Se llama copla democrático

MI BLOC, QUE NO BLOG

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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Sáb Jul 14, 2018 9:11 am



achl escribió:

"La azul", pringada de corrupción

Mucho nos cuesta practicar austeridad y vivir con recortes, que es lo que nos ordenan esos que nos gobiernan. Y más cuando ves que hay corruptelas, incluso en las mismas entrañas de la Casa Real. El caso Nóos ha dejado muy jodidos a todos los españoles.

Los todavía presuntos delitos de prevaricación, malversación y fraude a mano llena, de los que va a ser juzgado el cuñado del Rey emérito, Iñaki Urdangarín, podrían dejar de ser presuntos en pocos meses, por lo que vamos sabiendo, para dar paso a un escándalo mayúsculo, sin precedentes en la Monarquía española.

Muchísimas personas (afortunadamente mayoritarias por goleada) vaticinan que el otrora 'balonmanista', después Duque de Palma, ahora desposeído de este título nobiliario, podría dar con sus huesos en la cárcel. Por no hablar de lo mucho que salpicará a su esposa, la Infanta Cristina; que, ésta, a ver cómo torea este toro habiendo sido directora de ése 'Instituto-Tete de la Bernarda', en el mismo periodo en que se produjeron los hechos.

Difícil, casi imposible, lo tienen ambos si pretenden refugiarse en la inocencia.





No hacía falta ser un adivino para pronosticar lo que ahora ha ocurrido. Un buen paso de la justicia española Quien la hace la paga. Pero además del ex baloncestista Urdangarín, también ha debido entrar a la cárcel la Infanta Cristina de Borbón, esposa del antes citado

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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Mar Jul 17, 2018 1:45 pm



A otra cosa mariposa

Los zurcidos que sostenían su corazón terminaban por soltarse tras el último desengaño de la noche anterior. Había soportado infidelidades, triquiñuelas, mentiras, carantoñas falsas y muchos te quiero hipócritas, simplemente porque seguía enamorada de él

Podría odiarle y repudiarle como si la vida le fuese en ello, pero eso no constaba en el cuaderno de su idiosincrasia. Y dado al profundo amor que aún sentía por él, se auto ilusionaba imaginándose que, a corto o a medio plazo, podría ser posible que cambiase, que sabía que en el fondo también la quería, pero una súbita reflexión, podría ser Deífica, le hacía ver que de ninguna de las maneras estaba dispuesta de nuevo a pasar por aquella tormentosa espiral.

Salía del ático que compartían y se sumergía en la marabunta, sin saber a dónde ir. No quería ver a nadie, ni tampoco tener que oír de amigas: 'te lo dije', 'no te quería', 'tienes que mandarlo ya a la mierda'. Una vorágine de pensamientos estaba a punto de explotar en su mente, vidriosa. Pero no podía evitar que un torrente de lágrimas corriese pos sus mejillas, ni podía dejar de sentir un gran vacío que hasta le cortaba la respiración.

Sin saber ni cómo se veía dentro de un centro comercial de la ciudad, donde entre otros comercios había una librería. La Literatura se había convertido en una colega inseparable de sus largas y tristes noches en vela, capaz de aislarla de la amargura y de llevarla a algún lugar en donde las mujeres creían en el amor. Se iba presurosa al departamento de libros que la informasen de lo que realmente necesitaba. En aquel departamento había miles de almas buscando lo mismo que ella. Con urgencia, casi enfermiza, necesitaba saber cuanto antes cómo digerir la ruptura, cómo sembrar un ápice de esperanza entre las cenizas. Absorta en los títulos sentía cierta calma, pero no menguaba su dolor.

De repente, veía cómo una chica clavaba su mirada en ella. Le devolvía la mirada, y la desconocida le enviaba una sonrisa, que por segundos la reconciliaba con la vida. Pero la tranquilidad tornaba a frustración al ver que de los ojos de esa chica brotaba lascivia, a la vez que le hacía gestos obscenos, tocándose pechos y entrepierna, sin ningún tipo de pudor y a pocos metros de ella. Huía consternada de aquel lugar, pero, sorprendentemente o no tanto dado a que ella era una mujer guapa y con buen cuerpo, iba seguida por aquella chica, que seguro que sería una desesperada lesbiana en busca de alguna presa.

Instintivamente visualizó la imagen de su extinto marido y también de los pocos pero intensos momentos con él en intimidad, pensando en que ella era una mujer que sólo le gustaban los machos y que ni remotamente le atraía la idea de pensar en liarse con alguna otra mujer. Sentía una furia incontrolable.
En un arrebato de entereza se enfrentó a la chica, mirándola con ojos de rechazo; una mirada que servía para que la otra dejase de hacer obscenidades. Pero como la chica, que parecía ser una pervertida, no cejaba en su afán de seducirla, se iba hacia ella y le propinaba un bofetón con el puño cerrado en la cara, el cual borraba de un plumazo toda lascivia.

____¡Y vete antes que te rompa la cara! –gritaba, sin duda poseída por su condición de mujer íntegra.

Sin oponer resistencia, limpiándose la sangre en la nariz y la boca y con el cuerpo medio encorvado, la desconocida corría avergonzada saliendo de la librería, y ella empezaba a sentirse bien. Sin embargo, no atinaba a poner en pie de dónde había salido semejante valentía para enfrentarse a una persona con decisión, e incluso con violencia. Se justificaba a sí misma diciéndose que había sido provocada de una forma tan cerda como inesperada.

De pronto, tomaba una determinación. Ya tenía claro que no le hacía falta ningún libro del departamento de ayuda para su caso.

Convencida, se encaminó con pasos firmes y decididos a una agencia de viajes, que también había en el centro comercial, para así, escogiendo un punto de destino, empezar a escribir una nueva historia de su vida, que en aquel justo momento acababa de empezar


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Mar Jul 17, 2018 2:00 pm




Buscando sexo y lujuria


‘De tanto persignar, de tanto rezar, de tanto golpe de pecho y de tanta castidad, la mitad de la mitad de la mitad'. Este popular dicho local corre que se las pela de boca de boca en boca por todos los rincones de las salas frívolas de ambientes nocturnos de una localidad fronteriza del Sur de la nación más importante, con más superficie y con más habitantes de la península ibérica


Mi nombre no importa. Ni yo mismo quiero recordarlo. Y menos cuando, huyendo de la inopia, llego a un lugar que dicen que es el límite entre el bien y el mal. Un balcón ideal hacia un lujurioso lugar que espera, pacientemente, para satisfacer los deseos de los viajeros adictos a los placeres eróticos.

Y buscando… buscando...

He hallado y me he alojado en un burdel, cuyas paredes son de terciopelo rojo con flores de disímiles colores. Un antro perfecto para los mastuerzos que buscan sexo y lujuria. 'Deleite del Sur', denominan a este '5 estrellas'.  

Cuando acabé de inscribirme, tomamos café la propietaria, Lila Leo, y yo. Una mujer guapa, con buenas hechuras, ojos grises, pelo caoba y piel cálidamente marmórea. Fumaba puros habanos. Pasada la medianoche se entregaba a oscuros trabajos, quizá a contrabando, quizá a estupefacientes. Algo extra lo suficiente rentable para proporcionarle un alto nivel de vida que, a juzgar por su costosa indumentaria y por las joyas que a veces lucía, deduje apenas la vi.

Me ubicaba la señora Leo en la parte más alta del burdel: un ático alejado del ruido infernal pero no tan alejado del olor a cloaca del burdel. Sólo había que hospedarse una noche para ver la fauna habitual del lupanar.

De las prostitutas del burdel, era Sol, una sevillana tetuda, la primera en llamar mi atención. No era la más guapa, ni me hubiese fijado en ella a no ser por una foto que colgaba en el vestíbulo del burdel. Allí, junto al ventanal, con aire triste otoñal, posaba Sol con sus grandes tetas y su tanga verde. Veía yo hermosa su generosa defensa, y la foto era deliciosamente erótica. Aun entrada en carne, sus apetecibles curvas volvía loco a los machos. Era, en su conjunto, una mujer atractiva.

La subí a mi ático y la hice posar como en la foto. Su rostro era morboso, sus ojos oscuros y su frente despejada, y una expresión ingenua incluso tonta, tenía siempre en su faz. Sonreía con esa expresión de un chucho que obedece a su amo.

Me pasaba toda la tarde regodeándome en su total desnudez. Y, también, sacando decenas de fotos en color de su coño, sus tetas y su redondo culo, y filmando las mil y una obscenidades que yo le iba pidiendo. Y al final, nos follamos.
Del burdel mucho, y no todo bueno, podría contar, pero mejor hacerlo con cautela sobre sus gentes y sus entretelas.

Acudía yo a la biblioteca y me entregaba a escrutar vetustos libros. Allí conocí a una bibliotecaria madura de pelo rubio, dientes blancos y alineados y ojos marrones en una cara enjuta. Tendría sobre 45 años y, aunque las pieles en su cara y su cuello podrían caer de un momento a otro, su culo era el más enhiesto que había visto en aquel lugar, adornado de una esculpida cintura, como de una adolescente.

Pepa, que así se llamaba, enseguida reparaba en mí. Su manera de hablar delataba una falta de verdadera cultura, además de un desproporcionado desdén por otras razas. ¿Acaso una racista cuarentona, rubia, con un culo perfecto no levantaría el falo al más sexual de los mortales? Nunca había tenido pareja, quizá por su carácter, realmente fuerte, agrio, ácido...

Pepa era de una estas féminas que cuanto más odiabas, más deseabas, en un afán desmesurado por humillar un coño vanidoso que ofendía a todo ser inteligente que caminase a dos o cuatro patas.

A veces, sexo anal o vaginal, follaba con Sol, imaginándome que era la bibliotecaria de culo enhiesto. Pero hubiese preferido sus tetas y su lengua para desahogar mis más bajos instintos.

Un tipo, llamado David, entraba en mi vida: era feo, y con grandes dientes equinos. Su piel tenía una palidez tan morbosa como hermosa, a ojos de un morboso como yo. Pronto congeniamos, pero con el misterio de dos extraños antagónicos que sin embargo se atraen como el imán. Pero no era la nuestra una atracción de esas puramente eróticas, sino, más bien una curiosidad truculenta y malsana hacia un ser que parecía llegado del planeta Marte.

Con demasiada frecuencia, los seres humanos sienten una fascinación irracional por lo desagradable. No obstante, lo desagradable en David, me resultaba agradable a mí. Extrañamente agradable

En realidad, David era un ser inferior, al que podías manejar a tu antojo; un objeto, ajado y enfermizo, al que se podía maltratar sin escrúpulos. Una noche le invité a cenar. Lo llevé a mi ático para que allí me enseñase su único talento, al que tanto loaban las putas y los tres camareros del burdel. Y su talento consistía en una cosa realmente descomunal... una polla larga y gruesa que Sol no dejaba de succionar, hasta llegar a parecer un mástil de un velero bergantín.

Sol se afanaba en dar gusto oral a aquella tronca, que, por su envergadura, apenas un cuarto entraba en su boca. Lamía ella el bálano purpúreo, y a la vez cascaba con sus manos el saco de las nueces, rubio y peludo, que eran sus enormes testículos. Y miren por dónde acababa de nacer una pareja artística con David y Sol, para mis depravadas aficiones.

No tardaba la señora Lila Leo en mostrar un interés especial por mi persona. Hasta entonces sólo habíamos mantenido relaciones amistosas. Pero una noche la invité a cenar, y elegante acudió al lugar escogido: un mesón de cierto prestigio llamado 'La Almeja'. A una de sus mesas, coquetas y con unas velitas rojas, nos sentamos. Y allí hablamos y comimos, y bebimos algunas copas de más. Si la señora Lila Leo sentía curiosidad por mi pasado, yo la sentía ávidamente por su oscuro presente.

____Entonces se llama usted Alfonso -fruncía las cejas, como extrañada.
____No sé qué tiene de feo un nombre tan aristocrático -respondía.
____No, si feo no es, lo que pasa es que no le pega.
____¿Ah no? ¿Y cuál me pega?
____Quizás Antonio.
____¿Antonio?
____Sí, Antonio.
____¿Antonio no es el nombre de ese santo semicalvo que lleva un niño en los brazos y al que las mujeres rezan para que les traiga un novio?
____Eso dicen...
____Entonces no me pega nada.

Ambos reímos a carcajadas.

¿Follar? ¿Y por qué no? En el aseo de señoras de aquel lugar y, por detrás, como los animales, con la ropa puesta y su perfume embriagándome, era mi primer polvo con Lila Leo; una mujer de nariz aristocrática y grandes tetas con pezones gordos como nueces.

Me extrañaba que regentease un burdel, y también que viviese sola, sin aparentes recuerdos, sin tan siquiera una foto de su familia...

La parte del burdel que usaba como hogar, era lujosa. Sin ser nada del otro mundo, tenía un cierto empaque presuntuoso y burgués. Un sofá de terciopelo rojo era una delicia y tumbado en él, completamente desnudo, se sentía uno deleitoso. Me atraía el pelo caoba de la señora Lila Leo.

El hecho de que a menudo metiese mi polla en su coño, no afectaba en nada a nuestras relaciones dueña-inquilino. Tampoco era cosa de hurgar nuestras vidas si teníamos ganas de follar. Ambos odiábamos las ataduras. Pero yo, orgulloso de mi anatomía, me cabreaba por no tenerla más arrancada por mí, pero esto me hacía ver más atractiva y más apetitosa a una mujer que ya empezaba a rebasar la línea del medio siglo.

En menos de una quincena, aquel lugar se había convertido en un tórrido paraíso sexual para mi polla: la señora Leo, la sevillana Sol, las masturbaciones y los besos con David, la bibliotecaria Pepa, las putas del burdel...

Y si todo esto anterior sonase a poco, enfrente de aquel lugar se alzaba una bonita roca, más lujuriosa aún, que, a pesar de la obstinación de la cacatúa Isabel, peñasco español por los cuatro granitos es.


Pero para los curiosos por saber exactamente en qué lugar me encuentro, les informo que estoy en uno de esos paradisíacos y afrodisíacos rincones del Sur, donde, por una oportuna invitación a cenar, una dosis de desparpajo y un poco de atrevimiento, puedes cabalgar encima de todo lo que se menea a dos patas




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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Mar Jul 17, 2018 2:24 pm






Buzoneo


Sé que no soy tan joven a mis 36. No tengo trabajo y debo buscarme la vida como sea, así que he aceptado un trabajo temporal que consiste en repartir propaganda por los buzones de las casas en las zonas que me asignen. Pero con precaución, ya que la gente está harta de publicidad y de abrir su portal a personas que no conocen. Aquel día me tocó un barrio conflictivo, más que nada y sobre todo por el desprecio que se tiene a sí mismo


Como era diciembre, llevaba en mi carrito paquetes de cien unidades de cartulinas con el almanaque del siguiente año por un lado, y con publicidad impresa al dorso. Pulsé el timbre del portero electrónico del primer portal para entrar y así dejar en los buzones mi género.

____Publicidad.
____¿Qué publicidad?
____Almanaques.
____¡Métetelos en los huevos! ¡Aquí no queremos almanaque! ¡Y tú eres un mamón y un maricón de culo!

No contesto y pruebo con el siguiente

____Publicidad.
____¿Quién es?
____Publicidad, señora. ¿Me abre usted la puerta, por favor?
____¿Evaristo?
____No soy Evaristo, señora. Soy un repartidor de publicidad.
____¡Ni se te ocurra, Evaristo! ¡Te portaste muy mal conmigo! ¡Me hiciste muchísimo daño! ¡Te odio, hijo de puta, cabrón, malnacido...!

Renuncio y paso al siguiente

____Publicidad.
____¡Déjala en el buzón, cielo, y sube a mi piso! ¡No puedo más...!
____¿Perdone?
____¡Qué metas lo que sea en el buzón y que cojas el ascensor ya, carajote! ¡Quinto piso, puerta C! ¡No tardes, tío cañón!

En situaciones así, no haces caso si de verdad sabes lo que te conviene.

Cuando una zorra loca se te ofrece fácilmente, lo más probable es que su marido esté con ella en casa, esperando para robarte o para hacerte cualquier perrería. Más vale olvidarlo.

'¡Qué me jodan!', pensé súbitamente. Dejé el carrito junto a los buzones, y cogí el ascensor. La puerta estaba abierta. El piso a oscuras. Di unos pasos a tientas. Sentí entonces como un puñalón en los cojones, y temí por mi vida. Luego, tiraron de mi polla. La que fuese la tenía a mi espalda a cuatro patas, con una de sus manos en mi entrepierna y con la palma de la otra sosteniendo mis huevos al peso.

Como pude me di la vuelta, pero caí encima de ella. La dejé hacerme. Se puso boca arriba y volvió a cogerme la polla con la mano e intentaba aflojarme el cinturón, sin perder el equilibrio sobre las rodillas. Sus manos eran como si estuviese tratando de hacer picadillo con mis huevos. Me dolía. Sentía un empellón de su boca contra mis pelotas, pero dejó de empujar. Tuve el tiempo justo para bajarme la bragueta. Ella me atrajo hacia sí, trabándome con sus muslos, llenos como colchonetas. Buscó mi boca y me enterró la lengua hasta el fondo. Rugía mientras seguía jugando con su lengua, y con su mano derecha se quitaba las bragas, se arqueaba la espalda y soltó un rugido. Le metí dos dedos en el coño, mientras ella ajustaba su respiración a los vaivenes. Nos mantuvimos así unos instantes. Saqué mis dedos y le metí mi canario en su mojada jaula. Entonces se aferró fuertemente a mi cuerpo y me clavó las uñas en la espalda, causándome diez líneas de sangre. La empujé.

____¡No te separes, cabrón! ¡Cuánto me gusta tu porra! ¡¡Ahhh!! -chillaba.

Aquella tía estaba loca, pero su locura me vino de perla, ya que logré que mi verga descargase. La sentí correrse dos veces. Nadie encendió la luz. Yo no dije nada y ella tampoco. Salí de aquel piso, medio en pelotas. Ya en el ascensor, me vestí y pulsé el '0'. Antes de salir, me paré frente a los buzones para repartir mis almanaques.


En el buzón del 5º C dejé más de veinte


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Mar Jul 17, 2018 2:35 pm






Club travesti de carretera
(Puticlub-gay, vulgarmente llamados)


Este club, que cada vez abunda más, es uno de los muchos que hay en las autovías y en las carreteras secundarias de la geografía española, y supongo que en las autovías y en las carreteras secundarias de infinidad de países ‘civilizados’ de cuatro de los cinco continentes (África no creo, económicamente hablando, que esté para estos dispendios), y que incluso son más frecuentados que los convencionales cabaré, donde, supuestamente, sólo trabajan, sirven y 'atienden tendidas en la cama' las mujeres, siendo la mayoría de ellas auténticos bellezones, de caras, y de cuerpos y modales, además de tratarse de chicas jóvenes, que se auto justifican ante la sociedad, alegando que ‘hacen el amor’, sólo para costearse sus carreras universitarias, pero algunas de ellas ‘les cogen gusto al gusto y gusto al gusto del dinero’ y abandonan sus estudios. ¿Muchas? ¿Pocas? Esto sí que no lo sé


Las paredes eran horrorosas, pero guapos candelabros dorados ornaban lo ruin. Una lámpara colorada sobre el techo iluminaba el salón, con tres sofás de armiño amarillo. Sobre un brasero de bronce, unos rubíes enfurecidos parecían los dientes de un dragón.

Quemaban allí semillas de alucema e incienso. En una mesa redonda, un jarrón chino dibujado. ¿Qué escena aparecía?: 'dos pescadores pescaban un pez espada, que hería a uno de ellos en la cara y en las manos; gotas carmesí en una camisa remangada, y el mar se bamboleaba entre olas blancas de espumas'. En un jarrón de cristal de color celeste, había cuatro hortensias rosas con los pétalos secos.

De todas las mesas caían manteles hasta el suelo. En los tres sofás, los travestis con taparrabos, cubiertos de maquillaje y rapadas las cabezas, salvo en un antifaz, que les cubría los ojos y que era de un color azul.

Estaba la Trini, de enormes tetas y con una lengua viperina. Conocía por su nombre los venenos, y su lengua era sucia como los falos que ya había lamido hoy. Sabía insultar. Se había cagado en los muertos del último cliente, porque no le había dado propina. Le mentó la madre por los cuernos del padre, antes de lanzar con fuerza al aire un hermoso gargajo amarillento. Se contoneaba como una serpiente en celo y era la más endemoniada del grupo, como la cima del Himalaya. ¡Qué tetorras tenía la tía!, capaces de amamantar a todo un ejército de legionarios sediento de leche de teta de mujer. Y entre sus recios y alargados muslos, la cripta de un coño depilado exigía un cohombro marino, eternamente erecto.

Sentada en un piano de cola blanco, dorada como Poniente, se hallaba la Conchi, ‘la madrileña’; en su mano derecha sostenía una copa alta con anís. La decían ‘la madrileña’ por su acento tan fino, pero había nacido en Cádiz y no conocía Madrid. Había denunciado a la policía a un tipo de el GRAPO, que se había encaprichado de ella cuando la vio en el club. Llevaba aquel terrorista un cheque por valor de un millón de euros, pero la Conchi era puta por deporte, y su cartilla del Banco jamás había estado en rojo. Rojo, sus labios, que ahora cataban anís. Mientras follaba, era una hembra que cazaba como un tigre-araña la espalda del cliente de turno que atenazaba con sus piernas como un escorpión mutante, cuyos labios eran purísimo veneno. Reposaban en sus ojos negros siete panteras rabiosas, pero su efigie era la de un ángel. ¿Cuántas pollas se había bebido esa noche? Ninguna, por eso anís en su boca porque sus labios estaban secos, y ella cabreada, porque después de nueve horas trabajando, aún no había degustado ni un palo de macho.

Sonaba en el reloj de la sala las tres de la madrugada, y un cisne blanco en la azotea vomitaba su luz, enormemente ebrio. La Curra se miraba al espejo. Hoy había cocinado un conejo, que ella se ocupó de matarlo y desollarlo. ¡Qué soberbia era la tía! Rapada al cero parecía un marine yankee; y lo era porque era hombre, pero su culo había recibido el falo de cientos de tíos. En realidad, se llamaba Pepe, y era de Jerez. Con trece años había lamido su primera polla. ¿Era gato o gata? Gata, pero había sufrido horrores en su circuncisión, que después era como un pájaro que le mutilan el sexo con alicates. Tenía tetas pequeñas, pero su culo había recibido más semen y vaselina que los que contienen los bancos de espermas. ¡Qué pedazo de maromo podría haber sido de no ser maricón! Le encantaba coleccionar mariposas, y jamás bebía alcohol porque padecía del hígado. Era hembra en la cama, sedienta de deseos y esclava absoluta. En su pecho, tatuada había una pantera. Sólo follaba por dinero. Belleza endeble que si tuviese navaja sería felina.

La putísima Lis hojeaba y ojeaba una revista del corazón, en cuya portada, una Infanta de España proclamaba su divorcio. Llevaba un zarcillo de oro puro en cada oreja.

Repito que todos estos ‘angelitos’ se hallaban rapados y dorados. El polvo de oro los hacía exóticos, como a los pájaros semidemonios. La Lis era pequeña y traviesa, escondía una libélula en su pecho. Sus mamas estaban llenas de miel de higuera, y conocían el significado del pellizco. Acababa de estar con un tío y había triunfado. ¡Qué gran mamada le había hecho por 50 pavos! El tío era un panzón, peludo, con mostachos mexicanos y unos andares patosos. Se empeñaba en decir: ¡ay manita, manita!, mientras la Lis lo succionaba entero. Pero no había sido generoso con ella. Había pagado lo acordado, pero no le había dado extras, y la Lis trinaba. Por eso le daba una patada al gato. Leía que la Infanta Elena estaba harta de su marido y que ahora era feliz. También la Lis hubiese querido degollar a un hombre y cortarle el pescuezo, como a las gallinas.

La Laly temblaba. Era su primera noche. Era hombre porque lo decía su DNI, y sólo por eso, porque su bonita cara y su cuerpo eran tan despampanantes como el más despampanante de las mujeres despampanantes. En sus labios había una amapola virgen, y sus dientes no conocían todavía el quid de la mordedura.

