Se llama copla democrático

Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 3:44 pm



16

Aun aquel ácido episodio, seguían nuestras relaciones. Aún no estaba furioso, sólo triste. Pero la furia aventaba la tristeza para la esperanza, como el jugador que va perdiendo. El furor no me desbordaba, pero ya no había paisajes en mí, ni ríos, ni estrellas, ni sol, sólo un rumor de lava, enloquecedor. Toros negros rugiendo, buscando una salida; toros de sangre embistiendo en el coso del alma. Negros toros llenos de maldición. ‘Alex quiero que seamos amigos'. Y la fuente de la esperanza sobre la puerta de escape, débil, como yo, pero debajo… ¡el volcán!

Únicamente venían a mis labios los ecos de mi fuego interior. Le hablaba a Lola en el mismo tono, pero hostigándola con feroces palabras, como trallazos. La amaba y la odiaba. El amor y el odio. Y la ira. Todo eso en mis labios. Me rehuía, temerosa, pálida...

Pasaba muchas noches en vela pensando venturas imposibles, flagelándome. Lola, la fuerte, y yo, el débil. Mi casa se llenaba de rumores incansables de pasos sobre la negra piel del insomnio, cual timbal de suplicio, hasta hacerme enloquecer. Me asomaba de cuando en cuando a una de las ventanas de mi casa; el pueblo, silencioso, sombrío, cuajado el ruido y la voz bajo la helada. En las bombillas titilaba su luz. Las estrellas parecían hielo, y el suelo era un duro pedernal. Pensé: ‘me la llevaré lejos en contra su voluntad, a la fuerza, como un macho cuaternario, y la obligaré a escucharme; será mi esclava y mi ama a la vez, y me portaré con ella bravamente, y también cobardemente’. Debía contenerme para no gritar mi angustia y el nombre de Lola a los cuatro vientos. Y así, noche tras noche. Y siempre hasta el alba…


Y mi amiga, obediente y dócil pluma, cada vez más con menos tinta. Y los negros toros de mi cáncer embistiendo…


La gente se regocijaba. Veía la cara aviesa de mis enemigos, que seguían divertidos la pugna. Lola estaba en medio de esa mierda. En la sangre, aún no pensaban. Ni yo. Merodeaban en torno a los acontecimientos, como perros rabiosos por hincar el diente en la reputación de la maestra. Y en la del notario. Y en la del médico. ¡Gran festín! Por todas partes se podían ver ojos malignos, aguardando, hasta encontrar un resquicio por donde lanzar la jauría, la pedrada, el grito salvaje que salvó a Barrabá y condenó a Cristo. El que me salvó a mí. Para... perderme.

El pueblo bullía, cual colmena: abejas libadoras de hiel. Mientras hacía mi ronda se me acercaban algún avieso: ‘los devaneos de la hembra, sus coqueterías…’. ¡Leña al fuego! Les respondía, tosco. Pero él se restregaba las manos, amasando la masa negra del escarnio. Todos los malsines y algunos funcionarios también, reían sarcásticos. Menos Ruiz, que me decía: ‘Alejandro, mira que...’. Y yo, sordo, ciego. Sólo a Lola veía. Sólo Lola con luz. Apagados los otros. Pero Ruiz insistía: ‘Alejandro, el escándalo…’. ¿Y qué? Sólo Lola. Y mi amor acosándola, como piedra, y con su misma fuerza de gravedad.

Los malditos malsines de pueblo esperaban a que se levantase el telón, necesariamente. Lo intuían sus experiencias sobre intrigas. Y el manto de la expectación, como una nube con pedriscos.

Hasta yo mismo llegué a asustarme y a temer lo que podía pasar. Pero un día, no sabía cómo, la nube se hacía luminosa, como cargada de electricidad, y un dios, inflexible e iracundo, hablaba en un lenguaje que guiaba a una luz de violencia y de esperanza a la vez.

Ya estaba como el jugador sin suerte, perdiendo una baza tras otra. Aun así, aún tenía la baraja en mis manos, y podía hacer algo, una trampa, algo que me salvase. Pensé en el pasado de Lola. '¡Su pasado!' El pueblo, acechante, esperaba, y yo le iba a entregar su presa: su pasado. ¡Eso, su pasado! La iba a cubrir de ignominia y alejaría a López y a todos; huirían de ella como de leprosa.Y no la iban a perdonar. El secreto que divisaban, y yo también, y que tanto temía Lola, expandirlo. ¿Su reacción? ¿Su odio? ¡Qué más daba! El escándalo la convertiría en mi prisionera, y se iba a ver aislada. Y, mientras tanto, la piedad agolpaba lágrimas en los ojos del porvenir. Sólo yo estaría con la pecadora. Yo, que la había difamado, sería su amo y su verdugo a la vez, aunque no me

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 4:05 pm



amase. Eso daba ya igual. Nadie iba a quitármela ahora. ¡Nadie! ¡Nunca! ¡Jamás!

Por aquel entonces apareció en el pueblo una epidemia, con carácter endémico, de infección intestinal. Hizo fuertes estragos, mayormente, en la chiquillería, y tuve la ocasión de presenciar el suceso más luctuoso y más macabro que jamás vi en mi vida. Todavía consigo sacarlo de mi cabeza. Y lo refiero aquí para explicar lo importante que es el amor en las personas. Y no es que trate de justificar mi actitud, pero he amado con todo mi ser y esto atenúa en parte mis excesos. 

No sabía si la mujer, a la que me voy a referir, estaba ya loca. En la naturaleza humana hay, en potencia, un aire de locura que puede soplar en cualquier momento. ‘El siroco humano’, así lo denominan en la jerga de la calle. Y el amor se aprovecha de este juego robando la personalidad de la persona a través una ilusión engañosa, como de prestidigitación, para sacar frente a miradas atónitas, un santo, un héroe, un asesino, un loco… ‘¡Señoras y señores, voilá!’.

Era una mujer alta, con cara chupada y con ojos grandes y negros. Representaba cuarenta años. Me horroricé cuando supe que sólo tenía veintiséis. Recogía su poco pelo en un moño sobre la nuca. Viuda de un obrero, muerto de accidente, un lustro atrás. Le quedó un hijo de tres años, póstumo, a la sazón. Se ganaba la vida asistiendo en domicilios y saliendo al campo como jornalera.

Su hijo fue de los primeros en caer. Era un crío espigado, encanijado, y con el vientre deforme de anemia y de raquitismo. A causa de la enfermedad, hundidos en las cuencas estaban sus ojos, y sus huesos se marcaban bajo la piel macilenta. Inmóvil en su lecho, parecía ya, antes de morir, un cadáver.

Una de aquellas tardes fui a hacerle mi diaria visita. Vi entonces que su madre, horrorizada, salía a mi encuentro. Había en sus ojos salvaje desesperación. Aquel hogar miserable, aquel cuarto oscuro, aquel cachorro herido de muerte, y aquella mujer, con cara y modos de loba y mirar fiero... Imponía sul dolor.

____¡¡Tiene usted que salvármelo, doctor Alejandro!! ¡¡Tiene usted que salvármelo, doctor Alejandro…!! –exclamaba, repetidamente, mirándome a los ojos.

Entré en la casa y pasé al cuarto. Una cortina, confeccionada con sacos viejos, tamizaba la luz exterior. Me aproximé a la cama. Bastó una simple mirada…

____Ten valor, buena mujer –le dije, impresionado.

Como un pajarito, el chiquillo abría y cerraba la boca con una leve respiración anhelosa. Le quedaba ya poco de vida.

____¡¡Qué se me muere!! ¡¡Qué se me muere!!–gritaba a madre, con voz desgarrada. 

Perforada toda ella de dolor, se echó sobre su hijo y empezó a abrazarlo y a besarlo con tanta ansia que parecía devorarlo. Luego, se levantó y se puso frente a mí, erguida, clavando sus ojos en los míos. Bajé la mirada, patidifuso, y seguí en el mismo lugar, sin hablar. Se inclinó de nuevo sobre la cama y… aquella escena, además de patética, era sobrecogedora. 

____¡¡No te me mueras, Juanito!! ¡¡Eres mi vida!! ¡¡¿Cómo voy a vivir yo ahora sin ti?!! –decía, con brutal desesperación, echándose sobre él.

Pero de pronto se levantó de nuevo y de un enérgico empujón me echó del cuarto, y se cerró por dentro. Me quedé unos momentos sin saber qué hacer, hasta que reaccioné y golpeé la puerta con los puños cerrados. Sonaba como si golpease un ataúd. Pero no abría. Busqué ayuda en un vecino, y entre los dos forzamos la puerta y entramos. La escena era dantesca; la pobre mujer se hallaba echada sobre el suelo con el cadáver en los brazos. Se resistía, pero se lo arrancamos como pudimos, a la vez que abrí el tarro de la sensibilidad pura para evitar más dolor. ¿Es que hay más dolor que algo así? Luego, aún ella en el suelo, empezó a balbucir palabras ininteligibles: loca.

A menudo recuerdo a aquella mujer. Juana era su nombre. Si todavía vive, arrastrará su locura pacífica, caminará con pasos torpes, tanteará con manos inseguras, se sentará a la entrada de su mísera casa, y la gente que pase por la calle la oirá llorar o reír, sin saber distinguir ese sentimiento, con un gorgoteo de palabras incomprensibles: loca; loca de amor.


Ahora, desde mi lecho de muerte, en estos desesperados momentos de nostalgia, angustia, agonía y dolor, pienso en Juana, la otra Juana, ‘la loca’. Ella y yo, guardando las diferencias, pero todas ellas juntas en favor de aquella mujer madre, más sufrida y más dolorida que yo, estamos desterrados de por vida de la vida. Prestidigitada predestinación en el sombrero de copa del amor

achl

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 4:32 pm





17

Lola empleó sus vacaciones de la Semana Santa en solucionar unos asuntos personales en Sevilla, y en ir a Madrid para pasar unos días con una amiga suya, según le había dicho a la mujer de Ruiz.

Al principio soporté su ausencia. Mis nervios, doloridos por la tensión de los últimos días, pedían a voces un descanso. Pero el descanso no duró. Necesitaba verla, ‘sufrir' su presencia. Todas las tardes iba a la carretera para acechar el autobús que debía traerla al pueblo.

Era desoladora la opresión del paisaje. Más desoladora que nunca al lado del esplendor del trigo, en el que ya podía verse el peso fecundo de las espigas. Los campos se poblarían pronto de flores, que se ceñirían al cinturón de la carretera con la gracia de un polisón: verde, como un milagro, como el alma del Real Betis Balompié, club de fútbol señero de la ciudad de Sevilla; y de tierra fecunda. Y fecundidad era amor. Paseaban parejas de enamorados, se acariciaban bajo el sol, leve ya; suspendían sus arrullos cuando nos cruzábamos. Pero luego podía oírse a mi espalda una risa queda. Dolía. ‘Dicha presentida, jamás saboreada’.

Todo ese despertar de la Naturaleza me dolía. El cielo bajaba de su alta frialdad invernal y se echaba, esponjoso de nube y rilado de lluvia, sobre el vientre de la Tierra, y la Tierra suspiraba, con piel sudorosa empapada, quejándose, como una parturienta. Los pájaros se perseguían con un ruido caliente de alas.

Regresaban al pueblo los inquilinos de las caballerizas: blancos caballos, de ancas y piel relucientes; negros caballos, de resollante nariz y mirar fiero; burros pesados; mulas grandonas, que iban de un lado a otro, nerviosas, ligeras de muslos, a medio levantar sus rabos. Y ya en todo el rato no dejaba de oírse una música de relinchos, de quejidos: gritos de pasión. Los blancos caballos, los negros caballos, los burros, aguardaban. ‘Insaciables equilibristas de patas traseras’.

Pasaban rebaños de cabras. Algunas de ellas habían parido ya, y los pastores traían siempre algunos bebés sobre sus hombros, sucios de sangre aún. Otras, con las panzas hinchadas, se unían a la lista de espera de tan feliz acontecimiento. Flotaba un olor a agrio, a leche, a placenta. Los cabrones, excitados, dejaban en el aire el perfume de su febril pasión.

Había muchos árboles en aquel pueblo y dentro de ellos podía oírse ese estribillo primaveral de la savia, por culpa de la sabia, como cuando se arrima la oreja a un poste del teléfono. Y sus brotes se hallaban cargados de fuerza, como puños de hombre, y cargados de ternura, como puños de mujer.

La ría, próxima al pueblo, se nutría del agua de la lluvia, que se encabritaba contra el dique del puente; sucia de tierra, fértil de tierra, rebosante de espuma. Manoseaba en la orilla y la tierra caía en su seno, esparciendo un olor a fecundaciones.

