Se llama copla democrático

MI BLOC, QUE NO BLOG

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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Jue Dic 07, 2017 12:04 pm




Vil Garrote el del Generalísimo


Los amigos se pueden elegir, los familiares no


Esa frase cogía mucha consistencia en la mente de Germán Gil el día en que fallecía su último abuelo.

A sus treinta años de vida, ya había sufrido el zarpazo de éstas luctuosas situaciones; ya era conocido el llorar finados próximos. Su padre dejaba la vida año atrás. Moría en trágico accidente de tráfico, en el que había siete interfectos. Su padre conducía beodo un camión de gran tonelaje y arrolló a una monovolumen que transportaba a un matrimonio y a sus cinco hijos, rumbo posiblemente a algún destino veraniego. Todos ellos murieron en el acto.

Año luego, su hermano moría reo de una sobredosis de éxtasis. Fenecía en el suelo de una sospechosa discoteca. El día que lo velaban, aún lucía magulladuras en cara, resultado inequívoco de reiterados pisotones.

Todos sus familiares fueron muriendo en años venideros. Caían como moscas; tíos, tías, primos, hermanos… un familiar tras otro moría cada año desde el primero hasta completar el décimo: su abuelo Anselmo.

El aciago anciano, a punto de cumplir noventa, víctima fue de un accidente casero, facilitado quizá por la desidia que le suponía vivir sin compañía. Resbaló bajando las escaleras que daban a la alacena de la rústica casa familiar cayéndose por los veinte escalones de madera, fracturándose costillas y un omóplato, que fue el que le causó la muerte, cuando una astilla ósea le perforó el pulmón derecho. Cuentan que los aullidos de dolor fueron escuchados por todo el pueblo durante minutos. Cuando el primer vecino llegaba, Anselmo Gil empezaba a criar malvas.

El tanatorio del pueblo sevillano, Peñaflor, parecía haberse convertido en una tasca de pueblo. Un grupo de familias charlaba alegremente frente al cristal que separaba el ataúd con el cuerpo en completo rigor mortis.

Pequeños grupúsculos se hallaban esparcidos en aquella antigua sala con el mismo granito pulido que aquella funeraria utilizaba en las lápidas de sus clientes. Nadie lloraba allí. Pareciese que todos ansiaban el momento de enterrar a aquel vejestorio y empezar a discutir el reparto de la muy jugosa herencia.

Cuando Germán presentaba sus respetos a su abuelo, expuesto en aquella mortaja blanquecina, un griterío provenía de la calle.

____¡¡Hijos de puta...!! ¡¡Hijo de puta el muerto...!!

Aquel insulto reverberaba en las graníticas paredes, abofeteando con su sonoridad a todos los presentes que, oprobiados, salían a la puerta exterior.
Se sorprendía Germán, como todos, al descubrir que aquel improperio era lanzado por una anciana con no menos de noventa años.

____¡¡Hijos de la gran puta, me cago en vuestros putos muertos y en todos ustedes cuando reventéis!! -profería la nonagenaria amenazando a los más cercanos con un báculo de roble y con una cruz como filacteria.
____¡Oiga, ¿qué coño le pasa? -preguntaba uno de los presentes, hijo del occiso.
____¡¡Hijo de Satanás!! ¿Crees que puedo olvidar que ese cabrón mató a mi marido por un real? -gritaba mientras su dentadura se las veía canutas para mantenerse en su sitio.
____¡Era su trabajo! ¡Váyase antes de que la eche a palos, bruja! -decía otro familiar alzando el puño y haciendo gesto ignominioso con éste.

Pero la vieja volvía a la carga con su afilada lengua. La gente volvía a la sala del tanatorio, mientras dos valientes seguían enfrentándose a aquella iracunda fémina.

Finalmente, ella se alejaba y se perdía entre calles angostas y empedradas.

Germán pensaba intrigado. '¿Cómo que era su trabajo?'.

____Tía Lola. ¿Qué es eso de que era su trabajo? ¿Quién era esa mujer?
____¿No lo sabías? Tu abuelo fue verdugo -respondía Lola, con su mirada soslayada y arrogante de siempre.
____¿Qué?
____Estaba en el cuerpo de verdugos durante veinte años. Y esa era la mujer del primer ajusticiado por tu abuelo, que también era del pueblo.

Un bofetón sentimental le azotaba como una patada en los huevos.

¡Su abuelo, verdugo en la etapa del dictador Franco!

____¿Qué hacía exactamente mi abuelo? –le volvía a preguntar mientras miraba de reojo la sonrisa que exhibía el cadáver en la caja.
____Para que lo entiendas, él era el que giraba la manivela en el garrote vil –la tía le explicaba simulando girar una manivela.
____Es suficiente, gracias -finalizaba Germán, intentando no ser descortés.

Una nausea por poco le causa un profundo vómito, cuando volvía la vista al cuerpo de su predecesor paterno.

Un mar de recuerdos gratos era evaporado por el fuego que le ocasionaba pensar en la crueldad del garrote vil, y en la figura risueña de su querido abuelo, activando el mezquino instrumento.

Aquella silla era usada en España, y en algún país de América del Sur para ajusticiar a los condenados a muerte. Aquel collar, aquel tornillo con la cabeza abultada que destrozaba vértebras, produciendo un sonido característico y macabro, era activado por su abuelo, en su pueblo y en muchos otros de la provincia sevillana..

¿A cuánta gente habría matado por un real, como decía aquella resentida anciana? Imaginaba, sin temor a equivocarse, que no fueron pocos.

Seguía mirando el cadáver, con cierto y repugnancia comedidos; pero con todos los matices que le ofrecían sus recuerdos infantiles. Se paraba en aquella sonrisa que mostraba su extinto familiar.

De repente, algo le aterraba.

El pavor era tal que gotas de orín fluían sin control, marcando los pantalones.

Cuando poco después comprendía lo que terminaba de presenciar, dictaminaba que tenía que tomar el fresco. Una vez fuera, mientras encendía un cigarrillo con manos temblorosas, intentaba dar respuesta a lo que acababa de suceder.

Intentaba aclarar si todo lo acaecido era producto de su enajenada imaginación o era tan real como los exabruptos de aquella curiosa y cacólatra anciana.

Pareciese que el amortajado le había guiñado un ojo. El iris vidrioso que se escondía tras el párpado muerto le miraba unos segundos, aunque años eran para él.

Caminaba Calle Arriba, con la idea de entrar en uno de los bares del pueblo y así tomarse un buen pelotazo. Intentaba prometerse que lo ocurrido no era más que el resultado del cansancio y estrés, provocado en gran medida por el largo viaje en su coche desde Alemania.

Mientras empujaba la puerta del ‘Bar Isi’, un rugido mecánico le detenía en seco, en pleno acto de apartar con la mano la cortinilla de plástico que impedía la entrada a las moscas y a otros dípteros indeseables.

El sonido provenía de Calle Abajo, creciendo cada segundo que pasaba. Momentos después, divisaba un tractor a todo gas, rumbo al tanatorio.

La sorpresa se tornaba en temor mientras podía ver que la conductora era aquella desahogada vieja.

El tractor iba ensamblado a una pequeña cisterna que por su aspecto delataba que se trataba de gasóleo. Y los reflejos del sol demostraban también que el líquido del interior brotaba por decenas de agujeros.

Germán se echaba las manos a la cabeza.

El tractor entraba impetuoso en el tanatorio rompiendo la vidriera exterior, como si King Kong rompiese un juguete de papel.

Los alaridos se escuchaban durante pocos segundos, y daban paso a un torrente de explosiones, para finalizar sucumbiendo a la oscuridad más absoluta que Germán había experimentado en su vida.

Cuando la negrura desaparecía, un blanco infinito le rodeaba en derredor.

Tras caminar desorientado unos minutos en aquella espesa neblina, topaba con un objeto de madera.

Palpando, descubría que era una silla, y se aposentaba en ella, pues estaba cansado.

Por instinto, apoyaba la cabeza en el respaldo. Por sorpresa, un chasquido metálico le ponía un collar en el cuello. No se podía mover.

Siseos de engranaje le hacía volver la cabeza. Y allí veía a su abuelo, que giraba una manivela. Mostraba un par de ojos vidriosos y una sonrisa tenebrosa.

German cerraba los ojos y gritaba.

Cuando los volvía a abrir, el blanco le cegaba. Pero esta vez era el color reflejado por la viveza de los fluorescentes de aquel hospital sevillano.

Una máquina cercana a la cama empezaba a pitar, que precedía a una inundación de médicos, periodistas y curiosos que en ese momento rondaban por la UCI.

____¿Cómo se encuentra? -le preguntaba un tipo con bata verde.
____Confuso -podía contestar Germán.- ¿Qué ha pasado?
____Ha sobrevivido a la matanza del tractor de Peñaflor. Una mujer hizo estallar media tonelada de gasoil y de amonal rudimentario fabricado con fertilizantes.

Pero Germán dejaba de escuchar y giraba la cabeza hacia el compartimento de al lado, oculto por un biombo amarillo. Un rugido metálico era lo que le llamaba su atención. Un susurro pidiendo ayuda era lo que le hacía reaccionar. Se levantaba de la cama, bañado por los lampos de cientos de flashes  fotográficos.

Sólo él parecía escuchar aquella demanda de auxilio y aquel traqueteo mecánico que le resultaba tan familiar.

Los presentes le seguían con la vista. Germán apartaba el biombo y gritaba.

Donde los otros no veían más que un pequeño espacio diáfano, él veía una silla de garrote vil con un cadáver con el cuello bermejizo, empapado en sangre. El cadáver era él, y el verdugo de ojos rubicundos y vidriosos era su abuelo Anselmo.

Los anonadados espectadores no entendían aquellos gritos. Y tampoco entendía el motivo por el que Germán blandía afilado bisturí, que cogía de la mesa blanca. Cuando intentaba ensartar al verdugo, la imagen desaparecía y la sala se volvía a quedar diáfana.

Detrás de él se oían murmullos. Se daba la vuelta. Aterrado, veía que docenas de ojos vidriosos le miraban. Furibundo, atacaba con objeto de defenderse.

Su brazo se agitaba frenéticamente. El bisturí salpicaba las paredes de sangre, de trozos de músculo y de fluidos oculares.

Proseguía hasta que un periodista le reducía golpeándole la cabeza con un extintor.

Cuando se despertó, una bata blanca era su única compañía en la candorosa y acolchada habitación del Centro Psiquiátrico Penitenciario.

Sin entender donde estaba, se incorporaba y se acercaba a la puerta. Se asomaba por la ventanilla enrejada. Un grupo de gente parecía mostrar atención al interior de otras estancias iguales en un interminable pasillo.

Germán golpeaba la puerta.

La gente del exterior se daba la vuelta y se acercaba. Entonces German veía en ella aquellos ojos vidriosos que tanto le asustaban. Gritaba mientras se acercaban a él.

Vencido por el miedo, chillaba y metía con fuerza sobrehumana los pulgares en sus cuencas oculares. La sangre resbalaba por sus mejillas y lo último que oía antes de morir desangrado era la cerradura electrónica de la puerta moviendo los goznes para abrirla.

A los verdugos se les reconoce siempre: tienen la cara del miedo


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Jue Dic 07, 2017 12:11 pm




La tolerancia es tan necesaria como el comer


Muy angustiada corría por aquel pasillo. Los números en las puertas se le agolpaban. Creía haber dado con la habitación correcta. Pero no. Hasta que por fin vio la placa: habitación 33. Se quedó parada unos segundos, sin aliento y mirando hacia arriba. Movió la cabeza para tratar de salir de su aturdimiento, puso la mano trémula sobre el picaporte, cogió aire y la abrió despacio, como si la puerta se fuese a romper


Y allí estaba su hijo, en la cama, y junto a él, su médico miraba el historial clínico. Dio un sobresalto al ver a Hugo, su hijo, con goteros, pero él chico no llegó a percatarse, ya que miraba por la ventana.

____Buenas tardes, doctor, soy Sonia, la madre de Hugo –dijo con ojos vidriosos y voz quebradiza.
____Hola, Sonia. Y yo soy Antonio, el médico de Hugo. ¿Te importa que salgamos un momento y así dejamos a Hugo descansar?