¿Quién la follaría esa noche por vez primera? Meses atrás, Alejandro le robó el virgo adolescente, y Pepe, y Juan, y Federico, y Carlos, y Adolfo, y Felipe, y Ramón y Jorge y Rodrigo… se la follaron por delante y por detrás, pero no follaba con nadie por dinero. Sus tetas eran hermosas, como peras inmensas, y había en su gruesa raja un olor a romero y salvia. Era su pureza como la de una azucena resplandeciente; y en sus dos ojos la noche y la luna, destilaban su fría incógnita.


Sólo un cuadro surrealista, de autor anónimo, era, a esas horas de la madrugada el único testigo directo de los crímenes perfectos que cuatro de las seis alcobas escondían




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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Mar Jul 17, 2018 2:49 pm





El coño de la señorita Oriol


El día en el que la doncella de la adinerada señorita Oriol caía enferma y moría y tuvieron que poner en su puesto a otra mujer, cuya torpeza no le permitía ni tan siquiera encender una chimenea, era cuando Guille, un muchacho que trabajaba en su hacienda, se obsesionó con ella y... con el olor de su coño


Aquel mismo día, la nueva doncella hacía llamar a un obrero, escogido al azar, para que encendiese la chimenea y así calentar el dormitorio de su ama en aquella fría noche. El elegido era un tal Guille, el cual entraba al cuarto apestando a caballo, y que sin perder tiempo se ponía manos a la obra. Y esa noche era la primera vez que hablaba con su señorita: mujer guapa, pelirroja y metidita en carnes y que llevaba puesto sólo un picardías transparente de colores, que dejaba ver las tetas y el coño. Pero su gordita figura relucía más a la luz de la vela que Guille llevaba y que a su vez entregaba a su señorita.

Se le encandilaban los ojos, hasta el extremo de que poco faltó para que le costase una buena quemadura su desconcierto. No podía apartar sus ojos de las tetas que el picardías dejaba ver: redondas y firmes y con duros pezones. Cuando la señorita puso la vela en la mesilla, la luz le iluminaba poco el coño, pero Guille con disimulo orientó la vela para verlo mejor, abultándose su bragueta con tan excitante visión: una buena mata pelirroja anidaba en aquel triángulo.

____¡Quillo, te vaj a quemá! –gritó la nueva doncella que era una castiza pueblerina andaluza, devolviéndole a la realidad.

Guille se apartó de la mesilla, y por ende de la vela.

____Ea, po ya te pue jí. Pero ante deja ejo de pajo en la lavandería -le dijo de nuevo la sirvienta, señalando una cesta con ropa sucia.

Y Guille se fue a su trabajo de todos los días, tratando de disimular su erección bajo los pantalones vaqueros.

Ya en su labor recordó la ropa interior que contenía el cesto. Se encaminó de nuevo a la lavandería, en la que no había luz, mirando a todos lados para asegurarse de que nadie hubiese por allí. Buscó a tientas en el cesto y apareció una prenda íntima, que olía a perfume caro. Pegó la nariz al lado que correspondía a la vagina e inhaló con fuerza; aquel olor le pareció una mezcla de marisco y alguna flor embriagadora. Estuvo un buen rato con la prenda en la nariz, yendo su erección tan en aumento que llegó a pensar que la presión le iba a romper la tela del pantalón.

Y a partir de aquel día, una obsesión por su ama y por su increíble cuerpo nublaba sus sentidos. La conocía de pasada cuando empezó a trabajar en la hacienda mes atrás, pero nunca había pensado en ella de la manera en que ahora lo hacía. No podía quitarse de la cabeza el olor de su coño y su figura desnuda, que había visto o creía haber visto la noche en que fue a encender la chimenea. Finalmente, acabó por perder el control de su imaginación y de su polla.

Cuando guiaba el ganado para pastar o iba a arar, incapaz era de centrarse en las tareas. Sólo hacía imaginarse a su señorita en pelotas, acariciándose sus redondas y generosas tetas y metiéndose dos dedos en el bosque de pelos de su entrepierna, y acercándoselos a él para darle a catar el flujo de su fruto, de un olor tan envolvente que loco le volvía. Y él, idolatraría hasta el último palmo de aquel cuerpo, con besos en la boca, las tetas, los muslos, el culo…, llenos de fluidos. Y por último hundiría su lengua en el coño, y quedaría embriagándose con el recuerdo del olor que salía del cesto con la ropa sucia.

____¡Guille, estás empalmao! –era el capataz de la hacienda que lo despertaba de su porno letargo.
____¡No...! ¡Yo… no…! -eso era lo único que podía decir, tartamudeante y azarado, el pobre muchacho.
____¡Entonces sácate el pepino que llevas ahí y deja ya de arar la carretera, que el campo está en la otra dirección!

Los otros compañeros se echaron a reír, y Guille se percató de que su erección era tan grande que se podía ver desde lejos.

Pasaban los días y el rendimiento de Guille bajaba, mientras que su imaginación iba subiendo a morbosa, y siempre con su señorita en la cabeza.

Un sábado noche, el capataz lo invitó a un puticlub, y a ver si con esto se le calmaba la polla. Pero no. Ninguna de aquellas hermosas putas del lugar podía compararse con su señorita.

____¡Más te vale que aprendas a controlar esa nutria que ocultas bajo los vaqueros, porque como sigas así no tendré más remedio que despedirte! -le dijo, muy en serio, el capataz.

Armándose de valor pensó que tenía que declararse a su ama. Era probable que lo rechazase, y si no, el irascible ricachón del padre no iba a consentir que su señorita hija compartiese cama con un peón, por lo que acabaría echándole de su hacienda. Pero como esto último parecía inevitable, decidía hacer lo pensado.

____Señorita, mi nombre es Guillermo, pero me dicen Guille. Estoy trabajando en su hacienda. Una noche encendí la chimenea de su alcoba, y estaba usted en ropa de dormir. Y después su criada me ordenó que llevase su ropa sucia a…
____¿Mi ropa sucia? -le interrumpió dejando salir su voz, tan dulce como su cuerpo.
____Sí. Y desde esa misma noche estoy enamorado de usted.

Confundida, le argumentó:

____¡Pero si mi ropa sucia siempre la recogen por las mañanas, nunca de noche! La cesta debía contener ropa de mi padre, cuyo cuarto es ese de ahí arriba -señaló con la mano.

A Guille le entró un asco súbito. Corrió hacia las afueras del caserío, y ya allí se puso a vomitar. La señorita lo siguió, sin poder contenerse la risa. Una vez al lado de él, lo miró y le dijo:

____Mira, Guille, mi padre es viudo, y supongo que se debe dar algún homenaje de vez en cuando –hacía gestos obscenos con las manos, que provocaron que Guille vomitase más aún.
____¡Soy el más tonto del mundo! –y empezó a llorar.

A la señorita le dio lástima y lo estrechó entre sus brazos.

____No eres un tonto -le secó las lágrimas con la mano-. Mira, vete ahora a lavarte, y después regresa de nuevo aquí sin que nadie te vea, ¿vale?

La mirada que Guille le dedicó a su ama era tan profunda que ella se estremeció.

Y se acostaron juntos. Guille fue el primer en empezar a quitarse toda la ropa.

____Tu polla parece impaciente –le dijo ella sonriendo, a la vez que mirándole su enorme y erecto paquete, del que empezaba a asomar un líquido viscoso.

Despacio empezó ella a mostrar cada parte de su anatomía, como sirviendo la carne poco a poco. Primero los muslos, duros y firmes, que Guille besó y recorrió con su lengua, y después le chupó cada uno de los dedos de los pies.

____¡Jo, qué fogoso…! –exclamó la señorita.

Luego, se quitó el vestido y la ropa interior y, ya completamente desnuda, se volvió hacia Guille que, loco con las tetas a su merced, su lengua lamía los pezones. Llevó dos dedos al coño de su señorita agitando el clítoris, a la vez que besaba las ingles. Y ella, con palabras sucias, lo incentivaba más aún:

____Pues sí que sabes tú encender bien las chimeneas –dijo guiándole la boca en su clítoris, durísimo ya.

Guille rulaba por aquel territorio salvaje, pero parándose en el coño, que olió, y fue entonces cuando se aclararon sus dudas: aquel aroma era más glorioso que el que recordaba de la prenda de la cesta.

Toda la noche se la pasaron follando, corriéndose los dos varias veces. Pero Guille tenía que irse antes del amanecer, ya que sería catastrófico que el padre de ella los sorprendiese juntos.

____¡Señorita, sólo pienso en que volvamos a follar lo antes posible! –entusiasmado le dijo Guille antes de salir.


¡Seguro que sí, Guille! Pero la próxima vez tráete contigo a Pablo, a Juan, a Pepe, a Jorge, a Alfonso, a Álvaro, a Nicolás, a Jaime… incluso a la hija del capataz. Todos ellos trabajan contigo en mi hacienda y también vienen por aquí de vez en cuando atraídos por el olor de mi coño



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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Mar Jul 17, 2018 3:04 pm






Encontré lo que necesitaba


Le conocí una noche en la que después de mucho tiempo decidí darme un homenaje, pues, divorciada cinco años atrás y sin haber catado macho desde entonces, estaba famélica de sexo. Según me dijo mi amiga Martina, es un tío guapísimo de 30 años y que está buenísimo, que le gustan las maduras, como yo, y que trabaja de camarero en un bar de copas, el mismo bar que ella me recomendó visitar. No bien me senté en uno de los taburetes en una esquina de la barra, más pronto que tarde me percaté de que aquel guapo Don Juan camarero no me quitaba ojos de encima

Desde la otra esquina, se me acercó.

____Hola. ¿Qué te sirvo? –me dijo, sonriéndome.
____Hola. Una cerveza muy fría sin vaso, por favor –le sonreí.
____Marchando.

No pude ni quise evitar seguirle con la mirada. Sus ojos verdes azulados, eran de ensueño. Llevaba una camiseta tan ceñida que se le marcaba el torso, y su culo y su bulto en los vaqueros... ¡madre mía! Ya me lo imaginaba desnudo.

Me trajo la cerveza y me fijé detenidamente en él: ojos pícaros, labios carnosos… '¿Cómo besará?', pensé. Y todo esto sin contar que olía a gloria. ‘Pues sí, Martina, es un tío realmente hermoso’, pensé de nuevo.

____Gracias -dije e hice un círculo con el pulgar e índice de la mano sobre el cuello del botellín, para luego llevarme el dedo a la boca, como midiendo el grosor de su...
____De nada  -y me sonrió de nuevo, observando atentamente mi gesto.
____¿Podrías darme la hora? -le pregunté de pronto.
____A ti te doy yo lo que tú quieras -respondió, insinuante.
____¡Vaya! -exclamé aparentemente serena.- Digamos que por ahora sólo quiero la hora -y llevé otra vez el dedo al botellín.
____Las las doce y cinco –y empezó a sonreírse, haciendo alarde de sus perfectos y blanquísimos dientes.
____Gracias de nuevo -y le miré enarcando una ceja.

Yo no soy de esas mujeres que hablan con un chico y se insinúan. Pero con aquel, no sabía qué me estaba pasando. Lo cierto es que desde que le vi, cachonda me puse. Pasé un largo rato mirándole, y él sonreía, como incitándome. Pasados unos minutos, le hice una seña para que me trajese otro botellín. Y me lo trajo, y esta vez lo puso en mi mano y me dijo:
____Toma, y bien helado para mi guapa señora. ‘¿Deseas algo más?’.

Hacía cierto énfasis en 'deseas algo más', como si estuviese ofreciéndose él también. Pero qué lindo sería ‘algo más'. De sólo pensarlo, comencé a sentir un cosquilleo desde mis tetas hasta mi coño.

____Pues sí, quiero algo más: una canción –él hacía también de DJ-. Una que te guste a ti. Pero yo la prefiero de Malú.
____Oh, me encanta Malú -dijo mordiéndose el labio.

Me sentía atraída y, al verle morderse el labio, mi imaginación se ponía a volar hasta verle mordiendo mi cuello y... ¡a mí enterita!

Súbitamente me entraron ganas de hacer pis. Sentada ya en la taza miré mi tanga y vi que estaba mojado, corroborada la humedad por el clinex que después de orinar pasé por mi vagina.

Al terminar y salir, allí estaba él, refrescándose la cara. Se vino hacia mí y me hizo entrar otra vez al cubículo de váter. Cerró la puerta por dentro y se abalanzó sobre mí. Mordió mis labios, a la vez que deslizaba su mano desde mis tetas hasta mi coño. Luego la metió, cual cuña, dentro del tanga, frotando mi clítoris. Yo temblaba toda entera. Pero tampoco me quedé quieta. Llevé mi mano a su bragueta y, tocándola por encima, notó lo dura que estaba. Le quité el pantalón y los calzoncillos, cogí su polla y empecé a masturbarla. Él me empujó suavemente hasta quedar sentada en la tapa del váter. Ya allí, me metí su polla en la boca y la lamí sin parar. Gemía y me miraba con sus pícaros ojos verdes. Gozaba tanto como él, y el hecho de saber que estábamos en un lugar público y que de pronto alguien podría llamar a la puerta, me excitaba más aún.

Me cogió entre sus brazos, me besó y me lamió el cuello. Bajó las manos y apretó mi culo contra sí. Podía sentir su polla empalmada e hirviendo en mis nalgas. Lo besé apasionadamente, metiendo la lengua en su boca mordiéndole los labios. Subió sus manos a mis caderas y las llevó de nuevo a mi culo. Me quitó el tanga y me dijo:

____¿Te la meto? ¿No es eso lo que querías?
____¡Sí, fóllame ya! -cogí sus piernas y las aprisioné contra mí.

Me puso de espaldas, quedándome frente al espejo y apoyada al lavabo. De pronto, metió en mi coño su erecta polla, empujando con fuerza a la vez que mordisqueba mis pezones. La excitación de los dos era bestial...

____¡Empuja con más fuerza, vamos!
Se inclinó más, y casi me atraviesa su dura, larga y gruesa polla. Sentía un dolor y un gusto deliciosos mientras empujaba con violencia. Me folló a sus anchas y yo sentí un estremecimiento en todo el cuerpo, y ya hasta rugía.

____¡Fóllame más! ¡Ahora soy toda tuya! -le decía mientras iba golpeando el lavabo, llevada por la adrenalina del momento.

Rugíamos en nuestro orgasmo al unísono. Pero poco antes tuve sola dos seguidos. Sentía un reguero que me bajaba por las piernas, que me temblaban como un flan. Me metió dos de sus dedos en mi coño y después los llevó a mi boca. Deseosa por mi excitación, los chupé con desespero. Luego, él se puso el slip y el pantalón y yo me subí el tanga.

Me cogió de nuevo contra sí, me besó y me dijo:

____Follas de puta madre y que me has hecho una mamada de escándalo. Ah, que sepas que me ha encantado conocerte.
____Y a mí también me encantó. Ha sido una delicia comerte la polla.

Abrió la puerta y salió como si nada. Y yo le seguí. Ya me había olvidado del mundo. Salí nueva y con ganas de repetir. Y se lo hice saber 'durante y después', con su visto bueno y diciéndome: 'cuando quieras, ya sabes dónde estoy, cómo la tengo y cómo trabaja'.

En mis ojos se veía que estaba feliz. Pero cansada, y dolorida porque hacía mucho ya que no follaba. Y asustada también por lo que terminaba de hacer: follar con un extraño, del cual ni siquiera sabía su nombre, aunque no me había importado nada de esto mientras nos encontrábamos en 'plena faena'.

Ya en la barra, le hice una seña. Vino hasta mí velozmente.

____Dime, mi guapa señora -dijo con una voz tan pícara como sus ojos.
____¿Qué te debo? -dije sin expresión en mi cara, ya que no quería irme, pero tenía que marcharme enseguida.
____Nada. ¿Por qué te vas? ¿Algo te molestó? -preguntó, meloso.
____No. Al contrario. Es que se me ha hecho tarde y mañana tengo que madrugar –le respondí-. ¿Pero cómo es que no te debo nada?
____Gentileza de la casa. Dame tu número de móvil. No te permito que te vayas sin dármelo. Por cierto –alargó su juguetona mano, la misma que poco antes ‘me había hecho de todo’-. Gusto en conocerte. Me llamo Jóse.
____Y yo Mónica, y mi número de móvil te lo daré en otra ocasión.
____¿Nos volveremos a ver?
____Puede... -respondí en tono dudoso para que no se le subiesen demasiado los humos, aunque por dentro me moría de ganas por follar con él otra vez.
____Si no quieres, tú te lo pierdes -y se fue a atender a una clienta que, por la edad que aparentaba, era una madura como yo en busca desesperada de sexo.
____Adiós –le dije como única respuesta.
____Adiós  –y aun mi ambigua respuesta, añadió que me espetaba de nuevo.

Entonces cogí mi bolso y me fui de aquel bar, con urgencia por salir a la calle para contarle mi amiga Martina, vía móvil, cómo me había ido la fiesta.

Martina me dijo que ya sabía cómo era Jóse, pues se lo había tirado tres veces, algo que no me dijo cuando me recomendó que fuese a aquel bar, la muy zorra.


De acuerdo. Yo follé con Jóse por pura necesidad fisiológica, y con la idea en los dos de follar más veces. Pero entre Martina y yo hay una ‘ligera’ diferencia: yo soy una mujer divorciada y libre, y Martina es una mujer casada y supuestamente comprometida



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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Miér Jul 18, 2018 9:58 am





David no se merecía esto

Hola, soy Julia: una chica pelirroja, de 22 años, alta, 1,74, un bonito cuerpo y una cara graciosa. En el hablar me paso algunas veces con tacos. Y ahora os voy a contar lo que me ocurrió en julio del verano pasado. Empiezo por decir que nací y vivo en Sevilla, donde tengo la gran suerte de tener un grandísimo amigo, llamado David, el cual se veía a leguas que estaba pilladísimo por Luisa. No había más que ver la cara de tonto que se le ponía cuando ella aparecía, y las tonterías que hacía y decía, que resultaban ridículas. Cuando delante de mí le veía hacer esas cosas, me entraban unas ganas tremendas de pegarle un par de hostias, y a ver si se espabilaba de una puta vez, ¡joder!


Y mis lectores dirán que quién coño soy yo para meterme en lo que haga o deje de hacer David. Yo soy nada menos que su amiga del alma. Desde renacuajos, somos uña y carne. Y nuestros padres son amigos, compadres y vecinos de toda la vida. Y David y yo somos inseparables. Siempre hemos compartido juegos, penas, alegrías, travesuras, castigos...

Tenemos tanta confianza y complicidad el uno con el otro que la gente que no nos conoce piensa que somos pareja. Y por eso me duele más verle hacer el payaso con una niñita de papá, de 21 años, riquita, presumidita y frivolita.

Ya os habréis percatado de que la Luisita me cae como una patada en el coño. Pero tengo que reconocer que David tiene buen gusto, siempre se enamorar de las más guapas y despampanantes. Porque otra cosa no, pero guapa es rato guapa la tía. Y encima luce tipazo, de esos que quitan el hipo.

La cuestión es que Luisa se quiere integrar a nuestra pandilla de amigos y yo tendré que soportar, por momento más cabreada, la imagen patética de David, entre otros pretendientes, muriéndose por sus huesos.

Pero eh, un momento, a ver si de todas estas explicaciones mías sacáis la conclusión equivocada de que estoy celosa, porque si algo tenemos claro los dos en nuestra amistad, es que es sólo eso, amistad. La atracción física que podíamos sentir alguna vez la afrontábamos con juegos divertidos, en los que cada uno descubría gracias al otro el sexo. Una vez superada esa etapa adolescente, el único interés que tenemos el uno por el otro es de pura y leal amistad. Además, ambos hemos tenido parejas, líos, rollos..., y no han supuesto ningún problema. Así que de celos, kk de la vaca.
Estoy dándole vueltas a esto porque David me ha telefoneado esta mañana desde el pueblo. Sus padres tienen allí una casa, donde pasan sus días de asueto, y como se han ido de viaje a Madrid para visitar a su hija, y su hijo mayor reside muy lejos, le ha tocado a David ir este finde a la casa del pueblo para regar las flores, y. de paso, echar un vistazo a todo en general.

Pero no se le ha ocurrido mejor idea que la de invitar a Luisa. Claro, Luisa ha debido captar la encerrona y le ha preguntado si iba a ir más gente, y él pedazo de capullo de mi amigo le ha dicho que aún no lo sabía, pero que yo iba. Así que me telefoneó para pedirme que le haga de ‘celestina’, por lo que estoy que trino, ya que para un finde que no curro tengo que estar soportando a mi amigo y a su princesita. Espero y deseo con todo mi ser que la pandilla se anime a ir, y al menos podríamos montar una fiestecita.

En fin, se desarrollen como se desarrollen las cosas, un amigo es siempre un amigo, y hay que sacrificarse. Hoy por ti, mañana por mí.

Y en esto iba pensando mientras salía de la academia, a la que acudo los viernes por las mañanas para tratar de aprobar la puta Física. Pero mi sorpresa era mayúscula al ver a la Luisita de los cojones en la puerta de entrada a la academia.

____Hola, Julia -me saluda, sonriente.
____¡¿Tú aquí?! ¿Qué pasa? -este era mi saludo.
____David me indicó dónde estabas y como he logrado que papá me deje su coche, porque mi deportivo esta chocado, he venido a buscarte.
____¿Para...? -la miré largamente, enarcando las cejas.
____Para… -dudaba un instante- …llevarte a tu casa, recojas tus cosas e irnos juntas a 'Relax' -así llaman los padres de David a su casa del pueblo.
____No tengo nada preparado. Sólo pensaba comer en mi casa, echarme un rato la siesta y después coger el autobús de las siete.
____Debí haberte llamado antes, pero no tengo tu móvil, y David me dijo que tiene prohibido dárselo a nadie. Parece que te tenga miedo...
____¡Pues según veo no me tiene tanto! -dije, airada-. Pero ya que has venido 'habrá que aprovechar el coche de papá' -concluí con esa ironía.

Rumbo a mi casa, Luisa centra la charla sobre mí; no para de preguntarme por mis estudios, por mi trabajo como gogó algunos findes, por cómo organizo mi vida, por mi familia… Le respondo con monosílabos que no dan pie a seguir haciéndome más preguntas. Pero la pija no cede. Así que ella durante todo el trayecto parloteando, y yo pensando en lo torpe que es por no darse cuenta de que no la trago.
Cuando llegamos a mi barrio aparca y me hace preguntas sobre David. Y yo se lo vendo fatal; le digo que es un vago y un irresponsable. Aunque no es realmente así, no creo que haya mejor forma de que se dé cuenta de que liarse con mi amigo no le conviene, porque ella no sé qué sentirá, pero, para David, Luisa es poco menos que la mujer perfecta. Aunque a veces ocurre que todos somos perfectos hasta que conseguimos lo que queremos’.

En el portal nos cruzamos con mi hermana, que me dice deprisa y corriendo que se va a comer a la casa de nuestra abuela, y que mis padres están con unos amigos y que almuerzan con ellos en su casa y que no regresarán hasta la noche. 'Jo, con la siestecita que podría haberme pegado sola en casa, pero la cabrona realidad es que tengo que hacer un puto viaje acompañada de una pijita de mierda', pensé.

Subimos sin hablar hasta mi casa. Entramos y le señalo el salón para que me espere allí. Me voy a mi cuarto a coger los cuatro trapos que pille y meterlos en una maleta. Estoy rebuscando entre los cajones, porque a mi hermana le sale del coño ponerse mi ropa sin mi permiso, y mientras busco algo nunca lo encuentro, cuando veo que Luisa está apoyada en la puerta, mirándome fijamente. Me siento avergonzada por tanto desorden y porque me da la cabrona sensación de que está comparando sus organizados y repletos armarios con ropas y zapatos de marca, con mi desastroso y pobre roperito con ropas y zapatos de los chinos.