Un día de aquellos recibí una carta de Pedro Ríos. Decía que me fuera a Madrid para pasar un fin de semana con él. Contesté que sí, incluso llegué a preparar un zurrón con una pistola de caza y una caja de balas, que había olvidado en su casa de entonces en el pueblo, que luego era la mía, y que prometí llevárselos. Me atraía la idea de ir a Madrid y así aprovecharía para indagar sobre Lola.

Pero no fui a Madrid. Me arrepentí en el último momento. Y fue por Lola. Quería permanecer en el pueblo para esperarla. Como si todo fuera a cambiar entre nosotros, como si ya hubiese cambiado, como si aún albergase esperanzas. Me consumía la impaciencia. Incluso dudé de si iba a regresar. Y esto representó un nuevo martirio en los días en que había estado ausente.

Regresó, no obstante. Incluso un día antes de lo anunciado, mediante telegrama, a la esposa de Ruiz. Y sólo yo, como cada tarde, la esperaba. Cuando llegó y la miré y la vi cansada, triste, pensativa…

____¿Te lo has pasado bien? -le pregunté, después de saludarla.
____Muy bien, Alex. Gracias -mentía.

No había vuelto a llamarme así desde el día que discutimos tan agriamente. ¿Por qué ahora entonces? ¿Otra vez el señuelo? ¿El terrón de azúcar al tigre?

Su voz era cálida, sin embargo. En su expresión podía verse un deseo de decir infinidad de cosas, a la vez dulces y amargas. Me conmovió. Gran actriz. Gran domadora.

____Los otros te esperaban mañana –añadí, de pronto.
____Ya, pero fue por el billete. Aproveché una oportunidad para volver hoy. Si no, tenía que esperar dos días más –me respondió y me preguntó, mirándome:- ¿pero por qué los otros? ¿Y tú?
____Yo te he esperado todos los días –respondí.
____Como amigo, claro.
____Como un hombre a su mujer.
____Pero…
____¿Cuánto va a durar esto? –la interrumpí.
____No te comprendo…
____Lo sé. Pero estoy sufriendo y ya no puedo más. El día menos pensado reflexionarás y entonces te percatarás de lo que dicta tu corazón. Espero que no sea demasiado tarde.
____Es que no puedo amar a la fuerza. ¿Por qué siempre vienes amenazando? ¿Qué has querido decir con eso de que puede ser demasiado tarde? ¿Para quién? –preguntó, nerviosa.
____Para ti. Y también para mí.
____Por favor, Alex, no hablemos más de eso. Te atormentas tú, y me aflige a mí. Eso quedó zanjado el pasado invierno, ¿recuerdas?
____¿Zanjado? -comencé a irritarme-. ¡¿Es que no ves que lo que tú crees zanjado ha crecido en mí hasta hacerme enloquecer?! ¡¿Qué es lo que puede ofrecerte ese imbécil de López?! ¡Contesta! ¡¿Es que me vas a decir que a él... a él..., le amas?!
____Cálmate, por favor. Nada se resuelve gritando, insultando... -su voz se hizo dulce como el aliento de la noche-. Mira, Alex. Me amas, lo sé desde el primer día. También yo quería amarte ¿Te das cuenta? Más que a nadie. Hubiera sido maravilloso amarte como tú me amas. Pero no pudo ser. Dejé que me besaras para sopesar mis sentimientos. ¿Tengo la culpa acaso de no amarte? No pudo ser. Alex, te lo suplico, déjame que busque la felicidad a mi modo. ¿No puedes ser generoso con la mujer que amas? Yo lo sería contigo. Por favor Alex. Puedes hacerme daño. Y lo piensas. ¿Te acuerdas de la noche que discutimos? Amenazaste con matarme. Y puedes hacerlo. Soy mujer. Y soy débil. ¿Pero vas a hacer daño tú a tu Lola? ¿Tú? ¿Tú?

Sus palabras, bien aprendidas y ensayadas, la hacían emocionar.

También yo me emocioné. Gran actriz.

____Lola –contesté, calmado-, hay cosas contra las que no se puede luchar. Avasallan y llegan siempre, como la hora de la muerte. Y también yo quiero hacerte una súplica, la misma de antes: que mires en tu corazón. Tengo miedo. Lo mismo que tú. Miedo de que pueda incendiarnos la llama que has encendido en mi corazón.

Al cabo de unos minutos, llegamos hasta la puerta de su casa. Lola la abrió y, con voz serena pero firme, respondió:

____No nos incendiará si piensas que la mujer que amas tiene, como mínimo, el mismo derecho que tú a la felicidad.


Y sin añadir nada más, entró en su casa. Y la noche primaveral entró tras ella. Entonces me giré en redondo y empecé a caminar, sin rumbo fijo, pero con un decidido propósito de renuncia. No iba a durar. Ni iba a ser el último. Tampoco durarían

achl

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 5:58 pm



18

No dejaba de pensar en una cosa que me dijo Lola, luego de volver de su viaje: ‘¿vas a hacer daño a tu Lola?’. Ella tenía derecho a la felicidad. De acuerdo. ¿Pero con López? ¿Es que lo amaba? No quería engañarme, con otro sería igual. Pero López... ‘Así le entrase una perlesía y pillase un torzón y se lo llevase Manuel’

No quería pensar en López, sólo en Lola, en su felicidad. Y yo, nada. No era generoso, pero la amaba.


Amar es un deseo de morir en otro. Porque dejar la vida es otra cosa: un accidente, un no despertar, un infarto… Pero vivir… con esta mi muerte


Y mientras tanto, los días transcurrían sin darme cuenta. Roía el hueso de mis perplejidades. Lola sabía cómo domar la fiera.


¡Noble fiera yo, capaz de devorarte y de lamerte a la vez!


Y los números del calendario iban cayendo. El sol cruzaba de Oriente a Occidente cual pelota de tenis. Yo era aún un volcán apagado, pero con el corazón encendido. Me preguntaba cosas sin respuestas. Pensaba: ‘renuncio, que seas feliz’. Y todo yo sombrío

Aquelos perros falderos: la mujer de Ruiz, Antonia, López, y Lola también, se esforzaban en hacerme carantoñas, derrochaban amabilidades. Ruiz fruncía los ojos; pena y dolor en su mirada. Los otros ya iban cogiendo confianza. Yo ya estaba domado. No había ningún peligro.

Pero nadie lo sospechaba. Ni siquiera yo. En cambio, Ruiz, sí; extraordinaria perspicacia la suya, que veía en aquella oscuridad. Pero en mis interiores brujuleaba la imagen del infierno, y en ella Satán: la maldad, la ferocidad, la astucia…

Una de aquellas noches, López acompañó a Lola hasta su casa. A solas los dos. Como antes conmigo. Pensaba: ‘que seas feliz’. Pero seguía royendo mi hueso. Y esta vez hasta lo mordía. Como si tirasen de una presa y a la vez le dejasen libres los dientes. Chorreando otra vez la baba espesa de la locura. Ruiz lo notaba: cejas fruncidas, mirada fija… Nadie más que Ruiz.

Y López se la llevó la noche siguiente. Y la otra. Y la otra... Estaría el cielo sobre ellos como para insectos en celo, enjoyado de estrellas, de azahar. ¿Nupcial? ¡No! ¡Ni pensarlo quería!

Junio estaba próximo. Reanudamos los paseos. Todavía llegaba el aire lleno de polen. Lola se apartaba del grupo de señoras –no lo había hecho nunca conmigo-, y se quedaba con López detrás. Rezagados. Pero no había peligro; yo ya estaba domado. Apenas llegaba la noche, se pegaba resollando a la tierra. Se perseguían los insectos entre el polvo oscuros. Se afanaban los grillos en unos cantos lujuriosos. Se cerraban exhaustas las corolas. Y la luna, redonda, estaba en lo más alto, provocando, como un pecho.

Después volvíamos al pueblo. Menos la maestra y el notario, que seguían paseando en la carretera. Lola y Víctor, tal para cual, a solas los dos, pero con el tesoro de las estrellas, con los cantos agudos de los insectos, con el perfume enervante de las flores y con la tercería de la luna, procaz, como el ombligo del macho de la noche.

López iba todas las tardes con Lola, todas las noches con Lola. Y siempre solos. Yo no podía más. ¿La amaba? ¡No! Los amorosos latidos del notario apenas si eran gorgoteo frente a los amorosos latidos catarata del médico: el arroyo y el Niágara. Y Lola debía verlo. ¡Yo se lo haría ver!

No quería pensarlo. ¿Pero la besaba? ¡No! ¡Ya no había sombra en mí, sólo incendio! Como la estela que debe perseguir a Satán mientras cruza el espacio.

Comenzó de nuevo a hervir mi sangre, y cada vez golpeaba con más fuerza contra mi resistencia. Hasta que llegó un momento en que todos lo veían. Ruiz llevaba a mi hombro su mano cálida: ‘Alejandro…’. No decía más. Apartaba la mano, huraño: ¡basta ya de frenos! ¡La besa! ¿Sabes? No decía éstas palabras, pero estaban en mí como un alarido, como un rejón de angustia; de muerte, aún no. No: para mí y para los otros ¿Pero y para Ruiz? Sí, sólo para él. Y su voz, apaciguadora, profética: ‘Alejandro…'

Aquellos perros domésticos suspendían las carantoñas. Lola también, pero, como le sobraba astucia, disimulaba. López quería pedir explicaciones; se veía en sus ojos. Lola se lo prohibía para evitar males mayores. Siempre hábil. Y además tenía miedo. Ya había empezado otra vez a hostigarla con palabras duras, pero topaba con su indiferencia. Buscaba calor en los otros, pero hundían el rabo y huían como perros cobardes. Ruiz no. Pero como la farsa les había fallado, los sentidos de Lola empezaban a tomar medidas drásticas: me recibían fríamente, haciéndome el vacío. No les hacía caso y seguía acudiendo a las tertulias y a los paseos, aunque Lola protegida por sus incondicionales. Pero le enviaba mi furia por encima del grupo, como piedra.

Y así seguía, días tras días. Hasta que llegó el 28 de junio. Me encontraba deshecho, maltrecho, pero en acecho. Esperando una ocasión. Algo que pudiera salvarme: ¡un milagro, un escándalo… algo…!

El 28 de junio era la víspera de la fiesta del pueblo. El juez nos había invitado a su casa. Se llamaba Pedro, como mi padre, y adelantaba la celebración de su onomástica porque al otro día se celebraba la capea y nadie quería perderse el jolgorio.

Acudimos medio centenar de personas: el alcalde, los funcionarios, el farmacéutico, el cuerpo médico, pueblerinos ricos, sus hijos, y algunas autoridades de Sevilla, y todos ellos acompañados de esposas o novias. Y en fin, cuanta gente de algún relieve había en los pueblos colindantes. Ah, y el cura del pueblo, don Maximino. ¡Faltaría más! 

Vivía su Señoría en un caserón antiguo, de amplias habitaciones inhóspitas. El Juzgado estaba en la planta baja y sus ventanas se abrían hacia la plaza. Tanto el despacho del juez como la oficina olían a papel viejo y colilla. Cuatro mesas, mugrientas de tinta, seis sillas, con asiento de enea, y seis estantes llenos de mamotretos atados con cintas con los colores de la enseña nacional, suponía todo el mobiliario.

La vivienda estaba en la planta alta. Se subía a ella a través de una angosta y peligrosa escalera de madera con peldaños desiguales, pintados en negro, y de temblequeante barandilla. Los muebles eran someros, pero con cierto empaque presuntuoso y burgués.

El juez y su mujer no amigaban con nosotros, paseaban a solas. Era un dúo peculiar. Ella le llevaba la friolera de diez años a él. Pero no lo parecía. Ni se lo notaban. Lía, que así se llamaba ‘la jueza’, con sus cuarenta y ocho, bien cumplidos, se conservaba lozana. Mientras que Pedro, solemne, apergaminado y serio, iba perdiendo pelo, acometido de una calvicie prematura

Lía era una mujer muy atractiva: ojos grandes y bellos, cabellera morena y cuerpo siluetado. Procedía de una familia humilde. Había estudiado en un colegio de monjas, donde le enseñaron algunas habilidades caseras. Acervo que enriquecía infatigablemente, copiando recetas de cocina, preparando comidas, e inventando puntos de tejidos, además del tan socorrido santo y seña de todos los procedimientos para hacer desaparecer las manchas en la ropa. Su trato era amable y sus charlas amenas. Había conocido a Pedro cuando éste cursaba Derecho. Era huésped en su casa. Pienso que al principio trataría al joven con benevolencia despectiva. Pero las cosas debieron cambiar pronto, de manera halagüeña, para la soltera madura. En fin, ‘Pedro acabó portándose como un caballero’.

