Se llama copla democrático

Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Mar Oct 11, 2016 11:58 pm



los dientes en un lavabo blanco. Antes de meterme en la cama, cogí un libro de una de las maletas y después recosté la cabeza sobre la almohada e intenté leer un poco. Inútil. Me quedé dormido antes de acabar la primera línea de la primera página. Estaba realmente cansado y con sueño atrasado.

Al día siguiente, me levanté cerca de la una. Nunca antes había dormido tanto. Recorrí toda la casa. En la planta alta habían dos cuartos más; en la baja, estaba mi despacho, el comedor, la cocina, una despensa y el dormitorio de Socorro. El mobiliario era escaso y pobre. Pedro lo había ‘heredado’ de su antecesor.

Había conocido a Pedro Ríos en Madrid. Tenía alquilado un cuarto en una casa, cerca de la mía, en el barrio de Hortaleza, y trabamos una amistad superficial que solamente justificaba la identidad de nuestros estudios. Era un tipo pesado pero servicial. Terminó la carrera un año antes que yo. Recién acabados los estudios, recibí una carta suya: 


'Si te gusta este pueblo, te puedes quedar. Mi padre tiene sus influencias y con su ayuda nos estamos trabajando una plaza en Madrid, que me conviene más. Espero tus noticias. Saludos'. 



No lo dudé y le contesté aceptando. Este ‘pequeño’ detalle se lo oculté a Luz. Y no sé si hice bien o mal, pero era lo que entonces venía planeando.

A las tres y pico de la tarde, me sirvió Socorro el almuerzo. Las viandas eran apetitosas, cargadas, quizá en exceso, de picantes y grasas que inundaban el caldo de brillantes lamparones.

Después de almorzar, me dispuse para salir a la calle, con la idea dar una vuelta por el pueblo, y así iría tomando contactos. Pero al verme Socorro aproximarme a la puerta de salida, levantó los brazos, como en un gesto de espanto.

____¡¿Va ujté de pajeo, jeñó dojtó?!
____¿Por qué me lo pregunta?
____¡Je achicharrará!

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 12:06 am



Socorro se expresaba en perfecto andaluz, con cierto canturreo, aspirando las ‘eses’ y transformándolas en ‘jotas’. Hacía gracia. Veía en su forma de pronunciar las palabras no sé qué de sui géneris mimetismo. Hablaba sin rubor, como una buena castiza de la provincia sevillana. Era una mujer de baja estatura, que frisaba en los sesenta, y llevaba siempre la cara cubierta por un ajado paño negro. Sus ojos eran chicos, pero vivos, y su boca era grande, sin algunos dientes ya.

Empero su seria advertencia, no hice caso y salí del salón, zambulléndome de lleno en la penumbra del zaguán. Aquel suelo rezumaba y me envolvía un halo fresco. Abrí la puerta de salida. El deslumbrante y abrasador sol sevillano, se ensañó contra mis pupilas. Di un salto hacia atrás. Y allí quedé durante unos minutos.

Medio repuesto, me asomé de nuevo al exterior a través de la puerta entreabierta. En la calle solitaria corría un hilo de agua sucia, cuyo, alimentado por los desagües de las casas, se deslizaba perezoso originando un meandro de inmundicias y de lodo pestoso, resquebrajado por el fuego solar. A ambos lados de la calle, se extendía a trozos una infame acera de cemento, probablemente ‘fruto de devaneos municipales’. Soplaba aire caliente. Resplandecían vívidas las paredes blancas y las áureas briznas de paja de los adobes, que, bajo sus aleros, una trémula cinta de sombra se apretaba. Altísimos volaban los vencejos. Las golondrinas planeaban a ras de tierra.

Cerré la puerta y regresé al frescor del zaguán.

____¡Cuánto silencio! –exclamé-. ¿Dónde está la gente en este pueblo? –le pregunté a Socorro.
____Todió duerme la jiejta –respondió, sonriendo-. Meno argún jeñorito que va ar cajino achá ju partidita o a jugá ar dominó, y argún gandú en argún soportá –concluyó.
____Prefiero la siesta a las partidas -le devolví la sonrisa, y acto seguido me fui hacia la escalera.

A la misma vez que subía, Socorro desaparecía en la sombra del soportal, con su atuendo y su perfil de estantigua.

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 12:14 am



A causa del bochorno de la solanera y al amodorramiento de la digestión, no podía conciliar el sueño. Entonces mi memoria me recordó que me había levantado a la una. En vista de ello, me puse a pensar y pensé en mi madre, en mi padre, en 'Chotis', en Pepi, en Luz. Toda mi vida pasó por mi cabeza, cual tremolina de agridulces recuerdos. Pero la sentía lejana, como si perteneciese a otra persona distinta a este doctor que estaba a punto de dar comienzo a una nueva vida. Estaba preocupado, pero ilusionado. Hacía planes: ‘leeré, estudiaré, sin precipitación; atenderé a mis enfermos, pasearé...’. Daba vueltas en la cama. Se colaban por las rendijas de los postigos de la ventana agudas hebras de luz que dejaban sobre el suelo singulares geometrías palpitantes.

Finalmente, terminé por levantarme y por bajar hasta el corral. Me llevé conmigo un libro y una silla. Había allí una majestuosa acacia. Me senté a su sombra. Resultaba casi imposible respirar, y menos aún leer en tales condiciones atmosféricas. Además, la acacia estaba plagada de gorriones, que piaban entre la espesa maraña de la copa, hecho que contribuía más aún a no concentrarme en la lectura.

No obstante ello, casi dos horas enfrascado leyendo. Después, cuando el sol empezó a caer sobre el horizonte, salí a la calle. Avancé con paso lento y desemboqué en una plaza. En ese preciso momento, una mula cruzaba trotando con las orejas erguidas y balanceando la cabeza. Un carro, lleno de cántaros con agua, guiado por un zagal que arreaba al borrico, casi me arrolla. El líquido elemento se derramaba y enseguida era sorbido por el suelo arcilloso, sediento.

Miré mis apuntes. El juez vivía en esa plaza. Fui a su casa y me presenté. Aun calvo y modo de hablar solemne, era joven. Había brillo en sus ojos y se podía ver sus musculatura. Su cara, hierática, de piel amarillenta, recordaba a las momias.

____¿Vienes decidido a quedarte? –ésta era su primera pregunta, luego de estrecharnos las manos.
____No lo sé aún. Pero si Pedro Ríos no vuelve… –respondí.
____No volverá. Odiaba este pueblo.
____¿Tan malo es? –le pregunté.

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 12:21 am



____Como todos, con mis respetos, aburrido y sin comodidades. No hay casas con baño, y los que tenemos una con un retrete, somos agraciados. Y ante estas perspectivas… En realidad, este pueblo parece más ’anda-pilas’ que andaluz –me miró y sonrió levemente.
____En ese caso, trataremos de adaptarnos –respondí.
____No tendrás más remedio si quieres continuar aquí.
____De todas formas, gracias por la información -añadí
____Te deseo suerte –concluyó, y nos despedimos. 

Me encaminé hacia el Ayuntamiento, para conocer al alcalde. Era un tipo tosco y frisaba en los cuarenta. Hablaba petulante, orondo de su cargo. Un primo suyo, que también vivía en el pueblo, era escritor, y de la frecuentación de su trato quedó en la primera autoridad un cierto tonillo de suficiencia y pedantería insoportables. Y no sabía por qué, pero se me atragantó...

