indescriptible. Llevaba ya tiempo sin hacer el amor, y ahora iba a pasar apuros por descargar en su boca, algo que Perla, deseosa estaba de que eso ocurriese.

Empero, cogí su cabeza y la aparté de mi miembro, para luego darme la vuelta. Fue entonces cuando ella puso sus manos sobre mis piernas y me forzó a sentarme sobre su vientre.

____¡Descarga sobre mi cara y en mis senos! -exclamó de nuevo con esa voz suya tan sensual y ya tan atrevida.

No pude aguantar más y regué esas partes. Sentía inmenso placer, pero hubiera preferido que ella también hubiese tenido un orgasmo al mismo tiempo que yo. Entonces me miró a los ojos.

____No te apures, Antonio. Esa era mi idea: darte placer a ti -me dijo con tono amable, como adivinando de nuevo mis pensamientos. Pero yo no lograba comprender por qué sólo se conformaba con mi disfrute...

____Cuando vuelva a estar en forma, seguiremos y gozaremos juntos -añadió, como si de nuevo hubiese leído mi mente.

Ahora todo tomaba sentido para mí. Dejé a un lado mi cortedad. La cogí y la levanté. Ya de pie, la besé como nunca creo haber besado a alguien, para luego echarla sobre la mesa. Subí su falda, dejando al descubierto su tangas negro, de igual color que el sostén e igual de elegante. Separé sus piernas y llevé mi boca a su vagina. Podía oler su sexo, envolvente y dulce. Puse la lengua en su tangas, que estaba mojado. Corrí la prenda a un lado y ahí estaba una vagina rosada. La besé lentamente hasta que puso sus manos en mi cabeza y empecé a chupar de un lado a otro con delirio frenético. Alcé la cabeza y la miré, como viendo su reacción. Entonces metí un dedo y lo moví, cuando lo sentí mojado metí otro. Perla empezó a dar gritos de placer, y yo poco a poco sentía que mi miembro era roca, hasta que descargué un chorro de semen.

Se levantó y se quitó la falda. Entre tanto placer, no me percaté de que llevaba liguero que la hacía sexy. Me besó y se fue al taburete. Allí estaba su chubasquero. Sacó un monedero de un bolso. En ningún momento me di cuenta que traía bolso, debió ser por la poca luz cuando llegó. Abrió la cremallera del monedero y sacó un preservativo.

____Ninguno de los dos queremos problema o sorpresa -dijo, picarona, y después se echó sobre mi cuerpo.

Me quité la camisa y ella se agachó para ponerme el condón con la boca en mi casi flácido pene, y la verdad no sé cómo pudo hacer eso...

Quería decirle algo en ese momento, pero ninguna palabra acudía a mi boca. No sé si por la emoción, o tal vez por la excitación. El caso es que debí haberle dicho algo.

Al igual que antes puso una mano sobre mi pecho y me empujó hacia la silla, se instaló sobre mí y sosteniendo mi pene, se lo metió lentamente en su vagina hasta que estuvo completamente dentro y erecto de nuevo. Empezó a moverse. Era una mujer fascinante, atrevida y responsable a la vez. Al ser de vagina estrecha, el placer que sentía era mayor. Se movía de tal modo que adormecía mis sentidos. No me importó que sus pechos estuvieran tapados; puse mis manos en ellos y los pellizqué. Sus propios gritos la volvían loca y pedía más y más. No sé cuando tiempo pasaría mientras estábamos así. Perdí la noción de todo.

De pronto se paró y se levantó rumbo a la mesa. Se inclinó apoyando sus pechos contra la madera.

____Ven -me dijo con su voz, ya conocida por mí, sensual, a la vez que se daba cachetes en sus nalgas.- ¡Hazme el amor por detrás!

Me fui hacia ella y nuevamente hinqué mi pene, y ahora 'lo hicimos' más fuerte que antes. No podía creer que todo eso fuese verdad. Y tampoco podía creer tantas corridas seguidas por mi parte...

Le di un par de nalgadas y ella gemía. La mesa de madera crujía a cada movimiento de nuestros cuerpos, pero no le prestábamos atención. Todo era realmente delicioso. En ese momento, se paró otra vez el tiempo.

____¡¡No lo saques que ya me viene!! -gritó como una condenada.

Yo también estaba a punto otra vez, por lo que hice esfuerzo para esperarla, aunque era difícil, a juzgar por sus gestos. De pronto sentí cómo todos sus músculos se apretaban, y caía tendida en la mesa, y fue entonces que no pude aguantar y largué más que las veces anteriores.

____Eres una joya. Creo que te amo -susurré entre jadeos.
____Digo lo mismo de ti, señor dueño -respondió con guasa.- Yo no sólo lo creo, sé que te amo. Pero mi vida es difícil, y por nada del mundo quiero que mis problemas puedan salpicarte.

Nuestros cuerpos empezaron a enfriarse lentamente y sentimos el efecto de la fría y lluviosa noche, hasta entonces totalmente desapercibida para nosotros. Me quedé rumiando sus últimas palabras...

____Ahí adentro hay un cuarto, si es que quieres pasar la noche aquí. La cama no es muy grande, pero me da que eso no es problema.
____También a mí me da. Muchas gracias por todo lo que está haciendo por mí -dijo con voz triste, como si se estuviera despidiendo–. Vamos ya a la cama. Tengo frío.

Le señalé la puerta para que entrase, mientras me deshacía del condón. No recuerdo la hora, sólo que nos acostamos juntos y abrazados. Dormí tan bien esa noche que si no fuese por la triste sorpresa de la mañana siguiente, hubiese sido el mejor amanecer de mi existencia.

Al despertar, Perla no estaba a mi lado. Salí al local y no estaba ni ella ni su ropa. Sobre la barra había una servilleta con un beso tan rojo como sangre. Junto a la servilleta estaba su tangas negro. Sonreí, y no sé si por lo anecdótico de la situación, o porque la risa escondía mi pena.

Después de vestirme, revise bien todo el local. Nada. Ni una nota. Si no fuese por los recuerdos que me quedaron, habría creído que todo fue un sueño. Eso sí, un maravilloso sueño.

Pero mi vida siguió como siempre. Este fue otro detalle que aprendí para ser feliz, bueno..., un gran detalle. Y ella, que en verdad se llamaba Perla, no regresó, aunque tengo la esperanza de que algún día lo haga o tal vez haya regresado con su novio. Sentía pena por eso máxime sabiendo, casi con toda seguridad que fue el causante del maltrato físico y psíquico que se veía en su cuerpo y que marcaba su alma.

El pub abre todas las tardes hasta las 5 de la madrugada. Pero, ahora, a a hora de cerrar, ya no hay historias de 'Perlas apareciendo'. No paro de pensar en ella y en lo felices que podríamos haber sido.

Al cabo de catorce días y trece noches, sin saber nada de ella, una tarde, a las cinco y veinte apareció por el pub, más dolida sentimentalmente y más maltratada físicamente que la vez anterior, pero con la satisfacción de haber hecho lo que muchísimo antes debió hacer: denunciar a aquel tío malvado, que ella llamaba novio, cuyo fue detenido y enviado a la cárcel por un juez. Me miró, me sonrió y me dijo:

____Nadie, ni tan siquiera mis padres, me han tratado con tanta ternura y tanto amor como lo hiciste tú en la noche que nos conocimos. Te aseguro que te amo, y si tú me amas como dijiste, me encantaría que fabricásemos los dos juntos nuestra felicidad.


¿Se imaginan ustedes lo que yo le respondí? Ahí va una pista: ¡Dios, mi Perla ha vuelto conmigo!


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Mensaje  achl el Jue Mar 30, 2017 8:45 pm



Se ponen a hablar de sexo



Anoche, con Loli, la amiga ninfómana de Alex, el propio Alex (gay), Fran y yo, en un bar, hablamos sobre sexo...


Empezó Alex diciendo que hacía ya más de una semana que no se metía una rosca y que ya era hora de 'culear' de nuevo, pero que 'aquellos' que se ofrecían a él, no eran pa su culo.

Yo confesé, sin rubor, que me la casco a diario, como un loco. Y algunos días varias veces. Pero ningún problema con eso. Todo el mundo debería sobársela con frecuencia.

Loli, al loro, me miró a los ojos, divertida. Incluso diría que le gustaba o le interesaba el tema. Me preguntó:

____¿Y si tuvieras pareja seguirías cascándotela?
____Por supuesto que sí.
____Sabrás que eso es una forma de infidelidad.
____Pues tu padre estaría de acuerdo -interviene Alex, afirmando que el padre de Loli es psicólogo, especialista en sexo.
____Mi padre está loco de remate.
____Pero, por lo general, los psicólogos saben lo que dicen.
____¡Y qué...!

Loli vuelve a dirigirse a mí.

____Oye, ¿y por quién.?
____¿Por quién qué?
____¡Qué por quién te la machacas!
____Por todas. Más tarde o más temprano, todas caen.
____¿Qué todas caen? ¡Jajajajaja! -ríe a carcajadas.
____Sí, y en tu caso me 'voy' muy rápido.

Loli sonríe sin dejar de mirarme a los ojos. Como un acto reflejo, empieza a rodear el vaso con la mano. No aparta la vista de él. Bebe un sorbo de cerveza y sigue mirándome a través de la curva del vidrio. '¿La tendrá de este tamaño?', susurra para sí.

____Y eso no es todo...
____¿Qué no es todo? ¿Qué más haces?
____¿De verdad te interesa?
____Interés, lo que se dice interés no sería la palabra. Siento morbo.
____Bueno, a veces saboreo el semen.
____¿El tuyo?
____De quién si no.

Los ojos le bailaban a la ninfómana

Alex seguía expectante la conversación.

____Pues yo no lo saboreo, me lo bebo -dijo Alex
____¡Ahora o nunca! -me dijo Alex, mirándome.
____¡Cierra la boca! -le dijo Loli, sonriendo nerviosamente, y mirándome, añadió-: oye, no sabía yo que tú eras tan morboso.
____Pues ya ves....

Alex hace entrechocar los hielos en su vaso. Mira a Loli y le dice:

____¿Os dejo solos?
____A Loli le encantaría -respondo mirando a Alex e intentando rozar un muslo de ella por debajo de la mesa.
____¡La verdad es que sí! -Loli se mordió el labio inferior.

La voz de Loli sonó líquida, lúbrica, como lanzada a través de las paredes de su ardiente vagina. Durante más de un minuto, unos ojos ninfómanos me atraviesan de parte a parte...

Se hace silencio lujurioso. Alex se revuelve incómodo en su silla. Cupido prepara sus flechas de carne. Siento que acabo de tirarme a Loli. 'Esto es lo que viene siendo un polvo mental', pienso...


...y, súbitamente, noto mis calzoncillos mojados


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Mensaje  achl el Vie Mar 31, 2017 7:12 pm



Visité a mi ginecólogo

Dos meses después de que me operase de la matriz, acudí de nuevo a mi ginecólogo para que me hiciese una revisión, y así ver cómo iba todo.

Mi ginecólogo es un hombre soltero, guapo, alto y atractivo, además de ser amable y simpático, y se cuida mucho. Y todo ello unido a las buenas relaciones y disposiciones con todas sus clientas, lo hacen un ser realmente encantador.

Se le ve un celo especial con el expediente de cada mujer, algo que nos gusta porque conoce nuestras intimidades al hacernos desnudar y someternos a exploraciones del sexo. Yo, particularmente, a veces, fantaseo con que en una de mis revisiones acabe haciendo el amor con él en su propia consulta.

Esta mañana telefoneé a su enfermera, para que me diese una cita. Me era urgente que me examinase después de la operación, así que conseguí que me recibiera ese mismo día, a última hora.

Llegué a su consulta y sólo había una señora esperando. Apenas ella salió, apareció la enfermera y me dijo que ya podía pasar. Entré y él me preguntó que cómo me encontraba, que si sentía molestias. Una vez que le respondí, le piropeé y le dije:

____Oye, guapetón, quiero consultarte algo -muy desahogada yo.
____Dispara, bellezón -me respondió, zalamero siempre.
____Verás. Yo soy una mujer a la que le gusta los juegos sexuales. Mi marido y yo somos personas muy liberales, por lo que mantenemos intercambios sexuales y a la vez nos damos libertad para hacer sexo con otras personas, y lo hacemos con mucha frecuencia. La cuestión es si el ser yo promiscua me puede perjudicar, teniendo en cuenta la operación que me acabas de hacer.
____Tener relaciones sexuales con diferentes hombres puede originar un riesgo de enfermedades de transmisión sensual, y más aún si ellos no usan preservativo, pero eso no afecta en nada a tu reciente operación -respondió.
____O sea. A ver si lo he entendido bien. Si tú y yo, ejem... por ejemplo, ya sabes..., no habría problema, sólo el riesgo de algún contagio si hubiera alguna enfermedad venérea en cualquiera de los dos -le argumenté.

Mientras asimilaba mis ultimas palabras, percibí que mi idea le había calado; primero, por su lasciva mirada; segundo, por un interés más abierto sexualmente, que jamás había mostrado; y tercero, por el bulto que se iba formando en su entrepierna.

____Así es. Por cierto, sé de gente que se dedica a intercambios de parejas. Si quieres te presento a...
____No, no, gracias -lo interrumpí-. Lo que realmente me interesa es conocer a algún hombre cercano para hacer un trío con mi marido y conmigo.

Esperaba ansiosa que al pronunciar esa premeditada insinuación, se diera por aludido y mostrara alguna reacción por su parte. Y la hubo. ¡Vaya si la hubo! Incluso al ver sus ojos encandilados llegué a pensar que estaba más deseoso que yo por 'hacérselo' conmigo y que por decoro y respeto hacia su clientela, que ya indiqué al principio, nunca se me insinuó en ninguna de las muchas visitas que solía hacerle, que eran casi mensuales, que aunque puedan verse excesivas, precisamente le visitaba con esa frecuencia por tanto sexo como practicaba y con diferentes personas, ya que también se incorporaba a mi colección, algunas amigas, bisexuales como yo.

____¡Anda, pillina, dirígete hacia ese cuarto! -señaló con la mano-. ¡Y vete desnudando para hacerte una 'buena revisión'!

Pasé al cuarto y empecé a desnudarme. Para no mostrar tan abiertamente un acumulado deseo por él, por aquello del orgullo, me quité el pantalón, la blusa y me bajé las bragas hasta las rodillas, quedándome en sostén.

Al poco, entró y me dijo que me quitase todo. Sonreí, satisfecha, por lo que no tardé en obedecer. Me lo estaba ordenando el hombre que más deseaba en los últimos meses.

Me eché boca arriba en la camilla y abrí las piernas. Me miró y sonrió de nuevo, pero enseguida noté que un dedo suyo comenzaba a toquetearme ahí abajo. Y esa forma de mover el dedo no era lo que él hacía en las revisiones. Sentía placer y soltaba quejidos, mientras él seguía con su masaje. Pero lo que yo realmente deseaba era que me poseyera. Y el sólo hecho de pensar que pudiese entrar la enfermera y nos pillase, me ponía más cachonda todavía.

Mientras continuaba tocándome, empecé a abrirle la cremallera del pantalón y saqué su miembro de la prisión que la retenía. Le indiqué que se desnudase, mientras me agachaba y metía su pene en mi boca, subiendo y bajando por todo su recorrido y apretándola con mi lengua. Mientras succionaba, acabó de desnudarse, quitándose la bata blanca y después el pantalón. Entonces dejé su miembro libre de mi boca yéndome presurosa hacia su despacho. Me tumbé en el mullido sofá. Ya allí, más deseosa que nunca, exclamé con énfasis:

___¡¡Hazme tuya ya, que estoy a punto!!

Tumbada le vi venir hacia mí, totalmente desnudo y con su miembro erguido, mojándome más al ver una hermosa tranca y por saber que en pocos segundos iba a estar dentro de mí, poseyéndome y poseyéndola.

