Se llama copla democrático

Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

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Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 1:32 pm




Y Dios se detuvo en
Cerro Hierro



La Presentación

Mi idea, en un principio, era escribir un libro de mis memorias; un libro que hiciese recordar, y perpetuar, mis años de existencia; un libro, a mi sui géneris, que pusiera a cada persona, relacionada de alguna manera conmigo, en su lugar; un libro sobre mis hijos, mis amores, mi vida, el cielo… (Ahora, el mejor hogar posible para mis padres, mi sobrino y mi cuñada). En definitiva, un libro con páginas de gloria y sangre desde aquella primavera, bastante lejana ya.

Pero enseguida caí en un protagonismo absurdo, y es por ello que arriesgué en más hondura literaria, con un doble mortal sin red; es decir, adelantándome a las arenas movedizas de las críticas, e involucré unos casos de veterinaria, que ya venía leyendo, con las ideas que ya moraban en mí. ¿El resultado?: Dios reencarnó EL AMOR en un médico veterinario, el doctor Amor, y lo envió a Cerro Hierro, aldea de imaginarias granjas y fincas de riegos, situada en la Sierra Norte de Sevilla, y a través del doctor Amor bendijo ése lugar tan entrañable para mí. Algún tecnicismo lo copié de esos casos veterinarios, pero el resto: personajes, diálogos, narración, ambientación…, sólo mi pluma ha sido la única responsable.

Pero lo que menos puede importar al lector (que no sea veterinario) es ese tecnicismo; lo que realmente puede ser de interés general es la calidad humana del personaje central, creado por mí: un tipo afable, donde los haya, como se puede leer a lo largo y ancho de este mi primer parto literario: ]b]Y Dios se detuvo en Cierro Hierro.[/b]

Acabo ya añadiendo que hace algún tiempo le regalaron a una hija mía un chucho recién nacido, que bautizamos 'Balú', y, aunque no me gustaban los perros, le cogí cariño. Pero, por razones de peso, lo 'abandoné' en el Laboratorio Municipal de Sevilla, siguiendo sus pasos para mi tranquilidad. Ahora se encuentra en otro hogar, bien atendido, según he podido comprobar. Situación, ésta, que a mi hija redujo la preocupación, pero no a mí, porque nunca había pensado que estas mascotas, de siempre ignoradas aunque respetadas por mí, una de ellas, quizás la mejor, pudiera dejarme tamaña secuela de nostalgia ¡Es que tanto cariño, complicidad, compañía y fidelidad hacia mí, a cambio de nada, era demasiado!

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 1:37 pm



La Llegada

La curvilínea carretera, libre de vallas, corría entre altos páramos. De pronto, mi coche se deslizó desde el pavimento hasta el césped de la orilla, que las ovejas habían dejado liso como terciopelo. Paré el coche, me bajé y miré a mis alrededores.

El trayecto cortaba pastos y brezales antes de sumergirse en el valle del fondo. Me encontraba en uno de los mejores lugares para contemplar las grandes llanuras, que se extendían a mis pies en una vista de ensueño: los fértiles campos, el ganado que pacía, el caudaloso río, bordeado de piedras en una parte y de muy nutrida arboleda en la otra. El pasto crecía entre las laderas hasta donde empezaban los brezales y la áspera hierba de los páramos, y sólo estaban libres de él los acantilados que ascendían sobre las colinas y desaparecían entre las desnudas estribaciones que marcaban el comienzo del terreno silvestre. En esos momentos, me envolvía un aire fresco pero agradable.

Después de residir veinte años en Huelva y de haber viajado por toda la Andalucía Occidental, hacía poco que había regresado a casa: Sierra Norte de Sevilla. Durante mi circunnavegación, había pensado en ella y no había olvidado su belleza, pero pensar desde la lejanía no era suficiente para recordar la sensación de cercanía con la naturaleza. Y ahora estaba de nuevo en la región que vio nacer y crecer a mi padre: Cerro Hierro, San Nicolás, Constantina, Cazalla… Entre el gentío y el aire rancio de las ciudades, costaba recordar un lugar sereno, un lugar en que cada bocanada de aire estuviese llena de aroma fresco, un lugar en que sólo se pudieran oír los susurros de Dios…

En ese día había tenido una mañana perturbadora. Dondequiera que iba, todo lo que veía recordaba que estaba acercándose una etapa de cambios, y a mí no me gustaban los cambios. Mientras fumigaba uno de sus árboles con un sofisticado aparato, José, viejo amigo, agricultor-granjero, me dijo: 'todo lo quieren arreglar ahora con esto, Amor', señaló con la mano el fumigador. Esas palabras me obligaron a mirar el aparato con el que trabajaba y a darme cuenta de que eso mismo, o quizá más moderno, era lo que se iba a ver en adelante.

Sabía el significado del comentario de José. Tan sólo un lustro antes habría visto un árbol y habría depositado un poco de Yil en su raíz. Todavía llevaba en el maletero del coche un recipiente para estos trabajos: una botella de cuello alargado que permitía que el líquido corriera fácilmente. El Yil lo mezclaba con agua para que cundiera. Pero todo esto estaba desapareciendo ya, y el dicho de José traía el mensaje de que las cosas no iban a ser ya como antes.
Entonces estaba empezando una revolución en la agricultura y en la veterinaria. Todo se había convertido ya en una ciencia, y los conceptos valorados durante generaciones iban quedando en el olvido, mientras en el mundo de la tecnología aparecían nuevos métodos que hacían desaparecer los viejos procedimientos. Había indicios de que los pequeños agricultores o granjeros estaban ya abandonando sus campos.

Aquellos hombres, algunos de ellos con sólo media hectárea, una vaca y unas pocas gallinas, aún constituían el grueso de nuestra clientela. Pero empezaban a dudar si podían ganarse la vida con tan rácano patrimonio, y muchos habían vendido ya sus tierras a terratenientes. Pero los modestos, obstinados en seguir haciendo lo que hacían, por la sencilla razón de que siempre había sido así, eran a los que valoraba: esos estoicos personajes, poseedores de la verdadera riqueza, que vivían con los valores de antaño y que hablaban y divulgaban el hoy tan en desuso dialecto andaluz, casi arrollados por la televisión.

Respiré hondo, y antes de subir de nuevo al coche miré hacia las colinas, cuyas cumbres atravesaban las nubes, hilera tras hilera, erguidas sobre la magnificencia de los valles, y me sentí mejor. Después de todo, la región no había cambiado en esto.

De pronto, me vino a la cabeza un suceso que me ocurrió por estos pagos, antes de irme a Huelva: mientras conducía, en un momento de distracción atropellé a una pata y a sus crías, que atravesaban la carretera. Las crías murieron pero la madre quedó malherida. La cogí y la llevé al consultorio de Cazalla, pero allí no pudieron salvar su vida. Tanto me impresionó que decidí estudiar Veterinaria, quizá aupado porque, amén de que era mi vocación frustrada, tenía tres asignaturas comunes con mi carrera de Agrónomos, que apenas la acabé, ejercía exclusivamente de veterinario, con escasa presencia en los asuntos agrícolas. Algo en mi interior obligaba a ayudar a los animales domésticos.

Eché una última ojeada y luego conduje hasta el consultorio, que habíamos instalado mi socio Pérez y yo en San Nicolás, calle Real 19. El lugar se encontraba aparentemente igual, pero había sufrido cambios; todos mis hermanos se habían casado, y ninguno de ellos vivían en San Nicolás, y salvo Fredy, que tenía su casa encima del almacén de riego, ningún otro hermano seguía en la empresa que creó mi padre. Mi mujer, veterinaria también, y yo, con nuestro hijo vivíamos en una casona a la entrada de San Nicolás, que habíamos comprado al poco tiempo de regresar de Huelva.

Cuando llegué abrí la puerta del coche, bajé y, a unos pasos del consultorio, mi hermano casi me arrolla. Salió como una tromba. Me cogió del brazo y me dijo:

____Hola, Amor. Precisamente te estaba buscando. He tenido un pequeño accidente con mi coche; se rompió el cárter en estos infames caminos y ahora no tengo un medio de transporte para continuar con mi trabajo. Hasta dentro de quince días no estará reparado. ¡Y no sé qué hacer...!
____Todo menos la muerte tiene solución. Puedes usar el mío, o yo atenderé a tu clientela –le respondí, tratando de tranquilizarle
____Gracias, pero a ti te hace falta para tus visitas veterinarias. Y, además, esto va a ocurrir más veces. Y de ello quiero hablarte. Me gustaría conocer tu opinión sobre comprar un coche
____¿Otro? ¿Para qué si en unos días tendrás de nuevo el tuyo?
____Pero uno auxiliar. De hecho, ya lo hablé con Truyo, de Cazalla, para que me lo traiga. Y mira, ahí viene llegando –añadió, y se fue hacia la carretera.

Fredy casi siempre actuaba así. Pero, al fin y al cabo, la empresa de Riegos era suya, sólo estábamos negociando mi parte a cambio de algunos beneficios. Lo seguí, y allí estaba Truyo. Un Citroën Break taponaba la puerta de entrada al almacén. Y, Fredy, entusiasmado, se acercó al vendedor.

____Hola, Truyo. Dijiste tres mil duros, ¿no?

Empezó a caminar alrededor del coche retirando escamas de óxido de la pintura y repasando la carrocería. Era obvio que había pasado sus mejores días, pero la apariencia no era lo más importante si todo lo demás funcionaba bien.

____Funciona bien, ¿no? –le preguntó a Truyo.
____Claro. El motor está recién reparado; la batería es nueva y aún queda mucho dibujo en los neumáticos.

Fredy empujó suavemente con el pie el parachoques delantero, y los muelles rechinaban.

____¿Y qué me dices de los frenos? Eso es vital, porque como sabes nos movemos por caminos peligrosos, y este coche llevará siempre un mínimo de doscientos kilos de carga.
____Perfectamente bien –le contestó.
____Siendo así, no te importará que demos una vuelta en las calles del pueblo –añadió.
____Todas las vueltas que quieras –respondió.

Truyo frisaba en los sesenta y alardeaba de tranquilidad.
Siguiendo indicaciones de Fredy, Truyo se sentó en el asiento del lado del conductor, mientras él lo hacía en el del lado del volante.

____¡Ven con nosotros, Amor! –gritó.

Me apresuré y me senté en el asiento de detrás.

El coche despegó bruscamente. Oímos un rugido del motor y un rechinar de la carrocería. Aun su tranquilidad, Truyo no pudo evitar que el cuello de su camisa asomara un centímetro por encima de la chaqueta mientras salíamos a todo gas calle Real abajo. El cuello recuperó su lugar apenas el coche disminuyó la velocidad e hizo un giro a la izquierda, con doble curva. Pero reapareció apenas el auto empezó a recorrer velozmente algunas calles estrechas. Llegamos a un tramo recto, largo y enladrillado, perpendicular a la calle Real, y el coche se lanzó como un rayo sobre él, pero al final del mismo se paró un poco para tomar una pronunciada curva.

____Es importante probar los frenos –dijo Fredy, y después el auto se precipitó de nuevo hacia adelante.

Era verdad que estaba haciendo una prueba exhaustiva. El rugido del motor se convirtió en alarido, y el cruce del Ayuntamiento se acercaba con alarmante rapidez. Entonces frenó, y el coche se fue hacia la derecha, como un cangrejo, y enfiló, como lanzado por una catapulta, hacia la plaza de abastos. Truyo llevaba la cabeza contra el techo, y ya se veía toda la parte trasera de su camisa. Cuando el coche paró de nuevo, empezó a sudar y a deslizarse en su asiento. Pero en ningún momento se le vio un gesto de contrariedad.

Luego de bajarnos, Fredy se tocó la barbilla. No le había disgustado el brío del motor, pero…

____Tira a la derecha cuando se frena. ¿Tienes uno más aparente, aunque valga un poco más? –le dijo a Truyo.

El bueno de Truyo no respondió. Se estaba recuperando. Tenía las gafas torcidas y la cara pálida.

____Sí, tengo uno que te va a interesar. De hecho, creo que es el indicado para ti –respondió, al cabo de unos instantes.
____¡Bien! –exclamó Fredy, a la vez que se frotó las manos-. ¿Lo puedes traer esta tarde? –añadió, preguntándole.
____ Esta tarde no puedo, Alfredo. Me voy a Sevilla –le cambió el tratamiento; tal vez por el susto-. Pero lo traerá mi hijo. Pasado mañana me pasaré de nuevo a verte. Seguro que llegamos a un acuerdo en el precio –agregó.

Nos despedimos, no sin antes mi hermano recordarle a Truyo que quedaba esperando después de almorzar.

Mientras entrábamos en ella oficina, Fredy me rodeó el hombro con el brazo y me dijo:

____Este es un paso más para nuestro negocio. Ya no tendremos problemas cuando se nos averíe un coche, siempre habrá uno que lo sustituya. De todas formas –sonrió, y añadió-: disfruto mucho tratándose de coches.

Era verdad. Habían aparecido cosas nuevas, sin que la comarca hubiera experimentado cambios. Y tampoco mi hermano. Seguía siendo un loco de los coches.


[b]Pero mis relaciones profesionales con mi hermano eran excelentes. Y si no, después de todo, era de mi sangre. Acordamos que él seguiría dirigiendo la empresa de Riegos, y yo echaría una mano en algún caso especial, recibiendo por ello una comisión y los gastos de gestión, pero siempre que mis obligaciones veterinarias me lo permitiesen[/b]

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 1:40 pm



Julio

____¡Hola, hola! ¡¿Hay alguien ahí?!
____¡Hola, hola! –repitió detrás de mí una voz infantil.

Me giré y vi a mi hijo. Ya tenía 8 años. A veces me acompañaba en mis visitas a las granjas desde que volvimos de Huelva En realidad se sentía un hombre de campo.

Ésos gritos eran habituales en mí. Cuando llegaba a una granja era difícil hallar a su propietario esperando; podía estar subido en un tractor, a mucha distancia, o en algún otro lugar atareado con su trabajo, y por eso confiaba en esos gritos. A mi hijo le gustaba esa práctica y así aprovechaba la ocasión para ejercitar los pulmones. Lo veía caminar, pavoneándose, y repitiendo los gritos, una y otra vez, a la vez que hacía ruido con sus botas, que le había comprado en una fábrica de calzados de Valverde del Camino, en la provincia de Huelva.

Esas botas representaban todo su orgullo. 'El reconocimiento de su estatus como ayudante de su padre'. Mientras venía conmigo, su reacción era la alegría de un niño que puede observar plantaciones diferentes, animales diversos, especialmente las crías; y el placer por ver gatitos sobre una paca de heno, o una camada de perritos en un pesebre. Pero él siempre entraba en acción. El contenido del maletero de mi coche le era tan familiar como su caja de juguetes. Le divertía facilitarme listas de precios, algún Tratado de cultivos, algún paquete de abono, o mi maletín de veterinaria. A veces se adelantaba a mis pensamientos y corría, diligente, hacia el coche para traerme lo que creía idóneo en cada momento. Sabía seguir ya las conversaciones.

Dado a mis dos profesiones y a que me movía en las mismas rutas, a veces atendía a algún agricultor, si Fredy se hallaba ocupado. Era rara la finca en la que no había un animal que no necesitase de un veterinario, a la vez que aprovechaba para facilitar presupuesto de complementos agrícolas: abonos, fumigaciones; o informaciones o ventas de riegos, motores, bombas o maquinaria agrícola.

Pero lo que más le gustaba a Julio era acompañarme en las visitas nocturnas, si su madre le permitía acostarse más tarde. Se sentía feliz mientras íbamos en el coche en la oscuridad a través de los campos, o cuando sostenía en la mano una linterna para enfocar las ubres heridas de una vaca, mientras yo le aplicaba puntos de sutura, o cuando alumbraba alguna plantación, destrozada por un temporal u otras circunstancias.

Los granjeros y agricultores eran cariñosos con él. Y hasta los más huraños solían decirme, no bien bajábamos del auto: 'doctor Amor, ya veo que ha traído con usted a su pequeño gran aprendiz'.

Pero esos hombres tenían un algo que Julio quería: un par de botas claveteadas. Sentía admiración por ellos; los veía como personas valientes, que pasaban la vida en el campo, trabajando, sin temor, entre el ganado. Se asombraba cuando observaba que portaban en la espalda pesados sacos, o arrastrar largos e incómodos plásticos para protección de los cultivos. Pero lo que más ansiaba mi hijo era esas botas, fuertes y firmes. Para él simbolizaban el carácter de los hombres que las calzaban.

Las cosas llegaron a su auge un día en que íbamos hablando en el auto durante el camino a una granja. Más bien, él llevaba la charla mediante una serie de preguntas que iba fluyendo sin interrupción, siguiendo una practicada fórmula.

____Papá, ¿cuál es el tren más rápido, el Exprés o el Talgo?
____Bueno. Verás… Diría que el Talgo.

Penetrando en aguas más profundas, la siguiente pregunta era:

____¿Qué es más rápido, un helicóptero o un coche de carreras?
____Ésa es una pregunta difícil, Julio. Quizá el auto. Pero no estoy muy seguro.

De pronto, cambiaba de táctica.

____El hombre que vimos en la granja que visitamos ayer es muy alto, ¿verdad, papá?
____Sí -respondí, en un principio confundido.
____¿Más alto que el portero de un equipo de fútbol?

Ya entrábamos en su juego favorito. Conocía al hombre más alto, y sabía cómo iban a acabar la cosa, pero seguía jugando mi parte.

____Tal vez.
____¿Más alto que el portero del Betis? No el de antes, sino el que ha fichado este año, ese gigantón melenudo.
____Sin duda –contesté, para su satisfacción.

Me miraba y, astuto, estaba preparándose para jugar sus últimas cartas de triunfo.

____¿Más alto que el hombre de la luz que viene a nuestra casa?

La brutal estatura del empleado de la Compañía de Electricidad, que venía a inspeccionar los contadores de la zona, siempre había impresionado a mi hijo.

____Creo que es más alto el hombre de la granja.
____Ah, pero… -su boca se torcía, en un gesto de astucia-. ¿Es más alto que el vecino de la casa junto a la nuestra?

Éste era su gran golpe final. Nadie era más alto que Rol que, desde sus dos metros treinta centímetros, miraba hacia abajo a todos los que hablaban con él.

____Admito que el hombre de la granja no es tan alto como Rol -me encogí de hombros, aceptando mi derrota y haciéndoselo ver.

Sonrió triunfante, y se puso tan contento que metió en la charla un asunto que tenía en mente desde algún tiempo atrás.

____Papá, ¿y yo puedo tener unas botas como las que vimos a ese hombre de la granja?
____¡Pero si ya tienes unas! –respondí, señalando las Valverde que su madre le ponía cada vez que me acompañaba a las granjas.

Echó una mirada desvaída a sus pies, antes de replicar.

____Pero yo quiero unas como aquellas…

Me sentí derrotado. No sabía qué responder.

____No te enfades, hijo. Los niños no necesitan esa clase de botas. Pero, quizá... cuando seas más mayor...
____Yo las quiero ahora. A mi amigo Curro se las ha comprado ya su padre –me miró, con cara persuasiva.

Pensaba que era un capricho pasajero. Pero mi hijo, cabezota como él solo, se mantenía muy firme en su campaña de convencimiento, reforzándola con miradas de enojo cada vez que su madre le ponía las Valverde. Su actitud obstinada enviaba el mensaje de que las Valverde no eran para un hombre como él. Hablamos sobre ello su madre y yo esa misma noche, luego de que se acostase el niño.

____¿Habrán botas de esas de su tamaño? –le pregunté.
____No sé –respondió-. Pero las buscaré. Y por tierra, mar y aire, si fuera necesario. ¡Con tal de no oírle…! –añadió.

Pasados unos días, mi esposa volvió de Sevilla con una expresión de triunfo y las botas camperas más pequeñas que había visto. Yo no paraba de reír. Eran diminutas, pero perfectas, con sus suelas claveteadas, sus laterales acolchados alrededor de los tobillos, y su hilera de agujeros con ganchos para los cordones.

Pero Julio no rió cuando las vio. En cuanto se las puso, cambió de actitud. De naturaleza, su cuerpo era fuerte y gallardo pero al verle caminar en las granjas podría decirse que era el dueño del lugar. Pisaba con fuerza y se mantenía erguido, dando más autoridad, si cabía, a esos gritos de: '¡hola, hola...!'

De ninguna de las maneras era lo que llaman 'un niño malo', pero tenía dentro ese pequeño diablo, que pienso deben tener todos los críos. Gustaba darse tono y yo le apoyaba, pero no se aprovechaba de mi permisividad en situaciones comprometidas. Salvo en ciertas excepciones...

Un domingo en la mañana, Pino, de Cerro Hierro, buen amigo, trajo al consultorio una mazorca de maíz podrida. Lo achacaba al abono. Y también traía a su perro pastor que decía que cojeaba. Detrás del sillón de mi escritorio, vi una pequeña cabeza. Una vez convenido con Pino una visita a su finca, aproveché que fue a su auto a por el perro para preguntar a mi hijo que por qué se había escondido, a lo que me respondió que se sentía tan culpable como yo del desastre del maíz: 'al fin y al cabo, también formo parte del equipo; incluso mis botas son como las de ellos'. Después, feliz por su explicación, salió hacia el jardín, donde había una enorme enredadera, que yo mismo había trasplantado, mes atrás. Al salir tan precipitadamente tropezó con Pino, que entraba en ese momento con su perro sobre los brazos.

Cuando un perro cojea, no es fácil encontrar la causa. Pero en este caso, tuve la suerte de dar con ella. Apenas oprimí la planta de una de las patas, el perro se quejó, incluso agresivo, apareciendo unas gotas de suero sobre la negra superficie de la extremidad. Agudicé la vista en ese punto.

____Tiene algo clavado aquí –señalé y miré a Pino-. Yo diría que es una espina. Tendré que aplicarle anestesia, abrir en esta zona, y después extraer la espina –añadí.

Mientras preparaba la aguja, me pareció ver una pequeña pierna a un lado de la ventana. 'No, no puede ser Julio intentando trepar en la enredadera; es peligroso y se lo he dicho expresamente', pensé. Las ramas de la enredadera formaban un arco sobre los dos locales el del consultorio y el de riego, y aunque era de igual grueso que la pierna de un hombre en su parte más baja, adelgazaba en su parte más alta. 'No puede ser', traté de convencerme de que me hallaba enajenado y, sobreponiéndome, continué con mi trabajo. Cogí el bisturí.

____Mantén quieta y en alto la pata herida -le dije a Pino.

Muy preocupado por su perro, Pino oprimió los labios mientras me preparaba para cortar.

Para un cirujano, este es un momento de extrema concentración Con el bisturí hice un leve corte en la pata. Estaba atento, pero sustrajo mi atención una sombra en la ventana. Alcé la cabeza: '¡es Julio, trepando en la enredadera!', me dije. Pero nada podía hacer en ese momento, salvo una rápida mirada de vez en cuando.

Ahondé en el corte y miré; no veía nada, pero no quería agrandar la herida. Empero, tenía que hacer una incisión en forma de cruz para examinar más adentro. Haciendo el primer corte me hallaba, cuando de reojo, pude ver dos pequeños pies suspendidos en la parte superior de la ventana, detalle que también vio Pino. Traté de no desconcentrarme, pero los pies se movían y golpeaban sobre el cristal. Era obvio que lo que estaba ocurriendo afuera no ayudaba a lo que estaba ocurriendo adentro. Las piernas desaparecieron, lo que significaba que el dueño de esas extremidades se encontraba ascendiendo hacia otras zonas más peligrosas.

Traté de no emplearme en nada que no fuese mi trabajo, así que continué profundizando en la herida, limpiándola a intervalos con algodones. Entonces vi algo. Cogí las pinzas y…, en ese momento volvió a aparecer la cabeza de Julio, y esta vez al revés, pendiendo de una rama. Por cortesía a Pino y porque al perro no podía dejarlo en esas condiciones, había estado procurando no pensar en lo que ocurría en el jardín. Pero ya era demasiado. Pedí a Pino que usase todas sus fuerzas en sujetar al perro; entonces di unos pasos hacia la ventana y golpeé el cristal. Mi furia debió asustar al escalador, pues desapareció enseguida. Pero pasados unos instantes, se pudo oír el sonido amortiguado de unos pasos que ascendían. Eso no era tranquilizador, pero me obligué a continuar con mi trabajo.

____Lo siento, Pino -me disculpé, apenas volví a su lado-. Ya estoy aquí de nuevo –agregué.

Pino me brindó una sonrisa mientras metía de nuevo las pinzas en la herida. Entonces noté algo duro, apreté, tiré hacia arriba, y poco a poco saqué la cabeza brillante y puntiaguda de una espina. Gocé de ese instante porque es uno de los pequeños logros que alegran la vida de un veterinario.

Pero mientras cambiaba una sonrisa con Pino, que ya acariciaba a su perro, se podía oír claramente el ruido de algo que se rompía y, a continuación, un prolongado grito de terror.

Poco después, vimos a través de la ventana pasar velozmente a un niño, que iba cayendo con un ruido sordo hacia el mullido césped del jardín. Salí disparado.

Justo en el momento en que llegué, Julio acababa de aterrizar en el frondoso verde. Al ver que sonreía, nervioso, me sentí demasiado aliviado como para enfadarme.

____¿Te has hecho daño? –esto fue lo primero que le pregunté.

Negó con la cabeza. Probablemente, ocultaba el dolor por temor a una regañina. Lo puse en pie y lo examiné entero. Aparentemente estaba bien.

____Eres un travieso -le dije, y añadí-: vete a mi escritorio y coge un papel y un lápiz y escribe los títulos de las coplas que más te gustan –y, no bien le dije eso, regresé a mis obligaciones.
____¿Está bien el chico? –me preguntó Pino, con voz preocupada.
____Creo que sí. Lo he examinado y no vi nada. Mil disculpas por haber salido tan intempestivamente –agregué.
____No tienes por qué –respondió, a la vez que me puso la mano sobre el hombro, añadiendo-: también tengo hijos. 'Para ser padre es necesario tener unos nervios de acero y una paciencia sin límite' –esta frase se quedó grabada en mi interior.

Esa misma tarde, mientras tomaba café en el consultorio, vi a mi hijo embadurnando con mantequilla una rebanada. A Dios gracias no se había hecho daño, pero tenía que llamarle la atención por la travesura que había cometido.

____Julio –empecé-, lo que hiciste está mal. Ya te había advertido que no te subieras en la enredadera.

Canturreaba, a la vez que mordía la rebanada. Me miró, impávido. Por su gesto deduje que no estaba tomando en serio mis palabras. Volví a la carga.

___Si vuelves a comportarte así, no te llevaré más conmigo a las granjas. Tendré que buscar un niño que me ayude. De hecho, ya tengo a la vista uno de la granja escuela.

Busqué entonces alguna reacción en aquella personita, que con el paso del tiempo se iba a convertir en un veterinario o en un perito agrónomo, mejor de lo que su padre podía ser nunca. Lo miré.

____¡¿Otro niño?! -preguntó, como angustiado.
____Así es. No puedo tener en mi trabajo uno tan travieso como tú. Llamaré enseguida a la granja escuela.
Entonces, soltó la rebanada sobre el plato. En un principio parecía aceptar con resignación la solución que propuse. Pero, de pronto, perdió esa aparente ecuanimidad; se levantó de la silla, se puso delante de mí y me miró con los ojos muy abiertos y expresivos y me preguntó, con una extraña vibración en la voz, lo más parecido a un llanto:


¿Y ese niño va a usar mis botas nuevas? De pronto, creyó haber perdido su rango como ayudante de su padre. El mundo entero se le vino encima al pequeño

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 1:46 pm



La Cesárea

____¿No fue mi antiguo profesor de Química quién dijo eso?
____Está usted errado, doctor Amor. Eso consta como legado, y lo dejó el catedrático de Biología que examinaba a los alumnos del cuarto curso, en su época –respondió Poli.

No quise discutir con él. Generalmente, sabía lo que decía. De hecho, era uno de sus principales atractivos.

Nos gustaba tener en el consultorio a estudiantes de veterinaria haciendo prácticas. Nos ayudaban. Abrían nuevas puertas de la ciencia de la veterinaria y nos acompañaban en nuestras guardias solidarias. A cambio de todo eso, adquirían de mi socio Pérez y de mí valiosos conocimientos para el lado práctico de su formación profesional.

Pero con el transcurrir del tiempo me iba dando cuenta de que aprendíamos de ellos tanto como ellos de nosotros. La ciencia de la veterinaria había experimentado avances espectaculares. Aparecía un nuevo campo, el de las pequeñas especies, y ya se practicaban operaciones quirúrgicas en los animales de granja. Los estudiantes de entonces contaban con la ventaja de ver cómo se aplicaban esas nuevas técnicas en las universidades, dotadas con modernos y sofisticados quirófanos.

Poli cursaba su último año y era una fuente de sabiduría, en la que yo bebía ávidamente. Pero además de la profesión, compartíamos pasión por la Literatura. Cuando no estábamos hablando de temas veterinarios, canalizábamos la charla hacia la Literatura, y el ser compañero de viaje de Poli hacía que se acortaran los caminos hacia las granjas.

Era un chico sociable, con una personalidad que iba más allá de los veinte y pocos años que tenía y que se salvaba de la pomposidad gracias a su humor. Un tipo de peso, si alguna vez vi alguno. Y esta impresión la reforzaba una distinguida perilla, que había decidido dejarse, además del hecho de fumar en pipa.

En uno de los viajes que hicimos juntos, decidí tocar el asunto de las nuevas operaciones.

____¿Es verdad que están practicando cesáreas en las vacas en los quirófanos de las universidades?

Encendió ceremonioso una cerilla y la acercó a la pipa.

____Son operaciones tan comunes como hacer pan, doctor Amor. Es un procedimiento rutinario.

Sus palabras habrían tenido más peso si el joven hubiera podido expeler una voluta de humo detrás de ellas, pero había apretado tanto el tabaco que, a pesar de aspirar con tanta fuerza que sus mejillas se hundían y sus ojos se abrían desmesuradamente, no pudo sacar una sola bocanada.

____Qué suerte tienes. Si supieras el tiempo que me paso sobre el suelo de los establos, ayudando a las vacas para que puedan parir y esforzándome para que los terneros saquen la cabeza… Sólo los cojo de las patas y tiro de ellos, pero si tuviese tus conocimientos, me ahorraría problemas con una operación así. En cualquier caso, ¿qué clase de trabajo es ése?

____Fácil, doctor Amor. Sólo con estudiar el tema, se soluciona.

El precoz estudiante me miró y sonrió. Pasado unos momentos, volvió a apretar el tabaco y a encender la pipa; pero, de pronto lanzó una exclamación de dolor: se había quemado con la cerilla. Finalmente, añadió, con voz ahogada:

____Duran como una hora y no exige de un gran esfuerzo – con la lengua se humedeció el dedo dañado.
____Suena bien. Pero el procedimiento sería más fácil si yo pudiera verlo. Y tú sí habrás tenido oportunidades para ello.
____Así es, doctor Amor -seguía enfático-. Pero la mayor parte de las vacas no precisa una operación así. Importante para usted sería ver un caso, y así yo que anotaría en mi cuaderno de notas algún dato complementario –contestó-. Ah, si se le presenta una ocasión, cuente conmigo -se apresuró en añadir.

Asentí. Ese cuaderno era como un libro que contenía toda clase de materia útil, meticulosamente ordenada y con los títulos en tinta roja. En igual forma de hacer las cosas nos hallábamos los dos. Los profesores que impartían las clases acostumbraban a pedir esos apuntes a su alumnado, y los de Poli merecían algún punto extra en los exámenes finales.

Una vez que llegamos a San Nicolás, dejé al joven en su casa, y después conduje hasta la mía. Ya en ella, a esa hora solía tomar un café solo, a cuyo acudía en mis noches de trabajo.

Estaba acabando mi taza, cuando se levantó mi mujer y se fue a la mesita donde se hallaba el teléfono, al oír el timbre del aparato. Y después de escuchar durante unos instantes lo que le decían, me miró y me dijo:

____Amor, es el señor Rojo, de Cerro Hierro. Dice que sus pastos de Sudán, que le aconsejaste sembrar, se están secando, aun a diario regándolos. Y agrega que ha llamado al consultorio, pues una de sus vacas está tratando de parir desde la madrugada pasada. ¿Qué le respondo?
____¡Vaya! Y yo que pensaba que el resto de la tarde lo teníamos para nosotros... -puse la taza sobre la mesa y después le dije a mi mujer-:
___Dile que dé a la vaca una dosis de Aprol, para que descanse, y que yo salgo enseguida hacia su granja.