____¡¿No te dije que me esperases en el salón?! -le hago ver, muy cabreada, que me incomoda su presencia.
____¿David vive cerca de tu casa? -pregunta al cabo de unos segundos. Por lo visto, ha decidido no hacer ni puto caso a mi mal genio.
____Justo en el portal de enfrente. Si te asomas a la ventana, ves la de su habitación -me calmo y decido seguirle el rollo, a ver si se cansa.
____Y por lo que cuentas de él, se ve que le quieres -empiezo a dudar de que pueda estarse calladita, al menos un ratito.
____¡Sí, mucho! En realidad, es el hombre de mi vida -respondo con sorna.
____No, en serio. Me gustaría saber si te gusta.

Su tono ha cambiado al decirme eso último; ha sonado a serio. Aun ello, la miro con desdén mientras ella añade:

____Me pones difícil hablar contigo, Julia -hace una alargada pausa que me obliga a mirarla y a dejar de meter cosas en la maleta.- Lo que realmente me gustaría saber es si hay algo entre ustedes –añade, al cabo de unos veinte segundos
____Mira, Luisita, David y yo sólo somos amigos, y nada más, que no es poco. Y no debería decirte esto porque tendrías que haberte dado cuenta de que lo tienes en el bote. Es más, si te fueses sola a pasar el finde con él en el pueblo, nos darías una alegría a los dos –le respondo muy clarito.

Nos miramos largamente en total silencio. Luisa se ha puesto muy triste. Igual he sido demasiado dura y directa con una nenita de vidrio, delicadita.

Inoportunamente, se oyen crujir mis tripas.

____Yo también tengo hambre -dice-. ¿Preparo algo ligero y nos lo comemos antes de marcharnos? –me dice de pronto.
____Mi cocina y mi nevera son tuyas -le ofrezco para que me deje en paz.

Cuando acabo de hacer la maleta me voy a la cocina, percatándome de que estoy famélica. Lo único que comí en el desayuno a las 8 de la mañana había sido media bolsa de papas fritas. Luisa ha hecho dos tortillas francesas de dos huevos cada una, con tres lonchas finas de tomate, metidas en panes de molde tostados. Dos bocatas muy apetitosos se veían.

____Está muy bueno -reconozco después del primer mordisco-. Me has sorprendido. Pensaba que no sabrías ni abrir la nevera -sonríe y me hace sonreír a mí.
____Es que me paso sola mucho tiempo. Soy hija única, y mis padres no están casi nunca en casa. Siempre viajando y pasándoselo bien sin mí. Y es por esto que me he aficionado a la cocina. Aunque es más chulo si se cocina para alguien como tú.

Ese 'alguien como tú' lo veo como un cumplido. ¿O no...?

Mientras comemos, me habla de su vida de pobre niña rica, y, muy a mi pesar, me hace sentir empatía por ella, por reconocer abiertamente tanto sus privilegios como sus carencias afectivas.

____Oye, Julia. Cuando acabemos de comer, te echas un ratito, ¿vale? -me dice de pronto-. Y así descanso yo también. Anoche dormí poco y mal -añade.
____Me parece genial. ¿Sabes algo? Empiezas a caerme de puta madre.

Le ofrezco mi cama, y le digo que yo me echo en la cama del cuarto de mi hermana, pero me dice que prefiere dormitar mientras ve algo en la tele. Así que ella se queda en el salón y yo me voy a mi cuarto.

Medio dormida siento como si alguien entrase a mi cuarto. Se acerca a mi cama, me empuja un poco para hacerse hueco y se echa a mi lado, dándole yo la espalda. Me llega el aroma de un perfume que conozco. Casi despierta, noto que ¡es Luisa!, que, con una de sus manos, me acaricia el pelo. Placentera es la sensación de relajación que me invade, cuando uno de sus dedos dibuja el contorno de mi oreja izquierda, bajando la mano entera por la cabeza hasta los hombros. Me quita los tirantes de la camiseta, y eso hace que medio me despeje. Pero lo que me hace despejar del todo y poner mis sentidos en guardia es sentir algunos besos seguidos en mi espalda. Sin atreverme a moverme, me digo si han sido realmente besos o me los he imaginado. Más besos, más apretados, y más cálidos que los anteriores, me sacan de la duda. 'Si me hago la dormida, creo que le será menos violento', pienso. De pronto, su cuerpo se pega completamente al mío y su boca me susurra al oído:

____Me gustas mogollón. Desde que te conocí, no dejo de pensar en ti. No veía la manera de acercarme a ti, ni de que me prestases atención. Me has sonreído antes por primera vez y me has hecho feliz. Te deseo.

Sus dos últimas palabras se mezclan con besos y caricias, y una de sus manos se va desplazando desde mi cuello, rodea mi cintura, se pierde bajo mi camiseta, abierta ya, y me acaricia el vientre.

Me quedo muda, y hasta sin respiración, lo único que funciona ahora mismo en mi cuerpo son los sentidos. La piel se me ha puesto de gallina, y no sé si por el magreo de su mano por mi vientre, por los besos, por las palabras que atacan mi oído, o por la fuerte presión de su cuerpo contra el mío. Mi incapacidad para reaccionar debe parecerle una buena disposición por mi parte.

Sus besos no cesan, y son por vez más atrevidos, más húmedos, sexuales. Noto sus dientes mordisqueando mi piel, y su lengua lamiéndola. Sus manos recorren parte de mi cuerpo, desde el cuello hasta los muslos, evitando el contacto directo con mis tetas. No para de decir ‘te deseo’ entre susurros. Sus pezones empinados contra mi espalda corroboran que sus palabras son sinceras. Mi respiración vuelve a funcionar, pero no puedo evitar que sea honda y entrecortada, y tampoco puedo evitar cerrar los ojos con cada escalofrío.

Cuando su ansiosa mano derecha coge una de mis tetas, se me escapa un gemido que se mezcla con uno suyo. Paro su mano y me giro para pedirle que no siga, pero cuando nuestras caras se enfrentan, a menos de dos centímetros, sólo salen de mis labios dos palabras que me habían calado hasta el mismísimo coño: 'te deseo'.

No recuerdo quién besa primero, pero sí recuerdo que estamos devorándonos las bocas, besándonos con pasión, fusionando lenguas y labios en un compás perfecto. Nos abrazamos fuertemente para dar más calor a nuestros cuerpos. Nos comemos cara y cuello. Y ambas sabemos que queremos más, pero nos deleitamos haciendo larga la espera, largos los besos...

Me percato de que mide cada paso por miedo a que yo me eche atrás. Por eso noto que controla sus caricias, sus besos. Siento cómo desea hacer el amor conmigo, sin atreverse, pero me quito el sostén para dar luz verde a su lujuria.

Entonces, con los ojos muy abiertos, mira mis tetas, como no creyéndose que se las ofrezco, y empieza a lamérmelas ansiosamente, locamente. Sus labios, su boca, su lengua pornotean con mis duros pezones, pero su voz sigue repitiendo una y otra vez... ¡te deseo!

Tanta ternura y tanto deseo juntos me desarman por completo. La separo de mí el tiempo y la distancia justos para quitarle el sostén. Sus tetas son grandes, redondas y firmes. Me apetece comérmelas. Alargo mi mano, y siento su cuerpo estremecerse cuando entro en contacto con su piel. Me doy a modelar delicadamente sus formas. Sus pezones se han oscurecidos, se han erguidos, están muy excitados...

Estamos arrodilladas frente a frente. Ella toma el mando y decide devorarme entera con la misma pasión con la que antes con mis tetas. No quito mi mano de la suya. De pronto, lanzo un fuerte gemido que palmariamente delata mi excitación. Pero, cuando nuestras miradas se buscan y se encuentran, en la suya hay una petición y en la mía una aceptación.

____Quiero folla... –sus hábiles manos desabrochan rápidamente mi pantalón antes de terminar de pronunciar la frase entera (Quiero follarte).

Echándome sobre la cama y levantándome el culo consigue sacarme los pantalones. Luego, ella, se quita los suyos y se tumba a mi lado. Volvemos a besarnos, volvemos a tocarnos, nuestras piernas se entrecruzan y noto uno de sus muslos entre los míos, presionando mi coño. Me muevo hacia ella a igual ritmo que lleva su lengua en mi boca. Noto su mano deslizándose bajo mi tanga y… y entonces pienso que me voy a derretir. No se apresura, va calentándome según avanza frotando las yemas de los dedos, ganando milímetros en su bajada. No se puede decir que su mano no avisa a donde va, sin embargo, cuando llega no puedo evitar una explosión en mi cuerpo y que mis besos se tornen por rugidos.

Estoy encharcada. Pasa por mi mente el sigilo de la vergüenza por verme así, pero su respuesta a mi excitación es tan grata, su cara expresa tanto contento, su mano tanto deseo, su boca tanta dulzura, que abro totalmente mis piernas para compartir lo que me está haciendo sentir. Su lengua va lenta, bajando por mis tetas hasta mi coño, y se detiene, reverenciándolo, deleitándose con los ojos, antes de con la boca. Con una de esas miradas que prometen mil y un placeres, y la punta de una ansiosa lengua trabajando a destajo, experimento mi delicioso suplicio.

Llegados a este punto, pierdo el hilo de lo que me hace o deja de hacerme. Sólo sé que con su boca, su lengua y sus dedos, me da más gusto del que nunca he sentido de ninguna polla. Por más que lo intento, no consigo llevar la cuenta de las corridas que estoy disfrutando, ni del tiempo que pasa mientras nos recorremos los cuerpos. Por tanto, saco de ello la sabrosa experiencia de que en semejante convite de puras sensaciones, olfateo, miro, saboreo, toco y oigo, todas y cada una de las reacciones de su cuerpo, y veo en todo ese conjunto el mejor de los afrodisíacos.

Cuando sudorosas y agotadas volvemos a la realidad, anocheciendo está. Lo único que empaña este perfecto estado de placer y felicidad, es un runrún en mi cabeza, que tiene nombre y que se llama como mi mejor amigo: David.

'La cagué', pienso, y paff. Mi felicidad se desvanece cual pompa de jabón, para dejar paso a un terrible malestar. 'Soy una traidora y una guarra; le he fallado a mi amigo. ¿Qué hago ahora?' -pienso de nuevo.

____¿Estás bien? -me pregunta Luisa, percatándose de mi desasosiego.
____¡No, no estoy bien! ¡He traicionado a David!
____No te preocupes por eso. Él lo entenderá.
____¡No lo entenderá! ¡Está colado por ti! ¡¿Es que no te has dado cuenta aún?!
____¡Vaya asquerosa amiga que estoy hecha! -añado.

Sin darle tiempo a replicarme, me levanto y me voy a la ducha. Secándome estoy, y entra Luisa a la ducha. La miro mientras se enjabona. No puedo evitar mirarla. Tiene un cuerpazo, y entonces pienso: ‘a pesar de lo mal que me siento, volvería de nuevo a follar con ella ahora mismo’.

____¿Qué hacemos? -me dice cuando sale del baño, ya vestida y me ve haciendo la cama y con mi maleta dispuesta.
____Salir ahora mismo hacia 'Relax'. David nos está esperando. Tengo que decírselo. Es mi amigo. Además de traicionarle, no quiero mentirle.
____¿De verdad se lo vas a decir? -por su voz noto que le sorprende mi decisión.

El viaje lo hacemos en completo silencio. Pensando voy en cómo contarle a David lo sucedido, y en la reacción de él y en la respuesta mía. Pero, aun mi pesar, no puedo ni quiero evitar revivir mentalmente los momentos sexuales compartidos con Luisa:

‘¿Qué piensa ella? ¿Qué coño pasa por su cabeza?’. Decido que ya tengo bastantes problemas y que de momento no quiero saberlo.

Llegamos. El viaje se me ha hecho corto. Aún no he elegido las palabras con las que le voy a matar. David ve llegar el coche y sale sonriendo y corriendo a la puerta. Se oye una fuerte música. Al final, parece que la pandilla ha decidido venir. Le pido a Luisa que no me deje en la misma puerta y que aparque detrás de la casa.

Me bajo del coche y caminando hacia David voy diciéndome: 'Dios, que sólo sea un capricho puntual, que no sienta nada serio por Luisa'.


Pero en las profundidades menos profundas de mi corazón aparece la duda. Y dudo porque no acierto a poner en pie si mi súplica se refiere a los sentimientos de mi mejor amigo, o a los míos propios


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Miér Jul 18, 2018 10:06 am




El hijo de mi hermana mayor vino a visitarme

Mi sobrino se quedó a dormir anoche en mi casa, y ya me tenía loca. A decir verdad, me enloqueció desde el primer momento en que le vi. No le veía desde que tenía cinco años, y ahora le volvía a ver a sus veinte, y fue una experiencia increíble. Tan varonil, tan serio y tan gracioso a la vez. Amante fervoroso de la Literatura. Con su agraciado aspecto, lleno de hombría y con ese olor a macho y a pasiones ocultas...


Yo tenía treinta y seis años, pelo rubio natural, melena por encima de los hombros, culo firme y tetas, entre medianas y grandes, pero muy sensibles al contacto de una buena lengua...

Tenía novia, y según me contaba mi hermana se iban todos los viernes por ahí a pasar la noche, por lo que le suponía ducho en asuntos del sexo. Me excitaba sólo con pensar en sus habilidades, humedeciéndose mi vagina cuando me hablaba con su grave y seductora voz.

Ese día hacía mucho calor. Era una primavera casi estival, y yo andaba por casa con camiseta blanca transparente, que dejaba traslucir los pezones, y una minifalda azul vaquera.

Él estaba tumbado en el sofá, con su portátil sobre sus rodillas e insertando poesías en un foro de Literatura. Me acerqué y vi que estaba dormido o eso parecía. Para mi ilusión, esperaba que así fuese.

Me senté junto a él y me quité la camiseta, dejándola a un lado. Luego, la minifalda y me quedé en tanga. Le desabroché despacio el cinturón del pantalón. El portátil estorbaba, así que lo cogí de las rodillas y lo puse sobre la mesa de centro.

Una vez desabrochado, mi mano derecha se metió entre sus calzoncillos, tocándole 'esa' que tanto deseaba. Y vi que era tan grande como la suponía. Mi otra mano, llevada por la excitación, se deslizó sobre el borde de mi clítoris, que ya estaba muy humedecido. Después la subí a mis tetas, pellizcándome los pezones.

Él entreabrió los ojos. '¡No puedo creer que se despierte ahora!', pensé, y presurosa me aparté, tratando de abrocharme la ropa antes que se despertase del todo. Pero no me dio tiempo...

____¿Tía Mónica? ¿Qué hacías? ¿Por qué mi pantalón desabrochado? -me preguntó, mirándome confundido.
____No sé... Cuando llegué al salón te vi así... -como pude respondí eso.
Me miro con, entre curioso y sorprendido
____¿Pero estabas vistiéndote? ¿Qué estabas haciéndome? -me preguntó de nuevo.
____Nada. ¿Qué pensabas que te estaba haciendo?

Se levantó del sofá y se quedó mirándome. Ni se preocupó en subirse la cremallera de la bragueta del pantalón.

____Tía Mónica, yo no soy tonto. Me estabas tocando la polla, admítelo.

Por unos momentos tuve miedo, un profundo miedo y una creciente vergüenza. Al fin y al cabo era de mi sangre. Y yo no debía hacer una cosa así.

____No sé de qué estás habl...

Me interrumpió.

____No digas nada más -me ordenó y me cogió la cara con suavidad y me dio un profundo y largo beso en la boca, con lengua incluida.

Por un momento no entendía, pero después me sentía desfallecer de placer. Besaba maravillosamente. Su lengua recorría la mía con desbordante pasión, volviéndome tarumba. Suavemente, me dejé caer en el sofá y él se echó a mi lado.

Su boca mordisqueó mi cuello. Ladeé la cabeza para dejarle trabajar, mientras que un gemido de placer escapó de mis labios. Mi coño estaba empapado, a punto para el primer orgasmo.

Una de sus manos se paseó por mi vientre, apartándome la camiseta. Luego, subió lentamente, con destino a mis tetas. Ese día no me había puesto sostén, por el calor, y entonces me alegré de no haberlo hecho.

Exclamaciones de placer escapaban de mi boca mientras su dedo índice acariciaba mis marrones, duros y afilados pezones, a la vez que cogía una de mis tetas con el resto de la mano y la echaba hacia arriba. Yo le pedía más entre jadeos y espasmos incontrolables, mientras cruzaba la línea del orgasmo, mojándose más aún mi tanga.

Apartándome un poco de él, me quité la ropa, quedando completamente desnuda, y luego me apresuré a desnudarle. Se quedó mirando mi coño, mojado y abierto a más no poder. Miré deseosa su polla, que era grande, larga y gruesa, con un glande fino y rosado, que ya estaba impregnado el meato por una pequeña cantidad de líquido seminal.

Se inclinó hacia mi clítoris, y yo me incliné hacia su polla, en un delicioso '69'. Luego, cogí su polla entre mis manos y. lamiendo sus huevos, me la metí entera en la boca, succionando con lentitud y con fluidez. Él suspiró sobre mi clítoris, a la vez que lo lamía con la lengua de arriba a abajo, izquierda y derecha, succionando con fuerza. Me dejé ir, dando resoplidos de placer. Hasta que, más pronto de lo esperado, una nueva y salvaje corrida apareció desembocando como río en su boca, que succionó cada gota de mis fluidos tibios.

Quité la polla de mi boca y, jadeando, le rogué que me follase, que ansiaba tenerla dentro. Se irguió y delicadamente metió su polla entre los labios de mi vagina, hasta el fondo. Dejé escapar un fuerte grito, anudando mis piernas a su espalda. Se echó sobre mí y chupó mis pezones, al tiempo que ambos empezamos a movernos con acompasada sincronía.

Pocos movimientos bastaron para que ambos alcanzásemos un nuevo e intenso orgasmo, exclamando y jadeando.

Con los últimos espasmos de aquel interminable orgasmo, me acerqué a su cuello y le di unos mordiscos y le arañé su espalda, hasta provocarle varios hilos de sangre y hacerle rugir.


Y después, durante algunos minutos seguimos besándonos, estirados uno al lado del otro para tratar de recuperar la normalidad en nuestras respiraciones. Y a la vez de todo esto, mirándonos a los ojos con una sonrisa de felicidad y de satisfacción, y también de un poco de vergüenza por mi parte





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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Miér Jul 18, 2018 10:11 am




En Troya me violaron a lo troyano


Entré a aquel salón, rodeado de estatuas femeninas. Damasquinados y yeserías arábigo andaluzas en las paredes, y grandes lámparas de araña en los techos. Había como una decena de cuadros con unas escenas mitológicas de centauros y cíclopes. En uno de ellos, como paisaje de fondo, Troya ardía devastada


A la luz de las velas, la estancia fosforecía de un rabioso granate, pero los grandes sillones de terciopelo verde brillante con trece cojines amarillos de seda, fosforecían por sí solos.

Me hallaba desnudo. Mi cuerpo, de atleta de veinte años, destilaba como una clepsidra de olor a sándalo y cereza, como en una mezcla híbrida de impuras sustancias y aromas balsámicos. Dos jarrones de cristal labrado, guardaban un líquido verde y ámbar, cuyo líquido se presentaba como el mejor de los afrodisíacos.

Caí en un sueño en el que era un Apolo de belleza débil, pero sublime. Mi torso, de luna y nácar, competía bien con la plata de aquellos candelabros deslumbrantes. En mi sueño mordía una flor, una extraña amapola rojiza y violeta. Y entre las volutas del vapor voluptuoso de aquel fumadero de opio, aparecieron desnudas las náyades.

Las Venuses de mi sueño llevaban tatuado un sapo en el pecho derecho, y un pez en el izquierdo. Estaban aceitosas, incluso la mulata, que fulgía de aceitunos ámbares. Enseguida empezaban a tocarme y a acariciarme. Algunas me rozaban los pies desnudos con la punta de sus pechos. Otras, me cogían de los hombros, y la más traviesa de todas, de unos profundos y luciféricos ojos verdes, se aferró a mi falo y luego se lo metió en la boca, devorándolo.

Excitadas las otras por la escena de tan perfecta succión, se animaban a acometer mi cuerpo por todos los lados, llegando yo a sentir un enorme placer y a la vez un dolor por tan desenfrenada acometida.

Me quemaba vivo. Me estaban desollando vivo con esa ramera sabiduría de embrujadas dementes. Me cabalgaban, aun mi lucha. Cada roce era como un suplicio; cada lengüetazo, un tormento. Me fustigaban como a un toro.

Los latigazos que me daban me causaban horribles dolores, y mi angustia era espantosa. Pronto no les bastaba el uso de sus labios y se metían, una a una, y todas juntas, mi polla en sus coños. Una lluvia púrpura cruzaba por mis pupilas, ardiente y desagradable, con asco.

Me estaba muriendo. Quería escapar de aquella furibunda violación, pero mi cuerpo, laxo y endeble, no respondía a mis deseos. Me sentía tan lacerado y tan sucio en cada lamida y en cada movimiento, que incluso llegaba a desear la muerte. Nunca antes había recibido mi cuerpo tanto gusto y tanto disgusto al mismo tiempo.

La angustia en todo mi cuerpo, escarbaba hondos laberintos. La tortura duraba horas o... no sé cuánto, hasta que, derrotado y derretido, eyaculé mi muerte decenas de veces.

¿Cuánto duraría la masacre sexual contra mí? Habría que preguntarles a las masacradoras Sólo sabía que cruzaban mi mente cuarenta espantosos súcubos hieráticos, bellos y terribles.


[b]¿En realidad duró aquello tantas horas? Repito que no lo sé. Lo que sé es que cuando desperté, cuando salí de mi sueño, estaba completamente maltrecho, como si hubiese recibido mil embestidas de un rinoceronte hambriento[/b
]




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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Miér Jul 18, 2018 10:28 am





Harto de tanto sexo sin amor por mi parte

Todo empezaba una noche de verano del mes de julio. En aquel entonces vivía yo en la capital, Madrid. Dirigía una de las mejores discotecas, que también hacía, durante el día y hasta las diez de la noche, de bar de copas, y además mi menda era socio mayoritario de un gran holding, compuesto por cinco discotecas más, instaladas en Valencia, Sevilla, Málaga, Zaragoza y A Coruña. Todos los días me preparaba y me acicalaba con mucho esmero. Me vestía con mis mejores trapos, como se suele decir; abría mi enorme vestidor y escogía lo que en ese día pensaba que me haría sentir bien; seductor y pícaro para las chicas que acudían a la discoteca, que algunas de ellas se ponían sumisas a mis pies: y respetuoso y amable con las señoras maduras, que se acomodaban en la zona VIP, donde sonaba una tenue la música, para sus conversaciones, o simplemente para escuchar música. En definitiva, bien se podría decir que yo era el rey de la noche (sin ninguna modestia)


Vivía en un dúplex de lujo. Conducía un BMW deportivo. Era pura imagen. En los negocios, la gente te considera por el coche que llevas, la ropa que vistes y la casa que tienes, y después miran dentro de ti. Pero si tienes facilidad de palabra, buena imagen y eres un emprendedor nato, el éxito lo tienes asegurado.

Esa noche aparecí por la discoteca sobre las doce de la noche. Llegué con la música alta en mi coche, y lo detuve a las puertas del local. Sentado en él y conduciéndolo me sentía más importante, un triunfador, capaz de comerme el mundo. La cola de acceso a la discoteca era enorme diariamente, y todas las chicas se fijaban en mí, vestido de Zegna, bajando majestuoso de mi BMW.

Todas las chicas me admiraban, pero mi aspecto exterior cautivó a una incauta; una morenaza, acompañada por amigas y dispuestas para entrar. Tenía sobre 30 años, con unas curvas de impresión, maquillada, vestida con ropa de marca y calzada con zapatos de tacón de aguja, que estilizaban más sus piernas, hasta incluso el infinito. Me miró y me sonrió. En ese momento me hallaba hablando con Valerio, el jefe de seguridad de la discoteca. Me acerqué y le dije a mi empleado.