Se puso encima mía y me penetró. Estaba tan ardiente como yo. Mi vagina estaba abierta y empapada de jugos; y su miembro, húmedo y lubricado con mis salivas. Lo sentí dentro, atravesándome hasta el fondo y saliendo para al poco volver para hundirse en mis entrañas, en un pasional movimiento de mete y saca, que me proporcionaba un placer jamás antes experimentado. Es que mi deseo hacia aquel hombre venía desde muy atrás.

Luego de lanzar gemidos, su boca, que hasta entonces sólo se había empleado en lamer mis pechos, tapó mi boca y su lengua hacía mil diabluras con mi lengua, las mismas mil diabluras de su miembro ahí abajo, y dos dedos de su mano derecha frotaban sin parar mi puesta en marcha, con una maestría que iba más allá de sus técnicas ginecológicas.

Sentí dos orgasmos casi seguidos, y me habría habido más si me lo hubiese propuesto. Un espasmo me llegó sin avisar, haciendo que cerrase los músculos de mi vagina para retener aquel miembro, que me volvía loca, lo que provocó una prolongada convulsión suya, que a su vez hizo que mi espasmo se alargase más al sentir dentro un latigazo, provocado por un chorro de líquido caliente disparando a mi vagina.


Siempre me ha gustado sentir los quejidos, y a veces rugidos, que lanzan los hombres con los que me acuesto. Y mucho más me gusta el sentir de ellos cuando descargan a borbotones en el pozo de mi sexo


Cuando vi que su miembro se escapaba de mi interior y volvía a su volumen de flaccidez, me incorporé y me puse en medio de sus piernas; apreté mis labios superiores y metí su penen en mi boca, apretando suavemente los testículos hasta que su ariete volvió a tener la dureza y el grosor necesarios para volver a penetrarme.

Con deseo vehemente me puse a horcajadas sobre él y, bajando mi cuerpo, fui introduciéndome su glande hasta sentarme encima de él, siendo yo entonces la que subía y bajaba, sintiendo su pene entrar y salir a la vez que le iba diciendo que estaba deseando de tirármelo, que me acariciase, que me besase y que me comiese entera, palabras llenas de lujuria que le excitaban aún más, hasta el punto de alcanzar juntos una sublime culminación.


Y luego de unos diez minutos en aquel 'San Sofá', descansamos un poco. Medio repuestos ya, le dije que le avisaría con tiempo para hacer el trío, y que con independencia de eso, cada vez que viniese a su consulta podríamos repetir la misma experiencia de esa inolvidable 'revisión'


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Mensaje  achl el Sáb Abr 01, 2017 10:54 pm



Sin premeditarla, noche lujuriosa


Si dos personas de igual sexo o de diferente sexo se abandonan a una pasión, algo imprevisible puede ocurrir cuando menos se espere


Era una fría tarde de un viernes de invierno, y como otro día cualquiera terminaba de llegar de la Universidad a mi humilde vivienda. Vivía sola. Había tenido que salir de mi pueblo y venirme a la ciudad, Sevilla, para poder estudiar la carrera de Veterinaria, y hacía ya seis meses de eso.

Bueno, antes de seguir mi historia me presento:


Me llamo Alicia, soy una chica de 19 años, alta, pelo moreno. Creo que simpática, atractiva y con buen cuerpo. Pero a pesar de todo eso, no he conseguido amistad con ningún chico de la facultad; todos ellos se fijan sólo en mis grandes aunque bien puestos pechos, y eso me tiene muy acomplejada, hasta el punto de que me he planteado seriamente dejar de salir con mi grupo de amigos habitual


Cuando llegué a la ciudad, conocí a un mujer de más edad que yo, 40 años, de nombre Sara. Nos conocimos por casualidad en una charla impartida en mi Universidad, a la que asistimos las dos y terminamos sentándonos juntas. Compartíamos aficiones y gustos. La veía como mi hermana mayor. Me sentía a gusto con ella, y comprendida. Y según decía ella, sentía lo mismo por mí. Quedábamos algunas tardes, después que yo salía de la Universidad y ella de su trabajo, e íbamos a tomar algo y a conversar. Nos contábamos absolutamente todo con total confianza. Ella sabía mi vida entera, y yo la suya. Era perito aparejadora y tenía una buena remuneración económica. Vivía sola en un ático del centro de la ciudad. Había tenido un novio, pero las cosas no iban bien y lo dejaron, año atrás. Y desde entonces no había vuelto a estar con nadie más.

Como he dicho antes era un viernes por la tarde, hacía frío y la noche próxima estaba ya. Esa noche mi grupo de amigos iba a salir. Me habían invitado a ir con ellos, pero rechacé la propuesta, poniendo como excusa que no me encontraba muy bien, pero no era esto lo que me sucedía. Todos los que iban lo hacían acompañados de parejas, y yo estaba cansada de estar siempre sola y pasaba de sentirme una molestia. Cosa que me entristecía.

Mientras caminaba hacia la parada del autobús que llevase a mi casa, saqué mi móvil del bolso y llamé a Sara; necesitaba contar mis penas a alguien, y a quien mejor que a mi única amiga en la ciudad. Me dijo que por qué no nos veíamos y así no me iría tan temprano a mi casa, máxime viernes siendo. Acepté.

Como era costumbre, quedamos para vernos en la cafetería en la que lo hacíamos siempre. Me apresuré para no hacerla esperar mucho, pero el último autobús había pasado y no me apetecía esperar en la parada con el frío que hacía, así que presurosa me fui andando. Una vez que llegué, Sara me estaba esperando sentada en una silla de una de las mesas. Me saludó mano en alto y me fui hacía ella. Ya a su lado, me fijé en el modelo que vestía. Debo decir que era una mujer guapísima, con un cuerpo espectacular y que aparentaba menos edad de la que en realidad tenía. Se maquillaba poco, sólo rime en ojos y algo de color en mejillas. Siempre vestía muy elegante, con zapatos de tacón alto y ropa de marca. El gusto por la buena ropa, era algo que compartíamos. Ese día iba más maquillada de lo normal: vestía un costoso vestido, de esos arábigos, y una chaqueta negra del mismo estilo. Estaba realmente preciosa. Vio que la miraba con detenimiento, me sonrió y me dijo:

____¡Pero siéntate, pequeña! No sé si me miras tan embobada porque estoy muy guapa o porque me queda fatal esta indumentaria.

Le gustaba llamarme 'pequeña'. Sonreí y le dije:

____Tu indumentaria te queda genial. ¿Pero a qué se debe ese look de hoy? -la piropeé y luego le pregunté eso, sonriéndome.
____Pues se debe a que he tenido una reunión con mi equipo para tratar un asunto importante para nuestro gabinete, y es por eso que me he arreglado un poco más -respondió.

Después de haber tomado café, haber charlado un buen rato y haberle contado mis penas, me propuso irme a su casa, para cenar con ella, y así no quedarme sola y animarme un poco. No sabía qué decirle. Había estado ya en su casa algunas otras veces, pero nunca por las noches, y me preocupaba cómo regresar a mi casa a altas horas y con el tiempo que hacía. Me dijo que no me preocupase por eso, que ella me llevaría en su coche. Bromeó acerca de si podía quedarme a dormir en su casa.

Y eso no sería mala idea. Su piso era mil veces mas acogedor que mi humilde de estudiante.

Al llegar a su casa, preparó algo rápido para cenar y nos sentamos a la mesa. Se esmeró, alegando sonriendo que era su 'pequeña invitada'. La verdad es que le tengo cariño a Sara, por todo, sobre todo por su amabilidad, lealtad, dulzura... Era una mujer encantadora, con la que resulta difícil llevarse mal. Durante casi toda la cena, no se por qué, no pude dejar de alabar su belleza.

Una belleza natural, marcada no sólo por su físico, del cual destacaba sus grandes y bellos ojos grises, su hermoso cabello rubio, a veces con trenzas, y su espléndida figura; sino por su adorable carácter, capaz de sacarle una sonrisa a la persona más triste.

Luego de la cena nos sentamos en el sofá. Yo estaba pensativa, ya que seguía deprimida por sentirme sola, y además por verme alejada de mi familia, a cuya veía una sola vez al mes debido a que mi pueblo el más apartado de la provincia y mi situación económica no era muy boyante. No pude evitar derramar unas lágrimas. Al ver ella que me venía abajo, enseguida trató de consolarme. Me rodeó con sus brazos y me propinó un cálido beso en la frente.

____No voy a dejarte sola nunca. Recuerda que eres mi pequeña.
____Gracias que te tengo a ti. No sé que haría si no estuvieras a mi lado siempre -respondí.

No quería que acabase esa noche. Me sentía protegida mientras estaba entre sus brazos. No entendía qué estaba ocurriendo. De repente, Sara había pasado a ser algo más que una amiga.

Cuando me dejó de abrazar, la miré a los ojos. Me sonrió. Vi su perfecta sonrisa y después clavé mis ojos en los suyos. Tenían un brillo especial. Me sentí confusa, dudando de si la situación era real o estaría soñando. Sin saber cómo, lentamente llevé mi rostro hacía el suyo para así rozar nuestros labios. Fue sólo unos segundos, segundos en que sentí como si el tiempo se detuviese. Un pensamiento cruzó mi cabeza. Pude sentir su dulzura. Volví en sí y retiré mi boca de la suya, temiendo su reacción. Me miró, confusa. Pensé que me pediría que me marchase de su casa. Pero no fue eso lo que sucedió...

Pasó su mano derecha por detrás de mi cabeza, me acercó más a ella y empezó a besarme. Al principio, suave, pero después acarició su boca a la mía y mordió suavemente mis labios, acabando en un apasionado beso, en el que nuestras lenguas se conocieron y se saludaron de esa forma tan original.

Pasamos así un rato, besándonos y acariciándonos, como si no hubiese un mañana. No decíamos nada, la palabra no estaba invitada. Cada vez más cerca la una de la otra, cuerpo contra cuerpo, buscando pasión. De pronto, me cogió de la mano, me dijo que nos levantásemos y me llevó a su dormitorio. Y ya en él adiviné que las cosas iban a llegar mas lejos de lo que esperaba. Pero quizá era eso lo que deseábamos, al menos yo.

Me tumbó en la cama, poniéndose a mi lado mientras se desabrochaba el vestido. Me quité la blusa y quedamos las dos en sostén. Seguíamos con nuestro juego de besos y caricias, ahora con menos ropa. Puse mi mano en su cintura, para luego subir hasta sus senos. Estaba deseosa por tocarlos. Al hacer yo eso, ella hizo lo mismo, desabrochándonos los sujetadores la una a la otra, y así acariciarnos de forma directa.

Al besarnos nuestros grandes senos se rozaban, pudiendo sentir así sus mamelones contra los míos. Después de eso empezó a besarme el cuello, y lentamente fue bajando hasta llegar a mis pechos. Los besó y los lamió, todo lo que quiso, mordisqueándome los pezones., Esa era la mayor sensación que había sentido hasta ahora.

Empecé a acariciar sus senos con mis manos mientras besaba su boca. Ella estaba loca con esos besos. Amplié a sus mamelones con la punta de la lengua, para terminar devorándolos, y entonces Sara empezó a rugir.

Entre besos y caricias comenzamos a quitarnos lo que nos quedaba de ropa, y cuando me percaté estábamos completamente desnudas, pude contemplar su increíble figura. Si con ropa era bella, sin ropa era más todavía. Acaricié todas y cada una de sus perfectas curvas, y ella hacía lo mismo conmigo. Por impulso, bajé una mano hasta su sexo, alzando de vez en cuando la cabeza para mirarla a los ojos. Con dos dedos de mi mano derecha palpé sus labios vaginales, para después pellizcar su clítoris. Esto hizo que soltase un gemido que me encantó. No podía creer que lo que estaba pasando era real, que lo que tanto había pensado, sin querer reconocerlo, estaba pasando.

Sara bajó también su mano hasta mi sexo, y se dispuso a hacer lo mismo. Y sólo con el roce de sus dedos sobre mi vulva, mi excitación aumentó a temperatura febril, y entonces tuve el primer orgasmo. Esto hizo que soltase un gemido, y ella lo notó enseguida. Le gustó. Me miró a los ojos y seguimos masturbándonos, la una a la otra, hasta que entre besos, suspiros, gemidos y hasta rugidos, llegué a otro orgasmo, pero esta vez ella también. Pude ver cómo se humedecía mi mano con sus jugos, cosa que poco antes me hubiese resultado repugnante, pero ahora no. Todo lo contrario.

Nos miramos intercambiando risas febriles, besándonos y entrelazando nuestras lenguas. Me echó en la cama, se puso delante mía y me abrió completamente las piernas. Sabía lo que me iba a hacer. Estaba nerviosa, sentía una mezcla de morbo y vergüenza, que en el fondo me producía un inmenso placer. Con mirada pícara, acercó su boca a mi vagina, besándola. Y lo hizo muy despacio y con sabiduría. Subió sus manos y cogió las mías. Eso me gustó muchísimo. Así, me sentía muy segura.

Empezó a lamer mi vulva con la punta de la lengua, con lametones en toda la zona. Apenas subía el ritmo, paralelamente iban creciendo mis gemidos. Ahora recorría todo mi sexo con su boca, lo besaba, lo lamía y metía su lengua lo más que podía. Yo no podía más, iba a explotar. Sentía que me venía de nuevo; iba a largar otra vez, pero me daba vergüenza hacerlo en su concavidad bucal. No obstante, no pude evitarlo y descargué mis jugos en su boca, y ese orgasmo incluso me hizo temblar. Y mi sexo seguía en su boca. Me cubrí la cara con las dos manos por vergüenza. Pero inmediatamente, ella las cogió y las retiró.

____No te sientas mal, pequeña -y chupó lascivamente mis labios.

Ahora tenía que devolverle el favor. La eché en la cama, y ella abrió las piernas. Era la primera vez que le hacía un cunilingus a una mujer, pero la pasión me llevó. Me aproximé a su sexo, saqué la lengua y, con la punta, empecé a lamer sus labios menores y, a intervalos, clavaba mis ojos en los suyos. Me excitaba comprobar que estaba así por mi culpa. Lamiendo su sexo terminé por devorarlo entero, pasando mi lengua por allí donde quería, haciéndola gemir, cada vez más rápido hasta que dio un grito y sus líquidos terminaron en mi boca. Pude saborear sus jugos, sus excitantes jugos.

Recuperado el aliento me puse encima suya, de tal forma que nuestras vaginas rozaban, y así comencé a moverme, para ir subiendo el ritmo, hasta acabar cabalgándola. Gemíamos. Me incliné hacia adelante para que nuestros senos se uniesen y poder besarla, mientras gritaba. Podía percibir su olor, cuyo ella lo vio en mis ojos, así que ambas alcanzamos un sublime orgasmo. Pero Sara quería más. Se incorporó, se puso ante mí y entrelazó sus piernas con las mías, haciendo tijeras.

Nuestros sexos toparon de nuevo, húmedos y sensibles, pero esta vez de modo más directo. Empezó a moverse sin parar y yo la seguí. Ahora podía sentirla dentro, sentir su calor. La sensación era increíblemente excitante. Nos movíamos, por vez más rápido, gritábamos, gemíamos... Nuestras vergüenzas y nuestro pudores se habían ido a paseo. En ese momento, éramos una sola persona.

____¡¡No pares, puta!! '¡¡Síííí!! ¡¡Aaaaahhhh!! -rugía Sara.

Jamás había escuchado a Sara decir tacos. Pero lo cierto es que eso de 'puta' me hizo explotar y a moverme como nunca lo había hecho. Me abalancé sobre ella y empecé a besarla, lamerla, a juguetear con su lengua en mi boca. Nos encontrábamos abrazadas, frotando nuestros sexos sin parar.

____¡¡No pares!! -exclamé con énfasis.

Tanto placer junto era incontrolable. Nos fundimos entre intensos momentazos de placer. Después, cosa normal, caímos rendidas sobre la cama y nos quedamos dormidas, casi sin darnos cuenta...