El chico sonreía a la vez que unas lágrimas acariciaban sus mejillas, mientras madre y doctor salían de la habitación, cerrando él tras sí la puerta.

____¿Cómo está mi hijo? –preguntó y sacó un pañuelo de su bolso, con un movimiento asombrosamente nervioso.
____Dentro de la gravedad, estable. Se recuperará favorablemente con la debida rehabilitación –miró de nuevo el historial, parpadeó dos veces y tragó saliva otras dos-. El brazo izquierdo fracturado. La pierna izquierda fracturada por tres partes. Tres costillas fracturadas, y el ojo izquierdo ulcerado, pero no hay ningún riesgo de pérdida.
____¿Co... Cómo ha sido? -preguntó nerviosa, cerrando fuertemente los ojos y apoyándose en la pared.
____Un compañero del colegio le golpeó varias veces con un patín.


La puerta se volvió abrir. Hugo no sabía si había pasado un minuto o una hora. Abrió despacio el ojo bueno y miró a su madre, junto a la cama. Ella le sonreía entre lágrimas.

____Hola, mamá.
____Hola, mi vida –respondió mientras le cogía la mano–. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Cómo estás? –preguntó intentando mantenerse lo más serena posible.
____Es... estaba… -empezó Hugo, a partes iguales de duda, rabia y dolor. Se mordió con fuerza el labio y prosiguió–. Despidiéndome estaba de Luis en la puerta de su casa. Llevaríamos quince minutos o así, entre abrazos y risas y… le besé. Luego, abrió la puerta de su portal y subió las escaleras hacia el ascensor. Entró y, mientras se cerraba, nos despedíamos con un beso al aire -hizo una pausa para recuperar fuerzas–. M- m- me giré y lo último que recuerdo es que alguien dijo: '¡Eh tú, maricón, te vas a enterar…'.

Sonia se quedó paralizada. Lo único que podía hacer era acariciarle la mano. Las palabras no le salían por mucho que lo intentaba.

____¿Recuerdas lo que me dijiste la primera vez que me insultaron por lo que soy, por como soy cuando contaba nueve años? ¿Y la segunda...? ¿Y la tercera...? ¿Y después del primer puñetazo...?

Sonia asintió despacio. No podía hacer otra cosa que no soltarle la mano y mirarle con dulzura.

____Me dijiste que con el transcurrir del tiempo todo pasaría, que la gente se convertiría en tolerante, que se acostumbraría. ¿Tolerante? Y la sensación que tengo es que me siento como ese pasajero de un tren, al cual no quise subir; no compré el billete, y siento que no me dejarán bajar. Cada vez más pienso que al viaje le quedan ya menos paradas. Cada día son insultos, desprecios, golpes. Tengo 14 años, mamá, y la sensación de que un reloj con cuenta atrás pende sobre mi cabeza –y empezó a llorar.
____No digas eso –respondió tierna ella-. Puede que no te guste el viaje. A veces no podemos elegir ni el trayecto ni el destino. Pero lo que podemos elegir es con quien hacerlo. Llegará el día en el que el tren se quede sin combustible, sin ese impulso que es el desdén y el odio, irracionales. Poco a poco, como te dijeron en la asociación, lo estamos consiguiendo. Aférrate a tus sueños, tus esperanzas y a lo que más quieras. Porque....


¡Eso es la vida, hijo mío!


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Jue Dic 07, 2017 12:25 pm



Buscando trabajo en Huelva


Soy Eloy y, como otros muchos españoles, estoy sin trabajo. Me enteré de que podía lograrlo en Huelva. Pedí una entrevista, que me concedieron. Cogí un autobús de 'Damas', y aquí estoy,  en Hueva, en el despacho de un empresario onubense, más bajito y más poca cosa que un enanito de Blanca Nieves


El empresario me mira a los ojos y me dice:

____Hábleme un poco de usted.
____Verá, señor, necesito el puesto porque llevo mucho tiempo en el Paro y hace tiempo que se me acabó el subsidio. Mi situación personal es desesperada.
____¿Ha trabajado usted antes con pescado?
____No señor. Nunca.
____Da igual. Aquí podrá usted aprender de pescado.
____Seguro, señor.
____¿Tiene usted experiencia en almacenaje de pescado?
____Fui mozo de un supermercado durante un mes.
____Bien. Y dígame, ¿tiene usted algún problema con el pescado?
____¿Cómo dice, señor?
____Que si tiene usted algún problema con el pescado.
____¿A qué se refiere, señor?
____Que si a usted le molesta el pescado.
____No señor.
____¿Siente usted escrúpulos del pecado?
____No señor.
____¿Es usted alérgico al pescado?
____No señor.
____¿Ha empaquetado usted alguna vez pescado?
____No señor.
____Lo digo porque, verá usted, no es igual manejar, por ejemplo, cien lenguados que cien mil. Puede usted acabar harto de pescado. Y eso no se lo permito a usted.
____Por supuesto, señor.
____Sepa usted, caballero, que estas instalaciones son una fábrica de pescado, y no un supermercado de pescado.
____Lo entiendo perfectamente, señor. Descuide.
____Caballero, yo adoro el pescado.
____Me lo imagino, señor.
____Caballero, el pescado es toda mi vida.
____Ajá.
____¿Se acostaría usted con un pescado?
____¿Eh?
____Pues yo sí.
____¿Trabajaría usted con pescado por cinco euros la hora?
____Cuente con ello, señor. Oiga, me ha parecido entenderle antes...
____Pero usted no es el único candidato, caballero Tengo que hacer aún muchas entrevistas más.
____Claro, señor- ¿Le importaría repetir lo que ha dicho de acost...?
____Mire, caballero, si decido contratarle debe prometerme algo.
____Dígame, señor.
____Amará usted al pescado sobre todas las cosas.
____Bueno, tal vez eso sea mucho pedir, pero le garantizo, señor, que haré todo lo que pueda.
____¿Conoce usted a San Pescadito mártir?
____¿San... Pescadito... qué, señor?
____Mártir, caballero.
____Pues no, señor.
____Es el patrón de esta empresa. A él nos encomendamos siempre. Venga aquí, caballero, y póngase esta chapa.
____Oiga,  señor, no sé si soy merecedor a ello.
____Póngasela usted en la solapa. Así, como yo, mire...
____Con que San Pescadito mártir...
____Eso es. Y ahora, si me disculpa... Cualquier novedad, le avisaremos.
____Señor, no dejo de darle vueltas a lo que dijo sobre que si se acost...
____Soy un hombre muy ocupado, caballero.
____¿Su esposa lo sabe?

El empresario se incorpora de su sillón giratorio, con dificultad y, con el cuerpo y el rostro evidentemente cansados, responde:

____Mi esposa es una ballena, caballero.

Y en ese momento, despierto sudando a mares y con olor a pescado


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Jue Dic 07, 2017 1:14 pm




Mi uniforme de trabajo


Recuerdo que antes de acudir a aquella entrevista, noté algo extraño que se me fue acrecentando no bien me bajé del bus y me acerqué a aquel club de campo


Tenía unos muros altísimos, como los de esas urbanizaciones que con los años y las continuas crisis económicas quedaban en casas miserias. Hasta el portón enrejado de entrada estaba cubierto por una lona negra que no dejaba ver ni el más mínimo resquicio de adentro.

Luego de lo largo y pesado que se me hizo el viaje desde Sevilla hasta aquel lugar semi escondido del último pueblo de la zona, llegué al portón de la entrada y pulsé el timbre del portero eléctrico.

____¿Sí?
____Vengo por lo del anuncio de fontanero -respondí.
____Un momento -dijo la misma voz cascada, como de abuelo.

Aquel club estaba en una zona aislada, en medio del campo, lo que aumentaba mi curiosidad del por qué tanta manía por la privacidad. El anuncio del diario pedía 'un jardinero con experiencia para club de campo'. Necesité subirme a un metro y tres autobuses para llegar a ese rincón de la zona alta del Aljarafe sevillano.

Diez minutos después, unos ojos se asomaron por la mirilla:

____¿Sí?
____Soy la persona que llamó antes y vine para lo que dije antes.
____Ahora mismo le abro.

Se corrió el portón y apareció un viejo completamente desnudo, salvo alpargatas de color beige, quizás para hacer juego con ese tostado completo de su piel. Me quedé helado. Clavado donde estaba. Aquel viejo me vio la cara y me preguntó:

____¿No sabía usted que este es un club nudista?
____No. El anuncio no mencionaba esta 'particularidad' –respondí, matizando.
____Ya que vino hasta aquí, aproveche la entrevista –se percató de mi indecisión.
____¡Pero pase, pase, que no le vamos a comer!

Pensé que los empleados no tenían por qué imitar a los socios del club en su hábito. Al fin y al cabo, el nudismo no era una religión y yo no tenía por qué ponerme en pelotas para entrar en el templo. Pero el viejo se aburría de esperarme y entré.

Le seguí en un carril de laja hasta una casa con un cartel que rezaba 'Club Embolas. Dirección'. En el trayecto vi a varias familias burguesas haciendo vida al aire libre. De esa primera impresión, nada placentera por cierto, recuerdo a una gorda que jugaba al voley con un tipo. Sus tetas descomunales se bamboleaban cada vez que la gorda golpeaba la pelota, casi a punto de abofetearse su propia cara. Recordé un chiste: '¿por qué los clubes nudistas no dan tickets a sus socios? Porque éstos no tienen bolsillos dónde guardarlos'. Y quedaba flotando la gracia al pensar que en la raja del culo podrían meterse el cartoncito con el dichosito numerito de socio.

Entramos. El viejo golpeó la puerta de una oficina y, al asomarse un tipo con unas gafas apoyadas sobre la punta de su nariz, el viejo le dijo:

____Señor director, este joven viene por la entrevista de trabajo.
____Pase usted -y me echó una mirada de abajo a arriba.

Vestía bien: camisa y pantalones de marca, mocasines... Me pareció muy esmerado en su ropa para un sábado en medio del campo. Le di mi currículum. El director se retrepó un poco las gafitas y leyó. En el folio figuraba con detalle mis experiencias como jardinero en urbanizaciones de lujo. Si la gente adinerada había confiado sus propios jardines a mi persona, era obvio que yo tenía capacidad para ocupar ese puesto. Así que el máximo responsable del 'Club Embolas' no necesitó de preguntas. Fue directamente al grano:

____Usted ha visto, señor... -y volvió al currículum para leer mi nombre-, Pérez, que éste es un club naturista, un campo nudista que le llamaban antes.

Y durante unos instantes se me quedó mirando en silencio a los ojos. Lo que supuse que debía corroborar su dicho.

____Lo he visto con mis propios ojos, señor director -le dije sin ningún dejo de ironía.
____Y usted imaginará -continuó el director-, que aquí los empleados se adaptan a la filosofía del club.

Odiaba que utilizasen la palabra filosofía para cualquier tontería. Sólo dije 'claro', y esperé a ver qué iba a decir después. En realidad, era un tipo pedante.

____En consecuencia -concluía el director-, toda la plantilla de operarios debe hacer su tarea como vino al mundo, ya lo habrá visto en don Tejo, el portero. ¿Se anima, señor Pérez? Según su currículum, usted es una persona cualificada para cuidar el parque y los jardines de nuestras instalaciones, pero el acoplarse al modus vivendi de nuestros socios es una condición sine quam para que consiga este empleo.

Tanta fineza de latinismos me había mareado, al fin y al cabo allí, viejos decrépitos paseaban por allí sus alicaídos órganos reproductores.

Pensé que debía decidirme ya. Sin embargo, antes le dije:

____Pero usted está vestido, y es el máximo responsable.
____En mi oficina, pero si salgo a dar una vuelta por el campo, tengo que quitarme la ropa -y como si esto le hubiese activado, añadió: venga, que le voy a enseñar muestras instalaciones, así sabrá con cuánto verde va a tener que lidiar.

Y acto seguido, se detuvo de su silla con ruedas, se escondió detrás de un biombo y en pocos segundos emergió en cueros, salvo unas zapatillas de lona. Era un tipo muy velludo, un mono con anteojos, y me acaloré de sólo mirarle el pecho.