Al poco de de despedirnos, fui requerido por el tesorero, ¡que trabajaba por las tardes!, y me notificó que mi sueldo era de 2.600 pesetas, teniendo ese Ayuntamiento por norma pagar la mitad a primero de mes y la otra a finales, así que me dio 1.300 pesetas. Mientras salía, vi que allí mismo se hallaba la oficina de Correos y, sin pensarlo, cogí un impreso de giro y lo rellené con los datos de mi prima, la hija mayor de 'Lopadres', y le envié 60 duros; el triple de lo que juré que le iba a enviar. No quise poner mis señas en el remite. Sólo: ‘de Alex’. Estaba decidido a evitar todo tipo de contactos con mi pretérito.

Y ya de nuevo en la calle, en la plaza me senté en un banco que había a la sombra. Aquellos edificios ofrecían heterogénea complejidad: casas antiguas, adornadas de escudos, con sus salientes apoyados sobre fustes de piedra, desgastadas por la intemperie. Casas modernas, de pésimo gusto, con columnas de hierro. Muros, descansando sus pesadumbres sobre troncos sin devastar…

Pasados unos minutos, me levanté y empecé a caminar en una calle sórdida con pequeños adobes. Sobre los medios, habían mujeres que cosían ropa incosible, sentadas en sillitas de enea. Un anciano se hallaba fumando, echado contra la pared y con

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 12:31 am



los ojos puestos en el azul, palpitante de estrellas próximas. Y también correteaban por allí, niños y niñas, desaseados, entre nubes de moscas que zumbaban por todas partes. Los adultos me saludaron cuando me cruzaba con ellos. Pero después se oía a mis espaldas un cuchicheo. Sin duda, todo el pueblo sabía ya quién era el médico nuevo.

Anochecía. ¡Maravilla! En las ciudades se vive de espaldas a la Naturaleza, sin más estrellas que el remedo trasnochado de los anuncios de neón. Fruía de la belleza del crepúsculo. Me detuve. En los tejados de las casas más alejadas, parecía apoyarse una capa tiznada de negros brochazos. Podían verse, aquí y allá, una torre románica de una iglesia, el campanario de otra, ornado de estática cigüeña, cuya recortaba su perfil en el firmamento. Un aire cálido traía un revuelo de briznas de paja y polvo de las eras. Se encendía al rojo vivo los cristales. Y, súbitamente, la noche cazaba el día, delicadamente, como una mano cóncava enguantada en negro. Las calles parecían llenarse de misterios. Se desparramaba sobre ellas la luna. Sombras trémulas, blanca luz. Mozos y mozas, y 'parejas resbaladizas', se cruzaban entre risas contenidas. Había algo de amorío picantón en los quicios de las puertas, en los soportales. Algo que se pegaba a la piel provocando precipitación en la sangre. Lejano ladraba algún perro. Cercano maullaba algún gato…

Crucé la plaza entre corrillos de gentes, que cortaban las charlas para mirarme con desfachatez. Los reté con los ojos y apartaban los suyos. En un Café próximo atronaba una gramola.

Para ser mi primer día en el pueblo, pensé que ya bastante había visto y hecho. Me dirigí hacia mi casa. Pero hacia el final del trayecto me crucé con una mujer, que apenas la miré. Pero después me volví en redondo y me recreé. Quedé boquiabierto. ‘¡Dios, qué hembra!’, exclamé en voz baja, sin poder ni querer reprimirme. Aunque ella no se dio cuenta ni oyó lo que había dicho.

____¡Mandagüevo con er matajano nuevo! –exclamó, de pronto, una vejancona que en ese momento pasaba junto a mí y que, al parecer, sí se había percatado de lo que dije.


Me detuve y la miré largamente, azarado pero desafiante. Poco después, no obstante, seguí mi camino, no estaba por la labor de enfrentamientos innecesarios. Ya en mi casa y en mi cama, me puse a pensar en aquellas piernas, aquella pelo negro, aquel cuerpo… y todo ese conjunto se amancebó en mi cabeza por mucho tiempo antes de poder conciliar el sueño. Aquella mujer, que joven parecía ser, era, sin duda, disímil a cuántas otras mujeres había visto con anterioridad

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 12:18 pm



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En mi primera semana en el pueblo, recibí visitas importantes. El alcalde, el juez, el cura, el farmacéutico y algunos ricachones del lugar vinieron a mi casa. La amabilidad con que me trataron era abrumadora, y culminó con la de las señoritas solteras y las solteronas, que, entre risitas, melindres, poses y gestos, me lanzaban miradas incendiarias. Y ante tan unánime solicitud, quise corresponder. Esas relaciones eran para mí como una necesidad, como el marchamo de la nueva vida que estaba a punto de comenzar. Además, como las diversiones allí eran nulas, y escasa la gente con quien tratar, me incorporé ‘al grupo selecto', frente a la enervante acometida del tedio cotidiano.

Lola vino también, acompañada del forense y su esposa y de la hermana de éste, Rita. A cargo de Lola estaba la escuela de las niñas.

La belleza de Lola, que ya había podido contemplar la noche del día siguiente de mi llegada, de nuevo volvió a producirme mareante impresión. Y no sólo belleza. Tenía, además, una conversación amena y culta, una sonrisa luminosa, y algo más hondo que atraía poderosamente. No sabía si era bueno o malo, pero daba lo mismo; como al drogadicto la droga, al jugador las cartas o al borracho el vino. Sólo sabía que era intenso e ineludible; luz en ella, sombra en los demás. Nunca antes una mujer había despertado tanta admiración en mí. Era poseedora de una extraña mezcla explosiva que desarmaba a cualquiera; podía ser a la vez la más sensual y la más ingenua, quizá deliberadamente, quizá conscientemente. Aún no lo sabía. Pero sí sabía que su dulzura, mostrada y demostrada a todos los que la rodeaban, parecía certificar una felicidad eterna.

Era alta altísima, guapa guapísima... un auténtico palmito ‘10’, pulverizador del mítico ‘90-60-90’. Piel morena y ojos con extraordinarias pupilas grises que recortaban con fuerza sobre el fondo blanquísimo del globo ocular. Una boca, ni grande ni pequeña, con dientes blancos y perfectos y labios carnosos y sensuales. Pero aun todo eso, que, evidentemente, no era poco, tenía unos

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 12:28 pm



pechos erguidos y proporcionados y un pelo negro azabache que daban más encanto, si cabía, al conjunto. ¡Sí, sí, pasóse Dios con la maestrita!

Sí, lote inquietante el de Lola. Mirándola de lejos, sus ojos parecían blancos, pero mirándola de cerca, irresistibles. Su espectacular palmito dejaba en el ánimo una invencible sensación de ansiedad, de insistente deseo, como esos cuerpos de modelos esculpidos por eminentes escultores.