A la mañana siguiente, desperté entre sus brazos. Sara estaba ya espabilada. La miré largamente, y ella simplemente sonrió


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Mensaje  achl el Dom Abr 02, 2017 5:15 pm



Y la conocí esa misma noche

La morena de rompe y rasga despertó, reminiscente y resacosa de una noche de libaciones y trasnoche. Sus traviesos ojos negros, sus mullidos labios carmesí y sus erectos mamelones purpúreos invitaban a gozar de nuevo de su cuerpo cobre. Su curvilínea figura era tan perfecta y tan atrayente que no podía resistirme a la tentación de mordisquear sus erectos mamelones y saborear su sensible punto de los labios menores de su vulva.

Con sencillez y lentitud ensayadas se puso en pie completamente desnuda. Paseó su imagen, mostrando una energía sexual en ebullición, como pidiendo guerra. De nuevo se echó sobre la cama, exponiendo con maestría su suntuoso y redondo trasero, a la vez que se pellizcaba los senos y lanzaba miradas de esos... '¡ven, ven, ven...!'.

El cansancio me podía, pero una vez más a sus encantos me rendí, uniendo mi cuerpo con el suyo... Y pasó lo que tenía que pasar, que ellos solos se entendieron, pero de caballero es de esto no hablar.


¿Era sumisa en la cama o se comportaba así, para más tarde, a medida que la pasión la desbordaba, transformarse en una ansiosa ninfómana por conseguir más y más?


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Mensaje  achl el Dom Abr 02, 2017 5:29 pm





Suicidios de corazones

Era noche calurosa, pero una suave brisa mecía las hojas de los árboles. Aquella cita era peligrosa e inapropiada y, aún sabiendo lo vital que era discutir el tema en privado, de algún modo sabía de antemano el riesgo que suponía estar a solas con él de noche y de todo alejado. Sin ser mala idea, al menos por complacer a un desesperado deseo de, por una vez, sentirse amada, usó sus encantos de mujer y tocó los puntos débiles de él, sin compasión alguna. Y él, cual niño que se entrega por cometer una travesura de la que sabía que iba a ser castigado, unió sus labios a los de ella, no sin antes decirle que había perdido los papeles. Y los perdía.

Lo más hermoso de los sentimientos y las sensaciones humanas es que los deseos son tan intensos y tan irrefrenables que muchas veces son capaces de tumbar a la razón. Precisamente por eso, llovía una enorme cantidad de los besos más cálidos y más deliciosos que podía recordar...

Iba perdiendo las formas, y sus manos empezaban a dedicarse, y no con menos entrega, a tareas más serias. Sus cuerpos se exigían el contacto, como los pulmones el oxígeno. Y así, pegados como siameses, y por toda la superficie del suelo rodando, perdían la ropa que les estorbaba...

Se cubrían de besos. Trazaban senderos con sus lenguas por la longitud del otro. Se abrazaban y se abandonaban a la locura de la fiebre que les recorría los cuerpos, mezclado con el amor que hacían de aquel acto un auténtico suicidio de corazones...

Allí, casi a oscuras, entre caricias, besos y miradas febriles, no había sitio para la falacia. Cada milímetro de piel, cada brillo de ojo repetía palabras de amor. Y ya podrían luego mentirse el uno al otro, quitarle importancia al asunto, fingir fortaleza y caminar en opuestas direcciones e incluso no volver a verse. La piel no tiene murallas; las miradas las atraviesan.

Esta forma de profesarse amor era como agotar un último cartucho, la última caja de petardos encendida explotando en todas las direcciones. Cuando él por fin entraba en ella, ni siquiera le parecía  brusco el dolor que le producía su invasión. Sabía de sobra que la primera experiencia con un varón era dolorosa, pero tenía la sensación de que incluso había subido el placer que estaba sintiendo...

Casi no sabía adónde aferrar sus manos. Le cogía la cabeza y enredaba una mata de pelo entre sus dedos, y con su otra mano arañaba la piel de su espalda. Él, cada vez se iba volviendo más frenético en sus acciones, y no sólo le golpeaban sus embestidas, sino que sentía el fortísimo latido dentro de su pecho desbocado, siempre que su cuerpo se pegaba al de ella. La sensación era intensa. Una euforia incontenible la recorría desde los pies hasta el pelo. El ritmo de su amante aceleraba hasta que sabía que algo tenía que estallar de un instante a otro. Lo sentía en su interior, a la vez que se desplomaba sobre su pecho. Acomodaba su cabeza sobre sus senos y lo abrazaba contra ella acariciándole el pelo y apretándole con fuerza. Lo sentía como un niño, con el corazón taladrándole el pecho y diciéndole... ‘mira lo que has provocado’.

El sabor agridulce del final la hacía sonreír de la misma manera mientras cerraba los ojos y lo retenía más entre sus brazos. Él quería contribuir a su propio final, pero su fiebre, súbitamente se había apagado al paladear la realidad, y le pedía que lo dejase estar. El sentimiento de una pérdida tan grande que estaba sufriendo en ese momento, la desconcentraba. El momento de locura había terminado. Y ella, aún con la sonrisa agridulce de la derrota en los labios, estaba dispuesta a dejarle ir sin pelear...

Habían miradas tiernas, abrazos silenciosos, y luego auto concienciación, excusas, mentiras necesarias y aclaraciones. Se vestían en silencio y, tras un último beso de despedida, el raciocinio había vuelto a marcar la pauta. Quizá en algún lugar del mundo alguien lamentaba saber que los humanos siempre lo hacían todo complicado...

Quizá ella, luego de haber vivido tantos años en soledad con hembra no pensaba que acabaría compartiendo lecho con macho; y menos todavía con uno al que había amado tanto. Nunca sabía lo que pensaba. La única verdad que le había dejado, acababa de terminar...

Se daban la espalda, y ella, agarrándose las enaguas y atravesando los campos a plena madrugada, corría hasta llegar a su casa. Muy sigilosa se colaba por la ventana y, tras desnudarse por segunda vez en aquella noche, se hacía ovillo en la cama. Decidía aprovechar que aquella sería la única noche que podía conciliar el sueño en mucho tiempo.


Cerraba los ojos con el olor embriagador del reciente encuentro, todavía en su piel, y después caía rendida, dormida


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Mensaje  achl el Dom Abr 02, 2017 5:43 pm




Soliloquio de mujer acerca del porno

No me gusta escribir sobre porno, me gusta ver porno. Admito que no veo el punto de escribir sobre ello; bueno, no es que no lo vea, es que no se me ocurre el enfoque que podía darle. Para mí no ha sido un asunto que requiera mayor atención en mi vida, o en el que repare para tratar de reflexionar.

Soy mujer y me gusta el porno. Supongo que esto es algo que puede llamar la atención, aunque no veo el por qué. Desde hace tiempo, las mujeres han sido absolutamente responsables de sus gustos sexuales y el porno, para mí, es el más simple de todos, porque ¿qué es lo que se necesita para hacer porno? Muy simple: dos personas enfrascadas en hacer el amor frente a una cámara.

Creo que el porno puede ser una herramienta para la auto exploración de las personas, no sólo para masturbarse, sino para conocer estilos, formas, lugares y sonidos que puedan dar más placer. Origina algo de curiosidad y expectativa y se debe tener cuidado con ello. Hay mujeres pornostars que simulan los orgasmos (aunque en el porno convencional no se repare en el orgasmo femenino), en situaciones que no pueden ser placenteras para toda mujer, teniendo en cuenta eso y una pareja sexual lo mismo de curiosa, se pueden fabricar divertidos y gustosos momentos.

Para mí, el porno debe tener audio, y soy más fan del casero que del profesional, aunque haya Compañías pornográficas que les gustan producir porno menos pegajoso y más sensual. Pero soy mujer y no haría honor a mi sexo si de cuando en cuando no se me antojase 'un algo especial': cera caliente, felaciones fantasiosos, cunilingus excitantes… o lo que quiera que sea.

No me va ver porno con mi pareja. Cuando en la televisión ponemos algún canal con este contenido, es porque nosotros ya hemos empezado antes con nuestra actividad. Imagino que el día que nos dedicásemos a verlo sería acompañado de palomitas y refrescos y toda esa actitud para burlarnos, admirarnos, asquearnos. Lo que sí hacemos es hablar sobre nuestros hallazgos: vídeos, fotos, posturas… Dialogamos de lo que se nos antoja en cada momento y que son detalles que después tenemos presentes a la hora de hacerlos nosotros.

Pero entre mujeres, con ninguna de mis amigas he hablado de porno. Nunca. Sé y me consta que todas lo hemos visto, pero ni siquiera sé qué tanto lo frecuentamos. Sólo con una amiga, con la que no he tenido contacto físico, porque vive en otra ciudad, he hablado de este tema, y creo que es por eso que las mujeres guardamos un cierto decoro en cuanto a algunos puntos de nuestra intimidad. Con esta amiga nunca intercambiaría vídeos favoritos, y supongo que será porque demostrarle a cualquiera lo que te excita es una información gratuita, y aunque el porno sea la cosa más simple del mundo, como un fontanero desatascando una cañería, o un mecánico reparando un motor, o un electricista arreglando una avería de luz, te deja demasiado vulnerable y te roba un poco de ti.


¡Bah, pamplinas! ¿Por qué y para qué hablar de porno? Mejor verlo, y todavía mejor, hacerlo


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Mensaje  achl el Dom Abr 02, 2017 6:44 pm





Silvia y Lucas


Nunca salían a ningún sitio, siempre en su casa, pero tampoco era mala idea...


Silvia le miraba a través del espejo.

Y ahí estaba él, echado sobre el sofá con los manos detrás de la cabeza, mirándola mientras se vestía, sin pensar que tenían que salir en quince minutos.

Ella cogió el otro aro, ladeó la cabeza, para que su melena despejase su hombro, y después de ponérselo le dijo en un tono airado:

____¡Lucas, ¿se puede saber cuándo vas a empezar a vestirte?!
____Tranquila, hay tiempo aún -respondió, sin inmutarse.
____¡Quince minutos, Lucas, quince minutos, no te hagas el tonto!
____¡Pero si yo sólo tardo cinco minutos en prepararme! -y, saboreándola con los ojos mientras se subía el vestido rojo por las piernas, añadió-: no como una que yo conozco…

Lo fulminó con la mirada y le dijo:

____Sí, sí, ya me gustaría a mí verte poniéndote medias, desenredándote treinta centímetros o más de pelo, peinarte, combinar la ropa, elegir los zapatos, el bolso y…
____¡Vale, vale...! -la interrumpió sonriéndose. Pero ella seguía...
____…maquillarte y perfumarte... Te tengo que dar las gracias por si sales de aquí duchado y con algo más que los calzoncillos.

Él se puso en pie y la abrazó por detrás besándole el cuello. Ella se tensó al principio, pero un segundo después se aflojó suspirando.

____¿Por qué siempre me haces lo mismo?
____¿Qué es lo que te hago?

Silvia lo miró acusadora, pero no pudo evitar sonreír porque esa última pregunta, bien podría tener un doble sentido.

____Y a ver si esperas a que me vista, me peine, me 'todo', para después decirme que no quieres ir.
____Es que me chifla ver como te viste -le susurró sobre la piel debajo de la oreja. Bajó la mano hacia sus piernas-, ver como te metes las bragas por una pierna… y luego por la otra... -le acarició los muslos, subiéndole el vestido.
____En realidad, lo hago así porque está tú mirándome -se sinceró.
____No sabes cómo me gusta observarte cruzar las piernas para subirte la cremallera de las botas…

Seguía acariciándole la parte interna de los muslos. Luego alzó una mano enredando sus dedos en su melena.

____Me chifla ver como te cae el pelo por detrás mientras te lo cepillas.

Tiró de su pelo suavemente, ladeando la cabeza hacia un costado, y besó su cuello mientras hundía la otra mano en su entrepierna, hospedándose en su sexo, cubierto por bragas rojas.

Silvia lo miró a los ojos y le preguntó, como resignada:

____¿Entonces no quieres ir?

Él subió la mano por su entrepierna y la metió por debajo de las bragas. Con sumo cuidado, le puso el dedo del corazón sobre la suave piel que cubría su vulva.

____¿Y tú quieres ir? -le preguntó a su vez, haciendo círculos en el pubis.

Silvia soltó el aire que estaba conteniendo y dejó caer su nuca contra el pecho de él.

____No… -dijo medio enfadada. Y añadió-: pero… es que nunca vamos a ningún sitio. Siempre acabamos quedándonos en casa -concluyó.

La rodeó con su brazo por la cintura mientras su traviesa mano, afanosa continuaba en el sexo.

____¿Y qué hacemos cuando nos quedamos en casa? -le susurró al oído.

Ella se estremeció al sentir el aliento caliente sobre su oreja.

____¡Venga, habla, ¿qué hacemos?! -insistió preguntándole con voz ronca atrapándole el lóbulo de la oreja con sus labios.

____De todo con el sexo, la boca, la lengua y los dedos -respondió, al fin, relamiéndose los labios.

Él, sorprendido, levantó las cejas y soltó una carcajada.

____¿Así lo llamas? Pensé que ibas a decirlo de una manera más delicada -bromeó mientras no paraba de mover sus dedos sobre el clítoris-: como hacernos el amor, o algo así -añadió.

Definitivamente, ella no tenía ganas de ir a la fiesta que la habían  invitado.

Él hundió más la mano entre sus muslos y apoyó los dedos sobre sus labios vaginales masajeándolos, sin aún abrirle el sexo. El pulgar lo apoyó sobre los labios menores de la vulva y vio como a ella se le aflojaban las rodillas. La sujetó con más fuerza por la cintura mientras la derretía con caricias.

Cuando Silvia soltó un sollozo de placer, él sintió cómo se le endurecía su miembro; se lo apretó contra las nalgas mientras la besaba en el cuello. Ella volvió a gemir, y entonces él alzó la cabeza para verla en el espejo. Vio unas lágrimas en su mejilla.

Siempre le arrancaba lágrimas de pasión, pero ese día había tal tristeza en su mirada, en su expresión, que lo enfrió. Dejó de mover la mano en su húmedo sexo y, después de unos momentos, le preguntó:

____Silvia, mi amor, ¿de verdad quieres ir a esa fiesta?

Ella abrió los ojos y arrugó el entrecejo.

____¡Cómo que si quiero ir!
____Que si tú quieres ir, vamos.

Permaneció en silencio por unos segundos antes de decir:

____Me estás liando, Lucas -en ese momento su voz era una mezcla de sonrisa e incredulidad-: ¡ahora no quiero ir, ea! -agregó.

Ella se movió entre los brazos de él para que la soltase, pero él mantuvo su brazo firme. Luego, con dos dedos de la mano de ese brazo, empezó a acariciarla por allí abajo. Deslizó sus ágiles y largos dedos sobre su sexo, hacia arriba y hacia abajo, a todo lo largo de sus labios vaginales llegando de nuevo a la zona de los labios menores. Y cada vez los movía con más intensidad; aunque, eso sí, de una forma delicada.

Ella se rindió a los pocos segundos y cogió aire con fuerza, quedándose inmóvil. Los dedos masculinos bajaban y subían sin parar a un ritmo casi vertiginoso, resbalando entre los pétalos del sexo de ella. Le apoyó los labios contra la oreja, rozándola con su aliento mientras le frotaba la vulva en movimientos tan rápidos como sensuales.

En un momento tocó el botón de los labios menores con sus dedos húmedos y calientes, y ella aflojó todos los músculos en un intento por retrasar un clímax. Se hubiera caído al suelo si él no la hubiera estado sosteniendo. La penetró con uno de los dedos y, alzándola por la cintura y por su entrepierna, la levantó y se echó en el sofá con ella encima.

Su melena cayó sobre su cara, tapándole los ojos, pero se concentró en sus manos. Metió una por su escote y comenzó a masajearle uno de sus tersos senos, mientras con la otra, dos de sus dedos la penetraban.

Ella gemía y gemía ante las habilidades de él en el menester.

Mientras él la acariciaba ahí abajo pensó que siempre pasaba igual. Cuando ella se estaba preparando para salir con él o sola, la invadía una excitación.  

Él retiró el dedo de su interior y le restregó la palma por todo el sexo, esparciendo la humedad por toda la zona. Le encantaba hacer eso: alternar entre movimientos delicados y suaves con otras cosas no tan delicadas pero excitantes, como hacerle chupar los dedos para que pudiera saborear sus propios jugos.