____Valerio, deja pasar a mi invitada.

Le cogí la mano y tiré de ella. Giró la cabeza y miró a sus amigas, sonriendo nerviosa. Pero sin decir palabra, se dejó guiar por mí. Sus amigas, detrás de nosotros venían, como si de una comitiva se tratase. La noche estaba empezando para aquellos y aquellas que sabían vivirla a tope. Llevé a aquella chica y a su séquito femenino a la zona VIP.

____Buenas noches, señor Ayala -me saludó Paco, el jefe de los camareros
____Quiero que a la señorita... -la miré y dejé pasar tiempo, clavando mis azules ojos en los suyos, también azules.
____Rosana -respondió ella.
____Quiero que a mi guapa amiga e invitada Rosana y a sus guapas acompañantes, no les falte de nada -guiñé un ojo a Paco y sonreí.
____Sí, señor Ayala -contestó, con una mirada de complicidad.
____Aquí estaréis mejor y más a gusto –repartí mi mirada entre las tres.
____Encantado, Rosana –añadí mirando a los ojos a Rosana.
____El placer es mío -se me acercó y me besó en ambas mejillas.

Aquel detalle me sorprendió. Pero también me agradó. Normalmente, casi todas las chicas me abrazaban, y las más osadas, incluso me besaban en la boca, con lengua incluida. Intuí que Rosana era diferente a las otras.

____Nos veremos más tarde, señoritas -miré a sus amigas.

Me fui alejando despacio, pero con un sólo pensamiento en mi cabeza: 'esta noche volveré por aquí'.

Entré a mi despacho y lo primero que hice fue mirar desde el cristal, que dejaba ver el local sin ser visto. Desde la planta alta, en que me hallaba, se veía el escenario, las jaulas donde las gogós bailaban seductoras, la barra del bar de la discoteca, la barra de copas y la pista central con tres tubos metálicos verticales, fijados al suelo, para cuando allí actuaban algunas gogós.

En el fondo de mi despacho tenía un sofá-cama, que usaba para reposar y para mis noches de lujuria. El equipo de música y la televisión de plasma de 37 pulgadas, un mueble nevera, un pequeño aseo, pero con todos sus saneamientos, un ropero con ropa diversa y algún que otro cuadro, completaban mi refugio.

____Álvaro, acaba de llegar Lis. ¿Quieres que le diga que no estás? –me preguntó Valerio, vía centralita interior, dubitativo.

'¡Uff, Lis!', pensé. Imponente mujer que quería atraparme a toda costa; una rubia, de metro setenta y cinco, pechos grandes pero naturales y perfectos, curvas mareantes y culo firme y redondo que parecía pedir: ¡devórame! Y lo mejor de todo era que la chupaba divinamente.

____No. Sí estoy. Déjala subir -contesté.
____De acuerdo. Así lo haré.

Pasados unos cinco minutos, y ya yo con dos copas de cava en la manos, se abrió la puerta. Y allí estaba Lis, impresionante como de costumbre, pero con una expresión de enojo en su rostro. Quizá justificado, porque hacía quince días de nuestro último encuentro, y yo no le había respondido a ninguna de sus llamadas, ni a ninguno de sus whatsapp.

Apareció con cara de pocos amigos, como queriendo ponerme en mi lugar. Pero en cuanto puse una copa en su mano, la cogí de la cintura mirando su ceñido vestido rojo, con la espalda descubierta, dejando ver el comienzo de un hermoso culo y un generoso escote que no dejaba nada para la imaginación, y deslicé mi mano hasta llegar al final, se entregó completamente a mí. La miré a los ojos y la besé en la boca. 'Ya estás otra vez en mis redes', pensaría ella.

Mi juguetona lengua confirmó sus divagaciones, y continué hasta la línea divisoria de sus glúteos, notando el calor de su piel, mientras mi boca se centró en su cuello.

____¡Eres un cabronazo! ¡Lo sabes, ¿verdad?!
____Te iba a llamar, pero siempre estaba muy ocupado.

'Sí, muy ocupado con otras', pensé y una sonrisa pérfida escapó de mis labios.

Mis hábiles manos seguían ablandando su cuerpo, y mi boca calentando su mente. Entre susurros, reaccionó a mis caricias. Dejamos las copas en la mesa. La intensidad aumentaba, sus manos me quitaban la camisa y recorrían mi espalda, arañándola con relativa suavidad. Yo le quité los tirantes del vestido, a la vez que besaba sus hombros morenos, y lo resbalé por su brazo, despacio, acompañado de mi mano.

Me empujó violentamente contra la mesa y sus manos desabrocharon mi bragueta. Bajé la cremallera de su vestido, y sus tetas quedaban al aire, expuestas. Mis manos recorrían su contorno, y mis dedos hacían lo mismo con las aureola de sus pezones, duros. Pellizqué ambos a la vez. Mis dientes apresaron su labio inferior, haciendo con ello que emitiese un gemido. Inclinó el cuerpo hacia atrás. Solté mi cinturón y le até los brazos a la espalda, lo abroché a la altura de sus codos, dejándola inmóvil.

Dejé caer mi pantalón, me descalcé y me quité los calcetines, mientras la miraba. Se removía con mirada desafiante en sus ojos, cual felino ansiando ser poseída. La cogí con fuerza y la puse de rodillas ante mí.

____Quítame los calzoncillos con la boca.

Sus dientes empezaron a tirar, sin conseguir su objetivo.

____No puedo.
____¡Inténtalo de nuevo! -repetí en un tono autoritario.

Y lo intentó, y poco a poco bajaron, dejando al descubierto mi casi erecta polla.

____Cómetela, pero despacio.

Sus manos no llegaban, y eso le producía nerviosismo. Cogí su cabeza y la obligué a metérsela entera. Empecé follándome su boca, una y otra vez, y ya completamente erecta, entraba y salía. La saliva empezaba a caer por las comisuras de sus labios y el sonido de la succión se hacía audible. Ella jugaba con mis testículos, o me lamía el glande. Su boca succionaba con fuerza, con lo que su cabeza se movía de un lado a otro a ritmo diabólico. De pronto, me aparté, viendo cómo su boca quedaba unida a mi polla por un hilo espeso de saliva.

____Ahora, apóyate en el sofá y ábrete de piernas.

Me inicié a calentar su culo con fuertes golpes, subiendo a más intensidad haciendo que la rojez fuese evidente. Su coño estaba húmedo y ya empezaba a resbalar una gota blanca. Aproveché la lubricación natural para mojar su coño y, de paso, meter mis dedos. Al separar sus labios menores, quedaban unidos entre sí por pequeños hilos, como si de telaraña fuesen, que fui rompiendo contra las paredes de su vulva. No tardé en perder de vista dos de mis dedos. Cuando los sentía empapados, me incliné sobre ella, giré con la otra mano su cara y de nuevo puse mi polla en su cara, restregándola contra su nariz, sus labios y su lengua.

____¡Te gusta, ¿verdad?!
____¡Sí, mucho, pero fóllame ya! ¡Métemela entera! -suplicó.

Se la metí, obligando a su cabeza que retrocediese y nuestras miradas se cruzasen. Sus ojos, cargados de lujuria, las venas de su cuello, hinchadas, y su lengua fuera, hacían que mis caderas se moviesen vertiginosamente. Entrando con una facilidad pasmosa, la penetré. Mis manos, mojadas por sus jugos, tapaban su boca y yo sentía en una de mis palmas cómo su lengua lamía con desesperación.

Me apetecía correrme, así que no esperé más. Me la llevé hasta el sofá, me senté y de rodillas engulló mi polla; subía y bajaba como pocas veces he visto hacerlo. Sus ojos, cargados de lascivia, me ponían cachondo. De pronto, mi semen llenó su boca. Sin poder retirarse, la obligué a tragar hasta la última gota. Luego, su lengua limpió mi polla entera y, mirándome y sonriéndome, esperaba mi respuesta.

____Túmbate.

Cogí sus caderas, ahora siendo yo el que se postró ante ella, y empecé a devorar su coño, mordiéndole y lamiéndole el clítoris, metiéndole la lengua o bajando hasta el agujero de atrás. Me concentraba en su punto débil y lo mordía, lo succionaba... No tardó en  correrse. Yo me reía por dentro, frenando al ritmo de sus contracciones.

____¡No me dejes así; quiero correrme más! –me gritó, a la vez que con sus manos hacían lo imposible por tocarse.

Sólo paré un segundo, lo justo para que su orgasmo se detuviese a punto de llegar a su cenit. Reconozco que me encanta notar esta desesperación y la entrega que en esos momentos se apodera, incluso de la mujer más rebelde. Continué pasando la punta de mi lengua por su clítoris. La moví sintiendo su deseo incontrolable. Sus caderas, moviéndose cada vez más rápidas, hacían el resto. Sus respiraciones y sus jadeos empezaban a salir de su boca como un torrente.

Estalló en un orgasmo brutal. Mezclándose los jugos con la orina, acabó mojándose y tiñéndose un poco la alfombra.

La desaté, y sus brazos morados recuperaron su color moreno. Me miró sonriendo, me mordió los labios y me dijo.

____¡Eres un... un…! Nadie me folla como tú. Es que tienes una polla...

Nos vestimos, y hablamos bebiendo cava. Lis, intentaba que dejase mis rollos y me centrase sólo en ella; y yo me hallaba a mí mismo pensando en Rosana. No quería Lis salir de mi despacho, pero le dije que saliese y remoloneando se fue, no sin antes hacerme prometer que no tardaría tanto en conectar de nuevo con ella.

Bajé a la zona vip, después de ducharme y de arreglarme. Pero Rosana y sus amigas se habían marchado ya.

Contrariado, volví a casa al alba. Me di una ducha tibia y me bebí un vaso de leche caliente y me comí una tostada con aceite y jamón. Cuando ya estaba acostado me sorprendía el hecho de estar pensando más en Rosana que en Lis.

Pasaban las semanas. A veces quedaba con Lis o con otras. ¿Y qué podía hacer si todas me querían follar? Sólo consolarlas dándoles un poco de sexo. Pero estaba ya cansado de mi vida. Pensaba que era hora ya de dar y recibir amor, y despertarme todos los días con la misma mujer a mi lado.

Todos los amaneceres, me hallaba con alguna mujer desnuda en mi cama, pegada a mí. Tenía que hacer memoria para recordar sus nombres. A veces, las llamaba por el nombre de otra, excusándome con que era broma, pero no les hacía cambiar la sospecha de lo que en realidad ya sabían, pero que no lo querían admitir.

Era ya en agosto. De madrugada la discoteca estaba llena todos los días; de hecho, teníamos que colgar el cartel de ‘completo’, y sólo podía pasar gente concreta.

Una madrugada estaba recorriendo la zona VIP, cuando alguien me tocó por detrás el hombro. Me giré y me dijo.

____¿Me recuerdas? Perdona si te interrumpo, pero sólo quería saludarte y darte las gracias por tu amabilidad la otra vez que estuve aquí.

Su voz, su perfume y aquella cercanía de su cara al inclinarme para escucharla, me despertaban de la monotonía de la noche.

____¿Tú eres quizás Rosana?

Experimenté una gran alegría, y aún más ella al pensar que no la iba a reconocer.

____¿Y tú Álvaro? -sus besos, de nuevo en mis mejillas, sonriéndose
____¿Quieres beber algo?

Los dos fingimos deliberadamente. Ambos sabíamos quiénes éramos. La cogí de la mano y me encaminé hacia mi despacho. Pero, súbitamente, di la vuelta cuando estaba a punto de llegar, me paré, la miré y le dije:

____Tú me gustas demasiado como para jugar contigo. ¿Te gustaría hacer un viaje  conmigo  a alguna playa, del Sur por ejemplo? -le pregunté.
____Y por qué no -respondió.


Y eso que se dice por esos mentideros del cabrón diablo, incluso por bocas de algunos románticos, que no es verdad, que es mentira que no existe el amor a primera vista  




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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Miér Jul 18, 2018 10:35 am





Inesperado trabajo y 'bien' remunerado


Mi trabajo no era gran cosa, pero me facilitaba conocer a gente en la calle, y así me relacionaba para lograr otro mejor pagado. Trabajaba en una cuadrilla de poda. Los días de lluvia y viento nos quedábamos en el almacén revisando las herramientas y las motosierras. Conseguíamos para todos algún dinerillo extra al vender la leña que cortábamos de los árboles


Ese día, el camión donde llevábamos las motosierras, llegó más tarde de lo habitual. Luego de desayunar cargábamos las tres motosierras, nos subíamos al camión y nos dirigíamos hacia el lugar destinado para la tarea.

En el trayecto bromeábamos con cosas que le haríamos a una mujer. Los manoseos entre nosotros eran cosa normal. Bromas, no mariconeo.

Vimos en un nogal uno de sus potentes brazos roto hacia la calle, existiendo peligro de caída, y como ya había muerto gente por ese motivo, cogíamos dos motosierras y trabajábamos hasta derribar aquella bestia vegetal.

Uno de los que tenía que trepar, con una potente motosierra, era yo. Curro y Pepe se dedicaban a parar el tráfico, mientras durase la tarea. Pasados pocos minutos, el brazo caía con tanto estrépito que hasta hacía temblar el suelo.

Por el fuerte ruido, una vecina salió de su casa asustada. Vio el panorama desde su porche. Nos vio desmenuzarlo en sólo tres minutos, y bajarnos del nogal.

El frío del otoño se hacía sentir. Antes de acudir al tajo, comprábamos una botella de coñac, para mantenernos calientes, pero aquel día nadie se acordó de comprarla, y yo me estaba muriendo de frío.

La vecina que se había asustado, vestida con un anorak rojo, entró de nuevo en su casa moviendo el culo. Era guapa. Tendría cincuenta años, y su culo era redondo. Una de esas clásicas maduras que aunque no son precisamente bellezones, sí lo suficiente para poder imaginarte una fantasía sexual con ellas.

Nosotros, absortos en nuestro trabajo y con las risas clásicas, seguíamos con lo que estábamos enfrascados, pero grande fue nuestra sorpresa cuando la vecina salía de nuevo a la calle portando una bandeja con tres tazas de porcelana y sus cucharillas, una cafetera humeante y un azucarero con azúcar, todo a juego.

Mi sorpresa fue mayor cuando al mirarla vi que un tanga negro se traslucía a través de la tela ajustada, y también cuando vi dos pezones firmes empujando la camiseta que llevaba. En la ojeada anterior, no había visto nada de eso.

Y mi polla al loro estaba. Era habitual en nuestros trabajos que algunas vecinas nos ofreciesen un café o una leche caliente. Todos los del equipo éramos hombres con brazos fornidos, para poder manejar maquinarias pesadas o grandes motosierras, y los sudores por la dureza de nuestro trabajo nos hacían hombres apetecibles, como ya le habíamos escuchado decir a una cincuentona.

Me acerqué, aún con la motosierra encendida en mi mano. La apagué y la dejé en el suelo. Después cogí una de las tazas.

Los otros se habían servido ya y se bebían sus cafés conversando a varios metros de mi posición, de modo que estaban ausentes de nuestra posible conversación.

____Perdone por mi atrevimiento. Les vi trabajar muy duro a la intemperie y decidí prepararles algo caliente -me dijo.

Le miré la cara. 'No tiene ninguna arruga', me dije.

____Le agradezco su detalle, señora -respondí, revolviendo el azúcar de mi taza con una cucharilla de plata.
____Ese árbol te ha costado mucho esfuerzo, ¿verdad? -me preguntó.
____El árbol en sí no es lo que cansa, sostener la motosierra encendida y en marcha, es lo que casi agota -respondí.
____Pobre -me dijo en tono maternal-. ¿Qué edad tienes? Pareces joven.
____Cumpliré veintiuno el mes próximo.
____¡Oh, eres un niño aún! -y esbozó una sonrisa insinuante.
____No tan niño. ¿Y usted cuántos, señora? -le pregunté.
____A las mujeres no se les pregunta eso. Pero no me digas señora. Mejor Carmen.
____Perdón, Carmen.
____Perdonado. Y también puedes tutearme. ¿Cómo te llamas?
____Jaime –respondí después de beberme el resto de café que me quedaba.
____¿Quieres un poco más?
____No. Muchísimas gracias. Ahora tengo que seguir trabajando.
____Al menos descansa un poco. Si necesitas algo, dímelo.
____Ya que se ofrece, me gustaría ir al baño a mojarme el pelo y quitarme el aserrín del árbol, si no es molestia para usted -le dije.
____Ninguna molestia. Al contrario. Sígueme. Pero no me hables de usted.

Mis colegas me miraban con ojos de envidia, y sabiendo que probablemente ‘no me quedaría con los brazos cruzados’. Aunque mis iniciales intenciones no eran estas. Sólo quería quitarme toda la porquería de la cabeza.

Su casa era lujosa, y estaba a excelente temperatura por la potente calefacción. Olía a perfumador caro, y a vicio, quizá. Carmen señaló el baño y me fui hacia él. Entré y cerré la puerta por dentro. Me mojé la cabeza, oriné y salí no bien terminé. Carmen esperaba en la puerta. Al verme de nuevo, se quedo mirándome fijamente.

____¡Qué bonito tu pelo! Con ese pelo y esos ojos que tienes, debes tener muchas mujeres rendidas a tus pies.

Le sonreí, como de agradecimiento por el piropo.

Me miraba el paquete y se relamía los labios con la punta de la lengua. Gesto que no era la primera vez que me lo hacían, pero esta vez me estaba excitando.

____Eres un chico hermoso -me dijo, con toda la naturalidad del mundo-. Te estuve espiando mientras estabas en el baño -y se acercó más a mí.
____¿Con qué intenciones me espió? -pregunté, aunque la respuesta era obvia.
____Diviértete averiguándolas -contestó acariciando mi bulto sobre el pantalón.

Le separé el pelo que le caía al costado, y comencé a trabajarle la piel con la lengua. Carmen se estremecía, pero se apartaba poniéndome las manos en el pecho.

____Aquí no. Ven.

Me cogió de la mano y me dejé llevar hasta un cuarto. La cama era enorme, y una televisión de 37 pulgadas de plasma se hallaba empotrada en la pared. Me lanzó con cierta vehemencia contra la cama. Caí de espaldas, rebotando levemente.

Se puso a mi lado y empezó a quitarme toda la ropa. Las manos le temblaban, como de impaciencia.

Después de haberme dejado en bolas se recreó con mi paquete, tocándose el coño por encima de la braga con dos dedos, que luego chupó lujuriosamente.

Le quité el sujetador y unas tetas de gran tamaño quedaron libres, con los pezones tiesos, que saboreaba y me iba excitando con los gemidos que ella iba emitiendo.

Le quité el pantalón de chándal, y unas bragas negras humedecidas en la parte de abajo aparecían ante mis ojos, quizá por un orgasmo con urgencia.

Le separé las piernas acariciándole los muslos, pero se erguía y llevaba mis manos a sus tetas. Me dediqué a hacer lo que más me gusta: lamer cuerpos de féminas con la lengua, mientras la de turno se retorcía de gusto.

Me cogió del pelo y llevó mi cabeza hacia su entrepierna, que lamí por encima de la braga y que luego bajé descubriendo un coño abierto, depilado y húmedo. Con mis dedos separé los labios, apareciendo una pipa palpitante. Empecé a catarla. Carmen se acariciaba las tetas y gemía escandalosamente.

Cuando una nueva corrida llamaba a pleno pulmón a su puerta, se levantó, acabó de quitarse las bragas y se puso a cuatro patas, mostrándome su redondo culo.

____¡¡Méteme la polla y fóllame!! -me dijo en doble exclamación.

Me humedecí con saliva el glande y separé sus nalgas, mirando cómo su ano estaba muy abierto y mojado por el líquido de su orgasmo anterior. Lo acaricié con la polla, y Carmen se hundió en el colchón, ofreciéndome todo su cuerpo. La penetré muy lentamente, pero sin parar.

Al moverme dentro de ella, le arrancaba aullidos de placer. Entonces me pedía más adentro aún. Le hundí la polla hasta los huevos, emitiendo Carmen unos aullidos de placer que me taladraban el cerebro, volviéndome tarumba.

Así estuvimos varios minutos, hasta que me corrí bestialmente. Retiré mi polla con igual lentitud que la había metido. Ella me puso boca arriba y se subió encima de mí, más humedecida que antes y empezando a hacer movimientos sobre mi vientre, volviéndome más tarumba que la vez anterior.

Jamás había visto una mujer madura moverse con tanta velocidad. Al poco, cuando sentía que le venían las contracciones de un nuevo orgasmo, dejé de contenerme y acabé yo también por segunda vez. Se bajó de mí y se recostó, con signos evidentes de agotamiento.

Empecé a vestirme, sabiendo que mis colegas se estarían preguntando qué diablos habría pasado conmigo, pero se lo imaginarían.

A aquella maciza madura le prometí con devoción y convencimiento que regresaría de nuevo y lo antes posible.

Luego de darnos los últimos besos, cogió una billetera que había sobre la mesilla de noche, sacó de ella dos billetes de 50 euros, los puso en mi mano y me dijo:


Con eso podrás invitar a una cena a alguna chica de tu edad. Pero no dejes de visitarme, porque por cada vez que hagamos lo mismo que hemos hecho hoy, recibirás 100 euros




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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 11:42 am




Ingenuidad en Internet

Recién divorciada y sin hijos a sus cuarenta y cinco años, el mundo parecía brillarle de nuevo. Las secuelas del divorcio, poco a poco iban desapareciendo. Un sinfín de sensaciones inundaba su mente. El ansia de libertad, de volver a ser uno, de hacer y de pensar en singular, le era atrayente. Lo que no sabía era que esas sensaciones iban a ser un tanto efímeras, que eran sólo como la suerte del novato ganador. Si pensaba que su liberación no iba a pasarle factura, era una ingenua en grado superlativo

Tener el mando de la televisión en propiedad y manejarlo a su antojo, le parecía de lo más divertido que le había ocurrido nunca.

Fumar en el salón de su casa era como romper de golpe con el pasado, cuando era obligada a fumar en el balcón, hiciese frío o calor.

Ahora era una mujer sola, disfrutando plenamente de una libertad que jamás había tenido.

No tener que rendir cuentas a nadie, le resultaba extraño, tan habituada como estaba a tener que explicarlo todo.

Salirse de lo conocido, familiar o vivido, la atraía en forma magnética Pero la euforia ante todo lo nuevo iba disminuyendo gradualmente. Pasado un cierto tiempo, ya no veía tan divertido tener poder sobre el telemando.

No cultivaba flores, ni coleccionaba sellos, ni ninguna otra afición que la llevase a relacionarse con otras personas con sus mismas inquietudes, sus mismas metas. Tampoco le apetecían las discotecas, y menos todavía las asociaciones de separados. Ni el senderismo, ni la pesca, ni el baile...

Descartados los gimnasios y el baile de salón, no halló más opción que la seguridad del anonimato, y su precaria economía la llevó a navegar por Internet. Al menos, esto no le suponía demasiado dinero.

Tampoco tenía energías suficientes como para hacer vida social, de la que carecía desde hacía muchos años atrás, y pronto se vio moviéndose como pez en el agua dentro del mundo cibernético.

Se pasaba, extasiada, ante la pantalla horas muertas, disfrutando, leyendo y aprendiendo a la vez. Ansiaba tener contactos humanos, pero no sabía por dónde empezar para intentar conocer a gente tan aburrida o perdida como ella...

Su ligera experiencia en Internet le proporcionaba datos sobre diferentes páginas que encajaban perfectamente bien en su perfil de mujer soltera, de mujer sola. Divorciados, separados, viudos y solteros, pedían compañía y un volver a empezar. Resolver juntos y de algún modo su soledad, eso la alentaba, y entonces se inició en su periplo como internauta. Y comenzó visitando páginas de contactos románticos, que le pareció lo más idóneo para su situación.

Escogió un nick de acorde con su estado psicológico; Flor era el perfecto, un apodo sencillo, corto, directo, real… Y así, flor empezó su andadura por el espacio virtual.
Era la primera vez que entraba en una página de contactos y no tenía ni la más remota idea del mundo en el que se metía, ni de los entresijos que iba a encontrar. Pero halló un hombre, bueno, cariñoso, amable, gentil y comprensivo, que la esperaba cada día por la mañana o por la tarde o por noche o a todas horas, delante de su PC. Su nick era libre.