Este matrimonio tenía tres hijos, guapos, respetuosos, educados y cariñosos, que su madre vestía con esmero.

Un día hablamos Lola y yo sobre Lía y Pedro. Decía que Lía amaba a Pedro con uno de esos amores angustiosos de la existencia. Él le correspondía, pero en los ojos de ella se agolpaba una inquietud: la vejez rondaba en torno suya, salpicándole de canas el cabello, arándole la cara, desmadejándole las formas, entumeciéndole las articulaciones; y la menopausia helaba la sangre de una forma dramática.
Pedro, a pesar de su calvicie y a lo desvaído de color, gozaba de buena salud y estaba en plena forma: ojos con brillo, cuerpo musculoso… Lo normal a los treinta y ocho años de edad.

Y así vivía cada día Lía: con la pesadumbre de ver en su cara el paso de los años, y en la de su marido la primera indiferencia amorosa. Pequeña pero dolorosa tragedia. La vida pendiendo de la cabeza de los humano, como un vil damocles, y sin más fe y esperanza que la propia vida, por otro lado, en absoluto despreciable.

Las viandas eran exquisitas. Lía debía pensar que cuando se le ausentasen 'sus‘otros encantos’, le quedaría el recurso coercitivo de sus habilidades caseras: el bordado monjil en camisas y pañuelos, el hogar acogedor, el plato favorito, la romántica flor sobre la mesa. Además, por supuesto, las cuidadas despedidas y acogidas diarias al esposo, con besos incluidos.

Dos bandejas con dulces y tres con chacinas variadas quedaron intactas sobre la mesa. El prurito de la hospitalidad local se cifraba, precisamente, en eso: en atiborrar a los comensales hasta que pudieran tocar la comida con los dedos, y en que sobrase lo suficiente para experimentar a la vez desazón y náuseas.

Cuando llegó Lola me saludó con la mirada. Había en sus ojos un aire altanero, como de lid. Sabía que no iba a cejar en mi lucha, y lo aceptaba. No pedía cuartel, pero tampoco lo concedía. No sólo era hábil, fuerte también. Y podía ser tan dura como yo... ¡Dios! Estábamos hecho el uno para el otro. Pero, aun su talante en esa tarde, decidí resolverme en blanduras. ‘Qué seas feliz’, pensaba, mirándola.

Lía llevó al salón una gramola e invitó a todos a que bailásemos. La aguja empezó a pinchar apenas los hombres retiramos mesas y sillas. Esposa y esposo y novia y novio bailaban juntos. ‘Cada oveja con su pareja’. La promiscuidad no tenía cabida en la casa de la ley. 

López acaparó a Lola, en propiedad, como era de esperar por la mayoría presente, y un primo de Lía, largo de estatura, de nariz, de piernas, de brazos, y bronco de voz, se dedicó conmigo a las señoritas solteras y las solteronas.

Pero yo quería bailar con Lola. Un qerer tan agobiante que oprimía. Quería tenerla cerca, respirarla, mirarla, hablarle… despedirme a ultranza de una posibilidad feliz; despedirme a ultranza, simple y llanamente. Derramaba generosidad en aquella tarde.

Pero no sabía si fue la actitud de López que aventó mis buenos propósitos. Y no lo supe hasta más tarde; hasta que ya no tenía remedio.

Aparentemente, no alentaba incordio alguno. Al contrario. La resignación dejaba en mis labios sonrisas amables y palabras dulces. Las féminas con las que bailaba parecían complacidas. Pero algo estaba cociéndose en mi interior, que era lo que, finalmente, iba a cargar el escopetazo de mi intemperancia.

Bailando, López llevaba fácilmente a Lola entre los brazos, pero sin entender nada. Que no le pesaba como pesan las cosas que se aman y que duelen. Que no era para él un universo.


Desde mi cama, con mis folios y mi pluma, hago un paréntesis para decir que nunca jamás llegaré a entender cómo se puede amar a una mujer, tenerla para uno mismo, mirarla a los ojos, sin sentir siquiera un escalofrío.


La miraba con esa mezquina complacencia del palurdo que observa el cielo estrellado, muy ajeno a su aplastante grandiosidad.

Nada menos que catorce piezas seguidas bailaron la titular del colegio de niñas y el titular de la notaría. Lola tenía la cara roja, arrebolada, y los labios llenos de risas y sonrisas. Pero parecía más divertida que feliz. ‘Sé feliz, sé feliz’. Le iba repitiendo, casi encarnizadamente, como queriendo apagar los fuegos de una remota angustia. ‘¿Puede reír sabiendo que estoy sufriendo?’. Me iba diciendo, encarnizadamente, como queriendo encender los fuegos de una angustia cercana.

Entonces, influenciado quizáz por mis pensamientos, me acerqué a ellos, decidido y erguido, y formulé a Lola, en un tono de voz desapacible, la pregunta del siglo:

____¿Quieres bailar conmigo?
____¡Oh, lo siento! Precisamente le iba a decir ahora a Víctor que estaba cansada y que sólo quería sentarme -se disculpó, serena todavía.

Su repulsa golpeó mi ego, como piedra. Pero no sentía ningún despecho, sino sorpresa de que pudiera decirme ‘no’ a algo, aun su indudable derecho. Ella, que me pertenecía, que era mía; ¡a las buenas o las malas, mía!

Respondí en forma de pregunta, pero con cierta impertinencia:

____¿Es que soy poca cosa para ti?
____Nadie es poca cosa para mí -dijo, empezando a nerviosear-. Pero te repito que estoy cansada. A un verdadero caballero le bastaría con eso –añadió.

¡Tachán... tachán...! El circo estaba a punto de comenzar. Ya estaba el telón en lo más alto, y todo el mundo podía disfrutar del espectáculo. Mi última resistencia saltaba, rota, y mi desesperación empezaba a salir, lenta todavía, pero abrasándome oídos, boca y ojos, como algo viscoso y caliente que ninguna reflexión podía taponar.

No obstante no haber encajado ese golpe bajo, mi respuesta no fue especialmente insultante. Sólo fría y cortante, como hielo.

____Eso bastaría a un auténtico caballero si se tratase de una auténtica dama. ¿Pero tú…? -no dije nada más. Ya era suficiente.

Las conversaciones cesaron luego de mi primera salida de tono; rodaron en un siseo y eran sorbidas por la esponja del silencio. Pero la segunda golpeó la esponja con un puño enguantado. Se levantó un rumor de ansiedades, un refregar de pies y un crujir de las articulaciones, y hasta las tensiones en los músculos y las arritmias en los corazones tamborileaban la atmósfera con dedos broncos. La música había dejado de sonar. Y la aguja rayaba el silencio, agriamente… agriamente…

Se puso en pie y, con cara desencajada, me miró y me dijo:

____¡Tú… tú… eres un…! -no podía acabar la frase.

De nuevo se sentó, y después hundió la cara entre las manos.

Me giré y comencé a salir del salón. La furia, la satisfacción, la sorpresa, la pena, el rencor, el odio, el miedo… Todo un río de los sentimientos humanos iba apareciendo en los ostros atónitos de todos los circunstantes, escaso puñado de gente, diminuto ámbito, un mundo todo, con todo lo de sórdido y lo de elevado que había en él.

Crucé despacio el umbral. Pero antes de salir, oí a mis espaldas un forcejeo. Al poco, me llegó, iracunda, la voz de del notario.

____¡Suéltame, Pedro, se va a enterar ese cabrón! ¡A ver si tiene cojones de repetir lo que acaba de decir!
____¡Quieto te digo! ¿Vas a ser tú ahora más rufián que él? –le dijo el juez, sin dejar de sujetarle.

Sentía ganas de reír, por la ira de López, y de llorar, por el daño causado a Lola. Pero no hice nada de eso. Como el jugador que ya se le ha pasado la mala racha. Ahora iba a recuperar todo. No importaba que ella sufriese. Me sentía de nuevo en el camino. Sólo había que andar, aun a través de las peores infamias. Acabaría por hacerla feliz, como ninguna otra mujer lo hubiera sido sido jamás. Que sufriese. También yo sufría, abierto de llagas para recibir la semilla del amor. Que sufriese. Su dolor sería a la vez fugaz y fecundo, como un parto.


¡Me amarás, reconozco mi violencia, pero no la deploro! El amor es un desgarramiento y su conquista se hace a retazos, con dolor. No importa que sufriese, si eso era necesario para hacerla despertar. ¡Ojalá que en estos momentos sufras tanto o más como yo!


Ahora pienso que todo lo que pasó en aquella tarde podría haber sido el principio de mi felicidad, y que no retrocedería ante nada con tal de conseguirla, con tal de que ningún otro hombre se cruzase en nuestro camino. López no se atrevería a amarla desde aquellas, para mí, 'mis afortunadas palabras', estando difamada, señalada por todo el mundo. A mí eso no me importaba. Iría adonde quiere que fuese por estar con ella, aunque tuviese que perseguirla, como dicen que el ojo de Dios perseguía a Caín

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 7:05 pm



19

Después de salir de la casa del juez me encaminé hacia las afueras del pueblo. Dejé atrás a su Señoría un pozo abierto de odio y rencor, como un forúnculo. Anochecía ya. El aire yacía en la rubia doncellez de los trigos, gorgojeantes aún del último resplandor del sol.

Dejé la carretera y me metí en un estrecho camino entre trigales. Las espigas, pesadas y dulces, como senos, me acariciaban las piernas. Pasé la mano sobre su áspera piel joven, y luego miré la gran ubre caliente de la noche, goteada de estrellas. Disipando se iba ya mi desconcierto, pero me encontraba un poco desconcertado por lo ocurrido en la tarde.

Seguí caminando en la oscuridad, espolvoreado de la luz lunar, que quedaba entre mis dedos como los polvos de talco. Crucé el cauce de la ría, medio seca ya. Podía oírse el canto respingante de las ranas, de los grillos, y de todo bicho cantarín que solfeaba en aquel lugar.

Iba caminando acariciado de espigas y arañado de rastrojos. Me sobrepuse y sólo reinaba en mí una calidez que transpiraba de los poros de la noche. No pensaba, sólo flotaba desarraigado de todo. La noche me iba sorbiendo y me iba respirando en sus pulmones, aturdidos de estrellas y saturado de la arcilla del mundo.

Ignoro cuánto duró aquello, sólo sé que anduve durante horas y que me devolvió a la realidad un río de pezuñas que golpeaba la piel tersa de la noche, como un tambor. Alguien gritó, de pronto… ‘¡eh!’. Por un instante dudé si era a mí o al río que arrastraba objetos puntiagudos; iba en pos del agua desperdigada. Blancos cuernos afilados por la muerte rasgaban la seda del aire, y sus tiras caían sobre sus húmedos flancos. Mugía una vaca, repetía otra, y la noche, de pronto, se hacía más negra. ‘¡¿Quién va?!’. El amo de la voz me reconoció: ‘¡pero si es don Alejandro!’. Saludé alzando la mano. ‘¡Hola, doctor! ¡¿Qué?! ¡Ah, las reses! ¡Para la capea! ¡Ocho en total! ¡Seis vacas y dos cabestros! ¡Adiós, doctor! ¡Ya nos veremos en el pueblo!’. Y se alejó trotando tras las vacas, que dejaban en el ambiente un olor a heno, a establo, embistiendo a la oscuridad, excitadas por la presencia de los caballos y apaciguadas por la cercanía de los cabestros, de ligeras patas, de escurridas pelvis, de escasas vergas.

Detrás iba un centenar de personas, y todas ellas armadas de palos. Me acerqué. Hablaban nerviosas: ‘¡la vaca negra, la roja, la de las cuernos así, la de las cuernos asao!’. Levantaban sus palos, borrachas de entusiasmo, como si ya tuvieran a las reses bajo el azote de su brutalidad.

Al momento, era yo uno más del grupo durante un largo trayecto. Y entonces pensé en Lola. Cercana mugía, de pronto, dos vacas, provocándome dejar mi pensamiento y haciéndome caer en el sopor del nombre Lola, a la vez que aturdiéndome la resonancia que esas cuatro letras dejaban en mí. Como el avaro que cuenta sus monedas, haciéndolas retiñir sobre una plancha de mármol.