Hundió la mano más adentro de sus muslos y sondeó en busca de su ano. Estaba a punto de penetrarlo con un dedo, cuando recordó su resolución de hacía unos momentos.

Con el ruido de su circulación en oídos, largó un suspiro y decidió hacerla acabar cuando antes. Antes de que no pudiera controlarse, sacó la mano del sujetador y se incorporó en el sofá, acomodándola entre sus piernas. La otra mano siempre en la vulva.

Una vez cómodo, con sus brazos la apretó con fuerza contra su erección, encajándola justo ahí, y luego dirigió esa mano a su sexo. Le metió dos dedos con la izquierda, y con la derecha, húmeda y caliente, le apretó el interruptor de placer. Silvia dejó caer la cabeza hacia atrás con la boca entreabierta, conteniendo la respiración.

Él se dio cuenta de que intentaba otra vez retrasar el orgasmo, mientras él mismo se lo quería provocar. Eso, junto con la idea de hacerle el amor justo cuando ella no podía porque tenía un compromiso, tremendamente le excitaba.

Le apoyó el pene sobre su cara, y le metió los dedos lo más que pudo mientras que apretaba más fuerte sobre su sexo. Silvia se crispó y le clavó las uñas en la espalda, retorciéndose él antes de que su cuerpo comenzase a sacudirse. La apretó con las manos atrayéndola hacia su cuerpo, sosteniéndola, penetrándola, acariciándola y gruñendo en su cuello mientras su placer casi lo hace acabar a él también.

Una vez que la tormenta de placer pasó, se dejó caer sobre él como si se le hubieran derretido todos los huesos, contrayéndose involuntariamente de vez en cuanto bajo los dedos de él, que aún seguían acariciándola en su interior. Se los retiró al fin y le pasó otra vez la palma por toda su zona genital, empapándola completamente, desde los risitos íntimos hasta bien dentro en sus muslos.

Luego sacó la mano de sus bragas mojadas, con cuidado de no tocar su vestido que estaba subido hasta la cintura; y, cogiendo su barbilla entre el pulgar y el anular, le metió dos dedos en su boca mientras le pasaba la  lengua por todo el cuello.

Ella los chupó saboreándolos, sin abrir aún los ojos. 'Suficiente', pensó él, y le metió los dedos hasta el fondo una vez más y se los retiró de la boca pasándolo por los labios como si le estuviera limpiando un manjar

Al notar que se incorporaba Silvia, se espabiló un poco.

____Umm… -murmuró-. Ha sido genial -soltó una sonrisa que le hinchó el pecho a él. Bueno, el pecho y el pene-. Pero me has dejado agotada. Tendrás que esperar un poco para empezar otra vez -añadió.

Él la abrazó sonriendo con ternura.

____Esperaré hasta luego de la fiesta, pero tenemos que prepararnos.
____¿Qué fiesta? -preguntó ella, confusa.
____La fiesta de... el cumpleaños de… ¿De quién era?
____Sonia. Pero… -se giró hacia él-, es más que obvio que no vamos a ir. -le dijo, despierta ya.

Lucas se levantó del sillón y se agachó sobre ella metiéndole las manos debajo del vestido. Tiró de las bragas y se las sacó. Entonces Silvia alzó las piernas, muy deseosa y muy complaciente.

____Levántate y ponte otras bragas ¡Vamos! -dijo él mientras se dirigía a la habitación y empezaba a desvestirse.

Ella seguía con el ceño fruncido cuando él salió, vestido ya y listo para salir.

____Silvia, si no te levantas enseguida, te llevaré a esa fiesta en pelotas.

Le miró, incrédula

____¿Ahora eres tú el que me apura? ¿Estás loco? Te estuve insistiendo todo el puto día. Siempre me haces lo mismo, y ahora... ¿qué haces? -la cogió en brazos y la puso en pie.

____Métete en el baño y arréglate. Salimos en un minuto.

No le dio tiempo a protestar, porque le cogió la cara entre las manos y le besó la boca con una pasión inusitada.

____Quiero llevarte a esa maldita fiesta -le dijo después de besarla.

Ella se quedó mirándole un momento, y luego asintió.

____De acuerdo. Pero te has vuelto loco, loco de remate...
____Sí, loco, pero loco por ti. Venga, que ya pasó el minuto.

Pasaron cinco minutos más antes que ella estuviese lista.


Ya los dos en el coche, camino hacia el cumpleaños, él no podía dejar de pensar en las piernas y en los pechos de la mujer que estaba sentada a su lado, ni en cuanto se enfurecería si de nuevo le echase a perder su maravilloso atuendo


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Mensaje  achl el Dom Abr 02, 2017 7:14 pm






Ingenuidad en Internet

Recién divorciada a sus cuarenta y pico, el mundo le parecía brillar de nuevo. Las secuelas de su divorcio iban desapareciendo. Un sinfín de sensaciones inundaba su mente. La ansia de libertad, de volver a ser uno, de hacer y pensar en singular, le era atrayente. Lo que no sabía era que esas sensaciones iban a ser efímeras, que eran tan sólo como la suerte del novato ganador. Si pensaba que esa liberación no iba a pasarle factura, era una absoluta ingenua.


-Tener el mando de la televisión y manejarlo a su antojo, le parecía de lo más excitante que le había ocurrido en mucho tiempo

-Fumar en el salón de su casa era como romper con el pasado cuando fue obligada a fumar en el balcón, hiciera frío o calor

-Ahora era una mujer sola, que disfrutaba de una libertad que jamás había tenido

-No tener que rendir cuentas a nadie, le resultaba raro, tan habituada como estaba a explicar todo

-Volver a empezar, siempre


Salirse de lo conocido, familiar o vivido, la atraía en forma magnética. Pero la euforia frente a lo nuevo iba disminuyendo gradualmente. Pasado un tiempo, ya no veía tan divertido tener poder sobre el telemando.

No cultivaba flores, ni coleccionaba sellos, ni tenía ninguna afición que pudiera relacionarla con personas con iguales inquietudes. Tampoco acudía a discotecas y menos a asociaciones de separados. Ni el senderismo, ni la pesca, ni el baile...

Descartados los gimnasios y los bailes de salón, no halló más opción que la seguridad del anonimato, y su precaria economía la condujo a navegar por Internet. Al menos eso no le suponía mucho dinero

Tampoco tenía la energía suficiente para hacer vida social, de la que carecía desde hacía años, y enseguida se vio moviéndose como pez en agua dentro del mundo cibernético

Pasaba, extasiada, frente a la pantalla horas muertas, disfrutando, leyendo, aprendiendo al mismo tiempo. Ansiaba contactos humanos, pero no sabía por dónde empezar para intentar conocer a personas tan aburridas o perdidas como ella...

Su escasa experiencia en Internet le proporcionó datos sobre diversas páginas que encajaban perfectamente bien en su perfil como mujer sola. Divorciados, separados, viudos y solteros, pedían compañía y un volver a empezar. Resolver juntos de algún modo su soledad, eso la alentaba y empezó su periplo como internauta. Comenzó visitando páginas de contactos románticos, que le pareció la idea más idónea para su situación.

Eligió un nick acorde con su estado psicológico; flor era el perfecto,  apodo sencillo, corto, intenso, directo, real... Y así flor comenzó su andadura por el espacio virtual.

Era la primera vez que entraba en una página de contactos y no tenía ni la más remota idea del mundo en que se metía, ni de los entresijos que se iba a encontrar. Pero halló un hombre, cariñoso, amable, gentil y comprensivo, que la esperaba cada tarde delante de su PC. Su nick era libre.

flor abría su PC y un saludo de su amigo ibre la estaba esperando cada día, desde hacía más de una semana. libre fue su primer amigo cibernético, a quien contaba sus cosas cotidianas, su rutina diaria. Le hablaba de su familia, su trabajo, sus costumbres, su ciudad…

flor era atractiva, su pelo largo y ondulado seguía siendo vistoso, y su abundante pecho y sus caderas redondas hacían de ella una mujer sensual. Sus piernas bien torneadas seguían siendo su mejor recurso de seducción. El conjunto era armonioso y la hacía aún más atrayente el que no era consciente de su magnetismo.

Su aspecto iba mejorando gracias a su nuevo amigo virtual, que le sugería cosas atrevidas y ella puso más empeño en cuidar su imagen haciendo que su figura cambiase para mejor, quería gustar a libre. Era lo que más deseaba

Hablar con libre la inquietaba, puesto que, invariablemente, después de un rato de amigable conversación, la introducía de forma sibilina en charlas de cierto contenido sexual. Esto la excitaba, ya que su vida sexual había sido patética desde hacía años. El sexo había ido a parar al baúl de los trastos viejos

___Hola, flor cariño, ¿qué tal llevas el día?
___Hola, libre. Normal, como tantos otros días. ¿Y tú?
___Bien. Hoy estaba pensando en ti y me preguntaba que pensarías si alguien te hiciese el amor en el portal de tu casa o encima de tu coche...
___Dime, flor, ¿qué te sugiere hacer un 69?
___flor, ¿te gustaría ir sin bragas a tu trabajo y que tu jefe te dijera envía este fax, y tú allí a su lado, pensando en tu sexo chorreando y que él pudiera olerlo?
___Dime, flor, cielo, ¿qué sentirías si lamo tus mamelones? ¿Te gustaría besar la raja de mi trasero? ¿Se está excitando ahora tu sexo?
___Tócatelo y dímelo, flor, mi vida. ¿Cómo está tu vulva?
___flor, ¿te gustaría ir al cine conmigo y comerme allí mi miembro?

Y de ahí pasaron al sexo telefónico y después al cibernético. Todos los días esperaba, impaciente, el contacto con su amigo libre para hacer sexo con él en algunas de ésas modalidades. Hasta que un buen día se sintió objeto del deseo de un tipo sin escrúpulos y que sólo quería saciar su apetito sexual a costa de su ingenuidad.


Estas cosas ocurren en las redes sociales y en los foros públicos y privados. Pero también hay sobradas pruebas para creer que muchas mujeres y muchos hombres han encontrado el amor a través de alguno de estos medios. Es más, podrían contarse por miles las personas que en la actualidad tienen una relación estable, e incluso casadas y con hijos en común


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Mensaje  achl el Dom Abr 02, 2017 7:57 pm




Lo recuerdo todo

Recuerdo aquel cuarto y aquellas batidas de sexo realizadas en él un día lluvioso de abril. La lluvia dibujaba etéreos paisajes en los cristales de la ventana. La nevera ofrecía cervezas que anticipaban un placentero trago que reduciría resaca. Y las blancas y negras teclas de un piano, repartían la melodía de un 'Me embrujaste' de ensueño.

Recuerdo en especial un beso y un suspiro, y también los caídos pétalos de una rosa en el olvido. Y te recuerdo a ti, llegando al cuarto, oculta en los márgenes del tiempo, y envuelta en la bruma de mis sueños.

Recuerdo tus sonrisas cómplices, tus insinuantes miradas de pecaminosa pasión, y la gran capacidad que tenías para hacer de un simple cuarto, el palacio donde el deseo y la lujuria eran los majestuosos aposentos de los juegos de amor.

Bebimos la estimulante rubia. Tus vaivenes eran la fascinante coreografía de la sensualidad, eran unos seductores hechizos que trastornaban todos los sentidos, con la magia que sólo se desprende de una auténtica mujer. Y sonreíste ocultando la belleza en el enigma de tus labios, y en el negro absoluto de tus grandes y bellos ojos.

Sobraban las palabras, el silencio era el preludio de un altar donde la piel y el alma se unían en excitante oración al placer. Yo fui testigo directo de cómo la brisa de tu aliento iniciaba los caminos de la pasión, de cómo el más leve o insignificante vaivén, era el sendero por el que suministrabas la savia que alimentaba todo mi ser. Fue entonces cuando comprendí que podía pasar toda la eternidad atrapado en los brazos de la más hermosa de las mujeres. ¡Ironía de la vida!

Ahora ya no soy nada, tan sólo la apariencia de unos días deshechos en el pasado, y el agobiante fuego de una angustia inmisericorde. Y siento que formo parte del vacío que modela tu ausencia, y de las inquietantes sombras que se pegan al sufrimiento de un presente, que se amamanta de los repulsivos pechos de la muerte.

Aún sigues en mí, amándote. Aún sigue mi pecho abierto y aún siento mi desgarrado corazón desangrándose en el tuyo, cuyo se transformó en un hermoso cáliz del que bebí hasta calmar la sed, y tu vientre de platino en el plato del que comí los más exquisitos manjares.

Realmente conmoviste algún rescoldo, allí donde sólo cabe la diabólica presencia de la llama infernal, y sabiendo que mi lucha no era contra ti, me aterra sólo con pensar que se ha acabado nuestro sueño de amor.
He permanecido años y años camuflado entre pesadillas. A duras penas he soportado nuestros miedos, pero de nuevo y con más ansias, la sed y el hambre de ti me arrastran a querer recuperarte.


Por eso te buscaré y me expondré ante todo inconveniente, buscando en la brisa de tu aliento el pasaje que burle al tiempo, para que me permita volver a catar la apetitosa carne de tu anatomía


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Mensaje  achl el Lun Abr 03, 2017 11:24 pm



Tranca y Trini

Tranca media 1,98, pesaba 117 kilos y tenía un volumen muscular fuera de serie, fruto de diez horas diarias trabajando duro en la construcción. Le llamaban 'Tranca' por una herencia genética. Esa herencia estaba en su entrepierna: un pene descomunal. Todos sus compañeros sabían lo bien dotado que era, pero no sabían si era bueno empleándolo. Empero, algo les hacía pensar que valía para más que cemento, arena, ladrillos... también servía para fornicar. Lo que nunca se explicaban era que teniendo a su Trini enamorada, por qué perdía el tiempo como albañil, pudiéndose dedicar haciendo porno con ella.

Aiko, rebautizada en Sevilla como Trini, medía 1,54, y pesaba 56 kilos. Le decían 'Las Manitas de Oro'. Tenía pechos de silicona, que le hacían el cuerpo más desproporcionado de lo debido, pero creaba fantasías enfermizas a todo macho que pasaba por su lado. Tenía un buen culo y bien puesto. Se veía que era una china que había hecho gimnasia rítmica en su juventud. Gracias a esos años de gimnasia, estaba capacitada para hacer todas las posturas del Kamasutra. El motivo de su apodo, a diferencia de su novio, Tranca, se debía a su oficio. Trini era 'masajista profesional', de esa clase de masajes al que sólo acudían hombres que no encuentran 'masajistas profesionales' gratuitas.

Todos lo sabían, las amigas, los amigos de Trini, y los compañeros de trabajo de Tranca, que la visitaban cuando cobraban a final de mes. Bueno, todos lo sabían excepto Tranca, que seguía en su burbuja del amor, pensando que su novia trabajaba ocho o diez horas diarias con mucho estrés.

Cuando Tranca volvía del trabajo, no descansaba. Todos sus compañeros sabían que fornicaba como potro salvaje porque su novia era ninfómana. Lo sabían, pero no por él, porque lo habían comprobado ellos mismos. Unos y otros, iban a la sala de masajes y ¡pim pam, pim, pam! Ella parecía una máquina de expulsar monedas.

Una tarde en su casa, Tranca mantuvo un diálogo con Trini:

____¿Qué tal el día, mi vida?
____Muy ajetreado, cariño. Tuve unos cuantos clientes con contracturas en las espaldas y me llevó horas ponerles bien todas las vértebras.

Tranca no tenía ni idea del oficio de Trini. Además, era un analfabeto, pero más por necesidad que por otra cosa. Desde niño tenía que trabajar, y nunca pudo acudir a la escuela.

Asentía como si entendiese todo lo que Trini decía, aunque no entendía nada. Ella sabía que Tranca ignoraba a qué se dedicaba, y por eso sacaba tajada de su trabajo.

____Y tú, cielo, ¿qué tal?
____Bien. En dos semanas terminaremos ese edificio. El problema es que cuando lo terminemos tendré que buscarme urgentemente un trabajo, o correremos el riesgo de morirnos de hambre.
____Cielo, tú sabes que si te quedases sin trabajo, yo aumentaré mis horas en el mío. Haré lo que sea necesario para poder seguir adelante juntos y con dinero suficiente para los dos.
____Lo sé, y por eso te quiero tanto.