Flor abría su PC y un efusivo saludo de su amigo Libre la estaba esperando cada día, desde hacía ya un mes. Libre fue su primer amigo cibernético, a quien contaba sus cosas cotidianas, sus rutinas diarias… Le hablaba de su familia, de su trabajo, de sus costumbres, de su ciudad…

Flor era atractiva, su media melena morena seguía siendo vistosa, y sus abultados senos y sus caderas redondas hacían de ella una mujer sensual. Sus ojos, su boca, sus piernas largas y torneadas seguían siendo su mejor recurso de seducción. Su conjunto era muy armonioso, y la hacía aún más atrayente el hecho de que no era consciente de su magnetismo.

Su aspecto mejoraba gracias a su nuevo amigo virtual, que le sugería  progresivamente cosas atrevidas, y ella ponía más empeño en cuidar de su imagen, haciendo que su figura cambiase a mejor. Quería gustarle a Libre. Era lo que ella más deseaba.

Pero hablar a diario con Libre la inquietaba, puesto que, invariablemente, después de un tiempo de amigable conversación, la introducía en forma sibilina en charlas de cierto contenido sexual. Esto la excitaba, ya que su vida sexual había sido un puro desastre, patética, incluso desde cinco años antes de divorciarse. El sexo había ido a parar al baúl de los trastos viejos.

___Hola, Flor cariño, ¿qué tal llevas el día?
___Hola, Libre, guapo. Normal, como tantos otros días. ¿Y tú?
___Bien. Hoy estaba pensando en ti y me preguntaba que pensarías si yo te follase en el portal de tu casa o dentro de mi coche...
___Dime, Flor, ¿qué te sugiere hacernos un 69?
___Flor, ¿te gustaría ir sin bragas a tu trabajo y que tu jefe te dijese envía este fax, y tú allí, a su lado, pensando en tu coño chorreando y que tu jefe pudiese olerlo?
___Dime, Flor, cielo, ¿qué sentirías si te muerdo los pezones? ¿Te gustaría succionarme la raja del culo? ¿Se está excitando ahora tu coñito?
___Tócatelo y dímelo, Flor, cariño. ¿Cómo está tu coñito?
___Flor, ¿te gustaría que fuésemos al cine, sentarnos en la última fila y allí comerme la polla hasta correrme en tu boca?

Y de ahí pasaban al sexo telefónico y poco después al cibernético. Esperaba cada día, impaciente, el contacto con su amigo Libre para hacer sexo con él en algunas de ésas modalidades. Hasta que un día se sintió objeto del deseo de un individuo depravado y sin escrúpulos, y que sólo quería saciar su apetito sexual a costa de la ingenuidad de Flor.


Estas cosas suelen ocurrir en las redes sociales y en los foros públicos y privados, a través del servicio de chat o de mensajes privados. Pero también hay que hacer constar que existen sobradas pruebas que certifican que tanto hombres como mujeres han encontrado el amor mediante alguno de estos medios. Es más, en la actualidad, podrían contarse por miles las personas que tienen una relación estable, e incluso que han llegado a casarse y a tener hijos en común




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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 11:58 am





Juegos de enamorados



Recuerdo aquel día como si fuese hoy mismo. ¡Y cómo no recordarlo! Nos encontrábamos solos los dos en mi casa, él y yo. El ruido habitual de los transeúntes y el de los coches entraba por todas las ventanas de la casa. De pronto, me echó contra la pared y me mordió los labios. Su boca entera era candela pura. Después me dio un repaso minucioso por todo mi cuerpo con la punta de su lengua, parándose deliberadamente en las zonas que tanto le gustan, y que a mí también me gustan: los muslos, las tetas, el culo y el coño, que éste ya estaba muy humedecido. Se estaba comportando como un niño pequeño con un juguete nuevo de los Reyes Magos


Cuanto más me tocaba, más lo deseaba yo. Pero lo que quería era que me follase. Bajó su boca hasta mi cuello, lo mordió y después… se apartó. Me quedé perpleja. ‘¿Por qué se ha apartado?’, pensé. No podía soportar mi pensamiento, así que me eché sobre él y lo arrastré hasta mi dormitorio; ya allí, lo empujé hacia la cama y me puse encima de él, procurando no dejarle ninguna escapatoria posible.

‘Ahora me toca a mí’, pensé de nuevo. Le desabroché los botones de la camisa, para poder besar y mordisquear a mi gusto sus tetillas. Cogí sus dos manos y las puse sobre mis tetas. Mordía mis labios mientras mis dedos iban desabrochando su bragueta. Acto seguido comencé a chuparle la polla, pero… de pronto, retiré la boca. Me miró, me cogió del brazo y me dijo... ‘tú no te vas y me dejas así’. Me quitó la ropa y yo se la quité a él, me echó conrea la cama, me abrió las piernas y me metió la polla. ¡Ahh, aún puedo notarla dentro de mí!

Un placer de ¡ohhh! era lo que sentía en ese momento. Pero él quería más y, como un movimiento rítmico que hace rugir, me dijo: ‘voy a hacer que tu coño chorree sin parar’. Dicho y hecho. Un orgasmo al unísono a la carta. Pero yo no había acabado aún. Volví a la carga y empecé a hacerle un deleitoso limpiado a su miembro; pasaba suavemente la lengua desde el meato hasta que termina el glande, y poco después me lo metí hasta lo más hondo de mi garganta. Me gustó tanto aquella experiencia que incluso repetí la misma maniobra tres veces más.

Cuando se repuso un poco, me metí sus testículos en mi boca mientras le masturbaba la polla. Apenas noté en su cara que se le aproximaba otra corrida, lamí suavemente la punta del glande, hasta que apareció mi comida: 'mi leche', un regalo especial que me hacía.


Mis dos piernas me tiemblan convulsivamente cada vez que recuerdo aquel polvo y aquellos juegos. Sin duda, el polvo más sabroso y más juguetón de toda mi vida. ¿Y con quién mejor que con él?







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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 12:48 pm




La adinerada ninfómana


Cuando se vació en ti aquel individuo, guarro y sin escrúpulos, el poco pudor que te quedaba se esfumaba. A él lo insultaste, y con mucho asco te limpiaste la inmundicia que escurría por tus piernas


Nunca piensas por qué luego de hacer el amor, si a eso se le puede llamar amor, te asalta una fuerte repulsión, un insatisfecho deseo que se diluye al acabar la cópula. Tu manifiesta ninfomanía queda en evidencia por los egos de los que buscan en los pasatiempos del sexo y la lujuria sus orígenes y sus causas.

Luego de follar con tu último amante, tu minifalda vaquera acabó con manchas blancas, secuela inequívoca de una frustrada batalla carnal. Preludio de algo que nunca llega a explotar. Pero tú siempre piensas que la próxima vez te irá mejor.

____¡Úrsula...! ¡Úrsula!...
____¡Úrsula, regresa aquí! -se oye la voz iracunda de aquél tipo.
____¡No me sale del coño! ¡Me das asco!
____¡¿Qué es lo que has dicho?!
____¡Olvídame, cabrón!
____¡Me las vas a pagar, hija de puta!

Compruebas una vez más lo fieros que podemos ser los hombres cuando nos dejan 'a medias'. Sonríes satisfecha y corres a todo gas.

Afuera, la luz del mediodía baña tu casi perfecta figura. El tiempo ha sido benigno con tus 38 años. Despides sensualidad o voluptuosidad, como se dice también.

Tu pelo rubio reposa sobre tus hombros. Tu escasísima ropa es incapaz de cubrir esa despierta desnudez de tus carnes blancas. Resumes en poesía lo espectacular de tu cuerpo, que atrae a los transeúntes por donde quiera que pises.

Te apresuras en buscar un taxi. Es visible el mohín de tu cara al estirarte de puntillas al acecho de que llegue uno: el mío.

Fue así como te vi por única vez, y por como supe de tus escarceos para saciar el apetito sexual de tu, muy usada, gastada ya, flor, semi cubierta por aquella tirita fina y transparente de tu tanga.

____¿A dónde la llevo?
____¡A cualquier lugar menos aquí!

A esas horas, el tráfico era fluido. Mi coche, mi viejo amigo, siempre me obedece. Pero, jornada floja hoy, pocos servicios. Por eso no me importaba lo inexacto de la dirección. Conducía en forma despreocupada. Aznavour sonaba en la radio de mi coche y, aunque no le entendía nada, me parecía nostálgica la letra.
Íbamos callados. Mirabas altanera el paisaje citadino, con aire desdeñoso de áspera vanidad. De tu lujoso y costoso bolso, sacaste un paquete de cigarrillos mentolados, cogiste uno, pero no tenías encendedor.

En un semáforo rojo me giré y te acerqué fuego. Dos bocanadas seguidas de humo de mentol invadieron nuestros pulmones.

Hasta ese momento, no habías reparado en mi persona.

____¿A dónde me llevas?
____A cualquier lugar menos allí.

Te respondí de la misma forma que me preguntaste. Me miraste y, por el retrovisor, me pareció ver una sonrisa cómplice en tu cara, de bellos ojos y de boca con labios devoradores.

____¿Cómo te llamas? -me preguntaste.
____Luis. ¿Sigo por aquí o prefiere otro camino? -añadí, preguntando.
____Sigue por aquí.

Nunca antes uno entendió a dónde ir luego de estar en ninguna parte. Fumaradas mentoladas salían de tu boca, directas al techo del coche. Sin que te lo preguntase, me dijiste tu nombre.

____Me llamo Úrsula.

Entramos a un barrio conflictivo, famoso por el desprecio que se tiene a sí mismo. Después de tantas vueltas y de tantos cambios en la caja de cambio, la aguja del combustible se acercaba peligrosamente al último punto del rojo.

Entré a una estación de servicios.

____¿Cuánto? -preguntaron.
____Lleno -dijiste tú.

Aquel tipejo descarado, empleado de la gasolinera, trataba de ver más de lo que tú enseñabas. Pero pasabas de él. Ni te inmutaste.

____Ten.

Tu mano, con dedos finos y con largas uñas, me extendió un billete de los grandes, cosa que bastó para rozar la tibieza de tu piel. Mi miembro viril se regocijó frente a la esperanza de posibles emociones placenteras.

De nuevo en ruta, algo irreal parecía colgar caprichoso en el ambiente nocturno de la tarde, que ya iba muriendo. Entró el auto a una calle semi oscura. Enfrente había un lujoso hotel, que se alzaba majestuoso.

____¡Ahí, ahí! ¡Para ahí! -me dijiste, suplicante:

Sonó tu voz. Y yo obedecí. La calle estaba vacía, como vacía estabas por dentro. Eso no te importaba. De pronto, nuestras bocas se buscaban y se encontraban, y con un beso ansioso se saludaban. Delicadamente, una de mis manos entró por entre tu falda vaquera y tu tanga azul. Deseoso, te miré, asentiste y me aferré a tu caliente vagina; y tú, con determinación, cogiste mi miembro, tras salvar mis calzoncillos. Y luego te lo metiste en la boca e hiciste con él lo que te apetecía hacer: devorarlo.

No sé si fueron, cinco, diez minutos, o una hora lo que duró aquella delicia. Pero todo lo que empieza acaba...

Nunca hallaré una respuesta. Siempre quedará una interrogante en torno a aquello que ocurrió. O peor aún: nunca ocurrió nada.

Y sin embargo, te despediste de mí con un apasionado beso, y después te dejé a las puertas del lujoso hotel. Tú pagaste la gasolina, y yo me quedé con todo el cambio. Y, para mi satisfacción, de algo te diste cuenta, y es que…


…no todos los hombres somos iguales; por ejemplo como aquél guarro, con el que mantuviste un diálogo corto, pero obsceno. Y en mi caso, desde que te recogí en mi taxi, he sido todo el tiempo correcto contigo, y luego, cuando tú decidiste tener intimidad sexual conmigo, habrás comprobado que soy una persona muy aseada, y eso que llevo más de seis horas y media transitando con el coche, con el añadido de que he descargado mi vejiga un par de veces o tres




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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 1:05 pm





La adolescencia de Ernesto y la juventud de Dolores

La adolescencia estaba siendo una dulce tortura para Ernesto. Si bien sus fugaces experiencias sexuales se limitaban a un beso robado en algún inocente juego y el haber tocado un pecho adolescente por una apuesta, aquel cóctel de hormonas le hacía fantasear permanentemente, soliendo acabar con escapadas al baño para aliviar momentáneamente la presión que sentía en su portañuela

Una de las imágenes que más le causaba excitación era la de su vecina Dolores, que contaba 21 años, que aun siendo mayor que él, habían trabado una buena amistad, convirtiéndose en el único ser a quien confiaba sus inquietudes sobre esos impulsos, poco controlados

Era en noches como aquella, cuando sus padres aprovechaban algún puente para desconectar de la rutina diaria, y le pedían a la vecina que durmiese en su casa para vigilar que Ernesto no montase una fiesta que provocase las quejas de algún vecino, e incluso una denuncia del todo el vecindario.

Si bien Ernesto recibía con total felicidad aquellas noches con su vecina Dolores, le producía incomodidad y muchos momentos en el baño por compartir tanto sofá con aquella morenaza de grandes y bellos ojos verdes, un cuerpo ¡uf!, que siempre acudía envuelta en un cortísimo y ajustadísimo pijama de verano. Aun siendo unos centímetros más baja que él, su cuerpo era imposible de no desear: la piel esculpía caderas generosas, culminadas en las partes bajas de la espalda con hoyuelos, y sus grandes pechos se veían siempre aprisionados con toda clase de ropa. El sutil brillo de su piel garantizaba una sexualidad siempre latente, como a punto de empezar a sudar de pura excitación.

Aquella noche, Ernesto decidió acostarse antes de lo previsto, pues tener cerca a Dolores con aquel pijama se le hacía insoportable y no paraba de refugiarse en su cuarto para masturbarse y pensando en que ella le irrumpiese en mitad del acto y fuesen sus manos las que acariciasen su pene rebosante. Hasta cinco veces o más se masturbaba alocadamente, teniendo en su cabeza y en su miembro la imagen pecaminosa de Dolores.

Esos pensamientos no le dejaban conciliar el sueño. Dolores estaba al otro lado del tabique, pegado al lado derecho de su cama, y podía oír los muelles de su somier cada vez que ella cambiaba de postura. De pronto la oyó incorporarse, encaminarse hacia la puerta y girar el picaporte hasta salirse al pasillo. Movido por su fantasía, Ernesto había dejado la puerta de su cuarto estratégicamente entreabierta con idea de alimentar la curiosidad de Dolores, si se levantaba en mitad de la noche. Oyó ese crujir de pies desnudos lentamente acercarse. 'Irá a la cocina o al baño', pensó. Pero de pronto el sonido cesó. ¿Se habría detenido movida por la curiosidad, o podría ser la puerta entreabierta la razón por la que se había levantado en plena madrugada? Ernesto no se atrevía a comprobarlo si veía la sombra de ella a través del resquicio que él mismo había dejado, y su envalentonamiento previo al fantasear con chavala impresionante irrumpiendo en su cuarto se había diluido, dejando paso al temor de que, efectivamente, esto ocurriese y no supiese qué hacer ni qué decir.

Todo era silencio. Sólo podía escuchar su propia respiración, la cual por mucho que intentase controlar sentía forzada de puro nerviosismo, y el calor más sofocante del que ya provocaba de por sí aquel mes de julio. La camiseta y el slip que llevaba le parecían en aquel momento demasiado abrigo, e incluso habiéndose deshecho de la sábana. Su corazón dio un vuelco cuando el silencio fue interrumpido al escuchar la puerta abriéndose y los pies de la pícara Dolores acercándose de la manera más silenciosa que podía, y después su respiración junto a la cama. Mientras a Ernesto una súbita cobardía le impedía moverse, sólo fingir que dormía profundamente y suplicar que la tensa situación acabase. Sentía como Dolores le miraba, convencida de que realmente estaba dormido, que le indicaban sus ojos cerrados y su aparente respiración plácida.

Fue entonces cuando Ernesto sintió cómo el calor bajaba por su vientre hasta la base de su miembro. Empezaba a tener una erección y sabía que Dolores estaba a apenas a un metro, que sus slips sólo harían que ésta fuese más escandalosa y que la chica lo vería todo. Y esa idea, sin saber el por qué, aún más le excitaba. Sólo tenía que seguir con los ojos cerrados y fingir que dormía del modo más convincente que pudiese. No sabía si era por mantener los ojos cerrados y concentrarse en aquellas sensaciones, o por saber que ella no estaría perdiéndose detalle, pero sentía más que nunca la presión en su miembro viril, al engrosarse y cómo iba separándose de sus testículos para ir a presionar la tela hasta llegar el límite del elástico. Pero eso no detenía su descomunal erección, alimentada por el roce del tejido mientras se abría camino por la ventana de los calzoncillos, que era lo único que le privaba de ver aquella vigorosa tranca a Dolores, cuya respiración era cada vez más entrecortada.

Ernesto debía esforzarse al máximo para aparentar la placidez del sueño, pues al asomar el pene por el límite de la bragueta, ésta sujetaba su prepucio haciendo que su inflado glande se fuese mostrando a los ojos de Dolores con cada pronunciado latido, estimulando más su tremenda erección, que iba apartando sus calzoncillos. Podía sentir cómo el tejido que se cogía a la base de su glande cedía y se deslizaba salvajemente hasta la base, dejando completamente al aire su ancho y largo pene erecto, como nunca antes lo había tenido. Sentía cómo le palpitaba de una manera violenta, y cómo la excitación hacía que algunas gotas lo recorriesen estimulándole más aún y haciendo que simular estar dormido fuese una difícil tarea.

Escuchó cómo a la respiración agitada y próxima de Dolores, se sumaba un sonido húmedo que le hacía entornar por unos segundos los ojos, y grabar en su cabeza la imagen de ella mirando fijamente los latidos de su pene, mientras se mordía el labio para acallar sus jadeos. Sus brazos apretaban al bajar sus pechos brillantes por el sudor que se intuía por el escote de su ligera camiseta. Sus manos se perdían dentro de su corto pijama, por encima del cual se presentían los movimientos de sus dedos, que iban originando un delicioso sonido húmedo y hacía que sus torneados muslos se separasen mientras intentaba permanecer en pie.

A pesar de su terrible excitación, con tendencia a subir, Ernesto no se atrevía a dar el paso definitivo, sólo intentaba permanecer inmóvil, mientras aquella imagen que todavía seguía viendo, a pesar de estar cerrando los ojos, provocaba que su grueso pene estuviese encharcado por su propia secreción y que notase cada milímetro que se expandía más allá de su límite con cada latido.

Fue entonces cuando sintió cómo la yema de un dedo de Dolores, tímidamente se posaba en su glande humedecido, animándose enseguida a deslizarse por él, como queriendo dibujarlo. Enseguida fueron dos de sus dedos los que de nuevo cogían el glande, notándolo palpitar, estimulándolo y cubriéndose de deliciosa lubricación. El púber no podía soportar la forma de tocar su virilidad a la que Dolores le estaba sometiendo, dejando escurrir sus dedos mientras la escuchaba jadear a la vez que se aceleraba aquel sonido húmedo que provenía de entre sus muslos.

De pronto, Dolores paró sus movimientos y Ernesto suspiró y a punto de descargar en los dedos de Dolores. La tregua duró un segundo; los jadeos aumentaban y del ajustado pantalón de pijama de la chica surgía más claro que nunca el sonido que describía perfectamente bien cómo sus dos dedos entraban y salían de aquel rincón inundado que derramaba ríos por la cara interna de sus muslos y cómo el mero roce de su muy hinchado clítoris le provocaba gemidos que no podía acallar. Sentía su aliento jadeante a escasos milímetros del glande, sus labios se apoyaban en la punta y se deslizaban intentando abarcar la cabeza de aquella bestia palpitante que latía entre ellos y que apenas un par de centímetros metidos que, más allá de él, ocupaba cada rincón de su boca, presionando contra su lengua que hacía que saborease su suntuosa lubricación en su garganta.

Ernesto no podía aguantar más y sentía cómo una violenta contracción recorría su miembro, separando aún más los labios de Dolores e inundando de calidez el poco espacio que le quedaba, y mientras ella se sorprendía al sentir cómo un intenso e inmenso orgasmo sacudía todo su cuerpo al notar la embestida y la deliciosa leche que se veía rebosar entre sus labios y en su garganta, ahogando sus ahora rugidos, más que gemidos, en una gruesa mordaza de verdadera erección, y cálido y espeso sabor a adolescencia, mientras sentía sus propios dedos chorrear, prisioneros de sus propias contracciones.

Dolores se incorporó exhausta, sintiendo como su flujo resbalaba por la cara interna de sus muslos, encaminándose de nuevo a su cuarto y procurando no preguntarse si Ernesto había sido consciente de aquello.

Pero Ernesto permanecía inmóvil, intentando recuperarse de tan violenta descarga.
Repuesto, maldecía su indecisión mientras escuchaba, a través de la citara que los separaba, cómo Dolores gemía sin cesar. Sin duda, imaginándose cómo se sentiría aquel descomunal miembro, abriéndose paso dentro de ella y penetrándola más allá de lo que nunca había experimentado.


Hasta que Dolores, la única de los dos (quizá por ser mujer o por 5 años mayor) más conocedora en relaciones carnales: penetración, felación, anal, se levantó de nuevo de su cama y, completamente desnuda se fue hacia el dormitorio del aún excitado adolescente, y ya allí lo guió a culminar como mandan los cánones




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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 1:24 pm





La intrusa


Aquella joven pareja, un mucho liberal, pasaba un largo fin de semana (por coincidir una fiesta en jueves) en una granja, propiedad del padre del muchacho, situada en la Sierra Norte de Sevilla, más concretamente en la localidad de Cazalla de la Sierra. Se querían, se gustaban y se deseaban desde que eran unos adolescentes, y con el paso de los años se consideraban muy buenos amigos con derecho al roce, aprovechando todas las oportunidades que se les presentaban para follar a tutiplén; y allí, en aquella coqueta y apacible granja, dónde mejor y más placentero que en un viejo pero bien cuidado granero


La amante estaba sobre una manta que el amante había puesto sobre dos pacas de paja. La única luz que allí había era la tenue de un farol, que haces blancas dejaba en las largas piernas y en los pechos de la amante.

Hablaban en voz baja. El amante, de rodillas ante ella, chupaba su vagina, dejando un surco regado, para volver a recorrerlo y luego posarse en sus carnes hermosas, deseosas de recibir placer, y lo hacían sin prisas, como si tuviesen todo el tiempo del mundo.

Tan entregados se hallaban el uno al otro que no se percataban que eran espiados por una joven, de un aspecto rústico, cuya era una de las hijas del capataz de la finca, y al adentrarse en el pajar contemplaba la escena, que sin poder sucumbir a la tentación, vio cómo la espalda del amante se arqueaba para ahondar en el sexo de su amante, la cual cogía su cabeza para ayudarle en los vaivenes del placer. Admiraba la intrusa las grandes y redondas tetas de la amante y la tersura de sus pieles, y se estremecía al escuchar los rugidos que emitía. Empezaba a sentir húmedo su sexo por verlos follar, y sus rosados mamelones se endurecían al mismo tiempo que la amante no paraba de rugir.

La amante se entregaba a una pasión sin límites, estremeciéndose y modulándose como un pez en el río. Gotas de sudor perlaban su frente. Con sus labios entreabiertos y lanzando gritos ahogados, posaba su vista en aquella espiral de gozo. El amante saboreaba las mieles de la amante para después subir hasta sus labios y así acallar sus gemidos con besos.

El amante se dejaba hacer; se tumbaba sobre la manta, y la amante se acaballaba sobre él, succionando con locura sus orejas, bajando por su nuez y dejando que la lengua de su amante recorriese su cuello, hasta llegar a sus viriles pezones, que jugaba con ellos, los saboreaba y seguía bajando, como baile desenfrenado. La boca de la amante envolvía aquel miembro erguido y punzante como infinita tarea de mamar en la más recóndita intimidad, hasta que el amante no podía aguantar más y se abalanzaba sobre la amante, penetrándola con toda su fuerza.