Hablamos de muchas cosas esa tarde. Su voz recordaba a la de Luz, pero más cálida. Quizás Ruiz me refiriría las epidemias en el pueblo; su mujer hablaría de sus hijos, de las preocupaciones caseras; Rita, de libros, y me preguntaría si me gustaba el pueblo, si me iba a quedar… Quizás ocurrió todo eso, a cuyo aventuré una breve respuesta o lo rubriqué con unas leves sonrisas, pero si lo hice fue maquinalmente, prendido en la voz cantarina de Lola. Cuanto Lola decía se esparcía en mi cerebro. Lo que hablaban los demás, apenas si golpeaba mi cráneo como un rumor de aguacero, pero Lola era todo un Niágara de palpitaciones.

Y no era el único que la escuchaba embebido; Ruiz, su mujer y Rita, quedaban extasiados. Mientras la miraba, Ruiz me guiñaba un ojo, como preguntándome... ‘¿qué te parece lo que tenemos aquí?’. Y las otras mujeres me miraban, como tratando de arrancar de la expresión de mis ojos mi impresión. Pero, a pesar de tanto bueno junto, parecía que en medio de todo aquello brujuleaba una sombra imperceptible de inquietud…

Los últimos días de esa semana, Ruiz me orientó sobre los intríngulis médicos locales. Pero, más tarde, como el trabajo era poco, me dediqué a visitar los tesoros artísticos del pueblo.

Todo se hallaba abandonado. De las seis magníficas iglesias, dos de ellas habían caído ya y las otras aún aguantaban en pie, pero amenazaban desplome, aunque los interiores conservaban vestigios de un pasado esplendoroso. Cristos y Vírgenes, empero sólo estaban ajados. Cuadros, de detonante pintura y de confuso dibujo, se hallaban rotos. Láminas de Santos habían sido arrasadas por la humedad e iban desprendiéndose hasta quedar colgando,

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 12:38 pm



como pingajos. Y todo ello ante la incuria e indiferencia de toda la gente del lugar.

Una de aquellas tardes me fui a visitar la semi destruida muralla románica, construida con materiales indeterminados. Emocionaba aquella venerable mole, que seguía allí, inhiesta, desafiando el paso de los años y la insolencia de los pueblerinos que hurgaban en sus entrañas y arrancaban sus vigas para soporte de sus adobes. Me detuve para contemplar y recrearme en sus históricas puertas; intactas, aun sus torres cuarteadas, evocando el pesado y lento caminar de los antiguos guerreros y el entrechocar de recias armaduras.

Ruiz, que conocía a grandes rasgos la vieja historia del pueblo, aunque un poco fantaseada, me contó los asedios de las tropas enemigas, las capitulaciones y las presiones de los pioneros foráneos, de las sublevaciones y las algaradas de los parias, de las infamias de los incultos…

Aunque yo había adquirido algunos conocimientos de literatura y de arte a través de las someras clases del bachillerato, propendía a disfrutar de todo que estaba contemplando, precisamente por mi espíritu contemplativo. Y, más tarde, llevado quizá de una afición, que si ya la había en mí se exacerbó en aquel poblachón sevillano, cargado de historia, me entregué a la lectura no sólo de medicina, también de arte, filosofía, literatura, historia, y de cuanto se ofrecía a una curiosidad que no había podido saciar en mis años estudiantiles. Entonces descubrí, para mi sorpresa, un poder de asimilación que me permitió tener, en un corto espacio de tiempo, un vasto depósito de cultura.

Y sobre la psicología de la gente del pueblo, no me resultó difícil hacerme cargo; vivían en la más mísera postración cultural. Pero entre los funcionarios hallé algún ilustrado, pero su acervo no era enriquecido desde terminados sus estudios. Todo conocimiento posterior permanecía virgen. Sorprendía no ver en n ninguno una inquietud intelectual o artística. Sólo eran reos de los asuntos de la política, incluso en esto especulaban mezquinamente. Lo que sí les llegaba eran informaciones de las corridas de toros, santo y seña de toda conversación enjundiosa, sin descartar, por supuesto 'la comidilla local', abracalabra de las expansiones más placenteras.

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 12:56 pm



En aquel pueblo no recibían libros ni revistas culturales; sólo recibían algunas gacetas de modas. Ruiz, que era un hombre culto, todavía no se había preocupado ni ocupado en renovar su dossier técnico, y la rutina más grosera presidía sus diagnósticos No bien empecé a emplear buena parte de mi sueldo en la compra de libros y en revistas culturales, el pasmo, entre la gente de mi grupo, era general, y el reproche reiterado. Pero yo, con una voluntad inquebrantable, iba a lo mío, a lo que me había propuesto desde mi salida de Madrid. En absoluto admitía el más mínimo consejo sobre lo contrario.

La fuente del tedio y la apatía cotidiana, sólo llevaba dos corrientes: el trabajo, duro y agotador para los agricultores, abatidos por la rutina de los métodos medievales de cultivos; y enojoso y apático para los funcionarios, sólo trampolín para opciones de mayores ingresos; y el ocio, que no tenía más horizonte que las partiditas de cartas, con puestas altas, y las pantagruélicas cuchipandas. Y en el tedio maligno, de sequedad material y espiritual: sequedad en los campos de cultivos, a la sazón en las billeteras; y sequedad en las almas: consecuentemente en los espíritus, surgía a cada momento un río de rencores, de intenciones perversas, y siempre andaban sueltas en las calles del pueblo las furias. Producía aquel lugar la angustiosa sensación de esos pueblos que nutren las páginas de los sucesos en los periódicos con horribles asesinatos.

Con el paso del tiempo, y con el afán por mi parte de saber y conocer la idiosincrasia de las personas con las que tenía que convivir, tuve oportunidades de descubrir enconos antiguos, viejas rivalidades, odios heredados... La murria cotidiana predisponía al chisme y la violencia. La flaca cara de la avaricia aparecía y peleaban como tigres hermanos contra hermanos, pugnándose patrimonios y herencias. Empezaban las mentalidades a ser puntillosas y las pasiones oscuras. Pesaban en el ambiente ánimos belicosos, de eternos pleitos. Ni más ni menos que cuatro ‘arpones’ de la curia jurídica andaban de caza y captura en el pueblo: tres abogados y un procurador tenían allí sus bufetes, ¡y no daban abastos!: juicios por insultos livianos, por deudas irrisorias... Tanto lo más grave como lo más baladí, servía de pretexto para empezar un juicio. Los rencores, 'las malaleche', las envidias infartaban los espíritus y un simple roce hacía nacer un terrible deseo de venganza.


Y frente a tan inquietante panorama, superior a cuantos de igual índole había visto nunca, a partir de entonces empecé a observar a Lola con sobresalto. La maestra se encontraba inmersa en un medio hostil, del que ella misma ignoraba si era consciente. Es más que sabido que cientos de dramas rurales se han nutrido de la oposición de un hábitat mezquino e ignorante frente a la persona selecta. Y la realidad, siempre es más exhaustiva que la ficción

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 1:05 pm



9

El sábado de esa misma semana, Ruiz vino por la mañana a mi casa para invitarme a una excursión que pensaban hacer durante la tarde a una finca suya, situada a dos kilómetro del pueblo. Acepté enseguida. Quería adaptarme cuanto antes a todos los ambientes y a sus respectivos condicionantes.

Salimos luego de almorzar. Siete en total: Ruiz y su esposa, el registrador y su mujer, Rita, Lola y yo. Ruiz mandó aparejar un carricoche con toldo, tirado por tres mulas, en el que cupimos sentados, apretados.