Hombres, mujeres, mozos, mozas y hasta niños, habían salido a recibir a aquel grupo, y ya no pensaban acostarse. Corrían hacia la puerta del corral, en que encerraban a las vacas. Ese corral daba a una calle de detrás de la mía, y los chillidos me llegaban como un despertador. Les tiraban piedras, las hostigaban con palos, y las pobres vacas mugían, amenazadoras, con quejidos casi humanos.

Dormí del tirón esa noche, sin que me turbaran remordimientos. No podía arrepentirme de amar. Sólo tenía que seguir mi camino Sobraba ya el pasado de Lola. Después de mi insinuación en esa tarde, la gente pensaría lo peor. Sólo tenía que seguir. ¿Cómo? No había trazado ningún plan y me abandoné en los brazos de Morfeo.

A la mañana siguiente, me levanté al alba. Después me asomé a la calle desde la ventana de mi cuarto. Las mujeres llenaban los balcones, apiñadas como granos de uva, y los hombres estaban en la calle blandiendo palo. Hablaban ensordecedoramente, pero cambiaban a un cuchicheo premioso apenas me veían. Pensé que ya habían empezado a ensuciar con sus babas el nombre de Lola. Pero no duraban las miradas: ‘¡eh, vaca!’, gritó uno, y todos los ojos se apartaban de mí, llenas las bocas de palabras y risas nerviosas. Estaban alegres, y hasta el alcalde y sus hermanos, de tan deplorable recuerdo para mí, me saludaban mano en alto y con una sonrisa irónica en los labios. No les correspondí. Opté por desviar la mirada.

A las ocho, la expectación llenaba la calle, como una inundación. Y así de tumultuosa. Iba desde el corral a la plaza. Un hombre hablaba con el alguacil. ‘¡Ya salen!’ Gritó de pronto un listillo, y echaban a correr todos los demás. Pero, al poco, regresaban de vuelta de sus miedos, mostrando miradas azoradas a la vez que recriminatorias hacia aquel listillo.

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 7:28 pm



Llegaban Ruiz y Juan; éste me saludó alzando la mano, con aire de reprensión, pero Ruiz me miró largamente, con ojos escudriñadores, que sentía como manos, como palpando.

Empezaban a hablar excitados con el alcalde, y luego, los tres juntos, se iban hacia la plaza, moviendo las manos en el aire, cual marioneta. De pronto, el cura, de tan peculiar idiosincrasia, aparecía y se unía a ellos antes de que llegasen a su destino. Doblaban la esquina y volvían al instante, acompañados de un tipo rechoncho, con zahones y sombrero cordobés, mugrientos. ‘¡El vaquero!’, gritó alguien, y todos corrieron hacia los soportales.

Las mujeres se agolpaban en los balcones, como si estuvieran apretando el racimo, destilando el zumo de la emoción. Las vacas mugían. El vaquero les hablaba y ellas atendían las palabras amigas. Mientras tanto, dos mozos empezaban a tirar del carro, que taponaba la entrada del corral, dejando un hueco por donde el ganado pudiera salir. ‘¡¡Una sola!!’ ‘¡¡Todas!!’. Cientos de bocas gritaban y las vacas, resabiadas miraban recelosas la puerta. ‘¡¡Ja, vaca!!’. Les gritaban desde lo alto de los carros. Pero tiraban derrotes y retrocedían. Les tiraban de todo, a la vez que golpeaban con sus palos los adrales del carro. Un osado muchacho se acercaba hasta el hueco de salida y las citaba con una sucia y ajada capa de lidia. Algún otro llevaba en sus manos una capa igual: eran los maletillas del pueblo y alrededores.

Súbitamente, se arrancaba una vaca, de bella estampa, de gran tronío. Tenía el pelo castaño; 'la Roja', había sido bautizada ya. El osado se refugiaba en el carro, sin correr, pero pálido. Los que se habían bajado de las rejas de los soportales, enloquecidos galopaban, pisándose unos a otros. Las mujeres empezaban a gritar y llamaban a sus hijos, sus esposos, sus padres… 'La Roja' salía de estampía con majeza, lanzando al aire su bien armada testa. Bello animal. Se llevaba consigo todo el sol de la tarde. Y los aplausos también. Avanzaba al trote, reluciente como ascuas; lanzaba jubilosas cornadas contra las rejas, en que se apiñaban los medrosos; como si quisiera jugar con ellos. Luego resbalaba y, abierta de patas, a punto estaba de caer. Pero se incorporaba y parecía reír, a la vez que abría sus grandes ojos, rebosantes de nobleza.

Los hombres, recuperados del susto, seguros ya en sus refugios, gritaban, y gritaban con fuerzas las mujeres y los niños. 'La Roja' se volvía a un lado y a otro, aturdida entre esas dos paredes de humanos. Los más cercanos, descargaban palos contra ella con toda la fuerza que permitían los brazos; 'La Roja' retrocedía enfurecida y, plantada en medio de la calle, bajaba su resollante nariz; el sudor corría en su cuello y en sus patas. Escarbaba la tierra, que levantaba el polvo de su furia; embestía a cuanto engaño la citaba, multiplicaba generosamente las embestidas, se arrancaba contra los barrotes esquirla de los cuernos y soportaba impávida la lluvia de palos. Los hombres empezaban a bajar de nuevo de lo alto de las rejas y se asomaban a los quicios. Los más osados se ponían en medio. 'La Roja' corría hacia ellos, originando que una masa humana trepase, como una marea, mientras los que se iban quedando atrás descendían a su vez. Producía una extraña sensación aquell vaivén de la multitud, que culebreaba con ondas de pánicos y atrevimientos medrosos al paso de la vaca que, aburrida de tanto desmaño, entraba en aquel improvisado coso, y después correteaba en él.

Alejados por el momento los peligros, algunos empezaban a llamar a las otras vaca, que junto con los cabestros salían, y sucedíase entonces un espectáculo bochornoso: los que se iban poniendo a salvo, luego de cruzar sobre el ganado, corrían detrás soltando garrotazos de la manera más salvaje que se pueda concebir. Las vacas, doloridas, buscaban a los cabestros, quejándose bajo una lluvia de castigo. Pasaban una y otra vez, arriba y abajo y en medio del túnel de aquellos palos implacables. Raramente se paraba una vaca a plantar cara. El terror aventaba a los crueles, como a un puñado de ratas, que regresaban enseguida con una procacidad increíble. Los flancos de las vacas se estremecían. Esos mismos flancos que tiempo atrás habían recibido las caricias de las pezuñas de sus hijos, los erales. Dolía la escena: las bravas y nobles vacas atacadas por una jauría de perros cobardes. Como yo.

Una hora duraba la salvajada. 'La Roja' salía del coso y caía, se levantaba de nuevo, bajo un terrible vapuleo, arrastrando los cuartos traseros, pero volvía a caer y a mugir lastimeramente. Tal vez pensaba en la llanura en la que pacía, en el arroyo en el que hundía su belfo, para beber su agua; en el olivar, redondo

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 8:20 pm



de sombra, rumiando su hierba; en ese fecundo empujón de su toro, que la dejaba erizada de ternura y curvada con la fuerza de la maternidad. Ya ni se quejaba. Las otras vacas llegaban desde la calle, y los verdugos de 'la Roja' empezaban a correr.

Mientras se cruzaban con 'la Roja', la miraban largamente, como con aire de venganza. 'La Roja' seguía mugiendo, pero hacía un último e inútil intento por levantarse ‘¡¡Matar a esa vaca de una puta vez!! ¡¡¿No veis que está sufriendo?!!’ Gritaba de pronto Ruiz. No le hacían caso, pero cundía la novedad del grito y enseguida encerraban en la plaza a las otras. Los verdugos de 'la Roja se acercaban a ella y les daban un golpe más, como de despedida. ¡¡¿Queréis dejarla ya, joder?!!’, gritaba de nuevo Ruiz, abriéndose paso hacia donde se hallaba el pobre animal. Uno le tocaba los cuernos y 'la Roja' movía de un lado a otro la testa y lo aventaba como a mosca. La calle se iba llenando de mugidos lastimeros, y a su vez iba adquiriendo el color de la angustia. 

Seguidamente. llegaban el alcalde, el veterinario y el vaquero. El veterinario empezaba a examinar a 'la Roja', que volvía la testa; conocía las manos que la tocaban. ‘¡Sujetarla!’, decía autoritario el alcalde. El veterinario soltaba un conciso no, pero dos bestias se echaban contra ella, cogiéndola fuertemente de los cuernos; 'la Roja' los zarandeaba. Otros dos, lo mismo de bestias, se les unía, y entre los cuatro le aplastaban la testa con los pies. Resuellos de su nariz levantaban polvo, y sus labios, oprimidos contra el suelo, dejaban escapar mugidos sofocados. Y tiernos también, ahora que su ‘médico’ estaba a su lado.

¿Por qué la sujetaban? No quería causar daño. Mirar sólo con ojos de gratitud. El veterinario miraba al alcalde, sin comprender ‘las razones apremiantes’ que éste exponía: ‘¡me cuesta mil duros si se mata!’. El veterinario decía que había que curar a la vaca, pero el alcalde no le echaba cuenta y se daba media vuelta. El veterinario seguía insistiendo, hasta que, finalmente, declinaba ante la primera autoridad.

Y mientras tanto, las gentes de la plaza a sus aires: ‘¡¡otroooo tooorooo, señor alcaaaalde!!’. El cabecilla levantaba la cabeza y miraba con una gravedad cómica, como si él fuera el único que tenía sentido de la responsabilidad. El vaquero quería terciar. ‘¡¡Basta ya!!’, gritaba el alcalde, fusilándole con los ojos: ‘¡pero podías haberme traído un ganado más resistente!’

De pronto, aparecía un hermano del alcalde, quien le decía algo al oído señalando la vaca. ‘¡Matarla ya!’. Decía el alcalde, excitado por la seguridad de su propia importancia.

Y a todo esto, aquéllos cuatro seguían empujando la cabeza de 'la Roja contra el suelo, sin importarles el dolor. Como si la crueldad fuera una carga ligera de llevar. ‘¡¡Soltarla!!’, gritaba el hermano del cabecilla, empuñando un cuchillo. 'La Roja' movía la testa, sin fuerzas ya. Medio muerta intentaba apuntillarla. El arma cruzaba el aire, una, dos, tres veces, rajando el silencio sobre la calle. La luz destellaba, herida, en el resplandor del cuchillo. Y de pronto, 'la Roja' dejaba de mugir, sacudiendo la testa a cada cuchillazo. Y fundido ya el relé de la voluntad, la sangre brotaba, negra. Podía oírse un siseo, como de no saciados. Ruiz intervenía de nuevo, se dirigía hacia el hermano del alcalde y lo zarandeaba, pero éste le plantaba cara agresivo: rojos el puño y el acero.

Al poco, aparecía el matarife, provisto de una puntilla: atenazaba con una mano experta los cuernos, alzaba el puñal, y con la otra mano daba el puyazo mortal. 'La Roja' caía de un golpe, como si todo el universo cayese sobre ella. Y no sabía por qué, pero en ese momento pensaba en Lola, sobresaltado y angustiado.

Poco despues de almorzar, Ruiz y Juan vinieron a buscarme. No había acabado aún de vestirme. Ruiz me preguntó: 

____¿Aún estamos así? Las señoras esperan, y la capea empieza a las cuatro en punto. Aunque lo de 'en punto' no se lleva a rajatabla en este pueblo –me miró y sonrió, como buscando reacción.
____Te gustarán los burladeros que han improvisado –agregó, por añadir algo, al no obtener respuesta alguna.

Ni 'mu' al incidente de la tarde del día anterior, como queriendo ignorarlo, como si lo quisiera olvidar. Y de la capea, hablaba atropelladamente, y más todavía Juan, cuando se nos acercó.

____¿Puede saberse qué es lo que te propones? -quería saber Ruiz, aprovechando un momento en que podíamos hablar, sin que nos escuchase Juan.

____Salvarme –respondí.
____¿Por los procedimientos de ayer? 
____Por los procedimientos que sean. 
____Supongo… -me miró largamente, al mismo tiempo que empezó a mover la cabeza- …que hacer que reflexione un loco es una locura. 
____Y supones bien –le devolví la mirada, largamente.

Y esto fue todo lo que hablamos en aquella ocasión.

A las cuatro y cinco llegamos los tres a la casa del juez. Todos los balcones estaban ya llenos. Lola y López se hallaban en el principal. Lola desvió la mirada, apenas me crucé con sus ojos. Ruiz, Juan y yo permanecimos en la parte de abajo, justo en el vano de la puerta de entrada. En todas las salidas de escape habían clavado unos palos, a unos treinta y cinco centímetros unos de otros, entre los que era fácil escurrirse si se presentaba una situación de peligro.