La intrusa ardía viendo que el amante hacía suya a la amante, con frenesí, y ella también quería ser así tomada. Así que alzaba su falda y su mano buscaba las humedades en su vagina, cuyo clítoris latía con desespero.

La amante la vio, y en lugar de ruborizarse, sonrió pícaramente, y la llamó para que se uniese a aquella bacanal de sexo. La intrusa se acercó y lo primero que hacía era acariciar la espalda de la amante, recorriéndole la columna, a la vez que con ambas manos daba pellizcos en sus generosos pechos.

Luego veía cómo la amante bajaba hasta la pelvis del amante saboreando su mundo oculto. Soltando su pecho iba lamiéndole el miembro en cada acometida, mientras la intrusa por momento se sentía más cachonda por ver tan excitante felación, a la que se unía la intrusa

La sabia boca de la intrusa apartaba la boca de la amante, y era ella sola la que no paraba de succionar aquel abultado miembro. El amante no podía resistir y se volvía para ver quién le llevaba a aquel placer. Y fue entonces que vio a una joven campesina, con el pelo rojizo y turgentes labios. El amante miró a la amante e hizo un gesto como que se apartase. Se giró y jugó con el pelo de la intrusa, mientras ella iba acariciando con la lengua su reluciente glande, ya de por sí brillante.

La amante se les acercó; quería entrar en el juego. No en vano, fue ella la que descubrió a la intrusa; besó a él y se enredó en la vagina de la intrusa, mezclando salivas y sabores. Con su mano acarició el sexo de la intrusa, jugando con sus jugos y metiendo dedos, uno a uno, que entraban y salían con precisión, mientras el amante por detrás la agasajaba colando su lengua lasciva en el agujero de su redondo culo.

Entre los dos amantes llevaron a aquella guapa intrusa al paraíso. Él, de espaldas, se puso a admirar la redondez de su culo. Luego, cabalgó sobre la amante a ritmo frenético, dejándose llevar por un instinto primitivo. La intrusa bajó hasta la altura del sexo de la amante y mientras cabalgaba, y con permiso de su hombre, le iba lamiendo el clítoris, según marcan las reglas de la lujuria. Con manos de odalisca, pellizcaba los grandes senos de la intrusa, haciendo que éstas se colmasen de placer.

No pudiendo aguantar más, la intrusa aceleraba las embestidas, urgiendo para que él con sus manos, todavía posadas en el culo, la ayudase en la tarea entre un enredo de piernas, manos, besos, jadeos, sudores... para juntos los tres alcanzar un orgasmo, que sólo los que tienen la capacidad de comprender algo así, son capaces de valorar. Y aquella intrusa, que, espiando por travesura, se vio inmersa en un placer inimaginable.


Los insistentes y fuertes pitidos de aquel puñetero y sempiterno despertador, lo devolvía a la realidad. Angustiado y sudoroso, se despertó, y fue entonces que se daba cuenta de que aquella historia la había soñado. Muy deliciosa y muy excitante historia, pero era, simplemente, un sueño


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 1:52 pm





La masajista y sus técnicas japonesas


Llegaba a la casa de los García (sito en una urbanización VIP, a las afueras de Sevilla) al atardecer, a la hora convenida. Mi maestra y amiga, Lina, había pedido al matrimonio García una cita para mí, con la intención de que empezase a abrirme paso en este oficio de masajista, con revolucionarias técnicas japonesas, encauzadas a un estilo de vida pura, basado en la filosofía y en los medicamentos orientales. Y así me entregaba a dar alivio a mis semejantes. Por supuesto, cobrando por mis servicios


Tenía por entonces veintiocho años Aquel día me encontraba nerviosa, puesto que los García era gente famosa y adinerada, y yo quería causarles una buena impresión, como profesional en masajes.

En esa vez, y como era verano, me ponía un blusa y una minifalda verde, un tanga y un sujetador, negros, y unas sandalias de tacón aguja negras. Un pelo negro azabache y una piel morena hidratada con aceite, y brazos y tobillos adornados con unas pulseras y diversos abalorios, todo ello de bisutería fina, que había adquirido en mi último viaje a Ibiza, completaban mi imagen.

Llamaba a través de portero electrónico del portón de aquel suntuoso e inmenso chalé, que se levantaba entre pinos centenarios en un lugar VIP. Me abría el portón una doncella con cofia, y a pocos metros de ella, se iba acercando hacia nosotras la señora García: una esbelta mujer, elegante, refinada, amable y frisando en los cincuenta y cinco. Seguidamente, junto con la señora entrábamos a la vivienda, la cual estaba limpia, reluciente, fresca y silenciosa.

Me iba diciendo la señora García durante el trayecto hacia la vivienda, que tenía que empezar primero el masaje a ella, y después a su marido, Don Alfonso, que estaba en la cama a causa de un ataque de lumbalgia. Pensaba que ella quería comprobar mi capacidad, antes de someter a su esposo a mis enérgicas manos.

Me llevaba a una habitación con una cama alta y pomposa. Suponía que era su dormitorio, ya que había objetos femeninos sobre un mueble del fondo. Se tumbaba supina vestida sólo con un camisón azul de seda, y yo procedía a iniciarme con el masaje, empezando, como solía hacer, por la nuca y las sienes. Su energía estaba en equilibrio, por lo que no hacía falta trabajar con excesivo dispendio por mi parte.

Muy relajada estaba ella. Me hablaba acerca de Lina, de cómo se habían conocido, de su esposo, y de otras trivialidades. Su cuerpo iba cediendo a la leve presión de mis dos palmas. Su piel era blanca, muy cuidada, y perfumada con ese costoso perfume: ‘Quizás, Quizás, Quizás’, de Loewe. Iba tocando todos los puntos de su cuerpo, en especial los pies, y esto la llevaba a un estado de máxima relajación, dejándose mecer por el tintinar de mis pulseras. Una vez que había terminado con ella, después de unos cuarenta y cinco minutos, cogía una sábana y la tapaba, y ella se quedaba dormida, prácticamente en el acto. Sobre la marcha, cerraba despacio la puerta y enseguida me encaminaba hacia otra habitación, donde antes la señora me había presentado a su esposo.

Aquella habitación era mucho más amplia que la otra, pero acogedora también, y además estaba lujosamente equipada. Una leve brisa movía las cortinas de un ventanal entreabierto. Don Alfonso, casi desnudo, yacía en cama, con sólo unos calzoncillos ‘La Perla’.

Nada más entrar en silencio, me quedaba pasmada al ver aquel escultural cuerpo bronceado, tendido. Llevaba bloqueado un día, tras haber estado cortando el césped del jardín, según me había comentado su esposa. Era un hombre de tres o cuatro años más que su mujer. Aun tumbado, se veía que era alto, y luego a su lado podían verse unos ojos verdes de ensueño, una piel morena y un pelo moreno, con algunas canas en sienes y en la parte de arriba de la cabellera. Un porte impresionante. Con esfuerzo, lo ponía boca abajo y me iniciaba a masajear la parte dolorida, comenzando con suave presión por los discos. Su aura rebosaba energía.

El contacto con su piel me causaba un hormigueo en mis pezones; se me erizaban. Maldecía mi camisa transparente, bajo la cual era difícil disimular mis hermosos, pero erguidos pechos. Mientras movía las manos por su columna, uno de mis senos topaba con su espalda. Ya tenía mis pezones erectos y con las aureolas grandes y oscuras pegadas al sostén. Entonces podía observar que se le aceleraba la respiración. Pasaba a las piernas y a los pies, evitando el contacto con los muslos, y así ir observando si cesaba mi excitación. Pero no me concentraba; un fuerte deseo se adueñaba de mí, flaqueando mis fuerzas. Y llegaba el momento de darle la vuelta para seguir con el resto del masaje, de nuevo de la cabeza a los pies.

En estas nuevas técnicas japonesas, los genitales no entran en contacto con las manos; quedan suspendidos en el aire para dejar fluir la energía sobre ellos, sin tocarlos ni presionarlos.

Don Alfonso permanecía en silencio, sólo me miraba cuando su pecho se iba llenando de aire con una respiración entrecortada. Vi palmariamente que estaba muy excitado, y esto me producía palpitaciones en los labios de mi sexo. Para seguir con el masaje en vientre y piernas, me arrodillaba en el borde de la cama rozándole sin querer una rodilla al tenderme sobre él. Seguía en el bajo vientre, en la zona de la pelvis, y entonces podía ver cómo su duro y verticalizado miembro empujaba bajo los calzoncillos. No hablábamos, sólo con las miradas nos entendíamos.

Desde ese instante mi contacto cesaba. Pero, súbitamente, él llevaba una de sus manos a uno de mis pechos, y lo sobaba por encima de la blusa, cuyo pezón era como una roca. Entonces cerraba yo los ojos para sentir más placer todavía del que me estaban dando sus dedos. Mi coño estaba humedecido y con los labios hinchados. Me escurría hasta su polla, que, rozando mi teta derecha, ésta se instalaba en su rosado glande, que hacía que se pusiese más dura y más erecta. Con mis labios la chupé repetidas veces, y don Alfonso gemía y gemía...

El cuarto de la señora se hallaba al otro lado del pasillo, y yo temía que le diese por venir al de su esposo, pero el deseo mutuo era ya incontrolable. Así que me levantaba la falda, y mis muslos a caballo sobre sus caderas; me apartaba el tanga, mojado, a un lado, le cogía su empinada polla y la metí en mi humedecido coño, con unos gemidos apagados.

Le decía a Don Alfonso que yo llevaría el mando, para que no empeorase su espalda. Empezaba a cabalgar a un ritmo lento, metiéndome entera su gruesa polla, mientras él frotaba mi clítoris con dos de sus dedos, y con la mirada fija en el rebote de mis tetas. Llegaba él al climax, sin pronunciar palabra ni sonido. Mientras me iba hacia su escritorio, para ajustarme de nuevo la falda, me decía Don Alfonso que quería verme completamente desnuda, a lo que yo le respondía que no, que tenía miedo de que nos sorprendiese su señora, pero que si quería darle gusto a su curiosidad que volvería otro día, barajando la posibilidad de que la señora hubiese salido y no estuviese en casa. ¡Ingenua yo por tanta precaución, cuando se veía palmariamente que eran un matrimonio liberal!

Mientras iba caminando por el jardín con destino al portón, la señora salía a despedirme y a pedirme que regresase para concluir el tratamiento de su esposo, que para entonces estaría más aliviado, y porque ella también necesitaba un nuevo masaje, para sentirse más liberada.

Regresaba una semana después. Era un día fresco, aun verano siendo, así que iba embutida en un ceñido vestido rojo de entretiempo y abotonado por delante, una chaqueta de punto, también roja, y unas sandalias rojas cubiertas. Muy conjuntaba me presentaba esta vez, y además con aires de vampiresa.

Los García aguardaban cada uno en su alcoba. Por dentro, la casa estaba en penumbra, con las ventanas entornadas. Saludaba a Don Alfonso, que seguía en la cama. Me correspondía sonriéndome y penetrando con sus ojos más allá de la botonera de mi vestido. Iniciaba el masaje a la señora. Vestía ella un camisón de raso, celeste y con tirantes. Relajada, esperaba el contacto de mis manos. La veía tranquila. Ahora no parloteaba, sólo mantenía los ojos cerrados, concentrada en los efectos que mis masajes le estaban procurando.

Me atraía su piel blanca, que cedía bajo el calor de mis palmas. Cuando concluía su sesión, abría los ojos, que tenían un brillo especial. Pero, de pronto, ‘sorprendentemente’, cogía mi mano y la llevaba directamente a su coño. Me miraba, con esa clase de miradas que sólo corresponde a un deseo sexual, y después me decía, con voz dulce y suave:

____Sigue ahí, por favor.

Seguía agitándole los labios de abajo; estaban tersos, calientes, y el clítoris encendido. De repente se bajaba el camisón y aparecían dos pequeñas tetas, pero firmes y con los pezones de punta. Mientras le lamía el clítoris, embriagándome el sabor, ella hacía igual con mis pezones. Me excitaba el pensar en el gusto que iba a darle… y un orgasmo la hacía convulsionarse. Luego de agradecerme mi entrega y de despedirnos, la cubría con la bata larga, se giraba y se quedaba dormida, de todo aliviada. ‘Y cuando digo de todo era de todo’.

Don Alfonso, impaciente y caliente, me esperaba. Le advertía que primero tenía que curarle la espalda, y que luego ya veríamos. Tendido boca abajo le hacía contacto en la zona lumbar donde la inflamación no existía ya. Acababa con él, y se incorporaba. Le tocaba empezar el juego.

____¡Desnúdate! –me decía con voz decidida y cargada de deseo.

Me desabrochaba provocativa los botones, y el vestido caía. Él me miraba callado, pero se estaba sobando su pene, enarbolado bajo la sábana. Me quitaba el sostén y mis tetas al aire. Me subía a la cama y posaba el coño en su boca, lamiéndolo furiosamente. De tanto placer, temía que me iba a caer, así que tenía que apoyarme en la cabecera. Él no paraba hasta no escucharme rugir y sentir mis fluidos que me salían del coño y que luego avanzaban discontinuo por mis muslos.

Me tumbaba en la cama y comenzaba a recorrer, con boca hambrienta y lengua salvaje, todos y cada uno de los rincones de mi cuerpo; lamía mis pezones erizados, se perdía su cara entre mis tetas, para luego bajar a mis muslos, se ponía encima mía y con un rápido movimiento de piernas abría las mías, metiendo con ansias en mi sexo deseoso su miembro poderoso. Arremetía con fuerza. Con mis piernas enlazadas a su espalda, lo sentía en lo más profundo contagiándome su calentura que me hacía temblar, pero sólo las tetas las tenía descubiertas, porque el coño estaba cubierto con el tanga y parte del vestido, antes de penetrarme y después de sacarla.

Mantenía un ritmo inusual para su edad, y me acometía con igual ímpetu del inicio, hasta que, finalmente, nos corríamos a la vez. Permanecíamos tendidos unos minutos. Medio repuesto, él cogía un bloc y una pluma, que estaban en la mesilla, escribía unas letras y extendía la mano.

____Esa es la dirección de un amigo mío. Él también necesita un masaje de estos tuyos -me decía con una voz, obviamente cansada.

Me dirigía ya hacia la puerta de salida al jardín rumbo a la calle, cuando la señora García me detenía y ponía un sobre en mi mano:
____Este dinero es tuyo por tus servicios. Y gracias por haberte molestado en venir hasta mi casa desde Sevilla.

Me sorprendía por el dinero, pues mis servicios me los había pagado Lina. Confundida por el momento, entraba a mi coche. Pero dentro del coche, me podía la curiosidad, por lo que, nerviosa, rasgué el sobre y... ¡oh, 2.000 euros, en cuatro billetes de 500 había en su interior! Y también había un papel escrito con tinta roja, cuyo texto decía:


Te esperamos al menos una vez al mes. Gracias de nuevo.


Aun mi negativa de antes del ‘masaje total que tanto le había relajado’ y desposeída de la sábana en la que iba envuelta en el trayecto de su dormitorio a su escritorio, para ajustarme la ropa, era cuando a hurtadillas me hacía una fotografía por detrás de mi cuerpo entero, cuya fotografía, haciendo gala Don Alfonso de una amabilidad combinada con un atrevimiento, me la pasaba a mi WhatSapp desde su WhatSsapp



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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 2:59 pm





Lamer


Lamer, lamer, lamer... Mi boca sólo quiere lamer su polla. Posar mi lengua sobre la base del glande, apretar ahí, mi mano de arriba abajo en perfecta sincronía con mi boca que chupa la punta de su hermoso miembro

Es una melodía oír el succionar de mi boca su exquisita polla. Beberme el primer brebaje que me da. Sentir una sed insaciable en espera del premio final: un chorro de jugo celestial que saborea mi boca, que me pasa por la garganta, que chorrea por mis labios sedientos. Atraparla con mis dientes y comérmela toda, hacer círculos en su prepucio e incitar con vehemencia que acabe toda la leche en mi interior.

Lamer es un arte. Se necesita una técnica para hacerlo óptimo, si se quiere llegar a feliz culminación. Pero igual que me gusta lamer su polla, también me gusta que él lama mi coño, que lo abra, cual flor, que vea sus pliegues, que explore con la lengua mi pipa y que la presione; primero suave, para que luego sus dientes la mordisqueen lentamente y saboreen los fluidos que le llenen la boca. Que se recree en mi botoncito, escondido entre los pliegues, que lo saboree intensamente, que espere que mi pelvis empiece a moverse compulsivamente, anunciando mis rugidos y la alteración de mis sentidos, que meta dos dedos en mi raja, haciéndome correr en forma salvaje y así concluyamos exquisitamente. Y hasta la próxima vez…


Y, finalmente, su nuestras bocas cubiertas, fruto inequívoco de nuestras lenguas expertas








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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 3:27 pm





Las alas de la mente


Aquella noche en la que el frío le era ajeno dentro de su habitación, el calor invadía cada poro de su piel, sintiendo humedad en sus partes íntimas frente a aquella fotografía que tenía entre las manos, intentando ser parte de ella y de su entorno. Era él, estaba allí de nuevo entre los pliegues de su memoria, cabalgando entre sus deseos, como un forastero errante, pero a la vez tremendamente familiar


Sabía que era imposible, que no podía tenerle pero tampoco podía evitar reconocer que se había enamorado.

Su corazón le decía que se había enamorado de él, pero no quería echarle cuenta. Sólo quería limitarse a sentir, a olvidar su cruel existencia por un día, una sola noche, y volcar nuevamente todas sus pasiones, como en el antaño, cuando nada temía por entregarse por completo a aquel hombre.

Se desvistió lentamente y no quería evitar el pensar en el hombre que ahora invadía su mente. Desnuda, contemplando el cuerpo de él, cada tramo de su piel, caminaba hacia el cuarto de baño.

Entraba a la ducha y abría el grifo sintiendo cómo el agua tibia recorría su rostro, bajando por su cuello, tocando sus pechos, rozando sus pezones, endureciéndolos al paso, siguiendo su recorrido más allá del espacio en el que se encuentra deseosa de ser tocada y querida por el hombre que sigue en su mente. Deja sus brazos a un lado con la cara hacia el chorro de agua que cae con fuerza, disfrutando de la lluvia, segundo a segundo.

Debajo de la ducha su recuerdo era más fuerte cada vez, evocando la mirada de él, la sonrisa de él. Cerraba los ojos y lo veía. Los labios de él, sin poder soportar las ganas de besarlos, los sentía latentes dentro. Sus manos se cerraban al contacto con la esponja, recordando su cabello, húmedo con el agua, húmedo como su cuerpo, húmedo como su sexo…

Enjabona entonces sus manos, pasando la esponja con gel aromatizado de jazmín y rosas, refregándosela por su cuerpo. El contacto suave con el agua tibia sobre su piel no le impide pensar que él es el que está tocando su cuerpo de joven amante, que tanto placer le había regalado y que hacía que perdiese los sentidos, sin poder controlar sus primitivos instintos de mujer.

Después de unos minutos, se quitó el jabón del cuerpo, cerró la ducha y salió de ella, cogiendo de camino una toalla grande, secándose. Se escurrió un poco el pelo, aún goteando de cristalina agua, y salió del baño.

Con lentitud camina hacia su habitación, sus delicados pies dejan huellas húmedas a medida que camina. Cuando llega se recuesta en la cama, mirando de nuevo la foto. Y allí está él, sonriente, vestido con traje sentado cómodamente en el patio de su casa con su portátil sobre las rodillas. Pasa a la siguiente foto y de nuevo está él, saliendo de la ducha con el cabello mojado y el torso desnudo, y húmedo también, como se siente ella. Con la yema de un dedo acaricia su pecho, y sin poder evitar que un suspiro escape de su ser.

Dando media vuelta se pone boca arriba a todo lo largo y cierra los ojos, con una sonrisa. Sus manos se posan en su rostro, y siguen sus labios acariciándolos con los dedos; dos de ellos entran en su boca para luego salir lentamente de ella.

Siguen así bajando por su cuello, acariciándolo a ambos lados un buen rato, y bajan después hasta la línea de sus pechos. Se detienen un momento, y después giran acariciándolos en todo su contorno, hasta llegar a sus pezones. Una exhalación de placer escapa de ella, que aún sigue con los ojos cerrados.

Los acaricia unos minutos en todas las direcciones. De vez en cuando, los dedos índice y medio de una mano, se apartan para entrar en su boca y después bajar húmedos hasta sus pezones y fortalecerlos con nuevas pasiones, que por entonces su cuerpo ya había traspasado el umbral del éxtasis dos veces.

Sigue acariciándose un pecho, pero una de sus manos acaricia ombligo, estomago y vientre con lentitud. Sabía que sus manos eran las suyas, pero el pensamiento era de él, y sólo disfrutaba con la ansiedad de llegar hasta lo más profundo de sí.

Finalmente, su mano derecha acaricia primero sus piernas, y luego sus pantorrillas, hasta llegar definitivamente al calor de la pasión, a lo más mojado y deseado de sí.

Sus piernas se separan levemente para más libertad. Dos dedos de su mano abren los labios vaginales, empapados, calientes y suaves de una intimidad perfecta, hasta llegar al clítoris, erecto, sensible y sutil, como las caricias que él le haría en persona algún día.

Su respiración se dispara, su boca no resiste y deja libre los rugidos que sólo ella oye pero que él siente, y deja que su mano cobre vida metiendo primero un dedo, a dos pasando y finalmente a tres, que entran y salen arrancándole aullidos de placer y de felicidad.

Y allí está su mente en él y él en su cuerpo, incontenible hasta que pierde el control de su cuerpo, separa más las piernas y alza un poco las rodillas. Unas contracciones rítmicas de un potente y salvaje orgasmo la invaden, le invade su garganta y sus manos empapadas en un deseo puro y perfecto.

Después de todo eso, siente un ligero mareo de felicidad, pero el orgasmo sigue, interminable. Y cuando cesa, sólo se limita a abrir despacio los ojos: las dos esferas azules cristalinas que él tanto ama....


Finalmente, mira y remira de nuevo la fotografía de él, pero ahora la mira y remira con una jadeante sonrisa en los labios


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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 3:56 pm






Llegó, se satisfizo y se largó


Era una tarde calurosa de mayo en Sevilla. No entendía qué me estaba pasando; a todas horas tenía ganas de follar. Deseaba a toda mujer que pasaba por la acera de mi tienda. Las camareras del pub de enfrente estaban buenísimas, y yo me imaginaba un camazo con alguna de ellas


Bueno, antes de seguir me presento...

Me llamo Carlos. Tengo 27 años, alto, agraciado de cara y cuerpo. Y soy el dueño de un bazar de objetos diversos, situado en una calle céntrica de la ciudad. A mi bazar acuden a comprar chicas, maduras, casadas, viudas, e incluso abuelas, pero raramente entra algún hombre solo


Aquella mañana había poco trabajo, apenas vendíamos. Pero sobre la una, entró un matrimonio; ella no dijo palabra, pero mi empleado y yo no podíamos dejar de mirarla. Vestía pantalón de licra ajustado, que se le marcaba un pubis sin pelos. Era evidente que se machacaba en el gimnasio. Tenía tetas grandes, que parte de ellas se salían del escote. Se podía entrever pezones grandes y erguidos. Seguía a su bola mirando cuanto había en la tienda mientras mi empleado atendía a su marido.

De pronto sonó el móvil del marido, el cual salió fuera para hablar. La conversación parecía acalorada, y se olvidó de su mujer, de lo que iba a comprar y de todo lo que le rodeaba. Se metió en su coche, y supongo sería para que escuchar mejor a quien le hablaba. Mientras, la mujer me tenía ya loco, comenzó a preguntarme precios de varios artículos, pero contoneándose provocativa. Se agachó tres veces y se abanicó otras tantas, delatando acaloramiento. Me llamó estando ella en el pasillo, una parte oscura y menos visible de la tienda, y me pidió un precio, iba yo detrás contestando a sus preguntas.

En ese momento se agachó para coger un artículo, que había en la última batea de una estantería, y me dejó la deliciosa visión de su culo. Mi cabeza quedó en blanco, se paró el tiempo; sólo pensaba en su culo. Cuando reaccioné, era la sexta vez que me preguntaba.