La carretera nos acogió con cascabeles y risas jubilosas. Despreocupados, no notábamos el calor. Lola, frente a mí, llevaba en la cabeza un pañuelo de gasa, que sacó de su bolso. Podía verse del todo su blusa rosa de mangas cortísimas, ‘improcedentes’ para un pueblo. Miraba sus brazos, de carne fresca adolescente. Siempre me había conmovido la fragancia de la adolescencia. Lola tendría entonces unos veinticinco años, pero conservaba la turgencia de la pubertad. Miraba la tersura de su piel, el brillo de sus ojos, boca, pelo… ‘¡Maravilla!’, pensé, y sentía un deseo de besarla, de acariciarla. No sé si ya entonces con amor. Besarla dulcemente, como a una niña, y darle las gracias por su belleza, su lozanía, por ese vaho primaveral que envolvía y que se entregaba, proporcionando un indescriptible bienestar.

La carretera se hallaba solitaria. En las eras se había interrumpido la labor, y los silos estaban cerrados por imperativo implacable del astro rey. Las eras eran numerosas y significaban el mayor sustentáculo financiero del pueblo. Colgaban de su pecho como un Toisón de Oro.

Dejamos el asfalto y nos introdujimos en un camino entre eras. Pasamos tan cerca de una de ellas que vimos caer una catarata de paja sobre Ruiz. A unos cien metros, un hombre y una mujer sesteaban a la sombra de un árbol. Ruiz paró el carro, se bajó y les habló, a la vez que se levantó del suelo un perrazo, que ladró durante unos momentos, sin ganas, sólo para cumplir con su cometido de guardián, pero al poco volvió a echarse,

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 1:15 pm



jadeando, con un palmo de lengua escarlata entre los dientes. Próximos al perrazo, dormían dos niños, con piernas rollizas guarreadas. El pero los miró, los palpó, cual centinela y, finalmente, metió la cabeza entre las patas delanteras y siguió con la vista el carricoche, mientras se iba alejando.

El carril estaba lleno de baches, de piedras y de hondas rodadas secas. El carro daba tumbos bruscos y entrecortados, como los hipos. Teníamos que sujetarnos y hablábamos y reíamos excitados. De lo que hablábamos no lo recuerdo, trivialidades supongo. Oía sin escuchar, lo mismo que en la visita que me hizo Lola, que su voz sorbía mi atención y hasta sus palabras me resultaban difíciles de entender. Su voz no; era como una música, como un canto, y la letra se perdía entre la música y el canto.

Junto a mí iba Rita: rubia, ojos verdes, labios carnosos, y veinte años. Se volvía hacia mí, me hablaba al oído, su cuerpo pegado al mío, y esos brincos del carricoche, tan propiciatorios para el contacto, para el deleite. Un roce casual y a la vez inocente que causaba hervor en la sangre. Mi imaginación cambiaba a Rita de lugar y sentaba a Lola a mi lado; su cuerpo ya allí, mi brazo en su cintura. Me sentía en una nube, 'pero todavía no sabía de qué color...'.

De repente, Lola se agarró a uno de los varales del carro. Parece que la estoy viendo, y con la misma emoción, y hasta he desviado los ojos, como entonces, con pudor. Aunque no sabía si era pudor o la sensación de estar robando una intimidad que no me pertenecía. Breve la vacilación. Gozaba del hurto. Y si desvié de nuevo la mirada era porque la tensión me dañaba. Y por ternura también. De nuevo se me había hecho niña, como cuando una niña enseña los muslos y conmueve, por la ausencia de malicia, su puerilidad.

No miraba sus manos y sus brazos, derramaba la vista sobre ellos, y en sus codos, tan delicadamente arropados. Las mangas de su blusa eran cortas y amplias y, al fondo, ese leve trecho que desemboca en las axilas de risitos negros, tiernas como un nido y de un olor a gloria. El nacimiento de los senos, el color rosa de

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 1:48 pm



la blusa, con el traqueteo del carricoche golpes de luz entraban bañándola de resplandor. La veía tan avasalladoramente mujer y tan avasalladoramente niña, como si enseñase deliberadamente un retazo de su intimidad, como si lo enseñase cándidamente.

Cruzamos junto a un viñedo, y sus viñas se abrían en el campo, como oasis. Soplaba un aire que hacía que se encrespasen las hojas. Parecían mirar inocentes los ojillos de las uvas, y a la vez contagiados de la picardía próxima del vino.

____Ya llegamos –anunció, de pronto, Ruiz.

Empezamos a bajarnos 'del carro mejor del mundo'. Cortés, di la mano a Rita: pesada, vulgar. Después a Lola; era tan suave que la retuve unos instantes. Suave y ligera como gacela. Las manos de las señoras, ásperas, pero con su ternura también: manos de madre.

Era una finquita cuidada. Había un huerto y una casita, como en un cuento de hadas. En la zona alta, un pozo noria y una casuca de madera para cobijo del perro. En la zona baja, frutales sin fruta y con hojas abrasadas por el sol que proyectaban como un colador sombras agujereadas de luz. En los medios, una franja de pastos secos, donde dos pinos, altísimos, levantaban sus copas hacia el azul.

Lola y Rita llevaron hasta la casa la cesta con la merienda, una gramola y otros bártulos. Los hombres nos encajamos gorras camperas, y las mujeres se anudaron en la cabeza pañuelos de colores.

La esposa de Ruiz cogió un cesto vacío, y todos nos fuimos con ella hacia las viñas. Ya estaba madura la uva temprana del lugar. Cruzamos por entre los bancales de hortalizas, que parecían arrimarse al pozo, como con sed, como si supieran la cercanía del agua.

Íbamos arrancando racimos de uvas, casi translúcidas, que llevaban dentro ese licor dulzón. Todos las probamos, y sus granitos se

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 2:10 pm



iban rompiendo entre los dientes, como chasquidos. Lola levantaba un racimo, lo ponía junto a su cara y sonreía jubilosa, como ebria. Sus tersas mejillas, las restellantes uvas: la misma lozanía.

Recorrimos el viñedo. Zumbaban pesadamente esos insectos libadores. El sol era fuego, pero soplaba un aire apacible. Estábamos alegres y, no sabíamos por qué, excitados cuales jóvenes bovinos entre el verde chillón de las hojas. Miraba el busto de Lola mientras su cuerpo estaba de costado, inclinado sobre las vides; la gravidez de los racimos, los pechos: lo mismo, con su mismo dulce peso. Iba de aquí para allá, reía, hablaba... Todo era natural en aquella mujer, pero, para mí, que había una intención misteriosa. ¿Pero qué intención? No lo sabía. No me había detenido a pensar en eso. Uno no piensa cuando siente intensamente. Sólo sé decir que me sentía reo en una extraña felicidad. La miraba; ahora estaba en pie, demasiado en pie para la perfección de su cuerpo, cual diosa que imponía, que oprimía... Se inclinaba, y la falda se ajustaba a su cuerpo, hasta que de pronto, recobraba de nuevo su perfil humano.