Sentí contrariedad, pero Poli se alegraría por lo que acababa de decir que quería acompañarme, para así anotar más datos en su cuaderno de notas. Miré a mi mujer:

____Por favor, telefonea a Pérez y a Fredy y comunícales que iré yo para ambos casos y que me llevo a Poli conmigo. Llama también a Poli y dile que en unos minutos pasaré por su casa para recogerle. Gracias, guapa –agregué.

Sin embargo, cual rayo, Poli había sido ya avisado por Pérez, y ya se hallaba listo con su maletín de veterinario. Debía estar contento por lo hablado en esa misma tarde. Por sorpresa, iba a ampliar sus valiosos apuntes. Seguro que no imaginaba que la oportunidad que pedía se iba a producir tan pronto.

Y era cierto. El joven estaba de un humor excelente cuando pasé por él, camino de la granja del señor Rojo.

____Leía un libro de poesías cuando llamaron a la puerta –dijo Poli-. La poesía tiene cosas que se dan en la vida. Verbigracia. Ahora, que estoy a punto de volver vivir un acontecimiento único, leo lo siguiente: 'siempre hay esperanzas de eternas primaveras en el corazón humano'.

Pero yo no me sentía tan poético como Poli. Uno nunca sabe qué va a encontrar en estos casos. En poco menos de un cuarto de hora llegamos a nuestro destino.

Traspasamos la cancela de entrada de 'Toril', que así se llamaba la granja, y conduje hasta el interior. El señor Rojo -por primera vez, que recuerde, había un dueño esperando- me dijo que era mucho el dinero invertido en las herbáceas. Y me lo hizo saber luego de la 'larga' espera producida desde que acabó de hablar con mi mujer. En vista de lo cual, inmediatamente nos pusimos en movimiento. La vaca pasó a un segundo plano, pues estaba atendida por un joven vaquero.

Nos dirigimos hacia la pradera, y ya allí, pude ver que, en efecto, estaban secándose las partes extremas, adquiriendo ese típico color marrón de la hierba en proceso de putrefacción. Pregunté al señor Rojo si alguien había manipulado los mecanismos del panel, porque lo que estaba viendo era muy extraño. El equipo de riego funcionaba bien. Algo bajo de presión, pero bien..

____Nadie que yo sepa –respondió-. Pero ayer tarde vi una bandada de pájaros que salía y entraba de la 'casa máquina' -añadió.

Nos fuimos hacia la 'casa máquina', situada a unos cien metros de la plantación.

____¡Creo que esos pájaros han hecho de las suyas! -grité.
____¿Qué quiere decir?
____¡Que con sus picos o sus patas han toqueteado los mandos de longitud del riego y es por eso que se han acortado los diámetros del mismo! –maticé, en voz alta.
____¿Mando? ¿Diámetros? -se acercó más todavía a mí.
____¡Sí! ¡Esos pájaros han provocado que no llegue el agua a esas partes! –respondí, y añadí-: ¡para evitar que esto vuelva a ocurrir, porque como recordará este riego es antiguo y el automatismo se instaló sobre lo que ya estaba instalado, en la tuberías secundarias colocaremos cuatro bocas de riego con aspersores auxiliares! ¡Pero éstos tienen que activarlo manualmente, para no hurgar más en el panel! ¡Avisaré a mi hermano Fredy para que vengan a hacerle la instalación lo antes posible! ¡Luego, con más tiempo, revisaremos los automatismos! -amplié, hablándole próximo al oído.
____¿Quiere decir que esas partes no han recibido agua? –se hizo cargo al fin, contrariado.
____¡Así es! ¡Compare la hierba del centro con la de los extremos y verá la diferencia! ¡Introdúzcase en esos caminos interiores y verá que en las partes centrales no hay pasto seco y está alta la hierba! –concluí, casi extasiado de tanto gritar.

El señor Rojo quedó conforme con mis explicaciones, lo que no hizo falta revisar más. Y tampoco era necesario; lo delataba la altura de la plantación, por lo que dimos ese asunto por zanjado, a la espera de la nueva instalación. Luego nos fuimos hacia los establos, para ver qué estaba pasando con la vaca.

En un pesebre, rodillas en tierra, vimos a un joven atendiendo a la vaca, en su casi expirado letargo. Era una res pequeña, de grandes ubres. Nos miraba desde su lecho. Colgaba del techo un cartón con un nombre pintado con tiza: 'Lechona'.

____¡No es muy grande! -de nuevo grité cerca de su oído, porque sabía que le fallaba la audición.
____Y además de eso, siempre ha tenido problemas –respondió, y agregó-: su primer parto fue muy difícil, aun pariendo un ternero pequeño Pero dio buena y abundante leche después de parir.

Yo miraba a la res y la res me miraba a mí mientras me quitaba la camisa y me lavaba los brazos en el agua de una pila cercana. 'No me gusta nada esa pelvis tan estrecha', pensé y rezaba para que el ternero no fuera demasiado grande.

____¿Es su primer parto? –me preguntó, súbitamente, el señor Rojo, un poco asustado. 

No respondí a su pregunta, y él no insistió. Entonces empujé con el pie en los cuartos traseros del animal, a la vez que le gritaba para que se levantase. Pero no parecía con intención de hacer ningún esfuerzo más.

____No, no se va a mover –dijo, de pronto, el señor Rojo-. Ha estado quejándose toda la noche –añadió.

Tampoco me gustaba cómo sonaban sus muges. Siempre se espera algo malo cuando una vaca puja tanto tiempo, sin ningún resultado positivo. Parecía cansada. La testa le colgaba, y tenía los párpados caídos, signo inequívoco de agotamiento. Presentía un parto difícil. Pero si la vaca no quería levantarse, tenía que bajar yo.

Con el torso semi desnudo sobre el duro suelo pensé irónico que las baldosas no se ablandan con el paso de los años. Sin embargo, cuando deslicé la mano sobre la abertura pélvica, me olvidé de mi incomodidad. Era muy estrecha. Más adentro toqué algo que me heló la sangre: dos enormes patas y un hocico. Al retirar la mano, la superficie áspera de la lengua del becerro me rozó la palma. Me senté sobre los talones, como pensando, y después alcé con fuerza la voz.

____¡Señor Rojo, no se asuste, pero ahí adentro hay una especie de elefante, y no hay suficiente espacio para que salga!
____¿No puede cortarlo en pedazos? –contestó, harto ya de toda la noche.
____¡Me temo que no! ¡Está vivo! ¡Sería un crimen!
____Sólo es un superviviente –dijo de nuevo-. Pero, aunque no es grande, es buena lechera. Y, la verdad, doctor Amor, no quisiera enviarla al carnicero.

Tampoco yo. La simple idea dolía. En un momento de gran decisión me dirigí a Poli, que, aunque era novato en la profesión, sabía por él mismo que en su libro anotaba todo lo referente a esta clase de operaciones. Le dije, enfático.

____¡Ésta es la ocasión propicia, Poli! Lo más acertado es hacer una cesárea. Me alegro que estés conmigo.

Me encontraba en tal estado de emoción y excitación que casi no me di cuenta de un parpadeo de preocupación en los ojos de Poli, a la vez que un temblor en sus manos.

Me levanté pesadamente, pensando en cómo iba a decirle al señor Rojo lo que íbamos a hacer. 

____¡Señor Rojo! -lo cogí del brazo y le hablé alto al oído-. ¡Hay que hacer una cesárea a la vaca! Una abertura en el vientre y sacar el becerro! ¡Así de simple! ¡¿Qué me dice?!
____¿Cesárea? ¿Como esas que les hacen a las mujeres?
____¡Más o menos! ¡Ya veo que lo ha entendido bien!
____Es extraño -alzó las cejas-. No sabía yo que se podía hacer esas cosas a un animal, sobre todo a una vaca.
____¡Ahora sí! –dije, solemne-. ¡La ciencia ha avanzado mucho en la última década! ¡Aquí tenemos a Poli, futuro veterinario, que puede corroborar lo que acabo de decirle!
____No sé, no sé.. -se pasó la mano por la barbilla y añadió-: pienso que la vaca morirá si se le hace un agujero tan grande. Quizás sea mejor que la mande al carnicero. Seguro que me dará por ella unos cuantos billetes. ¿No cree?

Sentí que se me escapaba, pero seguí hablándole con persuasión. El señor Rojo parecía difícil de convencer. Seguro que mi socio lo hubiese logrado enseguida. Volví a la carga.

____¡Pero no es muy grande y está flacucha! ¡No le darán mucho dinero como carne! ¡Y con un poco de suerte, podremos sacar el becerro vivo!

De pronto, me percaté de que estaba yendo en contra de uno de mis más firmes preceptos: el de no decir nunca a un granjero lo que debía hacer con sus animales. Pero estaba atrapado en una especie de locura incontrolada. El señor Rojo me miró y también miró a la vaca y, sin cambiar de expresión, asintió con la cabeza. Después me dijo:

____De acuerdo. ¿Qué es lo que necesita?
____¡Un cubo con agua caliente, jabón verde, toallas y un par de guantes de granjero! –respondí, presuroso y nervioso-. ¡También -seguía entusiasmado e impaciente-, si me lo permite, llevaré el instrumental hasta la cocina de la granja para hervirlo!
Cuando el granjero salió del establo para traerme todo lo que le había pedido, di unas palmaditas en el hombro a Poli, como de complicidad. Le dije:
____Todo perfecto. Mucha luz, un becerro vivo que tenemos que sacar del vientre de su madre, y, toda vez que el señor Rojo es sordo, podré pedirte cuantas instrucciones necesite durante la operación, sin que nos escuche. ¡Manos a la obra, muchacho, no perdamos más tiempo! 

Poli no respondió. Le pedí que ordenase todo y que pusiese mucha paja alrededor de la vaca, mientras yo iba un momento al caserío a hervir el instrumental.

Al poco, las jeringas, el material de sutura, el bisturí, las tijeras, los anestésicos, algún antibiótico y un paquete de algodón se hallaban perfectamente alineados en una toalla extendida sobre una paca de heno. Evidentemente, sabía lo que hacía, aun siendo la primera vez que iba a colaborar in situ en un parto de vaca. Luego añadió antiséptico al agua, y me miró, esperando mi conformidad. 

Mientras el señor Rojo miraba pasmado todo aquel arsenal, le dije, siempre cerca de su oído.

____¡Señor Rojo, entre Poli y yo haremos que la vaca se vuelva para que usted pueda sujetarle la testa hacia abajo! ¡Procure estar muy atento, por favor!

Empujamos la vaca, cuya cayó sobre un lado, sin poner resistencia. Entonces le di un pequeño codazo a Poli y le pregunté: 

____¿Dónde hago el corte? 

Poli se aclaró la garganta, dos veces antes de responder, pero, al fin, contestó:

____Bueno, verá… Más o menos… aquí -señaló un punto.
____Alrededor del rumen, pero un poco más bajo, ¿no? 

Asintió con la cabeza.

Corté el pelaje de la res en una franja de unos treinta centímetros. Necesitaba una buena abertura para sacar el becerro. Insensibilicé toda la zona con anestesia y seguidamente empecé a cortar con decisión. Por debajo del peritoneo tropecé con una masa de tejidos protuberantes, de un color rosáceo y blanco. Presioné en ese sitio y enseguida sentí algo duro dentro. ¿Acaso el becerro?

____¿Esto es el rumen o el útero? –susurré-. Está muy abajo para ser uno de los estómagos, así que supongo que será el útero.
____Está usted en lo cierto, doctor Amor. Es el útero –dijo Poli, que, aun mi susurro, me había oído.
____Bien –sonreí aliviado, a la vez que hice un corte profundo, del que brotó una enorme cantidad de heno, a medio digerir, seguida de gases y de un líquido marrón oscuro maloliente. Perdí hasta el aliento.
____¡Este es el rumen! ¡Mira toda esa maleza! –gruñí, mientras un río de porquería salía del primer estómago e inundaba la cavidad abdominal. 
____¿A qué juegas, muchacho? –Poli quería ser invisible-. ¡Conste que no te culpo de tu error, pero debes pagar por él!
____¡Enhebra enseguida una aguja! –mi tono era desagradable.

Con mano temblorosa me alargó una aguja con hilo de sutura. Sin hablar y con la boca reseca, comencé a cerrar el corte que había hecho en el órgano equivocado. Entre los dos, nos empleamos en limpiar el contenido del primer estómago, que se había extendido e invadía partes que estaban más allá de mi alcance. Utilizamos grandes apósitos, impregnados en antiséptico. La contaminación era masiva. El señor Rojo sudaba, y pude ver que ya comenzaba a dudar de mí, de Poli, de la vaca, y de todo....

Cuando limpiamos, lo mejor y más rápidamente que pudimos las partes afectadas, miré a Poli con desconsideración y sin tener en cuenta que habían más personas en el establo.

____¡Y yo que pensaba que tú sabías todo lo relacionado con esta clase de operaciones!
____Ya se hacen muchas intervenciones de este tipo. Y creía que no habría ningún problema –parecía asustado.
____¿En cuántas operaciones de cesáreas has estado presente? -lo fulminé con la mirada.
____Bueno… verá usted, doctor Amor. Realmente en una y como clase de prácticas.
____¿Sólo en una y como práctica? Creía que eras un experto. De todas formas, aunque no hayas estado en ninguna debes saber algo. Y lo digo por tus apuntes.
____El caso es que… me encontraba en la parte más retirada del salón de clases.
____Ahora es cuando empiezo a comprender todo. Y no podías ver bien, ¿verdad? –sonreí, con ironía.
____Así es -agachó la cabeza, como avergonzado.
____¡Eres un mentiroso y un vanidoso¡ -grité ¡Mira que engañarme con tus conocimientos! ¡¿Te das cuenta que hemos podido matar a esta pobre vaca?! ¡Con toda esa contaminación es muy probable que se produzca una peritonitis y muera! ¡Lo único que nos queda ya es la remota esperanza de salvar al becerro! -haciendo esfuerzo me calmé-. Pero sigamos trabajando y a ver qué pasa. Empléate a fondo. A pesar de tu total ignorancia en estos asuntos, cuatro ojos son siempre mejor que dos.

A excepción de mi ataque de ira, el resto del diálogo transcurrió tranquilo. Mientras tanto, el señor Rojo seguía largando miradas inquisitivas; le brindé miradas tranquilizadoras y regresé a lo mío. Metí de nuevo el brazo en lo que ahora sabía que era el rumen y toqué un órgano suave y resistente que contenía un bulto con la dureza e inmovilidad de un saco de carbón. Seguí explorando, y de pronto rocé el inconfundible contorno de una pata, que empujaba con fuerza. Era parte del becerro. De acuerdo. ¿Pero cómo sacarlo entero? No sabía qué hacer.

Entonces saqué el brazo del interior de la vaca, y le pregunté de nuevo a Poli, con voz normal, pero si dejar la ironía.

____Desde tu 'inmejorable' asiento en clase, ¿viste lo que hacían después de la cesárea?
____¿Después? -se humedeció los labios, y añadió-: se supone que tenemos que sacar el útero y ponerlo al nivel de la herida.
____¡Ni el mismísimo King Kong puede con este útero! ¡Inténtalo tú y verás el chasco que te vas a llevar! –respondí, otra vez furioso.

Poli, al igual que yo, tenía el torso descubierto. Pero empapada de sudor estaba su cara. Sin convicción alguna, metió el brazo. Pero enseguida lo sacó y asintió, ruborizado. 

____Tiene usted razón, doctor Amor. Ni se mueve.
____Sólo hay algo que podemos hacer –seguí hablando, calmado ya-. Voy a hacer una incisión en el útero mientras tú sujeta las patas delanteras de la vaca.

No me resultaba agradable estar hurgando en la oscuridad de lo desconocido, con mi brazo metido hasta el hombro en el interior de una vaca. Me hallaba aterrado, podía cortar en algún órgano vital. Pero lo que primero corté fue mis propios dedos, hasta aviármelas para hacer un corte a través del bulto que formaba la pata. En un instante, ya había llegado, ya me hallaba en algo seguro…

Con sumo cuidado y no menos miedo aumenté el corte, centímetro a centímetro. Apenas cogí la pata e intenté tirar de ella, pedí con el máximo fervor que la abertura fuese de un tamaño suficiente para permitir el paso del becerro. Esto era crucial. Pero enseguida pude darme cuenta de que iba a necesitar de una fuerza tremenda para sacarlo a la luz. 

Cuando se hacía una cesárea a una vaca, había que asegurarse de elegir un ayudante robusto entre los estudiantes. Y ese día tenía a Poli, que era un buen chico, pero a falta de las fuerzas necesarias para esta clase de trabajos.

____¡¡Vamos, ayúdame!! –le dije, gritando.

Con los dientes apretados y jadeando por tanto esfuerzo, tiramos hacia arriba hasta que por fin pude sujetar la pata. Pero incluso en ese momento, en que cada uno jalaba de una pata, no se movía el becerro. Conforme nos echábamos hacia atrás, ya con los últimos vestigios de nuestras fuerzas, tuve una de esos pensamientos que a veces abrigan los miembros de tan digna profesión: deseé con toda mi alma no haber empezado este horrible trabajo.

Pero 'el patilargo' iba saliendo gradualmente. Primero apareció el rabo, luego el costillar, de un tamaño increíble, y finalmente, con cierta precipitación, los hombros y la testa. Poli y yo nos caímos al suelo, y el becerro, tan grande cómo habíamos pensado, empezó a rodar sobre mi pecho, resoplando y sacudiendo la testa.

____¡Qué tipo tan grande! -exclamó el granjero
____¡Sí! -grité-. ¡El más grande que había visto! ¡No hubiera salido de forma natural! –añadí, extasiado.

Pero ya fuera el becerro, toda mi atención se centraba en la vaca. '¿En dónde está el útero?', me pregunté. Había desaparecido. De nuevo empecé una búsqueda frenética dentro del animal. Luego de retirar la placenta, mis manos tocaban lo que parecía el borde rasgado de un corte. Saqué todo lo más que pude del órgano a la luz, y vi que la abertura original había aumentado a un grado tal que había una larga rasgadura que se unía al cuello del útero.

____¡Suturas! -extendí la mano, y Poli me dio una aguja con hilo-. ¡Sujeta los labios de la herida! –empecé a coser.

Actué raudo hasta donde se perdía la rasgadura. Pero el resto fue un martirio. Poli sujetaba, con gestos de cansancio, mientras yo introducía la aguja a ciegas en el tejido.

Pero, fatalmente, apareció una nueva complicación. El becerro se había puesto en pie y tropezaba con todo a su paso. Siempre me había maravillado la rapidez con que se incorporan los animales recién nacidos, pero ese día era una molestia. El becerro buscaba las ubres de su madre con ese instinto de alimentarse que nadie puede explicar, empujaba el costado de la vaca con el morro, se tambaleaba y caía en la herida del vientre de su madre, con el consiguiente dolor de ésta, que lo pateaba todo.

____¡Juraría que quiere meterse de nuevo! –dijo, de pronto, el señor Rojo, que seguía atento todas las peripecias-. ¡Es un tipo 'corajudo'! -añadió.

'Corajudo' se interpretaba como vigoroso en esta bendita tierra, y nunca era mejor aplicada la palabra. Mientras trabajaba, tenía que empujar con el hombro el hocico húmedo del becerro, pero apenas acababa, lo tenía encima otra vez esparciendo grandes cantidades de partículas de paja en la herida abierta.

____¡Vean esto! –dije, repartiendo la voz entre los presentes-. Como si no tuviese ya bastante con este desorden… -agregué.

El señor Rojo -en su caso, por mis gestos- y el vaquero, asintieron con comprensión. Pero Poli, no. Su sudor se unía a la sangre que salpicaba del becerro, corriendo por su cara como un río de vino tinto, al tiempo que sujetaba la herida invisible.

Al cabo de un rato, que me pareció eternidad, llegué lo más lejos que pude en la herida uterina, limpié la suciedad del abdomen y lo cubrí todo con desinfectantes. Cosí las capas de los músculos y la piel y acabé. Nos pusimos en pie, como ancianos, y empezamos a lavarnos, no sin antes mirarnos y sonreírnos.

El granjero abandonó su posición, junto a la cabeza de la vaca, y después miró la hilera de puntos.

____Nunca debí desconfiar de ustedes. Buen trabajo, doctor Amor y ayudante Poli –nos dijo-. ¡Y un hermoso becerro! -concluyó.

Y era verdad: un hermoso becerro. El recién venido al mundo era una belleza. Se tambaleaba sobre sus inestables patas, y sus ojos grandes se abrían, llenos de curiosidad. 

Pero ese 'buen trabajo' escondía un algo que ni siquiera me atrevía a pensar. Mi insatisfacción se centraba mirando a la vaca. No tenía esperanza de vida. Aun ello, en un gesto de profesionalidad, le di al señor Rojo una bolsa de Sulfatiazol, para que se la administrara a 'Lechona' una vez al día durante una semana. Y luego le dije a Poli que abandonásemos aquel lugar lo antes posible. 

De regreso, conduje en total silencio. A poca distancia de la granja, después de una curva, detuve el coche en un camino y dejé caer la cabeza sobre el volante. Estaba realmente cansado.

____Jamás pasé tanto apuro en un trabajo veterinario –le dije a Poli, de pronto. Y sin esperar respuesta, añadí-: con toda esa porquería dentro, una peritonitis es inevitable. Seguro que dejé algún agujero en el útero. Pero ya no tiene solución.
____Fue culpa mía –respondió Poli, en un tono ahogado.
____No, no lo fue. Se supone que soy un veterinario cualificado y lo único que hice fue cometer errores. Y no satisfecho, te humillé. Mi actitud fue detestable. Te debo una disculpa y el reconocimiento de tu dignidad ante el señor Rojo y su vaquero.
____En verdad yo… –dijo, como no esperando mi reacción.
____Además –lo interrumpí-, aprecio tu labor. Trabajaste duro, y no habría llegado a nada sin ti –hice una pausa-: pero ahora vamos a intentar relajarnos un poco. Te invito a una cerveza -añadí.

Amanecía. En el casino había granjeros desayunando Nos dejamos caer en unas sillas del salón y nos sumergimos en nuestros propios pensamientos frente a dos jarras de cerveza. No cruzamos palabra. En realidad, no había nada qué decir. Todo lo habíamos dicho ya en 'Toril', antes, durante y después del parto, con cesárea incluida, de 'Lechona'.

Poli rompió el silencio y me preguntó si había dicho en serio lo de que la vaca no iba a sobrevivir. Le dije que nunca más volveríamos a verla viva. Aunque sabía que él no se creía lo que le decía. Tenía fe en mis posibilidades y se esforzaba en hacérmelo ver.

Caída la tarde, relajado en el consultorio, una morbosa curiosidad me hizo telefonear al señor Rojo.

____¡Doctor Amor! -contestó una voz alegre al otro lado del hilo-. ¡'Lechona' se puso en pie poco después de irse ustedes!

Pasaron segundos antes de que pudiera digerir lo que acababa de escuchar. Sacudí la cabeza. Le pregunté:

____¡¿No la ve incómoda o triste?!
____Nada de eso. Está tan alegre como un grillo. Se desayunó un pesebre lleno de alimento. Incluso le saqué unos litros de leche –después oí, como un sueño, la siguiente pregunta-. ¿Cuándo va a venir de nuevo para quitarle la costura?
____¿Costura…? ¡Ah, sí! ¡Dentro de diez días, aproximadamente, señor Poli! ¡Digo… señor Rojo!

Después de la angustia de la primera visita, me satisfacía tener a Poli a mi lado mientras retiraba los puntos de sutura a la vaca. No había hinchazón alrededor de la herida.

'Lechona' mascaba tranquilamente un bocado, mientras a Poli le cedí el mando de quitar los hilos. Después hablé con el granjero, delante de Poli y el vaquero. El señor Rojo le hizo saber a Poli que había valorado su trabajo y que no daba ninguna importancia a lo ocurrido. En un corral próximo, un becerro lanzaba coses al aire, alegre y feliz.

____¡¿Le ha visto usted algo raro después de la operación?! -no pude ni quise evitar esa pregunta.
____No -sonrió-. Nadie diría que pasó todo eso –añadió.

De esta forma, tan 'original', llevé a cabo mi primera cesárea a una vaca. Varios años seguidos, 'Lechona' tuvo otros partos de becerros hermosos sin ayuda y con total normalidad. Un milagro que todavía no llego a comprender, ni hay tratados veterinarios que lo aclaren. ¿Quizá porque la dilaté suficientemente? No lo sé. Y si era por eso, inconscientemente. Todo sea dicho.

Pero ninguno de los presentes nos percatamos de que sentíamos una alegría, tan grande como inesperada

____Bueno, 'doctor Poli' –dije al joven, días después del parto-. Esta es la verdadera práctica de la veterinaria. Aparecen desagradables sobresaltos, pero también sorpresas agradables –lo miré, sonreí y añadí-: siempre escuche hablar de la resistencia del peritoneo en los bovinos. Y gracias a Dios es verdad.
____Todo salió bien –respondió, como pensando-. Pero no atino a describir mis sentimientos. Mi cabeza está llena de frases, como 'mientras hay vida, hay esperanza'.
____Desde luego –asentí.
____Aquí va otra, doctor Amor: -añadió, de pronto-: 'contra más dificultades para nacer, mayor apego por la vida existe'.
____¡Espléndida! –respondí, pero quedé a la expectativa. Y añadí, con una pregunta:
____¿Es tuya esa frase? -una vez más lo puse a prueba.
____No señor, la leí en un libro de veterinaria. Creo que de 'autor anónimo' -me miró de reojo, mostrando una sonrisa suspicaz.

Yo era 'ese autor anónimo'. Poli, astuto, adivinó mis pensamientos, y después dedujo por mis gestos:


Sé por qué calla, honorable doctor –me miró, circunspecto, y añadió-: sus padres han debido ser personas especiales. Aseguraría que de ellos aprendió humildad, aunque no se hayan vanagloriado de ello. Gente como usted necesita la humanidad. Gracias, señor. Es usted una persona admirable

achl

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 1:54 pm



La Cabra siempre tira al monte

____¡Ay, ay, ay...!

Sollozos entrecortados que salían del teléfono me despertaron por completo. Era la una de la madrugada, y mi mujer y yo estábamos en el 'afanoso intento' de un hermano para Julio.

____¿Quién es? –pregunté, después de descolgar.
____¡Soy don Jaime, llamo desde Cerro Hierro, doctor Amor! –podía oír un tono de voz que suplicaba-. ¡Por favor, por favor, le suplico que venga a ver a mi Joya! ¡Se está muriendo!
____¿Joya?
____¡Es mi perra, está inquieta y jadea como si no pudiera respirar! ¡Venga rápido! ¡Venga rápido! ¡No se demore! –y se apresuró en añadir: ¡vivo en la primera fila de casas, la número dos, paralela a la vía de ferrocarril, en Cerro Hierro!
____Sé donde es. En quince minutos estaré ahí.
____¡Gracias, gracias! ¡No se demore, no se demore!
____Serénese. ¿Qué edad tiene Joya, don Jaime? –le pregunté, con la idea de preparar algún medicamento mientras tanto.
____Un año. Pero está muy crecida –respondió, más calmado.
____Para esa edad puede administrarle, si lo tiene en su casa, una medida de Carprofeno, con idea de eliminar posible fiebre. Además facilítele la respiración abanicándola, con breves intervalos.
____Eso haré. Dios se lo pague. Dios se lo pague –asintió, amable y repetitivo. Más tranquilo se despidió y colgó, no sin antes pedirme de nuevo urgencia.

Saqué los pies de la cama. Mientras me vestía, mi mujer, que la despertó también el agudo timbre el teléfono, se reclinó sobre la almohada.

____¿Qué es lo que pasa ahora, Amor? Entre unas cosas y otras, nos falta tiempo para…
____Un caso urgente. Esta noche 'seguiremos'. Pero ahora tengo que salir. No puedo perder más tiempo.

Me lancé escaleras abajo hacia el garaje. Siempre había sentido admiración por los colegas que mantenían la calma en situaciones así. Mi destino, bien conocido por mí, estaba a diez minutos, por lo que no tuve tiempo para pensar antes de llegar. Conduje a gran velocidad. A esas horas, la carretera era para mí solo. Llegué a Cerro Hierro, fui a la casa, llamé al timbre, se encendió la luz del jardín, se abrió la puerta y apareció un hombre que dijo llamarse don Jaime: bien parecido: alto, cuerpo atlético, pelo canoso, gran porte, y de unos setenta años, con la apariencia del aristócrata y escritor don José Luis de Vilallonga, acentuado con prominentes facciones que daban al rostro más distinción, si cabía. Además, era un fumador empedernido de tabaco rubio americano.

____Pase –dijo con voz entrecortada. Las lágrimas corrían en sus mejillas-. Gracias por venir a ayudar a mi Joya a estas horas de la madrugada

Mientras hablaba me llegó un olor a whisky, que me hizo volver la cabeza hacia otro lado. Me precedió rumbo a la cocina, y pude ver un marcado tambaleo en el caminar.

Mi paciente estaba postrada en un cesto, al lado de la hornilla de una cocina, lujosamente equipada.

Sentí satisfacción cuando vi que era un animal sumiso. Me arrodillé junto al cesto y miré con atención. Tenía la boca abierta y la lengua colgaba de lado, pero no la veía en una situación de angustia. De hecho, movía el rabo mientras la acariciaba. Y de ninguna de las maneras parecía una dolencia achacable a lo físico.

____¿Cómo la ve? Se trata del corazón, ¿no? -se inclinó sobre su perra, y las lágrimas volvían a caer sin control.
____Tranquilícese. No se angustie. No la veo tan mal. Pero, antes de poder dar un diagnóstico, permítame examinarla.

Puse el estetoscopio sobre el costillar de la perra y oí unos rítmicos latidos de un corazón sano. Le tomé la temperatura: sin problemas, normal. Mientras le palpaba el abdomen, don Jaime me interrumpió de nuevo. Vi en él una actitud de angustia.

____El problema es -hablaba con dificultad- que he abandonado a mi pobre perra. Todo el día lo he pasado en Sevilla, sin siquiera dedicarle un simple pensamiento.
____¿La dejó sola todo el día?
____No. Belén, la señora que se ocupa de la casa, permanecía con ella todo el tiempo.
____Entonces -sentí que estaba inmiscuyéndome- ¿no habrá sido que Belén le puso de comer y después no la controló?
____No lo sé –replicó, tronándose los nudillos-. Pero no debí dejarla. Piensa en mí. Si pudiera ver la alegría que experimenta apenas me ve aparecer...

De pronto, sentí que un lado de mi cara hormigueaba, a la vez que salían gotas de sudor. El problema estaba resuelto.

____La han puesto demasiado cerca a la hornilla. Jadeaba porque tenía calor y éste no la dejaba digerir la comida. Además, con todo eso cerrado… –señalé la puerta y la ventana.
____Hace una semana que no cambiamos el cesto de lugar -miró el cesto-. Es que han estado instalando una solería nueva. Pero por lo general, la mudamos todos los días.
____Entonces vuelvan a cambiar el cesto y volverá a sentirse bien.
____Pero es más que eso. Está sufriendo. Saque su aparato de luz y mírele los ojos, por favor.

Tenía los ojos resentidos, muy dados en animales abandonados, y además sabía cómo usarlos. Hay quien piensa que algunos perros son más agudos, en lo que a mirada se refiere, pero yo me inclino por los sumisos. Y, en este sentido, Joya era toda una experta.

____Yo que usted no me preocuparía tanto por eso. Créame, Joya se encuentra bien –apuntillé.
____¿Entonces no va a hacer algo? –a pesar de mis razonamientos, no parecía quedar conforme.

Y esta era la pregunta que más se daba en la práctica veterinaria. La pregunta del millón, como diría mi socio. Si uno 'no hacía algo', nadie quedaba satisfecho. Pero creo que en este caso, don Jaime necesitaba más atención que su mascota. Así que, solamente por satisfacerle, saqué una tableta de vitaminas del maletín y la puse debajo de la lengua de la perra.