Acto seguido, Trini se despelotó y se abalanzó sobre él:

____Vamos, paquetón mío. Quítate la ropa. Ya es hora de poner a esa tranca tuya a trabajar. Déjame gozar de esa bestia. La llevo esperando todo el día dando masajes a tantos viejos gordos.
____Vale, mi vida, Aquí la tienes.

Se desnudó, y ahí estaban esos 27 centímetros de carne, que parecía un solomillo cocinado y listo para ser comido. Y apenas se enderezó: ¡zas!... ¡zas!... ¡buum...! bumm...!

Y Trini gemía y gritaba conforme su hombre la empollaba contra el suelo y la cabalgaba salvajemente.

En diez segundos, se oía a Trini gritar y a Tranca suspirar profundamente. Había descargado la primera munición, y Trini estaba como loca.

Así era Tranca, un eyaculador precoz y con eyaculaciones de río. Y Trini, aparte de una multiorgásmica precoz y una ninfómana, no tenía nada más pues lo tenía todo.

Mientras Tranca se subía los calzoncillos miraba a Trini, y ella aún seguía en la cama, despojada de toda la ropa y temblando…

____Mi vida, cualquiera diría que no acabamos de 'hacerlo', sino que te acaban de violar.
____Es que has hecho las dos cosas a la vez. Con ese palo grueso y largo entre las piernas qué esperabas.
____Voy a darme una ducha -dijo Tranca.

Salió de la ducha, y lo volvieron a hacer. Salió luego ella de la ducha, y lo volvieron a hacer. Antes de cenar, lo volvieron a hacer. Luego de cenar, lo volvieron a hacer. Antes de dormir, lo volvieron a hacer. Luego de dormir, lo volvieron a hacer. Antes de desayunar, lo hicieron, luego de desayunar, lo hicieron. Hasta que Tranca se fue a trabajar y Trini también.

Tranca amaba demasiado a Trini, y creía que si querría conservarla hasta la muerte, tenía que tirársela así diariamente. Pensaba que siendo precoz, daba igual con la verga que Dios le había dado.

Trini amaba demasiado a Tranca. Si no lo conservaba, no encontraría otro tío con un miembro de semejantes proporciones. Así que siempre tenía la esperanza de que él aprendería a fornicar sin descargar enseguida y así ella podría dejar su profesión de masajista y dedicarse plenamente a él.

Ninguno de los dos esperaba que aquel día fuese diferente a los demás. Y lo fue para los dos. Y con un final trágico, a la vez que romántico.

Mientras Tranca trabajaba por un lado construyendo un muro del edificio donde trabajaba, dos compañeros lo construían por el otro lado. Cuando llevaban un metro de muro, los dos compañeros empezaron a hablar entre ellos, pensando que Tranca no les escuchaba.

____Paco, ayer fui a ver a la Trini…
____¡Cuéntame, cuéntame, Pepe! Yo voy los días uno a las once durante la hora de descanso. Me la tiro y la parto en dos.

____Yo también la partí en dos, o eso me dijo ella. Decía: 'vaya cacharro que tienes, cariño, un poco más y me partes en dos'.
____Juraría que a mí también me dijo eso -respondió Pepe.
____¿Qué esperabas de una ninfómana?
____Cierto. Una prostituta te dirá siempre lo que quieres oír. Parece que tienen compasión y no quieren herir tus sentimientos. En el fondo, son buenas personas.
____Claro. No va va a decir que 'lo haces' de pena para que no vuelvas más y pierda un cliente
____Es que además de buena amante es muy lista.

En esa charla, Tranca podía escucharles y verles perfectamente. Tranca era un gigantón. Furioso por la noticia que acababa de recibir, y a la vez cabreado por saber que sus dos compañeros 'se lo hacían' con su novia...

____¡Hijos de puta, cabrones! ¡Os voy a romper los dientes a los dos, y haré que os los comáis como palomitas! -y se fue hacia ellos.

Asustados ambos, lo pararon como pudieron y le dijeron:

____No queríamos que nos hubieses escuchado. Pero no te enfades. No la obligamos a abrirse de piernas, ni tampoco somos los únicos del trabajo que fornicamos con ella.

Tranca perdió el control cuando se enteró de esas cosas y sabía que todo era verdad, pero que no podía evitarlo y que tenía que cargar con ello. Se fue hacia uno de ellos y de un hostión en el mentón lo tumbó. Su compañero al ver al otro sangrar se abalanzó contra él, intentando derribarlo cogiéndolo por las piernas. Tranca cayó al suelo, pero como era muy corpulento y el otro no podía con él, lo noqueó. Después se levantó, como si nada, y se fue hacia el local de trabajo de su novia.

Ya en la puerta, había recuperado el control de su sistema nervioso, y ya era capaz de razonar por sí mismo. Así que se dijo para sí: 'esta no es la solución, yo amo a Trini, la necesito; si entro ahí y la encuentro 'haciéndoselo' con otro, qué le voy a hacer… Ella me dejará'.

Confuso encontró la solución. Fue a una farmacia y compró pastillas azules. Decían que a los abuelos se la ponía tan tiesa que la sangre del cerebro le bajaba al pene unas cuatro o seis horas. La idea a Tranca le convencía, así que entró y compró tres cajas de Viagra con diez pastillas cada una.

Llegó la hora de marcharse a casa. Tranca había tomado una pastilla de aquellas, media hora antes de volver. Trini estaba ansiosa de sentir otra vez la tranca de Tranca en su raja. No bien entró, Tranca ya estaba con tal erección que le hizo sentirse el dios del sexo; tenía un miembro enorme entre sus pantalones, duro, durísimo, duradero, durarerísimo...

Y entraron en acción: ¡bum, bum, bumm, bumm...! Y así repetidas veces. Trini creía que había llegado el día de recibir lo que tanto cosechaba años atrás. Tranca se había curado de su precocidad. Trini estaba feliz y muy muy cachonda.

Gritó, gritó y gritó. A Tranca le era indiferente que Trini hubiese temblado media hora, sabía que era una multiorgásmica y una ninfómana insaciable. Lo sabía todo y quería demostrarle que él valía más que todo eso.

¡Bumm, bumm, bumm, bummm! Tranca había descargado cuatro veces seguidas, pero seguía con la erección y no se detenía.

Hasta que la erección terminó. Habían pasado dos horas desde entonces. Trini le dijo en voz baja:

____¡Vaya tela, cariño! Deberíamos cenar algo.
____Vale. Un poco de energía, y después repetiremos -le guiñó un ojo.

Antes de cenar, Tranca tomó tres pastillas más.

Mientras cenaban, conversaron:

____Cielo, creo que va siendo hora de que deje mi trabajo. Nunca te lo he confesado, pero luego de lo de hoy, me he armado de valor. No me gusta ser masajista, nunca me ha gustado. Quisiera otra profesión: modista, dependienta, camarera... Cualquier cosa menos masajista.

Tranca sonrió felizmente:

____Me parece muy bien que quieras cambiar de trabajo. Yo también cambiaré de oficio. No sé aún a qué me dedicaré, pero alguna idea me iluminará.

Tranca pensaba dedicarse en secreto a la pornografía. Había encontrado el método de hacer el amor con cualquier mujer sin problemas. Se haría millonario con su miembrón, y esas pastillitas azules eran mágicas.

Llevaban un minuto cenando y él no notaba ya el efecto de las pastillas. Así que se levantó, alegando que iba al baño, y sacó la caja del bolsillo y se tragó un puñado con un trago de whiskyy. 'Qué más da, cuantas más, más tiesa y más polvareda. Esta noche no va a dormir Trini', pensó.

Volvió y terminaron de cenar. Era la hora de volver a bombear...

¡Bumm, bumm, bumm, bummm, bummm…! Cinco seguidos y después siguieron, hasta casi el alba.

Hicieron todo tipo de posturas. Trini parecía una acróbata profesional dl circo. Se rompieron las patas de la cama, se rompieron los muelles de la cama, se rompió el espejo grande del techo de tanto mirar y remirar las escenas pornográficas...

Hasta que al alba, Tranca largó un gran suspiró y se paró en seco.

Trini le dijo:

____¿Qué te pasa, mi amor? ¿Ya has terminado?

Tranca se quitó de encima de ella, se puso a un lado y respondió:

____No. Espera un minuto. Necesito coger un poco de aire y seguiré dándote lo tuyo, mi vida.

Trini, asustada al ver que Tranca después de decir eso se quedó como un vegetal, con los ojos muy abiertos y su enorme miembro hacia arriba, se levantó de la cama, cogió su móvil y llamó al 112.

Llegó el 112 y tan pronto lo examinaro, le dieron la trágica noticia a Trini. Tranca había fallecido, y que al día siguiente le comunicaría la causa de su muerte.

Una vez que se fueron, Trini quedó depresiva, llorando en un rincón de la habitación, sola y con las ilusiones rotas, los sueños rotos, el futuro roto, la vida rota… Y sin el miembro de Tranca.

Se fue al cuarto de baño, llenó la bañera con agua caliente, cogió una botella de whisky y empezó a beber. No estaba acostumbrada a la bebida, pero se sentía un personaje de esas películas americanas, en las que bebían y no sentían nada y tan sólo lloraban.

Había perdido al amor de su vida, y no encontraría jamás a otro como él. Se metió dentro de la bañera, con la botella y una cuchilla de afeitar de Tranca. Se rajó las dos muñecas por todos lados. Estaba tan borracha que no sentía la profundidad de los cortes.


Y al cabo de unos minutos, murió desangrada. Ya le era indiferente todo. Había perdido a su amor, Tranca, había perdido la tranca de su vida


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Mensaje  achl el Mar Abr 04, 2017 1:01 am




Fontanero rápido y eficaz


Tenía veinte años. Volvía en su coche a su casa, luego de haber realizado su sexto servicio. En el maletero del coche llevaba una caja azul metálica con sus herramientas. De pronto, sonó su móvil y aparcó en el arcén


____Iba ya de recogida a mi casa. Pero dígame, señora. Ah,es urgente. En ese caso, por favor, deme su domicilio. Bien, en un cuarto de hora estaré ahí.

Después de anotar la dirección soltó un ¡coño!

Es que eran muchas horas y mucho el cansancio acumulado. Desde la seis de la mañana no había parado, y en ese momento eran casi las ocho de la tarde. No obstante, se comprometió a un nuevo servicio.

Poco después... ¡ding-dong...!

____¿Qué ha pasado? ¿Ha cortado usted ya el agua? -le preguntó.
____Sí, sí, pasa, pasa... -parecía nerviosa, anhelosa...

La señora tendría sobre cuarenta años: morena y con buen. Al abrir la puerta, sólo llevaba sostén y bragas transparentes, que dejaban ver unos grandes mamelones y un pubis poblado de risitos. Se dio la vuelta y lo llevó hacia la cocina.

La siguió, percatándose que estaba empalmado: un paquete abultaba la parte delantera de su vaquero. Al llegar vio un charco de agua debajo del fregadero. Se arrodilló para verificar la procedencia. Una vez comprobada se dio cuenta de que la avería había sido provocada...

Mientras trabajaba, no podía evitar llevar sus ojos hacia aquella negrura en la entrepiernas. Y la dueña de ella, le miraba a su vez con ojos lujuriosos, sentada en la encimera y con las piernas abiertas, disimulado con un libro en sus manos.

El chico, que empezó a sudar en aquel sitio tan estrecho, abrió la caja de las herramientas y sacó un serrucho y un soplete de gas.

Enfrascado él en el fregadero, ella se agachó y de la caja de las herramientas cogió una lima de mango grueso y largo. A hurtadillas él la miraba. ¡Separándose las bragas a un lado se había metido el mango entero en su vagina y, metiéndoselo y sacándoselo, soltaba rugidos!

El chico, embelesado, miraba la escena. La cuarentona soltó el mango empotrado, y con las manos ya libres se quitó las bragas. Miró al chico y le dijo:

____Sácamelo.

____¿Qué? -sólo acertó a responder esa pregunta.

Al ver ella que el chico no se decidía a su petición, lo sacó casi a rastras del encajonamiento en que estaba, quedándose tendido en el suelo mojado. Se puso a horcajadas sobre de él, y la punta metálica sobresaliendo aún de su vulva espumosa.

____¡Sácamelo ya, por favor! -repitió.

El muchacho, con su mano derecha mojada, cogió el mango y lo sacó lentamente y lo puso en el suelo.

____¡Y ahora desabróchate, por favor!

Al ver ella aquel miembro tan grande y tan erguido, la sacó de la bragueta y se lo metió deseosa en la boca, al mismo tiempo que se acariciaba sus mamelones. Luego se abrió los muslos y cabalgó cual amazona hasta llegar a un simultáneo orgasmo, soltando él un chorro espeso. El chico se retorcía tanto que tuvo que sujetarse al cuello de la ardiente clienta.

____¡Ya, ya, mi niño, ya! -se levantó y, mirando de nuevo aquella enorme tranca, se relamió lujuriosamente los labios.

____Ahora tengo que salir. Cuando acabes, puedes lavarte en el cuarto de baño, que está saliendo de la cocina a la derecha, y cuando te vayas, cierra la puerta de la calle. Toma, esto es por tu servicio. Haz hecho un excelente trabajo. Muchas gracias -y le lanzó un beso con la palma de una mano, y con la otra mano dejaba sobre la encimera un billete de 100 euros.

Como cuando se comunicaron por teléfono le había dicho que cobraba 40 euros por servicio, se sorprendió al recibir 100. Y cuando salió de la casa, se hallaba triplemente contento: por haber arreglado la avería, por haber echado gratis un casquete; y por darse cuenta de que ese era el mejor servicio que había hecho en su corta vida de fontanero.


El muchacho estaba muy cansado pero muy feliz también, y no sólo por haber recibido más dinero, 'evidentemente'. Y desde ese día, deseando estaba siempre de que en aquella casa se produjese alguna avería que necesitase de 'sus servicios'


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Mensaje  achl el Mar Abr 04, 2017 8:28 pm


Aquella plaza




Nada existe más hermoso y a la vez más poderoso que el amor y el deseo, cuando se ama y se desea de una manera irracional


Es una mañana cualquiera de un invierno gélido en Madrid. El bus de siempre, a la hora de siempre. El Sol aún no quiere salir. En su lugar, la niebla, que lame la Tierra con las últimas sedas. Suave se dibuja la Luna en el firmamento. El tiempo y el espacio parecen disolverse cuando miras hacia arriba.

Él piensa en ella, un día más, como una devoción, desde que apareció en su vida. Él se creía feliz, estaba completamente seguro de ello. No tenía necesidad de pensar en el placer de la seducción porque le parecería algo teatral. Se acuerda de sus bromas mientras algún amigo, o enemigo, vayan ustedes a saber, miraba a la chica con una mezcla de lujuria y deseo desmesurados, muy propio en un depredador

De una forma instintiva imagina la mecánica del juego e intenta recobrar su aire de altivez. Se siente muy excitado y su corazón parece ejecutarle en sus febriles embestidas. Una de sus manos parecería cobrar género en la entrepierna de ella. Cierra los ojos para disfrutar de su propia caricia. Nota cómo su aliento roza sus mejillas. Un deseo ardiente va apoderándose de su miembro. Su mano se detiene a escasos centímetros de él. Unos pasos que se acercan a la parada del autobús, parecen haberle puesto en contacto con la realidad.

El autobús se pone en movimiento. La ventanilla de su asiento le devuelve el reflejo de una perfumada decadencia de Madrid. Una exquisita decadencia. Un sentimiento de soledad le acompaña. En un tramo del trayecto nota fuertemente los afilados cuchillos de la soledad, pero trata de sobreponerse.

No puede apartar su mirada de la silueta que estaba volviendo a ver, como cada día, desde el ventanal de su despacho. Tiempo atrás lograba zafarse de sus empleados y de sus obligaciones laborales y bajaba hasta la plaza, donde la chica se sentaba en un banco a leer. Tenía que liberarse y estar allí, junto a ella por si algo ocurriese...