Enseguida rebozó de uvas el cesto, y todos nos fuimos hacia los pinos, que proyectaban sobre el suelo círculos de sombras. Los hombres nos echamos en ésas geometrías, las mujeres se sentaron, cruzadas las piernas. Mientras, el sol iba lento hacia Poniente, y las sombras se cargaban de frescor, mitigando las llamaradas del sol. Pasados unos minutos, Ruiz y yo recogimos de la casita el cesto con la merienda y la gramola. La vianda estaba exquisita. Luego contamos anécdotas y reímos de ese modo tonto de gente feliz. Juan, el registrador, contó un chiste, subidito de tono. Su mujer, ruborizada, le dijo que no lo había comprendido, pero que le había parecido grosero. Quiso contarlo de nuevo, pero Antonia –que así se llamaba su esposa,- le cortó el rollo.

Luego bailamos. Yo no sabía bien, pero me defendía. Primero invité a Rita, y no sabía si hacía eso por no demostrar una preferencia delatadora por Lola, o por incitarla hacia mí. Probablemente, era lo primero.

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 2:20 pm



Esa táctica de seducción la vi y la aprendí de Veva, la hija menor del ya desaparecido Don Isidro, dueño de 'Chotis' ‘¿Seguirá en la prostitución?’, pensé, pero enseguida volví a esa actualidad. Las opiniones ajenas me han sido casi del todo, y tal vez sin 'el casi', indiferentes. Como cuando de niño comía algunas golosinas y la mejor la dejaba para el final. ‘Ésta de postre’, me decía para mi interior. Y con ese metodismo infantil... ‘Lola de postre’.


Iba mirándola mientras guiaba con torpeza a Rita en el suelo, por añadidura irregular. Bailamos las tres parejas. Lola sonreía, cruzadas las manos sobre las piernas, apoyada la barbilla en las rodillas, y desde esa postura enviaba miradas a través de sus increíbles ojos. Seguidamente, bailé con Lola.


Y no sé si ya entonces fue que me enamoré. Puedo dar aspectos nuevos a mis emociones; explicarlos no. Había oído decir que las personas experimentan en el baile, sólo el placer de bailar. No lo sé. Había bailado poco y sería así; es lo civilizado. Bailé con Rita como un ser civilizado y como tal había bailado con otras. Pero no con Lola. Y ello me llevó a pensar que ya estaba enamorado Pero no sé ver claro en esto. La llevaba entre mis brazos con una súbita ternura que había aparecido en mí.

Que piensen lo que quieran sobre el placer de bailar, pero si se tiene estrechada a una mujer, que ya se quiere o que se va quere inminentemente, no sé qué deben sentir los que bailen por bailar. Pero nada de pensamientos maliciosos. Si la castidad puede ser candorosa, esto era lo que sentía: los cuerpos juntos, mi mano en su cintura... Me ahogaba la emoción, y la sangre hervía en mis venas, castamente, como un fuego purificador. Que me juzguen como quieran, pero también hay deseos sanos. Si no lo son antes del matrimonio, tampoco después. Puede ser legítimos. Ardiendo de deseo pero libre de concupiscencia, así estaba yo. Pero no sé explicar esto mejor. La palabra es a veces indomable, confusa…



Antes de que acabase esa pieza, dejamos de bailar. Me disculpé, como siempre en esto, achacándolo a mi torpeza. Pero la realidad era que no me encontraba con fuerzas para resistir de nuevo aquella brutal tensión. No se podía llevar un sol entre las manos y dejarlo escapar. ¡Mantenerse lejos o abrasarse en su fuego, era lo que se debía hacer!

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 2:31 pm



Volvimos al pueblo al anochecer. Circulaban por todos los caminos carros atestados de uvas. Pasaban rebaños de ovejas; provocativas de escote, de ubres, después de haber dejado sus abrigos en el ropero de los esquiladores. Llegaban manadas de los inquilinos de las caballerizas: yeguas coquetas, caballos seductores, mulas pesadas, potros agudos, de oídos sordos, siempre dispuestos a dispararse por algún camino. El pueblo, tan silencioso mientras salíamos, trepidaba ahora lleno de vida. Soplaban trilladoras, originando subidas al cielo de nubes de polvo de los aventadores. Cantos, risas, voces, ladridos, balidos, maullidos... Acabábamos de llegar del silencio de la llanura y chocaba vernos en aquel hervidero. Pero la llanura, había quedado atrás, con aquella soledad y aquella calma sobrias. El sol, antes de desaparecer, la besó con sus áureos labios. De pronto, la noche saltó, como un toro negro…

Nos despedimos a las puertas de la casa de Ruiz. Aunque me apetecía seguir con ellos, abrumado por tanta emoción, acudí a la llamada de mis obligaciones, mientras los demás empezarían a saborear con palabras la suculenta excursión.

Rulaba insistente en mi cabeza: ‘no sé si me he enamorado esta tarde, o si ya lo estaba desde la noche en que la vi…’.

Terminé mi ronda y me dirigí hacia mi casa. Ya allí, cené deprisa. Luego salí al jardín y me recosté sobre la acacia. La noche era tibia, casi redonda la luna, próxima al plenilunio. Había infinidad de estrellas. Me sentía bien bajo ellas, sin rubor por mi pequeñez. Pecho a pecho el firmamento y mi cielo interior; pero, también, desconcertado por encontrarme súbitamente rebosante de alegría. Traté por todos los medios sondear mi espíritu, esclarecer qué era lo que me estaba pasando...

Pensé en mis antiguas dudas. Mientras estaba en Madrid, en mis años de instituto y facultad, tenía una meta para mis esfuerzos. El titubeo,no obstante, empezó al terminar mi carrera. Es cierto que pensaba entonces en la filantropía, la medicina... pero esto no era sino una meta movible e imprecisa que una inquietud, de no sabía qué, borraba a cada instante, dejando mi voluntad lacia e inoperante. Seguía pensando que si mi afán de tantos años, mi actitud con Luz, el amor que me brindó y que yo rechacé,

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 2:45 pm



proyectaban la entelequia de Lola. ¿Quizás era todo esto que yo pensaba lo que iba a dibujarse en mi horizonte de zozobra? ¿Esto? ¿El amor?

Miraba el cielo mientras paseaba, turbado: arriba abajo, abajo arriba. ¿Qué me pasaba? No sentía por Lola atracción sexual, ni amor. Por tanto, eso no era amor como lo tenía concebido, ni tampoco amistad. Me resistía a creer que tuviera algo que ver con ese otro amor: el platónico, ese de los versos, del que tanto me había reído. Creía que mi luz interior, tan insospechada y tan inmensa, no cabía en los límites de un libro, ni apresarse en la blandenguería de un verso, ni circunscribirse en un impulso procreador. No encontrábamos frente a frente el firmamento y yo, con la misma fuerza cósmica y con la misma angustia gravitante.

Pensé que todo esto era absurdo. Apenas si había visto a Lola un par de veces y ya me sentía loco de apasionamiento. Pero no sé explicarlo. Sólo sé que lo que sentía era grande; quizá por eso, por absurdo, como tantas cosas grandes, y sin más influencia que la resonancia íntima o la fe.

Al día siguiente, luego de almorzar, me dirigí al Café. Estuve allí hasta las cinco. Cuando salía para hacer mi ronda, entraba Ruiz. Le pedí de favor que me acompañase al barrio obrero, que tenía que visitar a un enfermo. Accedió, pero con una sonrisa en su cara...

Estaba ansioso por saber cosas de Lola. Hasta entonces, apenas si sabía pequeños detalles de su vida, recogidos en el curso de alguna conversación puntual.