A las cuatro y diez comenzó la capea. Ya habían metido a las vacas en un callejón, que se abría a la plaza y al que colocaron un vallado con una puerta metálica. En cada entrada había un burladero, igual al nuestro. Varios sacos de arena taponaban los escapes. Iguales burladeros habían colocado en los lugares más estratégicos, con lidea de que pudieran servir de refugio en un caso de necesidad. Cantidad de personas se apiñaban en aquel tenderete, y tanto balcones como tendidos, crujían bajo el peso de una masa humana multitudinaria.

El sol prensaba el recinto como barra de fuego cuadrangular, que escapaba derretida en los callejones y se solidificaba en los soportales a la sombra. El alcalde miró al vaquero, y la primera vaca salía al coso. Se producía una desbandada general. La vaca embestía al estremecimiento que las astas dejaban en el aire. Las madres gritaban al susto, y los hijos rompían a llorar. La vaca quedaba en la arena: caliente de sol y blanca de luz. La citaban desde algún carro, y ella corneaba las ruedas, dejando

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 8:45 pm



en los radios un expectante rodar de ruleta. Y la citaban desde las rejas, al amparo de las columnas, y a todo acudía sobrada de furia y sonora de fuerza. Galopaba en los soportales abriendo un generoso río de su bravura un margen de pánico, abanicada de los aires de los engaños, herida de palos y lanzando a derecha e izquierda el agrio son de sus cuernos. De pronto, sorprendía a un grupo que se apretujaba a la entrada de un burladero. Derribaba a uno con el costado, sin herirle, sin pararse en su carrera; caras blancas y gritos rojos ahogaban ese segundo de angustia. Después dejaba el cauce de los soportales y llevaba de nuevo el agua clara de su fuerza a la arena. 

El compás de la audacia medía círculo, cada vez más estrecho, y el compás del miedo había inscrito ya su gran circunferencia de gruesa línea en el coso. Y todos gritaban, al unísono: ‘¡¡eh, vaca, eh vaca!!’. Uno de los torerillos irrumpía en la arena y le daba un pase embarullado, pero la vaca le quitaba el paño y lo perseguía propinándole un puntazo de risa en el trasero. Empero, pronto se cansaba de capotes torpes y regresaba de nuevo al jolgorio de los soportales, lanzando a un lado y otro sus cuernos, como jugando con ellos.

De repente, Ruiz y Juan decidían tomar parte activa en la capea: Ruiz, con un valor, entre temerario y prudente, y Juan,con su aturdimiento habitual. Desde un balcón, sus esposas, con ojos humedecidos, los perseguían con ruegos. Pero ellos sonreían con desplantes juguetones de macho, enardecidos por la amabilidad de las hembras. También yo quería dar al menos un pase. Giré la cabeza hacia donde se encontraba Lola.


¿No sufres por mí, después del daño que me has causado?

Me dije para mi interior y empezaba a estar triste. Mientras tanto, la vaca trotaba derrochando nobleza contra cientos de sombras engañosas, limpios de muerte los cuernos.


¿Y qué conseguía que con hundirlos en unas entrañas? ¿Y qué conseguía yo que con corriendo tras las oscuras chaquetas de los que me habían hecho daño? ¿Qué con cogiendo la vida de Lola por la cintura? Lola había puesto buenos momentos en mi vida, pero con la gracia fraudulenta de un capote, llevándome en pos de sí con un redondo de verónica. Pero ya no se me iba a escapar. La amaba, aun desgarrada. Como el toro debe amar al torero luego de una cogida. Pero la amaba tanto que su ternura me daba largas toreras.


Una hora permanecía trotando la vaca en los soportales, hasta que acababa por caer, rota de fatiga. Y algunos, como con 'la Roja' la acosaban a palos. Se levantaba mugiendo, pero volvía a caer. Y la gente: ‘¡¡otroooo toorooo!, ¡señoooor alcaalde...!! otrooo tooro, señooor alcaaldee…!!’. 

El trencilla miraba de nuevo al vaquero, y enseguida empezaban a entrar los cabestros al coso, que se llevaban a la vaca tras sí. Las restantes aguardaban en el callejón.

Y salía la última vaca. El sol citaba con su capote torero al último toro de la noche, que tiraba derrotes con los cuernos del Menguante. Era una vaca nerviosa, recién parida, con afiladas defensas, pero floja de patas. Tan pronto salía, se echaba; no quería colaborar. La gente miraba el balcón principal: ‘¡¡otrooo torooooo, seeñooooor aalcaalaadee!!’. El alcalde dudaba, y Ruiz, Juan y yo nos dirigíamos hacia los que paleaban a la vaca caída. Teníamos que refugiarnos en un burladero porque aquella vaca recibía a la defensiva. Se levantaba, pero volvía a caer…

‘¡Cabestros!’. Parecía que el alcalde decidía prolongar la fiesta, y la vaca sobrera aparecía. Ruiz y yo nos quitamos de en medio, pero Juan, dispuesto estaba ya para darle unos pases. ‘¡¡No, que has bebido!!’, gritaba su esposa. La vaca se giraba en el momento en que se levantaba la otra. Un denso silencio de angustia caía sobre la plaza, taponando todas las bocas. La vaca se detenía y el silencio se convertía en suspiro. Juan volvía la cabeza y, al ver el nuevo peligro que le acechaba, tiró el engaño y se echó a correr. Un metro apenas. El suspiro reventó en dolor. La vaca que había arrancado lo prendía del muslo y lo lanzaba al aire, cayendo al suelo. Intentaba levantarse, pero lo que hacía era ofrecerse por segunda vez, y la vaca lo embestía de nuevo. Me hallaba a escasa distancia, pero no me explicaba cómo había ocurrido todo eso. 


Amar es un deseo de morir en otro. Tú no tendrás ya que odiarme. Sé feliz. Yo descansaré en la muerte, y libres y liberados los dos: tú, con tu vida estrecha; y yo, con mi ancha muerte


Me fui hacia donde estaba la vaca y la desvié. Mientras observaba cómo se llevaban a Juan, la vaca me golpeaba y me daba un cornalón en un muslo, pasándome por encima un olor a vaho. Lola no dejaba de mirarme. Me levantaba aturdido. Los ojos de Lola seguían mirándome. Dos mozos, que aparecían de pronto, me palpaban y me hablaban. No les entendía y quería detenerlos, pero, finalmente, me llevaban en volandas.


¿Por qué seguías mirándome?


Todo se había puesto oscuro, pero en los ojos de Lola había luz. Llegó Ruiz y me dijo: ’Alejandro, tienes sangre en un muslo’. ‘No es nada’, le respondí, a la vez que me levanté y me acogí, de la mano de Ruiz, a un burladero. Lola parecía disfrutar.


¿Me odiabas hasta esos extremos? Tendrías que amarme como yo a ti para poder borrar tus miradas de mis recuerdos; como yo que, por amarte, busqué el toro de la muerte


____¿Cómo se encuentra Juan? –le pregunté a Ruiz.
____Aún no lo sé –respondió. 


Pero en ese momento cuatro mozos lo subían con dificultad por la escalera de la casa del juez. Amarilla de muerte y negra de suciedad llevaba la cara.


¡Querías que en lugar de Juan fuese yo! ¿Por qué?


¡Fuera titubeos! Lola tenía que amarme, borrar con sus besos mi amargura; sus besos cortarían las amarras del pasado. Nada iba a recordar desde entonces. Mi vida empezaría en la línea de sus labios, y nada en el ayer. Si tenía fuerza para odiar, la tendría también para amar. Como yo la odiaba con un amor implacable. Del amor al odio sólo hay un paso; y esto tiene peso.

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 8:58 pm



Desde lo más alto de la escalera se oía a Antonia llorar. En su cara, blanca de terror, había desaparecido el color. Su vida entera se había metido en su vientre. Parecía haberse quedado sin sangre. Los ojos de Lola, en cambio, estaban secos.


Piedad para todos. Y para mí, nada. La crueldad se emplea con más dureza en quienes aman. En las madres, no.



Dejaron a Juan sobre la cama del dormitorio del juez.

____Salid todos. Tú también, Antonia -ordenó Ruiz.

Antonia lo miró largamente.

____De acuerdo. Quédate –le dijo, de nuevo Ruiz.

Y nos quedamos los tres. La noche entraba por la ventana. En el horizonte se iban consumiendo las últimas ascuas del Poniente.

Ruiz rajó el pantalón de Juan, dejando la herida al descubierto. Se podía ver un profundo agujero en la cara anterior del muslo. Me miró, y el terror agolpó la noche en el cuarto.

____Enciende la luz –me dijo Ruiz.

Me volví y pulsé el conmutador. Y la noche escapaba, como un animal, dejando el cuarto estremecido. En el piso inferior podía oírse un lamento: era el llanto inconsolable del hijo pequeño de Juan. ‘¡Papaíto, papaíto!’ Besos y pechos consolaban al niño. Se oía lejana a la gente, ajena a la tragedia: otrooooooo tooooroo, señoooor alcaaaaldeeee.

De pronto, Lía entraba en la habitación.

____He puesto… ¡oh! –apartó la vista- …agua a hervir –terminó lo que iba a decir, sobrecogida.

____¿No han traído aún mi maletín? –le preguntó Ruiz a Lía. 
____No –respondió. Pero justo en ese momento, una mujer llamó y entró en el dormitorio, portando un maletín.

Ruiz me hizo una seña significativa, y apresuradamente preparé todo el instrumental.

____¿Qué te parece? -me hablaba en voz baja.
____Mal. Lo mejor es taponar, y llevarlo urgentemente a Sevilla, al hospital ‘Virgen del Rocío’ –respondí, en el mismo tono.
____Pero no resistirá. Son casi tres horas de viaje.
____Pero tenemos que intentarlo.
____¿Qué ocurre? –preguntó Antonia a Ruiz,
____Todo va bien. Pero es mejor que esperes afuera.

Y de nuevo se quedó. 

Me asomé a la puerta y llamé al juez.

____¿Grave? –me preguntó.
____Sí. Que traigan un coche. Hay que llevarle a Sevilla.

Ruiz y yo actuamos rápidamente, pero la sangre salía a borbotones. Y en ella quizá galopaba la muerte, lejos del alcance de nuestros medios.

A los cinco minutos se asomaron a la puerta.

____El coche espera –dijo el juez.

El coche era negro. Negros nos vimos Ruiz y yo para llevar a Juan al coche a través de los negros y desiguales peldaños. La sangre brotaba, negra. Negro era el viaje hasta Sevilla. La esperanza de vida de Juan se me antojaba negra. De rubia borrachera, a negra resaca. Aquellas negras vacas mugían justicieras. De cirios negros, la noche negra se engalonaba. Negro me tenían ya aquellos... ‘ootrooooo toooorooo, seeeeeñooooeer alcaaaaldeeeee’.

Antonia y un hermano de Juan, que había venido al pueblo para pasar las fiestas, iban con Juan y el chófer en un mismo coche.

Cuando el coche partió, Ruiz se me acercó y me dijo:

____Al menos, hemos hecho todo lo posible
____Así es… -respondí.
____Pero ahora, menos ocupados ya, déjame que le eche un vistazo a tu herida. Has perdido mucha sangre, Alejandro.
____Ya te dije que no era nada.
____Déjame al menos que te ponga un anti-gangrena y un vendaje.
____Ya me lo haré yo.

Don Maximino, cómo no, apareció y se me acercó. Quería saber cómo seguía el herido. Le informé. Pero yo no pensaba ya en él. Lola estaba allí, perdida entre las confusiones y las voces. Me fui hacia ella.

____Es necesario que hablemos –le dije.
____No tenemos nada que hablar –dijo y se giró, empezando a caminar. La cogí del brazo.
____Tenemos que hablar más de lo que tú piensas –añadí.
____Y además ahora… –agregó.
____¿Y cuándo mejor? Con todos estos horrores. Supongo que no te espantarán.
____¿Qué es lo que quieres decir?
____Nada. Vamos ya.
____No iré.
____Vendrás –la miré, furioso.

Me devolvió la mirada, sumisa. Y temerosa también. Respondió:

____De acuerdo.


No sabía qué la inclinó a decidirse: si mi furiosa mirada y mi tono enérgico, o el deseo de zanjar, de una vez por todas, nuestros asuntos particulares. Y como los ánimos habían caído bajo mínimos, después de todo lo variopinto ocurrido en aquella odiosa tarde, nadie se dio cuenta de que salíamos de la casa del juez

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 9:24 pm



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Ya en la calle, Lola iba delante de mí. Sin premeditar nada, nos encaminamos hacia el mismo lugar en el que pocos días antes habíamos contemplado juntos el crepúsculo. Viento fresco llevaba las sombras de un lado a otro, como niebla. Se ceñía a la silueta de Lola haciendo flamear su abrigo de entretiempo. Iba mirando hacia el horizonte. Una piara de cerdos se hallaba en un encinar cercano, sobre la cumbre de un altozano.