Sabe todos y cada uno de sus gestos. Sabe la manera exacta en que ella cruza las piernas, para que su minifalda no deje demasiada intimidad expuesta. Sabe cuando retira el pequeño mechón de su cabello, que se esparce por su cara, hacia detrás de su oreja. Sabe el sonido de sus manos, intentando ajustarse la minifalda.

Al principio se había sentido ridículo, estúpido, como un mirón más, un salido más de los muchos que se detienen para mirarla, para piropearla, para tratar de entablar una charla con ella. Pero pronto deja de torturarse con esos angustiosos pensamientos.

No puede ser tan malo dejarse llevar por un deseo. Al fin ha sido capaz de reconocer que la deseaba por encima de todo. Quizá el deseo nació en la parte interior de su minifalda. Lo cierto es que cada día está más ansioso por volver a la plaza, e incluso reunir el valor necesario para hablarle y confesarle lo mucho que la desea.

Ahora sólo necesita saber que ella sigue acudiendo regularmente a la plaza. Se queda escuchando con atención; realmente escucha el sonido de su voz al devolver la pelota a un niño, que la había lanzado con mala puntería. Su voz, el brillo de sus ojos, el olor de su perfume, le parecían más embriagadores que nunca.

Uno de aquellos días cruzó sus ojos con los de ella, y sintió un agradable dolor de estómago. El tiempo y el azar habían hecho su trabajo. Pero bien sabe Dios que él lo había intentado mucho antes. Poco a poco, consiguió reunir las fuerzas necesarias para dirigirse a ella. Le atenazaba la angustia, pero, a pesar de eso, continuó adelante. Eran veinte pasos, que se le antojaban aterradores.

De pronto, él musitó:

____Bonito día el de hoy.

Ella esperaba una mejor insinuación

Él se dijo para su interior: '¡soy un imbécil; menuda perogrullada he soltado!'.

Sin embargo, ella era más directa:

____¿Quieres hacerme el amor? –le preguntó en un tono dulce.

'De eso se trata', pensó él, e intentó aunar el aplomo suficiente para contestar cuando la chica de nuevo se le adelantó:

____Mira, vengo observándote durante estos últimos meses. Y la verdad es que tienes una extraña manera de seducirme. Es más, había pensado en seducirte yo.

Ya no tenía ninguna salida posible. Se había resuelto el asunto de manera tan inesperada como inusual, y ahora debía aplicar su ingenio. Mucha gente no sabe lo que quiere, pero aquella chica parecía tenerlo muy claro; le quería a él. Puede ser que su mente anduviese vagando por las páginas del libro que simulaba leer. Pero en su corazón estaba él.

Los senos temblaban al contacto de los dedos de él. Los mamelones se endurecían. La palma de su mano y una dudosa sensación de vértigo, por el calor auspiciada. Las caricias invadiendo el pubis, levantando el suave vello, como leve y tibia brisa. El placer que inundaba el cuerpo en la entrega de la piel. El gustoso impacto de su cabeza contra la suya, con el cabello enmarañado por sus dedos, como rayos de sol que de manera inesperada se posan en el agua. Su aliento como el aliento del mar desembocando en la playa, a la espera de esos juegos prohibidos. Un primer beso, prolongado y profundo, suculento de saliva y de estridencias de dientes.

Ella admiraba su cuerpo estilizado, con ese tipo de sentimiento que desarma. Pero la mente iba por camino distinto: imaginaba el tiempo que podía mantener una erección un hombre tan bien dotado.

Sus ojos, sus manos y sus labios se alejaban, pero volvían a su pene, sus nalgas, sus piernas, haciéndole el amor deslizándose como cera en vela que se extingue. Le acariciaba como si el tiempo muriese con ellos, ofreciéndose al placer con la furia de placeres largamente acariciados. El fuego iluminaba sus ojos, mientras él llevaba su mano, como ave rapaz, dirigiéndola a los puntos inexplorados de su cuerpo. Escalofríos se transformaban en lava, en un sentir de anatomías que tiemblan al unísono.

La noche que finaliza no acaba al mismo tiempo en este espacio. Todavía ganan las ansias y los picos de la madrugada. Cierra los ojos, quebrantada por la lucha sintiendo la firmeza inagotable de la lujuria. Él aún le permitirá descubrir los tesoros de un corazón blando entre sus nalgas; esa es la puerta que se cierra y se abre con los silencios quebrados por los gemidos. El dolor y el placer se entremezclan en la tormenta. Durante algunos minutos, ella sintió las mortales cornadas del semental. Luego, el languidecer del estremecimiento, el inicio de la embriaguez en la gran cama blanca.

El cielo iban tocando en cada uno de los acentos suspendidos. Él murmura palabras tiernas a su oído y rememora los deliciosos momentos frescos, en la búsqueda del paraíso y la miel que queda dentro. En absoluto le importaría morir de placer ahora...


Ahora sabe que en sus brazos podía pasar el resto de su vida y que podía ahogarse en sus ojos, lentamente, sin sentir frío


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Mensaje  achl el Mar Abr 04, 2017 9:19 pm



El hijo de mi hermana mayor vino a visitarme

Mi sobrino se quedó a dormir en casa, y ya me tenía loca. A decir verdad, me enloqueció desde el primer momento que le vi. No le veía desde que era un niño, y ahora le volvía a ver, a sus veinte años, y fue una increíble experiencia. Tan varonil, tan serio y tan gracioso a la vez. Amante de la poesía. Con su agraciado aspecto, lleno de hombría, con ese olor a macho y a pasiones ocultas...

Yo tenía treinta y tres años, pelo rubio natural, melena por encima de los hombros. Trasero duro y firme y pechos entre medianos y grandes, pero sensibles al contacto de una buena lengua...

Tenía novia, y según me contaba mi hermana, se iban todos los fines de semana por ahí a pasar la noche, por lo que se suponía ducho en los asuntos del sexo. Me excitaba sólo con pensar en la cantidad de sus habilidades para practicar sexo, humedeciendose mi vagina cuando me hablaba con su grave y seductora voz.

Esa día hacía bastante calor. Era una primavera casi de verano, y yo andaba por casa con blusa transparente, que dejaba ver mis mamelones, y una minifalda vaquera.

Estaba echado sobre el sofá del salón, con su portátil sobre sus rodillas e insertando poesías en un foro de literatura, al que solía entrar. Me acerqué sigilosa y vi que estaba dormido, o eso parecía. Para mi ilusión, esperaba que así fuera.

Me senté junto a él y me quité la blusa, dejándola a un lado. Después, la minifalda, dejando ver mis bragas rojas. Desabroché con cautela el cinturón de su pantalón. El portátil estorbaba, así que lo cogí de las rodillas y lo puse sobre la mesa de centro.

Al terminar de desabrocharlo, mi mano derecha se metió entre sus calzoncillos, tocando 'aquello' que tanto deseaba. Comprobé que era tan grande como suponía. Mi otra mano se deslizo, llevada por la emoción, por el borde de mis labios menores, y lo sentí empapado. Después subí a mis senos, pellizcando sus mamelones.

Él entreabrió los ojos. 'No puedo creer que se despierte ahora', pensé, y presurosa me aparté, tratando de abrochar mi ropa antes que despertase del todo. Pero no me dio tiempo...

____¿Tía Mónica? ¿Qué hacías? ¿Por qué está mi pantalón desabrochado? -me pregunto, mirando confundido a su alrededor.
____No sé... Cuando llegué al salón te vi así -respondí como pude.

Me miro con curiosidad.

____¿Pero te estabas poniendo tu ropa? ¿Qué estabas haciendo conmigo? -me preguntó de nuevo.
____Nada. ¿Qué creías que estaba haciendo?

Se levantó del sofá y se quedó mirándome. No se molestó ni siquiera en abrocharse el pantalón.

____Tía Mónica, no soy tonto. Me estabas tocando ahí abajo, admítelo.

Por un momento tuve miedo, un profundo miedo y una creciente vergüenza. Al fin y al cabo era de mi sangre, y no debía hacer una cosa así.

____No sé de qué estás habl....

Me interrumpió.

____No digas nada -me ordenó y me cogió la cara con suavidad y me dio un largo y profundo beso en los labios.

Por un instante no comprendí, pero luego me sentí desfallecer de placer. Besaba maravillosamente. Su lengua recorría la mía con increíble pasión, volviéndome tarumba. Luego, suavemente, me dejé caer en el sofá y él se echó a mi lado.

Su boca se paseó por mi cuello alternando caricias con mordiscos. Ladeé la cabeza para dejarle trabajar mejor, mientras que un gemido de placer escapó de mis labios. Mi sexo estaba completamente mojado, a punto ya para el primer orgasmo.

Una de sus manos paseó por mi vientre, apartándome la blusa. Después, subió lentamente, rumbo a mis senos. Ese día no me había puesto sostén, por el calor, y en ese momento me alegré de no haberlo hecho.

Exclamación de placer escapó de mi boca cuando su dedo pulgar acarició mis duros mamelones, al tiempo que cogía uno de mis senos con el resto de su mano y lo empujaba hacia arriba. Le pedí más, entre jadeos, y con un espasmo crucé la línea de un orgasmo, mojando más mi ya mojadas bragas a esa altura.

Apartándome un poco de él, me quité la ropa, quedando completamente desnuda, y después me apresuré a desnudarle. Se quedó mirando mi vagina, mojada y abierta a más no poder. Miré deseosa su miembro, que era enorme, largo y grueso, y con un glande rosado, que ya se veía impregnado el meato por una pequeña cantidad de líquido seminal

Se inclinó hacia mi pubis, y yo me incliné hacia su pene, en un delicioso '69'. Luego cogí su pene entre mis manos, y lamiendo sus testículos, me lo metí en la boca, succionando con lentitud y fluidez. Él suspiró sobre mi vulva, a la vez que la lamía con su lengua, de arriba a abajo, izquierda y derecha, succionando con fuerza. Me dejé ir, dando resoplidos de placer. Hasta que más rápido de lo esperado, un nuevo y salvaje orgasmo apareció, desembocando como un río en su boca, cuya succionó cada gota de mis fluidos tibios.

Aparté su miembro de mi boca y, entre jadeos, le rogué que me penetrase, que quería tenerlo dentro de mí. Se irguió, y, delicada pero constantemente, metió su pene entre los labios de mi vagina, hasta el fondo. Entonces dejé escapar un grito de placer, salvaje, fiero, y luego anudé mis piernas a su espalda. Se echó sobre mí y succionó uno de mis mamelones, al tiempo que ambos comenzábamos a movernos con acompasada sincronía.

Pocos movimientos bastaron para que ambos alcanzáramos un nuevo e intenso orgasmo, exclamando y jadeando. Con los últimos espasmos de aquel interminable orgasmo, me acerqué a su cuello y le di un mordisco, arañando su espalda, haciéndole gritar de placer y felicidad.


Y seguimos besándonos, estirados uno al lado del otro para recuperar la normalidad de la respiración, y para después mirarnos con una sonrisa de satisfacción


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Mensaje  achl el Miér Abr 05, 2017 3:39 pm



La intrusa


La joven pareja, un tanto liberal, pasaba un largo finde (por coincidir fiesta en jueves), en una granja, propiedad del padre del chico, sito en la Sierra Norte de Sevilla, más concretamente en Cazalla. Se gustaban y deseaban desde adolescentes, y con el paso de los años se consideraban amigos con derecho a roce, aprovechando toda oportunidad para follar; y allí, en esa apacible granja, dónde mejor y más excitante que en el granero


La amante estaba sobre una manta que el amante había puesto sobre una paca de paja. La única luz que allí había era la tenue de un farol, que haces blancas dejaba en las largas piernas y en los pechos de la amante.

Hablaban en voz baja. El amante, de rodillas ante ella, lamía su vagina dejando un surco regado, para volver a recorrerlo y luego posarse en sus carnes hermosas, deseosas de recibir placer, y lo hacían sin prisas, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Tan entregados se hallaban el uno al otro que no vieron que eran espiados por una joven, de aspecto rústico, cuya resultó ser una de las hijas del capataz de la finca, y al adentrarse en el pajar vio la escena, que sin poder sucumbir a la tentación, vio cómo la espalda del amante se arqueaba para ahondar en el sexo de su amante, cuya cogía su cabeza para ayudarle en los movimientos. Admiraba la intrusa los grandes y redondos senos de la amante y la tersura de su piel, y se estremecía al escuchar los rugidos que emitía. Empezaba a sentir húmedo su sexo al verlos copular, y sus rosados mamelones se endurecían al mismo tiempo que la amante no paraba de rugir.

La amante se entregaba a una pasión sin límites, modulándose y estremeciéndose, como pez en río. Gotas de sudor perlaban su frente. Con los labios entreabiertos, y lanzando gritos ahogados de placer, la intrusa posaba su vista en aquella espiral de gozo. El amante saboreaba las mieles de la amante para después subir hasta sus labios y así acallar sus gemidos con besos.

El amante se dejaba hacer; se echó sobre la manta, y la amante se acaballó sobre él, chupando con locura sus orejas, bajando por su nuez y dejando que la lengua de su amante recorriera su cuello, hasta llegar a sus viriles pezones, que jugó con ellos, los saboreó y siguió bajando, como un baile desenfrenado. La boca de la amante envolvió aquel miembro erguido y punzante como infinita tarea de mamar en la más recóndita intimidad hasta que el amante no podía resistir más y se abalanzó sobre la amante, penetrándola con toda su fuerza.

La intrusa ardía por ver cómo el amante hacía suya a la amante, con frenesí, y ella quiso también ser así tomada. Así que alzó su falda y su mano buscó las humedades en su vagina, cuyo botón de los labios menores latía con desespero.

La amante la vio, y en lugar de ruborizarse, sonrió pícaramente, y la llamó para que se uniese a ese bacanal de sexo. La intrusa se acercó y lo primero que hizo fue acariciar y besar la espalda de la amante, recorriéndole la columna, a la vez que con ambas manos daba pellizcos en sus generosos pechos.

Luego vio como la amante bajaba hasta las nalgas del amante, saboreando su mundo oculto. Soltando su pecho fue lamiéndole el miembro en cada acometida mientras la intrusa por momento se sentía más cachonda por ver tan excitante felación, a cuya se unió la intrusa

La traviesa boca de la intrusa apartó la boca de la amante, y era ella sola la que no paraba de succionar aquel abultado miembro. El amante no pudo resistir y se volvió para ver quién le llevaba a ese placer. Y fue entonces que vio a una joven campesina, con el pelo rojizo y turgentes labios. El amante miró a la amante e hizo un gesto como que se apartase. Se giró y jugó con el pelo de la intrusa, mientras ella iba acariciando con la lengua su reluciente glande, ya de por sí brillante.

La amante se les acercó; quería entrar en el juego. No en vano, fue ella la que descubrió a la intrusa; besó a él y se enredó en la vagina de la intrusa, mezclando salivas y sabores. Con su mano acarició el sexo de la intrusa, jugando con sus jugos y metiendo dedos, uno a uno, que entraban y salían con precisión, mientras el amante por detrás la agasajaba colando su lengua lasciva en el agujero de su redondo culo.

Entre los dos amantes llevaron a aquella bella intrusa al paraíso. Él, de espaldas, se puso a admirar la redondez de su culo. Luego cabalgó sobre la amante a ritmo frenético, dejándose llevar por un instinto primitivo. La intrusa bajó hasta la altura del sexo de la amante y mientras cabalgaba, y con permiso de su hombre, le iba lamiendo el los labios vaginales, según marcan las reglas de la lujuria más ortodoxa. Con manos de odalisca pellizcaba los grandes pechos de la intrusa, haciendo que éstas se colmasen de placer.

No pudiendo aguantar más, la intrusa aceleraba las embestidas, urgiendo para que él con sus manos, todavía posadas en el culo, la ayudase en la tarea.

Rodaron en un enredo de piernas, manos, besos, jadeos, sudores... para juntos los tres alcanzar un orgasmo, que sólo aquellos que tienen la capacidad de entender algo así, son capaces de valorarlo.