Ruiz sonreía con aires de zumbón mientras empecé a hacerle algunas preguntas sobre Lola. Pero, con la mayor voluntad, se dispuso a satisfacer mi curiosidad. Aunque mi ansia debía de exigir. 

Lola llevaba dos años en el pueblo. Se presentó para cubrir una vacante de la escuela de las niñas. Pero entró con mal pie. Una hermana del alcalde, maestra también, ocupaba el puesto como interina. Tenía, pues, ‘derechos adquiridos’, como decía, una y otra vez, categóricamente, el alcalde, el cual indagó por tierra,

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 3:04 pm



mar y aire, y hasta hizo un expreso viaje a Madrid. Todo inútil. A Lola la protegía algún ‘pez gordo’, y la plaza se le fue asignada.

El alcalde, grosero, bravucón y de talante chulesco, nunca se lo perdonó. Ni lo olvidó. Odiaba a ‘la intrusa’ y aprovechaba toda clase de coyunturas, habidas y por haber, para lanzar insinuaciones malévolas que hacían enrarecer el ambiente en torno a Lola.

Ya he dicho que el alcalde me resultó antipático desde el primer momento. En realidad, era uno de esos tipos suficientes, ante los que uno siente la necesidad de decir ‘no’, cuando es ‘sí’, y aunque sea ‘sí’ y le asistan todas las razones. Y desde aquella conversación con Ruiz, mi ojeriza creció. Tanto creció que no tardé en tener con aquel palurdo un violentísimo enfrentamiento, que fue como el preludio de un sin fin de adversidades, que más tarde me abrumarían hasta llegar a aplastarme.

Pero, aparte de las cábalas, de retorcidas intenciones, que el alcalde y sus numerosos satélites hacían en torno al ‘pez gordo’, apuntando siempre a lo más soez, sorprendía en Lola que nunca hablase de su pasado, de sus amistades, de su familia siquiera. Me preguntaba por qué. La gente chismosa del pueblo vivía como angustiada. Y los amigos, escamados ante aquella desconfianza y aquella falta de franqueza, desconfiábamos. El propio Ruiz veía intranquilizadora la situación e incluso peligrosa hacia la ‘enigmática’ maestra.

Añadió Ruiz que Lola destacaba en cultura, en esmeradas formas, en costoso joyero, en vestuario y en otras cosas sospechosas en una ‘simple’ maestra nacional. Finalizó diciéndome que detrás de todo esto podía ocultarse un misterio. Y a decir de aquellos lugareños, un misterio escandaloso. Y hasta el mismo Ruiz pensaba que tales alusiones podían ser ciertas.

Protesté, chillé, me cabreé… pero su información me llenaba de dudas; y no por ese hipotético pasado, que no me importaba, sino por el daño que pudieran causarle quienes la acechaban.

Le perjudicaba, y muchísimo, según Ruiz, su simpatía y sobre todo su belleza, que aquellos palurdos las calificaban de ‘agresivas y absorbentes’.

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 3:40 pm



No había en el pueblo hombre o zagal que no suspirase por Lola. Las mujeres ‘estaban encantadas, la adoraban’, pero se verían muy aliviadas si se fuera, y contra más lejos, mejor. No se podía poner reparos a su conducta, pues rechazaba de plano pero de manera educada, toda insinuación. Pero un instinto de conservación ponía en alerta a las casadas. Corría en el lugar que, aun sin corresponder, comía el coco a todos los maridos. Y en cuanto a las solteras, acabaría por serles odioso que acaparase las miradas y los suspiros de todos los solteros.

Quizá las propias interesadas lo ignoraban, pero Ruiz presentía que, tras los elogios, pugnaba por salir la cara oscura del odio, la venganza. Mientras que Lola, con un método antirrural repartía, sin distingos sus simpatías entre los dos bandos que había en el pueblo, y esto llevaba a los nativos a pensar que les eran indiferentes. Aquella mujer había caído en el pueblo como de otra galaxia, ajena a sus costumbres, sus inquietudes y a un ambiente que, evidentemente, no era el suyo, en el que al final acabaría por asfixiarse. Como su pasado sería, en definitiva, intachable, la veían como un alguien perfecto, superior a cuantos la rodeaban. Y su actitud, con tendencia a subir, más que a bajar, los sacaba de quicio. Toda la gente adulta del lugar, veía esto, en su ignorancia y mezquindad, como un insulto. Y un insulto grave además.

____Te juro que quisiera equivocarme, Alejandro, pero si Lola sigue entre nosotros, puede suceder algo desagradable -concluyó.

En principio le escuché con reserva. Pero, poco a poco, iban ganando mi ánimo sus exposiciones, cuyas terminaron por dejar en mi interior una penosa impresión.

Luego de aquel 'saqueo' a Ruiz, no tardé en percatarme de que era un hombre perspicaz y con bastante experiencia en el manejo de personas. Tenía treinta y seis años, y era bien parecido, de estatura media, propenso a la gordura, con cara angulosa y expresivos ojos. Todo él, su físico y sus formas, sellaban un buen conjunto. Pero, aunque yo le veía formal, las gentes del pueblo les tildaban de mujeriego, no sabía si con razón o sin ella, pues a pesar de la confianza que llegamos a tener, nunca me hacía confidencias de esta clase. Por norma y por respeto, y también por su carácter abierto y dicharachero, normalmente actuaba con amabilidad, pero con discreción. No obstante todo eso, cuando a veces le veía reír, charlar y contar chistes a algunas pueblerinas, guapas y con buenos cuerpos derrochando donaire de buen chico, pensaba en lo que decían de él y estaba por creer que los cizañeros tenían razón.



Desde aquel amplio y sabroso soliloquio de Ruiz, acerca de Lola, quedé a la expectativa tratando de cerciorarme de lo que podía haber de cierto en su relato. Y, desde luego, aunque intenté convencerme de que sus vaticinios eran desproporcionados, sin fuente fidedigna que los avalase, de ninguna de las maneras podía apaciguar la batahola de inquietudes que me sobresaltaba

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 3:50 pm



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Tal vez el amor no sea para el mundo en general un sentimiento delicado. Pero para mí sí. Me resulta difícil llegar a la convicción de que los libros mientan venturas amorosas, que las confidencias entre los amigos sean fraudulentas, y es por eso que debo admitir que existe ese gozo de amar que jamás he conocido. He llevado mi amor atormentadamente, como un cáustico cilicio de fuego y amargura. He amado con todo lo que hay en mí de sórdido y de elevado, a ras de tierra y altamente, pero también he odiado de la misma forma: círculo de amor y odio, como una soga de fuego pendiendo del cuello.

Por entonces la ansiedad me ahogaba. Sentía la necesidad apremiante de decir a Lola cosas concretas que me tenían trastornado. Pero cuando se me presentaba una ocasión, no sabía qué era lo que tenía que decirle. Ni siquiera pensaba en hablarle de amor. Eso lo daba por hecho, como si Lola tuviera que pertenecerme, como si ya me perteneciera, era algo tan evidente como mis propias convicciones.

En los atardeceres paseábamos en la carretera. Flotaba aún en el ambiente el polvo de las trillas y el que habían provocado las patas inconscientes de las ovejas. Soplaba aire fresco, y la noche se apoyaba en la rosa de los vientos, como una capa de cristal, agujereada de estrellas.