Cruzamos la ría, que aún descifraba los enigmas que habíamos dejado la vez anterior. Las ranas seguían croando allí. Callaban. Pensarían que la voz era prioritaria. No se producía ninguna voz ni de Lola ni mía. El agua de la ría empezaba a moverse, debido al efecto caída de una piedra, provocando círculos concéntricos. Y la luna en el espejo de la ría se descomponía en añicos reverberantes.

Caminaba con el paso firme de una mujer decidida. Iba a poca distancia de mí; la que ella consideraba ‘prudente’.

Llegamos a la carretera, se giró en redondo y me preguntó:

____¿Qué era lo que con tanta urgencia querías decirme?

Iba a contestar ‘nada’, pero pensaba que era ridículo. Decirle ‘¿qué?’, no procedía. No retenía en mente las conversaciones, pero tenía que hablar. Sentía esa necesidad. Pero en la palabra no había pensado. ¿Hacía falta acaso para entenderse? ¿Era el lenguaje el principio del mundo? ¿Y en los animales? Pero Lola esperaba impacientemente que dijera palabras; estúpidas palabras sin sentido, y todo lo demás no importaba.

____¿Hasta cuándo va a durar esto? –sin embargo, respondí, al fin, con ésa pregunta.
____¡Eso mismo debes preguntártelo a ti! ¡¿Puede saberse qué te propones con tu odiosa conducta?! –me preguntó, siguiendo airada.
____¡Salvarte!
____¡¿Echándome mierda encima como ayer?! –sonrió, irónica
____Poniendo amor en tus ojos, en vez de sangre –respondí.
____¿Qué quieres decir? –me preguntó, a la vez que la cara le iba cambiando de color.
____No te hagas la tonta. ¿Qué clase de amor sientes tú por ese López? ¡¿Acaso le amas?! – me iba enfureciendo por momento.
____¡Sí, le amo! –respondió, en una exclamación retadora.
____¡Mientes! ¡No caben el amor y la muerte en unos mismos ojos! ¡Ni grandes siendo, como los tuyos! ¡Y tú ojos han querido mi muerte esta tarde!
____ ¡¿Mis ojos?! ¡¿Tu muerte?! ¡¿Yo?!
____¡Sí, tú! ¡Y no me lo puedo creer! ¡Tú! ¡Mi Lola!
____¡Mentira! ¡Pero aunque verdad fuese, tú quieres matar mi reputación! ¡Y antes muerta que difamada!
____¡Ya lo estás! ¡Sólo te importa que los otros no lo sepan! ¡Tus amoríos con López y tus miradas de esta tarde: la codicia y la muerte! ¡Amigas, sí, pero enemigas también!

Mis labios temblaban constantemente, y sólo acudían a ellos los más horribles insultos.

____¡Si me has sacado de allí a la fuerza para insultarme, será mejor que me dejes marchar! ¡Notará mi ausencia y…! –me dijo, de pronto.
____¡Y… qué! ¡Qué miedo! ¡La verdad es dura, pero no es un insulto! –la interrumpí.
____¡Para un bruto como tú, sólo la grosería es verdad! ¿No te has dado cuenta aún de que todo lo tuyo me molesta? ¡Sobre todo, que te metas en mi vida! ¡¿Quién eres tú para pedirme cuenta, para hablarme siquiera?! ¡Ojalá que no te haya conocido nunca! ¡Siempre que te acercas a mí es para mancharme! ¡Y ya no puedo resistir más! ¡Te exijo que todo esto acabe ya! ¡¿Tan difícil te resulta de comprender?!
____¡No puede acabar! –respondí.
____¡¿Qué no puede acabar?! –preguntó, nerviosa, y se plantó de nuevo frente a mí, retadora.

Nos habíamos ido alejando. La carretera se desperezaba poco a poco tendida en la llanura. Un pájaro escapaba del enmarañado ramaje de un árbol y volaba aturdido en la oscuridad blanca. Replegaba la luna sus afiladas cuernas en lo más alto, y la noche

achl

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 9:43 pm



deesplegaba en el aire su gran manto, guarnecido de estrellas.

____¡Ya te dije en una ocasión que hay cosas que sólo terminan con la muerte! –la miré.
____¡No tienes ningún derecho a molestarme!
____Yo no hablo de derechos. No he pensado en eso. Nunca les pregunté a quienes me hicieron daño el derecho que ejercían sobre mí. Ni a ti te lo voy a preguntar –me calmé un poco.
____¡¿Qué yo te he hecho daño?! ¡¿Yo, que desde que llegaste a este pueblo no he hecho otra cosa que sufrir los azotes de tu intemperancia?!
____Mentira. Lo único que has hecho ha sido burlarte de mí. Pero eso no importa. Mi amor está por muy encima de tus mezquindades. No me voy a arrepentir del sufrimiento que te cause. El dolor te va a hacer ver claro. Te amo y lo demás no importa.
____¡¿Cómo puedes hablar tú de amor?!

Llegamos al puente del río. Un arroyo cercano ensartaba con sus hebras balbucientes, de una en una, las esmeraldas cubiertas de verdín e inmundicias…

____¡¿Qué cómo puedo hablar de amor?! ¡Mejor que tú! ¡Yo te enseñaré lo que esa palabra significa! –de nuevo me enfurecí.

Me volví hacia ella, que levantaba las manos, pálidas de tímidas repulsas.

____¡Yo te enseñare! ¡Yo te enseñaré…! –repetía.

La cogí de los hombros, sin que lo pudiese evitar, y la zarandeé. Ciego de rabia, de celos, de amor… ¡Ciego!
____¡Eres mía! ¡¿Lo oyes?! ¡Mía!

Su cabeza, de bien cuidada melena, oscilaba sobre el cuello. La estreché entre mis brazos…

____¡Déjame! –gritó, jadeante-. ¡Déj…!

Mis besos ahogaron su voz. Pero, de pronto, se quebró. ‘Mía, y de nadie más; aun en el escándalo’, pensé.

Su desfallecimiento duró poco. Se sobrepuso, y me insultó y me golpeó en el pecho y en la cara con los puños cerrados, mientras la besaba a intermitencias. Después la levanté en vilo.

____¡Eres un canalla! –gritó, pataleando, a la vez que me araña, me golpeaba por todo el cuerpo y me escupía. Instintivamente, sacudí la cabeza: tibia empezó a correr la sangre sobre mis mejillas. Lola hizo un intento por huir.

Luché por cogerla de nuevo, pero se zafaba sacudiéndome en el cuerpo con un zapato que se había quitado.

____¡Eres un cerdo! ¡¿Lo sabes?! ¡Uuunnnnn ceeeeeerdoooooo! ¡Y estáas locooo! ¡Looocooo deeee reeeemaaateee…!

____Si por amar estoy loco, me encanta mi locura –respondí y, con una enérgica reacción, la atrapé de nuevo y salimos juntos, sujeta por la cintura, hasta la carretera. Empujándola nos introducíamos entre los trigales.

Sus pupilas, grises, blancas ahora de terror y desesperación. Su cuerpo quedó quieto, y los puños que me golpeaban cayeron lacios. En sus labios se cuajaron los insultos. De nuevo se había desmayado. Ya no tenía duda: ‘¡salvarnos!’, sólo en eso pensaba.

De pronto, alguien pasaba por la carretera. Se paró para mirar y después aceleró el paso, nuncio del escándalo. Pero en el pueblo nadie iba a pensar que yo era violento. Yo no lo iba a decir y a Lola no la iban a creer. '¿Quizá López? Creo que no. ¿Quizá Ruiz? Tal vez.. -pemsé

Despertó para caer en la pesadilla de mi presencia y su descalabro. Me insultó atrozmente. Finalmente, la dejé escapar. Empezó a caminar con pasos rápidos y cabeza caída sobre el pecho, la noche toda apoyada en sus hombros.

____¡Lola! –grité en la misma dirección en que iba-. ¡¡Hoy empieza nuestra felicidad!!

Desde donde se hallaba me lanzó una mirada furibunda, pero no respondió. 

Apenas la perdí de vista, bajé la río, empapé mi pañuelo en el agua y después me lo pasé por la cara, ensangrentada. Me lo até al muslo, que no paraba de sangrar. Cuando terminé, despacio me encaminé hacia el pueblo, saboreando mi 'gesta'. A pesar de todo lo que había ocurrido, estaba alegre. ‘Nadie me la va a quitar ahora’, pensé.

Le reconocí enseguida. López venía hacia mí con ese paso de un hombre que sabe la verdad. Pero una verdad desvirtuada; ni la de Lola ni la mía. La verdad de las murmuraciones. 

____¿Me buscabas quizá? –le pregunté, cuando estábamos frente a frente, sonriendo
____Esta vez has ido demasiado lejos –respondió, circunspecto, siempre circunspecto-: quiero hablar contigo. Pero no aquí, en tu casa -añadió.
____Donde quiera ‘Su Excelencia Don Víctor’ –repuse irónico, a la vez que empecé a reír.

Caminamos en silencio. En la improvisada plaza de toros seguían hostigando a las vacas, que no se llevarían hasta el otro día. En las casas preparaban ya la cena. La cazuela de las murmuraciones estaba en plena ebullición. Sólo al ‘mariquita del pueblo’ encontramos en el trayecto; que, después de mirarnos, apresuró el paso. Corría casi. Sin duda, quería ser ’la primera’ en dar la noticia como primicia: ‘¡los dos galanes van juntos; ni Dios sabe qué puede pasar!’.

Llegamos a mi casa y entramos directamente a mi despacho.

____Es poco lo que tengo que decir: ¡eres un canalla! –largó, con cara desencajada y ojos enfurecidos, tras las gafas.
____Tranquilízate –le dije, burlón. Y añadí-: tu indignación me da risa, de modo que puedes ahorrarte los insultos.
____¡No eres precisamente tú el indicado para dictar normas de conducta ejemplarizantes!
____Ya te dije que dejases en paz a Lola, que la amaba y que…
____¡Tu amor es un insulto! -me interrumpió.
____¡Qué dramático! –le dije, y agregué-: ¡y pensar que querías casarte con ella! ¡Pero, por suerte, eso no ocurrirá! ¡Lola es mía! ¡Óyelo bien! ¡Mía! -le cogí de la solapa-. ¡Qué sabrás tú de amor! ¡Dile ahora que la amas! -lo empujé despreciativamente.
____¡Ahora es cuando más la amo! –chilló, sin dejarse avasallar-. ¡Me tiene sin cuidado lo que digan de ella! ¡Ya me encargaré yo de divulgar que el culpable de todo has sido tú! –agregó.

Le miré, desconcertado, sin saber qué responder. Pero él sonrió, con aires de triunfador.

____¡Sólo un miserable como tú se le ocurre pensar que por eso voy a dejar a la mujer que amo! ¡Y no la dejaré, si es que ella no quiere! –añadió, de nuevo, aprovechando mi silencio.

No bien acabó de pronunciar sus últimas palabras, me abalancé sobre él. Pero fue más rápido que yo y de un certero puñetazo me derribó al suelo.

achl

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 10:05 pm



____¡Si tienes algo más que añadir, te espero en el puente! ¡Allí, donde la ultrajaste, voy a acabar de romperte la cara! –y luego de eso, salió de mi despacho, dando tras sí un portazo.

Me pasé el dorso de la mano sobre los labios ensangrentados. La puñada que acababa de recibir coincidía del mismo lado de uno de los zapatazos que recibí de Lola. La reacción de López fue tan sorprendente que durante unos momentos quedé perplejo. ‘¿Es que aun todo lo que está pasando y de lo que puede pasar me la va a quitar?’, me dije para mi interior. Sentía a una furia enloquecedora.

Entonces, nervioso, revolví todo el escritorio. Pero, de pronto, recordé que lo que buscaba estaba en mi dormitorio. Subí y saqué del ropero un zurrón: la pistola y la caja de balas que no había llevado a Ríos, reverberaron en mis manos. La cargué enseguida, aun temblores en mis dedos, y salí hacia el puente. Nada iba a detenerme ya.

El puente se encontraba a unos doscientos metros de mi casa. No quería pensar...., sólo dos palabras golpeaban mi cráneo: ‘¡¡le mataré!!’.