____Con esto se sentirá mejor -lo miré, esperando su aprobación.
____Gracias –me llevó hasta un lujoso salón y luego, tambaleante, hasta un mueble bar.
____Tomará uno antes de irse, ¿no?
____No -me disculpé y argumenté-: no es prudente conducir bajos los efectos del alcohol.
____En ese caso, si no le importa tomaré uno para tranquilizar mis nervios -vertió una respetable cantidad de whisky, Chivas etiqueta negra, en un vaso alto y me invitó a que me sentase.

'Mi mujer y la cama seguían esperándome', pero me senté frente a él y le escuché mientras bebía. En realidad, sentía un afecto por las personas que querían a los animales domésticos.

En su soliloquio refería que había sido empresario en Sevilla, y que había venido a Cerro Hierro, un año atrás, pero que nació en Cerro Hierro, y de joven se fue a la ciudad, junto con sus padres. Dijo que tenía algún pariente en Cazalla de la Sierra. Contó que, aunque en esa época no estaba muy vinculado al mundo empresarial, seguía manteniendo interés por los negocios, y que no faltaba a la comida anual de antiguos empresarios. Añadió que había podido reunir un capital, que tenía seis hijos, todos ya casados y en buena situación, y que hacía tiempo ya que había decidido retirarse para el resto de sus días en Cerro Hierro, su pueblo natal. Después de explicarme a grandes rasgos su vida, me miró y me dijo:

____Tomé un taxi y me llevó a Sevilla, donde pasé un buen día –su cara estaba radiante al recordar eso, mas regresó la expresión del desaliento-. Pero me olvidé de mi perrita. No lo haré más -vi, no sé por qué, remordimiento en su expresión. Siempre había presumido de psicólogo pero esta vez debía ser la excepción de la regla…
____¿La lleva a hacer algún ejercicio? –le pregunté, de pronto.
____Sí. Salimos a pasear todas las mañanas. En realidad, no tengo nada mejor que hacer. 
____Eso es estupendo –y pensé-: 'qué más quisieran otros animales domésticos, abandonados de verdad…'.

Me miraba, al mismo tiempo que se servía otro 'etiqueta negra'. Después añadió:

____Se ve que es usted un buen hombre. Vamos, tómese uno antes de irse…
____Pero écheme poco. Ya sabe... la carretera y el alcohol...

Empero, se excedió en mi vaso. Mientras bebíamos, me miraba con una especie de devoción en los ojos.

____Doctor Amor… -empezó a remolonear-. Amor, supongo…
____Ese es mi nombre. Pero mi padre se llamaba como usted.
____Entonces, yo te llamaré Amor y tú a mí Jaime. ¿De acuerdo? 
____De acuerdo –repuse. Bebí un único trago, dejando mi vaso casi lleno-. Pero ahora, si me disculpas, tengo que irme ya –concluí.

Ya en la calle, Jaime puso la mano en mi hombro, con expresión de gratitud.

____Gracias, Amor. Joya estaba enferma y tú la has salvado. De por vida te estaré agradecido. Pásame la factura cuando quieras.

De regreso a mi casa cobré conciencia de que había fallado en el intento de convencer a aquel hombre de que no había salvado la vida a su perra. Fue aquella visita, sin duda, una visita extraña. Don Jaime, o Jaime a secas era un tipo bastante enigmático, pero me gustó. No podía decir el por qué. Pero me gustó…

Después de aquella 'interrumpida' noche, veía a menudo a Jaime en alguna calle de Cerro Hierro, paseando a su perra. Parecía feliz. Su cuerpo atlético, aun su edad, destacaba de los que circulaban. Sus modos eran racionales, salvo cuando continuaba diciendo que había rescatado a su mascota de las garras de la muerte. Jamás pude apearle de esa convicción.
Pero enseguida, no esperado por mí, volvimos otra vez al principio. De nuevo era pasada la medianoche cuando levanté el auricular y escuché aquellos gemidos entrecortados.

____¡Ay, ay, Amor! ¡Mi Joya se va a morir! ¿Puedes venir?
____¿Qué le pasa ahora? –respondí, educado pero contrariado.
____Sacude su cuerpo frenéticamente. No te hagas esperar. Seguro que tiene algo malo –añadió.

Mi cabeza empezó a girar cual noria. 'Al menos, esta noche no nos ha interrumpido', pensé.

____No puede ser que tenga algo tan malo de repente –le dije.
____Te lo ruego, por favor, no te retrases -volvió a repetir, como si no hubiese escuchado mis últimas palabras.
____Está bien –acepté-. Apenas me vista, apareceré por tu casa.
____En verdad eres un buen hombre -la voz se perdió.

Pero esa vez me vestí sin el pánico y las prisas de la otra. 'Seguro que debe tratarse de una falsa alarma pero nunca se sabe', pensé, de nuevo.

En aquel lujoso salón me envolvían de nuevo efluvios del selecto whisky. El señor de la casa, quejumbroso, me llevó corriendo hacia un pequeño cuarto.

____Es un cuarto para ella sola. Ahí está –dijo, señalando el cesto-. Acabo de regresar y la encontré en este estado.
____¿Regresar? ¿De Sevilla? Creo recordar que me dijiste que no lo harías más –me atreví a censurarle eso.
____Es verdad. Pero es que estaba aburrido y fui a dar un paseo a la ciudad. Soy un canalla. Eso es lo que soy, un canalla.
____No digas disparates, hombre. Una cosa es una cosa y otra es otra cosa. Te dije que no le haces daño con marcharte, siempre que alguien cuide de la perra. ¿Y qué ha pasado con las sacudidas? La veo perfectamente bien.
____Cesaron ya, pero cuando regresé, una de sus patas se movía así –hizo un extraño movimiento espasmódico con la pierna.
____Tal vez estaba rascándose.
____No. Repito que está sufriendo. Por favor, mírale los ojos.

Los ojos de la perra eran todo un pozo de variopintas emociones y en sus profundidades podía verse el reproche.

Le examiné los ojos, convencido de la inutilidad de la acción. Sabía que no iba a encontrar nada, pero lo hice por complacer.

____Ponle en la boca una de tus tabletas. La otra vez la curó.

Para devolver la paz al inquieto espíritu de su inconsolable dueño, repetí la operación del día anterior. Totalmente curada. Y su amo regresaba al salón y a la botella. Una vez más, el whisky empezó a hacer estragos en aquel tipo 'juerguista y bebedor'.

____Necesito auparme luego del susto –dijo, de pronto-. También tú deberías tomar uno. ¿Te apetece?

Igual melodrama se repitió en días posteriores, siempre después de sus viajes y siempre después de la medianoche. Tuve amplias posibilidades de analizar la situación, y llegué a la conclusión de que la mayor parte del tiempo se comportaba normal y consciente de su perra, pero luego de sus sucesivas ausencias y sus copiosas ingestiones, su persona degeneraba en un sentimiento de culpa. 

Nunca dejé de atender sus llamadas nocturnas. Suponía que su aflicción sería grande en el caso de que me negase. En realidad, estaba facilitando tratamiento a Jaime, no a Joya. Me divertía el hecho de que por ninguna vez aceptase mi protesta de que mis asistencias profesionales eran innecesarias, además de costosas Aquel hombre estaba convencido de que en todas las visitas 'mi milagrosa pastilla' había salvado la vida a su perra.

No rechazaba la posibilidad de que su mascota le hacía sentir mal, deliberadamente, con sus miradas. Las mentes caninas poseen la capacidad de desaprobar algunas actitudes. Por ejemplo: yo mismo me hacía acompañar de mi perro, pero si iba al cine con mi mujer o a algún otro sitio y lo dejábamos solo en la casa, se metía debajo de la cama, o en otro escondite y a nuestro regreso adoptaba una actitud de resentimiento. 

La madrugada en que Jaime me comunicó que tenía pensado que su perra se aparease, se me encogió el ánimo. Barruntaba que ese consiguiente estado de preñez iba a acarrear todo tipo de amenaza a mi sosiego. Y así fue. Entró en una serie de pánicos infundados, descubriendo imaginarios síntomas a lo largo del embarazo. Sentí alivio apenas supe que Joya parió una camada de seis crías. 'Por fin puedo descansar', pensé. Ya empezaba a cansarme tanta llamada nocturna, sin duda provocada por las libaciones y los trasnoches.

Pero pronto, esta vez esperado por mí, luego de la medianoche y después de haber ingerido 'su dosis' explotó en mi oído el timbre del teléfono. Apenas descolgué , escuché un son quejumbroso que ya me era desagradablemente familiar.

____¡Ay… ay…!
___¡¿Jaime?! –protesté enérgico-. ¿Qué diablos pasa ahora?
____¡Oh, Amor, Joya está muriéndose! ¡Ahora es verdad, lo sé! ¡Ven enseguida, por favor!
____¿Muriéndose? ¿De dónde has sacado ese cuento?
____¡En estos momentos está echada sobre el suelo de la cocina, temblando y con convulsiones!
____¡¿Algo más?!
____Belén me dijo que cuando se retiró a descansar, ya tarde, Joya, después de dar de comer a sus crías, parecía como preocupada, y caminaba con dificultad. Yo acabo de regresar. No puedo evitarlo. Es algo superior a mí.
____¡Estupendo! ¡Tú, divirtiéndote, Joya sola, y yo sin dormir!
____¡Lo siento, Amor!
____¡Dudo que lo sientas! -no respondió.

Cerré los ojos. Sus paranoias parecían no terminar. Esta vez, Joya temblaba, parecía inquieta, caminaba con dificultad. Yo tenía por norma no desatender ninguna llamada de ningún cliente, pero Jaime había estirado esa práctica hasta el punto de la ruptura. Y esto no podía seguir así. Tenía que ponerle fin. ¿Pero cómo?

____Mira, Jaime -dije, tratando de aguantar mi furia-. A Joya no le pasa nada. Te lo he dicho varias veces. Procura tranquilizarte, y si ves algo serio…
____¡Oh, Amor, no te retrases!

Parecía no haber escuchado, o le gustaba interrumpirme.

____¡No iré! -me irrité de nuevo-. ¡Decidido! ¡Estoy harto ya de tus delirios! ¡Obsérvala, 'sin beber ni pizca de alcohol', durante el resto de la noche! -me calmé y seguí hablando normal- ...y si, acaso, mañana por la mañana… 
____¡No digas eso, por favor! ¡Se está yendo, de verdad! -cortó otra vez mi explicación.
____...iré. Y te lo digo muy en serio. Estás malgastando mi tiempo y tu dinero. Joya está bien –terminé la frase, aun su interrupción.

Nervioso, por no haber atendido una llamada por única vez en mi vida, caí en una especie de sopor. Y es bueno que el subconsciente actúe durante el sueño, porque desperté sobresaltado cuando el reloj marcaba las tres. '¡No puede ser! -me dije. ¡No!' -grité- ¡Joya padece de eclampsia!

La eclampsia se exterioriza mediante ataques convulsivos, seguido de un coma progresivo. Me levanté de un salto de la cama, y sin pérdida de tiempo, empecé a vestirme a toda velocidad.

____¿Cuál es el problema ahora? –me preguntó de pronto mi mujer, sentada sobre el colchón.
____Jaime –respondí, a la vez que me ataba los zapatos.
____¿Jaime? Pero me tú decía, incluso hasta la saciedad, que nunca había habido una urgencia real para su perra.
____Esta vez sí. En las otras me confundiría. Joya se muere –miré el reloj, en la mesilla-. De hecho, puede que esté muerta ya.
____Bueno, tú sabrás. Ni quiero ni debo meterme en tus asuntos. Pero todo esto es extraño. A ver en qué andas, Amor…

Salí a toda velocidad hacia el garaje, recordando los síntomas de Joya: 'amamantaba a las crías, ansiedad, dificultad al caminar... y luego postración y temblores'. Era un caso de eclampsia. Si no se trataba a tiempo, podía causar una muerte súbita, y ya había transcurrido un buen rato desde la llamada telefónica. No podía soportar pensar en un desenlace fatal.

Jaime se hallaba levantado y esperándome, aun repitiendo que no iba a acudir. Era más que evidente que había estado consolándose, a riendas sueltas, con su whisky favorito, porque apenas si podía sostenerse en pie. Pero mostró gratitud al verme.

____Por fin, has llegado. Gracias. Gracias –me dijo, mirándome con ojos entornados.
____¿Cómo se encuentra ahora Joya? –le pregunté.
____Igual. No te he dicho nada de más. Compruébalo por ti.

Sujetando el Calcio y una jeringuilla intravenosa, avancé hacia el cesto. Joya estaba sumergida en un espasmo tetánico, y respiraba con dificultad. De su boca salían burbujas. Sus ojos habían perdido suavidad y se mantenían fijos. Parecía estar mal. Pero estaba viva. ¡Viva!

Puse sus crías sobre la alfombra, y luego limpié con alcohol la zona de las venas. El Calcio era la única curación en esa época, pero una dosis repentina podía matar al paciente. Inserté la aguja y presioné el émbolo. A veces en casos especiales, había que añadir algún tipo de narcótico, junto con el Calcio, y ya tenía preparados el Nembutal y la Morfina, por si fuesen necesario.

Conforme iban pasando el tiempo, la respiración de Joya se hacía más acompasada. La rigidez muscular comenzó a ceder. Cuando me miraba y empezaba a tragar saliva y movía el rabo, sabía que se iba a salvar.

Mientras esperaba que cesasen los temblores en las extremidades, sentí un leve golpe en el hombro. Era Jaime, en pie, detrás de mí, sin apenas sostenerse, pero con su vaso en la mano.
____To…ma…rás… uno… ¿Ver...dad…?

En esa ocasión no necesité insistencia por su parte. Sabía que por un poco más, yo habría sido el único responsable de la muerte de su perra.

Después de dar el primer sorbo, Joya se levantó del cesto y fue a examinar a sus hijos. En algún caso de eclampsia, la respuesta era lenta, pero en otros, rápida. Por suerte para mis nervios, ésta fue de las rápidas. De hecho, la recuperación de Joya fue milagrosa, ya que luego de olfatear a sus crías, vino hacia mí mostrándome su cariño a través de un movimiento del rabo contra mis rodillas.

Pero, sorprendentemente, o no tanto, cuando estaba acariciando a la perra, Jaime empezó a reír y después tartamudeaba.

____Sa…bes al…go. Es…ta no…che he te…ni…do la o...por…tu….ni… dad de apren…der u…na co…sa muy im….por….tan…te –arrastraba las palabras.
____¿Cuál cosa? -le pregunté.
____He… com...pro...ba...do... la cla…se de ton…to que he si….do du…ran…te es…tos úl…ti…mos me…ses...
____¿Qué quieres decir?

Antes de esperar su respuesta, me dije para mí que en todas las visitas de asistencia a Joya no se me había ocurrido pensar si todo esto podía formar parte de una broma de pésimo gusto…

De pronto, alzó el dedo índice de la mano derecha, en un gesto de sabiduría. Luego respondió, pero con cierta sorna.

____Tú siem…pre de…cías que yo ima…gi…na…ba co….sas mien…tras Jo…ya se en…con…tra…ba en…fer…ma…
____Sí –contesté, interrumpiéndolo momentáneamente, con idea de que terminase con lo que me quería decir.
____...y nun…ca te creí. Pe…ro aho…ra me he da…do cuen…ta de que te…nías r a…zón. He si…do un lo…co. Sí, Amor, un au… tén-…ti…co lo…co -y añadió: mi…ra…la -movió la mano debajo del sillón buscando a su perra-. Cual…quie…ra pue… de…cir que es…ta no…che no le ha o…cu…rri…do na… da a mi Jo…ya.
____¡Explícate mejor! –le dije, lleno de curiosidad y empezando a enfadarme.

Se volvió hacia el mueble de atrás y cogió con dificultar un frasco que contenía moñas de algodón. Cogió una grande y la impregnó con el amoniaco de un bote junto al frasco. Aspiró largamente. Al cabo de unos minutos, hablaba casi normal. 

____Era claro que Joya experimentaba los síntomas al comprobar que yo me iba, pero recuperaba la normalidad cuando decidía no salir, o veía que regresaba. Bebía por la ansiedad de salir, y bebía por la ansiedad de encontrarla sola a mi vuelta. Pero se acabó. Me quedaré siempre en casa. Ambos me habéis dado una lección. Que Dios te bendiga, Amor. No cambies tu forma de ser. No te llamaré más para este asunto. Por fin, se acabó definitivamente el hombre irresponsable, bebedor y trasnochador


De pronto, tuve la sensación de que fue entonces cuando desperté de mi sopor. Paseé la vista en mis alrededores, y, por un momento, guardando las diferencias, me pareció ver a mi madre, pensativa, cansada y de sus hijos cuidando, mientras mi padre nunca estaba en nuestra casa. ¿Había sido en realidad un sueño?

achl

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 7:26 pm



El Rasgo

Eran días de tranquilidad en San Nicolás. Uno de esos días recordé los primeros meses de después de acabada la carrera, cuando mi colega y después socio, Pérez, y su hermano, Toni, estudiante aún, ambos de Huelva, y yo vivíamos bajo el mismo techo en Sevilla. La fonda para estudiantes era un buen lugar para residir.

___¿Sabes algo, Amor? -recordé a Toni diciendo en uno de aquellos días lejanos-. A menudo me pregunto si hay alguna otra casa en la que la preferencia de una dama por un caballero la haga demostrar con estiércol de cabra.
____¿No es curioso? –respondí, con ésta pregunta-. También yo he pensado en eso mismo –agregué.

Terminábamos de desayunar. Rosa, nuestra ama de llaves, ponía la correspondencia de cada uno al lado de nuestro plato. Y en el lugar de Pérez, dominando la escena como un emblema de triunfo, había una lata con estiércol de cabra que la señorita Laura le enviaba.

Aun su envoltorio, de color rojo, sabíamos lo que había adentro, ya que siempre usaba el mismo tipo de envase: una lata vacía de ColaCao, de 12 centímetros de ancho por 20 de alto. O las conseguía de los tenderos de la región, o le gustaba en demasía el ColaCao. Vayan ustedes a saber.

De lo que no cabía duda era del cariño que la señorita Laura sentía por las cabras. Diría que parecía que esos animales dominaban su vida. Lo cual era raro, porque cuidar de cabras era, como mínimo, una dedicación sorprendente para una belleza de mujer, que bien podría haber entrado, sin esfuerzos, en el mundo del cine o de la televisión. Encantos intelectuales y 'otros…' no le faltaban.

Otra de las rarezas de la tal señorita era que permanecía soltera. Cada vez que iba a su granja, a examinar a algunas de sus cabras, me sorprendía que una mujer como ella pudiese mantener alejados a los hombres. Contaba treinta y tres años: alta, rubia, ojos verdes, piernas largas y torneadas. Un auténtico palmito. Mientras miraba el contorno de su agraciada cara, me preguntaba si su mandíbula firme era lo que hacía que no se le acercase ningún pretendiente. Pero no. Era una mujer con un buen carácter. Concluí que no quería casarse. Vivía casi permanentemente en una lujosa mansión, tenía fincas urbanas y rústicas, coches de lujo, y, por supuesto, dinero, mucho dinero. Aparentemente, era feliz. ¿Se podía estar en mejor situación?

Pero, con el transcurrir del tiempo, descubrí que aquel estiércol constituía una muestra de su afecto. Se tomaba muy en serio su oficio como ganadera, y quería que las heces de sus cabras se analizasen con regularidad en un laboratorio, en busca de algún parásito. Las muestras siempre iban dirigidas a Pérez, y no había reparado en ese hecho hasta que una mañana, días después de que le hubiera causado alegría mientras le extraje una brizna de paja, incrustada en un ojo de uno de sus machos, el ya conocido envase apareció junto a mi plato, dirigido a mí: 'Doctor Amor'. El teclado de una Olivetty había escrito mi nombre en una etiqueta adhesiva.

Fue entonces que me di cuenta de que aquello era un gesto de aprobación. En la antigüedad, los caballeros feudales llevaban un guante sujeto a la silla de montar, o un pañuelo en la punta de la lanza, como señal del amor que sus damas sentían por ellos. En el caso de la señorita Laura, era el estiércol de cabra. Evidenciando palmariamente con ello que gustaba de conservar tradiciones.

Cuando fui yo quien recibió aquella famosa lata, la cara de Pérez mostraba un gesto de sorpresa, o, más bien, de contrariedad, y supongo que en la mía habría uno de vanidosa satisfacción.

Pero Pérez tenía de qué preocuparse. Al poco, la lata aparecía de nuevo en mi lado, con mi nombre impreso. Después de todo, era normal, porque si el verdadero atractivo masculino tenía que ver con esa situación, 'no cabía duda de que les sacaba a todos una enorme y evidente ventaja Jajajaja.

Toni perseguía a las chicas, con esmero y no menos éxito. Pérez no tenía motivo de queja, en este sentido. 'Pero yo me hallaba en una escala superior: las volvía locas, Jajajaja. No tenía que perseguirlas, ellas me perseguían'. Cuando Pérez, Toni y yo nos conocimos, pude comprobar que aquello que se decía sobre el atractivo del hombre con cara angulosa, era verdad. Si a ello se le sumaba 'mi encanto natural, jajajaja, y mi personalidad', era inevitable que la susodicha lata apareciera siempre junto a mi plato.

Y así ocurría durante algún tiempo, sin importar el hecho de que tanto Pérez como yo, acompañados de Toni, fuésemos a revisar las cabras de la señorita Laura. Nuestras visitas eran muy frecuentes, ya que la guapa ganadera nos avisaba al más mínimo asomo de malestar en alguno de sus animales.

Una mañana en que escuché su voz al teléfono, me percaté de que en esa vez no era para algo tan trivial. Hablaba nerviosa y llorosa. Llamaba desde su mansión, en 'Granja Rupestre', a dos kilómetros de San Nicolás, en dirección a Cerro Hierro.

____¡Doctor Amor, Tina se enganchó el lomo en un clavo, y se ha hecho una herida grande! ¿Puede venir a examinarla, por favor? De ser afirmativo, no se retrase.
____¿Tina? ¿Quién es Ti…? –me interrumpí.
____Tranquilícese. Iré enseguida –no volví preguntarle nada más, suponiendo que se trataba del nombre de una de sus cabras.

Sentí una satisfacción que me recorría todo el cuerpo. Este era un trabajo de sutura, y a mí me gustaba esa clase de trabajos. Eran fáciles e impresionaban al cliente. Me desenvolvía mejor en este campo que en el del diagnóstico. Por eso cuando, en este caso, la señorita Laura me preguntaba acerca de las enfermedades de las cabras, me ponía en un aprieto. En la facultad no enseñaban gran cosa sobre las cabras y, aunque había leído algo sobre ellas, no me consideraba un experto. En realidad, tenía pocas nociones sobre la vida y las costumbres de estos rumiantes trepadores.

Iba ya saliendo, cuando Toni emergió de la profundidad del sillón, en el que se pasaba buena parte de su tiempo. Se estiró, bostezó, y luego se levantó. Parecía interesado en ésa llamada telefónica. Me dijo:

____¿Era, por casualidad, la señorita Laura? ¿Algo sobre las cabras? Te acompañaré. Esta mañana me apetece salir.
____¡Vamos ya entonces! –sonreí, mirándole. Pero, para mí, Toni era siempre una buena compañía.

La señorita Laura nos recibió desprendiendo un embriagador olor y conscientemente embutida en un sedoso mono beige que en nada disminuía sus atractivos. Todo lo contrario; tenía tal color y tal ciñe, que parecía su propia piel.

____Muy agradecida por venir tan pronto, doctor Amor, señor Toni -y añadió-: síganme, por favor -y empezó a andar con un contoneo natural, pero excitante.

Ir detrás de 'algo así' era un premio y un peligro para los ojos. De hecho, al cruzar el cobertizo, Toni, hipnotizado con lo que estaba contemplando, tropezó y cayó al suelo. La figura que nos precedía se giró, preguntó si había pasado algo y después, sonriendo y sin dar mayor importancia al asunto, apresuró el paso hacia el establo, que se hallaba al fondo.

____Ahí está –dijo, cuando llegamos. Se cubrió la cara con la mano y añadió-: no puedo mirar. Me causa pena, llanto y miedo.

Tina era un bello ejemplar de la raza ibérica, aunque su belleza se hallaba deteriorada debido a una herida en forma de 'V' que le había desgarrado la piel a la altura del hombro, dejando libre los músculos hasta el hueso. Causaba impresión, pero la herida era superficial, con lo que podía cerrarla fácilmente, a la vez que me esponjaría ante su dueña. Ya me veía insertando por última vez la aguja, señalando la invisible herida y diciéndome: 'ya terminé; ¿la ve usted mejor?', mientras la señorita Laura, más tranquila ya, me miraba embelesada.

Pero, por el momento, sólo veía una mujer triste, entrelazando los dedos, al tiempo que me preguntaba: 

____¿Cree usted que puede salvarla, doctor Amor?
____Desde luego que sí -asentí-. Requiere de un laborioso trabajo de sutura, pero estoy seguro de que lo aguantará. Estos ibéricos son fuertes y resistentes.
____¡Gracias a Dios! Traeré agua caliente –contestó, a la vez que empezó a caminar hacia la casa.

En un instante, ya estaba listo para la operación. Toni sujetaba la testa de la cabra mientras yo limpiaba la herida. Comencé a coser. La señorita Laura, que ya había regresado con el gua, me facilitaba las tijeras para cortar cada punto. Todo empezó de lo más normal, pero la herida era grande y llevaría tiempo en cerrarla. Traté de buscar un tema de conversación, con idea de que nuestra clienta se evadiera un poco. Pero, súbitamente, Toni intervino. Al parecer, había pensado lo mismo que yo.

____¡Qué bello animal es la cabra! -exclamó, dando una sublime importancia a su dicho.
____¡Ay sí! –la señorita Laura suspiró, regalándole después a Toni una sonrisa luminosa-. Estoy muy de acuerdo con usted –añadió, mirándole.
____Si lo pensamos, se puede ver como el animal doméstico más arcaico –seguía Toni-. Las pinturas rupestres nos muestran que las cabras han sido una parte de la vida del hombre desde un tiempo inmemorial. Este es un pensamiento fascinante -concluyó, por el momento…

Desde mi posición en cuclillas, miré sorprendido a Toni. En todas mis conversaciones con él, había descubierto cosas sorprendentes, pero las cabras no estaban incluidas en ese lote.

____Tienen un excelente metabolismo –añadió-. Comen lo que otros animales ni siquiera miran, y de esos alimentos producen buena y abundante leche.
____Desde luego -asintió la mujer gustándole la charla, a la vez que se hallaba interesada en el tema elegido por 'el catedrático en cabras'.
____Y tienen carácter. Son duras en todos los climas, además de tener un estómago temerario por ingerir impunemente plantas venenosas que podrían matar a otros animales -añadió Toni.
____Son asombrosas –lo miraba, extasiada, mientras estiraba el brazo y me entregaba mecánicamente las tijeras, sin mirarme siquiera.

Entonces, contrariado, sentí la imperiosa necesidad de que tenía que intervenir en la conversación.

____Las cabras son muy extremosas… -empecé a decir.
____Pero sabe qué -Toni, muy astuto, volvía a la carga-. Lo que más gusta de ellas es su naturaleza afectiva. Es por eso que personas como usted se aficionen tanto a las cabras.
____Cierto –afirmó, convencida de lo que estaba escuchando-. Veo que es usted un entendido en cabras, señor Toni –agregó.

Toni extendió una de sus manos y comenzó a 'coquetear' con el heno del pesebre.

____Ya veo que alimenta muy bien a sus cabras: cardos, ramas de arbustos, plantas fibrosas... Es obvio que sabe que prefieren este tipo de comida. Y por eso están tan sanas.
____Muy amable -se ruborizó-. Pero también les doy concentrados, alternándolos con la alimentación natural.
____Cereales integrales y otros productos alimenticios similares, supongo –añadió, convertido ya en el verdadero protagonista del, para mí, demasiado largo diálogo.
____Siempre. Y esto es lo que los veterinarios recomiendan.
____Eso les mantiene alto el pH. Si el pH está bajo, pueden sufrir una hipertrofia de las paredes intestinales o una inhibición de las bacterias que digieren la celulosa.

La señorita Laura miraba a Toni como a un profeta. Se encontraba realmente extasiada.

____¿Me alarga las tijeras? –gruñí.

Estaba empezando a sentir calambres por la posición en que me hallaba, y a la vez disgusto por la creciente sensación de que la señorita Laura se estaba olvidando progresivamente de mí. No obstante, seguí con mi trabajo. Pero una parte de mí estaba feliz por ver cómo la piel había cubierto toda la zona descubierta, y la otra, escuchaba pasmada a Toni. 'También yo me hallaba ya en el trayecto hacia el éxtasis'.

Después de un espacio de tiempo, dedicado exclusivamente a mi tarea, inserté el último punto y me levanté, penosamente.

____Parece mejor, ¿no? –dije, sin causar el impacto que esperaba.

Y era porque la señorita Laura y Toni se hallaban ya enfrascados en una distendida conversación acerca de los méritos relativos de las diferentes razas de cabras

____'¡Sin duda, ya he llegado yo al éxtasis!' -me dije para mí

De pronto, la señorita Laura parecía que se percataba de que había terminado, pero no sabía cuándo ni cómo había acabado el trabajo Finalmente, me miró.

____Gracias -dijo distraída-, se ha esforzado tanto en su trabajo que ya finalizado es el momento para que ambos se tomen una taza de café o cualquiera otra cosa que quieran.

Encima, pronunció la palabra 'ambos'.

Con nuestras tazas sobre la mesa, en el amplio y lujoso salón de su mansión, Toni hablaba incansable sobre la alimentación de las crías destetadas y sobre las anestesias para quitar los cuernos. Pero, de pronto, la señorita Laura se volvió hacia mí. Seguía bajo el influjo de Toni pero los convencionalismos sociales ordenaban mi inclusión en la conversación. No tardó en hablarme.

____Doctor Amor, hay algo que me preocupa y desearía que me la aclare –hizo una pausa-: comparto pastos con la granja junto a la mía y mis cabras pacen con las ovejas de mi vecino. Ha llegado a mis oídos que sus ovejas padecen de Cocidiosis. ¿Hay posibilidad de que mis cabras se contagien?

Di un prolongado sorbo a mi café, con idea de que me diera tiempo a pensar algo...

____Yo diría que… –empecé a decir, pero…
____No es probable -Toni volvió a intervenir-. La mayor parte de los cocidios que provocan la enfermedad es específica en los animales que lo portan. Distinto es que alguna de sus cabras haya contraído esa enfermedad por sí sola.
____Gracias, señor Toni –empero, se dirigió de nuevo a mí, como queriendo darme una última oportunidad, y me preguntó: 
____¿Y qué ocurre con los gusanos? ¿Pueden infectarse mis cabras con los gusanos de las ovejas?
____Bueno… –empezó a brotar un sudor en mi frente.
____Por supuesto –saltó de nuevo Toni, entrando una vez más en escena. Y ya no sabía si era en mi ayuda, o por lucro personal: como iba a decir el doctor Amor, hay peligro de infección ya que los gérmenes causantes son comunes en ambas especies. Debe desinfectar sus cabras a menudo. Si decide hacer esto, el doctor Amor puede facilitarle un programa.

Me hundí, más todavía de lo que ya estaba, en mi sillón, y dejé que Toni siguiera hablando sobre lo que le diese gana, e incluso hasta cansarse. Cuando al fin terminó, nos encaminamos juntos hacia el coche, no sin antes dirigir mi mirada hacia la señorita Laura, como reclamando su atención. Le dije:

____¡Volveré en diez días, para retirar los puntos a Tina!

Tuve la sensación de que ésas últimas palabras fueron lo único que atendió, con relativa atención, la espectacularmente bien hecha señorita Laura.

Entramos en el coche, pero yo era el que iba a conducir. Y conduje, al menos dos kilómetros, casi volando. Al poco, detuve el coche en un camino y miré con cara de asombro a mi acompañante.

____¡¿Desde cuándo eres tan experto en cabras?! –le pregunté, con aspereza en la voz-. ¡¿Y de dónde has sacado ese tecnicismo que andabas predicando, y precisamente con la señorita Laura? –añadí, en el mismo tono.