Al inicio de mi llegada al pueblo, Lola me rehuía. Como era lista -de listeza tenía cantidad-, estaba atenta. Se había dado cuenta de la admiración que había despertado en mí desde el primer día, y se ponía en guardia contra mi impulsivo apasionamiento. Mientras paseábamos, adrede se ponía en medio del grupo de señoras, siendo requerida de un lado y de otro, de forma que no podíamos cruzar palabra alguna. Y ésta, su actitud continuada, me producía angustiosa desazón.

Y por si todo esto fuese poco, antes de empezar a pasear, el omnipresente Ruiz nos decía a los hombres que dejásemos solas a las señoras, ‘para que pudiesen hablar de sus cosas’.

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 4:11 pm



Iban detrás de nosotros. Algunas veces, sus hijos, que correteaban bajo las custodias de las criadas, se aproximaban. El aire se llenaba entonces de sonrisas, abrazos, besos, y todo ello rebotaba en el cristal de la noche.

Mientras tanto, Ruiz y los otros hablaban de fútbol, toros, de quisicosas locales. No les prestaba atención. Sólo me ocupaba de oír a mi espalda la voz de Lola; lejana, sí, pero retrocedía un poco para oírla mejor. Su voz se mezclaba con el canto agudo de los grillos, y su risa parecía una ola del arroyo calmada por el viento. Llevaba el oído tan atento que podía escuchar el deslizamiento de los incestos, entre las ásperas pelambreras de los rastrojos. Lejano ladraba de pronto un perro, una cigüeña crotoraba; se me llenaba la mente de rumores imprecisos. Dominaba el ruido de sus pasos, el movimiento de su traje, y yo, saturado de puntos luminosos, como una réplica exacta del firmamento. El firmamento debe ser la cabeza de Dios, si es verdad que Dios existe. Pero Éste es Punto y Aparte, así que no hablo de Él para no extrapolarme. Sólo puedo decir a este respecto que siempre he tenido mis propias creencias.

Una de aquellas tardes, no obstante, resuelto y firme, respondí a la propuesta de Ruiz.

____¡De eso nada! ¡Yo voy muy bien y muy a gusto junto a las mujeres!

Ésta frase, pronunciada con dicharachería, sólo hubiera originado asombro, pero mi tono enconado la convertía en un exabrupto. Levantó una roncha de expectación, de censura, y de burla tal vez. Debo añadir este eslabón a la cadena de mis despropósitos y a la incapacidad para poder llevar un buen entendimiento con mis semejantes.

Ruiz sonrió. Lola aventuró una frase, para tratar de romper el embarazoso silencio que habían construido mis labios. Carolina, que se giró de pronto, se ruborizó y miró a su esposo, entre perpleja y gozosa, y su esposo me miró a mí, con curiosidad desdeñosa.

Pero yo no me inmuté. Siempre que he querido algo, sólo me ha importado la manera de cómo lograrlo. Simple. De este modo, egoísta tal vez, uno puede ejercer con inconsciente petulancia

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 4:20 pm



su voluntad.

Carolina era una mujer atractiva, guapa incluso. Tenía cutis blanco y bellos ojos, pero peligrosamente soñadores. Sus pómulos, que sobresalían más de lo normal, daban a la cara un cierto hechizo. Vestía con esmero, y el ‘toque’ disimulaba lo ajado de la ropa. Su esposo, extrovertido, feote, bruto y de baja estatura, llevaba siempre los trajes sucios de manchas y ceniza, le apestaba el sudor, y sus hombros, raramente no se hallaban nevados. Había en él algo de repulsivo, pero a su esposa, 'esas ‘simplezas no parecían preocuparla.

Después de aquel ‘incidente’, Carolina caminaba en silencio, perpleja y complacida a la vez. Pasados unos instantes, empezó a hablar de nuevo, y su voz sonaba nerviosa. Al despedirnos, me miró a los ojos y retuvo unos segundos mi mano. Quedé desconcertado.

Muchas veces, Lola iba en un extremo de su grupo. Me apresuraba en ponerme a su lado. Pero nada. A cada momento nos interrumpían para que diésemos nuestras opiniones sobre esto, aquello o lo de más allá. Los convencionalismos sociales les obligaban a que no nos apartasen de las conversaciones. Y cuando no, la propia Lola rompía mi tono confidencial y empezaba a entablar una charla con alguna de las mujeres. Convencionalismo también.

 
Y ahora, desahuciado ya y esperando que la muerte me recoja, puedo decir abiertamente lo que he llegado a odiar a ese aparato social: 'las pejigueras de las buenas formas’. Pero era probable que en Lola no se tratase solamente de cortesía, también como defensa contra mi deseo de entrar en su intimidad. Las pocas conversaciones que manteníamos eran anodinas. Pero quería saber qué pensaba ella sobre el problema del existir. Qué significaban para ella, verbigracia, el amor, la vida, la felicidad, la amistad, la suerte, la soledad, la sensibilidad y la muerte. Ocho conceptos, llenos de zozobras y de una profunda intensidad.


Las esposas de las personalidades del pueblo, eran, para mí, mujeres sin relieve. Sus mundos, y con ellos sus inquietudes, se

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 4:37 pm



reducían al precio de los comestibles, las diabluras y dolencias de sus hijos, el clima, la ropa, y punto y final. Si lo había habido alguna vez, estaba ya soterrado el recuerdo de los ardientes años de la juventud, la quimera del amor… Eran mujeres tristes, resignadas, abrumadas por el peso de la realidad prosaica, los achaques, los cuidados caseros, el tejido adiposo… Y las solteras no eran diferentes. Rita, y la hija de un rico del pueblo, Rosa, frisaban en los veinte y tenían buenos palmitos: risueñas, guapas, de palabra vivaz, pero insustancial, que iba del tópico manido a la insinuación banal. Pero daba la sensación de que veían esto sólo útil para pescar novio, algo que olvidarían más tarde, luego de convertirse en lo que sea que llegasen a ser. Y con el paso de los años, su ansia espiritual se alimentaría con alguna adocenada revista de modas, algún engendros literario ‘rosa’, o al argumento de la última película.

Sorprendía que devorasen libros de ínclitos escritores, pero las expectativas de esos autores resbalaban sobre las mentes mediocres de las lectoras, y sus opiniones se limitaban a los simples, casi despectivos: bonito, feo, ameno, entretenido, soso…

Y empero mi punto de vista, estaba equivocado. Tenían vidas polifacéticas. Sobre todo las casadas. Una tarde hablamos sobre ese asunto Lola y yo, en que a fuerza de pasear por los aledaños de su casa, me hice el encontradizo y la acompañé a la carretera, donde aguardaba el grupo.