____Disculpe –noté que se percató de que mis mejillas estaban coloradas.
____Ya, ya te veo. ¿Me puedes dar el precio de eso? -señaló, sonriendo.
____Por supuesto. Disculpe de nuevo.

Se dio cuenta de que podía coquetear conmigo, que me tenía babeando y que no le iba a causar ningún problema con su marido.

____Me interesa, pero quiero que me hagas un descuento.
____Bueno, tal vez pueda rebajarle... 2 euros.

Se volvió a agachar para poner el artículo en el sitio que estaba, pero dio un paso atrás, rozando su culo con mi polla. Sólo era un roce, pero quizá premeditado, que me causó una erección. Miró mi bulto y sonrió. Entonces, entró el marido.

____Vamos. Hay problemas en la oficina. Te dejo en el gimnasio y tú regresas a casa en taxi. Llegaré tarde después.

El marido se giró hacia mí:

____Perdone las molestias. Ya vendremos por aquí en orea ocasión. Gracias.

La mujer me preguntó:

____¿A qué hora cierras?
____A las ocho -respondí.
____No creo que me dé tiempo, pero lo intentaré.
____Si piensa que puede volver puedo esperarla. Lo que me interesa es vender.
____En ese caso, haré lo posible por venir caída la tarde.

Y yo quedé con mi erección y sin poder quitar de mi mente su culo y  sus tetas.

Y llegó la hora del cierre. Estaba decidido a cerrar a las ocho y cuarto, pero ya no esperaba la visita de la señora. Era lo que solían decir los clientes para quedar bien o para darte esperanza de comprar. Pensé que era cruel cuando no lo cumplían, pero con el tiempo me iba acostumbrando a todo.

Apagué las luces del local, cerré por dentro la puerta de la tienda, y empecé a hacer el arqueo. El pub de enfrente estaba radiante de luz empezándose a llenar.

A esto que oí un sonar de nudillos en la puerta. Salí de la oficina y vi a la mujer que había estado en mi tienda en la mañana, mirando a través del cristal.
Cuando fui a abrir, noté de nuevo que se me ponía tiesa. No sé si fue un acto reflejo o por todo lo que me pasó por la mente en un segundo.

____Si llego un minuto más tarde hubieses cerrado  -me dijo-. Menos mal que dijiste que me ibas a esperar –añadió con ironía.
____Disculpe, son las ocho y veinte y ya no la esperaba.
____Ya veo que no me has considerado buena clienta, o te habías olvidado de mí.
____No me he olvidado de usted.

Quedé callado mirándola. No podía decirle lo que había pensado de ella.

Sonrió otra vez, se giró y se fue directa a una estantería. Pude verle su monumental culo otra vez. Perfecto, duro, redondo, respingón: un culo soñado. De nuevo no me di cuenta que me estaba hablando.

____Disculpe -le dije.

No respondió, y yo seguía en mi mundo. Ella tenía el cuerpo sudado. Seguro que acabaría de salir del gimnasio y aún no se habría duchado.

____Habrá tenido usted un día duro de gimnasio, ¿no? -le pregunté.
____Cansada y sudada. Ni me duché con tal de llegar a tiempo a comprar un regalo que necesito. O sea, si estoy cansada y sudada es por tu culpa.

Llevaba todo el día caliente, y cuando dijo eso se me puso como roca. Así que era el culpable de que estuviese cansada y sudada. Traté de contemporizar.

Se agachó, y otra vez ahí su culo. Y esta vez, un rato agachada eligiendo un regalo y yo mirando el que iba a elegir y a la vez mirándole, sin disimulo, el culo.

____¿Cuál te gusta más? -me preguntó.
____¿La verdad? (no podía decir tu culo). Los dos -respondí, al fin.

Al hacerme esa pregunta giró la cara, quedando ésta a la altura de mi pecho. Vio mi erección, pero en lugar de buscar una salida diplomática, decidió, despreocupada, abrir más las piernas, y esto me dio una visión completa de su coño.

____Tengo los músculos agarrotados. Voy a tener que irme a mi casa a ducharme. Necesito sentirme limpia y fresca.

Estaba confuso. No sabía qué hacer ni qué decir. Pero solté esto:

____Yo puedo limpiarla...
____¿Cómo?

Se levantó y se giró hacia mí. Sus pezones, duros y marcados y las aureolas sudadas, se podían ver como si no llevase nada puesto.

____Disculpe –contesté, entre asustado osado-. No sabía si iba a reaccionar mal y me soltaba un bofetón -añadí.
____No es mi estilo dar bofetones. Sólo me interesa saber lo último que has dicho. Repítemelo -sonó a orden, pero lo repetí:
____Yo puedo limpiarla...

En ese instante tenía ella el control de la situación, podía hacer conmigo lo que se le antojase. Si hubiese querido, hubiera cogido lo que quisiera e irse sin pagar, y yo no la hubiese parado. Pero esa, por lo que pasó más tarde, no era su intención.

____¿Tienes aquí agua caliente, un gel suave y una esponja fina? -me preguntó.
____Tengo agua caliente y jabón normal, pero esponja ni fina ni gorda.
____¿Cómo ibas a limpiarme entonces? Antes de hablar deberías pensar.

Sus tetas me rozaban. Me puso una mano en la cara y me dijo:

____Esto no se hace. No es de recibo que atiendas a una señora casada así. Mira cómo está tu polla. ¿Crees que no me percaté? Has estado mirándome el culo todo el rato. ¿Qué crees va a pensar mi marido cuando se lo cuente?
____Disculpe -logré decir. Me sentía perdido.
____Ya veremos cómo se puede disculpar una acción como esta.
____Puede llevarse gratis lo que usted quiera.
____Y ahora me tratas como a una puta. ¿Crees que me voy a dejar comprar?
____No, no es eso -estaba nervioso, no sabía qué hacer ni qué decir.

Bajó la mano y cuando llegó a mi polla, la cogió por encima del pantalón.

____Esta es la culpable de todo. Sólo pensáis con ella. Mira cómo la tienes. ¡Quítate el pantalón ahora mismo! -me ordenó de nuevo.

Conociéndome no sabía por qué me estaba sumiso. Pero sin pensar en cómo soy, me bajé pantalón y calzoncillos, quedando mi polla al aire, tiesa y dura.

Pero, de pronto, me quité el pantalón y los calzoncillos.

____Y ahora te gustaría que te la chupase, o metérmela por el culo, ¿verdad? Llevas todo el día pensando en esto.
____Es verdad. No lo puedo negar.

Me cogió la polla de nuevo y con ella en la mano la subía y la bajaba, al ritmo de sus palabras:

____Soy una señora casada y te exijo que me hables con respeto. Y cuando te dirijas a mí, tienes que decirme señora. ¡¿De acuerdo?!
____Así lo haré, señora.
____Bien. Veo que aprendes rápido. No pensarás que tus sueños de follarme se van a hacer realidad, ¿verdad?
____No señora.
____¡Quiero ver cómo te masturbas! –me ordenó de nuevo, soltándome la polla.

La tenía dura, pero agarrotada, y me iba a costar correrme; y si me masturbaba, no me quedarían fuerzas para follármela dos veces seguidas, que era lo yo quería.

____¡Cierra los ojos y sigue masturbándote! –seguía ordenándome.

Cerré los ojos y seguí. Al poco me dijo que los abriese. Ya se había quitado el sostén, y sus tetas quedaron libres; eran como las había imaginado: grandes y con pezones grandes y duros, cuyos empezó a pellizcar. Los llevó a mi boca, no permitiendo que se los chupase.

____¿Quieres que siga quitándome más ropa? -me preguntó.
____Lo que usted quiera. Usted es la que manda.

Me miró con ojos furiosos. Se me olvidó decirle 'señora'.

'A esta tía le va el rollo militar, el sado, o no sé qué coño quiere', pensé.

____¡Ponte ahora a cuatro patas y sigue masturbándote! -otra orden.

Y yo, sin reconocerme a mí mismo, sumiso seguí sus órdenes.

____¡Cierra los ojos!

Los cerré, si ello significaba que seguiría quitándose más ropa.

____¡Ábrelos!

Ahora estaba totalmente desnuda, sentada en el suelo y con las piernas abiertas, a 20 centímetros de mi cara. Podía ver su coño. Tenía una tía hermosa ante mí y no podía aguantar más, así que largué leche como un cerdo.

____¡Ahhh… ahhh…! –gemí repetidamente.
____Ya veo que tú te has dado placer. Pero ahora vas a cumplir con tus deseos; me vas a limpiar todo el cuerpo entero.

Todavía disfrutando de mi corrida escuché sus palabras. No entendía lo que estaba pasando, y ella vería asombro en mi cara.

____¡Me vas a limpiar lamiéndome todo el cuerpo! ¡¿Entendido?!
____Entendido  -me fui directo a sus tetas, pero me paró en seco.
____No creas que te va a ser tan sencillo. No vas a gozar. Vas a tener que trabajar duro. Empieza por mis pies, dedo a dedo.

Me puse a chuparle dedo a dedo; no olían mal, ni sabían mal. Auto sometiéndome, pensé: '¡voy a gozar, te voy a comer entera, puta, tienes un pedazo de cuerpo y te lo voy a lamer entero, zorra!'. Fui subiendo acercándome al coño, que ahora estaba mojado. Gozando, se le escapaban rugidos. Pero cuando me dispuse a comerle el coño, me volvió a parar y se puso a cuatro patas.

____¡Sigue por la espalda!

Tenía ante mí un culo de ensueño y no pude resistirme, le puse una mano encima y, para que no protestase derivé mi boca a su espalda como me había ordenado. Pasé por la espalda y bajé a las nalgas. Mi polla palpitaba. Estaba loco por metérsela. En esa posición podía ver culo, coño, nalgas y tetas, y no podía creer que teniendo así a una mujer espectacular me contenía.  Con lujuria empecé a lamerle las nalgas.

____¡Así me gusta! ¡Sigue! –y empecé a pasar de una nalga a otra.
____¡¿A qué esperas? ¡Cómete mi culo, también está sudado!

Me daba asco. Lo había hecho con una amiga, pero luego de una ducha, no de una sesión de gimnasio. Creí que me podía dar fatiga, pero no, sabía a gloria.

____¡Ahhhh, me gusta cómo lo haces! ¡No pares!

Con más ganas, le metí la lengua en el ano, y vi cómo le temblaba el cuerpo.

____¡Dios, síííí...! -y encima mezcló el nombre de Dios entre algo tan obsceno.

Vi que bajó su mano al coño y se lo masturbaba, mientras yo seguía con la lengua en el ano. Con la mano le cogí una teta y empecé a pellizcar suave el pezón. Ahora sentía que le venía un orgasmo. Ya era incapaz de dar órdenes

____¡Me corro… me corro...! ¡Ahhh!

Y después de sus rugidos, se tumbó de lado en el suelo.

Notaba que mi polla iba a explotar, no podía más. Necesitaba follármela, o que me la chupase, y si no tenía más remedio me haría de nuevo una paja.

____Déjame que me recupere. Entre gimnasio y orgasmo, estoy hecha polvo.

Y quedé a su lado y la acaricie. La respuesta a mis caricias fue inmediata.

____No creas que esto es amor. Estoy casada y enamorada, sólo satisfago tu deseo de limpiarme. Pero aún no has acabado. ¡Sigue lamiéndome!

Se abrió las piernas, me cogió del pelo y me puso entre sus tetas. Empecé a chupar y mordisquear sus pezones.

____Tu trabajo es limpiarme, así que sigue en el coño. ¡Por dentro también!

Y así lo hice; chupé su coño entre sudores y flujos. No sé lo que habría, pero disfruté de lo lindo. Su coño tenía un olor a vicio que me embriagaba.

____¿Te gusta mi coño? ¡Cómetelo; estás cachondo cual adolescente, la tienes dura, te va a estallar! -encima se mofaba de mí.

Empujaba la mano sobre mi cabeza, para que no parase y no le pudiese responder. Me cogió del pelo y no me dejó hablar.

____¿Te gustaría follarme el culo? Y te advierto que mi culo es virgen.

Al escuchar sus últimas palabras, mi polla era un tronco ardiendo.

____¡Vamos, lameculos, sigue limpiándome el coño! ¡Me has vuelto a poner a cien, igual me corro otra vez!

Empecé a frotarme la polla de nuevo.

____¡No te la menees! ¡Suéltala! -volvieron sus órdenes.

Pensé que no quería que me la tocase porque la quería para ella.

____¡Ahhhh, sigue que voy a darle mis flujos a tu boca! ¡Sigue! ¡Ahhhh!

Le temblaba todo el cuerpo. Se estaba corriendo otra vez, y mi polla seguía sin catar coño o culo. Apenas se recuperó un poco, me dijo:

____Aparte de saber limpiar coños, también sabes comértelos.

Se dispuso a levantarse y a ponerse la ropa. Y mi polla a dos velas de coño o culo.

____Te gustaría que te la chupase y que me tragase tu leche, ¿verdad?
____Sí señora.
____Te has olvidado que soy una mujer casada. Ponte la ropa y no te toques más la polla. ¡Sólo eres un lameculos!

Me entraron ganas de violarla. No me podía creer que me hiciese esto. Ella se corrió dos veces y me dejó a mí a pan y agua. ‘¡Esto es una putada de puta!’, pensé

‘¡Esta tía está más loca que la tía más loca, pero más loco estoy yo por obedecer sin rechistar sus órdenes', pensé de nuevo.

____Y esta noche en tu cama no te hagas pajas pesando en mí. Que te vaya bien en tu tienda. Adiós.

Y dicho esto, ella misma abrió la puerta de la tienda, ya que estaban las llaves por dentro. Y sin más historia, se fue por donde había venido. ¡Y sin comprarme nada y dejándome cachondo perdido!


La muy zorra, y la muy puta, la muy asquerosa, y la muy egoísta tipa, no había vuelto a mi tienda para comprarme el regalo tan urgente que decía. Sólo había regresado para que la lamiese entera




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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 10:45 pm





Mi vecinita Mara


No comía desde el jueves y ya era sábado y mi barriga crujía como un viejo somier. Me fui a la nevera y cogí lo primero que encontré, y después volví de nuevo a la mesa de la cocina y me senté en una de las sillas. Pero nada más sentarme, llamaron al timbre de la puerta. Era Mara, mi vecinita mulatita, que tenía un modo de mirar, de reír, de contonearse… Así que apenas si hablamos, lo justo. Antes de un segundo la tenía abierta de piernas sobre la encimera, o como coño se llame ese mueble. Pero como la incomodidad le estaba ganando al deseo, nos miramos, sonreímos y, sin más preámbulos, pasamos al dormitorio y directamente a la cama



Mi mulatita gemía y gemía... Tenía que hacer un esfuerzo de tres pares de cojones para poder contenerme el semen. Y en ello estaba… aguantando como buenamente podía. Pero, súbitamente, Mara clavó sus uñas en mis nalgas.

Tremenda Mara. No paraba, la joía. ¡Jo, ardían mis huevos! Y ahí seguía ella. Le cogí las tetas como un poseso. Le comí la boca, mordiéndole los labios. Le metí dos dedos en la vagina y empezó a gemir con más fuerza. No quería correrme aún, pero ella se dio la vuelta, aún mi polla dentro. Y... no sé cómo lo hacía, pero yo miraba las vigas del techo para no echar a perder todo antes de tiempo, cuando vi que lo hacía otra vez, como una árabe; sí, esas mujeres que hacen virguerías con sus coños y por ende con las pollas que se follan.

____¿Qué es lo que acabas de hacer, incluso repetido? –sorprendido y, tremendamente excitado, le pregunté.
____Nada. Simplemente me he dado la vuelta. Pero no hables más y sigue en lo que estábamos.

No podía más. Le di besos apasionados por todo el cuerpo, esos que tenía en lista de espera desde hacía unas cuantas semanas. Se estremecía toda entera. ‘Sí, sí, mi mulatita es muy putita en la cama’, pensé. Y luego, antes y durante el disfrute, así la iba llamando repetidamente: ¡putita, putita…!

No sabría explicar cómo me corrí. En menos de un segundo, sentí como un calambrazo en la polla. Mara ya no gemía, rugía. La colmé de besos de fuego. Se reviró y me miró con pasión. No dijo palabra alguna, sólo seguía empujando contra mi polla. No dejaba de mirarme con mucho deseo; no apartaba los ojos de mí, la sentía desde lo más profundo de mí. Pero no se movía, ni abría la boca, sólo se dejaba hacer. Pero cuando terminamos de follar, corriéndome yo solo, sin esta vez esperarla a ella, para sí compartir mi disfrute, saqué mi polla de su coño y me relajé un poco.

Pero, de pronto, Mara saltó de la cama y se fue como un rayo al cuarto de baño. Yo seguía tendido en la cama. Al poco, oí abrir la puerta de mi casa y a continuación un fuerte portazo.


Sonriente y relativamente confundido, lancé un par de besos al aire, y después me quedé dormido





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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 10:54 pm




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Marcado desde la niñez


Desperté con una erección monumental. Es como cuando se tiene una relación sexual en sueño. Todo parece muy real, desde las sensaciones, como el aroma. Y sólo para despertar poco después y darte cuenta de que eres un perdedor, que nunca tienes sexo y te dedicas a buscar alguna asquerosa pornografía enferma en Internet


Lo digo y lo afirmo porque he sido adicto al porno desde que tenía 13 años, al igual que a la marihuana, al café, y a recrearme mirando a las adolescentes de la ESO en mi turno de colegios.

La mano en mi verga, la verga en mi mano, siempre lo mismo. Incluso tratando de hacerme yo mismo sexo oral, o disímiles poses de masturbación. Creo haber llegado a la conclusión de que me he enamorado de mí mismo, porque quisiera follarme, o que mi verga me sodomice.

Aunque esta idea es altamente aberrante, también es algo imposible para mí, pues tengo el abusivo tamaño de 20 centímetros, y eso cuando mi miembro está flácido. Pero ya os hablaré de esto en otra ocasión.

El incienso en mi habitación se había consumido. Lo uso para camuflar el olor a semen que se encuentra en incontables bolas de papel por todo el suelo, como si conservarlas fuese un tributo a mi eterna excitación.

Me levanté de mi cama, con fuerte dolor de cabeza. Había bebido mucho la noche anterior. Recuerdo que conocí a una mujer, que se llamaba Juliana o Julia… ¡Julia, eso!, me viene a la mente porque ese era el nombre de mi profesora de inglés de la ESO que, además de guapa, tenía unos enormes melones, lo cual siempre era un problema para mí, sobre todo cuando se iba hacia la pizarra, para explicar algo, y mi polla se ponía en pie de guerra.

Recuerdo cómo llegaba a mí el olor de su piel, empapada en sudor y con un olor a coño tras haber follado con el director en su oficina, quien ingenuamente creía que sus amoríos con ella eran el secreto mejor guardado. Practicar sexo era lo único que la mantenía viva y vivaz en las dos horas de su asignatura, rodeada de niños que se regocijaban en su infantil felicidad, sin saber que acabarían siendo otra aburrida clase de esta absurda sociedad, pero al menos no acabarían tan abajo como yo. Ese olor me intoxicaba y me dejaba con una infinita necesidad de cogerme mi polla y masturbarme con libertad, hasta incluso correrme en medio en mi pupitre.

Era horrible esa sensación de deseo y a la vez de incapacidad. La desesperación me hacía lanzar chillidos al aire, olvidar todo y hacerlo ya de una vez, pero obviamente nunca lo hice, porque no soy tan valiente, ni tampoco llega a tanto mi perversión, o al menos eso me digo cada día para auto complacerme. Pocas veces me masturbé por debajo de la ropa. Siempre trataba de ser lo más discreto posible para que nadie notase nada.

Pero volvamos a mi historia

Me fui al baño, como siempre hago luego de despertar, y me dispuse a orinar. Una ceniza de cigarrillo descansaba en algún lugar del excusado. Traté de apuntarla con el chorro por mera distracción.

Me subí la cremallera y salí del aseo sin lavarme las manos. Nunca me he lavado las manos luego de mear. Pero esta fea costumbre no me ha traído consecuencias, lo achaco a mi estúpida prisa, que me coarta.

Mi desayuno es el mismo todas las mañanas; un puto pan tostado con mantequilla, y un cabrón vaso de leche con Cola Cao.

Algo que siempre me ha dado asco es ver una cucaracha rondando por mi cocina, nunca he podido soportarlo e inevitablemente me encuentro, no sólo matándola, torturando a tan asqueroso ser. Me gusta quemarlas con el fuego de un mechero o pincharlas con un tenedor, para que así mueran lentamente, e incluso una vez me cagué encima de una. O eso creo, no lo sé bien, tal vez lo soñé.

Tan sólo el pensar que tengo que salir de mi casa e irme a mi odioso trabajo como conductor de autobús, saber que sólo me espera un sucio asiento, destruido por el tiempo y mi trasero que se pasa ahí horas interminables de insoportable monotonía, viendo subir y bajar gente, cuya aburrida vida sigue siendo más interesante que la mía, es un martirio. Odio mi trabajo. Nunca suben mujeres con grandes pechos y sostenes tan holgados que se les vean los pezones. Cuántas veces he deseado que alguna mujer así suba. En cambio, sólo suben gastadas amas de casas, y ancianas que deberían ya jubilarse en todo, en vez de seguir ocupando espacios en mi bus, e incluso con el derecho de exigirle a la educación de los obreros el cederle el asiento, aunque éstos estén más cansados que ellas.

Pero mi trabajo no es tan malo. Suben chicas que regresan a sus casas desde sus escuelas, o van a pasear con sus amigas. Es delicioso su aspecto juvenil, que a la vez parece estar madurando, especialmente ahora, que he montado estratégicamente un espejo que incluso a mí me sorprendió su buena posición. Esto es algo de lo que me he jactado ante mis compañeros del trabajo, como un logro, una victoria, hasta admitir que el día que lo instalé me sentí extrañamente orgulloso.

Mi ruta tiene tres puntos que desde siempre me han puesto en alerta. Me centro especialmente en ellos mientras hago mi trabajo. El primer punto es una esquina, en la que se junta una pandilla de peligrosos drogadictos. En un principio, cuando empecé en este empleo, sentía miedo al pasar por allí. No dudaba un segundo en que el día menos pensado cualquiera de aquellos hijos de puta me robase y me pegase, sin remordimiento, pero al comprobar luego de tres semanas que nada me hacían, me di cuenta de que el día a día era una novedad cruzar por allí.

Recuerdo que un día vi cómo golpeaban a un hombre entre cuatro o cinco de esos mal llamados enfermos. Le quitaron los zapatos, la camisa y el pantalón; en fin, toda su ropa, hasta quedar completamente desnudo, humillado y mal herido. Pero aun así no perdía su sentido del pudor, y con sus manos se cubría los genitales mientras lloraba. Yo lo auxilié procurándole ropa.

Sin embargo, a mí aquello me provocó una pequeña erección. Me sentía fascinado por ver algo nuevo, algo que no se veía todos los días.

Era la única manera de distraerme de la homogeneidad de mi vida, algo que podía guardar en mi memoria celosamente, como si fuese un tesoro, a pesar de que yo no tenía nada que ver en aquella pelea, a pesar de que yo no le di ni un solo golpe, ni tampoco derramé asquerositas lágrimas vergonzosas. Miserablemente me cubrí mi descomunal polla, que, por cierto, siempre les decía modestamente a mis amistades que era de lo más normal.

El siguiente punto era un mercado de abastos, ubicado en una transitada calle; que, por lo general, me causaba dolor de cabeza y periodos largos de enojos, en los que me sentía capaz de colarla en el hoyo de la primera hembra que apareciese por las puertas de mi autobús.

Este lugar en particular era un auténtico desastre, como algo post apocalíptico. La gente se peleaba por las pocas frutas y las verduras que aún se veían comestibles, con el fin y el deseo de evitar comerse un plátano que estaba tan podrido como los drogadictos de la esquina. Las señoras se peleaban como fieras. Ni se imaginan lo divertido que es ver el espectáculo de pelearse dos señoras jalándose de los pelos. A veces veía a alguna, que a pesar de tener muchos hijos, aún conservaba sus curvas. Esto era, sin duda, un buen incentivo para esas noches en que me siento cachondo, que suele ser a diario.