Toni sonrió y se echó hacia atrás Finalmente, soltó una risotada.

____Lo siento, Amor –respondió, dejando de reír-: como bien sabes, presento mi tesis este lunes, y he oído decir que el catedrático la está orientando hacia las cabras. Llevo un mes preparándome y anoche mismo terminé de estudiar todo lo que encontré a mano sobre estos animales ¡Es increíble la oportunidad que he tenido de sacarlo a la luz tan pronto!
____Ya veo... ya veo... De ser así, me gustaría ver lo que leíste. No me había dado cuenta de lo ignorante que soy.

A la mañana siguiente, se originó la interesantísima secuela de los hechos. Pérez y yo entramos en el comedor para desayunar, pero él se detuvo en seco y miró hacia la mesa. Y allí estaba la lata de ColaCao, pero esta vez al lado del plato de Toni: 'el inventor de las cabras, el padre de las cabras, el mayor conocedor de cabras del mundo'. Pérez se acercó y leyó la etiqueta. También yo le eché un vistazo. No había duda posible: la nota junto a la lata de Cola Cao estaba dirigida a Toni, ¡pero esta vez escrita de puño y letra por la señorita Laura!

Quedé un instante un poco desconcertado. Pero pronto reaccioné, corroborando lo desconcertante que resultan algunas mujeres, en cuanto a la apreciación del afecto.

Pérez no dijo nada, sólo se fue hacia su sitio y se sentó. Lo seguí e hice lo mismo. Pasados unos minutos, Toni se reunió con nosotros; miró la lata, leyó la etiqueta y empezó a desayunar, como si nada. No hizo ademán de triunfo y fue en todo momento considerado con Pérez y conmigo.

Empero a que ninguno pronunciamos palabra, un hecho innegable pesaba en el ambiente: 'a Toni lo había convertido de repente la señorita Laura en el hombre fuerte del grupo'.


Ello me llevó a pensar que para un profesional en veterinaria, y en la profesión que sea, es importante conocer la idiosincrasia de su clientela, sin importar que fuera hombre o mujer. A los pocos días de la última visita que hicimos a su granja, la señorita Laura ordenó cerrar 'Rupestre' y a trasladar sus cabras a otra granja que se compró en Alanís. ¿El nombre de la nueva granja? Se lo pueden imaginar, sin grandes esfuerzos: 'Las cabras de Toni'. Terminada su carrera, Toni fue a ejercerla al consultorio de Alanís, y quizás por eso la guapa ganadera compró allí una nueva granja. Yo no lo sabía. Lo que sí sabía era que nuestro amigo y colega Toni era el único que desde entonces examinaba las cabras de la señorita Laura. Decían, comentaban, contaban... las lenguas comidilla que entre ambos había surgido una relación más allá de lo profesional, a pesar de la diferencia de edad: ella, treinta y tres, él, veinticuatro. Algo indicaba palmariamente que el rasgo se había transformado en amor, gracias a Cupido, a su flecha y, ¡cómo no!, a las cabras

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 7:34 pm



El Cloroformo

El granjero se encontraba en el establo sujetando el rabo de mi paciente. Apenas le vi la cabeza, deduje que el barbero de San Nicolás, el sesentón Tomás, había vuelto a hacer de las suyas. Era un domingo por la mañana y todo encajaba.

____¿Estuvo usted anoche en 'La Chuleta'? –le pregunté, mientras ponía el termómetro a la vaca.

Se pasó los dedos sobre la cabeza, en un gesto de desconsuelo, e inmediatamente después trató de cubrírsela. Pero no podía: no tenía la gorra a mano.

____Así que se ha dado usted cuenta, doctor Amor. ¿Tan mal me ha dejado? Debí haberlo pensando antes de elegir un sábado noche.

Tomás era el único barbero que había en San Nicolás. Le gustaba su trabajo, pero también, y mucho, la cerveza. De hecho, todas las noches llevaba todos sus bártulos al bar-restaurante 'La Chuleta', y por el módico precio de una jarra -tres cuartos de litro de cerveza-, hacía un corte de pelo rápido, en el aseo de caballeros, a todos los que solicitasen sus servicios. Con la cerveza a un duro la jarra, era un buen negocio.

Pero los clientes sabían a qué se exponían. Si las ingestiones de Tomás habían sido moderadas, salían ilesos de la experiencia; la moda allí no era exigente en cuanto al estilo de corte. Pero si eran superiores a las seis jarras de costumbre, como ocurría los sábados por la noche, los resultados eran terrible para las cabezas de los héroes que se prestaban. La 'renta' que merecía la cabeza del granjero que tenía a mi lado, corroboraba estos mis razonamientos.

Miré de nuevo la cabeza. Los antecedentes indicaban que Tomás andaría por la marca de las diez jarras cuando hizo ese corte. En la zona superior, podía verse un estrecho surco, cavado al azar, con ambos lados desnudos, alternados con algún mechón. Hubiese sido interesante haber podido ver la zona trasera, seguro que había allí algún mechón, en forma de cola, o alguna otra cosa furtiva. Desde luego, aquella cabeza era un poema. Aproveché esos instantes de antes de colocarse la gorra para ver la parte de atrás. Y en efecto: diez jarras. Luego de éstas, tendía a abandonar toda prudencia y corría en la cabeza de sus víctimas con la maquinilla dejando una punta medio calva. El típico corte del recluta, que hacía necesario cubrir durante algunas semanas siguientes al calvario.

Yo me aseguraba. Cuando precisaba un corte, iba a su local, y allí tenía la certeza de encontrarlo en un estado de total sobriedad.

Días después de ese episodio, esperaba mi turno en la barbería, con mi perro 'Balú2' debajo de la silla, jugueteando con las patas de la misma.

Había un tipo grandote sentado en el sillón de barbero. Su cara, reflejada en el espejo, se contraía con largos espasmos de dolor. La explicación a eso era bien sencilla: 'Tomás no cortaba el pelo, lo arrancaba', debido no sólo a que su instrumental era obsoleto y necesitaba con urgencia un afilado, sino a que, con los años, había ido perfeccionando algunos movimientos giratorios con la muñeca al final de cada pasada de la maquinilla que tiraba del pelo, a la vez que lo arrancaba de cuajo.

Lo más sorprendente era que todos acudíamos a Tomás, aunque había un barbero en Cazalla, que incluso se desplazaba a San Nicolás con sólo tener dos clientes solicitando sus servicios. Pero preferíamos a Tomás, tal vez porque caía bien a todo el mundo, o tal vez por ese absurdo pique entre los pueblos. El caso era que todos los peluqueros foráneos tenían poco que hacer en nuestro pueblo.

Sentado en su barbería, miraba a Tomás mientras trabajaba. Era un tipo bajito, menudo, calvo, pero de una sonrisa espontánea y agradable, que nunca abandonaba sus labios. Esa sonrisa y una mirada muy especial, ultraterrenal diría yo, le daban un encanto fuera de lo común.

Luego que el el tipo grandote se levantase del sillón, con gesto de alivio porque había acabado su Gólgota, circulaba en su alrededor, cepillándole y hablándole en tono cordial. Se le veía cariño por sus semejantes y sabía mimar a su clientela, cuya le correspondía, 'a pesar de los pesares…'.

Al lado de aquel cliente, Tomás parecía un enanillo. En el pueblo había interés por saber dónde podía meter tanta cerveza como bebía. Incluso ahora, después de unos años en San Nicolás, veía que los más fortachones del pueblo no podían competir con él. Y menos yo, que luego de una jarra me mareaba. Lo curioso es que difícilmente puedo recordar haber visto borracho a un habitante de allí. Apenas entraba la cerveza en su estómago se volvían joviales, dicharacheros, y rara vez perdían el equilibrio, o hacían tonterías. Tomás, por ejemplo, podía tomar seis jarras cada noche, excepto los sábados por las noches que la dosis la aumentaba a diez jarras, sin que cambiase su aspecto. Lo que cambiaba era sus destrezas, que para las cabezas de sus víctimas no era precisamente poco.

____Hola, Doctor Amor –me miró-, me alegro de volver a verle -me envolvió con su cálida sonrisa, al paso que señaló el sillón-. ¿Está usted bien? –añadió, preguntándome.
____Bien, gracias -respondí-. ¿Y usted? –le pregunté, a su vez.
____También bien -empezó a acomodar la tela bajo mi barbilla y sonrió al ver a Balú2, que se colocaba bajo el lienzo.
____Doctor Amor. ¿Es cierto que su perro es su amigo y que nunca le pierde de vista? –añadió preguntándome, de nuevo.
____Así es. Y no me gusta ir a ningún sitio sin él. Ayuda, además de la fidelidad y el cariño que me profesa. Por cierto, ¿no iba con un perro el otro día? -le pregunté, a su vez, al tiempo que hacía girar el sillón.

Me miró, tijeras en mano.

____Sí. Una antigua vagabunda. La saqué del asilo para perros y gatos de Cerro Hiero, que tan bien dirige la Hermana Alegría, y ya es todo un personaje –hizo una pausa, y luego añadió-: ahora que nuestros hijos se han emancipado, mi mujer y yo pensamos en un perro, y la verdad es que la disfrutamos mucho.
____¿De qué raza es?
____Ahora que lo pregunta, pienso que es mestiza. Pero no sabría asegurarlo. Aunque para mi mujer y para mí, vale más que todo el oro del moro. Espere usted un momento. Voy a ir a por ella para que la vea.

Se fue hacia la escalera, pues vivía en los altos de la barbería, y al poco volvió con su mascota en los brazos. La perra me miró con tal desparpajo que parecía que ya éramos amigos de toda la vida. Le correspondí con una caricia.

____¿Qué le parece? ¿A qué es bonita? -la dejó sobre el suelo, para que pudiera verla caminar.

Parecía una oveja en miniatura, con ese pelaje gris claro, largo y rizado. Era de un linaje extraño, pero el alegre movimiento del rabo garantizaba un buen carácter.

____Me gusta, Tomás –respondí, mientras la miraba-. Pienso que ha escogido una ganadora –añadí.
____Eso mismo es lo que pensamos mi señora y yo.

Se agachó y acarició a su rechoncha mascota, a la vez que cogió unos mechones de su pelo y los deslizó entre sus dedos pulgar e índice de la mano derecha. Tal maniobra resultaba extraña, pero se me ocurrió pensar que estaría acostumbrado a hacer eso mismo en las cabezas de sus clientes. 'Y ellos a experimentarlo…' Jajajajaja.

____Decidimos llamarla Venus –añadió, de pronto.
____¿Y por qué Venus?
____Por lo luminosa que es -su tono era solemne.
____Pues sí. Un nombre apropiado, digno de la Hermana Alegría.

Dejó que la perra correteara en el local. Se lavó las manos, cogió las tijeras y, una y otra vez, sostenía entre sus dedos un mechón de pelo. Repitió lo mismo antes de cortar. No atinaba a entender el por qué de que hacía eso… 

Sentí tirones apenas las melladas hojas de las tijeras se cerraban. Pero las cosas no iban tan mal hasta que cambió a la maquinilla. Entonces me agarré en el sillón, como si estuviera en el dentista. El tirón final de cada pasada, que arrancaba de raíz incluso el último pelo, obligaba a gesticular frente al espejo. Se me escaparon un par de ¡ay!, pero Tomás no daba muestras de haberlos oído. Jamás le vi reaccionar ante los gritos ahogados de dolor de su clientela. Y aunque muy lejos de ser un hombre arrogante, se consideraba un barbero superdotado. Incluso en esa vez, apenas hizo el toque final soltó una sonrisa radiante y acercando su cara a mi cabeza, daba tijeretazos, aquí y allá, antes de sacar un espejo y preguntarme: 

____¿Se ve usted bien así, doctor Amor? 
____Sí, Tomás -una sensación de alivio daba calidez a mi voz. Le miré y sonreí.
____No, si cortar el pelo es fácil. El quid está en saber cuánto hay que cortar y cuánto hay dejar –concluyó.

Esas palabras se la había oído decir miles de veces, pero sonreí de nuevo, aunque forzado, mientras cepillaba mi chaqueta.

El pelo me crecía rápido, pero no tuve que regresar a la barbería para ver a Tomás. Vino a mi consultorio, con su perra en los brazos. Era una criatura distinta a la plácida que había visto semanas atrás Echaba espuma por la boca, tenía arcada y desesperada se frotaba el hocico con una de las patas delanteras.

____¿Qué le ha ocurrido? ¿Se ha tragado algo? –le pregunté.
____Un hueso de pollo, doctor Amor –respondió, preocupado.

Le lancé una mirada fulminante.

____¿Un hueso de pollo? ¡Qué barbaridad! ¿No sabe usted que no se debe dar huesos de pollo a un perro?
____Lo sé. Pero hoy comimos pollo, y Venus fue a rebuscar en el cubo de la basura. ¡Dios! Está claro que nunca se puede perder de vista a estos revoltosos –y añadió: cuando pudimos darnos cuenta, y menos mal que fue pronto, tenía en la boca un hueso. Y ahora se está ahogando. ¡Tiene que salvármela! –se encontraba al borde del llanto.
____No creo que Venus se esté muriendo, ni que le guste verle así. Debió pensar que más vale prevenir que curar. Pero, ahora, a lo hecho pecho.

Luego de la regañina, miré la boca de Venus y le dije a su amo:

___Según mueve la pata sobre la boca, podría decirle que hay algo atascado en alguna parte.

Le abrí la boca y vi aliviado una astilla de hueso, aprisionada entre los molares traseros que cruzaba el paladar. Esto pasaba a menudo pero se solucionaba utilizando unas pinzas. Puse la mano sobre el hombro de Tomás:

____Ya puede dejar de preocuparse, se trata de una astilla encajada en los dientes. Voy a llevar a Venus al cuarto de curas, y en pocos minutos la extraeré.

Mientras íbamos hacia la parte trasera del consultorio, donde se hallaba el cuarto de curas, Tomás se iba tranquilizando, a la vez que acariciaba y besaba a su perra. 

____¡Gracias a Dios! Pensé que no tenía remedio. Y francamente le hemos cogido cariño. No puedo resistir la idea de perderla.
____Ni lo piense siquiera –dije, y subí a Venus a la mesa; busqué en el botiquín unas pinzas largas-. No tardaré en sacarla –añadí.

Mi hijo Julio, que ya contaba nueve años, nos había seguido y nos miraba, a la vez que silbaba la música de una copla, mientras yo seguía buscando las pinzas. Aunque Julio no estaba siempre en el consultorio, había visto antes este tipo de operaciones, por lo que no se le veía entusiasmado. Pero en la actividad veterinaria no se sabía nunca qué podía pasar. Valía la pena una espera. Podía pasar algo. Julio, con las manos en los bolsillos, oscilando el cuerpo sobre los talones, seguía con sus silbidos, pero sin dejar de mirarnos.

Por lo general, estas pequeñas operaciones se reducían a abrir el hocico del perro, coger el hueso con las pinzas y sacarlo. Pero, en este caso, apenas Venus vio el brillo del metal, aterrorizada saltó. Y lo mismo su amo. Traté de tranquilizar a Tomás, para que a su vez tranquilizase a su mascota, y ésta, finalmente, tranquilizase al veterinario.

____No voy a lastimarla. Sujétele la testa unos instantes para que pueda hacer mi trabajo. Creo que le gustará saber que este trabajo lo he hecho ya otras veces y siempre con éxito -sonreí. 

Tomás me devolvió una forzada sonrisa, cogió a su perra del cuello, y cerró los ojos. 

Venus se sacudía con violencia, a la vez que empujaba mi mano con una de sus patas, acompañando sus lamentos con los de su amo. Cuando, por fin, metí las pinzas en el hocico, lo cerró con fuerza alrededor del instrumento, obstinándose en no soltarlo. Finalmente, Tomás no pudo soportar más y dejó de sujetar a su mascota, que saltó hacia el suelo, mientras Julio la miraba con gesto de comprensión, y yo a su vez intentaba persuadirla para que se nos acercase de nuevo.

____¡Vamos a por ella! -le dije a Tomás.

Extendió las manos trémulas hacia Venus; pero, cada vez que trataba de cogerla, se escurría. Sufriendo, se puso boca abajo sobre el suelo y empezó a llamarla. Julio soltó una risotada. Las cosas estaban poniéndose divertidas para él. Nunca antes lo había pasado tan bien en una situación similar.

Entonces ayudé a Tomás a levantarse del suelo, al tiempo que le dije en una actitud seria:

____¡Voy a acabar ya con esta lucha aplicándole a Venus una dosis de cloroformo! ¡Así empezaré y terminaré antes!
____¿Va a dormirla? -palideció-. ¿Estará bien? ¿No pasará nada? ¿Está usted seguro de lo que va a hacer?
____Confíe y vuelva en dos horas. Para entonces, estará como si nada –razoné mientras le invité a salir del cuarto-. Si seguimos perdiendo el tiempo, lo único que conseguiremos será prolongar la ansiedad en el animal –agregué.
____En ese caso, me voy. Aprovecharé para hacer una visita a mi hermana Teodora. Regresaré de nuevo en el tiempo que me ha dicho –respondió, y se fue hacia la puerta de salida a la calle.
____De acuerdo. Pero procure no venir antes.

Esperé hasta oír el sonido de la puerta que se cerraba, y después preparé el cloroformo. Al igual que un niño, cuando un padre no está, en ése caso un dueño de un perro, un perro no se pone tan difícil en obedecer, por lo que no costó volver a subir a Venus a la mesa de curas. Le inyecté el cloroformo, y en pocos segundos, ya estaba profundamente dormida.

____Ya no hay problema, Julio -dije a mi hijo, a la vez que abrí la boca de Venus. Cogí el hueso con las pinzas y lo extraje-. ¿Ves?Ya está. -tiré el hueso al cubo de basura-. Sí, muchacho –le hablé de nuevo a mi hijo-. Ésta es la manera más profesional de hacer las cosas. Nada de forcejeos innecesarios y ridículos.

Julio asintió de mala gana. Las cosas ahora eran aburridas para él. Pensaba en más acción, en ver que Tomás de nuevo se echase al suelo y luchase por coger a la perra. Pero el asunto se había vuelto soso. Mi hijo ya no se reía.

Pero mi satisfacción se congeló. Estaba observando a Venus, y vi que no respiraba. Traté de no pensar en las sacudidas que sentía en el estómago, pues siempre había sido un anestesista nervioso. Me decía, una y otra vez, que no había ningún peligro. Le había aplicado la dosis adecuada, y el Pentotal, a veces causaba estas reacciones. Lo sabía por experiencias anteriores. Pero al mismo tiempo pedía a Dios que Venus volviese de nuevo a respirar.

Su corazón latía perfectamente. Presioné el costillar varias veces; nada. Le abrí los ojos; no había reflejos en las córneas. Mientras miraba a Venus, Julio nos miraba. Su instinto para lo impredecible seguía despierto.

Y el instinto del niño fue certero. Levanté a Venus y la sacudí varias veces por encima de mi cabeza. Salí zumbando en el pasillo hacia el jardín y me tropecé con la liana del 'trepador Julio'. Se podían oír los pasos de mi hijo, que se nos seguía. Creo que esta fue la única vez que me vio en un estado de verdadera angustia. Y lo peor era que parecía que se estaba contagiando. Pero, nada más lejos de la realidad…

Abrí nervioso la puerta que daba al jardín y salí en tromba. Venus no se movía, y sus ojos seguían fijos. ¡Dios, no era posible que esto me estuviese pasando! Intenté disimular, con la idea de no asustar más a mi hijo, que seguía detrás mío.

Me paré. Sujeté a Venus de las patas traseras y empecé a girar con los brazos extendidos. Alcancé una buena velocidad. Al parecer, tal sistema de reanimación ha caído en desuso, pero en esa época era común. Desde luego, contaba con la aquiescencia de mi hijo. En su ignorante alegría por el comportamiento de su padre reía con tanta fuerza que cayó cuan largo sobre el césped. 'Y pensar que yo creía que estaba angustiado', me dije. Cuando me paré y miré el costillar de Venus, aún inmóvil, mi hijo empezó a gritar: '¡otra vez!' No tuvo que esperar mucho para que su padre comenzase de nuevo a dar vueltas en el jardín, con Venus subiendo y bajando en el aire, como un pájaro.

Todo esto superaba las expectativas de mi hijo. Su curiosidad se recompensó con creces. Todavía recuerdo la escena: mi tensión nerviosa y mi angustia por la posibilidad de que muriera la perra y, como fondo, la risa escandalosa de mi hijo, que no acertaba a comprender el peligro de muerte que acechaba al canino.

No sabría decir a ciencia cierta la de veces que paré y volví a girar, pero, finalmente, en uno de esos tercios, el tórax de Venus empezó a subir y a bajar rítmicamente, y sus ojos parpadeaban. Jadeando de alivio, me eché boca arriba en el césped del jardín mientras se iba regularizando la respiración en la perra, que ya se relamía. Julio empezaba de nuevo a decepcionarse.

____¿Ya no va a haber más, papá? –me preguntó.
____No, no va a haber más -me senté, puse a Venus sobre mis brazos y le hablé-: 'tranquila, ya ha pasado todo'.
____Eso fue gracioso. ¿Por qué lo hiciste? –me preguntó mi hijo.
____Para hacer que respirase la perra –respondí.
____¿Siempre haces eso mismo para que respiren? –me preguntó, de nuevo.
____Gracias a Dios, no a menudo –respondí, me puse en pie y llevé a Venus a mi despacho. 

Cuando Tomás regresó, Venus se hallaba casi normal. No podía ni imaginar lo que había pasado, y decidí no informarle. Previamente le dije a Julio que la postura de silencio que íbamos a adoptar no significaba mentir, sino lo más aconsejable en estos casos.

____Aún sigue un poco mareada, pero pronto se le pasará –expliqué a Tomás.
____¡Eh! ¿No es maravilloso? ¿Y el hueso…?
____Ya no está -le abrí la boca a Venus- ¿Puede usted comprobarlo? Mire, mire… –respondí, rebosante de alegría.
____¿Le causó molestias? –me preguntó, con voz feliz.

Tragué saliva antes de responder. Pensé que decir que Venus había estado a punto de morir, le iba a proporcionar dolor, y no le habría hecho conservar la fe en mis conocimientos como veterinario. Sólo por esos motivos, sensatos por otro lado, le dije la más piadosa de las mentiras:

____En realidad, ha sido una intervención sencilla.
____Muy agradecido, doctor Amor -se agachó sobre su perra y de nuevo pude ver la forma extraña en que dejaba resbalar el pelaje del animal entre sus dedos.
____Así que has estado flotando en el aire, ¿no, Venus? –dijo en voz baja, pero audible.
____¿Quéééé le hace decir eso? -sentí una punzada en el cogote.

Volvió los ojos hacia mí, con esa mirada ultraterrenal…

____Podría decirse que flotaba mientras permanecía anestesiada Una sensación graciosa, ¿no cree? Pero no tiene importancia. Ha sido una simple ocurrencia mía.
____¡Ah… sí…! –también yo sentía algo gracioso. Lo miré-. Será mejor que se lleve a Venus enseguida a su casa. Y procure que repose. Y, en lo sucesivo, tenga más cuidado con lo que come. No debe husmear en el cubos de la basura.

Cuando salió con su perra sobre los brazos, me quedé tranquilo. 'Flotando… flotando…'.

Veinte días después de aquello, me hallaba sentado de nuevo en el sillón de la barbería. Por norma, Tomás comenzaba a cortar el pelo con las tijeras, para luego rematar con la maquinilla de temibles dientes. Pero esta vez lo hizo al revés. En un intento por aliviar mi dolor, rompí a hablar.

____¿Cómo, ¡ay!, sigue Venus?
____Muy bien -me brindó una sonrisa, a través del espejo, mientras arrancaba un mechón con su peculiar giro de muñeca-. El caso es que es bueno tener fe en el veterinario. Sabía perfectamente que Venus estaba en buenas manos –agregó. 
____Es, ¡ay!, agradable oír eso. Muy amable de su parte.

Cansado de intentar hablar mientras Tomás seguía haciendo de las suyas, traté de concentrarme en otras asuntos. Ponía en práctica este pequeño truco cada vez que iba al dentista. Pensé, con total concentración, en el jardín de mi consultorio. Era urgente cortar el césped. Estaba esa maleza que tenía que retirar, no bien tuviera tiempo libre. Veía la conveniencia de fertilizar los tomates e incluso la posibilidad de instalar ese nuevo sistema de riego por goteo…, cuando la voz del barbero me apartaba de mis pensamientos y me devolvía a la barbería…

____Doctor Amor –en ese justo momento retenía entre sus dedos un mechón de pelos-. A mí también me gusta la jardinería. 
____¡Quééééé! -salté del sillón, cual resorte-. Hace un instante estaba pensando en mi jardín.
____Ya lo sé -mantenía la mirada ausente, mientras seguía con su labor-. Me vienen de pronto sus pensamientos. Me llegan a través de su pelo.
____¿Queéééé? –repetí ésa exclamación-. ¡Explíquese más claro, que no le comprendí!
____Mire, el pelo brota del interior de la cabeza y luego extrae los pensamientos y me los envía.
____¡¿Bromea?! –sonreí. Pero la sonrisa sonó a boba.
____No bromeo. Llevo percibiendo esta sensación desde hace casi cuarenta años, y aún sigo –hizo una breve pausa, alzó la cabeza y siguió-: pero estoy seguro de que podría originar problemas si yo confesase lo que he podido captar del pelo de mis clientes que he tenido la ocasión de atender a lo largo de ese tiempo de profesión. Pero no hablaré. Porque si hablase… si hablase... Mejor no. Callar, y más en estos casos, es una virtud que sólo la poseen las personas prudentes. Y yo soy una persona prudente –concluyó.

Me sumergí en la tela que me cubría. No tenía sentido lo que aquel hombrecillo acababa de decirme. Pero, por si acaso, tomé la firme decisión de no pensar en el cloroformo de Venus mientras su amo estuviera cortándome el cabello. Y si no pudiese evitar pensar eso, contactaría con el barbero de Cazalla o me dejaría crecer el cabello cual profeta, a ver si esto me ayudaba a adivinar los pensamientos de los demás. A todo eso estaba dispuesto con tal de que Tomás no recibiese información de mi pelo.


En efecto. Mi intuición sobre la mirada ultraterrenal de Tomás, no había fallado. En la actualidad, mi mujer y yo lo vemos a veces paseando acompañado de su esposa, ambos ochentones ya, y recordamos 'sólo' a Venus, evidentemente ya fallecida, y a la astilla de hueso de pollo. Esto ha sido, sin duda, lo más insólito e inédito que me ha ocurrido a lo largo y ancho de mi extensa carrera profesional, que, por cierto, cada vez que lo recuerdo, no puedo evitar estremecerme

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 7:39 pm



Una Victoria trabajada

____Desde mi teléfono en Cerro Hierro, le habla el señor Catalán. ¿Se encuentra por ahí alguno de los veterinarios?

Apreté el auricular contra mi oreja contrariado. Las dudas del señor Catalán me ponían en alerta. Llamaba al veterinario como último y desesperado recurso. Le suponía tortura hacer eso. Y era obstinado sobre seguir nuestros consejos cuando finalmente les visitábamos. Pero sabíamos que nunca quedaba satisfecho. Además, era un tipo rácano y altivo, y en su lenguaje no se encontraba incluida la noble palabra 'perdón'.

Me había hecho padecer en los meses siguientes de mi regreso de Huelva, y en esa vez, casi cuatro años después, seguía así, pero más viejo, más rácano y más altivo. Amén de no respetar las más elementales reglas de la educación.

____¿Cuál es el problema, señor Catalán? –le pregunté.
____¿Pérez? ¿Amor? Bueno, qué más da. En mis establos tengo una vaca que está enferma desde hace una semana.
____Soy Amor, señor Catalán. Lo siento, pero ahora estoy en una urgencia. Iré a su granja tan pronto termine.
____¡Un momento, un momento! ¡No se acelere! ¿Es necesario que venga enseguida? -no parecía estar muy seguro de que mi visita fuera necesaria.
____Bueno… No sé… ¿Qué síntomas presenta su vaca?
____No quiere comer, y ahora se lleva todo el tiempo echada. Pero se ve que está enferma.
____Eso parece algo serio –respondí-. Y en vista de lo cual, dejaré mi urgencia en manos de Pérez y saldré inmediatamente –añadí.
____¿Pero es necesario que venga tan pronto? –repitió la misma pregunta de antes.

Colgué. Por experiencias anteriores, sabía que esa conversación podía prolongarse in aeternum. Y también sabía que era probable que la vaca no tuviese ya solución. Pero si yo acudía enseguida, quizá podía hacer algo…

Llegué a la granja treinta minutos después de colgar, y ya el señor Catalán estaba esperándome. ¿Su actitud? La misma de siempre: manos en los bolsillos y ojos reprobadores, además de una mirada suspicaz, bajo pobladas y canosas cejas. ¡Era curioso! Desde aquel comentario que me hice de que era poco probable que un granjero estuviera esperando a un veterinario, parecía que todos se habían puesto de acuerdo para lo contrario.

____Llega tarde –me dijo, en un tono hostil.
____¿Quieren decir sus palabras que la vaca ya ha muerto? -me detuve, con una pierna fuera del auto.
____No, pero casi. Llega tarde para hacer algo -matizó.

Apreté los labios. La vaca había estado enferma durante toda una semana, según sus propias palabras, y yo llegué a su granja en apenas unos minutos después de recibir la llamada, pero la cosa no admitía duda: si la vaca moría, era por mi culpa. Pedí a Dios que tranquilizara mis nervios.

____Bueno… –dije, intentando controlarme-. Si está muriendo, no hay ya nada que pueda hacerse –me inicié, nuevamente, a subir al coche.

Agachó la cabeza y pateó con fuerza una pequeña piedra.

____¿No va a verla, ya que está aquí? –me preguntó.
____Si eso lo que quiere… –me bajé del coche. A todo iba dispuesto menos a discutir con él. El señor Catalán era de esa clase de gente que cree poseer la facultad de incordiar sin sentirse culpable.
____¿Me va a cobrar extras? –me preguntó de pronto haciendo con los dedos índice y pulgar el típico movimiento que define al dinero.
____Mire, ya hice el viaje hasta aquí y si ya terminé, sólo tiene que pagar los gastos de desplazamiento –respondí.

La imagen que vi en el establo me era tristemente familiar: una esquelética vaca yacía comatosa. Movía los ojos vidriosos a cada segundo, con un lento movimiento de un lado a otro. Muy próximo estaba su final.

____Tiene usted razón –le dije, luego de ver al animal, y añadí-: se está muriendo. Y sin más, recogí mi maletín de curas, y salí del establo hacia mi auto.

Pero, de una enérgica acción, se cruzó en mi camino. Después me miró, furioso. Yo seguía impasible; confiaba en mi carácter. Pero el señor Catalán, desafiante, me gritó en un tono de voz hiriente:

____¡Así que se va sin hacer nada, eh! ¡He oído decir que mientras haya vida hay esperanza! !¿Le suena a algo eso?!
____Sí, pero no es este el caso. Aunque, si quiere, puedo inyectarle algún estimulante, y a ver qué pasa…
____¡No es que yo quiera! ¡Se supone que usted es el que sabe de esto! ¡Usted es el veterinario! ¡No diga si yo quiero! –seguía en el mismo tono.
____Bueno… tranquilícese… Lo intentaré –entré de nuevo en el establo con mi maletín y me fui hacia la vaca, pero apenas le introduje la aguja en el lomo, el señor Catalán volvió a la carga, en forma de preguntas:
____¿Es un asunto caro este de las inyecciones? ¿Cuánto dinero me va a costar…?
____No lo sé aún –muy a pesar mío, empecé a perder el control, y mi interlocutor no parecía poner remedio por evitarlo.
____¡Pues está muy claro! ¡Lo sabrá cuando tenga su pluma en la mano para hacer la gran factura! –añadió.

No merecía la pena responderle, por lo que volví a mi tarea. Pero cuando apreté el émbolo y entraban las primeras gotas del líquido, la vaca estiró las patas, quedó con la mirada fija y dejó de respirar. Entonces, de forma instintiva, puse la mano en su corazón. Ya no latía. Muerta.