____Creo que sólo ves lo exterior y que generalizas a partir de agí -me dijo, sonriendo.
____Veo sus vidas, escucho sus opiniones, sé qué libros leen…
____Superficial –me interrumpió, y agregó-: es como mirar el estúpido ir y venir de las abejas, ignorando las maravillas del interior de la colmena. Yo soy más exigente y más cauta en sacar conclusiones. Todos tenemos problemas, pero cada uno debe resolvérselos en la medida que quiera, sepa o pueda. Pero nadie debe entrometerse en la vida de nadie. Máxime, si el intruso tiene abandonada su propia parcela –añadió.
____¿También tú tienes problemas? –le pregunté, de pronto, mirándola.
____¿Y quién no? –respondió, nerviosa pero decidida. Y añadió-: mira Antonia, ‘la registradora’, por ejemplo, parece una mujer

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 4:44 pm



vulgar y no lo es. Y aunque pienses que el amor es ya algo muy remoto en esas mujeres, Antonia ama a su esposo; pero eso sí, a su forma, a la forma que le van marcando las circunstancias.
____Yo no he dudado de su amor –repliqué.
____Es que Antonia ama ahora más a Juan que el día que en se casaron –se repuso del nerviosismo y prosiguió-: ya te habrás dado cuenta de que Juan es un botarate, pero Antonia ríe con indulgencia sus chistes de mal gusto, le perdona sus necedades. En fin, lo trata como a un hijo, el más díscolo de los seis que han tenido. Puedes creerlo. Antonia es una grandísima mujer, tiene sensibilidad, conmueve.

Pensé en Antonia: mujer vulgar: ojos castaños sin brillo y tristes. A veces había en sus labios una sonrisa. Pero siempre miraba a su marido con expresión cohibida, como supeditada a él.

____¿Crees que no es dramática la vida de Antonia? –seguía y seguía…-, Seis hijos, que deben ser seis grandes razones de continua y agotadora lucha; y un esposo versátil, amadísimo, al que tiene que atraer con unos encantos, casi marchitos ya, y con el recuerdo de un amor de la juventud, olvidado ya, al menos por él.
____Eso es cierto. No debe ser muy halagüeño y la pobre mujer debe sufrir por eso -le dije, alimentando sus razones.
____Un sufrimiento que la ennoblece –y continuaba-, y que le da un aire poético. Antonia sólo vive para su marido y sus hijos. Ella no tiene tiempo para leer, cultivarse, despuntar. ¡Ni falta que le hace! Tiene un mundo interior inmenso e intenso: ama, sufre y lucha. Tres poderosísimas razones que justifican toda una existencia.
____¡Vaya! Estoy por creer que eres mejor psicólogo que yo. Y la verdad es que me sorprende.
____¿Qué te sorprende? ¿Y por qué?
____Porque se supone que yo debería tener gran experiencia. He hecho frente a la vida desde los más tiernos años. He rodado como una pelota. He…
____Y has sufrido. Lo sé -me interrumpió de nuevo.
____¿Cómo lo sabes?
____¿Soy o no una buena psicóloga? –sonrió.

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 4:53 pm



____Sí, pero…
____No, no hay peros que valgan. Si no comprendes a los demás –añadió sin dejar hacer objeción-, es porque has debido sufrir en soledad.
____Así es. Eres una buena psicóloga. Pasa que yo no hago eco de mi dolor, y es por eso que no reparo en el ajeno.
____Para obrar así, hay que ser o muy egoísta o muy fuerte, y no todos lo son. Los que mejor entienden a los otros son los débiles.
____¿Lo eres tú? –le pregunté, mirándola a los ojos.
____Sí, y por esto llego al que sufre; quererle, comprenderle, entenderle y aceptar de él la parte de dolor que pueda llegarme.
____El dolor es algo que no se debe compartir; quien lo hace, no está en su juicio y, a la corta o la larga, pagará su error.
____¿Por qué no se debe compartir?
____Porque es una impudicia. Tiene que permanecer oculto. Lo mismo que la felicidad. En personas potencialmente emocionales, estos dos estados pueden ser igualmente desconcertantes.
____¿También la felicidad? –me preguntó, sorprendida, pero atenta a la respuesta que iba a recibir.
____Sí, porque la felicidad es como un sarcasmo.
____¿Crees entonces que es necesario simular?
____Lo creo y lo afirmo. Y aunque puedan llamar a esto hipocresía, defiendo esta clase de hipocresías. Una relación es imposible sin ella.
____¡Me hace gracia que seas tú el que diga eso! –me miró.
____Ya sé que es virtud que no poseo, pero ello no es óbice para que comprenda su utilidad. Al menos, en algunos casos.
____Sea como sea, insisto en que el dolor es un algo tan patente cual mutilación y, que por compasión, uno debe aliviarlo –en ese momento la vi un poco desconcertada.
____Pues yo siempre he abrigado esperanzas de filantropía, pero, aun así, la compasión es como una propina humillante.
____Pero hay pobres de espíritu que viven de ella –me miró.
____A los pobres de espíritu les ofreció Cristo el Reino de los Cielos ¿Por qué pretender mejor ganga? –concluí.
____¡Eres terrible! –me miró y sonrió.

Echó la cabeza hacia atrás, y su sonrisa parecía llenarse de vibraciones luminosas, como cuando cae una piedra en un río.

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Miér Oct 12, 2016 5:03 pm



Repuesta completamente de su aparente desconcierto, corrió a refugiarse en el grupo de señoras, que se aproximaba.

Las pocas conversaciones, íntimas o banales, que habíamos podido mantener, me habían permitido conocer un poco su forma de ser y pensar, pero sobre todo me irían sirviendo para ir descubriendo la idiosincrasia de la gente que la rodeaba.

De pronto, pensé de nuevo en Antonia... ‘una mujer vulgar. De acuerdo. Pero una mujer extraordinaria’. Y no sabía si debía continuar descalificándola y pensar que era justo lo que hacía. Se había casado trece años atrás: seis hijos y tres abortos. Nos contaba un día, entre sonrisas, ribeteadas de amarguras, que alguna vez y de improviso, aprovechando las contadas ocasiones en que no estaba embarazada, Juan había querido llevarla a Sevilla, para divertirse un poco; se negaba a ir sin la patulea de niños. Juan se enfadaba, pero después le decía: ‘bien, arréglalos’. Entonces se entregaba a la tarea, y era encomiable acicalar a tanto crío a marcha forzada. Y cuando, al fin salían hasta la carretera, el autobús había partido ya. ‘Bueno, otra vez será’, decía, resignada. Juan cogía unos cabreos descomunales. Y cada vez que se presentaba una oportunidad así, los resultados siempre eran los mismos.

Mientras pensaba en Antonia, recordaba las palabras que había dicho Lola. Y en las mías. ‘Una mujer vulgar’. ¡Quién se atrevería a decirle que debía cultivar su espíritu? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Y por qué? La vida diaria volcaba en ella un cumulo de inquietudes, capaz de empalidecer a la cultura más cacareada. Era yo el ruin por juzgarla. Antonia tenía ya bastante. Cada hijo, una promesa, un nudo de inquietud. Se desgarraba en nuevas vidas; gran madre, forjadora de hombres y mujeres. Ella sí que podía decirme: ‘ahí los tienes; los he parido con dolor, sufriendo y gozando apenas; no sé de historia, literatura, arte… esas veleidades las dejo para ustedes: los vacíos; yo me estoy sembrando en el surco de la existencia, paso a paso con ella; sobre mis espaldas crece una legión de hombres, creadora de hijos, y de sueños, deleznables para todos los necios’. Entonces Antonia, corta de luces, apenas anatomía humana, se agigantaba en mi pensamiento hasta ocupar un universo. Y yo, que la acriminaba, me sentía mísero y rebelde, al que ella, Madre y Tierra, podía sepultar en el abismo

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

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