Y aquella intrusa, que, espiando por travesura, se vio inmersa en un placer inimaginable.


Los ring ring, ring... del despertador lo devolvió a la realidad. Angustiado despertó y fue cuando se percató de que esa historia la había soñado. Deliciosa toda, pero un sueño


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Mensaje  achl el Miér Abr 05, 2017 6:34 pm



¡Y eso que no era mi fiesta!


Estaba yo disfrutando de aquella fiesta en un salón del club 'Motocros Sevilla' de mi ciudad, Sevilla. Hacía una radiante noche de mayo con luna clara y cielo con todas sus estrellas visibles. Miraba a mis amigos bailar divertidos con las chicas que habían asistido a la fiesta, cuya era un homenaje a mi amigo Julio, campeón en ese año de los circuitos de motocros de su ciudad. Le entregaron un bonito trofeo.

Festejaba Julio ese título a sus veintitrés años. Yo tenía tres más que él. De pronto, me giré en redondo al escuchar exclamaciones de júbilo de los chicos, mientras miraban a sus parejas de baile moverse sexy.

Luego caminé hacia la terraza, para fumarme un cigarrillo, a la vez que iba recordando algunos buenos momentos con mis amigos. No era mi fiesta, pero estaba feliz por Julio. Toda aquella panda, de veintiuno, veintidós y veintitrés años, bailaba y cantaba. Pero yo no, yo era y sigo siendo más independiente.

Mientras terminaba de fumarme mi cigarrillo, vi que frente a mí, a pocos metros, estaba la madre de Julio; hablaba con una mujer, que más tarde pude saber que se llamaba Sofía y que era su hermana. Hembra atractiva la tal Sofía; tanto, que era el objeto del deseo de todos los chicos allí presentes, incluido mi hermano, de veinticuatro años, que una vez me contó que una noche había soñado que le robaba las bragas para después masturbarse oliéndolas.

Sofía era una mujer alta, morena y frisaba en los cuarenta y cinco. En esa noche lucía un sensual vestido celeste, sujeto por delante a sus firmes tetas, y en la parte de atrás tenía una larga cremallera. No era muy ajustado, pero conseguía evidenciar las curvas de un buen palmito. Iba poco maquillada, algo que la hacía más atractiva. Sin poder ni querer evitarlo, mis flechados ojos iban de su apetecible canal a sus semi descubiertos muslos. El vestido era muy atrevido, corto, como de unos quince centímetros por encima de las rodillas.

Mientras hablaba con la madre de Julio me miraba. Lo más curioso era que al ver que también yo la miraba no se inmutaba, y yo no pensaba retirar la vista. De niño jugaba a mirar a los ojos a las niñas de mi colegio, a ver quién cedía primero, por lo que estaba entrenado para ello. Pero la fijeza en las miradas de Sofía me desconcertaba; y no sabía por qué, o sí..., porque a juzgar por sus sonrisas... ‘Pero no, no puede ser una indirecta’, me dije. Había en esa fiesta elegantes y guapos señores de su edad, padres, algunos divorciados, de aquellos chicos, en quienes fijarse. ‘Quizá el whisky era culpable de esta loca idea mía’, pensé, al tiempo que alcé mi copa hacia ella, como una especie de saludo. Al agotar mi copa la dejé sobre la mesa y después me fui hacia aseo de caballeros, con urgencia por orinar.

Por el momento olvidé a Sofía. Pero, después de orinar, grande fue mi sorpresa al verla entrar. Me quedé alelado. Se disculpó diciendo que se había equivocado de aseo y que debían identificar mejor las puertas. Le dije que no se preocupase por eso, que a mí también me había ocurrido alguna vez. ‘Me da que esto es distinto’, pensé de nuevo, y mi miembro no era ajeno a todo eso y empezó a ponerse tieso.

Me preguntó si tenía un cigarrillo. Saqué del bolsillo un paquete de Mark-1 mentolado, cogió uno, lo encendió y soltó una bocanada de humo; dio otra larga chupada, se tragó el humo, y lo tiró al suelo, pisándolo para apagarlo Argumentando un súbito cansancio, se inclinó sobre el lavabo. El vestido se iba subiendo a medida que bajaba las manos para descalzarse, alegando que los zapatos de tacón alto la estaban matando.

Siempre me fijaba en los pies femeninos, y aquellos eran pequeños, delicados... Llevaban las uñas pintadas de azul. Seguía hablando de algo que nunca sabré, porque no la escuchaba. Mi atención sólo se centraba en una visión excitante: ¡su vestido estaba subido hasta las ingles! Podía verse palmariamente su entrepierna, sin bragas, y su sexo depilado. Y yo creía que mi pene iba a estallar, debido a la monumental erección que tenía.

Al percatarse de que no estaba le prestando atención a lo que decía, me miró y, creyendo que le estaba mirando los pies, me dijo si me gustaban. Le respondí que eran bonitos. Me preguntó si veía algo más en ella que me pareciera bonito. Mi respuesta fue la más tonta y a la vez la más insinuante que se me ocurrió en ese momento; le dije que su vestido, pero que estaría mejor sin él. Sonreía pícara mientras llevaba una mano a la espalda; el vestido se abrió entero de pronto, porque lo que había hecho era bajarse la cremallera. Mis ojos se salían de órbita.

No sabía qué hacer, ni por dónde empezar para coger la sartén por el mango. Pero fui listo, y práctico también; así que me puse en cuclillas y comencé a besar sus pies. Luego, mis manos subían por sus piernas. Al llegar a la pantorrilla, vi que ella con su mano derecha se cogía un pecho y lo llevaba a los labios, lamiéndose el mamelón, volviéndome loco. Sin pensarlo, subí la cabeza y metí la lengua en su sexo, a la vez que ella metió sus dedos entre mi pelo, aumentando la presión en su hambrienta vagina, que no dejaba de palpitar.

Subí hasta su cuello, alternando besos con mordiscos. Ella ladeó la cabeza, para dejarme trabajar mejor. Le dije que se pusiera en pie, pero, se paró y, majestuosamente, dejó caer el vestido, para luego empujarlo con el pie. Su cuerpo desnudo era un paraíso. Sus senos firmes y sus mamelones erguidos parecían decirme ¡cómeme! Su vulva mojada pedía guerra. Me desabroché la bragueta, y la eché contra los azulejos. Saqué mi pene, y ella abrió sus piernas. Y ya antes de penetrarla, lanzaba gemidos y hasta rugidos. Hicimos el amor a ritmo frenético, hasta que alcanzamos un orgasmo los dos a la vez.

No satisfecha con ese primer orgasmo en común, empezó a hacerme con maestría un limpiado. Casi le supliqué que no me hiciese eso o 'me iría' de nuevo. Pero como no me hacía ni puto caso, aparté su boca y volví a metérsela en su entrepierna. Esta segunda vez experimentamos un orgasmo por separado, pero como yo seguía sin sacarla, ella gozó dos veces más seguidas, lanzando unos gemidos bestiales.

Podía sentir, mientras tanto gemido, cómo sus fluidos corrían por mis piernas, y cómo las contracciones de su vagina presionaban sobre mi pene. ¡Es que ese último polvo fue brutal!

Mientras se vestía, le pregunté si tomaba la píldora, o si usaba algún método anticonceptivo.

Cuando terminó de vestirse, de calzarse y de arreglarse el cabello, mirándose en el espejo del baño, me respondió algo que hacía que mi miembro se empinase de nuevo:

____Al igual que a mi sobrino Julio, me excitan los riesgos. Ya te lo demostré antes no cerrando el pestillo de la puerta de este aseo.


Y sin mediar más palabras, sacó de su bolso un papel y un bolígrafo, anotó el número de su móvil y dejó el papel sobre el lavabo. Después, cada uno se fue por su lado como si nada hubiera ocurrido


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Mensaje  achl el Miér Abr 05, 2017 8:11 pm



Recuerdos que hacen daño


Acababan de conocerse y, precisamente, se estaban conociendo



Estaban sentados en el frío suelo, sin más luz en el cuarto que la que venía de una casa vecina. Las ventanas estaban cerradas, y hacía tiempo ya que habían quitado las cortinas, porque en aquella casa no hacían falta. Un cuarto conocido y a la vez desconocido: sin cama, ni ropero, ni mesillas… Vacío completamente, excepto un catre y ellos dos con las respiraciones agitadas, pero sin contacto físico. Sabían que había ciertos momentos en los que era mejor hacer que arrepentirse, y los dos preferían lo primero, cada cual con sus diversas y disímiles consecuencias.

Él se sentía nervioso, pero muy seguro de lo que hacía. Miró las paredes que podía distinguir de la habitación, y los recuerdos le llegaban sin imágenes. Allí habían vivido antes que se besasen por vez primera, la derrota de los avatares ribeteada por ese: ‘a ver qué pasa’. Allí, sin flores ni besos había cambiado su ropa de calle por pijama, se había metido en la cama y había dedicado su insomnio a su placer personal, sólo pensaba en que ella con una mano le tocaba el cabello. Todo era diferente cual rutina rota. La maldición de su cuarto infantil se rompía porque le cogía la boca con la otra mano y la besaba. Ella accedía y abría sus labios, con los ojos cerrados.

‘En esos párpados debía haber algo’, pensó mientras se disponía a sacar de su boca lo que ella pretendía callar. Ella llevó su boca hasta el sexo de él. Después, besándole despacio subió al pecho. La sensación era extraña, no como en veces anteriores; de hecho, para los dos era un mal necesario ¿Debía pasar? Era la bienvenida al mundo de los dos. Así se dice: ‘gusto en conocerte’ pero callarán los nombres. La obvia animalidad de los dos se tornaba humana en el tiempo pasado.

Dado a la oscuridad, los sentidos tenían que adaptarse a estas condiciones. Dejó de sentir las piernas, cuando él con su lengua bajó a sus pechos. Le restó importancia al hecho de que sus pechos estaban doloridos por los tirantes de la blusa. Los ojos de ambos sufrían, porque no podían verse. En aquella oscuridad molesta, que los dejaba entre distinguirse o oscuridad, descubrió sus pequeños pechos, y con la lengua buscó los mamelones, que, por vanidad, trató de poner a la luz y recordarlos siempre. Los chupaba más de la cuenta, pero ella no se quejaba.

Era una historia y cada uno vivía la suya propia. Ella, sin ningún esfuerzo, planeaba controlar el asunto, y él, que, con todas sus ganas, quería sacar lo máximo de ella, por así decirlo.

Ahora se subía en él, y la cabeza estaba incómoda y el suelo frío. Juego de roles. Su mano debajo del pantalón de él, para sentirla sin llegar a tocarla. El vello del pubis estaba cerca, pero ella sentía que el juego había terminado. Al ver traspasado el límite, se mordía su propia lengua y le decía que no. El relato era una ficción.

Y ahí están los dos, suspendidos en el centro de una historia que nunca debió de haber empezado, dentro de un cuarto abandonado, sin conocerse y, encima, en esos momentos, ausente el deseo....


'Las cosas no pueden quedar así', pensó él. Pero ella no pensó en lo que iba a decir, y lo dijo en voz alta e incluso con énfasis: ¡se acabó!


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Mensaje  achl el Miér Abr 05, 2017 8:52 pm




Queda usted despedido


'Aquí tiene usted su carta de despido y su finiquito. Si no está usted conforme consulte con su abogado. Pero ha de saber que va más dinero del que le corresponde. No queremos que se haga publicidad de este asunto por ninguna de las dos partes'.

Me dijo el administrador del Centro.

Sorprendido, cogí el sobre y salí de la oficina pensando en cómo me había encontrado en aquella situación. Ni dos meses hacía que era profesor de natación en un prestigioso y conocido colegio de Sevilla. Mi currículum les gustó cuando me contrataron para dar clase a una panda de energúmenos hijos de papá. Y a mí, el sueldo me pareció una bendición. Pero mi entrada fue tan fulminante como mi salida.

Con 28 años recién cumplidos, 1,83 de estatura, agraciado de cara y de cuerpo, y licenciado en la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, me daba la impresión que era la envidia de mis colegas de profesión

Pasó un mes y pico desde mi bautismo con aquel chavalerío, y todo parecía ir sobre ruedas. Mis clases de natación la formaban 5 chicos de 16 años, y 15 chicas de la misma edad. Como la piscina era una piscina olímpica corta, no eran muchos mis alumnos, y yo necesitaba mantenerme en forma, y por eso les acompañaba en los ejercicios. Mis cargas de trabajo, evidentemente, eran mayores que las de los chavales y cuando terminaban las clases, solía yo nadar otro buen rato solo, de manera que cuando terminaba me duchaba en solitario, sin molestar a nadie.

Un viernes, mientras estaba secándome y abriendo la taquilla para sacar mi crema hidratante, vi un papel escrito que me habían dejado pegado en un costado de la taquilla. También había en un sobre unas fotos mías, hechas mientras me duchaba. La nota decía:

Me gusta tu cuerpo y yo quisiera que te acostaces conmigo


Esa falta de ortografía, 'de la c de acostaces', me llamó la atención y a la vez me despistó. Las fotos no eran de muy buena calidad, pero se veía perfectamente mi cuerpo entero y dos primeros planos de mi miembro y mi culo En un principio me asusté, pero más tarde pensé que podría que fuese una chiquillería de alguno de los alumnos.

Todavía no habíamos empezado los exámenes y traté de no dar más importancia al asunto. Pero el lunes de la otra semana volví a recibir un sobre que contenía una nota y otras fotos más explícitas. Rezaba:

Te espero este viernes a las seis y media de la tarde en el cuarto del fondo del bloque 8 de la planta baja. Una copia de la llave está en el sobre. Espero seas tan valiente como imagino


Tenía por delante toda la semana para pensármelo y para tratar de averiguar quién era y qué buscaba con eso. Ni por asomo pensaba en una aventura, y menos con chavalas que aún no habían llegado a la mayoría de edad. El lunes traté de sacar de verdades mentiras a mis alumnos, pero fue peor el remedio que la enfermedad; sus risitas de adolescentes, sus bajadas de ojos y los codazos entre las chicas, me despistaron por completo y preferí tomármelo con calma.

Las seis de la tarde era la hora de salida de los alumnos, y muchos de ellos vivían en las inmediaciones del Centro, por lo que podían entrar y salir sin llamar la atención. Así que uno de ellos podía estar jugando conmigo, pero yo no estaba dispuesto a admitirlo, así que decidí que el viernes desenmascararía a la persona en cuestión.

Esa falta de ortografía me dio una pista que me llevó a repasar los expedientes académicos de todos mis alumnos, y menos una de las chicas, los demás eran candidatos a mis sospechas.

Ese viernes las clases fueron normales, nadie faltó y los alumnos se comportaron como siempre. Nada dejaba ver un comportamiento anómalo o sospechoso, e incluso todos salieron de las duchas antes de lo que era habitual en ellos.

Seguí con mi rutina de siempre, y la última serie de 200 metros la hice muy relajado y salí prácticamente como si no hubiese pisado el agua. Luego me dirigí hacia las duchas y me duché tranquilamente; me puse mi ropa de los viernes, como solía decir: vaqueros azules y una camisa roja, y con decisión, pero lleno de nervios, cogí la copia de la llave, tras cerrar las instalaciones de la piscina, y me encaminé hacia el bloque 8.

El bloque 8 dictaba cinco minutos de la piscina. Cuando llegué, afuera estaba a oscuras y, al ser un edificio que no conocía, tampoco sabía cómo encender las luces. A tientas entré en la planta baja, y allí sí había una luz tenue, suficiente para no darme contra la pared o para ver la puerta que me indicaban; una puerta gris metálica, sin señales ni marcas exteriores, cerrada con llave. Con mil ojos en todos lados, apunté la llave en la cerradura y la metí con suavidad mirando hacia mis alrededores. Giré la llave y abrí la puerta, sin ver absolutamente nada, porque aquello era la boca de un lobo, y la leve luz del pasillo no permitía ver el interior. Quedé en la jamba de la puerta. Pero, de pronto, una voz de mujer, sin edad aparente, llegó a mi oído desde el fondo del cuarto:

____Te has retrasado un poco. Pensaba que ya no ibas a venir. Cierra la puerta y entra. No tengas miedo que no muerdo. Es más, creo que yo tengo más miedo que tú.