____Me temo que ya murió –lo miré.
____¿Murió? ¡Así que malgastó mi dinero con su puta inyección! ¡Vamos a ver, doctor en no sé qué! ¿Qué leche ha pasado con mi vaca? ¡¡Quiero una respuesta urgente!! –me chilló insolentemente.
____Habría que examinarla para saber el motivo. Si quiere la haré enviar al anatómico para animales o puedo hacer aquí mismo un estudio en la sangre. Esto es algo para lo que he venido preparado. Pero, eso sí, tomándome mi tiempo –respondí, casi calmado.

Comenzó a rascarse la cabeza. Su furia se hallaba en el punto más álgido, y presentía que quería descargarla contra mí.

____¡Ésta es una situación extraña! ¡Aquí tengo una vaca muerta y nadie sabe qué ha sido lo que la mató! ¡Puede ser cualquier cosa! ¡Puede ser… Carbunco! –seguía atacando.
____¡Ni hablar! –al fin, me enfurecí-. ¡El Carbunco es repentino, y no se sabe de epidemia en la zona y usted mismo me dijo que llevaba enferma una semana! ¡¿Cree necesario que resucite Pasteur para que, dato por dato, le explique el periodo de incubación de esta enfermedad infecciosa septisémica?! –concluí, irónico.
____¡Sólo un poco enferma! ¡Pero ahora ha muerto! ¡Eso sí que es repentino! –se serenó por un momento y añadió-: a Pepe, que su granja linda con esta mía, se le murió una vaca de Carbunco. La gacetilla Vacuno, que publicó este asunto, decía que las muertes repentinas en animales vacunos tienen que investigarse por si son causadas por ésta enfermedad, porque es letal para todo bovino, como usted debe saber –apretó los dientes, como enfureciéndose de nuevo, y a continuación largó-:
____¡Exijo, bajo denuncia, que examinen a mi ternera!
____De acuerdo. Si es eso lo que quiere, casualmente llevo en el coche un microscopio –respondí.
____¿Microscopio? Eso suena a caro. ¿Cuánto me va a costar?
____No se preocupe por eso. En estos casos, el Ministerio paga –me fui presuroso hacia la granja.

Sorprendido, me gritó de nuevo.

____¡¿Adónde va ahora, doctor del diablo?!
____A su casa. Tengo que utilizar su teléfono para informar al Ministerio. No puedo hacer los análisis sin obtener el permiso correspondiente.

Mientras hablaba con el funcionario del Ministerio que me atendía, el señor Catalán estaba a mi lado moviéndose con impaciencia. Por lo que no tuve que alzar la voz para preguntar el nuevo nombre de su granja, que dijo ser 'Cataluña'; la edad de la ternera, de donde provenía, y otros pormenores exigidos por el funcionario.

____¡No sabía que tenía que pasar por todo esto! –gritó de nuevo después de facilitarme los datos.

Una vez que colgué, salí hacia mi coche. Ya en él, cogí un bisturí de mi maletín y me fui hacia el establo; hice un corte en el rabo de la vaca y extraje un poco de sangre, la extendí en el portaobjeto, que llevé junto con el microscopio a la cocina de la granja; fijé la lámina pasando la muestra por el fuego de la hornilla. Luego me aproximé al fregadero y vertí Metileno. En el proceso se produjo una mancha azul sobre el fondo blanco del fregadero. Y allí quedó la coloración, aun limpiándola con agua tibia. 

____¡Vea esto! –gritó, de nuevo-. ¡Manchó el fregadero! ¡Cuando regrese mi esposa se va a enfurecer!
____Tranquilo. Se quita con agua caliente y jabón –sonreí, por no llorar, pero pude observar que no me creyó

Finalmente sequé el portaobjeto a fuego lento, armé el microscopio y miré a través de su ocular. Como era de esperar, no había bacilos de Carbunco a la vista.

____Nada, no hay Carbunco –le dije, y añadí-: ya puede llamar al carnicero. Y conste que en el anatómico practican métodos más radicales y sin prisas, mientras yo gasté mi paciencia y empleé el mínimo tiempo para hacer las cosas bien. ¿No valora esto?
____Bueno... –contestó, distraído-. Pero tanto ruido para nada –hizo un gesto de sufrimiento-.
____¡Esto es lamentable! -añadió, de pronto.

Mientras me alejaba de Granja Cataluña pensé, y no era el único, que nadie salía ganando con el señor Catalán. Y tal convicción se vio reforzada el lunes siguiente, que fue a nuestro consultorio, y sin los saludos obligados por la educación, dijo:

____Una de mis terneras padece de 'Lengua de madera'. Quiero me den tintura de yodo, para aplicársela. Pero pronto, porque ya lleva soportando esto diez días, y no puede comer.

Pérez levantó la vista de la agenda, en la que estaba revisando las visitas a realizar en esa semana. Luego respondió, sonriendo:

____Está usted atrasado de noticias, señor Catalán. Ese mejunje no se aplica desde hace tiempo. Ahora tenemos un medicamento más actualizado y más efectivo que se llama Sulfanilamida.

El señor Catalán adoptó su postura acostumbrada: manos en los bolsillos y ojos reprobadores. Y siempre permanecía en pie. Nunca aceptaba el asiento que se le brindaba.

____Esa palabra es pomposa y larga. Prefiero el medicamento que he usado toda la vida. Así que deme lo que le he pedido y no me haga enfurecer y perder más tiempo –respondió.
____Señor Catalán – Pérez usó el tono más educado-, no seríamos veterinarios competentes si recetamos algo así -se giró hacia mí-. Amor, ¿puedes traer de la quinta estantería del almacén una bolsa de Sulfanilamida de la última remesa recibida, que trae un útil para introducir el polvo en la boca del animal? Gracias. 

Para no defraudar a sus costumbres, el señor Catalán protestaba mientras me apresuraba hacia el almacén, y seguía haciéndolo a mi regreso. Las formas de Pérez, que eran diferentes a las mías, se iban endureciendo, y podía verse que por momento la paciencia se le iba agotando. Cogió bruscamente de mi mano la bolsa y empezó a escribir en la etiqueta:

____Tres cucharadas soperas, bien colmadas, cada día, disueltas en un litro de agua…
____¡Pero le acabo de decir que no quiero medicinas nuevas! ¿Está sordo o qué? –desafiante, interrumpió a Pérez.
____...y cuando acabe esta bolsa avísenos y le proporcionaremos otra, si es necesario –mi socio terminó de hablar y de escribir, aun la interrupción.
____¡Que no se entera! ¡Esto no va a servir! –el señor Catalán, más enfurecido, miró el medicamento.
____Señor Catalán -dijo Pérez, con una calma amenazadora-. Esto va a curar a la ternera. Tenga la amabilidad de cogerlo o busque la tintura de yodo en otra parte.
____¡No la va a curar! –insistió.
____¡Sí la va a curar, joder! ¡Usted es quien no se entera! –golpeó la mesa con el puño. 

Era claro que ya se había hartado de tanta intemperancia ¡Anda que si hubiese sido Pérez el que hubiese ido a la última visita que 'solicitó' el señor Catalán...! 

____Cójalo y aplíqueselo a la vaca. Y si no funciona, no le cobraré ni una perra gorda. ¿Qué le parece? –añadió, casi calmado.

Obtener algo a cambio de nada es irresistible para todo humano, y más para el señor Catalán, tan 'preocupado' por su economía y tan acostumbrado a salirse siempre con las suyas. Estiró la mano, de malas maneras, y cogió la bolsa.

____Bien –Pérez lo miró-. A partir de ahora manténgase en contacto con nosotros. Su ternera sanará en menos de quince días.

Transcurridos diez días de ese episodio, Pérez y yo habíamos salido de noche para atender juntos una urgencia. De regreso, pasamos próximos de 'Cataluña'. Eran menos de las siete de la mañana.

____Amor –me dijo-. Detengámonos. Aún no hemos recibido noticia de nuestro 'amigo' Catalán. Sospecho que no quiere dar su brazo a torcer -me miró, sonrió y añadió- vamos a restregarle su error en la cara, aunque con ese tío nunca se sabe –hizo una pausa y agregó de nuevo-: quizá se haya levantado ya.

Pérez condujo hasta la parte trasera de la granja. Llegamos a la puerta de la cocina y, sin pensarlo, levantó la mano para llamar, pero se detuvo en el intento, y me dijo, en voz baja: 

____Mira eso –señaló el almacén, junto a la casa: en el llano de la ventana estaba la bolsa de Sulfanilamida, intacta.
____Ni la ha abierto. Este tío es un soberbio. Ni siquiera lo intentó. Bueno.... qué le vamos a hacer. Pero a ver quién gana al final -se refregó las manos.

El señor Catalán, que al parecer había oído ruidos de voces, abrió la puerta. Y Pérez, para mi sorpresa, lo saludó efusivamente.

____¡Muy buenos días tenga usted, señor Catalán! Pasábamos por aquí y pensábamos que podíamos examinar a su vaca -extendió la mano, sin ser correspondido. Añadió-: nuestra visita es gratis, en pro de nuestra clientela. Nos gusta comprobar in situ la eficacia de nuestros medicamentos –añadió de nuevo, sin dar importancia a la descortesía recibida.
____Pero… apenas me puse el pantalón. Estaba tomando un café cuando oí una voz. Supongo que habrán desayunado… Y en cuanto a lo que dice, mi caca no necesita ninguna revisión. 

Sin embargo su negativa, Pérez ya iba hacia el establo. La ternera era fácil de localizar: la piel se atirantaba en el saliente costillar, la baba corría en la boca, y tenía una hinchazón en la quijada. Pérez se acercó al animal, le abrió la boca y tocó la lengua, a la vez que me hizo una seña para que me aproximase más a él. Me puse a su lado.

____Toca esa lengua -me dijo, sabiendo lo que ocurría.

Pasé el dedo sobre la superficie, llena de protuberancias, que en el jerga del campo le daban el calificativo de 'lengua de madera' a la enfermedad, cuyo verdadero nombre es Atinomicasis. Pero algunos veterinarios la denominan como Lengüinomicosis.

____¡Dios! Si puede comer es de puro milagro -me olí el dedo-. Un momento, huele a yodo. ¡Se salió con las suyas! ¡Este hombre!
____Sí -asintió-. Ha estado recurriendo al yodo, aun lo que dije. Se va a enterar. Te repito que a ver quién gana al final.

En ese justo momento, el señor Catalán entró en el establo. Pérez lo miró con gesto desdeñoso. Pero siguió hablándole amable:

____Estaba usted en lo cierto, señor Catalán. Mi medicamento no vale. No lo comprendo –llevó la mano a la barbilla-. Y me temo que su vaca es un desastre. Muerta de hambre. Mis disculpas. Pero, en vista de lo cual, tendré que recurrir a un contundente pero eficaz remedio.

La cara del señor Catalán era digna de un film de Hitchcock.

____Bueno… verá… No apliqué al pie de la letra sus…
____Escúcheme -lo interrumpió-. Soy el responsable de este caso. Mi receta ha fallado, es evidente. Así que, aparte de no cobrarle nada, me toca a mí solucionar este problema. Y tengo preparada una inyección que por sí sola puede servir para… 'poner a dormir' a la vaca.
____¡Espere…! ¡Espere…! ¡No haga eso…!

Las palabras del granjero eran pasadas por alto mientras Pérez llenaba una jeringuilla con el contenido de un frasco, que no me dio tiempo a reconocer su contenido. Con la aguja lista ya, lanzó una mirada maliciosa hacia el señor Catalán. Y agregó:

____Usted ha hecho su trabajo, utilizando la Sulfanilamida. Pero ahora es mi turno. Esta inyección causa un efecto radical. Y es lo único que puede hacerse ya.
____¿Quiere decir que puede morir mi ternera?
____Así es –afirmó-. Pero su conciencia queda libre de culpa. No tiene por qué preocuparse. Ya le ha dado la medicina, ¿no? Así que tranquilícese. En la medida que pueda, claro… -sus últimas palabras las pronunció con retintín e ironía y mirándome.

Cuando Pérez estaba a punto de introducir la aguja en el lomo de la ternera, el señor Catalán gritó:

____¡Deténgase, doctor Pérez! ¡Se lo ruego!
____¿Qué ocurre? ¿Hay algo malo?
____Espera, Pérez. Parece que el señor Catalán tiene algo que decir –tercié, creyéndome lo de 'ponerla a dormir'.
____No mucho, doctor Amor. Pero quizá ha habido un malentendido Mi ternera no ha estado recibiendo una cantidad suficiente de eso que el doctor Pérez me recetó.
____¿Quiere decir que le ha aplicado menos? –juntó sus manos, con los dedos apiñados, la cabeza alta y los ojos mirando hacia el azul, a lo italiano. Y añadió-: si lo recuerda, le puse las instrucciones en la bolsa. Y usted sabe leer, ¿no?
____Disculpe, doctor Pérez. Pero estaba confundido…
____No importa. Todo irá bien, siempre que siga administrándole la dosis adecuada –insertó la aguja desatendiendo los gritos del señor Catalán. Sonrió con satisfacción y guardó la jeringa-: creo que esto es suficiente. Y recuerde. Reinicie las cucharadas. No debe dejar de hacerlo por ningún motivo. ¿De acuerdo? Y después siga hasta que termine la bolsa. Y si necesita más, avísenos. Ya sabe: San Nicolás, Real 19, teléfono… o a mi casa o a la del doctor Amor y a cualquier hora. Estamos muy habituados a las urgencias. Quizá usted ignore nuestra plena dedicación porque sólo acude a nosotros de tarde en tarde y en casos desesperados.

____¿Qué demonios había en esa jeringuilla? –le pregunté a Pérez mientras el coche se iba alejando de la granja.
____Una aleación de vitamina y minerales. Ayudará a esa becerra. Pero, como sabes, no produce ningún efecto en la enfermedad que padece. Esto es la primera parte de mi plan –sonrió-. Ahora tendrá que acudir al Sulfanilamida. Será interesante. Estoy ansioso por ver qué pasa. Pero si pasa lo que presiento…

¡Y ya lo creo que fue interesante! Pasados algunos días, el señor Catalán, avergonzado, vino al consultorio. Y esta vez fue amable y considerado. ¡Incluso aceptó el asiento que le brindamos!

____¿Puede venderme, por favor, una bolsa de eso de nombre largo y pomposo pero efectivo? -dijo, ¡y mirándonos a los ojos!
____Claro -Pérez cogió una bolsa que había en una silla de la oficina y, amablemente, la puso en la mano del señor Catalán-. Tenga, y ya sabe, estamos aquí para atender a los animales. Y no se dé por aludido –hizo una breve pausa y sonrió. Y añadió-: supongo que su ternera se encuentra mejor, ¿no?

En ningún momento se me ocurrió pensar que Pérez iba atreverse a decirle: 'y no se dé por aludido…'

____Sí, doctor Pérez. Mucho mejor. Muchas gracias.
____¿Dejó de babear? ¿Come algo ya? ¿Está recuperando peso?
____Sí, todo eso –apartó la mirada, como no queriendo recibir más preguntas.

Cuando Pérez le dio la bolsa, vi que el granjero se sorprendió de que esta vez estuviese tan a mano, y no hubiera que ir a por ella a la estantería. Pero, aun sus buenas formas, sólo se permitió enviar una mirada suplicatoria de perdón a Pérez y a mí. Luego, salió del consultorio, no sin antes estrecharnos la mano. Nunca antes había visto a aquel hombre tan dócil, educado y comprensivo.

Fuimos a observarlo a través del cristal de la ventana. Caminaba y movía la cabeza de un lado a otro, como apesadumbrado: signo de insatisfacción. Pérez me dio unas palmadas en las mejillas, como festejando el éxito de su plan.

____¡Funcionó! -dijo, a la vez que saltó de júbilo-. El pájaro ha caído en su propia red. Me da que no volverá a jugar sucio con nosotros. Pensaba que no iba a funcionar, pero funcionó -y de nuevo fue mi amigo, colega y socio, el que dijo, en una exultante exclamación, las últimas palabras. Palabras que sonaban a triunfo.
____¡Mi querido amigo Amor, estamos de enhorabuena! ¡Esta ha sido, sin duda, una victoria trabajada!


Cierto. Una victoria trabajada. Y fructífera también. Y más por saber a quién derrotábamos. Pero, cuando con el paso del tiempo la recuerdo, me doy cuenta de que aquella fue la única vez que pudimos vencer al controvertido y desaprensivo señor Catalán. Lo peor es que todavía hay muchos Catalán, en diferentes ámbitos y ambientes, y pocos Pérez para poder contrarrestar. Pero en aquel entonces, nos quedó la gran satisfacción de que sabíamos que ya había un Catalán menos. Triunfó, pues, la paciencia y el espíritu persuasivo de Pérez. Y lo mejor de todo resultó ser que el propio señor Catalán mostró y demostró sus buenas formas en todos y cada uno de los cometidos que iba afrontando en lo sucesivo, con la metamorfosis experimentada

achl

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 7:55 pm



El Bisturí

____Ésta maravilla es Ámbar –me dijo la Hermana Alegría-. Y es la que quiero que usted examine, doctor Amor –añadió, a la vez que señalaba con la mano la perra.

Miré el color pálido, casi miel, del pelo de las orejas, del cuello y los costados de aquel canino.

____Ya veo por qué le ha puesto este nombre. Podría apostar, sin riesgo a perder, que brilla con la luz del sol.
____Sí -sonrió-. Era un día soleado cuando la vi por primera vez, y ése nombre me vino a la mente -me miró con inocente picardía-. Creo que soy buena para los nombres, doctor Amor –sonrió y se esponjó, pero con nada de suficiencia.
____Sin duda alguna –le devolví la sonrisa.

Era una broma entre nosotros. La Hermana Alegría necesitaba un poco de relajación, considerando el rigor y el intenso trabajo a que se veía sometida diariamente en el convento. Controlaba todos los perros y los gatos, no deseados, sin olvidar la cantidad de ellos que pasaban por el pequeño asilo para animales del convento, situado en la zona trasera del local. Los alimentaba y cuidaba ella misma. Como monja y enfermera, entregaba una buena parte de su vida al servicio del humanos. A veces me preguntaba cómo podía buscar tiempo para pelear también por los animales domésticos…

____¿De dónde viene Ámbar? –le pregunté.

Se encogió de hombros y respondió:

____Anteayer la encontré vagando en una calle de Cerro Hierro. Abandonada, por supuesto.
____¿Cómo es que puede haber alguien que haga eso a animales tan indefensos? -la rabia me apretó la garganta. Era cruel darles la espalda y que se defendieran por sí solos.


Por un instante recordé a Balú, chucho 'abandonado' por mí en el Laboratorio Municipal de Sevilla, pero por algo razonable: mis dos hijos pequeños padecían de alergia, en especial a epitelio de perro, lo que me obligaba a no poder hacerme cargo de ese chucho por la seguridad de los niños. Pero ahora, restablecidos mis hijos gracias a vacunas y a medicamentos, y sin posibilidad de recuperar a Balú, por estar en otra hogar, bien atendido, tengo otro igual en lo físico que lo rebauticé como Balú2 y que siempre que puedo me lo hago acompañar. Un sosias del propio Balú.


____Algunas personas creen tener sus razones –respondió-. En el caso de Ámbar es por un roce en la piel, sin importancia. Quizá les asustó, y si tienen hijos pequeños o alérgico –parecía que me había adivinado el pensamiento…
____Por lo menos podían haberla dejado aquí -dije, mientras abría la puerta del asilo, que era en realidad un corral con flores.

A Ámbar le vi una zona sin pelos alrededor de las patas. Cuando me arrodillé para examinarla, me acarició con el hocico y movió el rabo. Miré las orejas caídas, la quijada enérgica, y la expresión de confianza en los ojos; confianza que había sido traicionada.

____Ámbar tiene cara de sabueso, Hermana Alegría –le dije-. Pero el resto… ¿cómo llamaría usted a esta raza? Porque yo tengo dudas y no acierto a definirla.
____Pues si usted no acierta, imagínese yo –sonrió.

No obstante, el cuerpo, moteado con manchas marrones, negras y blancas, no presentaba la forma de sabueso. Además, tenía patas grandes y largas y un delgado y diminuto rabo en casi permanente movimiento.

____Sin importar de la raza sea, es agradable y tiene buen carácter -le abrí la boca y le miré las hileras de dientes-. Y calculo que debe tener diez meses de edad. Pero es una cachorra crecida. Promete buena envergadura.
____Cuando termine de crecer, va a ser realmente grande –dijo la monja, entusiasmada.

Como si quisiera certificar las últimas palabras pronunciadas por la Hermana Alegría, Ámbar se levantó y puso las patas delanteras en mi pecho. Volví a mirar su boca, que parecía reír, y aquellos ojos… Los ojos eran de un tono acaramelado, que la hacían más atractiva Reunía una serie de encantos que podía ser del agrado del más exigente dueño de una mascota.

____Ámbar me gusta –le dije, de pronto.
____¡Me alegra oírle decir eso! –rebosaba de alegría-. Pero tenemos que solucionar pronto el problema de la piel, para encontrarle un hogar. Pienso que sólo se trata de un poco de eczema –se apresuró en agregar
____Probablemente… Probablemente… Pero veo una zona sin pelos alrededor de los ojos.

Las enfermedades de piel, tanto en perros como en humanos, son engañosas. A veces es difícil hallar los orígenes, y no son fáciles de sanar. En este caso, no me gustaba la combinación de las patas y los ojos, pero la piel estaba seca y su textura era firme. Probablemente no tenía nada malo. Por eso deseché de mi cabeza el espectro que apareció por unos instantes. No quería preocupar más a la monja.

____Sí, es probable sea un poco de eczema –le dije-. Úntele este ungüento dos veces al día durante dos semanas.

Le di un bote con mezcla de Óxido de Zinc y Lanolina’3, una vez que lo cogí del coche. Esperaba que eso, con higiene y la buena alimentación que recibía todos los días de su protectora, tuviera éxito.

Cuando pasaron los quince días sin tener noticias de Ámbar, me sentí aliviado. 'Habrá sanado', me dije. Empero, una mañana me llamó la monja. Su voz nerviosa en el teléfono no iba en relación con la sensación de alivio que experimentaba antes de la llamada. De nuevo, mi cabeza comenzó a pensar en cosas...

____¡Doctor Amor, la zona sin pelos no mejora! ¡De hecho, se está extendiendo en cara y patas! ¡Es horrible verla así! ¡Le ruego por favor que venga a verla lo antes posible!

Nuevamente me asaltó el espectro.

____Tengo que hacer una visita junto al convento. Luego, unas dos horas, me pasaré –le respondí.

Y sobre la marcha me fui al auto de Pérez y cogí el microscopio, que él lo había utilizado esa mañana para analizar un forúnculo, precisamente a una perra, y salí a atender los dos casos. Para el primero no necesitaba microscopio. Para Ámbar sí.

Después de acabar con mi primer paciente, que pude resolver con éxito, gracias a que Dios ayudó, porque se trataba de una infección en los ovarios de una yegua, Ámbar me recibió de la misma forma que la vez anterior: moviendo el rabo. Pero me sentí mal cuando vi la piel desnuda en la cara y las patas. Levanté al canino del suelo y me lo acerqué, con la idea de oler las partes desnudas. Este era un detalle muy importante.

____¿Qué es lo que está haciendo? -la Hermana Alegría me miró con expresión de curiosidad y sorpresa a la vez.
____Tratando de detectar un olor a rata. Y… ¡ahí está!
____¿Y qué significa eso?
____Sarna.
____¡Dios! –se llevó la mano a la boca-. ¡Eso suena fatal! -echó los hombros hacia atrás, con un gesto que ya le había visto en la otras ocasiones.
____Pero no se preocupe demasiado –me aligeré en agregar.- Ya atendí un caso de sarna y pude combatirlo. Azufre, agua tibia y una solución de Semprolina, creo que será suficiente.
____¡Qué bien entonces…!

Puse a Ámbar en el suelo y me enderecé, sintiendo de pronto un cansancio repentino. Es que eran tantos los casos a atender y en tan poco espacio de tiempo…

____Pero no se apresure. Usted está pensando en sarna común, y esto es peor. Parece sarna demodésica. De hecho, los síntomas la delatan –decidí enfrentarla a la realidad.

El espectro apareció de nuevo. Esa enfermedad me obsesionaba desde que había obtenido el título de médico veterinario. Había tratado a buenos perros que tuve que poner 'a dormir', aun mis desesperados intentos por salvarles la vida. Me fui al coche y cogí el microscopio.

____Quisiera estar equivocado, y esta es la única forma de saberlo –le mostré el microscopio.

Raspé la piel en una pata de Venus con el bisturí, y luego puse la muestra en el portaobjetos. Miré a través del ocular, y ahí estaba el malvado ácaro, llamado demodex. Y no sólo uno. ¡Dios, todo el campo visual estaba poblado! Mentalmente repasé los casos que había atendido de perros y recordé que, por superstición, usaba un bisturí nuevo en cada caso. Pero en éste, por error, prisa u omisión olvidé mi vieja tradición. No le di mayor importancia. Habían sido manías puntuales que quizás iban a servir para vencer mi absurda norma. Y no quedó ningún tipo de remordimiento en mi interior. 'Al menos, eso era lo que pensaba en ese entonces…'. 

____No hay duda. También yo le he cogido cariño a Ámbar. Pero es la realidad; esta belleza de perra padece sarna demodésica –miré a la monja..
____¡Pero...–su expresión era trágica-, ¿no hay nada que se pueda hacer?! ¡¿Y esos nuevos avances de la ciencia?!
____Puedo probar con algo... y lo voy a hacer ahora mismo. Siento afecto por los perros. El año pasado logré curar uno de estos casos con una loción –nos fuimos hacia el coche y removí en el maletero, ajetreado por mi hijo, hasta que encontré lo que buscaba:
____¡Aquí está! Odylen. Aplíquele a Ámbar esta pomada tres veces al día durante dos semanas. Y que Dios nos proteja.
____¡Nos protegerá! -apretó las mandíbulas con esa determinación que había salvado a tantos animales-. Pero, ¿qué ocurrirá con los otros perros? ¿No se contagiarán? –me preguntó.
____A diferencia de la sarna darcóptica o sarna común –respondí con autoridad, a la vez que negué con la cabeza-, la demodésica rara vez es contagiosa, comprobado científicamente.
____Al menos es algo a favor. ¿Pero cómo adquiere un perro esta enfermedad? ¿Se produce de igual forma en ambos sexos?
____No se sabe. Pero una mayoría de veterinarios pensamos que todos los perros tienen algún ácaro demodex en su piel, aunque no está delimitado el por qué de que en unos provoca sarna y en otros no. La herencia genética es significativa. A veces, padece de sarna solamente un perro de una misma camada. De todas formas, sigue siendo un asunto desconcertante, sobre todo, para los veterinarios. Y es por eso que pedimos que no cesen las investigaciones.

Le entregué el bote de la pomada. Tal vez el caso de Ámbar podía ser una esperanza en mis experiencias. Pero a la siguiente semana tuve noticias: 'aunque había aplicado al pie de la letra la pomada, la sarna seguía avanzado'.

Salí más rápido que nunca hacia el asilo. La alegría en Ámbar no había disminuido, pero toda su cara estaba desfigurada por una creciente calvicie. Pensé en la belleza que me había cautivado en mi primera visita, y lo que en esa vi fue un golpe duro. Tenía que probar con otro producto. Empecé a medicarla con una solución de arsénico Fowler, que en esa época era el tratamiento más popular para las afecciones de piel.

Después de dos semanas, empecé a abrigar esperanzas. Pero sentí decepción cuando la monja me llamó antes del desayuno, sobre las siete de la mañana.

____Doctor Amor –tenía el ánimo bajo cero-, Ámbar ha empeorado. No hay nada que la haga sentirse bien. Empiezo a pensar que lo mejor sería… 
____Voy para allá –la interrumpí-. No pierda la fe. Casos como este tardan hasta meses en sanar -contesté, calmado, con la idea de no intranquilizarla más.

Camino del asilo pensé que mis palabras no estaban sustentadas en una base real. Pero había tratado de decir algo que subiese la moral. Sabía que nada odiaba más la Hermana Alegría que poner 'a dormir' a un perro. De los centenas que había cuidado, algunos murieron pero de enfermedades incurables; eran perros viejos, con problemas renales o cardíacas, o cachorros con moquillo. Pero la monja luchaba hasta que cada animal quedaba en perfecto estado. También me resistía a poner 'a dormir' a Ámbar. Aquella perra tenía algo especial, aun habiendo visto muchos perros en mi profesión.

Cuando llegué, por vez primera no tenía ni la más remota idea de lo que iba a decir. Así que mis propias palabras, que fluían de una forma instintiva, me iban sorprendiendo. Pero la experiencia me demostraba a diario que mi instinto tenía personalidad.

____Hermana, voy a llevarme a Ámbar. Usted tiene ya bastante con cuidar a los otros. Y aunque yo también estoy muy ocupado, en el consultorio estamos dos veterinarios y estudiantes voluntarios. Sé que usted ha hecho todo lo posible, pero quiero hacerme cargo de este caso, personalmente.
____¿Y de dónde va a sacar el tiempo?
____Puedo administrarle el tratamiento durante las noches, y así iré controlando su progreso. He venido con la firme determinación de llevármela. Y lo voy a hacer, pero me gustaría más que fuese con su consentimiento.
____No sé… Aunque quién mejor que usted para saber si puede o no hacer eso. De todas formas, nunca vi en mi vida un veterinario, y le recuerdo que traté con muchos en mi época en Sevilla, que tenga tanta dedicación para con los animales domésticos. Dios le proteja, doctor Amor. Ahora es cuando presiento que Ámbar se va a curar –hizo una pausa y añadió-: y por supuesto que cuenta con mi consentimiento. Además, rezaré por los dos.

De regreso al consultorio, me sorprendían la profundidades de mis sentimientos. A lo largo de mi carrera, a menudo tenía un deseo compulsivo de curar a un perro. Pero, no sabía por qué, no era tan fuerte como con Ámbar. La perra estaba entusiasmada por ir en el coche; saltaba de un asiento a otro, lamía mi cara, ponía las patas delanteras sobre el salpicadero, se pasaba de la parte de atrás a la de delante, se miraba en el espejo retrovisor, e incluso trataba de ponerse en mi asiento. Veía una cara feliz aun la enfermedad. De pronto, golpeé el volante con la mano, como diciéndole: '¡vamos a curarte, Ámbar!'.

En nuestro consultorio no disponíamos de las instalaciones que se necesitan para una residencia para perros. Ningún veterinario la tenía entonces, pero me las compuse para construir una perrera confortable en el establo que había en el jardín. Aun su antigüedad la construcción se hallaba libre de corrientes. La perra estaría tan cómoda allí que no sería necesario llevarla a mi casa en las noches Con la guardia permanente, el teléfono a mano, y yo a quinientos metros, eran motivos suficientes para estar tranquilo. Y mejor así, no fuera que a Julio le diese por volver a las andadas y enganchase a Ámbar en la enredadera, recordando sus tiempos de trepador. Y Ámbar no estaba para esos trotes. Allí estarían controlados los dos: Julio y Ámbar. 'Definitivamente, no me la llevo a mi casa', pensé.

También tomé otra decisión: mantendría a mi mujer al margen de todo esto. Recordé su amargura la vez que adoptamos un dálmata durante un año y al final tuvimos que devolverlo. Sabía que enseguida le cogería cariño a Ámbar. Pero me olvidé de mí. No es bueno para un veterinario encariñarse con sus pacientes. Empero, antes que pudiera percatarme, ya me había ocurrido con Ámbar.

Le daba de comer y de beber, le cambiaba la paja en la perrera y le administraba el tratamiento, sin nadie que se acercara mientras yo estuviese allí. Este episodio ocurría a primeros de octubre, por lo que oscurecía temprano (aún no era fecha del cambio horario).

Después de mis trabajos diarios en las granjas, conducía hasta el consultorio, y luego dirigía la luz de los faros del coche hacia el establo. Apenas abría la puerta, Ámbar estaba esperando, como para darme las buenas noches, con sus patas delanteras sobre el tejado de la perrera. Sus largas orejas amarillentas brillaban bajo los rayos de la luz. El rabo nunca dejaba de moverlo, ni siquiera durante el duro proceso de curación. Le untaba una loción en la piel, le inyectaba Estafilocóco, y le tomaba muestras para controlar los avances o retrocesos. Aun el cansancio de todo el día, siempre reservaba algunas energías para Ámbar.