El tercer punto no era un lugar, era una persona: un conflictivo adolescente de 17 años, que siempre se sentaba en la parte trasera del autobús, la cual se encuentra cubierta de rayones y supuestos grafittis , realizados por algunos traviesos de la ESO.
Las frases o las palabras escritas en esa parte no son ingeniosas, pero algunas son graciosas.

El leer 'jode a tu tía, puto Javier de la ESO 3’, o 'Puto el que lea esto', era algo que despertaba mi humor. Era por esto que los dejaba asumir que no les veía, mientras escribían con rotuladores de colores en la parte delantera de los asientos y en los respaldos de los mismos.

Algunas veces los asustaba por diversión, no es que me importase que lo hiciesen, sino que yo no tenía nada que hacer y no había pasado nada interesante aquel día, por lo que me detuve bruscamente al ver, a través de mi pequeño espejo secreto, el momento en el que empezaban su juego. Veloz e incluso ágil para alguien de mi complexión, y aprovechando que el autobús iba medio vacío, me abalancé hacia donde estaban en forma amenazante con la pistola de juguete que tenía colgada en el retrovisor del autobús. Los chavales estaban tan distraídos escribiendo en un asiento: 'El Paco y La Manuela se aman locamente', que no se percataban de mi presencia hasta que no estaba detrás de ellos.

Acelerados por el susto, los tres se bajaron rápidamente del autobús por la puerta que yo había dejado previamente abierta, y en un parpadeo estaban al otro lado de la calle. Me reía mientras uno de los tres se caía en la acera. Por coincidencia, el que me llamaba la intención estaba ahí, no se había movido ni un centímetro, ni parecía interesado en mi broma, sólo se quedó mirándome con esa cara de... '¿y tú qué?'. Me di la vuelta mentándole el padre con un gesto de dedos.
Siempre se bajaba en una calle antes de llegar a su escuela, como si le avergonzase tener que ir en autobús y no en auto. Imaginen ahora con lo que les voy a contar, cuánto detestaba ser chófer de un autobús.

Era algo que me traía pésimos recuerdos, y lloro cada vez que lo pienso. Y era por el chófer del autobús que me llevaba a mi colegio cuando estaba en Primaria. Aquel malnacido cabrón se llamaba Alejandro.

Alejandro tenía unos 42 años. En el antebrazo izquierdo llevaba un tatuaje de una calavera. Era más feo que la madre que lo parió, con la boca casi sin dientes y toda la cara picada de viruelas. Y además, con una mala leche fuera de serie.

Mi autobús llevaba un grupo de 23 niños a la escuela, y yo siempre me sentaba en la parte de atrás, ya que era el primero que recogían y el último que entregaban.

Nos bajábamos del bus, Alejandro y yo, y siempre me dejaba a la puerta de mi casa. Mi madre nunca esperaba fuera, hasta ese día que estaba en el escalón de la puerta fumándose un cigarrillo, vestida con una falda verde con flores rosas. Nunca podré olvidar estos detalles. Recuerdo que estaba sentada de una forma provocativa, cosa que debió entusiasmar a aquel pervertido de Alejandro.

Ese día supe lo más importante de mi vida: que era un cobarde. Sólo los valientes mueren, y yo preferí ser un cobarde y vivir otro día de mi vida, sin importar que tan asqueroso y malo fuese. Luego de ese día, siempre quise vivir otro mugroso, triste y desgraciado día. ¿Por qué? Porque tenía miedo a morir y porque estaba seguro de que si mi vida era una mierda, mi muerte sería peor. Si no hubiese sido porque la desvergonzada de mi madre me educó como un católico, ahora temo que vaya al infierno, por vivir como una peste, y sueño con el diablo cada noche, diciéndome: 'ya falta un puto día menos'. Un puto día más cerca de que esos indeseables del Botero me destripen todos los días y me violen todas las noches. De algo estoy seguro, cuando me muera lo haré después de tres días de agonía, para que así, aún vivo, esté preparado para todas las felaciones y las violaciones que me harán de muerto en el infierno.

Pero volvamos a lo que estaba relatando

Alejandro agachó la cabeza, obviamente para observar la entrepierna de mi madre, que más tarde vi que llevaba bragas negras.

Y cuando aquel asqueroso cabrón e hijo de puta hacía eso, fue de una manera tan descarada que se deducía palmariamente que quería ser sorprendido realizando tan voyeurista acción.

Mi madre me ordenó que me fuese a mi cuarto. Y yo la obedecí. Entré a mi cuarto, repletas las paredes de dibujos de mi colegio, algunos de ellos aún los conservo. Estuve encerrado en mi cueva hasta que oí que se cerró la puerta, por lo que salí para preguntar a mi madre qué era lo que íbamos a comer ese día. Yo esperaba que fuese huevo frito con patatas.

Pero me olvidé por completo de la comida. El baboso de Alejandro había entrado a mi casa, ¿Qué leche estaba haciendo ese cabrón chófer de bus en mi hogar? Tenía que descubrirlo, sin importar cómo.

Mi madre entró a su cuarto con Alejandro. Yo era un mocoso inocente. No sabía nada aún sobre lo que llamaban como mete saca, saca mete, que decían en mi película favorita: 'La naranja mecánica'.

El andrajoso chófer del bus se percato casi de inmediato de mi incomoda presencia. Furioso por algo que yo ni siquiera atinaba a comprender, se acercó a mí. Yo estaba inmóvil, sin saber qué hacer, solamente me oriné en los pantalones antes de que aquel desgraciado e hijo de puta me sujetase del brazo, empezase a zarandearme violentamente y me arrojase al pasillo, que se encontraba entre mi cuarto y el de mi madre.

Lo que recuerdo es dos golpes en mi cara y tres patadas en mi cuerpo. Mi madre lo apartó, pero dejándome tirado y mareado, además de meado y cagado. El pedazo de cabrón, todavía con los calzoncillos en las rodillas y la polla tiesa, tropezó tras ser empujado por mi madre, se cayó de espaldas al suelo y se golpeó fuertemente en la cabeza, cortándose una oreja. Enfurecido, arremetió contra mi madre. En mi estado, sólo pude ver borrosamente cómo la golpeaba y la violaba una y otra vez, sin parar, hasta que arremetí contra él, pero de un tremendo puñetazo me lanzó contra la pared, rompiéndome la nariz y la boca y quedando completamente inconsciente.

Lo siguiente que supe tras despertar de mi inconsciencia y de reponerme un poco, fue que mi madre estaba muerta.


Finalmente... Alejandro en la cárcel y yo en un orfanato





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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 11:07 pm







Dos matrimonios fracasados = una pareja enamorada


Primavera tremendamente loca: durante las mañanas, frío; durante los mediodías, calor; durante las tardes, calor intenso; y durante las noches, de nuevo frío…


Por eso me resfrié. Es frecuente resfriarse en un clima así. Pero resfriarse con un sol brillante, es lo más tonto que te puede pasar. Era un lunes, a las tres de la tarde. Salí de la oficina. Empapé una caja de klinex. Me dolía horrores la cabeza. Me crujían todos los huesos…

Los lunes son mis días favoritos para una infidelidad asegurada, sin sospechas, sin temores. Los lunes son adrenalina pura. Hoy, resfriado, con un klinex en una mano y la otra sujetando el volante de mi coche, rumbo a mi casa. Me espera un zumo de naranja y un Ibuprofeno. Mi mujer estaba para salir, sólo me dijo que había dejado en la nevera una jarra con zumo de naranja y se fue. Fui al botiquín y saqué una pastilla de la caja de Ibuprofeno. Fui a la cocina, cogí un vaso y me serví un zumo. Sentí fastidio. Los lunes de ‘carne’ tomaba zumos de naranja con ron. Pero, ahora, zumo de naranja con Ibuprofeno.

A ella le gustaba el ron. Licor dulce, como ella. Salía de la oficina a las tres como yo, pero nos veíamos poco. Ella era la secretaria de nuestra empresa, y yo el contable. Ella, con un marido guaperas y aventurero compulsivo; y yo, con una mujer ausente, ocupada y preocupada sólo por su línea. Ambos casados y cansados de tanto tedio…

Me gustaban sus manos, sus uñas rosadas, sus tacones, que sonaban al acercarse a mi oficina; sus medias de color carne, sus pantorrillas, que parecían decir ‘tócame’. No sé cómo nos hicimos amigos, pero no me gustaba como amiga; yo quería acostarme siempre con ella. Sólo con verla, mi sangre hervía y su voz calentaba mi cuerpo…

Un día de aquellos estaba yo solo en la oficina, centrado y concentrado en mis números. No la sentí llegar. Solo oí su voz. Me di la vuelta. Me miró en forma rara. Sin hablar, me levanté. No había nadie, sólo ella y yo. Le cogí la mano y se la besé. Sorprendida, me miró. Primero le besé suave cada dedo, la muñeca, la palma. Y le dije: ‘hola’. Estaba como queriendo decirme algo, pero no; colgó su brazo en mis hombros, nos besamos, su cara pegada a la mía. Su boca abierta parecía comerme. Mi mano en su espalda buscando… buscando ese mágico broche que lo abre todo. Lo hallé. Sabía que si apretaba caía la falda, y algo más. La miré para ver su cara. Seguía besándome, su mano en mi pecho. Pulsé el broche, y cayó lo que queríamos que cayera. Noté su tensión, y yo me sentí en la gloria. ‘Serás mía’, pensé…

Una de mis manos bajó, para escudriñarla. Me gustaban sus piernas, cubiertas con aquellas medias. Me puse en cuclillas. ¡Hermosa mujer! ¡Hermoso cuerpo! Besé sus rodillas. Me cogió el pelo, no veía su cara, esa cara tan linda. Le besé una pierna, no, la saboreé. Conté algunos lunares pequeños mientras subía. No me soltaba el pelo. Suave, con mis dientes, tiré de ese tirante que sujeta esa pieza de tela nimia que cubre su pudor. Tiré dos veces y en las dos sentí su calor, en las dos mi pelo dejó de ser acariciado. Mi pelo se convirtió en el soporte de su estremecimiento...

Yo dudaba de cuál sería mi siguiente paso. No quería defraudarla. Me gustaba, la deseaba y la respetaba. Pero creo que percibía mis dudas. Me cogió la mano y me levantó. La vi de nuevo de forma panorámica: hermosa mujer. Me dijo: ‘ven conmigo’. Me llevó a un sofá grande en aquella oficina silenciosa. Entonces, hice lo que me decía mi corazón y le pregunté:

____¿Qué es lo que quieres que te haga?
____Lo que sea es más cómodo aquí, ¿no crees? –respondió.

Se tendió en el sofá. Ahora la veía en horizontal. Me gustaba más así. Intentaba entenderme a mí mismo. No sé de dónde me salía el deseo de morderla, de sentir sus suspiros, convertidos en quejidos. La besé de nuevo en la boca. Me quitó la camisa. Me rasgó la espalda con sus uñas. Sentí dolor y cosquilleo. Mis manos acariciaban sus piernas. Le besé el cuello, iba bajando. La seguí besando. Bajé no es lo correcto, me desplacé es lo idóneo. En cada beso sus ¡ay! eran acelerados. Mis manos me quitaban todos los obstáculos. Cada movimiento de mi boca era un leve lamento de ella…

Sus manos clavadas en mi espalda. Yo gritaba; su respiración, agitada hasta hacía poco, iba relajándose. Me desplazó nuevamente hacia su cara, su pelo revuelto, su mirada dulce y una leve sonrisa. ‘¡Me tienes loca!’, me dijo. ‘¡Y tú a mí!’, le dije. Y nuestros cuerpos se fundieron, y pasó lo que tenía que pasar…

Era feliz. Veía una mujer satisfecha. Me besaba relajada. Me quitaba el pantalón. Ver a aquella mujer tan delicada dándome placer, es más que felicidad; es como pasar del sólido al gaseoso. Ciertamente, era algo predecible. Ella lo sabía, pero mi felicidad era tener sexo con ella y esa felicidad valía más que cualquiera otra cosa…

'Acabamos', nos vestimos y hablamos tranquilamente. No me amaba.  Tampoco yo a ella. Simplemente nos gustaba estar juntos y jugar al sexo. Estábamos muy seguros de eso. Me propuso vernos un par de veces, según circunstancias, al mes en algún sitio íntimo. Me pidió por favor que siempre llevase ron, que ella llevaría zumo de naranja. Le sugerí zumo de limón, pero ella insistía en zumo de naranja…

Nuestra relación de puro sexo duró dos años y medio. Aunque poco a  poco nos íbamos cogiendo cariño y era un cariño especial. Contribuyó su esposo a que lo nuestro acabase, que un día apareció de pronto y se la llevó consigo a no sé dónde. Entonces me quedé más solo que antes, aun con ‘mi esposa en casa’. Se acabaron mis encuentros con ella, mis charlas con ella, mis besos con ella, mis abrazos con ella, mi sexo con ella…

Ahora aquí, en mi casa, echado sobre el sofá, ya sin resfriado, pienso en el ron con zumo de naranja. Pienso en ella y en lo difícil que resulta hallar a una mujer como ella: guapa, libre, liberal; una mujer, en cierta manera, feliz por como es, pero, en definitiva, una mujer abandonada. Como yo.

Por muy lejos que se la lleve su marido y por muy acaramelado que ahora se muestre con ella, sé que volverá a mí. Sin ataduras, pero volverá de nuevo a mí. Yo le di lo que no supo darle su marido. Y mi esposa, como siempre, entregada a sí misma, sin preocuparle en absoluto mi persona, y muchísimo menos, mis necesidades fisiológicas de sexo…

Y volvió. ¡Vaya si volvió! Al mes, desesperadamente me buscó. Pero esta vez para no separarnos nunca. Se divorció. Me divorcié. Y en la actualidad vivimos juntos sin habernos casados. La parte mejor de todo esto es que ni ella ni yo tenemos hijos de nuestras anteriores parejas. También nosotros decidimos no tenerlos en común. Somos felices así. Ambos seguimos en nuestros respectivos puestos de trabajo. Estamos enamorados. Viajamos, paseamos, nos divertimos, follamos, la amo, me ama... ¡Nos amamos apasionadamente!


¡Ahora, la vida nos sonríe!






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Re: MI BLOC, QUE NO BLOG

Mensaje  achl el Vie Jul 20, 2018 11:18 pm





Me busco la vida


Policía. Este sería mi papel representativo para acudir a mi trabajo. Por lo general, nunca cambiaba la rutina. Mi clientela femenina siempre se inclinaba por policía, y a veces por bombero, militar o boxeador


Me vestía con el clásico uniforme de oficial de la policía, cogía las llaves del coche y salía de mi casa. Cerraba la puerta, bajaba a la calle, me subía al coche, arrancaba el motor, y empezaba a avanzar por el Paseo de la Palmera, de Sevilla.

Trabajaba como striper para fiestas nocturnas hacía como un año. El trabajo no era gran cosa, pero se pagaba muy bien, mucho mejor que cualquier otro. La primera y única regla de los striper era la de ser un profesional en cuanto a no propasarse con las clientas.

Llegaba a la dirección indicada. Estaba claro que allí era la fiesta, pues la música se escuchaba a lo lejos. Estacionaba el coche, apagaba el motor, quitaba la llave y salía de él, cerrando después la puerta del conductor. Ya ante la puerta de chalé, pulsaba el timbre y esperaba.

La misma cumpleañera abría la puerta. No imaginaba que me iba a encontrar con aquello tan despampanante. Era una mujer madura, guapa y bien hecha. Llevaba el pelo corto. Tenía un cuerpo verdaderamente colorista: bella, tetas grandes y firmes y culo redondo. Un escote impactaba a mi cara, como incitando a que lo mirase; la ama de él me miraba y sonreía, y a su mirada y su sonrisa se le unían dos mujeres más, que, bailando con vaso de whisky en mano, me miraban de arriba a abajo.

____¡Pero, chico, entra ya! -exclamaba en un tono cordial la madura. Parecía alegre, quizás por el alcohol.
____Veo que es una linda fiesta, pero no tanto como ustedes. ¿Podría unirme a su baile? –preguntaba sonriendo, desabrochando uno de los botones de mi camisa y moviéndome al ritmo de la música que sonaba.
____¡Claro, oficial! -decía con un hablar nervioso una de las chicas.

Del tirón me arrancaba la camisa, dejando mi torso al aire. Las chicas daban gritos de exclamación, y con palmas acompañaban mis movimientos al ritmo de la música.

Con lentos movimientos, me quitaba después el cinturón de balas, y dejaba que mi pantalón se escurriese por mis piernas, desposeyéndomelo a la altura de los zapatos, quedándome tan sólo en tanga. Las chicas soltaban gritos, y dos de ellas se venían hacia mí, acariciándome el pecho, los brazos, los muslos y las mejillas. Y una tercera, tal vez la más atrevida, ponía una de sus manos sobre mi paquete.

Pero mis ojos se posaban en la cumpleañera. Aquella madura me había atrapado. Reía y miraba a la concurrencia, sirviéndose otro whisky. Por alguna razón, obvia por otro lado, podía adivinar que algo se le la había mojado por ahí abajo.

Luego de una hora de show, me ponía de nuevo la camisa, ayudado por una chica que permanecía a mi lado todo el baile. ‘Mi madura’ se me acercaba de nuevo.

____Ven conmigo. Te voy a pagar lo que hemos acordado -me decía.

La seguía por uno de los pasillos de aquel lujoso chalé, hasta llegar a un dormitorio. Cerraba por dentro la puerta con pestillo. Un nerviosismo me invadía, a la vez que una erección repentina e inoportuna se apoderaba de mí.

La madura cogía una billetera que había sobre un mueble antiguo de caoba, frente a la cama, contra la pared, y sacaba unos cuantos billetes.

____Aquí tienes los 800 euros acordados. Más 200 de propina, 1.000. Cuéntalos si quieres -decía, con una sonrisa nerviosa en los labios.
____No hace falta, señora -respondía-. Por cierto, ¿cuál es su nombre?
____¿Para qué quieres saberlo? –sonreía-. Mi nombre no importa. El tuyo es el que realmente importa –añadía.
____Me llamo Adolfo -respondía.
____Bonito nombre -decía mirándome a los ojos y acercándose más a mí. La sonrisa en su cara permanecía inalterable.
____¿Como empezaste en este oficio?
____Como muchos otros chicos de mi edad. Estaba sin trabajo, y la idea me la daba un buen amigo que me acompañaba en el gimnasio.
____Espero que te guste tu trabajo -decía mirándome insinuante.

Sin ningún pudor y con total desparpajo, me cogía el bulto con su mano derecha.

____¡Oh! Si quieres ganar mucho dinero, no busques otro trabajo.

Su mano izquierda alzaba torpemente su vaso de whisky, cayéndose y haciéndose añicos contra el suelo. Sin prestarle atención, se separaba el escote, dejando ver sus tetas, sin dejar de mirarme a los ojos. Mi respiración se aceleraba. Quería follármela desde que me había abierto la puerta, pero no quería dejar de ser el profesional de siempre.

De pronto, apartaba la mano de mi bulto, y poniéndomela sobre mi pecho me daba un empujón, haciéndome caer de espaldas a la cama. Seguidamente, se me ponía encima y me lamía el cuello. Percibía una mezcla de olores a alcohol y a perfume femenino de los caros.

Intentaba apartarme, pero no podía; era como si hubiese perdido todo mi poder de decisión; ella me lo había arrebatado. La cogía de la cintura y deslizaba las manos hacia sus firme nalgas, cubiertas por una falda roja, como de unos diez centímetros por encima de las rodillas, que dejaba ver unos muslos morenos, tersos y torneados.
Me besaba en los labios, mordisqueándolos, acariciando mi lengua con la suya, en suaves movimientos circulares y constantes. Me abría la camisa y me besaba el torso. Mis dos manos alzaban su falda, y dos de mis dedos se colaban entre su entrepierna. No llevaba bragas, y su coño estaba empapado y palpitando.

De pronto, se tumbaba a mi lado sobre la cama, mirándome, incitándome, como si estuviese pidiéndome con los ojos que hiciese lo que yo quisiese con su cuerpo.

Me quitaba ella la camisa y el pantalón, quedándome en el tanga del baile, y luego se quitaba el sujetador, dejando sus tetas a la vista, desnudas, y yo le arrebataba la falda, terminando por desnudarla por completo.

Mis manos recorrían su vientre, subiendo a sus redondas tetas, y luego de besarlas, le succionaba los pezones, mientras le iba acariciando todo el cuerpo con las yemas de mis dedos. Gemía y gemía, sin parar...

Me apartaba de aquellas sensuales y adictas tetas, acariciándolas varias veces más, y mi lengua seguía hasta llegar a sus muslos. Besaba uno, después el otro, sin todavía tocar su tesoro, sólo unos amagos. Aquella madura ardía en deseo.

Me concentraba en su clítoris, paseándose mi lengua de un lado a otro, arrancando aullidos a aquella bella mujer. Lo lamía, le metía dos dedos en su coño y seguía con mis juegos de lengua.

Su vientre subía y bajaba al ritmo de los gemidos de sus movimientos en mi boca. Borracha de deseos y caliente como candela, me pedía que la follase. Suponía que ya habría tenido dos orgasmos, por lo menos.

Me quitaba con lentitud el tanga, mientras saludaba a su clítoris con mi glande. Ella alzaba su pelvis y se metía mi polla, que era recibida sin aduanas y con las piernas abiertas de par en par.

Comenzaba a moverme mientras que, inclinado sobre sus tetas, acariciaba con la punta de la lengua todo lo que pillaba. Ella me tiraba fuertemente del cabello y se aferraba a mi espalda, y con sus diez uñas me la arañaba, provocándome algunas vías finas de sangre, pero no sentía ningún dolor.

Una sucesión de gemidos animalescos brotaban de su garganta, a medida que los espasmos de otro orgasmo invadían su coño, extendiéndose por todo su cuerpo, al tiempo que contorsionándose a su antojo. Y yo sentía que me iba a correr también, de modo que me cogía la polla, metiéndola en la boca de ella, rojo carmín los labios. Dejándome llevar por la pasión del momento y por mi experiencia sexual, me corría bestialmente en su garganta.

Mientras me iba recuperando, ella llevaba una de sus tetas a la boca, lamiéndose el pezón, bebiéndose el poco semen que había caído en el contorno, pues casi todo le había entrado en la garganta, que luego lo saboreaba y se lo tragaba. Con el último semen que quedaba aún en una de sus manos, se relamía los dedos. Y mirándome y sonriéndose, me decía:

____Espero volver a verte de nuevo. Y lo más pronto posible.
____Seguro. Puedes apostar, sin riego a perder, al 'SÍ'.

Y luego de decirle eso, empezaba a vestirme de nuevo, mientras le hacía un gesto, como haciéndole ver que mi polla era sólo para ella.

Y así me lo proponía en adelante. Dos veces o tres al mes, previa llamada telefónica, me pasaba por su chalet y follábamos en todas sus versiones. Pero eso al principio, porque a medida que la iba visitando, nos íbamos cogiendo cariño, y era que desde entonces ‘hacíamos el amor’. También al principio recibía 1.000 euros por cada cita, pero pasados dos meses, no querría más dinero. Me estaba dando cuenta de que le estaba cogiendo mucho cariño. ¿Quizás enamorado?


Al año de conocernos me confesó que estaba enamorada de mí. Ella no tiene hijos y se quedó viuda a los 45 años, y actualmente cuenta 54. Tiene mucho dinero y propiedades rústicas y urbanas. Se llama Nuria. Me ha propuesto que nos casemos y que convivamos en su casa, pero esto es algo que me lo estoy pensando, y no es más que porque no quisiera hacerle daño, precisamente porque la quiero y porque tengo un alto concepto de la fidelidad, y no estoy yo muy seguro de no serle infiel, con lo cual le demuestro que soy un hombre honesto. Yo tengo ahora 26 años y el mes próximo cumpliré los 27



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