Salimos al exterior. El director me llevó de paseo por los cuatro rincones del recinto. Saludaba amable a los socios, y me iba enumerando mis hipotéticas obligaciones, si yo aceptaba: poda, abonado, plantación, regado... Me resultaba incómodo seguirle la conversación, mientras nos acercábamos a una mesa de cemento con su parrilla correspondiente, y una mujer me distraía por sus atributos. No quería mirarla, pero no podía evitar que mis ojos se posasen en su culo firme o en sus redondas tetas. El director ni cuenta se daba, y yo no entendía cómo evitaría una erección. Mientras me hablaba, pensaba que el nudismo era, paradójicamente, antinatural: el hábito a él llegaba a apagar el deseo de tal forma que volvía a las personas asexuadas.

El director se acercó a hablar con uno que asaba trozos de carne en su parrilla.

____¿Y la familia? -le preguntó, dándole la mano.
____En la piscina -dijo el socio-. Yo soy el criado de todos ellos, el que se quema los huevos frente a este fuego -se rieron.

Al verme parado y en silencio, el socio inquirió con la mirada al director. Éste me hizo un gesto para que me acercase mientras le decía al otro:

____Le presento al señor Pérez. Vino para ofrecerse como jardinero, pero se llevó una sorpresa y aún no se ha decidido.

Le di la mano al tipo, que le dijo al director mirándome:

____Claro, lo entiendo.

Los tres reímos. Luego nos despedimos y seguimos recorriendo el campo. Dimos la vuelta entera al muro perimetral, inexpugnable por donde se lo mirase, y volvimos a la puerta de la dirección.

____¿Qué, Pérez, acepta o no? -me preguntó el director, refugiándose de un sol de sentencia de julio bajo el alero de la edificación.

Dije que sí, porque necesitaba un empleo. Me dio la mano otra vez como señal de bienvenida y se presentó:

____Mi nombre es Roberto Izquierdo.

Después hablamos de remuneraciones, o más bien él ofreció un sueldo y yo acepté. Antes de despedirse me dijo:

____Ahora vaya a ver a don Tejo. Él le tomará sus datos. Es urgente cortar el pasto, así que, si le parece bien, empezará mañana.

Y claro que me parecía bien, como a todo parado con necesidad por trabajar.

Cuando llegué a mi edificio lo primero que hice fue ir al piso de mi vecino y amigo y le pedí que me prestase su moto hasta que viese la manera de cómo desplazarme hasta mi nuevo trabajo, sin necesidad de Metro y autobuses. Luego, ya en mi casa, busqué un tanga beige que a veces usaba para tomar sol en la terraza. Lo había pensado a la vuelta durante el interminable viaje. Cogí el tanga y reforcé con una correa de cuero el contorno; me fui a mi estantería de trabajo y cogí un alambre, cuyo corté con alicates trozos de tres centímetros y fui adhiriéndolos al tanga con el mayor cuidado posible, manteniendo la simetría en la distancia, pues éste sería mi único e inefable uniforme de trabajo. Seis ganchitos circundaban el hemisferio de tela del tanga. Ya acabada la transformación, volví a mi cuarto, me lo puse y me miré al espejo: reí pensando que si me ponía un casco de operario podría pasar por un streeper en un disfraz de rol.

Aquella noche me costó conciliar el sueño. Aunque parezca broma, se me venía a la mente la imagen de don Tejo, con su escroto alicaído entre pelos canosos del pubis, y me revolvía inquieto en la cama pensando que así podría terminar yo.
 
Al otro día, llegué al club media hora antes del horario señalado: siete y media. El club abría para los socios a las nueve y media, así que don Tejo vino al portón con su indumentaria de trabajo: un pantalón de dril blanco y una camisa azul. Esta vez, me llevó hasta un almacén junto al vestuario de los naturistas. Ya allí, me enseñó una ficha de cartón con mi nombre y me explicó cómo marcarla con reloj eléctrico, para hacer constar mis horarios de entradas y salidas. Luego, me entregó la llave de un casillero de metal que sería el mío.

Tenía el número 16, y yo recordé que, según la simbología de la quiniela, ese guarismo era 'el anillo' (¿el de don Tejo sería el doble cero?), pero no dije nada para no producir malas interpretaciones, al fin y al cabo era mi primer día de trabajo.

Después me señaló un vestuario rústico, con bancos de madera y clavos en la pared, para que me pusiese mi ropa de trabajo: el uniforme de Adán. Don Tejo me dejó solo, como si afuera hubiese privacidad. Me desnudé y bajo los vaqueros traía el tanga adaptado. Guardé toda la ropa en mi casillero y colgué la llave de uno en los ganchos de mi única prenda.

Cuando salí al exterior no había nadie. ¿Y el almacén con herramientas dónde está? Caminé hasta otra construcción, una casilla con techo de chapa. La puerta no tenía candado. Dentro hallé herramientas, una carretilla y algunas macetas de plástico, esperando a ser plantadas. Me enganché del tanga, una pala y un hacha de mano, y salí arrastrando la carretilla. Como hora después, agachado preparando el terreno a la vera de una de las calles internas, sentí que alguien me tocaba el hombro.

Tan concentrado estaba en mi labor que ni noté que el director del club, totalmente en pelotas, estaba a mi lado. Lo saludé. Izquierdo me preguntó cómo había llegado. 'En moto', le respondí. Él quedó helado con mi aparente vulgaridad. Me justifiqué alegando que nadie me había dejado instrucciones sobre por dónde comenzar mi labor. El director me dijo que estaba bien, que ése no era el problema. Señaló mi tanga con un índice: el problema era en que no estaba convenientemente desnudo y ya mismo empezarían a llegar los socios. Tuve la intención de aclararle que sólo los que se metían en la piscina estaban desnudos, ya que todos los demás usaban calzados o gafas. Pero en su lugar le hacía ver que este no era un tanga corriente, sino un accesorio necesario para hacer bien mi trabajo:

____En algún lugar tengo que enganchar mis herramientas de trabajo, ¿no cree?

Y me quedé mirándole, a ver si mi justificación merecía un chiste sexual al respecto. Pero quería entender mientras se fijaba en los ganchos que yo le había adaptado. Al fin me dijo:

____El reglamento es claro para todos: debemos seguir la filosofía naturista como norma principal de nuestra convivencia Sin embargo, voy a llevar su petición a la junta de socios del club. Así que por el momento siga trabajando así.

Y así lo hice.

Ese domingo no paré un solo momento, casi ni para comer. Anduve por el campo, podando, plantando, desmalezando, regando. Había unos sectores abandonados, sin guardar consonancia con el entorno. Algunos nudistas me miraban extrañados, pero no podría evitar que mi escasa prenda, en su estrechez provocadora, marcase genitales. Y la verdad es que, más allá de la excusa para no querer desnudarme, era práctico poder acarrear conmigo los útiles más indispensables para mi trabajo.

A la otra semana, tampoco nadie dijo nada sobre mi tanga beige, lo más parecido a estar en bolas. Pero yo, con mi humor, imaginé qué reacción tendrían algunas que premiaría con un súbito streap tease, si en medio del trabajo decidía desnudarme de golpe por propia decisión. Así que todo era cuestión de probar.

Una tarde iba yo por el parque arrastrando la carretilla, cuando vi a una mujer sola, poniendo la mesa para el almuerzo. Era atractiva y con buen cuerpo, y por suerte para mí, porque eso significaba que no me había camuflado con el entorno, se me empalmó. Desvié mi camino y me acerqué hasta el árbol más cercano a ella. Esperé a que sintiese mi presencia, y cuando se me quedó mirando me quité el tanga, a la vez que simulé revisar la resistencia de los ganchitos, mientras que de reojo miraba la reacción de la naturista.

Podrán creer que se turbó; ella, que estaba en cueros frente a cualquier extraño. Se puso roja y desvió la mirada, buscando a su marido. ¿Y de qué podrían acusarme? ¿De cumplir con la filosofía del naturismo que por él me daban el empleo? Mi lucir finalizó un segundo después, cuando volví a ponerme mi uniforme de jardinero. La mujer se había sentado en un banco, dándome la espalda. Y hasta que no me fui de aquella zona no reanudó sus quehaceres domésticos.

Fue esa mi única diversión en ese verano. Repetí esa performance varias veces más, con el mismo resultado: las nudistas se ruborizaban al verme 'de repente' en traje de Adán.


Pensé que tal vez mi actitud abyecta devolvía aquellas damas (quizás su 'filosofía' las convirtió en recatadas, casi frígidas) un poco del erotismo que su hábito de muros para adentro les había esquilmado



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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Miér Dic 13, 2017 8:36 am




Trucos de maquillajes
para pieles maduras


El maquillaje puede ayudas a las mujeres a rejuvenecer su cara, pero sólo si lo amoldan a las necesidades de la piel. No puede tratar el cutis a los 40 años, como lo hacían a los 20.

Cada etapa de la vida requiere nuevas adaptaciones y el maquillaje forma parte de una de ellas. Y he aquí unos trucos sencillos para maquillar una piel madura y devolverle una apariencia atractiva y fresca.

Cuidado con la base de maquillaje

Existe un número infinito de bases de maquillaje y cada una de ellas ofrece un acabado distinto, pero cuidado porque hay bases que deben evitar ya que pueden hacer parecer a un rostro más maduro de lo que es.

Las bases claritas con un toque rosado anulan los tonos naturales de la piel, ofreciendo una apariencia opaca, contrario a lo que buscan. El maquillaje idóneo debe acabar con tonalidades amarillentas, ya que estas aportan el toque de luz adecuado.

Sí al colorete

Con el paso del tiempo, la cara se va apagando, va perdiendo brillo y la pigmentación natural de las mejillas desaparece poco c poco. El rubor es el cosmético que necesitan las mujeres, pues es la mejor opción para devolver la tonalidad a la piel.
Dado que las pieles maduras son más secas, la textura ideal de este cosmético será en crema. Estas composiciones son más hidratantes y por lo tanto no resecan la piel como el colorete en polvo.

Deben retirar de su neceser estos coloretes,  así como también eliminar los polvos traslucidos. Estos, en lugar de realzar los rasgos, están destacando la línea de expresión y las arrugas, y ese efecto no es el deseado.

Una ceja definida, poblada y arqueada

Las depilaciones de cejas demasiado angulosas ofrecen la imagen de una mujer con carácter. Una cara madura debe intentar dulcificar sus rasgos, y las cejas juegan un papel importante en esto. Atrás quedaron las cejas finas porque una ceja ancha, poblada y en forma circular, suaviza la mirada.

Stop a las ojeras y las bolsas

Cada vez más visibles, las ojeras se convierten en el enemigo nº 1 de una piel madura. El uso de un buen anti ojeras es necesario para hacer que estas si no desaparecen, disminuirlas. Para este tipo de pieles van mejor los cosméticos fluidos, por  dos razones: son hidratantes y no marcan las arrugas, fundamental para un buen acabado.

Las bolsas son otro quebradero de cabeza. Eliminarlas  resulta complicado, pero para todo hay solución; el tratamiento y la constancia tienen premio. El maquillaje puede disimularlas, pero siempre se percibirán y por eso es mejor cuidarlas. El uso de contorno de ojos o mascarillas frías puede ayudarlas a solucionar el problema.

No a los cosméticos brillantes


Deben olvidarse de las sombras metalizadas, los coloretes con reflejos y el gloss de labios. Estos cosméticos acentúan las arrugas, y por esta razón es recomendable no usarlos.

Los labios hidratados

Los labios pierden volumen con la edad, y con el maquillaje, las mujeres tienen que intentar devolvérselo. Las barras de labios hidratantes es la mejor opción, así como la elección de colores claritos. Los tonos oscuros tienen la capacidad de reducir la dimensión de las cosas, y para los labios todo lo contrario.


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Dic 29, 2017 1:07 pm




La chica del clarinete


Por fin llego a mi casa. Sudoroso y presuroso me voy hacia mi dormitorio; una vez en él, con dos rápidos movimientos lanzo los zapatos contra la pared. Mientras me voy desvistiendo, saludo con una caricia a mi querido piano. No me encuentro de buen humor esta noche para hacerlo sonar, y con éste son ya diecinueve los días que no me siento con ganas para ello


Sin más, me meto en la cama. Ha sido un largo y duro día de palmaditas en la espalda y de esos: ‘ya le llamaremos’. Harto estoy de la misma copla. Lo único que ahora quiero es dormirme, para no pensar que mañana me espera una jornada de más de lo mismo.