Al transcurrir los días, sin que experimentase mejoría, empecé a desesperarme. Le apliqué baños de azufre, de retonona y de un champú y enjuague que había en el mercado en esa época. Aun mis dudas, esperaba hallar alguna cura mágica entre todo eso. Y pienso que habría podido seguir con el tratamiento bajo la luz de los faros, de no ser por una noche que parecía que veía a Ámbar por primera vez. La sarna se había extendido por todo el cuerpo; las largas orejas no eran ya peludas, sino calvas, e igual la cara. Por todos lados de su lesa anatomía, la piel se había engrosado, llenándose de arrugas azuladas.

Entonces me senté en la paja, sin apartar la mirada de la perra, mientras ella saltaba lamiéndome y moviendo la cola. Sus patas cogían mis piernas, como para que no me fuese. Aun su terrible estado, su naturaleza alegre no había cambiado. Y aunque tenía más vitalidad y más amor que sarna, su fin estaba muy próximo.

Pero esto no podía seguir así. Habíamos llegado a un callejón sin salida. Mientras pensaba, le alcé la testa. Los ojos, antes alegres, se veían patéticos en una cara de espantapájaros. ¿Qué le voy a decir ahora a la Hermana Alegría, después de tantas palabras de aliento?', pensé.

Tardé hasta la tarde del día siguiente en decidirme a hablar con la monja. En mi afán por ser lo más realista posible, fui brusco.

Esa noche la pasé fatal. Me vinieron a la mente todos los perros e incluso los nombres de los que no pude hacer nada por ellos. Me cambiaba de postura en la cama, con una frecuencia que en mí no era habitual, ya que a causa del cansancio acumulado de todo el día caía rendido. Pero flotaba algo en mi subconsciente que no acertaba a poner en pie. Empero, no le daba importancia porque no podía ser superior a lo que estaba pasando. Pero ahí seguía… y seguía…

____Hermana –la llamé-, no hay nada que pueda hacerse ya. He probado con todo, y por día está peor. Así que la pondré 'a dormir' –así de brusco y de rotundo me expresé.

La severidad de mis palabras, enseguida se hicieron notar en la respuesta de la monja.

____¡Eso es terrible! Y sólo por una enfermedad en la piel…
____Lo sé, pero es una enfermedad letal. Ámbar está incomoda ahora, y pronto esa incomodidad se transformará en dolor. No debemos dejar que siga así. En una ocasión vi sufrir a un perro un segundo, y le aseguro que ha sido el segundo más insoportable e interminable de mi vida.
____Confío en su buen juicio doctor Amor. Sé y me consta que no hace nada que no sea absolutamente necesario -hizo una pausa. Luchaba por no llorar y siguió hablando-: si ya ha agotado todos los recursos, lo dejo en sus manos. Que Dios le proporcione las fuerzas necesarias para… –no podía terminar la frase.

Mi trabajo me tuvo ocupado todo el día. Como siempre, era oscuro cuando llegué al establo y abrí su puerta, y como las otras veces, Ámbar se encontraba en el haz de la luz moviendo el rabo con su alegría habitual, dándome la bienvenida

La acaricié hablándole, mientras ella, feliz, me miraba. La luctuosa tarea iba a empezar. Llené la jeringuilla. Siéntate, le dije, y se posó. Le cogí la pata para exponer la vena radial. Mientras introducía la aguja, Ámbar la miraba como intentando adivinar qué nuevo juego era este. Estaban de más las palabras de consuelo que se decían en estos casos: 'no vas a notar nada, solamente es una sobredosis de anestesia.' Pero allí no había un dueño lloroso. Sólo Ámbar y yo: una paciente y el médico. Y cuando le decía 'mi linda Ámbar', y ella se hundía en la paja, tenía la convicción que si hubiese dicho algo más, sería la verdad. Ámbar no sintió nada entre el jugueteo y la inconsciencia, y así era la mejor forma de librarla de un sufrimiento que enseguida se hubiera convertido en tortura. Salí de establo y luego apagué las luces del coche. En la fría oscuridad de la noche, el jardín nunca me había parecido tan frío y oscuro. Después de tantos días de entrega y de lucha, el sentimiento de derrota era abrumador.

Durante mucho tiempo después, sentía como si llevase un peso encima. Y aún hoy lo siento, que sigue en mí. Y me da la sensación de que no quiere abandonarme.

Con el transcurrir de los años, cada vez que me viene a la mente el recuerdo de Ámbar, la imagen permanece oscura mientras la perra aparece en los rayos de la luz de los faros del coche.

Actualmente, la sarna demodésica se cura con fosfatos orgánicos, antibióticos y, por supuesto, y esto no ha cambiado, higiene. Pero ninguno de ésos medicamentos estaban disponibles cuando Ámbar los necesitaba. Su tragedia fue haber nacido antes que la ciencia. Y esta precocidad, por otro lado para gozo y disfrute de los amigos de los animales domésticos, la pagó con creces 'esta maravilla es Ámbar', como me la presentó la Hermana Alegría.


No obstante, quizás aquello que flotaba en mi subconsciente, que durante mucho tiempo no acertaba a descifrar; ahora, en la lejanía de los años, he conseguido poner en pie: 'si hubiera usado un bisturí nuevo...'. ¡Pero no! ¡Basta ya de supersticiones absurdas! ¡Al diablo con ellas! ¡Sólo confío en Dios!

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 8:02 pm




Y Dios protegió a 'Rebaño'

____¡Eh, amigo Amor, para un momento y hazme el favor de mirar esto! –me dijo el granjero.
____¿Qué?

Me hallaba en 'Granja Hato', en Cierro Hierro, retirando la placenta a una vaca. Tenía metido el brazo en su útero. Me volví y vi que el granjero señalaba las ubres de la vaca; dos chorros blancos caían sobre el suelo de madera del establo.

____Es algo gracioso, ¿no? –añadió, sonriendo.
____No tanto –respondí-. Es una acción refleja del cerebro causada por mi mano al hurgarle dentro a la vaca. Es normal que expulsen leche cuando se les hace una limpieza después de un parto.
____Al menos, un poco extraño sí –sonrió de nuevo, y agregó-: de todas formas, más vale que acabes ya, pues no te va a gustar que descuente unos litros de leche en tu factura. Jajaja…

____________________________________________________


Viendo ese blanco inmaculado de la leche, recordé lo ocurrido en febrero del 69, el año de la nevada en Huelva. Ya era veterinario. Nunca había visto caer tanta nieve. Pasada la Navidad, empezó a bajar la temperatura, y en enero soplaba un aire fuerte. Después, traídos por el viento, aparecían los primeros copos, pequeños, pero en febrero eran grandes. Caían en una copiosa nevada que duró diez días. La nieve se precipitaba formando una espesa cortina que desvanecía por completo el paisaje familiar. A veces caía en una devastadora tormenta. En medio de todo eso, la helada convertía las carreteras en peligrosas pistas de cristal.

Por aquellos tiempos, yo trabajaba en la empresa de mi padre, en Huelva, y también en la Protectora de Animales de Huelva, junto con Pérez. Para atender las llamadas de la clientela, teníamos que andar, pues los caminos de fincas y granjas estaban bloqueados para los coches. En las tierras altas de la sierra de Huelva, habían algunas en las que no se podía llegar ni a pie y, sin duda, algunos animales morirían por falta de asistencia veterinaria.

Ya estábamos casi al final de la nevada, cuando un helicóptero de Protección Civil dejaba caer alimentos en los lugares más aislados. Un día de aquellos, PepeSuerte, que tenía un rebaño de vacas, uno de cabras, unas cien gallinas y una decena de cerdos, en la zona del límite de Jabugo, llamó por teléfono a la Protectora.

____Hola, amigo Pepe –atendí su llamada-. Cuánto tiempo sin saber de ustedes. Pensaba que los postes del teléfono se habían caído ya en esos pagos, jajajaja.
____Se salvaron. No sé cómo, pero se salvaron -la voz del joven era tan amable como de costumbre-. Pero tengo un problema –añadió, de pronto-: Pala ha tenido crías y no produce ni una gota de leche para alimentarlas, amigo Amor.
____Sí que es esa una situación desafortunada –contesté.

Pala era la única cerda en su granja, y tanto Pepe como su familia le tenían cariño.

____Eso mismo pienso yo –dijo, y añadió-: ya es bastante malo para mi negocio perder una camada de doce crías. Pero lo que más me preocupa es Rocío. No tiene consuelo posible.

Rocío era su hija. Contaba ya seis años. También yo pensé en ella. Era el único hijo de Pepe, y sentía verdadera pasión por los cerdos. Había estado convenciendo a su papá para que le regalase por su cumpleaños una cerda preñada. 'Para tener mi propio hierro desde la camada', decía. Recuerdo todavía el entusiasmo de la pequeña cuando me enseñó la cerda...


____Ésta es Pala -me dijo, señalando el animal, que movía con el hocico la paja del corral-. Es mía. Me la regaló mi papá por mi cumpleaños.
____Ya lo sabía -me incliné-. Eres una niña afortunada, a la que el significado de tu apellido no te ha abandonado. Es una preciosa cerda.
____¡Ya lo creo! -los ojos le brillaban-. La alimento yo sola todos los días. Y se deja acariciar por los niños. ¿Y sabes qué? –de pronto, su tono de voz adquiría conspiración-. Va a parir en febrero.
____¡Qué bien! No sabía que era tan pronto –y añadí-: así que vas a tener un lote de lechones de un color rosa que cuidar –separé las manos unos cuantos centímetros- como de este tamaño.

Rocío se encontraba tan feliz con la idea de 'ampliar la familia', que no sabía qué responder.



Todo eso vino a mi cabeza mientras escuchaba la voz de Pepe al teléfono desde su granja, en ese entonces zona catastrófica.

____Pepe, pienso que Pala padece de Mastitis –le dije y después le pregunté-: ¿tiene las ubres enrojecidas o inflamadas? ¿Ha dejado de comer? ¿La ves cansada?
____Nada de eso; las ubres se ven normales, come como un buey y se encuentra ágil –respondió.
____Entonces es Agalactia, que se cura inyectando a Pala Pituitrina, con idea de que le baje la leche. ¿Pero cómo le vamos a poner una inyección? Todas esas partes de la sierra están aisladas desde hace varios días.

Sería preciso emborrachar a un granjero de la provincia de Huelva para convencerle de que sus carreteras son inaccesibles debido al clima, pues es sabido que nunca se producía una meteorología así. Pero en este excepcional caso, Pepe estaba de acuerdo.

____Pensé en eso –contestó-. Ayer traté de limpiar el camino hasta mi granja, pero no bien quito la nieve se vuelve a cubrir. De todas formas, la carretera de Huelva hasta la sierra sigue cerrada en más de veinte kilómetros, así que estamos perdiendo el tiempo en algo imposible.

Pensé unos momentos. Al fin, le pregunté de nuevo:

____¿Has probado dar un biberón a cada uno de los lechones? Un huevo de gallina mezclado con un cuarto de litro de leche de vaca y una cucharada de azúcar es buen sustituto de la leche materna. Algunas crías se han salvado así.
____Ni lo miran -contestó. Si pudieran mamar aunque sólo un poco de la madre, para aprender, quizá admitan el biberón después.

Tenía toda la razón razón. No hay nada que se pueda comparar con la primera succión materna; sin ella las crías se mueren enseguida. 'Una madre es una madre', como solía decir mi amigo, doctor en Veterinaria y poeta, Poli.

Golpeé varias veces seguidas el auricular con las uñas de los dedos Seguro se me ocurría algo…

____Oye, Pepe –le dije, pasados algunos segundos, convirtiendo mi pensamiento en palabras-. Puedo llegar hasta esa parte, antes del cruce de Aracena. La carretera es viable en ese trecho. Y desde allí el camino hasta tu granja es llano. Quizás pueda deslizarme en un trineo de Protección Civil o esquiando…
____Los trineos de Protección Civil están destinados sólo para casos urgentes y para personas. No creo que los faciliten para animales, por graves que estos estén. ¿Y esquiando? No sabía que…
____Sé esquiar –le interrumpí-. He practicado algunos inviernos en Sierra Nevada, y una vez en los Pirineos. Aunque nunca recorrí un trayecto tan largo. En realidad, no sé si podría conseguirlo, pero por intentarlo…
____¿Y vas a hacer eso por mí? Te estaría eternamente agradecido Eres un buen amigo. Pero es mi hija la que más se va a alegrar.
____Eso es lo que quiero. Además, me divertiré deslizándome sobre la nieve. ¡Ya salgo, deséame suerte, hasta luego!

Cuando llegué al punto previsto, estacioné el coche junto a la alta pared de nieve. Bajé y me fui hacia el puesto de Protección Civil, que estaba en el cruce. Pero se cumplió lo que me dijo Pepe: 'no podían facilitar trineos para estos casos'. Comprendí la explicación del funcionario y me dirigí de nuevo hasta mi coche y me coloqué unos esquís que llevaba en el maletero. Debo admitir que estaba entusiasmado. Una de las ventajas de una nevada tan prolongada era que las laderas se habían transformado en pistas de esquí. En Sierra Nevada (Monachil-Granada) aprendí que deslizarse por ellas era estimulante. E incluso había leído un libro acerca de ello, por lo que había adquirido cierta práctica. Pero, en todo caso, mi ilusión por llegar a la granja de Pepe, era mayor que cualquiera otra cosa.

Todo lo que necesitaba lo llevaba conmigo: Pituitrina, jeringuillas y complementos desinfectantes. Y después que Dios, que siempre está ahí, me echase un cable para no tener ningún percance con mi nuevo e improvisado vehículo de trabajo.

En una meteorología normal, para ir hasta la granja de Pepe, desde Huelva, había que conducir dos horas vía Valverde del Camino en dirección Jabugo, en una carretera de buen pavimento, y desde allí tomar un camino hacia 'Rebaño', que así se llamaba la granja. Era un campo aislado que incluso se convertía en muy peligroso ante tamañas condiciones.

Aunque ya había viajado muchas veces por esos pagos serranos onubenses, ese día sentía como si estuviese viendo un territorio nuevo: los muros de piedra que dividían los terrenos estaban bajo la nieve, por lo que casi que no se veían los caminos, sólo una gran extensión blanca en la que se asomaban postes, aquí y allá, de la electricidad y el teléfono. Había mucho de sobrenatural en aquel paisaje. Me invadía una extraña sensación de desconfianza, pero al menos podía viajar campo a través y estaba convencido de que mi punto de destino estaba en una de aquellas vaguadas, más allá del confuso horizonte. Me concentré en mis esquíes para evitar alguna sorpresa desagradable.

Todavía no me había deslizado unos cien metros, con una técnica no muy depurada, cuando comenzó de nuevo a nevar. Un denso velo blanco cegaba mi sentido de la orientación. No podía ocultar el hecho de que estaba empezando a asustarme. Quedé inmóvil en el frío, con los ojos medio cerrados y preguntándome qué era lo que iba a pasarme. Podía seguir esquiando torpemente en soledad durante kilómetros blancos sin llegar a ningún lugar. Era aquella una situación realmente angustiosa.

Pero en ese momento, de pronto, como había empezado, dejó de nevar. Dios me echaba el cable que tan fervorosamente le pedí. Mi corazón latía con fuerza. Mientras miraba a mis alrededores, vi una parte de la mancha oscura del techo de mi auto, que a la pequeña nevada no le dio tiempo cubrir; era una foto muy reconfortante. Fui hacia ella a la velocidad de campeón olímpico. Apenas llegué a esa especie de prolongación de mi casa, arranqué el motor del coche y avancé un buen trecho en la carretera hacia Huelva, antes que mi pulso recuperase su ritmo normal. Corría a velocidad de sobrevivir. Pero, en realidad, estaba más nervioso por no haber podido llegar a mi destino que por mi propia seguridad. 

____¡Pepe! –empecé a decir, aún asustado, a través del teléfono del lugar más próximo que encontré-. ¡Lo siento, pero quedé atrapado en la última nevada y tuve que regresar!
____Me alegra saber que estás bien. En cierta manera, me sentía culpable de que decidieras venir. Ayer se perdió un joven y hoy lo halló muerto un empleado de Protección Civil. No debí permitir que hicieras el intento -quedó en silencio unos instantes. Finalmente, añadió, con anhelo-: ¡si hubiera alguna otra manera de hacer que Pala produjese leche…!

Mientras Pepe hablaba, como yo no paraba de pensar, me vino a la mente la imagen de los chorros de leche que salían de las ubres de una vaca en Granja Hato. Y tuve otro pensamiento: mientras hacía una exploración uterina a una cabra, ocurría lo mismo.

____Quizás haya una –le dije, de pronto-. ¿Alguna vez has metido la mano en una cerda? Si la has examinado por dentro, quiero decir –añadí, preguntando y explicando.
____¿En la parte sexual de su cueva oscura? ¡Ni mucho menos! Eso lo dejo para ustedes, los veterinarios.
___¡Tú lo que quieres es salvar a las crías, ¿no?! Entonces quiero que empieces ya a hacer lo que voy a explicarte. Coge un cubo y llenas medio con agua caliente. Después...
____¡Un momento, un momento, querido doctor! -me interrumpió. ¡Perdón, pero estoy completamente seguro que no quedó ningún lechón dentro!
____¡Y yo también, amigo granjero! Pero no pierdas más tiempo; lávate el brazo con jabón verde y empápalo con una solución antiséptica, de esas que normalmente tenemos en el botiquín de nuestras casas: alcohol, agua oxigenada... Ya desinfectado, mételo en el canal de parto y muévelo un poco, con breves intervalos.
____¡Jo! ¡Esto no me gusta! ¿De qué se trata?
____Eso puede hacer que baje la leche. ¡Así que, espabila ya!

Colgué, dando gracias al propietario de aquel lugar por dejarme usar su teléfono y por no querer cobrar la llamada. Me puse en camino. Tan pronto llegué a mi casa, al parecer, aquellos recientes acontecimientos abrieron mi apetito, a si que comí lo que encontré en la nevera. Pero, mientras comía, sonó el teléfono. Era Pepe, casi sin aliento, pero triunfante.

____¡Funcionó, querido amigo doctor en Veterinaria! Funcionó. Hice todo lo que me ordenaste, y luego probé con las ubres y salió leche por cada una de ellas, como magia. ¡Eres el mejor! Ni te imaginas la alegría que hay en este momento en 'Rebaño'. Rocío está como loca de contenta.
____¿Se están alimentando bien los lechones?
____Da gusto verlos.
____Bien–respondí y añadí: pero aún no hemos ganado la guerra, sólo una batalla. Es muy probable que la cerda vuelva a secarse. Por consiguiente, tendrás que repetir la misma faena hasta que se regularice. Se supone que ya eres un experto. Si sigues con esa eficacia, me vas a quitar mi empleo. Jajaja…
____¿Repetir? –un buen trozo del entusiasmo desatado se perdía en la respuesta-. Pensaba que ya había terminado. ¡Pues sí que esto de meter la mano 'ahí' es entretenido…!

De hecho, 'el aspirante a mi puesto' tuvo que hacer lo mismo dos veces más. Aunque Pala no producía leche suficiente, los lechones aguantaban hasta que las ubres se normalizaban. La camada se había salvado. Dios había protegido a 'Rebaño'.

A final de marzo habían todavía pilas de nieve, junto a los muros de las tierras altas, que contrastaban con los páramos, como el costillar de un goliat. Pero los caminos estaban limpios. Entonces fui a examinar una vaca a 'Rebaño'. Apenas acabé, Pepe y Cinta, su mujer, me llevaron a un establo. Allí estaban Rocío, y Pala y su extensa familia.

____¡A que son lindos! –me dijo Rocío.

Los lechones caminaban alrededor de su madre. Y ésta, feliz por su camada y feliz 'por tanto toque interior recibido'.

____Sí –respondí-. Tu primer intento como ganadera ha sido todo un éxito y debes agradecer a tu papá lo que ha hecho -miré hacia el exterior-. Ya parece que no va a seguir nevando. A partir de ahora, puedes disfrutar de ellos –añadí, mirándola y dándole un beso en la frente.

Pepe sonrió, a la vez que puso mala cara por el recuerdo.

____Apuesto a que todo mereció la pena. Ha sido maravilloso. Sin duda, es cosa de Dios –hizo una pausa, y añadió-: es asombroso lo que uno puede hacer a través de Él, de lo que uno no sabe hacer cuando se presenta una ocasión como esta -dijo entre sorprendido y admirado:



Maravilloso fue todo lo que ocurrió en 'Rebaño': Pepe, mi buen amigo y mejor padre de su hija, tuvo suerte por yo estar localizable y disponible cuando llamó a la Protectora de Animales de Huelva. Decidí ir esquiando a su granja, aun mi poca práctica. Sabía, al menos, ponerme unos esquíes. Dios ordenó cerrar la llave de la nevada, lo que, sin duda, me salvó la vida, además de permitir llegar hasta mi coche. Me vino a la mente, como una luz divina, un trabajo que había hecho en 'Granja Hato', que sirvió de base para después poder aplicarlo en Pala. Encontré un teléfono en aquel maremágnum y a través de él di instrucciones a Pepe, que sirvieron para solucionar el problema de Pala y sus crías. En efecto. Todo lo que ocurrió en ese día en 'Rebaño', fue maravilloso. ¿Quiénes dicen, pues, que Dios no existe?

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 8:08 pm



Candela

____¿Puede decirme cómo se siente en este instante mi querida esposa? ¿Se encuentra bien? ¿Nota alguna molestia? ¿Quiere que nos vayamos? ¿Se agobia con la oscuridad? ¿Se marea? ¿Tiene náuseas? ¿…?

Miré con ansiedad hacia mis alrededores, mientras mi mujer se movía inquieta en la pequeña butaca. Nos encontrábamos en el pueblo de Constantina, en el cine 'Robledo', y tenía la firmísima convicción de que no debíamos estar allí.

Esa tarde, apenas salíamos en coche desde San Nicolás, había expresado abiertamente mis dudas.

____De acuerdo. Ambos sabemos que es nuestro medio día libre. Pero, con la criatura a punto de nacer, ¿no crees que hubiera sido más prudente permanecer en nuestra casa? ¿Hubiese permitido la matrona Ramona hacer este viaje?
____¡Ay, Amor! Cuántas preguntas. No hables más y pon atención en la película.

Mi mujer, escéptica, se había reído ante la idea de perder nuestro único medio día libre mensual, un oasis de esparcimiento para los dos. Para mí significaba escapar del teléfono, el barro, las botas los viajes... Pero para ella era celebrar un rato de asueto. Un merecido descanso en las duras tareas diarias, además del pequeño lujo de comer en un restaurante, preparada y servida la comida por otras personas. Puro relax por un día. ¡A freír espárragos los quebraderos de cabeza que conlleva el hogar: cocinar, poner y recoger vajillas, fregar, barrer…!

____Está bien que rías –seguía insistiendo-. ¿Pero qué ocurriría si viniese ya? ¿Acaso piensas que me gustaría que nuestro segundo hijo nazca en plena calle Mesones o en el asiento del nuestro auto? l¿No crees que sería mejor que nos vayamos antes de que ocurra alguna de estas cosas?

La calma había sido una parte fundamental en mi vida. Pero en ese momento no podía permanecer quieto. Todo me excitaba. Mi mujer se reía de mi síndrome. Pero yo no le veía la gracia. Había un algo relacionado con el nacimiento de un niño que me preocupaba, y en los últimas semanas había estado dando vueltas al asunto viendo cada movimiento de mi mujer. Pero todo esto le causaba hilaridad. En los últimos días del embarazo, mi tensión había llegado a tope. Esa misma mañana, por cierto, corroboré por qué era tan tozudo mi hijo Julio. Mi mujer se mostraba inflexible:

____¡Que sepas que no voy a perder mi medio día libre!

Y allí nos encontrábamos los dos, con dos paquetes de pipas en el cine 'Robledo', y con James Bond 007 tratando en vano de llamar mi atención, mientras mi mujer se removía en la butaca, una y otra vez, y de cuando en cuando se ponía una de sus manos sobre su abultado abdomen.

Mientras le dirigía miradas furtivas pero escrutadoras con el rabillo del ojo, hacía un movimiento convulsivo y se quejaba. El sudor ya me había recorrido el cuerpo, antes de oírla decir, en voz baja:

____Amor, tienes razón; es mejor que nos vayamos ya.

Tropezando en aquella oscuridad con las piernas de los restantes espectadores, la llevé hasta el pasillo inclinado. Pasamos junto al acomodador y llegamos desde la calle hasta nuestro auto. Los casi veinte kilómetros que separan Constantina de San Nicolás parecían eternos y los baches de la carretera me hacían desear un avión. Mi mujer se me arrimaba, como pidiendo ayuda, cerrando los ojos y manteniendo la respiración, mientras mi corazón trataba de salirse por las costillas. Cuando, por fin, llegamos a San Nicolás, conduje rápido hacia 'la casita blanca', junto al matadero.

____¿Adónde se supone que vamos? –me preguntó, a la vez que me miró sorprendida.
____A ver a Ramona –respondí.
____No seas bobo. Todavía no es el momento para eso.
____¿Cómo lo sabes?
____Ya he tenido un niño antes, ¿recuerdas? –respondió y añadió: anda, da la vuelta y vámonos para casa.

Con las dudas pesando sobre mi cabeza, giré hacia nuestra casa. Mientras subíamos las escaleras, me sorprendía la serenidad de mi mujer. Era evidente que se encontraba fatigada, pero aceptaba con entereza lo inevitable. 'Es una gran mujer; cada día doy gracias a Dios por haber podido asistir a la Facultad de Veterinaria de Sevilla donde la conocí', pensé.

Ya en nuestro dormitorio y en nuestra cama, me sumí en eso que llaman como un sueño ligero, porque eran las siete de la mañana cuando mi mujer me rozó levemente el hombro y eso fue suficiente para sobresaltarme. Se incorporó, a duras penas.

____Ahora sí que es ya la hora de irnos a la 'casita blanca' –me dijo, con cara pálida y cuerpo encorvado, pero con voz serena.

Salté cual resorte de la cama y me vestí apresuradamente. Medio grité en mitad de las escaleras:

____Ya nos vamos, tía Manuela.
____Que todo vaya bien. Y no preocuparos por Julio, yo me ocupo de él –se pudo oír su voz, tan alterada como la mía.

Era una preciosa mañana de abril, y la frescura de un nuevo día calmaría la irritación de algún madrugador. Pero yo no veía nada de eso mientras conducía hacia la 'casita blanca', en cuya planta superior habían dos habitaciones que durante años habrían visto nacer a muchos niños del pueblo. En la planta baja, se hallaba la cocina y una salita de espera, donde se podían ver colillas en el suelo, aun dos ceniceros sobre una mesa de centro.

Llamé a una de las puertas de la planta superior y Ramona abrió y se llevó consigo a mi mujer. Cuando bajé a la sala de espera, una voz desde la cocina me sobresaltó. Y sobresalto me causaba todo, porque me encontraba sobresaltado.

____Parece que vamos a tener un hermoso día, amigo Amor.

Era Ángel, el marido de Ramona. Estaba desayunándose. Su cara mostraba una agradable sonrisa . Supongo que esperaba que me dijese: 'tranquilo, muchacho', o algo así. Pero seguía despachando flemáticamente su café y su tostada Comprendí entonces que ya habría visto a padres nerviosos en aquella casa. Para Ángel, esas situaciones eran muy corrientes.

____Eso parece, Ángel –respondí. De pronto, me encogí al oír un chillido agudo, proveniente de la planta superior. '¿Qué estará pasando ahí arriba? ¿Mi mujer? ¿Ya…?', pensé.

Ángel me miraba mientras masticaba un trozo de su tostada. Me percaté que parecía darse cuenta de que era uno de los maridos más atribulados que había visto, porque, sin abandonar la sonrisa, me dijo:

____No te preocupes. Tu esposa está en buenas manos.

Pero seguía nervioso, y por eso decidí salir a la calle a caminar un poco. En ese entonces no era costumbre que un padre estuviese presente en el nacimiento de su hijo. Pero ahora sí está de moda. Y aplaudo el coraje, porque pienso que a un doctor con partos diarios aunque en animales domésticos, como el doctor Amor, lo hubieran sacado inconsciente de tales procedimientos vanguardistas.

Mis pasos me llevaron al Consultorio. Cuando mi socio Pérez llegó, fue muy considerado conmigo. Me dijo:

____Creo que será mejor que regreses a 'la casita blanca'. Yo haré todas las visitas que pueda acompañado de algún estudiante de la Granja Escuela. Tómatelo con calma, Amor. Pío y Ramona saben bien lo que hacen.

Me resultaba difícil tomármelo con calma. Recordé que los futuros padres hacían un surco en el suelo, de ese tanto ir y venir. Pero yo traté de cambiar las normas leyendo el periódico al revés.

Eran las diez de la mañana cuando la tan esperada llamada de Pío, el médico del pueblo, llegó, que en estos casos hablaba en forma jubilosa, casi estridente. Pero, esa mañana, su voz me sonó como la melodía más suave:

____¡Una preciosa hermanita para Julio, querido Amor! ¡La futura veterinaria de la comarca, acaba de nacer!
____Gracias, querido Pío –respondí, y, feliz, mantuve el auricular sobre el pecho durante unos segundos antes de ponerlo de nuevo en su sitio.

Después, sin apenas darme cuenta, empecé a andar de un lado a otro. Pero acabé por sentarme en el sofá de nuestra sala de espera y así permitir a mis nervios que descansasen.

No obstante, poco duró el descanso, porque siguiendo un impulso me levanté. Por lo general, era una persona prudente. Pero ese día tenía que irme a 'la casita blanca. Sabía que un padre no era bien recibido inmediatamente después del parto. Cuando nació Julio, en 'Agromán' (así le llamaban los onubenses a su hospital), me dirigí enseguida al cuarto, pero me negaron la entrada. Me las ingenié para zafarme de la vigilancia y me colé. En este caso, apenas entré en 'la casita blanca' y subí hasta la parte de arriba, Ramona fue la primera que me vio. La expresión en su cara era feroz:

____¡Y has vuelto a hacerlo! ¡Como con Julio, que cuando nació, y tú mismo me lo contaste, no te dejaron pasar hasta darles tiempo de asearle! ¡Y esta norma es la misma en todos los sitios! ¡Pero tú no quieres respetarla! –su tono de voz era recriminatorio.

Dejé caer la cabeza, en un gesto de sumisión.

____Si en este momento no es oportuno, lo dejo para más tarde –le dije, levantando de nuevo la cabeza.
____¡Amor, Amor, qué ya nos conocemos! Anda, puedes entrar.

Mi mujer tenía igual mirada de cansancio que recordaba de la otra vez. La besé con agradecimiento. No le hablé. Sólo eché un vistazo a una cuna junto a la cama. Cuando nació Julio, me asustó tanto su aspecto que irritado se lo hice saber a la obesa matrona de Huelva, preguntándole que si el bebé se encontraba bien. Y esta vez pasó lo mismo. La cara de mi hija se hallaba enrojecida e hinchada. Me impresionó como la vez anterior. Recordé que la matrona onubense era una mujer gruñona y autoritaria, lo que me hace pensar que a esas personas les agria el carácter su profesión o padres como yo.

Ramona se presentó poco después, con el ceño fruncido y brazos en jarra, postura que me indicaba que sólo estaba esperando que dijera lo más mínimo inadecuado para reñirme de nuevo. En vista de lo cual, tomé mis precauciones.

____Preciosa niña –dije, con voz débil.
____Sí que lo es. Pero si ya las has visto, lárgate -me siguió hasta la puerta. Ya en ella, me lanzó una mirada fuerte y me habló, como si estuviera hablándole a uno con inteligencia limitada-: ¡ése… es…. Un…. Be….bé sa….no.... –y, no bien terminó de decir eso, cerró la puerta contra mis narices. 