Obediente hasta el final, cerré la puerta y pasé a la oscuridad más absoluta, sin saber qué era lo que me esperaba.

____Sólo tenemos media hora y, ya que has sido tan valiente por venir, disfrutémosla.
____Pero... ¿quién eres?
____¡Pssss! No hables y ven -su mano cogió la mía llevándome hacia su cuerpo.

Tenía todos los sentidos alerta, pero la oscuridad que nos rodeaba me privaba del principal, que era ver a la mujer que allí me había citado. El tacto de su mano era suave, como si recientemente se hubiese puesto crema. Sus uñas largas delataban tarea de oficina. Olía a un limpio que me era familiar, pero no conseguía recordarlo. Mis manos se posaron junto a sus glúteos y, acariciando su figura, pude imaginar que sería una mujer madura. Calculé que de 1,70 de estatura y de un peso de unos 60 kilos. Sus caderas eran suaves y delicadas. Sus senos eran grandes, pero bien puestos. Nuestros cuerpos se juntaron y noté que estaba completamente desnuda. Su pelo era rizado y olía a manzana. Mi boca buscaba su boca, pero se posó en su suave cara. Al poco, su boca buscó ávida y ansiosa la mía y unos cálidos y húmedos labios me besaban con una hambre feroz, mientras sus manos desabrochaban mi camisa y bajaban mis pantalones y mis calzoncillos.

Liberado ya de toda la ropa, enredé mis dedos entre sus pelos, para separar la cara y así poder verla en aquella oscuridad. Imposible. Me conformé con que mis manos sirviesen de ojos. Su lengua buscaba mi lengua, lamiendo mis labios y mojándome la cara con sus salivas, y después me dio besos arrebatados y profundos. Su cuerpo se apretaba contra el mío y sus manos se aferraban a mi miembro empujándolo contra su sexo; un sexo húmedo que se abría al contacto con mi erecto pene, del que empezaba a salir líquido seminal a través del meato.

No había sitio ni tiempo para juegos ni caricias; era un polvo salvaje. Mi anónima dama cogió mi pene y se lo metió, entre pronunciados suspiros, entero su su vagina. Mientras que mi lengua recorría su piel, metiéndose en los pliegues de la cara, notando las arrugas de una edad incierta, pero todavía joven.

____¡Te quiero para mí, hazme tuya! -exclamaba.
____¡Sigue, sigue así, no pares, empuja fuerte, no la saques! -volvía a exclamar.

Sonidos ahogados llenaban nuestros oídos cada vez que entraba y salía dentro de ella, con un golpeteo rápido y enérgico, arrancando los suspiros más hondos de su ser. Agarrando con firmeza su culo, subía y bajaba en el cuerpo de mi dulce anónima, sin esfuerzo. Las bocas se devoraban la una a la otra. Sus dientes mordían mi cuello, algo que pocas veces dejaba de hacer, y me inundó una oleada de placer que me nubló la vista en ese cuarto tan lúgubre y tan oscuro. Su boca alternaba mi boca con mi pene, y su juguetona y traviesa lengua inundaba de saliva mis labios y mi glande.

____¡Me vuelves loca! -exclamaba, de nuevo.
____¡Me viene, me viene...! ¡Sííííí...! ¡Ahhhhh...! -se tambaleaba.

Su sexo se empapó, escurriéndose sus abundantes jugos calientes en sus desnudos muslos. Mi ritmo delataba que mi orgasmo estaba a punto de llegar. Sus siguientes palabras daban el empujón final.

____¡Y ahora tú; dale tu semilla a mi sexo y después te haré un buen limpiado! -dijo con morbo.

Un chorro cálido de líquido viscoso entró en su vagina. Saqué mi miembro y el resto de líquido viscoso lo repartí entre sus senos, su cuello y su boca, liberándome así de la tensión acumulada.

____¡Qué rica y qué calentita...! ¡Mmmmmm...!

Después de descansar unos instantes, me dijo:

____Ahora quiero que te vistas como puedas y te marches. Te pido que no espíes quien soy. Si me obedeces, nos volveremos a ver el viernes que viene con más tiempo. Esto sólo ha sido un aperitivo de lo que te voy a dar -y mojó su ávida lengua en mis labios.

Obediente y con mi pene ya flácido me vestí y salí, sin girarme. Me dirigí a la piscina, para ducharme de nuevo, pensando en lo que me había ocurrido y en si volvería el siguiente viernes a verme con mi extraña desconocida. Me preguntaba quién sería. Las pistas de las que disponía eran contradictorias: por el físico y por la experiencia en fornicar, no podía ser una alumna; por esa falta de ortografía y por el aroma, no podía ser una profesora; tampoco una madre de algún alumno, ya que no les era permitida libremente la entrada al Centro, y menos aún a las duchas. Ese enigma me corroía.

Los tres siguientes viernes volvieron a repetirse los encuentros. Y siempre en el mismo cuarto oscuro y siempre a la misma hora. Pero al cuarto viernes no quise prestarme más al juego y no me la penetré. Sólo me vi con ella tratando, bolígrafo-linterna en mano, de ver su cara. Pero sin conseguirlo porque ella se percató, fue más rápida que yo y me lo quitó de la mano. En definitiva, salí de allí sin saber con quien había hecho el amor cuatro viernes.

A las ocho de la mañana del lunes siguiente, la directora del Centro, airada y con cara de pocos amigos, me dijo que me esperaba en su despacho, a la vez que me dio un sobre, en cuyo había unos papeles y un vídeo, filmado con cámara de infrarrojos, en el que se podía ver mi imagen discutiendo en un cuarto oscuro con una imagen tan borrosa que no se podía ver la cara. Su discurso fue conciso y concreto, pero enérgico:


¡Usted, con su estúpida curiosidad y con su insultante desinterés puede hacer lo que le venga en ganas, pero no en mi Centro!


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Mensaje  achl el Miér Abr 05, 2017 9:45 pm





Probé y no me disgustó

Era noche confusa pero intrigante. Veníamos planeando un viaje desde meses atrás. Mi amiga no venía nunca a visitarme porque era de un pueblo muy distante del mío, pero después de tanto insistir accedió. Le propuse que se viniese a pasar un fin de semana conmigo. En mi casa tenemos suficiente espacio, y cuando mi hermana se casó y se mudó, utilizamos su habitación para estos casos, de modo que no había problema por falta de alojamiento. Mi amiga avisó a su madre y se vino a mi pueblo y a mi casa tres días y dos noches...

Su visita fue lo más novedoso para mí en muchísimo tiempo. Mi amiga era una mujer clásica, pero tenía un toque sensual que no sabría definir; quizás su culo redondo, que parecía decir ‘tócame’, o tal vez sus senos empinados, o quizás su exótica cara... Claro que hasta entonces no sabía que era bisexual, pero con experiencia como esta es cuando te das cuenta, pero aun teniendo amigas en común con igual tendencia, jamás pensé que acabaría siendo una lesbiana.

Apenas entró en mi casa, se duchó y se cambió de ropa; camisa negra ajustada, minivaqueros y sudadera verde, lo que le hacía estar frita de calor, y más teniendo en cuenta su largo viaje.

Mi padre trajo una caja de cervezas, y enseguida nos tomamos un botellín cada una. El resto lo dejamos para 'mejor ocasión'. Habían dicho en la televisión que la temperatura durante las noches iba a subir, así que ya teníamos con qué aplacar esos calores nocturnos.

El primer día transcurrió de lo más normal. Con botellín en mano hablamos de nuestras cosas, como buenas amigas que éramos, y nos pusimos al tanto de todos los chismes, como era habitual vía móvil. Me contó que había tenido una relación con un chico, dos años más joven que ella, pero que al final lo habían dejado para estar con una chica. A él le dolió la separación, pero logró curarse. Mi amiga tenía veintisiete años en ese entonces, y yo veinticinco…

El segundo día, en cambio, fue más inquieto, y no sabía por qué todo el tiempo me sentía excitada, y me parecía extraño porque no era mi etapa hormonal y faltaban aún seis días para que me bajase la regla. Aun eso, notaba un palpitar en mi entrepierna, y más cuando veía a mi amiga ligera de ropa, sin entender el por qué…

Esa noche era la segunda y última que quedaba a solas conmigo. Al otro día tenía que cumplir con una visita a mi familia, a la que había prometido acudir, de manera que una vez que cenamos, en el ex cuarto de mi hermana nos atrincheramos para tomarnos unas cervezas y para conversar. Bebimos seis botellines cada una, y como era de prever empezaron a hacer su efecto, pero estábamos alegres, no beodas. Tiradas en un colchón sobre el suelo y viendo la tele pasamos un buen rato. Vestía yo shorts y blusa fina; y ella, minifalda y blusa, igual de fina, pero más atrevida, más insinuante. Y las dos descalzas, desinhibidas, parloteando y riéndonos del mundo...

De repente, cogió otro botellín y se lo llevó a la boca. Me quedé mirando cómo bebía, hasta que se derramó un poco en su canal. Y ahí empezó todo. En un arrebato, sintiendo un palpitar en mis labios menores, le arrebaté el botellín y me puse a lamer gota a gota de sus senos. Me miró fijamente y, sin que se percatarse vi a través de su blusa que sus mamelones empezaban a endurecerse...

____No tienen perdón de Dios quienes desperdicien, aunque una sola gota de cerveza -dije, como disimulando.

Sonrió, y luego se volcó adrede cerveza sobre sus pechos, loca volviéndome. De inmediato, se les remarcaron en su blusa. Tiré entonces de ella, la tendí en el colchón y busqué su boca con la mía. Me la ofreció y nos besamos largamente. Lamía su lengua la mía enloquecedoramente. ‘Te cogí’, me dije y rasgué su blusa y ella alzó los brazos en línea recta para que le sacase los pechos. Gran sorpresa la mía cuando vi que sus pechos eran más grandes de lo que imaginaba. No llevaba sostén y estaban bañadas en cerveza...

Comenzó a bajar despacio hasta que su boca topó con mis sexo, que lamió a placer. Pero mis manos no quedaban quietas: una le acariciaba las piernas y la otra tocaba su perfecto culo. Cuando su fogosa boca lamió mis labios menores, solté un gemido; bajó ella hasta llegar a mis pantalones, cuyos me quité del tirón. Mi tangas era rojo. La miré entre dichosa y pasmada. No sabía qué era lo que me había puesto así, ni que ella hubiera planeado todo esto, pero lejos de molestarme, me gustó. Chupé su vagina por encima del tangas y cogí éstos con los dientes, bajándolos lentamente.

____¡Ni te imaginas lo que me gusta que goces con mi cuerpo desnudo! -exclamó, como en un gemido.

Su vagina estaba casi abierta y mojada a más no poder, deseosa por recibir. Me aproximé y la abrí más con la boca. Cerró los ojos y se entregó a las sensaciones que sabía que vendrían. Con un movimiento rápido, empecé a lamerle el punto débil de toda mujer, intercambiando con succiones. Se contorsionó. Una de mis manos avanzó hasta sus duros y deliciosos mamelones, a la vez que ella también se los tocaba. Luego de haberle provocado dos orgasmos casi seguidos, se incorporó y, besándome, me dejé desnudar completamente. Estaba caliente, y a ella no se le pasó por alto, así que repitió la misma maniobra que yo con ella, pero con con más maña y más sabiduría lésbica, arrancándome aullidos de placer...

Y así nos mantuvimos hasta las tantas de la madrugada, y luego de dos orgasmos más cada una, el cansancio y el sueño hicieron su aparición y nos quedamos dormidas juntas. Al mediodía del otro día, fui a la salida del bus y sólo cambiamos una sonrisa y una mirada cómplices. Un poco entristecida, yendo de regreso a mi casa, pensé...


“Para salir de una monotonía fastidiosa y agobiante en este jodido pueblo, donde se critica todo, incluso sin motivo ni razón, por lo que sería visto con ojos malévolos el practicar sexo con algún hombre, sin estar casada, a veces se hace necesario y casi obligado hacer el amor con una amiga para no levantar sospecha alguna”


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Mensaje  achl el Miér Abr 05, 2017 11:20 pm



¡Por fin llegó ese momento!


Cuando las cosas tienen que suceder, suceden, sin más. El destino es algo que está escrito, por más que nos empeñemos en luchar contra el mismo, y por más que dudemos de que las cosas no van suceder


Todo empezó en aquella sublime noche. El hecho de que él me invitase a cenar en su casa, me resultó extraño, pero mis ganas de estar a solas con él, olvidaban todo. ¡Cuántos sueños y fantasías pasaban por mi cabeza! Yo quería con todas mis fuerzas que ocurriese lo que llevaba esperando tanto, tantísimo tiempo. Así que me puse mis nuevos vaqueros azules, muy ceñidos, mi camisa azul oscuro, y me dirigí presurosa hacia su domicilio, no sin antes perfumarme con su perfume favorito para mí; sí, ese perfume que tanto embriaga sus sentidos, llamado... 'Quizás Quizás Quizás'.

Como si ansioso estuviera esperándome, abrió sonriendo la puerta al primer timbrazo. Nos sentamos en el sofá y enseguida se aproximó más a mí y comenzó a besarme; primero suavemente, y luego apasionadamente.

Llevada por un contenido deseo de muy atrás, mi mano fue directamente a su entrepierna, al mismo tiempo que sentía que mis mamelones se iban endureciendo. Una acentuada puntada en mi vulva hacía que notase su humedad. Él bajó una de sus manos a mi bajo vientre y poco a poco fue deslizándola hasta llegar a mi sexo, y ya ahí empezó a frotar repetidamente, lo que me hizo hacer a mí lo mismo con su pene. Las respiraciones iban aumentando de una manera imparable, y en jadeos se iban convirtiendo. Mi mano seguía en su erguido miembro. Quería cogerlo, pero sin ropa. Con sus besos apasionados sentía cómo se dilataban mis labios vaginales. Mi tangas y hasta mis vaqueros se iban humedeciendo, mientras suaves e incesantes espasmos anunciaban que de un momento a otro iban a explotar...

Y como era de prever por mí, muy necesitada de sexo, exploté en un gran orgasmo mientras él no dejaba de besarme en la boca, haciendo que el punto débil de ahí abajo siguiese palpitando.

Excitadísimo ya, sabía que él tenía que seguir hasta descargar como yo, así que cambié la mano por la boca y lamí su miembro hasta hacer que saliese de él esa semilla blanca y viscosa, que tanto excita a toda mujer. Dejé que el abundante líquido concentrado se esparciese por mi cara, pechos y se alargase hasta mi vientre...

Descansamos un poco, sólo lo suficiente, y de nuevo volvimos a la carga, pero ahora con la idea de explotar los dos al mismo tiempo. Y así lo intentamos...

Con una maestría, propia de un semental, me calentó de tal manera que él se iba calentando. Entre besos suaves y pasionales, y con una delicadeza inusitada, hizo de mi cuerpo lo que le dio la gana. Metió la lengua donde se le antojó, lanzando yo aullidos de placer. Hasta que llegó la hora de penetrarme. Y me penetró. Lo mejor: que al fin la tenía dentro de mí. Lo peor: que mi ansia no permitió un orgasmo en común, ya que yo me corrí a su primera sacudida, pero esperando su descarga, la cual también disfruté.

Cenamos y después pasé toda la noche con él en su cama, y de madrugada, repetimos sexo. A las ocho nos levantamos para acudir a nuestros respectivos trabajos. Él me dejó a las puertas del mío. Mientras subía a mi oficina, rezaba con todo el fervor del mundo para que momentos así se volviesen a repetir. Y yo me entrenaba en mi casa para saber contenerme la próxima vez.

Y llegó el siguiente encuentro. Y avanzando los días, repetíamos, y así con asiduidad. No queríamos ataduras de noviazgo ni vida en común, pues tanto a él como a mí no había mal con nuestra anteriores parejas. Cada cual vive en su casa con sus propios problemas.


Manteniéndonos así, es como únicamente no rompemos el hechizo que nos une ¡Y vamos ya para dos años que lo hicimos por primera vez!


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