La noche era clara. El notario esperaba apoyado en el pretil. Al verme a lo lejos, se puso en medio de la carretera, no sin antes, metódico siempre, quitarse las gafas y dejarlas sobre el asfalto. Me paré a unos diez metros de él. No hablamos. Sólo apreté el gatillo, y López se tambaleó, dijo algo y luego se llevó la mano al hombro.

De pronto, unos fuertes chillidos me hicieron girar en redondo. Ruiz venía corriendo hacia donde nos encontrábamos.

____¡¡Estáis locos!! ¡¡Estáis locos!! -gritaba, jadeante.

Apenas llegó hasta donde López y yo nos encontrábamos, de un fuerte tirón me arrebató la pistola y después se fue en auxilio de López, que estaba tumbado sobre el suelo.

____¡Además de ‘valiente’, te recuerdo que eres médico! ¡Hay que llevarle a tu casa! -me reprendió en un tono de voz que no admitía réplica. Puso su pañuelo sobre el hombro de López.

Le cogimos cada uno de un brazo y empezamos a caminar. En el trayecto sólo nos cruzamos con dos personas. López se erguía, como si nada, mientras nos miraban. Era un matrimonio mu influyente del pueblo. Ruiz, mostrando una sonrisa forzada daba explicaciones: ‘es que ha bebido más de la cuenta por las fiestas’. Pero la señora no parecía creerse esa explicación, y por sus miradas y sus gestos se podía deducir que empezaba a hilvanar…

Casi al final del trayecto, la cara de López se puso blanca. Sobre la carretera iba quedando un reguero de sangre.


Aunque sangre derramase y caminase con un paso débil, me había vencido. Incluso de haber querido, podía haberse reído de mí. Yo no era sino un tipo despreciable. Y López me trató como él sabía hacerlo: educadamente, como una persona civilizada a un salvaje. Y con la impotencia de un salvaje odiaba yo entonces a López.


Dejamos la carretera y nos desviamos hasta mi casa. Socorro se hallaba enfrascada en la cena y no se percató de que entrábamos. Pasamos directamente a mi despacho.

____¡Coñac! –me dijo Ruiz.

López bebió del tirón la copa que le puso Ruiz en la boca.

____Tenemos que curarle enseguida. Prepara el instrumental –me ordenó Ruiz, mirándome.
____Un momento, por favor –dijo, súbitamente, López, con voz tenue pero firme. Y añadió-: nadie más que nosotros tres tiene que enterarse de lo que acaba de ocurrir.

Y sin que ninguno de los dos nos percatásemos se apoderó de la pistola, que Ruiz había dejado sobre la mesa. Ruiz lo miraba, asustado. Pero yo sonreía. Me hubiera hecho un favor si me hubiera matado. Pero, evidentemente, sus intenciones eran disímiles.

____Aquí sólo ha ocurrido un accidente. Esto -y disparó contra la pared. La bala rebotó, y casualmente fue a caer en uno de los cajones del armario que se había quedado abierto después de mi angustiosa búsqueda de la pistola y la munición.

____No necesito tu generosidad -le dije.
____No pensaba en ti, sino en Lola –de nuevo me comió la moral.

Sin embargo, no satisfecho, pus en mis palabras salía de nuevo a escena, en forma de pregunta:

____¿Es esto lo que denominan los circunspectos como tú portarse como un caballero? 

Me miró, pero no respondió.

Socorro acudió rápidamente, alarmada por la detonación en la paz de sus quehaceres domésticos. Nerviosa, golpeó repetidamente la puerta del despacho.

____¡Taujté ahí, jeñó dojtó? ¿Lacurrío argo? ¿Cajío eje ruío?

Ruiz entreabrió la puerta, asomó la cabeza a través del hueco y le dijo, con cara sonriente:

____No es nada, Socorrito. Estábamos examinando una pistola de caza y… bueno, pon a hervir un poco de agua –le contestó.
____¡Yavoy, don Pepe! ¡Dió, Virgen Janta, várgame er jielo!

Y se alejó dejando un reguero de jaculatorias.

Acudió un vecino, pero Ruiz lo despachó con habilidad.

____Un pequeño accidente sin importancia. Gracias -y cerró la puerta.

López tenía perforado el hombro, pero la bala no había dañado ningún órgano vital, por lo que la herida sanaría enseguida.

Mientras salían, López, en un gesto gentil, tendió su mano. No secundé su intención. Pero cuando cruzó el umbral de la puerta, acompañado de Ruiz, dije en voz baja: ‘hazla feliz’.

Me escuchó, a juzgar por la tierna mirada que me envió, pero no dijo nada. Y Ruiz también me escuchó , pero se limitó a darme una palmaditas en la espalda y a decirme que no dejase de curarme la herida en el muslo.


Salí del pueblo esa misma noche, con lo puesto y sin llevarme mis cosas personales. Sólo cogí un dinero que guardaba en mi escritorio. Y como a esas horas no había autobús público, tuve que caminar, a duras penas, aunque descansando varias veces en el camino, trece horas para recorrer los casi cien kilómetros que separaban el pueblo de Sevilla. Me fui sin despedirme de nadie. Me encontraba triste, hundido, solo, desamparado… y enamorado sin ser correspondido. Sólo me acompañaba en mi estampida una cauda lastimera: ‘el nombre de Lola iba ya de boca en boca, inútilmente’

achl

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 11:00 pm



Epílogo

Felix viene a mi habitación todas las mañanas y todas las tardes para hacerme compañía. Se sienta en el borde de la cama y me habla. No presto atención a lo que me dice, pero me agrada oír su voz. Estoy sumido en mis cavilaciones, los folios desparramados sobre la cama, y su voz suena como una lluvia suave, como un gorgoteo…

Esta mañana he sido perverso con él. Le dije que estaba escribiendo mi testamento. Pero su curiosidad pudo más que su discreción y me preguntó que por qué. Creo que se ruborizó antes de preguntarme. En realidad, no sé si le dije eso por sobresaltarle, o por el placer de poner de nuevo a prueba su cariño. Me conmueve su mirada tierna. Incluso se le agolpan lágrimas en los ojos. Es muy placentero el tener a nuestro lado a alguien que nos quiera. A mí, que he recibido en mi vida tan pocas y fugaces muestras de cariño, me complace provocarlas. Sé que soy cruel por actuar así, pero no puedo evitarlo. Desde que tengo uso de razón, me he desenvuelto en una misma determinación: desgarrándome yo y desgarrando a los demás en mi desgarramiento.

Aprecio a Felix, pero mi aprecio es irremediablemente igual: una mirada, una sonrisa… Sé quienes me quieren y los crucifico, tan bárbara y humanamente, los crucifico. Además, le añadí que tenía prisas en terminar mi legado, porque me quedaba muy poco de vida. Y esto era verdad, pero quizá se lo dije por ensañamiento.

Salió de mi habitación, caída la cabeza sobre el pecho. A punto estuve de llamarle para pedirle perdón, pero no lo hice. Y no lo hice porque su dolor me ayuda a soportar mis lacerías, como una redención. Le he dejado ir y me he quedado con la ternura que tan alevosamente acababa de rebañarle; ternura que ha quedado ahora conmigo; se la ha dejado el puro al pecador, como un presente purificador, como un evangelio…

A menudo actúo astutamente con él. E hipócritamente también. Me he censurado esto. Pero no quiero estar solo. Necesito la tutela de Felix. Y la busco. Mis ardides son burdos, y ahora me percato de que son, desde hace tiempo, deliberados. ¿Qué me sucede? ¿El lobo transformado en cordero...? No me reconozco. Mientras permanece en mi habitación, para administrarme algún medicamento, me quejo, y a veces me quejo sin razón con tal de retener su compañía; para que se ocupe de mí le ofrezco, con un impudor vergonzoso, el bochornoso espectáculo de mis miserias.

He pensado en ello en estos últimos días y me he descubierto en flagrante delito de hipocresía. Tenía la intención de ser sincero. Pensaba actuar bajo un impulso invencible. ¡Mentira! ¡Desde hace tiempo no hago más que fingir! Y a saber si esta comedia dura ya desde que Felix empezó a distinguirme con su cariño. Frente a él me he mostrado como un ser desprovisto de toda virtud. Ya sé que no tengo ninguna, pero mi ego le impresiona. He abusado deliberadamente de su debilidad. Me avergüenza descubrirme esta nueva mezquindad mía. Voy a morir, y de mi ocaso no va a quedar nada que me dignifique. Voy a ser sincero. Que a la hora de mi muerte se salve al menos ese jirón: mi sinceridad, el valor de haberme enfrentado a mí mismo. Quiero salir de la vida como entré: desnudo. Que no me abrumen sus resabios. Lo pienso, y hasta el afecto de Felix es un fardo pesado de llevar. Ya que la vida ha sido cruel conmigo, quiero morir miserablemente solo. Este podría ser mi apóstrofe: ‘morir encarnizadamente solo’.

Felix vendrá de nuevo esta tarde y me hablará. ¡Basta ya de desplantes jacarandosos! No me apetece que mientras le diga que me he portado como un villano me ponga sobre el hombro la mano caritativa y tolerante del... ‘no será tanto’. Siento asco de mí al pensar que he podido explotar esto. Mejor perder lo único que me queda, el cariño de Felix, que soportar la ignominia de no haber tenido un sólo rasgo que me salve y por el que pueda decirse: ‘descansa en paz’.


¿Algo que ofrecerte?


¡Mentira! ¡Mentira cochina! ¿Por qué siempre he de tener lleno de porquería el corazón? No pienso en ningún rasgo leal y noble. Sé que bajo mi piel de cordero sigue acechando el lobo, y que este rasgo no iba a ser sino un bofetón. 


El último que te va a dar un hombre que te ama y te odia


Sacrificaría el cariño de Felix con tal de que la vida se sacie. 


Para que te sacies tú, que eres la vida misma. Y para que te retuerzas de remordimientos, si puedes! ¡Y ojalá que puedas! ¡Ojalá que no veas en mi muerte, como aquella tarde, un descanso! ¡Ojalá que mi recuerdo te persiga, como una maldición! ¡Y qué llores! ¡Y que tu corazón no sea fértil para recibir la semilla de la felicidad! Mi corazón sufre en el tuyo. Soy un infeliz y un cobarde, y no puedo infligirte ningún castigo. ¡Pero en este momento no hay cosa que más desee que clavar mi recuerdo en tu pecho, como un puñal, y darte muerte con él…!


Felix vino de nuevo esta tarde. Me ha hallado en tal estado de excitación que quiso llamar al médico. Se lo he prohibído. Aceptó de mal grado, dejando ver una especial complacencia de últimos favores hacia enfermos graves, como de obligada concesión.

Después de cambiar unas palabras con él, no sé la de barbaridades que pude decirle. Lo cierto es que le entregué mis memorias, ordenándole o poco menos que las leyese. Que sepa en realidad cómo soy. Salió de mi habitación con el cartapacio de folios en la mano, mientras yo traté de relajarme y de dormir un poco.

Todo lo que escribí ayer es confuso. Creo que Felix, finalmente, llamó a mi médico, que ordenó que me inyectasen un calmante. En mi inconsciencia soñé que mataba a Lola, y que yo moría en Lola. Me sentí feliz. ‘Al fin, mía’, me dije. Y ahora, despierto ya, lo pienso: ‘debí matarla y morir en ella’. No sé si esto es justo o injusto, pero lo cierto es que perdí una inmejorable oportunidad en aquella tarde-noche...

Felix ha venido a visitarme de nuevo en la mañana de hoy. Ha entrado en mi habitación con ese andar silente de para enfermos graves. Se ha pasado toda la noche leyendo mis memorias. Y temprano las dejó cuidadosamente sobre la cama, y yo sentí como si me pasaran la mano sobre el alma. Pero luego me irrité. Y todavía ahora me subleva, y me conmueve, es cierto, y lo digo, el tono de su voz: ‘hijo mío’. Piensa que he sido injusto con Luz, con Lola y con López, pero sobre todo conmigo mismo.

____Es usted un buen chico, Alejandro, destrozado de dolor.

Le respondí que no necesitaba su compasión, que me daba asco que se apiade de mí. Y es verdad. No quiero que me compadezca. No, no quiero irme de esta vida tendiendo hasta el último aliento la mano mendiga de las propinas insultantes, la mano cansada y lesa. por pedigüeña, tendida a los clientes de 'Chotis'. No me importa que se diga de mí que he sido un engreído. Y no me importa porque la tierra y el cielo se me están quedando muy lejanos ya.