Y bendita ella. Porque, mientras me alejaba en mi coche, pensaba que estaba en lo cierto. El ímpetu, la vehemencia y el sentimiento, también deben guardar las composturas

Cuando volví al consultorio, sólo quedaba una visita por hacer. Las otras, nada menos que tres, ya habían sido atendidas por Pérez. Y una de ellas era la de un parto de una yegua. Se hizo acompañar de Sonia, la nueva voluntaria. La visita pendiente era en las colinas de Cerro Hierro, y el recorrido hasta el lugar era como un sueño. Mi preocupación había terminado ya, y parecía que toda la naturaleza sonreía conmigo. Era un 23 de abril, anticipado preludio del verano más bello que pueda recordar. El sol brillaba, y la suave brisa, que se colaba en el coche, traía la fragancia de los fértiles campos. Un fresco aroma de campanillas, narcisos y violetas, iba creciendo y se esparcía, aquí y allá, en la verde campiña.

Luego de atender la visita, comencé a caminar siguiendo uno de mis ocios favoritos. Balú2 iba pegado a mis talones. Iba mirando los ondulados parches de los llanos, adormilados por la soleada tarde, y los tiernos helechos que crecían en las laderas brotaban erguidos y verdes entre las varas marrones del año anterior. Por todos lados se veía vida, dando un mensaje de paz y alegría, muy apropiado para mí por el nacimiento de un nuevo hijo.

A nuestra recién nacida decidimos ponerle de nombre Candela, como el fuego, como llamaban a su madre en la Facultad. Era un bonito nombre, pero la corruptela familiar y general lo dejó en Can. Y aunque traté en vano el hacer prevalecer el suyo original de pila, permanece hasta hoy. Pero no me importaba demasiado. Lo que deseaba era la felicidad de mi hija. Y se han cumplido mis deseos: Candela es feliz. Se lo merece, porque es una luchadora nata, una ganadora.

Me hubiese gustado seguir bajo el sol, echado en los suaves lechos de los verdes, pero tenía otras cosas más perentorias que hacer, y por eso regresé al consultorio y empecé a telefonear a los amigos para anunciarles la buena nueva. Todos ellos recibieron con agrado la noticia, pero fue Toni, que había venido desde Alanís para darnos la enhorabuena, el que me dijo qué correspondía hacerse. Toni era amigo de sus amigos:

____Amor, tenemos que 'bautizar' al bebé –hizo con una mano un gesto de levantar una jarra de cerveza-. Acabamos de llegar y nos quedaremos el tiempo que sea. Pero ahora, Laura y yo nos vamos a Cazalla y a las siete estaremos aquí de nuevo -añadió.

Y así fue. A las siete éramos cinco amigos los que nos hallábamos en Real 19: Fredy, Pérez, Toni, Javi y yo. Javi era un compañero de batalla. Habíamos ido al mismo colegio. Más tarde estudiamos la carrera de Agrónomo y luego la de Veterinaria. Era aficionado a la Literatura, como yo, pero él se especializó en libros sobre animales domésticos. Y me era agradable tenerlo conmigo esa noche.

Toni estaba nervioso pensando en el lugar de la celebración. Sus dedos tamborileaban sobre el brazo del sillón, en que se hallaba sentado. Su expresión era de duda…

____A ver -dijo, al fin-. Normalmente, iríamos a 'La Chuleta', pero hoy es sábado y ya se sabe la que se forma allí con la peluquería ambulante de Tomás. Pero podríamos ir al bar 'Dos Hermanos', a tomar unas jarras y unas raciones de jamón y otras de carne en salsa. La Cruzcampo de barril que allí sirven es deliciosa, y si es 'tirada' con los grados justos, por cualquiera de los hermanos, la hace todavía más deliciosa. Así que…
____Un momento -lo interrumpí-: esta mañana mientras esperaba en 'la casita blanca', Ángel, el marido de Ramona, me preguntó que si podía tomar una copa con nosotros, a lo que por supuesto accedí, y ya que mi pequeña ha nacido en su casa, ¿no crees que sería un detalle de nuestra parte hacer la celebración en la taberna que él acostumbra ir?
____Por mí no hay inconveniente. ¿Y qué taberna es? –respondió, y me preguntó seguidamente, entonando los ojos. 
____'La Chuleta' -respondí
____Bueno… -me miró, a la vez que se rascó la cabeza-. No tengo nada en contra de 'La Chuleta', sólo que la cerveza no la saben 'tirar' como en el 'Dos Hermanos', y pierde grados y sabor. En 'La Chuleta', por los barullos que se producen, no tienen presente este pequeño gran detalle. Y es importante. Porque sobre eso de la peluquería de Tomás, no nos importaría. Nosotros iríamos a lo nuestro.
____¡Dios, Toni! –terció Pérez, sonriendo-. Estamos hablando de simples cervezas para celebrar con Amor el nacimiento de su hija. Pareces un químico analizando sustancias. Jajaja. Pienso que 'La Chuleta' es un sitio apropiado. Además, para intimidad, disponen de un salón privado –concluyó. 

Y era verdad. Ese salón privado era íntimo. Cuando lo ocupamos, pensé que habíamos elegido el lugar ideal. El ya oscurecido sol de la tarde, había dejado sus rayos de luz sobre las mesas y las sillas, a través del amplio ventanal. Muy próximos a nosotros, se hallaban sentados, bebiendo y hablando, dos granjeros. No tenía nada de especial ese bar, pero su mobiliario, que era el mismo del día de su inauguración, daba un aire de familia. Seguro que en San Nicolás no había un lugar tan apropiado para la ocasión.

Fuimos atendidos inmediatamente. El amable dueño me felicitó y dio la mano a los demás. Después llenó la jarra de cada uno con otra jarra de mayor tamaño, repleta a tope de rubia Cruzcampo. Al menos, en lo que a marca de cerveza, Toni había acertado. Pérez, de pronto, alzó su jarra y miró a la concurrencia.

____Permítanme que sea yo el primero en desear a Can larga vida y felicidad. Hoy es un día feliz para todos lo que queremos a Amor y a su familia.
____Gracias, colega. Como padre que ya eres, sabes bien la alegría que se experimenta en estos casos.
____¡Salud! -aclamaron todos, y entonces me sentí entre amigos.

Empezamos a conversar sobre diversos asuntos. Luego de beberse el contenido de su jarra, Pérez se puso en pie y me dio un abrazo. Me dijo:

____Yo me tengo que marchar. He estado un rato. Pero, ya sabes… Que lo pases bien. Y también todos ustedes –de nuevo miró a la concurrencia.

No quise retenerle. comprendí perfectamente bien su mensaje. Y tenía razón. Éramos los únicos veterinarios del pueblo y uno de los dos debía estar presente en nuestro consultorio. Además, esa tarde era mía, ¡qué caramba!

Fue aquel uno de esos días inolvidables en que todo era perfecto. Javi y yo hablamos de nuestra infancia en Sevilla. Fredy y Toni, se enfrascaron en sus años de juventud. Después, Toni y Laura, que se agregó al grupo más tarde, comentaban sus cosas. Pero sobre todos nosotros, como una gran luna amable, pendía el sentido del humor de Ángel.

A la hora en que el dueño del bar anunció que según ley era el momento de cerrar, nos hizo trasladar a un pequeño cuarto que había en los altos del local. Y hacía eso para evitar alguna súbita inspección de la Benemérita, con multa incluida. Pero él actuaba así con muy contadas personas. Ya instalados en nuestro nuevo y acogedor cuarto, todos juntos disfrutamos de la mutua compañía hasta más allá de la medianoche. Sobre las dos de la madrugada, sin duda arropado por los acontecimientos, y ya sin ansiedad, fui caminando a mi casa, lleno de amor hacia toda la humanidad.

Ya en mi casa, subí la escalera hacia nuestro 'gran' dormitorio. La cama resultaba extrañamente vacía sin mi mujer. Pero pensé que pronto estaría a mi lado. Después abrí la puerta de la pomposa y ancha habitación que habría servido como vestidor en la Edad de Oro de la vieja casona. En ella habrían dormido personajes ínclitos, muchísimo tiempo antes de comprar nosotros la casa. Pero ahora era el cuarto de Julio, y su cama estaba en el mismo lugar en que con anterioridad habría otra pomposa, seguro de la Era Medieval. Pero en ese momento no se me ocurrió pensar si ello era como un presagio de grandeza en el destino de mi hijo.

Miré a Julio, dormido. Luego paseé los ojos sobre el otro lado del cuarto, donde una cuna, de la que colgaba con un peculiar toque femenino una colcha de color rosa, esperaba una inquilina.

'Ya mismo tendré dos hijos aquí', pensé. Y me sentí feliz. Con un último vistazo al cuarto de tía Manuela, acabó la inspección. Ya en mi cama pensé de nuevo y ahora con un deseo fervoroso y con esa forma de pensar que sólo es privilegio en personas afortunadas:


Dios se ha excedido para bien conmigo: me ha dado una buena esposa y dos hijos maravillosos, tengo salud y un puñado de amigos entrañables, gano lo suficiente para llevar a mi familia adelante. Sólo falta algo para ser totalmente feliz, y es que Dios proteja a todas esas criaturas desamparadas'. Y, sin siquiera darme cuenta, me quedé dormido con el brazo derecho extendido, como buscando a mi mujer

achl

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 8:14 pm



El Granjero por antonomasia

____Hice un gesto de dolor cuando vi que el granjero era lanzado contra el establo. Pero él, de muy avanzada edad para esta clase de trabajos, no parecía encontrarse en problemas. Volvió a coger el rabo de la vaca y se sujetó, anticipándose a cualquier otra clase de acciones posteriores.

Me encontraba en 'Granja Granjero', en Cerro Hierro, tratando de aplicar a una vaca un tratamiento para combatir la esterilidad. Pero una parte fundamental de mi trabajo consistía en la inserción de un catéter, a través del cuello uterino. Y esto parecía no gustar a la vaca. Cada vez que intentaba introducírselo, se sacudía arrojando al granjero y propietario de aquella granja, López, contra los palos entrelazados

Pero, después de varios intentos, sentí que en uno de ellos íbamos ganando. El catéter penetró con suavidad. Si la vaca permanecía quieta, tan sólo unos segundos, el trabajo había terminado.

____¡Vengaaa, vaca, vaquita, aguanta un poco más! –grité al aire, mientras bombeaba Yodo de Lugol a través del catéter.

Pero no bien sintió el líquido, la vaca empujó, y el pobre granjero se quedó prensado entre los palos del establo. Retiré enseguida el catéter y di unos pasos hacia atrás, pensando que la vaca no había colaborado mucho.

Pero López no parecía compartir mi opinión. Se fue hacia la parte delantera del establo y abrazó el cuello de su joven ternera.

____¡Buena chica! –le dijo.

Así era él. Sentía un enorme cariño por todos y cada uno de sus animales y, según pude comprobar, recibía el mismo sentimiento por parte de ellos.

López separó su brazo del cuello de la vaca y comenzó a sonreír. Como hacía siempre. Este hombre no era de ese tono rubicundo de algunos otros granjeros: su pelo era blanco y su cara estaba rugosa que le hacían aparentar más de los sesenta y cuatro años que en realidad tenía. Su estatura era baja y su sonrisa era radiante Un pequeño gran hombre y además un excelente granjero. 'El granjero por antonomasia'.

____Tengo otro trabajo para ti, Amor. Y es uno de esos que sé que te gustan –hizo una pausa y sonrió-. Siempre te escuché decir que te gusta más tu actividad con la intervención directa en las granjas que en los despachos. Pues bien, mis ovejas pequeñas son las que quiero que examines. Nunca antes había visto nada igual.

Caminamos a través del patio achinado de la granja, con Rip, su diligente perro pastor, retozando alrededor de su amo. Era extraño; los perros de granja suelen ser escurridizos, independientes, pero Rip se comportaba como una mascota. El granjero se agachó y lo acarició.

____¡Hola, compañero! ¿También tú vienes con nosotros?

Me llevó hasta una nave junto a un cobertizo, separado por seis establos numerados, donde había una decena de ovejas con sus corderos. A López le gustaba clasificar a todos sus animales.

Casi todos aquellos corderos se tambaleaban en su parte trasera al caminar, y dos de ellos, solamente daban unos pasos torpes antes de caer. López me miró.

____¿Qué te parece? –sonrió de nuevo.
____Esos dos padecen Lordosis –respondí, y añadí-: y es causada por una deficiencia de cobre, que da como un único resultado una degeneración progresiva en el cerebro. La falta de este mineral les provoca debilidad en los cuartos traseros, y en algunos casos los paraliza del todo o sufren ataques crónicos. Debes controlar tus ovejas, en cuanto al cobre se refiere.
____Es extraño… -dudaba-. Mis ovejas han lamido cobre durante toda la preñez. Yo mismo me he ocupado de eso. No, no acierto a comprender…
____No lo dudo. Pero no habrá sido el suficiente -y agregué-: si los casos aumentan, habrá que inyectarle cobre a mitad de la preñez para prevenir. Eso se hace a menudo en animales incontrolados, que por supuesto no es éste el caso.
____Bueno… -suspiro-. Ahora que sabemos lo que es, supongo que estás en posibilidades de curarlos. Además, es importante hacerlo antes de que se presente una epidemia
____Lo siento, López Los que sólo se tambalean tienen posibilidad, pero no tanta los otros -señalé a los que yacían echados-. Esos dos tienen parálisis parcial, y pienso que lo más humanitario sería…
–le miré.

La sonrisa abandonó los labios de López. Siempre le ocurría igual ante la amenaza de poner 'a dormir' a uno de sus animales. Pero era un deber básico en un veterinario advertir a su cliente de que un tratamiento no era rentable. Y había que tener muy en cuenta los intereses comerciales. Pero esta regla no funcionaba con López. Tenía animales en su granja que no producían ningún beneficio, por contra perjuicios, pero eran sus amigos y se sentía feliz con sólo mirarlos. Acarició con la mano en el tobillo de uno de los corderos enfermos, a la vez que miraba al otro.

____¿Están sufriendo? –me preguntó, súbitamente.
____No, no creo que esta sea una enfermedad dolorosa.
____Pues entonces los mantendré y yo me entregaré más a ellos –y añadió-: y si no pueden mamar de su madre, de alguna manera los alimentaré. De siempre me ha gustado dar una oportunidad a mis animales.

Al ir avanzando el verano me alegró ver con satisfacción que su dedicación había dado sus frutos. Los corderos semi paralizados sobrevivían y se desarrollaban bien. Todavía seguían cayéndose después de dar unos pasos, pero podían morder y tragar pasto, y por suerte no había aumentado la degeneración cerebral.

Era ya octubre. Los árboles resplandecían de color cuando López me llamó, voz en grito, cuando pasaba frente a su granja.

____¡Amor, ¿puedes examinar a Rip?! -su voz era angustiada.
____¿Está enfermo, quizá? –le pregunté, no bien llegué junto a él.
____Sólo cojea. Pero no puedo curarlo.

El noble perro pastor se encontraba, como siempre, pegado a su amo. Observé que no apoyaba la pata derecha.

____¿Qué le ha pasado? –le pregunté, de nuevo
____Corría alrededor de las vacas cuando una de ellas tiró una coz y fue a dar en su pecho. Y desde entonces cojea. Lo curioso es que luego de examinarlo no vi nada malo. Es extraño…

Movía el rabo mientras lo examinaba. No había herida en patas, ni daño aparente, pero dio un respingo apenas pasé la mano sobre la primera costilla. El diagnóstico era sencillo.

____Tiene parálisis radial.
____¿Parálisis qué?
____El nervio radial cruza sobre la primera costilla, y la coz debe haber dañado esa costilla, lo que inutilizó los nervios extensores. Y es por eso que no puede mover una de las patas.
____Otra cosa extraña -López pasó la mano sobre la cabeza de su perro-. ¿Se recuperará? –me preguntó, de pronto.
____En un proceso un poco largo. El tejido nervioso se regenera con lentitud, y los tratamientos no ayudan gran cosa.
____Bueno... A esperar toca -se agachó hacia su perro-. Una cosa más -una sonrisa apareció en su cara-, cojo o no, aún puede correr entre las vacas. Moriría de tristeza si no pudiese hacer su trabajo. Le gusta trabajar. '¿Verdad, Rip?'.

Camino del coche con paso lento, acompañado de López, traté de pensar en algo alentador, con la intención de levantar mi ánimo y así poder animar a López, aunque él se animaba solo.

____Pero no te preocupes mucho –le dije y continué-: estos casos se curan con el tiempo y sobre todo con cariño, y el tuyo para con tus animales… 

Pero Rip no se recuperó. Luego de tres meses, la pata seguía igual, y los músculos se habían atrofiados. Los nervios estaban dañados irreparablemente. Resultaba triste pensar que aquel hermoso perro quedaría con tres patas para el resto de sus días.

Pero como López era muy optimista, insistía en que su perro seguía siendo trabajador. Y Rip parecía escuchar lo que su amo decía pues delante de mí nunca lo vi descansar.

El verdadero contratiempo apareció un domingo a media mañana. Pérez y yo estábamos en el consultorio acabando de programar los turnos de guardia de la siguiente semana. En ese momento, sonó el timbre de la puerta, abrí y vimos a López, preocupado, cansado, y con su perro sobre los brazos.

____¿Se ha puesto peor? –le pregunté.
____No, Amor. Hola, Pérez –nos saludó, en tono de voz ahogado-. Es algo diferente. Lo atropellaron –agregó.

Entre mi socio y yo cogimos a Rip y lo llevamos enseguida hasta el cuarto de curas.

____Fractura de tibia -afirmó Pérez, compungido-. Pero sin embargo no veo señal de daño interno. ¿Puedes explicarnos qué fue lo que pasó? –le preguntó Pérez. López asintió, y respondió:

____Estábamos en mi casa del pueblo. Y Rip corrió hacia la calle; lo arrolló un tractor y lo desplazó unos seis metros. Luego se arrastró como pudo hasta el patio de la casa.
____¿Se arrastró? –le preguntó Pérez, confundido.
____Es que la pata rota está del mismo lado de la inútil.
____Ah, la parálisis -soltó un silbido-. Amor me comentó ese caso -me miró y vi que pensábamos lo mismo: 'fractura y parálisis en un mismo lado, era una combinación desafortunada'.

Hicimos lo único posible en esos casos: inmovilizar con escayola la pata. Al despedirse López, mostró su sonrisa habitual.

____Iré con mi esposa a la iglesia y rezaremos. Estoy seguro que Dios ayudará a Rip –nos dijo.
Cuando López salió del consultorio con su perro, Pérez me dijo:

____Espero funcione lo que le hicimos a Rip. López es un hombre extraordinario. Dice que rezará por su perro, y no creo que haya nadie mejor cualificado para eso. ¿Recuerdas la frase, no sé de quién, 'reza más quien ama las cosas grandes y pequeñas?'.

____Sí –respondí, mirándole-. Así es López, una excelente persona, amante de los animales. Todos los granjeros les profesan afecto y admiración. Pero él se lo ha ganado a pulso.

Yo sabía que mi socio sabía que ese pensamiento era mío. En su 'recuerdas' observé algo extraño, como de no querer reconocerlo, como de atribuírselo. Me vino a la cabeza la visita que hicimos Poli y yo, que pudimos resolver un difícil parto de una vaca del señor Rojo. Una vez que acabamos, ya distendidos, a Poli le dio por jugar a los pensamientos. Y dijo uno: 'contra más dificultad para nacer, mayor apego por la vida existe'. Él sabía que era mío, pero echó mano de la sensibilidad, a la vez que adivinó el anonimato. Y lo hizo sin aspavientos, quizá por su juventud o quizá por su nobleza. Pero Pérez tenía una edad y un saber disímiles. Pero esto no tenía importancia. Sólo era una anécdota a colación de la actitud hacia mí de mi socio. Pero ahí queda el dato…

Seis semanas después, López trajo a Rip al consultorio para que le quitásemos el yeso. Lo corté con la sierra, y luego examiné la pata; se me hundió el ánimo: el hueso no había soldado. Debía de haber callosidad en el hueso, y lo que vi era las puntas rozando una con la otra, como una bisagra. Pérez estaba en el jardín. Lo llamé para que echase un vistazo.

____Qué contrariedad -miró a López, después de examinar la pata, y le dijo-: amigo López, tenemos que intentarlo de nuevo, pero no me gusta el aspecto que esto presenta.

Le aplicamos una nueva inmovilización a la pata. López, confiado y optimista, sonrió.

____Apuesto a que sólo necesita más tiempo. Estoy seguro de que la próxima vez estará bien.

Empero su apuesta, no fue así. Retiramos la segunda escayola y la pata no había cambiado. Había poco tejido nuevo alrededor de la fractura.

____Amigo López, esto sigue igual –le informé.
____¿Quieres decir que no ha soldado? –me preguntó.
____Así es. Por extraño que pueda parecer, no ha soldado.
Se rascó la cabeza, como pensando. Al fin, dijo:

____¿Entonces no va a soportar ningún peso en esa pata?
____No veo cómo…
____Bueno… Ya veremos...
____Pero, López –terció Pérez-. Dos patas inútiles del mismo lado… No podrá caminar. No veo la forma…

Pudimos observar su ya conocida expresión. Sabía lo que estaba pensando. Pero no lo iba a aceptar. Y también sabía cuál iba a ser su siguiente pregunta. La misma de siempre, la que tenía grabada en su corazón:

____¿Está sufriendo?
____Las fracturas no duelen y esa parálisis no causa ningún dolor
–respondió enseguida Pérez, quien añadió-: pero Rip se va dando cuenta de que no puede caminar.

López ya había abrazado a su perro, y el perro le correspondía moviendo el rabo y lamiéndole la cara.

____De todas formas, le daré una oportunidad –contestó.

Cuando López salió con su perro en los brazos, Pérez me miró.

____¿Qué haces frente a esto? –me preguntó.
____Igual que tú –respondí-. López siempre da oportunidades a sus animales, pero en este caso no hay esperanza.

No obstante 'mi sentencia', yo estaba errado. Tres meses después, López me telefoneó. Decía que fuese a su granja a examinar una ternera. Cuando llegué, lo primero que vi fue a Rip guiando a las vacas al establo. No soportaba peso en su lado derecho, pero lo iba aguantando con el izquierdo, arrastrando levemente la planta de la pata. López nunca nos dijo algo así como: '¡te lo dije…!', pero si lo hubiese dicho, no me hubiese importado, porque yo estaba absorto observando al perro haciendo su trabajo. 'Es verdad que no puede quedarse quieto', pensé. Era muy evidente que le gustaba trabajar, pero con tesón, inteligencia y valentía.

____Amor, esta ternera… –dijo, yendo al tema principal de la visita-. No había visto nada igual. Da vueltas y vueltas, como una loca. 

Me sentí abatido. Esa vez esperaba hallar algo normal. Mis últimos contactos con sus animales podían describirse como de fallidos y de pronósticos erróneos. Y ya iba siendo hora de que resolviese un caso. Pero éste, tampoco parecía fácil.

Se trataba de una ternera huesuda, de un mes de vida. El pelaje era negro y blanco, el cruce de color preferido por los granjeros para el ganado ibérico. Estaba echada en un lecho de paja, sin que mostrase anormalidad, excepto en la cabeza, levemente inclinada. López la golpeó, con su habitual delicadeza, en los cuartos traseros y la ternera se puso en pie. Y ahí empezó la anormalidad. Se giró enseguida hacia su lado derecho, como atraída por un imán, hasta topar contra el establo; cayó, pero se levantó pronto, para después reiniciar su avance, siempre hacia la derecha. Pero apenas dio un paso, de nuevo cayó.

____Así que era esto, ¿eh? -susurré-. Le tomé la tensión: un poco alterada. Le puse el termómetro: cuarenta grados. 
____La enfermedad que padece esta ternera se llama Listeriosis. Pero se la conoce como 'Enfermedad de la marcha en círculo', y tú estás viendo por qué. Afecta al cerebro.
____De nuevo el cerebro, como con las ovejas –parecía confundido.
Hizo una pausa, y agregó-: debe haber algo en el aire de este lugar -se agachó sobre su vaca y la acarició. Luego, mirándome, añadió-: y supongo que no hay nada que pueda hacerse. Pero yo seguiré luchando por todos y cada uno de mis ani…

____Creo que puedo hacer algo –lo interrumpí-. Esto es diferente a lo de las ovejas. Se trata de un minúsculo microbio que afecta al cerebro. Con un poco de suerte, podemos curarla.

Sentía furia. En los meses anteriores a la Guerra Civil, estos casos eran mortales, porque los microbios que causaban la enfermedad anulaban los antibióticos, pero en esa época habían cambiado las cosas. Había visto algún cabrón, aquejado de esta enfermedad, recuperarse en pocos días. Pero lo que estaba pensando no se lo iba a decir a López, hasta no estar seguro de cómo actuar. Para casos así, mi experiencia se alimentaba de la prudencia.

Le inyecté a la ternera Penicilina y Estreptomicina. Esto último era un hallazgo reciente en nuestra profesión.

____Volveré mañana. Para entonces, espero hallar alguna mejoría –le dije a López, y enseguida me fui hacia mi coche. 

Después de examinarla al otro día, la temperatura había bajado, pero los síntomas no habían disminuido. Repetí la inyección y dije a López que volvería al día siguiente.

Y volví. Y el otro. Y el otro… Nada. La temperatura era normal y el apetito excelente, pero seguía caminando en círculo.

____Amor, ¿crees que este tratamiento está funcionando? –me preguntó, pasados diez días y con gesto de duda, el protector de animales domésticos mejor que había conocido.

Me entraron ganas de gritar. '¿Habría en realidad algo en el lugar?', pensé, incrédulo. Mis creencias no me permitían hacer conjeturas de este tipo. Entonces, miré a López y le dije;

____No estamos llegando a nada, amigo López. Los antibióticos han salvado la vida a tu ternera, pero debe haber algún daño cerebral, y es por eso que no experimenta avance de recuperación.

Era difícil hacer alguna actuación en un animal de este hombre, sin antes no hablar con él. Y aunque me dije no decirle nada hasta no estar convencido de lo que iba a hacer, sus insistentes preguntas lo hacían imposible. Traté de contemporizar. Algo que no iba con mi línea, pues siempre había sido concreto en todos mis cometidos.

____Es buena ternera, parida por mi mejor vaca –parecía no oír mi comentario, pero sí adivinar mis pensamientos. Y siguió hablando-: y va a ser buena lechera. Amor, mira su color; le pusimos Zarza de nombre. ¿No es una vaca guapa? No puede morir por esto, no sería justo. Me ocuparé en especial de ella. Con otros de mis animales lo he conseguido.
____Sí, López, pero… -respondí, intentado bajarle de tan ilusa idea. 'Aunque quién mejor que el padre de la criatura', pensé.

López, para con sus animales, conseguía lo que se proponía.

____Gracias, Amor –me dio una palmada en el hombro, y luego me acompañó hasta el coche. Ya allí, añadió-: sé que has hecho todo lo posible –era claro que no quería seguir hablando del asunto. Pero, por su forma de expresarse, muy conocida ya por mí, una vez más había decidido dar una oportunidad a su ternera.

Resultó al final que la fe de López era recompensada de nuevo y que mi pronóstico, una vez más, había sido fallido. Pero con Zarza no podía culparme, porque las secuencias de los acontecimientos que sucedieron a su recuperación, no aparecían en ningún tratado veterinario.

En dos años siguientes, los síntomas de la enfermedad de Zarza iban disminuyendo. Pero la mejoría era tan lenta que casi no se notaba. Cada vez que iba a 'Granja Granjero' examinaba la vaca y, para mi asombro, estaba mejor. 'Parece que se está diluyendo ese algo en el aire de este lugar', pensé entonces.

Durante tres semanas después, seguía caminando en círculo, lo que más tarde se convertía en un ligero tambaleo hacia la derecha, que a su vez se reducía a una leve inclinación de cabeza hacia ese lado, hasta que un día desapareció y la vaca se normalizó, casi del todo. Para mí, era un deleite verla. 'Por fin, pensé en esa ocasión, 'se ha diluido totalmente ese algo en el aire de este lugar'.

____¡López, qué maravilla! Habría apostado que éste era un caso sin remedio. ¡Y mírala! ¡Casi normal!
____Estoy contento por ella, Amor –sonrió, y añadió-: antes de que todo esto termine, se va a convertir en la mejor vaca de la región. Pero.... –señaló con el dedo y amplió la sonrisa- no es perfecta. Le quedó un pequeño detalle -se inclinó hacia mí y me dijo al oído-: mírale su cara. 

La miré fijamente, extrañado.

____No veo nada especi… ¡¿Queeé?!
____¡Ya lo viste, jajajaja! –su sonrisa se transformó en risa.
____¡Es asombroso!

Por unos instantes, la expresión plácida de la vaca se contraía en un ligero guiño de ojos y la testa hacia la derecha. Había algo de humano en ese gesto. Una mirada seductora que recordaba a las de las vampiresas de un cabaré. López no dejaba de reír.

____ ¿A que nunca habías visto algo así? –me preguntó, a la vez que se contenía la risa.
____No. ¿Hace esto con frecuencia? –respondí, y pregunté.
____De vez en cuando. Y supongo que desaparecerá con el tiempo, como todo lo demás. Pero, para esto, no le daré una oportunidad. Me gusta lo que hace. Jajaja.
____¡Haces bien! –respondí, si dejar de mirar a Zarza.
____Me gusta que hayamos perseverado tanto -el 'hayamos' era todo un detalle de su parte – y añadió-: acabo de aparearla y parirá a tiempo para presentarla en la VIII Exposición Ganadera y Agrícola de Constantina, que se celebra dentro de cuatro meses.
____Será interesante verla allí -concluí, nos despedimos, y me fui hacia mi coche.

Y efectivamente. Fue interesante. Zarza se había convertido, como por arte de magia, en una clásica sevillana, con toda la gracia y la majestuosidad de esa grandiosa raza, ya extinguida. Eran dignos de ver el lomo recto, el nacimiento del rabo y la forma elegante de las ubres

Y el día del concurso, todo ese aspecto lucía todavía mejor en el centro de la pista, con el sol estival de julio brillando en la piel. Acababa de parir un becerro, y las ubres, llenas y de base plana, sobresalían de los cuartos traseros. Superar una estampa así iba a ser difícil, y era un placer sólo con pensar que semejante criatura, aparentemente perdida hacía tres años, se encontraba a punto de triunfar en una exposición ganadera de reconocido prestigio.

Pero Zarza tenía unas competidoras fuertes. El juez, el señor Pérez Muñoz, ínclito veterinario, tío de mi socio, había reducido el grupo a tres ejemplares. Y Zarza estaba entre ellos. Sus contrincantes, una zaina y una de un color colorado, eran vacas guapas. Y la que ganase el concurso, lo haría por un margen estrecho. Nunca había habido antes una competencia tan reñida, por lo que el señor juez lo tenía realmente difícil.

El incombustible y muy elegante señor Pérez Muñoz era además un granjero afamado, aunque ya retirado por la edad. Pero continuaba siendo uno de los más entendidos en ganado vacuno. Su porte iba en consonancia con su posición. Su figura alta y delgada destacaba aún sin el bien cortado traje y sombrero cordobés. Y el toque final lo daba unas diminutas gafas, color carne, suspendidas del cuello mediante un fino cordón de oro. Todo él era un dandy. Años atrás, había sido elegido, entre afamados y cualificados granjeros, para presidir el jurado. Y a decir de todos, le quedaba cuerda para rato, aun sus ochenta años.

Y no sólo ejercía su actividad de juez en la provincia sevillana, era requerido en otros puntos de España, e incluso en el extranjero. Tenía prestigio y grandes conocimientos, no ya sólo sobre la raza vacuna, sino sobre todos los animales de granja.

El juez paseaba, garboso, delante de la pequeña hilera de bovinos, ajustándose las gafas cada vez que se inclinaba para inspeccionar un punto determinado. Estaba claro que la decisión resultaría muy difícil, la más de su faceta como juez. Su cara normalmente rosada, estaba roja. Pensé que no era debido al sol, sino a la larga sucesión de whisky que había tomado en la tienda de campaña, destinada a los jueces. Finalmente, frunció la mirada y se aproximó a Zarza. Se inclinó hacia ella y observó su cara, como examinándole los ojos. Sucedió algo. No pude ver la cara de la vaca, pero sospecho que había repetido el guiño que tanto me había sorprendido, porque el veterano veterinario, granjero y juez, alzó las cejas con sorpresa, y sus gafas cayeron y quedaron suspendidas del cordón de oro unos segundos antes de volvérselas a poner. Se fijó de nuevo las gafas y Zarza repetiría la misma operación. La miró largamente, e incluso mientras examinaba a las otras vacas, volvió a mirarla dos veces más. Podía leerse en sus labios lo que estaba murmurando: '¿lo he visto en realidad, o es el whisky que empezaba a hacer estragos'. Se sacudió la cabeza.