Cuando el sopor está venciéndome me espabila una música que proviene de detrás de alguna de las cuatro paredes de mi dormitorio. El sonido es claramente el de un clarinete, y el dueño o dueña que lo toca, a pesar de mi bestial cansancio, me produce un efecto sedante.

Mientras me debato entre el sueño y la realidad, siempre con esa melodía de fondo, pienso que llevo diez meses viviendo en mi nuevo piso, y desde que me he mudado nunca he oído nada igual, por lo que no me resulta difícil suponer que ha llegado algún vecino nuevo.

Cuando despierto, sobre las seis de la mañana, me encuentro relajado. El anónimo músico, sin él saberlo, me ha ayudado a dormir, y esto me anima a tocar mi piano.

Me desperezo y me voy hacia mi preciado instrumento; separo el banco y me siento, pongo mis manos en las teclas marfiles, me coloco los cascos y a tocar se ha dicho. De mi inconsciente aparecen las notas que me han ayudado a conciliar tan reparador y reconfortante sueño. Poco a poco me voy animando a tocar diferentes melodías.

Luego de una media hora tocando, me entra hambre; como algo ligero, preparo nuevos currículum y de nuevo me zambullo en la cama. Pasadas dos horas será un nuevo día, y agotador como siempre.

Cuando mi puto despertador suena, me levanto, me ducho, me afeito, me visto y bajo las escaleras. Hoy no quería coger el ascensor, ya que quiero saber si el inquilino nuevo es de mi edificio. Llego al portal, sin ver movida de mudanza, pero en ningún descansillo. Decepcionado, vuelvo a mi piso, desayuno y me lanzo a la calle en busca de un trabajo, como últimamente vengo haciendo.

Pasan los días y me parece que quien toca el clarinete ha escogido las 10 de la noche como hora favorita para ensayar, pues siempre que llego a mi casa a esa hora justo cuando el reloj marca las 10, el clarinete empieza a sonar. Con el tiempo voy acostumbrándome, pero quien lo toca, siempre maneja la misma música.

Ayer a las diez menos diez, mientras subía en el ascensor pensaba: ‘¿y por qué no le acompaño con mi piano? Igual que yo le oigo, quien sea me oirá a mí'. Dicho y hecho. Cuando a las 10 en punto comenzó a sonar la música, emprendí mi acompañamiento a mi ignoto intérprete.

Pero, al contrario de cómo pensé, el oculto músico empezó a tocar suave, y yo entusiasmado le seguía. No recuerdo ya cuánto estuvimos tocando la misma pieza, pero sí recuerdo que no me cansaba de tocar, y tuvo que ser unas súbitas ganas por dormir las que interrumpiesen el éxtasis. Sin darme cuenta, me había metido en la una, y tenía que levantarme a las siete.

Hoy despierto interesado en lo ocurrido anoche. No salgo y me quedo en casa esperando a que mi vecino toque a otras horas. Pero pasa el tiempo y... nada. Sólo a las 10 en punto, tan puntual como mi despertador.

Vuelvo a acompañarle en su entrenamiento, y con la idea de que también en días sucesivos. Siempre a la misma hora. Ignorando si mi compañero músico tiene la misma obsesión que yo.

Una noche llegó nuestra furtiva hora, pero mi confidente musical no daba señales de vida. Lo esperé una hora, pero terminé por acostarme. Al otro día tampoco. Pasaban los días y el clarinete no se oía, y mi piano sin aquel clarinete parecía huérfano.

Una tarde decidí preguntarle a mi vecina de puerta por el inquietante músico. Aquella señora conocía a todos los residentes por llevar muchos años viviendo allí, y pensé que si ella no sabía quién era, nadie más podría saberlo, por lo que fui a su puerta y pulsé el timbre. A pocos segundos noté que alguien se apoyaba en la puerta, a la vez que oía un ligero ruido en la mirilla. Al fin, abrió.

____¿Desea algo? –dijo con voz sorprendida ya que rara vez coincidíamos para hablar.
____Perdone, señora. Sólo preguntar por el nuevo vecino. Me gustaría saber en qué piso vive él o la que toca un clarinete que cada noche a las 10 podemos escuchar. Quisiera hablar con él o ella –le dije, ansioso por saber su identidad.

La mujer se pasó la mano por la cabeza como pensando, y luego me miró. Al fin, respondió:

____Disculpe, pero no sé de nadie nuevo en este edificio.
____Verá, a las 10 de la noche es la hora que usa para entrenarse, pero hace ya varios días que… -me interrumpió.
____¡Ah, sí! Siempre lo tocaba a esa hora y siempre era la misma música, que hasta llegaba a cansar. ¡Pobre chica! -en su cara se dibujaba un gesto de pena.
____¿Pobre? ¿Qué ocurre? –pregunté, angustiado.
____¿No lo sabía? ¿La dueña de su piso no se lo ha dicho? La persona a la que se refiere era una chica de veinte años que vivía en su piso, antes que usted. La infeliz se suicidó. ¡La pobre! Su madre vendió su piso porque...


...un día, por cierto de mucho frío y mucha lluvia, a las 10 en punto de la noche, la encontraron ahorcada en su dormitorio


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Dic 29, 2017 1:15 pm





Soy un sicario


Eran las doce y cinco de la noche y aguardaba con tranquilidad mi objetivo. Según mis cálculos, no debían demorarse en llegar al 'Hotel Rincón del Amor', que más que hotel era un despropósito de cuartos guarros y de empleados groseros, que no dudaban en despreciarte con punzantes miradas y con gestos despectivos. Este hotel había cumplido los cincuenta años desde su construcción, como reflejaban sus paredes cuarteadas y amarillentas. El precio del alquiler por noche de un cuarto era asequible para todo bolsillo, y básicamente eran usados para follar las parejas de novios y algunas casadas a espaldas de sus maridos. O, como en este caso, para esconderse por algún delito cometido ¡Qué ilusos los que se escondían! Siempre era este hotel el primer sitio de caza y captura de gentes a asesinar. Se sentían protegidos en este antro del infierno, hasta que llegabas de improviso y los encañonabas con una pistola y… ¡pum!, se les acababa la protección


Volvía a mirar el reloj sobre la pared y removía mi whisky  sin hielo. Odiaba las escenas previas a la acción, en las que había que comportarse como un buen chico y aguardar hasta el momento más discreto para ‘ajustar cuenta’. Así me lo ordenaba mi jefe:

____¡No me jodas, Pepe! ¡Acaba ya de una puta vez con esas escorias, cuando estén en su cuarto, cuando caminen solos por la calle, cuando no haya nadie observando, que te obligue a matarle! ¡Parece que tú no te enteras o que no quieres enterarte, pero métete en tu cerrada mollera que somos una empresa de asesinos, si no demostramos nivel, nunca evolucionaremos!
____¡Mata primero a la mujer, para que él vea cómo sufre; luego, mátalo a él! ¡Mata a todo lo que se menee en ese cuarto, joder! –añadía.

Aquella pareja no debía representar ningún problema, porque no iría armada, y mucho menos tomaría sus precauciones.

No sabía qué era lo que motivaba a mi jefe haberme encargado este trabajo: quizás deudas, quizás rencores, quizás cuernos, quizás odio, quizá venganza… Cualquier motivo sería. Pero tampoco me importaba. Me había acostumbrado a no detectar síntomas de cargo de conciencia. Al principio, cuando hacía mis primeros pinitos en este, ¿por qué no decirlo?, sanguinario oficio, había veces que tragaba saliva, a la vez que pensaba: ‘Pepe, ¿qué estás haciendo?’. Pero, con el tiempo, la fuerza de la costumbre terminaba por acallar ese molesto y grito de tus adentros, y apretar el gatillo se había convertido en pura rutina, como al camarero servir una cerveza, al panadero vender pan, o al mecánico reparar un coche.

No me hacían esperar más tiempo del previsto. Estaba yo apurando mi tercer whisky cuando aparecían por la puerta de entrada de aquel hotel cutre. Debo  confesar que esperaba hallarlos asustados, sospechando de todos, y hasta de las horrorosas flores del vestíbulo.

No obstante, despreocupados venían caminando y riéndose y cogidos de las manos, balanceándolas como si fueran adolescentes. Ella reía a carcajadas, y, al hacerlo, su negra melena ondeaba al aire con majestuosidad. Sus ojos eran guapos, azules; su rostro angulado, y sus labios, esmeradamente pintados con carmín rojo. Lucía un vestido negro, elegante y a su vez sencillo, pero ceñido, y su culo respingón causaba en mi entrepierna un cosquilleo’. Caminaba con paso firme, apoyada en unas esbeltas piernas y zapatos negros de tacón de aguja. Sin imaginarlo, iba a convertirse en la víctima más atractiva que había pasado por mi macabra agenda.

Él, un poco más bajo que ella, tenía un cabello moreno y largo; a su vez reía cómplice, acompañando con su risa pegadiza las carcajadas de su fémina. Sus ojos eran grandes, las cejas pobladas y estilizadas, que ofrecían la disparidad de que era inevitable no mirarle. Seguía con esfuerzo el caminar presuroso de su espectacular mujer, casi arrastrando los pies. Vestía unos vaqueros rojos y una camisa azul de cuadros que marcaba claramente unos bíceps. Intentaba dar sentido a que personas de buen nivel económico se alojasen en un hotel tercermundista, pudiendo hospedarse en algún lujoso y protegido Meliá, por ejemplo, y sobre todo el por qué de que se reían tanto, si él sabía lo que de un momento a otro le podría pasar. Hacían buena pareja, pero esto era algo que no me importaba. La pasta que recibía de mi jefe por este servicio hacía mejor pareja conmigo que cualquier otra cosa.

Saludaban amables y risueños al recepcionista, pero éste ni les miraba, sólo les daba la llave de su cuarto, el 213. Llamaba al ascensor y mientras se besaban en la boca. Ya abajo el ascensor, entraban y subían. Decidía darles un cuarto de hora para un último polvo. Las curvas de aquella jaca se lo merecían. Pedía otro whisky. Al camarero de la barra lo veía con ganas de conversar:

____Parece que va a llover –me miraba mientras iba llenando el vaso.
____Eso parece –contestaba, lacónico, a la vez que me encendía un cigarrillo.
____¿Matando penas?
____¡¿Cómo?! –había oído la pregunta, pero quería dar el tono representativo de que empezaba a tocarme los huevos.
____Le preguntaba si está usted matando penas con el whisky -matizaba en tono conciliador e intentando buscar charla-. No recuerdo haberle visto antes por aquí y he supuesto que tantos whisky y el venir a este sitio, tenía algo que ver con matar penas.
____¡Mira, camarero metomentodo, bebo porque me sale de los cojones, y no tengo ninguna pena! ¡¿Entendido?!
____Discúlpeme –se ponía serio.- Ya me extrañaba a mí. Se ve palmariamente que no es usted de esa clase de borrachos que van llorando por las esquinas –añadía, distanciándose un poco por dentro de la barra.

El camarero estaba esperando más hilo de conversación, pero como veía mi careto, se ponía a fregar copas y vasos. Y yo me decía para mi interior que no quería seguir hablando con él. Por tanto, me sumergía de nuevo en el plan que tenía entre manos, y con dos tragos más, acababa el vaso. Dejaba dinero de sobra en la barra, para no pedir la cuenta, y me dirigía hacia el ascensor.

____¡¡Señor, se deja el cambio!! -chillaba desde la barra aquel chismoso.
____Bote -respondía.
____¡Pero si sobran casi 15 euros! -exclamaba, cargado de razón.

Me volvía hacia él enfurecido pero controlándome. Era obvio que empezaba a tocarme seriamente los huevos, y no podía evitar apretar los nudillos y los dientes y… tener ganas de mandarle al...  Pero no. Le respondía:

____Quédatelo de propina o invita a una botella al novio de tu mujer. ¡Pero deja joderme! –y me abría un poco la chaqueta, para que viese colgando una pistola.

Dejaba escapar eso en un tono relajado, pero contundente. El camarero me miraba con cautela, y volvía a sus asuntos. Yo no soy persona de palabrerío, y más cuando uno quería sacármelo a la fuerza. Decidía no coger el ascensor. Me iba relajando mientras iba subiendo las escaleras, hasta la segunda planta, directo al cuarto 213.