‘Un buen chico’. ¿Me va a quitar este prurito, hombre? Si no he sido bueno ni malo, ¿qué es lo que he sido entonces, hombre? ¿Qué me deja para ser, para sentir, hombre? ¿Sombras de sueño? ¡No! ¡Tengo esta carne, este dolor, esta alma, este corazón, hombre! ¡Déjeme mis culpas, hombre! ¡Déjeme que lleve hasta el final de mis días mi consuetudinario perfil, hombre!

Esta tarde he echado a Felix de mi habitación; le he dicho que por ningún motivo vuelva a poner los pies en ella. Ni siquiera para medicarme. Sin embargo, ha vuelto. Y si no hubiese venido lo hubiera llamado yo. Pero de mis labios no ha salido una palabra de gratitud, ni cordial.

Hoy me siento mejor. Se me ha calmado del todo ese desasosiego bajo cuyo efecto escribí los últimos folios. Felix se siente feliz por mi mejoría. He querido disculparme por lo ocurrido en el día de ayer, pero él ha sonreído y no ha querido aceptar mis disculpas.

Ahora, ya puedo seguir más ordenadamente con mi relato.

Después de llegar a Sevilla y de descansar un buen rato, sentándome en un banco del primer parque que vi, me encaminé hacia la estación

achl

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 11:25 pm



de Renfe y compré un billete para el próximo tren, destino final Madrid. Estuve en la capital muy pocos días, los suficientes para arreglar mi pasaporte. Necesitaba escapar lejos. Como el animal herido que siente cercana la muerte y se oculta de todo.

Me vine a… ¿qué importa dónde? Necesitaban médicos en este hospital de infecciosos y, como a una trinchera de primera fila, llegué con el deseo de hallar la muerte. Y no he sido defraudado. Mi fracaso sentimental mermó mi salud, complicándose de una manera irreversible la herida que tenía en el muslo, cuya no fue atendida por mí debido al maremágnum de sucesos posteriores, y se le ocurrió plantar cara, precisamente, en este hospital, al contagio permanente con enfermos infecciosos, convirtiéndose en la mayor receptora de microbios y derivando en cancerosa. Es por por eso que la mejoría experimentada es ficticia y mi final está próximo. La vida me ha hecho muchas jugadas, y algunas de ellas con goles impresionantes, pero yo he ganado la definitiva: la de la muerte. 

Aquí me olvidé de mí, como ya me había ocurrido otras veces, y volqué toda mi atención en los pobres desdichados que estaban a mi cargo. Algunos han alabado mi entrega. ¡Allá ellos! Que me digan de alguien que no haya actuado sin un móvil egoísta y me arrodillo ante él. Ante el Mismísimo Cristo, si humano fuera, me arrodillaría. Mi total dedicación solamente obedecía al deseo de escudarme contra mis propios pensamientos. Trabajaba hasta agotarme, descansaba poco y dormía menos, aunque nada de esto representaba novedad para mí, ya que desde corta edad estaba habituado, pero la conciencia de estar haciendo el bien deliberadamente dejaba su cebo y con una cosa y otra iba poniendo a raya el dolor. Pero el dolor continúa ahí latiendo siempre, llamando siempre, gritando siempre, sin querer pasar desapercibido, como cáncer galopante que es. A veces lo quiero olvidar. Hay momentos en que parece que se calma, pero va desgarrando por dentro, y es cuando me percato de que estoy siendo devorado por él. Y ya no queda más que tumbarme y esperar a que detenga los latidos del corazón y los ponga en la hora de la eternidad. Lo que yo espero.

Un mes después de llegar a este hospital, recibí una carta. Me sorprendió. A nadie había informado de mi paradero. Cuando salí de España, adelanté, como mi padre y mi abuelo, mi sepultura. Y conmigo la historia volvía a repetirse. Mi epitafio se esculpía en la tarde en que llegué al convencimiento de que Lola era un imposible para mí.

El matasellos era del pueblo sevillano en donde fui a prestar mis servicios. En el remite había un nombre: J. Ruiz. De las pocas personas que me llevaré un buen recuerdo. Pero no sabía si se debía a la celosa vigilancia por mí, de la que siempre hacía gala, o a la amabilidad de Felix. En fin, sea como sea, lo cierto es que recibí esa carta. ¿Debo decir que me produjo alegría y tristeza a la vez? Pues sí: ¡lo digo! Y con énfasis además.

Decía Ruiz, primeramente, por su amistad conmigo y con el que aludía, que Juan había fallecido durante el trayecto al hospital de Sevilla. Añadía que todavía seguía libre el cargo de registrador. Contaba que Lola dejó el pueblo mes después que yo. Refería su INRI; el alcalde se tomó la revancha de la frustrada interinidad de maestra de su hermana, y armó la de Dios en Cristo, a la vez que denunció a Lola por varios atentados contra la moral y no sé cuántos otros pretendidos desafueros. Lola se defendió todo lo que pudo, pero le abrieron un expediente y acabó por renunciar al puesto. Ruiz, ‘mi Ángel de la Guarda de entonces’, añadía que mi quijotismo resultó del tipo contagioso, pues una tarde le fastidió tanto unas chulerías del alcalde que le atizó un fuerte puñetazo, y en público además. Según el propio Ruiz, las cosas no llegaron a mayores porque la razón, que demasiadas veces no va por el camino de la verdad, estaba de su parte, mayoritariamente.

Los pueblerinos se portaron con Lola todo lo mal que se preveía. ‘La realidad es más inmisericorde que la imaginación, Alejandro’. Y en general, la gente malsina del pueblo se inclinaba por disculparme a mí por considerarme una víctima de los manejos de Lola. Ruiz, no; él iba más lejos que los otros y pensaba que mi amor por Lola atenuaba mis excesos. Los 'amigos' la trataban con condescendencia desdeñosa, peor que la mayor de las condenaciones. Hasta que terminaron por dejarla sola ante todo agravio, con una crueldad increíble. ‘Somos malagente, Alejandro’, se lamentaba. Refería los contratiempos que por esta causa había tenido con unos y otros, los disgustos con su mujer y la manera tan estúpida con que había ejercido de Don Quijote. Algunos, sin saber aplicar el freno de la educación se esforzaban en odiar a Lola. Incluso algunos chiquillos llegaron a apedrearla en las calles, cuyo espectáculo debía antojársele edificante al alcalde, puesto que no tomaba ninguna medida por evitarlo.

Fue por eso que Lola dejó el pueblo, sin poder liberarse de la red de añagazas que el avieso trencilla le había tendido. Se fue sin proferir ninguna queja, pero mirando a los lugareños por encima del hombro. Sólo Ruiz y López se atrevieron a ir a despedirla. Los otros ‘amigos’ quedaban en la oscura mezquindad de sus casas, masturbando, a la vez complacidos y angustiados, su pobreza espiritual. Espiritualidad de la que tanto alardeaban…

Destacaba Ruiz que López dio muestras en todo momento de un arrojo que no se esperaba de él. En realidad, era el único campeón para Lola, pues gracias a su constancia y su entrega, a sus amplios conocimientos de las leyes y a sus numerosas influencias, evitó que el calvario de Lola se prolongase más allá de quince días; deshaciendo, una tras otra, todas las manipulaciones enconadas que le había tendido el cabecilla del pueblo ¡el hijoputa y cabrón señor alcalde!’, enfatizaba la frase, recordándome que me debía un taco.

El supuesto ‘pez gordo’, que decían que protegía a Lola, no dio señales de vida, al menos en el pueblo. Lola se fue a Madrid, su ciudad natal, y subsistía dando clases en academias. Al mes, sin sustituto, al igual que Juan, aunque, obviamente, por disímiles motivos, lo hizo López, en pos de Lola, naturalmente. Una vez instalado en Madrid tomó parte en un concurso del Ministerio de Sanidad y obtuvo la notaría del Colegio de Médicos de la capital de España. 

Ruiz ignoraba en qué estado de salud me hallaba, y estoy seguro que era por eso su despreocupación en informarme de todo lo que sabía que podía interesarme, aunque herirme. En el último párrafo de su carta no quería omitir decirme que a los dos ‘tortolitos’ se les veía pasear con frecuencia por el centro de Madrid, y que terminarían por casarse. En una postdata añadía que en

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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

Mensaje  achl el Jue Oct 13, 2016 11:47 pm

sus próximas vacaciones iba a venir a visitarme. Pero lo que no sabía era que sólo vería mi tumba.
‘De todas formas, no esperaba menos de ti, amigo’, pensé, a la vez que luché contra una lágrima que pugnaba por salir.

Empero mi interés en este asunto, no quería mantener ningún cruce de correspondencia. Además de que no debía hacer eso. Era mejor no saber nada más. El avestruz tenía su justificación. Me daba miedo pensar que Ruiz pudiera contarme que Lola se había casado. Sin que fuese determinante para mi salud, que no para mis sentimientos, que lo hiciera con López o con otro. Pero si llegaba a casarse prefería que fuera con otro.

Acabando ya estas memorias, impera en mí un inútil pero ‘consolador’ deseo de que Lola no se haya casado con López. 


Que tú nunca tengas el dinero de él, y que él nunca vea realizado su sueño de amor

Ha pasado una semana desde que escribí las últimas líneas. El cáncer ha progresado. Esto se acaba. Mis dedos apenas pueden sostener la pluma. Felix ha entrado en mi  habitación, dispuesto a quitármela. No se lo he permitido, e incluso he estado a punto de pedirle que acabase por mí, pero no he querido torturarle con mis amarguras. Felix tiene miedo y está triste. Sus ojos se hallan húmedos. Mi buen Felix. También yo estoy triste, pero aún no sé si tengo miedo. Felix ha puesto su mano sobre mi cabeza, como un consuelo. He retirado la mano, pero le he dado las gracias. Por raro que parezca, por única vez he dado las gracias a alguien con agradecimiento. Y quien mejor que Felix para ser el primero.

La vida se emplea con una procacidad y una crueldad infalibles. Hoy me acuerdo de nuevo del avestruz. Inútil. Hasta debajo de las alas nos busca. Y nos encuentra. 

Hace una hora que me han dado otra carta de Ruiz. Las heces en mi copa desolada. Yo la apuro. Yo no me lamento. Que la vida vierta en mí su penúltima crueldad. Yo la bebo. ‘López no se ha casado con Lola’. ¡Lo sabía! ¡Él era incapaz de perdonarla, de dignificarla! ‘Le ha puesto un piso en Gran Vía’. ¡Lo sabía! ¡Retirarla, sí! ¡Amancebarla, mediocre y bajamente, con careta de hombre bueno, sí! ¡Echarle encima la mierda de su dinero, sí! ¡Pisarla con sus circunspectas patas de burguesito, sí! No salvarla y redimirla como yo. Pero casarse… ¡casarse él! ¡El circunspecto!

¡Me muero! He dejado de escribir para tomar un poco de aliento. Solamente unas líneas porque quiero que Lola sepa algo y luego entregaré la pluma. 


Lola, tengo miedo. El lobo tiene miedo ahora. Me encuentro triste, solo, atormentado cuando voy a morir. Pero no me importa porque me voy amándote.Te deseo lo mejor, aun sin mí


Y esto no es súplica para salvarme. ¿Quién me quita lo bailado? Voy a morir solo. Adiós a mis toros de sangre, mis ardores de la juventud. Nada queda ya. ¿Para qué entonces llorar? La función ha acabado. 'La Roja' era yo, no Lola. Negros caballos me llevan. Un arrastre triunfal. Que saluden los amantes desde los medios a la hora de la sangre.


Yo muero en ti. ¿Dónde te apoyarás ahora? ¿Dónde buscarás más allá de mi muerte? 


Súbitamente, a pesar de mi agonía y de todos mis sentidos en vertiginosa decadencia, oigo una voz desde mi nterior que da a entender que no es bueno morir odiando. Es por eso que... 


...deseo que encuentres la felicidad aunque con López. Pero que sepas que me voy de este mundo sin saber si en algún momento de tu vida vas a llegar a comprender cuánto amor podía haberte dado


Hoy, 28 de junio, en el reloj de mi capea mortal son las cuatro y diez de la tarde. El mejor día y la mejor hora para morir. Ahí afuera hablan en voz baja. No quieren que se les escuche, pero sé que son Felix y mi médico y que están hablando sobre mí. Van a entrar en mi habitación de un momento a otro y yo les entregaré mi pluma, dócilmente…


Ya en la eternidad, Lola y yo. A nuestro lado, mis padres, Pepi, Luz, Ruiz y Felix. A poca distancia, muy poca, toda la gente de bien. Y lejos, muy lejos, todos los demás. El Todopoderoso nos ha ubicado ya...



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Re: Mi libro "Atormentado cuando voy a morir"

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