Ya en la planta y antes de acceder al pasillo, me ponía mis guantes negros de cuero y revisaba el cargador de mi pistola; seis balas, calibre 44. 'Perfecto, no creo que esto me lleve más de tres balas'. Pero no descartaba la opción de que tuviesen guardaespaldas, pero un buen disparo en la  cabeza me quitaría de tiroteos estúpidos y de gastar más de seis balas.

Yo y las balas, las balas y yo. Era una obsesión. Me gustaba saber la cantidad exacta de munición que necesitaba en cada trabajo. Una vez utilizaba catorce balas, pero estaba calculado; cinco escoltas, cinco jefecillos del tres al cuarto, y dos putas, además de una chica que era la chófer, y un ‘gorila’. Todos recibían la píldora vía craneal, empezando por el gorila, que tras una demostración de acrobacias y de movimientos de karateka, no tenía más huevos que gemir, no bien desenfundaba mi arma y le encañonaba. Luego disparaba a la chófer y,  parapetándome en el sofá aguantaba una ráfaga de tiros, pero recargaba dos balas, y dos caídos más en el combate. Mis últimas dos balas eran relajadas, ya que los supervivientes, las putas, salían huyendo. Dos blancos en movimiento de trayectoria recta. ¡Pum y Pum! Hacía blanco en ambas. Aquello sí que era un buen trabajo y con poco riesgo. Esto de hoy, no pasa de una reunión de jubiladas para tomar té con pastas.

Llegué a la puerta del 213, tras un trayecto sigiloso y con la pistola amartillada y desenfundada. No había rastro de vigilantes, pero sí mucho yonki lastimoso y más puterío. Me daban ganas de abrir uno de aquellos cuartos y acribillar al gilipollas de los quejidos, o al viejo que jadeaba en plena ‘batalla carnal’, pero eso no me daba dinero, y también me haría gastar balas innecesarias.

Centré los ojos en la puerta y me concedí dos segundos para concentrarme. ¡Ya!, me dije, con disciplina, y apretando los dientes pateé con ira la cerradura de la puerta, que, sin resistencia, saltó por los aires. Y allí estaba la pareja, en la cama, viendo porno en la tele, en pelotas y fumando drogas. Mayúscula fue la sorpresa; ella se abrazó aterrorizada a la almohada, él se limitó a temblar y a tragar saliva. No lo dudé, con el brazo extendido disparé a la rodilla derecha de la mujer, que gritaba de tal modo que se hacía notorio el dolor esgrimido. Su rodilla estaba destrozada, y era anormal que saliese corriendo. Pero por si acaso, ¡pum!, disparé a su otra rodilla. Doble bala doble agonía. Me acerqué a la cama, y, apuntando al hombre, golpeé con toda esa saña que mi maldad me permitía el rostro de la mujer.

____¡Ni se te ocurra moverte, o te taladro el culo, cabrón! -rotundamente dije al hombre, que no paraba de gemir.
____¿Por qué a nosotros? -decía entre lágrimas aquel puto llorón.
____Bien sabes tú el por qué. Y deja de llorar, porque me estás jodiendo. Calla y goza del espectáculo -y de nuevo golpeé a la mujer, rompiéndole el tabique nasal y haciendo que de su boca saliese despedido un buen chorro de sangre hacia la pared.

La golpeé hasta que me empezaban a doler los nudillos, aunque evitando en todo momento dejarla inconsciente. Debía sufrir. Eran órdenes. Y él tenía que sufrir viéndola sufrir. En dos minutos, aquello habría terminado. El plan estaba estudiado al dedillo: disparar a alguien inesperado, torturar a la mujer, matar a la mujer y acabar con él, incluyendo a algún intruso. Dos minutos, y no más de seis balas.

Luego saldría yo por la ventana hacia la escalera de incendios, rápido bajaría, me mezclaría con gente y me bebería un whisky con hielo en cualquier lugar. Todo previsto. No más de seis balas para dos y más alguna sorpresa. Regresé al mundo real destrozando la mandíbula de la mujer de un fortísimo golpe. La cogí del pelo y la arrastré hasta el mini bar. Abrí la puerta y le metí su cabeza en el mismo. Miré con risa torcida a su amante, cogí carrerilla, y como si balón de fútbol, pateé con todas mis fuerzas su cabeza. El golpe fue enorme, y él no pudo evitar gimotear, como una nena; ella, o mejor dicho, lo que aparecía de su cuerpo empezó a moverse (como los muñecos que se cuelgan en el espejo  retrovisor de lo coches) convulsivamente, y tras unos segundos quedó inmóvil. La puerta de la nevera acabó bollada, y alrededor, un constante río de sangre aparecía. Hasta el momento estaba yo cumpliendo mi trabajo a la perfección. Quedaba el final, él, la nena llorona.

____Parece que tu maciza mujer y yo hemos roto el hielo -le dije, disfrutando del momento y soltando una leve risotada que provocó en mi llorón amiguito una meada de terror.
____¡La has matado! ¡Ella no tenía culpa de nada y Sánchez lo sabe! -contestó con rabia
____¡Vaya! Parece que el ver a tu putita muerta te ha ayudado a recordar en nombre de quien vengo a matarte por encargo. ¡Te reíste de él, le tomaste el pelo, y esto es lo que has provocado tú solito! –le dije, amartillando mi pistola.
____¡Espera, espera! ¡No me mates! Te lo puedo explicar...

Demasiada charlita y demasiada lagrimita. No quise evitarlo y le disparé a los huevos, esos mismos huevos que no había usado nunca. Me hubiese gustado un enfrentamiento con él, un cuerpo a cuerpo o con una pistola cada uno. Le habría matado igualmente, pero al menos le hubiese respetado su hombría, si es que la tenía. Pero no fue sino un monigote melodramático, que daba pena y asco. Sus cojones sobraban. Aullaba con tantas fuerzas que sentía las mías estremecerse, como en señal de solidaridad. Llevaba una de sus manos a su destrozado aparato reproductor y no paraba de aullar.

____Bueno, este es tu fin por encargo exprofeso del señor Sánchez. Espero y deseo que hayas disfrutado del ritual y que te pudras en el infierno, cabrón -le dije en un tono ceremonial.

Sus aullidos me invitaron a ser original y en vez del clásico disparo entre ceja y ceja, le reventé de un golpe la mandíbula, y cuando levantó otra vez su cara ensangrentada, le disparé en la boca. Parecía un aspersor esparciendo sangre. En un breve espacio de tiempo, pasó a convertirse en una masa inerte. Había cumplido mi trabajo, sin apenas mancharme. Ya me limpiaría los restos rojos cuando llegase a mi coche. Resoplé, y me relajé. Asesinar me convertía en un depravado. A veces, no controlaba mi cuerpo, pero era él el que ejecutaba las maldades con la mayor de las crueldades.

Empezaba a volver en mí, cuando un leve rechinar de puerta sobre mi flanco derecho voló por los aires mi tranquilidad. Sin dudar, desenfundé con reflejos mi pistola y apunté al hueco entre la puerta y el marco de la misma. Dispararía a lo primero que asomase, sin excepción. El tiempo que pasó fue eterno y la tensión se podría cortar con cúter. ¿Quién estaría ahí?: algún matón, alguna mujer, algún yonki, algún gato, algún fantasma…, o incluso Sánchez, decidido a ver mi buen hacer. Lejos de mis fantasías, oía un sollozo, pero diferente a los gimoteos de un cobarde o de una putita amedrantada. En ese momento me sentía inseguro.

____¿Quién coño anda ahí? ¡Sal, o te vuelo la tapa de los sesos! -dije en tono que no daba lugar a mucha reflexión.

Roto ese momento de tensión, una cabecita, a un metro y veinte centímetros del suelo, asomó. ¡Era un niño! Temblaba, con convulsiones. Sus ojos estaban enrojecidos y sus labios apretados, con pecas y el pelo revuelto, y por su carita abundantes lágrimas corrían. Me miraba tembloroso. No supe reaccionar y no tuve huevos de disparar; el blanco más fácil y el más difícil a la vez con el que me había enfrentado en todo mi puto empleo de sicario. Bajé la pistola y, sin saber cómo, de mis palabras brotaba un tono conciliador.

____Sal de ahí. Y deja de llorar. No soporto ver a un niño llorar.
____No quiero morirme. Mamá me decía siempre que todavía tengo muchas cosas que hacer en esta vida y que para eso tengo que cuidarme, porque si no, no seguiré viviendo. Y no quiero morirme -replicó el niño, entre un ataque de nervios y limpiándose la nariz con la palma de una mano.
____¿Se puede saber quién eres? No puede ser que estés aquí. ¿Qué diablos hacías ahí metido?
____Mamá me dijo que hoy dormiríamos aquí y que mañana nos iríamos con mi nuevo papá a una playa, los tres. Y que si quería irme con ellos, tenía que esconderme en este cuarto de baño y que oyese lo que oyese, que no saliese para nada -contestó con tanta naturalidad que me parecía haber preguntado una estupidez.- ¿Mi mamá está muerta? -alzó la mirada, compungido.

Si me hubieran cortado la cabeza en ese momento, me hubiese dolido menos que la triste pregunta de aquel crío. Puse mis ojos en blanco y sentí mi cabeza dar vueltas. 'Es un niño, joder, es un puto niño, mátalo y vete de aquí; le vas a ahorrar sufrimientos si le pegas un tiro, y todos muertos’, y esto incluía al niño; Recordé las palabras de Sánchez, anteponiendo la lógica al sentimiento. Alcé el brazo y con la pistola apunté a unos ojos de mirada inocente y temblorosa. ¿Temblorosa? ¡Mi pulso sí que temblaba cual gelatina! No decía nada el niño. Aguantaba como un campeón, pero yo esperaba algo que me provocase mi disparo. Si lloraba le dispararía, porque le ordené que no lo hiciese, pero nada, no lloraba el mamón. Apretaba el gatillo e intentaba darme confianza para así poder mantener el pulso.
____¡Vete! -le dije, vencido por mi conciencia.
____¿No me va a matar, señor?
____¡No! ¡Pero vete ya!
____Pero mamá me dijo muy claro que no me moviese de aquí hasta que ella no me lo dijese. ¿Mi mamá está muerta?
____¡¡Te repito que te vayas!! -grité con todas mis fuerzas.

Me miró aterrorizado y salió huyendo por la puerta, llorando. Y yo, en pie me quedé, vencido, vencido por mi conciencia, vencido por un niño de apenas seis o siete años. Había fracasado. El plan incluía matarlos a todos, y el niño seguía vivo. Si Sánchez se enteraba de mi error, el mismo me mataría.


Entonces, con una lágrima en cada ojo, enfundé de nuevo el arma, me abroché la gabardina, me ajusté la mascota y salí por la ventana, rumbo a la calle, rumbo a un bar cualquiera, sin nombre, a beberme cinco o seis whisky seguidos, y a pensar en cuántas balas iba a necesitar para mi nuevo trabajo: sobrevivir


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Dic 29, 2017 1:39 pm





Recorriendo el mundo en busca de HUMANIDAD



Caminaba incansable aquel buen hombre por todo el mundo, tratando de alcanzar un buen entendimiento y una buena comunicación entre todos los humanos, hasta que llegaba a un siniestro país y se encontraba con la severa oposición de un control, El Control Robotizado, por lo que tenía que abandonar su cruzada, al menos en aquel país


La bondadosa figura del viajero, extremadamente fatigada, emergía por encima de las dunas, apoyándose en un largo y desgastado bastón, que se hundía en la arena a cada paso.

Ya estaba cerca, ya podía ver la puerta a través de la calima, y esta vez no era un espejismo. No había tañido pues la campana de su muerte. No aún, como pensase muchas horas antes.

Dos guardianes veían su penosa llegada con estática indiferencia, sin despegar un músculo del soportal de piedra donde descansaban sus espaldas. Cuando el viajero llegó al umbral, dos afiladas lanzas se cruzaban ante su cara, agotada visiblemente.

____¿Vienes a participar? –preguntaba la voz seca de uno de ellos.
____Sí –mentía, pero lo hacía por encontrar lo que estaba buscando.

Las lanzas se apartaban y entraba en la ciudad. Con el incontable paso del tiempo, esa pregunta había quedado reducida a vacua fórmula protocolaria de recepción. Sin embargo, respuesta inadecuada en aquel lugar, significaba morir.

El trazado de la ciudad, desde el montículo de la entrada, no podía ser de mayor simplicidad y sentido pragmáticos: seis calles estrechas, formadas por unas hileras discontinuas de casas bajas de un blanco cegador en paralelo, y en torno a una avenida, en cuyo centro se erigía, a modo de plazoleta, una altísima estructura, tan extraña como discordante, con respecto a la estética del resto. Podría decirse que había surgido de las entrañas de un profundo infierno interior de otra época, ya olvidada o clavada allí por un desvarío de algún dios iracundo, del que nadie tenía jamás conocimiento. Pero, en todo caso, no era posible, ni siquiera imaginable, que semejante mole hubiese sido construida por humanos.

En algunos minutos, el viajero se quedaba fascinado ante la visión de la surrealista escena que había ante él, mientras los ciudadanos pasaban por su lado sin prestarle atención. Las orillas de aquélla avenida, hasta donde le alcanzaba la vista, estaban rebosantes de tenderetes, donde bullía un movimiento de gentes diversas que se afanaban en la búsqueda de curiosos objetos y artilugios sorprendentes.

El viajero sufría un escalofrío que le hacía pararse. Se volvía para ver qué era lo que se lo había causado y entonces veía a un niño que tendía una esquelética mano de dedos quebradizos esperando la buena voluntad del viajero. Al observarlo, veía las profundidades de unos hundidos ojos entre unas arrugas innaturales. Cientos de años parecían pesar sobre su anómala niñez.

El viajero sacaba de su bolsillo tres monedas de plata y se las daba, acompañadas de una sonrisa. El niño las sopesaba con indisimulada expresión de extrañeza que al instante se tornaba en desdén, y las arrojaba de vuelta a los pies del dador y, sin mediar palabra, se giraba y se perdía entre la multitud, como si aquello no hubiese ocurrido nunca.

Al agacharse el viajero para recoger su altruista y repudiada fortuna, estupefacto veía que iguales arrugas que las del niño estaban también en algunas otras caras.

Superada esta fuerte impresión inicial, el viajero se ponía de nuevo en marcha con renovada determinación, pues nada podía hacerle olvidar el objetivo que le había llevado allí: una búsqueda que empezó desde aquel nefasto punto negro en el que el desentendimiento y la descomunicación mundial eran tan indolentes que en el presente estaban grabadas con tinta negra en las memorias de todos los humanos de paz, con terribles pesadillas, y sin ninguna posibilidad de apartarlas.

Se acercó a uno de los puestos a ver los artículos que ofrecían, y allí había: sedas bordadas con hilos de platino, talismanes crípticos, bagatelas de confusa utilidad, puñales, y espadas con incrustaciones rúnicas, deformes ídolos, tallados en jade; piedras elaboradas con técnicas irrecuperables, collares traídos de lugares sagrados, e infinidad de artefactos únicos, cuyo valor resultaba difícil de tasar.

____¿Qué puedo ofrecerte, amigo viajero? –le preguntaba el amable tendero, con la invitación del entendimiento en su voz.
____No creo que tengas lo que busco. El algo difícil de encontrar.
____¡Prueba! –replicó entusiasmado-. ¿Ya ves todo lo que tengo aquí? Tesoros que se creen perdidos para siempre, artilugios encantados, por cuya posesión irían al infierno reyes y príncipes; joyas sacadas de los infiernos abismales, que costaron la vida de héroes y heroínas, a cuyos aún cantan las leyendas, y todo ello a tu alcance por unos precios ridículos. Los otros no pueden ofrecerte ni la mitad de la riqueza que estás contemplado. Pero, dime, ¿qué es exactamente lo que buscas?
____Bus... busco... Hu...manidad -titubeó.

La perplejidad dominaba la expresión en su cara, antes de recobrar su compostura de hombre sabedor de los secretos y los prodigios de la tierra.

____Me temo que no lo conocemos por el mismo nombre, amigo viajero. ¿Podrías describirme cómo es su forma, sus dimensiones, alguna muesca distintiva de su ser, los materiales que orquestan sus elementos, el linaje del artesano que la ideó? Te aseguro que la tendrás en tu poder en dos días, si es que la encuentro en la región.

El viajero guardó silencio durante un fragmento de eternidad. Luego respondió:

____Olvídalo, mercader. Aprecio tu interés aunque haya sido en vano. Me quedaré empero, con ese colgante de ónice. Aquí tienes -le entregó una moneda de plata.

El mercader, escéptico, escrutó la moneda por sus dos caras. Después de revisarla a fondo, se la devolvió, cogiéndola entre las yemas del pulgar y el índice de su mano izquierda, como el que desecha una broma pesada. Se pasó la palma de la mano por su larga y canosa barba, y le dijo:

____No entiendo por qué me querías pagar con eso. Sólo soy un humilde mercader. El talento creador queda reservado a la genialidad de nuestros maestros artesanos.
____¿Quieres decirme con eso que esta moneda, una fortuna en cualquier lugar, no tiene valor aquí?
____Así es. ¿De qué puede servirme ese metal resplandeciente, si el don del arte me ha sido vedado? Debes ir primero al Control Robotizado, y así poder pagarme este magnífico colgante que has elegido –dijo, señalando un imponente edificio que se alzaba en el centro de la ciudad, y que casi se perdía entre las nubes altas.
____Entonces, iré allí y regresaré. Pero resérvamelo.

La avenida principal era un hervidero de figuras avejentadas, escuálidas, dentro de sus túnicas, a cual más extravagante; de miradas perdidas en horizonte inalcanzable del firmamento, que visitaban un puesto tras otro, sin mostrar cansancio, y tampoco energía, o el menor un atisbo de interés, sumidos inalterablemente en sus acciones con un opresivo silencio, absoluto casi.

Cuidando de no topar con nadie y nada, se encaminó hacia el colosal edificio, cuya fachada estaba recubierta de una especie de nauseabundo limo reptante, y del que surgían pináculos horizontales dispuestos en extraño orden. Antes de llegar hasta el umbral de esa monstruosidad arquitectónica pudo ver unos caracteres tipográficos que daban nombre al edificio Control Robotizado, con pasillos larguísimos, una extensión casi sin fin. Desde adentro, merced a un extraño efecto visual, sus recias estructuras duplicaban las dimensiones exteriores, dándose la confusa impresión de poder albergar en su interior varias ciudades; algo, lógicamente, imposible. Además, resultaba innegable una analogía entre la avenida, auténtico corazón de la vida civil, y los pasillos, por los cuales paseaban los nativos sus autómatas actitudes, y sólo se detenían a entrar en alguno de unos cubículos de acero, simétricamente alineados a lo largo del pasillo principal. Llevado más por la curiosidad que por otra cosa, decidió entrar en uno de ellos, eligiéndolo al azar.

Siéntese, y por favor sea conciso y concreto

En el centro del claustrofóbico cubículo flotaba un disco de aluminio. Se sentó sobre él, y el mensaje en la pared cambió instantáneamente.

Indique usted la cuantía temporal deseada, por favor

Ante sí apareció un panel numérico con un pequeño cajón abierto.

'¿Cuantía temporal? ¿Qué significa eso?', pensó.

Tecleó unos dígitos por teclear, y la pared se transmutó de nuevo.

76 Horas / 37 Minutos / 33 Segundos. ¿Es correcto?

Pulsó el botón de correcto y automáticamente implosionó el interior del cubículo en una esfera de una intensa radiación blanca, que parecía borrar el universo entero.

Antes de que pudiese tomar consciencia de lo ocurrido, la blancura se desvaneció, dejando intacto su entorno. De pronto, se sintió agotado, como si hubiese recorrido cientos de kilómetros sin detenerse bajo un sol de sentencia. Casi choca de bruces contra la pared al intentar ponerse en pie. Su tono muscular era igual que el de un niño, pero sus energías eran la de un anciano moribundo.

Gracias. Tenga usted buen día, si es que puede y le dejamos...

El cajetín de aquel panel resonó con un tintineo metálico. En su interior, brillaba un puñado de joyas cristalinas, de variado color y tamaño. Las cogió con delicadeza, como si no fuesen del todo reales y el mínimo movimiento brusco pudiese hacerlas desaparecer. Fue entonces, justo en ese instante, cuando fue impactado por una certeza: lo que sostenía entre sus manos era su tiempo vital hecho materia.

Desandar los pasos hasta el puesto de aquel mercader, no era tarea fácil; le costaba respirar. Cada paso le suponía arrastrar los pies penosamente y sentía un inminente riesgo de pérdida de consciencia planeando sobre su cabeza.

Aquellos ciudadanos eran gente encapotada, sombras difusas que se movían a su alrededor, esquivándole; fantasmas vivientes a cámara lenta. Se esforzó para llamar la atención del mercader, para que escuchase la pregunta que contenía su patético hilo de voz.

____¿Cuánto me pides por el colgante?
____¡Ay viajero, no sabes cuánto lo siento! –dijo el mercader puesto en jarra-. Acabo de venderlo hace pocos minutos -añadió.
____¡Prometiste reservarlo hasta que volviese! -le recordó, contrariado.
____No creo que te dijese eso. Además, su precio te hubiese sido prohibitivo. Pero tienes aquí colgantes casi idénticos al que te gustó por unos precios sensiblemente inferiores.

Clavó su mirada en el vendedor, y cogió al azar uno de los colgantes.

____¿Cuánto por éste? –preguntó con deliberada frialdad.
____¡Oh, ese tesoro! Te lo dejo en 37 Horas y 11 Minutos, sólo por ser tú quien eres. Una ganga, resignado viajero.
____Vale –dijo poniendo todas las joyas obtenidas en el Control Robotizado.
____Buena elección. Permíteme te ponga esta joya de orfebrería -decía mientras se la colgaba al cuello-. No te engaño. Pero me has dado más de lo debido –añadió, seleccionando algunas de las joyas y devolviéndole el resto.

El viajero recogió las joyas sobrantes y se fue de allí, sin pronunciar más palabras.

Fue por casualidad, al echar la vista atrás, que viese el momento en que el mercader engullía vorazmente las joyas que acababan de darle, como pago del colgante.

El viajero estaba deseando irse de aquel siniestro lugar, al que sus pasos nómadas le habían llevado, sin previo acuerdo consigo.

Fatal casualidad o intrincada causalidad (quién sabe eso) cuando sus ojos vieron a una persona disímil a los mercaderes. En la esquina de la calle paralela, un anciano, completamente desnudo cuidaba de una singular fuente, de la cual manaba un líquido cristalino que bien podía ser agua. Se acercó hasta ella bajo los curiosos ojos del anciano, de boca con dientes desiguales y podridos. Bebió hasta saciarse de aquel chorro de agua cristalina y fresca.

____¿Cuánto te debo por el agua, buen anciano?

El anciano tardó en responder. Al fin lo hizo con voz grave, pero risueña:

____¿Por qué habría de cobrarte por algo que es de todos?

Sorprendido, el viajero miraba con detenimiento al pronunciador de esas palabras, mientras volvía a guardar sus joyas. Había algo disímil en el interior de su mirada, un brillo distintivo, especial. Malicia, tal vez, inteligencia, tal vez, sabiduría, tal vez...

____Tú no eres como el resto de tus conciudadanos.
____¿Qué te hace pensar eso, hombre extranjero?
____Para empezar, no llevas ropa, mientras los otros se ocultan bajo ella, como si se avergonzasen de sí mismos.
____Bueno... Aún son jóvenes. Yo aprendí a separar lo esencial de lo superfluo.
____Y sin embargo, ellos parecen más viejos que tú.
____Pero no toda la culpa es de ellos. Son víctimas de la circunstancia, y ésta es que en este lugar no hay nada obvio que hacer, salvo lo que ya hacen. Pero para todo lo demás está el Control Robotizado.

El anciano entornó los ojos tras pronunciar ese nombre, como si su visión le cegase, o quizá por comprobar que aún seguía allí, clavado en el corazón de la tierra.

____¿Qué puedes decirme de ese edificio? Nunca he visto nada igual a ese enorme engendro en mi largo peregrinar por el mundo.
____No mucho, extranjero. Ya estaba aquí cuando yo llegué, y podría jurarte que antes de que llegase la ciudad. Quizás nació con el sol, o quizás haya sido un regalo de las estrellas.
____¿Qué quieres decir con eso? Las estrellas no hacen regalos. Hasta los hombres están olvidando esta costumbre de reconocimientos. Además, ¿qué clase de regalos busca la desgracia del halagado?
____Pareces ciego para haber viajado tanto. ¿Acaso no has andado bajo el abismal espectáculo de la danza de las estrellas? ¿Acaso piensas que toda esa inmensidad ha podido crearse con una simple finalidad estética? Si una estrella puede caer, sin más testamento que su estela, ¿cuántos horrores no desechará la inconmensurable oscuridad que la rodea?

El viajero meditó unos instantes. Las palabras del anciano sugerían ideas lunáticas, improbables; lo cual no impidió que un hormigueo de inquietud le recorriese todo el cuerpo y todos los recovecos del alma por igual. Miró con renovada curiosidad al anciano, antes de responderle:

____Hay algo diferenciador en ti que no llego a percibir con claridad; algo marcado por un contraste radical, con respecto a quienes te acompañan con sus aparentes presencias. Puede que mi búsqueda haya concluido en esta charla contigo, pero no quedaré seguro de ello hasta que el tiempo no desgaste las máscaras. ¿Por qué no dejas este lugar y me acompañas de vuelta hacia donde me esperan con fe? -acabó con esa pregunta.
____¿Y qué es lo que buscas con tanta fe y que crees haber hallado en mi persona? –preguntó el anciano, entre divertido e intrigado.
____Humanidad.

Negra risa se dibujaba en la cara del anciano. Con un estremecimiento reflejo de la boca daba paso a risotada primero, y a carcajada incontrolable después, atronando los oídos del pasmado viajero, que no entendía el motivo de tan absurda reacción.

Aquella carcajada crecía, impulsada por espasmos convulsos de un cuerpo marchito. El viajero asustado le miró con ojos muy abiertos en perfecta circunferencia entre las arrugas de piel tostada. Reveladores se clavaron en los suyos, aunque los de él ya habían huidos.

____¡Estás loco, nómada! ¡Buscas lo que no existe, lo que nunca existió! ¡Jajajaja! ¡Te han engañado! ¡Te han engañado como a un crío! ¡Jajajaja! ¡Tú sí que estás solo y perdido en el mundo!

El viajero corrió, esquivando, pero chocando con un bosque de túnicas fantasmales vacías, sin dejar de mirar con horror al viejo, que bailaba en círculo cual marioneta. Y corría porque el miedo se había desencadenado en su interior por unas causas conocidas o desconocidas.

____¡¡Corre, corre, pobre loco!! -empezó el anciano a gritar.

Empero, no era la voz de la auto conservación lo que instaba a sus pies.

____¡¡Corre y busca lo que jamás encontrarás!! –escuchaba en las palabras.

Un nuevo instinto terminaba de entrar en juego. Seguía escuchando en mitad del silencio y las quemaduras de los ojos. Instinto despierto por un tono sobrenatural  en el que volaban las palabras del anciano.

____¡¡¡Nuuncaaa huuuboo huuumaniiidaad, idiiiootaaa!!! -gritaba al aire el anciano  con toda las fuerzas que podían expeler sus pulmones.

Pero cuando aquel viajero logró, al fin, llegar el desierto y liberarse de la cuadrícula tras la espantada travesía de sufrimiento, cayó entre lágrimas que apenas recordaba con anterioridad.

Hasta el silencio audible de ese desierto llegaba, no las frases, palabras o sílabas, que articulaba el viejo en sus voces, sino únicamente el tono que había sobrecogido al viajero.


Igual tono con el que con voz desesperante, pero compasiva y agradable, se expresa palmariamente a diario el universo entero


H U M A N I D A D



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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Lun Ene 01, 2018 10:55 pm




¿Cómo enamorar a una mujer?

Desdenes reiterados reavivan el amor en enamorados


Ahora recuerdo la frase que mi madre me decía cuando era un niño: ‘no le compres caramelos a las niñas, que luego se ríen de ti’. Y me lo decía en andaluz, que parece menos agresivo, que tiene más gracia.

Y nunca la obedecí. Les regalaba caramelos e incluso otras cosas, si podía, a las niñas que me gustaban. Pero más tarde me percaté de que mi madre tenía razón, por eso y porque ninguna niña antes ni ninguna mujer ahora se ha enamorado de mí.

Todo lo que voy a contar es para gente joven, ya que a la gente mayor no le interesa leer escritos como este, porque a sus edades las mujeres no les dan posibilidad de enamorarlas, es que ni tan siquiera mirarlas. Ellas ya no se beben los vientos por los viejos. Mi escrito está basado en lo que yo he leído y en lo que he experimentado a lo largo de mi existencia.
   
De niño escuchaba decir a mi madre (cuando hablaba con sus sobrinas, que pasaban mucho tiempo en casa) que cuando las mujeres se sienten atraídas por un hombre y este no les hace caso, aumenta más la atracción hacía él. Ella les ponía de ejemplo a su marido, mi padre, al que después adoraba, pero cuando eran novios decía, incluso estando él presente, que era un pesado, que sólo hablaba de dinero. Ahora creo que de él heredé la inocencia y lo que se deriva de ello con las mujeres, el poco éxito para enamorarlas, porque ellas se enamoran de golfos. Y les seguía contando, delante de él, que le gustaba un chico guapísimo, que era maestro en un pueblo cercano, y que no le hacía caso. Algo parecido decía Cervantes en su Don Quijote de la Mancha: ‘la mujer es como la sombra, si la sigues se va, y si te vas (y está interesada por ti) te sigue’. Lo de entre paréntesis no lo dijo Cervantes. Lo he añadido yo.

También lo relataba Corín Tellado en muchas de sus novelas, y, la vedad, tanta cantinela como que harta, e incluso a los más adictos lectores de sus más que famosas historia u obras… ¿literarias?
   
Siempre me gustó leer buenos libros. Cuando aún era joven, como estaba interesado en agradar a las chicas, en las vacaciones también leía novelas de Tellado que había en casa, que imagino leían mi madre y mis primas, y en ellas también sucedía lo mismo. Esta escritora asturiana opinaba como mi madre: ‘¿por qué siempre la chica de la novela perseguía a un hombre, a veces con novia o casado, que la embelesaba, pero él no le hacía caso, y detestaba al enamorado que quería casarse con ella?’.
Considerando lo anterior, mi primera recomendación es: ‘aunque tengas interés por una chica que te guste mucho, no se lo hagas ver; por contra, haz como si no te interesase (y más si es guapa), porque si está interesada por ti, no parará hasta no conseguir lo que desea, porque la mujer no se rinde’. Y la segunda: ‘nunca le hagas regalos, espera a que te los haga a ti antes’. Después, piénsatelo. Porque si rompéis, habrás salido ganando.
   
Siendo un púber, cuando mis padres pasaban días fuera de casa, dormía con una de mis primas mayores. A veces les preguntaba cosas sobre qué había que hacer para enamorar a una chica, porque estaba interesado y no tenía éxito. Y también le preguntaba: ‘¿qué te gusta más, un chico que te acompañe a tu casa después de una fiesta, que hable mucho y que sea simpático, pero no intente acariciarte, o uno que hable menos, pero que intente lo segundo?’.

Por entonces en mi pueblo no había discotecas, y los jóvenes se iban los domingos a pueblos cercanos, y era entonces que bailaban con las chicas y luego las acompañaban a casa. Y mi prima me respondió: ‘mejor las dos cosas, pero si me gusta mucho, prefiero que intente acariciarme, aunque hable poco’. Sería así, porque, más tarde, en el primer año de universidad, nos decía un amigo que luego de salir con su novia un año, una noche en el cine intentó darle un beso, y ella le dio un bofetón. Le dijimos que se merecía dos por no haberlo intentado mucho antes.
   
Tercera recomendación: ‘si quieres enamorar a la que amas, no te andes por las ramas y con rodeos absurdos, trátala como a cualquiera otra por la que tuvieses menos interés’. Ésta tercera y la segunda podrían unirse en una sola: ‘sé egoísta; primero tú y luego ella’.

Una encuesta a mujeres francesas (más avanzadas en estas cosas que las españolas) dio este resultado: ‘la característica que más les gustaba de los hombres eran sus egos’; o lo que es lo mismo, ‘les gustaban a rabiar que los hombres fuesen posesivos’.  
   
Las recomendaciones anteriores te pueden venir bien si eres joven, pero si tienes ya tus años, te voy hacer una cuarta que quizá funcione mejor: ‘tus saldos en Bancos deben ser sabroso’. Estarás de acuerdo conmigo en que las chicas guapas y famosas no se enamoran de un albañil o un mecánico (podría decir otras profesiones con salarios cortos) siempre se van con tíos con pasta. Es verdad que muchos de ellos serán atractivos, pero también hay mecánicos o albañiles que lo son. También creo que los hombres con dinero se hacen más atractivos. Lo creo porque cuando vi hace tiempo en una foto del ‘Hola’ a Lady Di y Dodi Al Fayed, el hijo del propietario de los almacenes Harrod de Londres, en una barquita con un motor, el novio de Diana lo veía atractivo, pero si no supiese que su padre y él tenían tanto dinero, lo vería menos.
Si luego de seguir estas recomendaciones (bueno, la última no la podrás seguir si estás tan tieso como la mojama) no tienes éxito y no enamoras ni a una farola, no te desesperes, haz lo que hice cuando me pasó lo mismo. Compra ese disco, que ahora no recuerdo el autor, cuya letra dice: ‘por los desdenes en el amor, se achican los flojos, y hay mujer muerta de antojo que no te da consentimiento. Tía güena y perro hambriento dicen que sí con los ojos’. Realmente, todavía no sé lo que quería decir ese gran autor, músico, compositor y otras cosas más argentino al escribir esa letra, pero a mí me venía de pm cuando no lograba enamorar a una chica. Y me pasé años rememorando esas palabras.

Cuando se dice estar enamorado como un loco, creo que se exagera. En realidad se está enamorado como un tonto.


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Miér Ene 03, 2018 12:12 pm



¡La peor mala racha de mi puta vida!

Aquella lluvia torrencial e insistente y aquellos granizos, que con tan mala leche golpeaban contra mi ventana durante toda la noche, eran presagio de que hoy iba a amanecer, para mí, otro día de perros

Apenas salí a la calle, mis mejillas se inundaban de lágrimas. Una tras otra intentaba quitármelas, sin éxito. No lloraba de tristeza, ni de impotencia ni de rabia contenida, lloraba por todo eso junto.

¿Nunca te sucedió, aunque por una sola vez, que alguien te ha hecho sentir tan condenadamente pequeño, mucho más pequeño que una hormiga?

Indignada, hablaba sola. Tenía frío, pero no me ponía el chaleco porque la sangre me hervía por dentro y quería sentir aire en mi cuerpo, y a ver si así me calmaba de una puta vez.

Caminaba por la calle con un cigarro en la boca, hábito que tenemos los fumadores cuando estamos nerviosos: fumamos, pero no estoy segura de si el tabaco excita más aún. Había gente en la calle, pero ni la veía ni la oía. Absorta en mis propios pensamientos pensaba en mil cosas de insultar, cien formas disímiles de matar y diez de destrozar su precioso coche.

Entré a un bar. Pedí, bebí y pagué una leche caliente, y a ver si con eso me relajaba y volvía la temperatura a mi cuerpo.

Me senté en taburete de la barra, me tranquilicé un poco y escribí estas líneas, para desahogarme. No podía hacer otra cosa. Aunque ese pedazo de cabrón sea odioso, desagradable y mogollón de cosas más, le quiero con toda mi alma.

Por más vueltas que le doy, me resulta difícil pensar que ese tío, que se supone está ahí para que caminemos juntos, se pueda comportar de un modo tan hijo de puta y tan miserable.

Bueno, sólo queda ya menos de una semana, y si todo va bien, fin de la historia. ¿Pero y si no?


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Miér Ene 03, 2018 12:20 pm





¿Y dicen que los hombres son más
ingenuos que las mujeres?


¡Al fin viernes! Pensaba que nunca iba a llegar este finde. ¡Menuda semana llevo! En mi trabajo, todo para nada, pues por las deudas que tienen con mi empresa, llevo dos meses sin cobrar mi sueldo. Pero quiero pensar que esto es pasajero, ya que siempre ha sido una empresa muy seria y siempre ha mirado por todos sus empleados

La gente no para de celebrar lo que sea todos los días, sobre todo la que tiene pasta. ¡Cómo no! Esa gente sí que pasa de crisis, de deudas, de problemas económicos y de todo. Qué le vamos a hacer. Bueno, mientras no me falte trabajo a mí, me puedo dar por satisfecha.

Además, nos llevamos de puta madre mi pareja y yo; él es un tío que siempre me complace en todo, igual que yo a él. Formamos un buen dúo. No para de decirme: 'me gusta todo de ti'. A diario hacemos el amor y lo pasamos chachipiruli. Cupido hizo un buen trabajo con nosotros.  

Pero en los días como hoy echo de menos mi Sevilla de mi alma. Seguro que mis amigos de allí tendrán ya sus planes para pasar un buen finde; y más en invierno. En fin, no me queda de otra que regresar a mi casa y estar con mi Pepe, que así se llama mi novio, y después, si se tercia y el tiempo no empeora, salir con él de bureo, acompañados de Rosa, Mar y sus chicos. Ellos forman mi trocito de Sevilla aquí en Madrid.

Pasados diez minutos llego a casa; mi pequeño apartamento en Sol me encanta. Meto la llave en la cerradura y entro. Me extraño al ver la tele apagada. Son casi las tres y Pepe debería estar ya aquí desde hace más media hora. Dejo mi bolso y mi paraguas sobre el sofá, saludo a Balú, mi chucho, y cojo el móvil. El de Pepe no da señal y parece que está apagado, por lo que me asusto más. ¿Le habrá pasado algo? ¡Bah!, seguro que se quedó sin batería.

Voy a nuestra habitación, para cambiarme y ponerme cómoda. Al abrir el armario no está la ropa de Pepe. Me asusto. Abro los cajones de ropa interior; no hay nada suyo, y entonces percibo un nudo en el estómago. Rápidamente voy al mueble de los zapatos: nada, ni sus deportivos ni sus zapatos de trabajo ni sus zapatos de calle; nada, absolutamente nada-

No sé qué hacer, qué pensar. Las lágrimas brotan solas de mis ojos. Ni un papel, ni un mensaje. Sin previa conversación, sin explicación... Nada.

Se largó sin decirme ni pío. Me ha dejado. Pero… ¿por qué? Nos llevábamos bien, salíamos juntos a todas partes., siempre que ambos podíamos, hemos pasado este verano quince días de vacaciones en Punta Umbría. ¿Qué es lo que he hecho mal?

Me dejo caer al suelo y me pongo a llorar como una niña. Balú se me acerca y no para de lamerme. Nota que siento mal. Tengo un chucho muy listo. Me tomo un tranquilizante y me tumbo en el sofá, hasta quedarme medio dormida.

Me despierto de sopetón por los ladridos de Balú, me levanto cuando oigo el timbre de la puerta, repetidas veces. '¡Es él!', pienso.

'Ha vuelto, tiene que ser Pepe', voy diciéndome en voz alta mientras corro hacia la puerta y la abro, pero me desilusiono apenas veo a Rosa y a Mar.

Perciben un sufrimiento en mi cara y miran mis ojos hinchados, por ya llevar varias horas llorando

____¿Se puede saber qué te pasa? -me pregunta Rosa, mientras cierra la puerta, e inmediatamente después me acurruca en sus brazos.

Vuelvo a llorar, y ahora desconsoladamente, mientras me abraza.

Mar imita a Rosa. Me abrazan las dos y entonces lloro más. Las tres nos sentamos en el sofá, con mi Balú sin apartar su mirada de mí, como queriendo consolarme.

____Pepe se ha ido -respondo con voz débil, entre sollozos.
____¿Quéééé? ¿Habéis discutido? ¿Qué ha pasado? -me tri-pregunta Mar, mientras aparta unos pelos de mi boca.
____No sé. Llegué de trabajar y me encontré el armario sin sus cosas. No ha dejado ninguna nota, ni nada; además, tiene su móvil apagado -digo con poca voz.
____¡Menudo hijo de puta es ese Pepito de los cojones! ¡Los tíos guapos no son de fiar! ¡Te lo dije muchas veces! -grita Rosa, enfadada.

Y eso que Rosa es muy difícil que se enfade; es la típica mujer que no se enfada ni se molesta por nada. Todo le parece bien. Con todo está conforme. Siempre se está riendo. Nunca la había visto enfadada, hasta hoy.

____No lo entiendo. Estabais bien, ¿no? -me pregunta Mar, moviendo la cabeza de un lado a otro, como no explicándose mi la situación.

____Yo estaba bien con él, pero al parecer, él no lo estaba bien conmigo, aunque si fuese lo contrario, lo disimulaba de puta madre, el muy cabrón –le respondo y evito volver a llorar. Y lo consigo.

____Tú no te hundas, cariño. Ahora mismo te arreglas como nunca, nos vamos a cenar y después de fiesta. ¡Venga, ya estás tardando!

Rosa se levanta tras decirme esto y me coge del brazo y me mete en mi dormitorio.

____Te queremos lista en menos de una hora. Mar y yo vamos a nuestras casas a ducharnos y a acicalarnos. ¿Vale?


____Vale -sonrío como puedo.

Me ducho, con más voluntad que ganas, me visto y me acicalo todo lo mejor que me permite mi ánimo, pero no dejo de pensar...


...siempre es una cosa estupenda el tener buenas amigas, y eso que dicen que las mujeres somos menos amigas entre nosotras que amigas de los hombres
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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Miér Ene 03, 2018 12:22 pm




Imagen del escrito anterior...


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Miér Ene 03, 2018 1:36 pm



A reina muerta, reina puesta

Nunca la engañé, pero estaba tan despechado que quería vengarme. Me dejó. Mi trabajo, mis tareas en mi casa, la necesidad de concentrarme en una relación tan tormentosa y esa puta mierda que disparan las mujeres cuando te quieren fuera de sus vidas, me tenían trastornado. No era mi primera novia, pero estaba enamorado de ella



Pasada una quincena de nuestra separación, una noche de viernes me animaron unos amigos a salir, para dar una vuelta. Sí, esos amigos que nunca fallan en estas ocasiones en las que sólo bebes hasta vomitar. Me llevaron a un cabaré. Cuando entramos, se nos aproximaron tres chicas, ataviadas con diminutas tiras de tela que apenas les cubrían los senos y el pubis. Mis penas se escondían bajo aquellas curvas que aturdían mi libido. Pedí un whisky, endulzándolo con la compañía de aquellas tres bellezas. Mis amigos pagaron los alternes de ellas y mi whisky, con tal de verme a gusto con la chica que yo había elegido

Mi chica era bonita, aunque le sobraba maquillaje, cuyo, unido a su pelo teñido a rubio, la convertían en una clásica del cabaré. Intentaba hablarle, pero la alta música y sus besos ávidos de propina lo impedían. Finalmente, me dejé llevar acariciando sus senos operados y su redondo trasero; justo como me gustaban a mí. No tardamos en pasar a un reservado, frente a los acompasados gritos de júbilo de mis colegas, tan ebrios como yo, que tocaban y manoseaban a sus acompañantes.

El servicio privado que yo había pagado, ella lo ejercía en el mismo cuarto donde vivía. No era ordenada. Había bolsos colgados y ropa por todos lados. En el espejo de su baño, había una foto de un niño y una pegatina de Brad Pitt. Generalmente, nunca entro en estos detalles, pero quizá el exceso de alcohol me llevó a preguntarle por la foto. Respondió que era su hijo y que lo había parido a los 16 años. El padre de esa criatura huyó apenas supo del embarazo, y ella sola tuvo que conseguir dinero para sí, para su hijo y para su madre, que cuidaba al niño. Una conocida, también cabaretera, la había llevado a ese cabaré. Dos años ya ganándose la vida a costa de llenarse el buche con porcachonas bebidas y servicios privados. No sabía por qué, pero empezó a caerme bien. Quizás por pena, o quizás por mi relación sentimental hecha añicos, la traté con cariño.

Los dos nos acostamos completamente desnudos y, calientes empezamos a besarnos apasionadamente, como novios. En absoluto se cortó y bajó hasta mi miembro para hacerme una felación de campeonato, apretada y húmeda. Hacía unos ruidos que me excitaba cuando succionaba, a la vez que ‘acariciaba’ mis bolas con sus largas uñas. Recordé a mi ex y a lo que le costaba hacerme sexo oral, pues pasaba de eso la muy estúpida.

Y llegó mi turno: la puse boca arriba y empecé a lamer sus tetas, grandes y con pezones erectos, en las que pude ver marcas de la operación. Nunca antes había disfrutado de tetas operadas. Bajé hasta su entrepierna. Ya allí sentí un olor disímil; una mezcla de la fiebre del momento y de las horas que llevaba en el cabaré. ¡Pero qué coño! Había pagado un buen dinero como para no degustar todo lo que me ofrecía aquel apetitoso bombón. Así que, lengua a destajo en su clítoris; chupé sus labios vaginales. Ella, sin poderlo evitar, arqueaba la espalda de puro placer. Hasta que me puso el forro y la penetré. Lamía mis tetillas mientras hacíamos el amor. Primero, perro; ¡qué lindura de culo! Aun las estrías era un grandioso culo, en el que pude cabalgar a mis anchas.

Sentí lástima por los chillidos que emitía, pero estaba tan enfrascado en mi faena, tan a gusto y tan caliente que no paré hasta ametrallarla. Pero no podía eyacular, por tanto alcohol ingerido, resistiendo, estoico, mi pene. Pero dos minutos después triunfé y luegp me eché de lado en la cama.

Se pegó más a mí y nos quedamos medio dormidos. Sólo recuerdo que le pregunté si le había dolido por haberla sodomizado, y me respondió que sí, pero que le mereció la pena porque el orgasmo experimentado no lo había tenido nunca, ni tan siquiera con el padre de su hijo, del que estaba enamorada y del que creía la satisfacía en la cama. No le respondía a ese respecto, ni alardeaba de macho ibérico. No es ese mi estilo...

Al día siguiente desperté asustado en su cama. Miré a derecha e izquierda y ella no estaba. Era más de mediodía. '¡Jo, mi trabajo!', pensé. Se había desmaquillado, lo que la hacía más bonita aún. Me había preparado un copioso desayuno. Mientras daba cuenta de él, me contó que me quedé frito y que pensó en despertarme, pero me veía tan plácido que desistía. Añadió que yo le había contado mi reciente separación y que ella lloraba durante mi relato.

Luego bajó a la sala, que igual tuvo que mentir por esconderme. Estaba libre de resaca y quería irme, pero me dijo que podía quedarme allí con ella, que empezaba a trabajar a las diez. Me agradó su oferta, así que me eché en el sofá. Se dio cuenta de que tenía frío y por eso tiró de manta y se echó junto a mí, besándome en la mejilla y, abrazados y charlando, nos quedamos unas cuantas horas...

Nos levantamos del sofá a las cuatro y pico. No podía creerme la aventura tan loca que estaba viviendo. Pero me sentía feliz. Y a ella también la veía así. Hablamos de muchas cosas; de sus sueños, su hijo, su ex, mi ex… Le sugerí que cambiase de trabajo. Le prometí buscarle uno ‘más propio’. No quiso aceptarme ningún dinero por sus atenciones ni por el desayuno. Su respuesta fue que ya era mi amiga, lo cual me agradó. Finalmente, nos despedimos con un tierno beso y un no menos tierno abrazo…

Ya en mi casa, me encontraba nervioso; no podía dejar de pensar en 'mi cabaretera'. Empero, me evadí un poco y me metí en mi correo para leer los nuevos mensajes. Tan enfrascado estaba en ello que casi no escuché el sonido de mi móvil. Al fin lo cogí. Era mi ex, quería conversar, que la perdonase...

Pasada dos semanas de aquella salida nocturna, volví con mi novia y a la vez empecé una relación con Soledad, que así se llama 'mi cabaretera. Pero, pocos días después, acabé con mi novia y me traje a Soledad a vivir conmigo en mi casa.

En la actualidad tenemos un hijo en común, más su hijo, al que quiero y protejo como si mío fuese


Soledad trabaja en su propio local de peluquería y belleza para señoras, y yo sigo con mis negocios


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