De nuevo recorrió lentamente la fila. Tenía la mirada de uno que va a tomar una determinación. Se paró ante Zarza y echó una última ojeada para evaluarla, retrocedió, y apostaría que la vaca volvió a hacer el mismo gesto.

Esta vez, las gafas permanecían en su lugar, pero era evidente que el juez se sentía perturbado. No obstante, su experiencia eliminaba toda duda. De inmediato dio a Zarza el primer premio. En realidad, el pobre hombre no tenía otra opción.

Pasados algunos minutos, mientras caminaba hacia la pista central para la entrega de los premios, fue abordado jubilosamente por un López, rebosante de alegría.

____¡Maravilla, Zarza! ¿No, señor Pérez? Casi humana, me atrevería a decir. ¿No la ve usted así?
____¡Desde luego que sí! –contestó, eufórico, a la vez que se ajustó de nuevo las gafas y después agregó-: de hecho, me recuerda a un tipo que conocí en Sevilla hace ya algunos años.


Con este singular broche de oro, terminé este caso. Pero, sin pararme en el sorprendente y divertido final, quiero resaltar una actitud perseverante de un hombre, amante de los animales domésticos. Con el paso de los años, tuve la oportunidad de comprobar que la misma perseverancia derrochaba en todos sus cometidos normales. Y, así, evidentemente, era realmente difícil que le pudieran ir mal las cosas

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Vie Oct 14, 2016 8:26 pm





El Labrador

En la penumbra del corredor parecía verse una protuberancia que colgaba de un lado de la cara de un perro. Pero al aproximárseme éste, vi que se trataba de una lata de leche condensada vacía. Me sentí aliviado. Sabía que estaba de nuevo frente a Brandy. Lo llevé hasta la cocina y lo subí en la encimera para examinarlo.

____¡Ya has vuelto a husmear en la basura, eh!

El labrador adoptó un gesto que parecía una sonrisa de disculpa, y después trató de lamer mi cara. Inútil. No podía. Su lengua había quedado atrapada en la tapa de la lata. Pero lo compensó con un impetuoso movimiento de rabo.

____Amor, perdona que te moleste otra vez –me dijo la atractiva y agradable dueña de Brandy, que me había hecho ir con urgencia a su casa, en Cerro Hierro. Y agregó-: no sé qué le ocurre, pero no puede mantenerse alejado del cubo de la basura. Las otras veces, mis hijos o yo pudimos extraerle la lata, pero esta vez quedó muy atrapada, y no lo hacemos nosotros porque no queremos causarle alguna herida –se apresuró en añadir.

Mientras cogía del maletín unas pinzas pensé en las de veces que había hecho esto por Brandy. Era un perro grandote, retozón y un poco bobo. Sus ataques a la basura se estaban convirtiendo en una pesadilla. Cogía una lata del cubo y se comía los restos con tanto ahínco que su hocico quedaba cogido. Una y otra vez, su dueña o sus hijos o yo, teníamos que liberarlo de latas con carne, frutas en almíbar, judías cocidas… Parecía gustarle todo. Y lo más curioso era que ponía más afán en comerse los desperdicios que su propia comida, siempre dispuesta en su casuca.

De nuevo regresé junto al perro. Sujeté el borde de la lata con las pinzas y lo doblé hacia atrás hasta poder liberar la lengua. Al poco, esa misma lengua cubría mis mejillas de lametazos, expresando así su agradecimiento.

____¡Déjame ya, bobo! –dije, sonriendo.
____¡Apártate del doctor! –Bella, que así se llamaba su ama, lo bajó de la base del fregadero-. Está muy bien que lo festejes, pero estás convirtiéndote en una molestia. Y esto tiene que acabar ya –añadió fingiendo enojo

Pero la regañina no parecía surtir efecto, porque sonreía mientras le hablaba. Sentir cariño por Brandy era algo inevitable, debido a su buen carácter, tolerante y sin malicia. Alguna vez había visto a los hijos de Bella, dos niños y una niña, llevarlo en brazos con las patas hacia arriba, o empujándolo en un cochecito, vestido con ropa de bebé. Lo sometían a toda clase de juego, y el bueno de Brandy los soportaba con humor. De hecho, disfrutaba.

Pero tenía más rarezas, además de su hobby por los desperdicios. Una tarde, en que atendía al gato de esa casa, vi que actuaba en forma extraña. Bella estaba con sus labores de punto, sentada en un sillón, mientras su hija se hallaba conmigo, en cuclillas, frente a la chimenea, sujetando la cabeza del felino.

Cuando buscaba el termómetro en el maletín, observé que el perro se escurría sobre el suelo del salón e iba remoloneándose a través de la alfombra con uniforme compás hasta posarse ante su dueña. Pero, de pronto, comenzó a subir lentamente apoyando en el sillón la parte trasera de su cuerpo hasta llegar a las rodillas de Bella que lo empujaba, una y otra vez, sin prestar atención. Pero reiniciaba el ascenso, y ahora de espaldas. Movía las caderas a un ritmo lento, a la vez que las levantaba, centímetro a centímetro. Y esa maniobra la hacía con una cara inocente, como si fuese algo normal.

Sorprendido, dejé de buscar el termómetro y seguí observando al perro. Bella se hallaba tan absorta en su trabajo que no se percató de que el trasero de Brandy se posaba en sus rodillas, enfundadas en vaqueros. Brandy se detuvo, como confirmando que la fase no había tenido éxito, y luego, con suavidad, reinició a consolidar su posición, empujándose con las patas delanteras. En el momento en que un último empujón lo había acomodado en el regazo de Bella, ésta alzó la cabeza:

____¡Eres un bobo! -y rodando lo envió hasta la alfombra. El perro la miró, con la mirada triste.
____¿De qué se trata? –le pregunté a Bella, después de contemplar toda la escena.
____Es por estos viejos vaqueros que tanto le gustan –y añadió-: cuando era un cachorro, pasaba horas sobre mis rodillas, y en esa época los usaba mucho. Pero desde entonces, cuando me los ve puestos, trata de subirse de nuevo. Aunque, obviamente, no puedo tener encima a un perro tan grande.
____Así que es por eso que se te acercaba.
____Mientras estoy distraída funciona, pero si ha estado jugando en el jardín, los ensucia tanto que tengo que meterlos en la lavadora. Y es por eso que están tan deslucidos. Y les tengo cariño. Me los compró mi marido, como un regalo de nuestro quinto aniversario. Y cuando me los mancha, se lleva una buena regañina.

Brandy daba color a mis trabajos diarios en Cerro Hierro. Mientras llevaba conmigo a Balú2, lo veía con frecuencia cerca del río. Un día de calor, había perros refrescándose en el agua del río. Pero mientras todos se metían y nadaban normalmente, la entrada de Brandy era apoteósica: corría hacia la orilla, se lanzaba al agua con las patas extendidas, como en un trampolín, y quedaba suspendido en el aire durante un instante antes de zambullirse ruidosamente. Para mi forma de ver las cosas, esta era la actitud de un perro feliz y extrovertido.

Al día siguiente y en el mismo lugar, fui testigo directo de algo más extraordinario todavía. En el parque infantil, Brandy se divertía en el tobogán, como un niño más. Mantenía una postura fuera de lo común mientras permanecía haciendo cola con los niños. Apenas llegaba su turno, subió los escalones, se deslizó, todo importancia, todo solemne, y después regresaba de nuevo a la cola.

Los niños, que eran sus compañeros de juego, lo veían como algo normal. Pero yo no podía irme del lugar. Para mí no era tan normal. Podía haber permanecido allí durante todo el día. Y hasta mi perro, Balú2, estaba entusiasmado.

A menudo sonreía recordando sus diabluras, pero no sonreí un día en que Bella lo trajo a mi consultorio.

Esto fue días después de haberle visto en el río. Su luz y su alegría habían desaparecido. Se arrastraba en el pasillo. Cuando lo cogí, para subirlo a la mesa de curas, noté que había perdido peso.

____¿Qué le ocurre? –le pregunté a Bella.
____Está triste, no tiene ganas de jugar, no come y tose mucho -me miró, con gestos de preocupación-. Y esta mañana amaneció peor Como puedes ver, respira con dificultad –respondió.

Mientras le ponía el termómetro, observé su respiración acelerada y la boca entreabierta, además de ansiedad en la mirada. Cuarenta grados marcaba el termómetro. Lo ausculté con el estetoscopio.

Una vez oí decir al veterinario decano de la facultad de Sevilla que los ruidos en el pecho de un perro eran como una caja de silbidos. Y ésta era la descripción de la respiración de Brandy, en ese día: silbidos, rechinidos y burbujeos estaban allí. Acompañados de una respiración débil.

____Este travieso Brandy padece de pulmonía –le dije a Bella, a la vez que puse de nuevo el estetoscopio en el bolsillo de mi bata.
____¡Ay, Dios! –Bella se aproximó más a su perro y le tocó el pecho, jadeante-. ¿Es eso es grave? –añadió, preguntándome, con cara angustiada.
____Lo es –le respondí.
____Pero… –me envió una triste mirada- con la aparición de nuevos medicamentos no lo será tanto, ¿no?

Dudé antes de responder.

____En los seres humanos, y en algunos animales, la Sulfamida, y ahora la Penicilina ha cambiado el panorama. Pero aún es difícil curar a un perro de pulmonía.
____¿Quieres decir que no tiene solución?
____Tampoco es eso. Sólo que algunos perros no reaccionan con el tratamiento. Pero Brandy es joven y fuerte y creo que los admitirá. Me pregunto qué fue lo que inició todo esto… 
____Lo sé. Y bien que lo sé. Estuvo anteayer durante largo tiempo en el río. Intenté mantenerle fuera, porque hacía mucho frío, pero si veía un simple papel flotando, se lanzaba al agua y permanecía todo el tiempo jugando con él. Tú también lo viste. Era una de las cosas graciosas que hacía.
____Pero después de eso, ¿ha estado tiritando o temblando?
____Sí, me lo llevé a casa luego de secarlo y abrigarlo, pero seguía temblando mientras se secaba en el fuego de la chimenea.
____Entonces esa es la causa. De todas formas, vamos a iniciar un tratamiento. Voy a inyectarle Penicilina, y durante todo el proceso iré a tu casa. No debe salir a la calle, y tienes que resguardarle del frío.
____Entendido. ¿Alguna otra indicación?
____Sí. Confecciona lo que llamamos en medicina un chaleco de pulmonía. A un trozo de manta hazle cuatro aberturas, para que entren las patas, y una costura a lo largo de todo el lomo. Tiene que mantener el pecho cubierto. Este chaleco es muy importante. No lo olvides.

Al otro día repetí la dosis. No había cambio. Seguí inyectándole tres días más. No reaccionaba bien. La temperatura iba cediendo, pero apenas comía y seguía perdiendo peso. Le administré Sulfapiridina, que no ayudó gran cosa. Conforme iba transcurriendo el tiempo y el perro se hundía, llegué a la conclusión, que un mes antes habría sido un disparate: este animal, retozón y feliz, se iba a morir.

Pero no murió; sobrevivió: la fiebre había cedido, y el apetito había aparecido quedando estabilizado en un nivel gris, en el que parecía encontrarse a gusto.

____No es el mismo –me dijo Bella, una semana más tarde cuando fui a visitarlo. Los ojos de la mujer estaban húmedos. 
____Sí -moví la cabeza-. Lo hemos recuperado de una pulmonía, pero quedaron pleuresía crónica y adherencias. Y es probable que algún otro daño en los pulmones. 
____Me rompe el alma verlo así -se enjugó las lágrimas- Es que sólo tiene tres años. Pero actúa como un viejo. Estaba tan lleno de vida. –sacó de nuevo el pañuelo-. Me arrepiento de haberle reñido tanto por husmear en la basura y por mancharme mi ropa. ¡Cuánto me gustaría que volviese a hacer sus travesuras…!
____¿Ya no hace nada de eso? –le pregunté, y metí la mano debajo del chaleco para calibrar la temperatura.
____Sólo permanece echado. Ni siquiera tiene ganas de salir al sol, o a pasear. Lo dicho; actúa como un perro viejo.

Mientras lo miraba, se levantó y caminó hacia la chimenea. Luego se paró, con los ojos sin la chispa habitual, tosió, soltó un quejido y se echó sobre la alfombra. Tenía razón: parecía un perro viejo.

____¿Crees que se va a quedar así para siempre? -me preguntó, de pronto
____No lo sé. Pero espero que no.

Sin embargo mi respuesta, mientras me alejaba en el coche, no abrigaba esperanzas. Había visto perros con daños pulmonares, después de una pulmonía se recuperaban, pero quedaban inútiles para el resto de sus días. Mi amigo y colega Javi contaba en uno de sus libros un caso de un perro con este problema, que era probable que quedasen secuelas irreversibles.

Pasaban los días y cada vez que iba a Cerro Hierro, que era a diario veía a Brandy mientras Bella lo sacaba de paseo, con la correa. No quería caminar, y Bella andaba despacio para que pudiera seguirla. Pensaba con tristeza en el bullicioso Brandy de antes, y me decía a mí mismo que al menos había salvado la vida. Para no amargarme más, decidí sacarlo de mi cabeza.

Y lo logré. Hasta un día de marzo. La noche anterior había estado trabajando hasta las seis de la mañana, examinando a una yegua que padecía cólicos. Terminaba de escurrirme en la cama cuando me llamaron para atender un parto de una vaca. Regresé sobre las diez dispuesto para acostarme de nuevo. Pero quedó en el intento. Con cansancio atendí las visitas programadas. Estaba tan agotado que casi no sentía el cuerpo, y durante la comida mi mujer miraba, preocupada, mi cabecear sobre el plato.

A las cinco de la tarde, eran tres perros y una gata los que había en el consultorio. Confieso que les eché una mirada con los ojos medio cerrados. Cuando llegué al último caso, medio dormido estaba.

____¡El siguiente! –grité, y Poli, que ya formaba parte de nuestro equipo, abrió la puerta.

Esperé ver la escena, ya muy familiar, de un dueño que traía a su mascota, detrás de él.

Pero esta vez era distinto. Había un hombre y un caniche frente a mí, y lo que me hizo despertar fue el caniche, que caminaba en pie sobre las patas traseras.

'¿Sueño?', pensé. Pero no, porque vi al perro, que, con aire altivo, caminaba con el pecho el y la cabeza en alto, y tan rígido como un militar en un desfile. Su propietario, al ver mi perplejidad, soltó una carcajada.

____No se asuste, doctor Amor –me dijo-. Este perro ha trabajado tres años en un circo, antes de yo adquirirlo. A menudo le gusta recordar su número. Causa sorpresa, pero no se puede negar que hacía bien su trabajo.
____Desde luego que no –le respondí.

El perro no estaba enfermo. Sólo lo traían para que le cortasen las uñas. Sonreí mientras Poli lo subía a la mesa y luego lo sujetó para que estuviese quieto. Cuando terminó, todos menos yo, se fueron y entonces volvió a apoderarse de mí el cansancio.

Mirando al caniche alejarse caminando, ahora de forma normal, me vino al pensamiento que hacía tiempo que no veía a un perro hacer algo fuera de lo común, como las cosas que hacía Brandy.

Me apoyé en la puerta de salida mientras una oleada de recuerdos me invadía. Cerré los ojos. Cuando los abrí, vi al 'basurero' Brandy, con su ama doblando la esquina. La nariz había desaparecido en una lata. Al verme, empezó a tirar de la correa y a mover el rabo. Sin duda, me había reconocido. Pero… esta vez sí estaba soñando. Parecía que estaba viendo una escena del pasado. Y era necesario que me fuese a la cama. Pero seguía materialmente clavado, junto a la puerta, cuando Brandy saltó los escalones e intentó lamerme la cara. Intento fallido. La lata, como tantas otras veces, no se lo permitía. Miré a Bella, que estaba radiante de felicidad.

____¿Pero qué fue lo que pasó?
____¡Ya lo ves! ¡Ya está perfectamente bien! -los ojos brillantes y la amplia sonrisa de la joven señora la hacían más atractiva aún.
____Y supongo que has venido, como antes, para que separe la lata de su hocico – ya estaba despierto del todo.
____Sí, Amor, por favor.

Tuve que echar mano de todas mis fuerzas para subirlo a la mesa de curas. Pesaba más que antes de enfermar. Sobre la marcha, le hice la operación de tantas veces. La sopa de tomate sería una de sus favoritas, porque me tuvo ocupado un buen rato.

Cuando al fin acabé, tuve que luchar contra un muy efusivo ataque de agradecimiento, por parte de Brandy.

____¡He podido comprobar que has vuelto a las andadas, ¿eh?
____Igual que antes. Y todos los días se desliza en el tobogán con sus amigos, los niños –dijo Bella.

Entonces lo llevé hasta la mesa de curas y después le ausculté los pulmones: maravillosamente limpios. Un leve ronquido, aquí y allá, pero la cacofonía pertenecía al pasado. Me incliné sobre la mesa y lo miré, con una mezcla entre cansancio e incredulidad. Era como antes: bullicioso y lleno de vida. "Dios le ha echado un buen cable a este animal", pensé.

____¡Dime, Amor! –la voz de Bella era jubilosa-. ¿Qué ocurrió? ¿Qué es lo que ha curado a mi perro?
____Vis medicatrix naturae, Bella –respondí, en un tono solemne-. 'El poder curativo de la Naturaleza'. Cuando ésta se decide actuar, ningún veterinario puede competir.
____¿Y no se sabe cuándo actúa? –preguntó de nuevo.
____Eso es cosa de Dios -nos mantuvimos en silencio durante unos instantes mientras acariciábamos al perro-. Por cierto, ¿ha vuelto a mostrar interés por tus vaqueros? –le pregunté, súbitamente.
____Diría que más. En este momento están en la lavadora. Los dejó totalmente sucios, ¿No es maravilloso? –nos despedimos dándonos un beso en cada mejilla. Luego, alegre y feliz, salió del consultorio con su perro.


Una vez que se alejaron, volví a echarme sobre la puerta, y pensé en las pequeñas sensaciones que Dios pone al alcance del hombre, que sirven para enriquecer la sensibilidad de las personas. Tomé como ejemplo el caso que acababa de atender: los enfados de Bella, porque su perro le causaba molestias por remover en el cubo de la basura; las latas que Brandy enganchaba a su hocico, las manchas de barro que Brandy ocasionaba en los pantalones vaqueros de su dueña, el mucho tiempo que se pasaba Brandy en las frías aguas del río... Todo ello, con el relativo beneplácito de su protectora, el celo de un humilde veterinario y, por supuesto, el acertado tratamiento, curó al perro. Y Dios siempre estaba muy próximo. Por si acaso…

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Sáb Oct 15, 2016 11:42 am



El Susto

'Dejé mi corazón en manos indiferentes…' La voz de la niña llegó a mis oídos mientras conducía.

Iba a 'Granja Lechera', en Cerro Hierro, para tratar de curar a una vaca, acompañado de mi hija, y era agradable escucharla cantar. Su hermano ya cursaba estudios superiores, y añoraba su compañía y sus siempre ocurrentes y divertidas preguntas, además de su asombro creciente frente a las maravillas del campo. Pero ahora, de nuevo todo volvía a empezar con Candela.

A mi hija le gustaba cantar, y se había iniciado en ello oyendo música de nuestro viejo fonógrafo. Pero necesitábamos un aparato mejor. La música era su hobby favorito. En aquella época no habían equipos estereofónicos de alta fidelidad. A lo más que podíamos aspirar era a una gramola. Luego de mirar escaparates en Sevilla y de atender los consejos de los comerciantes del gremio, nos dispusimos a comprar una gramola.

Era un moderno y elegante mueble consola, con el frente de rejillas, que podía disminuir el volumen de una orquesta y conservar la pureza del sonido a la vez. Pero había una 'pequeña' dificultad: costaba dos mil duros, y en esa época, eso era mucho dinero. Pero, aun eso, lo compramos.

____Mamá –le dije a mi mujer, apenas acabé de instalarla-. Los niños pueden utilizar el fonógrafo, pero tenemos que mantenerlos alejados de la gramola. A ver si lo podemos conseguir.

Palabras inútiles. Ese mismo día, cuando regresé a mi casa, el pasillo retumbaba... '¡iuu, iuu, oee, oee…! Jinetes en el cielo'. Era una de las caras del disco de Enrique y Ana, 'Manos indiferentes', uno de los preferidos por mi hija y al que la gramola le estaba sacando el máximo partido.

Me asomé al salón, mientras 'los jinetes del cielo se iban alejando', y mi hija, con sus pequeñas manos, quitaba el disco y lo metía en su funda. Luego, presurosa, iba hasta una estantería que contenía, entre otras cosas, otros discos. Había seleccionado uno nuevo cuando la abordé.

____¿Cómo se llama ése? -le pregunté.
____'La niña y la mariposa' –ésta fue su respuesta.

Miré la funda y... ¡increíble! ¿Cómo lo sabía? Teníamos muchos y variados discos infantiles, y todos ellos idénticos en carátula y en tamaño. Candela no tenía aún cuatro años y no sabía leer …

Con un movimiento experto, colocó el nuevo disco en la gramola y lo hizo funcionar. Cuando terminó, fue a por otro, realizando con igual destreza la misma maniobra.

____¿Y éste? -le pregunté de nuevo, perplejo.
____'La niña y las olas' –y así era.

Finalmente tuve que aceptar que era un absurdo mantener alejados a Candela y la gramola; si no me acompañaba a alguna granja, estaba escuchando música de la gramola: su mejor juguete. Y después de todo, era lo mejor porque nunca causó ningún daño a la costosa compra: siempre la mantenía en un perfecto estado de funcionamiento. Y durante los recorridos hacia las granjas cantaba, repitiendo las canciones que había oído. Pero 'Manos indiferentes' se había convertido en su canción favorita.

Estábamos aproximándonos a la cancela de entrada de la granja, que íbamos a visitar, y la canción de Candela cesó. Este era un momento importante para mi hija. Cuando detuve el coche, se bajó, caminó erguida hasta la cancela y la abrió. Se tomaba muy en serio su trabajo. Y mientras el coche trasponía la entrada, se podía ver esa seriedad reflejada en su cara. Cuando terminó y regresó, para sentarse de nuevo, con Balú2 bajo sus pies, le di un pequeño golpe en la rodilla, como de complicidad, y le dije:

____Hija, eres una gran ayuda.

Sonrió y adoptó aire de importancia. Sabía que era verdad, porque abrir y cerrar cancelas era toda una responsabilidad.

Conduje hasta la granja. El amo del lugar, Curro, primo de Poli, que se estrenaba como granjero, había ya encerrado a una vaca en un establo, cuyo corredor se extendía desde un extremo cerrado hasta el exterior. Se trataba de un bravo ejemplar de la raza suiza, con el pelaje negro zaino y mirada de maldad. Vi, con temor, que no dejaba de mover el rabo, y esto era signo de agresividad.

____Hola, Curro. ¿Pudiste atarla? –lo saludé y le pregunté.
____Hola, Amor. No es fácil manejar a esta vaca, porque se halla la mayor parte del tiempo en el campo, y es por eso que es salvaje. Pero no te preocupes. Yo estaré pendiente de ella.

Y era verdad. Todo era salvaje en aquel bovino.

Mientras examinaba a algún animal en una granja, sentaba a mi hijo Julio en una paca de heno, cerca mía. Pero a mi hija Candela no la quería tan cerca…

____Candela, este no es un buen lugar para ti -le dije, y añadí-: por favor, vete al coche, a escuchar tus canciones o ponte al final del corredor para dejar libre el pasillo de la salida –añadí, optando ella por el corredor. No le gustaba estar alejada de su padre.

Entré al establo. Vi aliviado que la prudencia de Curro funcionaba. Se las había arreglado para dejar caer un ronzal sobre la testa de la res, retrocedió hasta un rincón y deslizó la cuerda en uno de los palos del establo, y finalmente la ató a su propio brazo. Lo miré, con duda...

____¿Podrás sujetarla?
____Sí. No te preocupes. Ya he hecho esto mismo otras veces –respondió, con voz tranquilizadora. Y añadió-: la herida la tiene en el final del lomo, justo ahí -señaló un punto.

Mientras pasaba la mano sobre el absceso, cercano al nacimiento del rabo, la vaca tiró una coz que rozó mi cabeza. Había pensado que esto podía ocurrir, pero seguí adelante con mi exploración. Sin embargo, puse en marcha mi instinto de protección. Miré a Curro y le pregunté:

____¿Cuándo apareció esta bolsa con pus?

Se rascó la cabeza, como pensando. Tensó la cuerda hasta el límite para evitar futuras sorpresas.

____Una semana o así –respondió al fin, y añadió-: se revienta, pero vuelve a llenarse. Pienso siempre que esa va a ser la última, pero, según se ve, no deja de llenarse. ¿Cuál es la causa? ¿Por qué la vaca no se queja? –me hizo éstas dos preguntas, a su vez.

____No sé. Pero podría ser una vieja herida que se ha infectado. El drenaje en el lomo de las vacas es reducido, y es no fácil trabajar. Se produce un tejido muerto que hay que retirar para que pueda cicatrizar –hice una breve pausa, lo miré, y seguí hablando-: y en cuanto a por qué no se queja, es porque la raza vacuna es muy resistente y muy orgullosa.
____Candela -miré hacia donde estaba-: ¿puedes traer del coche unas tijeras, un paquete de algodón y un bote de agua oxigenada, por favor?

Curro miraba pasmado, mientras la niña, diligente, corría hacia el coche y regresaba con las tres cosas que le había pedido.

____¡Caramba! Tu pequeña sabe lo que hace -dijo Curro
____Sí –respondí, ufano-. Es experta en las cosas que necesito en estos menesteres.

Fui hasta ella para recoger todo lo que le había encargado, y enseguida volví. Pero mi hija permanecía sin taponar la salida del corredor, como yo le había ordenado. 

Empecé la tarea. Puesto que el tejido estaba muerto, la vaca no sentía dolor mientras sajaba y hacía la limpieza. Pero ello no era impedimento para que siguiera tirando coses. Era uno de esos animales que no admitían interferencias. Terminé y apliqué agua oxigenada en la zona afectada.

Tenía confianza en este viejo procedimiento de desinfección, como excelente antiséptico que es.

Vi, satisfecho, las burbujas que se iban produciendo en la piel de la vaca, señal de que ya empezaba a sanar. Pero no parecía disfrutar de esa sensación, porque dio un salto repentino, arrancó la cuerda del establo y del brazo de Curro, me empujó hacia un lado, se fue hasta la puerta, que hizo añicos, y llegó al corredor. Desesperado, intenté dirigirla sobre el lado izquierdo, directa al campo, pero vi, con horror, que corría hacia la derecha; ¡hacia el extremo cerrado en que se hallaba mi hija!

Fue uno de los peores tragos de mi vida. Oí una voz infantil que decía: 'papá'. Pero ni más palabras, ni chillidos, sólo eso pronunciado con relativa calma. Se hallaba en pie contra la pared. Y la vaca, inmóvil, estaba a menos de un metro de ella. Pero, de pronto, se dio la vuelta, al oír mis golpes intencionados en el establo, y pasó frente a mí, trotando hacia el campo. Arropado por una sensación de agradecimiento estreché a mi hija entre mis brazos y la besé repetidamente. Podía haber muerto apenas unos instantes, pero Dios siempre está ahí. Me percaté de lo poco que había servido las precauciones de Curro, el cual se llevó un susto impresionante. En realidad, estaba tan asustado como yo.

Nos despedimos, blancos aún, recibiendo felicitaciones, por parte de Curro, por la celeridad y el acierto en el trabajo realizado.

Mientras nos alejábamos, me vino a la mente algo parecido que había pasado cuando era Julio el que me acompañaba. Pero esa vez no fue tan horrible porque el niño se encontraba en un pasillo, con los dos extremos abiertos, no viéndose atrapado cuando el buey, en el que trabajaba, se soltó y se giró hacia él. No vi nada, pero pude oír un chillido agudo antes de doblar la esquina. Después, aliviado, vi a mi hijo correr campo a través hacia el coche, a la vez que el buey trotaba en sentido contrario.

Esas reacciones eran muy típicas en Julio, que era el ruidoso de la familia. Bajo presión, hacía valer sus sentimientos gritando. Verbigracia: mientras Pérez ponía una vacuna a algún animal que se hallaba en el consultorio, mi hijo anunciaba la aparición de la aguja con... '¡ufff, eso debe doler...!'. Pero tenía afinidad con Pérez, que lo respaldaba: '¡sí, Julio, tienes razón, duele una barbaridad!'.

Mientras Candela y yo abandonábamos el lugar, ella abrió y cerró la cancela, solemne. Ya en el coche, me miró expectante, y yo sabía por qué. Quería empezar su juego preferido. Le gustaba que le hiciera preguntas sobre distintas materias, lo mismo que a Julio le gustaba preguntarme.

Entonces empezamos el juego.

____A ver. Dime el nombre de cinco flores.

Dudó, pero era obvio que sabía la respuesta.

____Rosa, clavel, jazmín, margarita y amapola.
____Eres una niña muy inteligente. ¿O ya las traías preparadas? Bueno, sea como sea, ¿qué tal ahora cinco pájaros?

Esta pregunta le pareció más difícil, pero respondió:

____Gorrión, canario, jilguero, golondrina, y… ¡Ay...! ¡Ay…! ¡Uno más…! ¡Ya! Periquito.

Ese juego se repetía a diario, con infinitas variantes. Entonces me daba cuenta de lo afortunado que era. Tenía trabajo y la compañía de mis hijos a la vez. Había muchos hombres que trabajaban tan duro, para poder mantener a su familia, que llegaban a perder contacto con sus hijos. Yo no. Pues tanto Julio como Candela me acompañaban. Hasta que debían acudir al colegio, me gustaba tenerlos conmigo.

Conforme se iba acercando el día en que tenía que asistir al colegio, la actitud de mi hija era maternal. Me hablaba con esa solemnidad, característica en ella.

____Papá –me decía-, ¿cómo te las aviarás cuando yo tenga que ir al cole? –no esperaba respuesta, ella se respondía-: tendrás que abrir y cerrar puertas y sacar cosas del coche tú solo. Y creo que te va a resultar fatigoso.

____Así es. Te echaré mucho de menos -le acariciaba, para dar seguridad a sus palabras. Y añadía-: pero no tendré más remedio que arreglármelas solo.

Su respuesta la sabía, porque siempre era la misma: una sonrisa agradable de alivio y unas palabras de consuelo:

____No te preocupes, papá. Puedo acompañarte sábados y domingos y así estarás más aliviado.

Ahora, en la distancia, supongo que era natural que mis hijos, al ver la práctica de la Veterinaria desde la infancia y ser testigos directos de la satisfacción que ello me proporcionaba, no pensasen en otra cosa que en ser veterinarios. Siempre quería aconsejarles lo que buenamente podía sobre sus futuros, pero nunca me imponía. Ellos decidirían sus respectivos futuros a la hora de decidir. Y pienso, sin presunción ni falsa modestia, que esta es una medida que todo padre debería adoptar.

Con Julio no había problema: era fuerte y lo veía preparado para resistir los embates de este oficio. Pero, por algún motivo, no podía soportar la idea de que mi hija recibiera coses y golpes o estuviese cubierta de estiércol.

En esa época era difícil, pues no habían aparejos para apaciguar los forcejeos de los animales grandes, que eran los que con asiduidad enviaban al veterinario al hospital, con piernas o costillas rotas. Siempre había respetado que mis hijos siguieran sus propias inclinaciones, pero cuando mi hija Candela acabó el bachiller, solté indirectas y no jugué limpio: le hacía ver los trabajos más desagradables. Y al final, quizá influenciada, decidió cursar Medicina, y hasta hace poco era la médica de nuestro pueblo. Por lo que los augurios del ginecólogo, mi amigo Pío, que la 'sacó' a la vida, se cumplieron a medias.

Actualmente, cuando veo el gran porcentaje de mujeres que acuden a las universidades de Veterinaria y recuerdo los buenos trabajos que hacían nuestros antiguos ayudantes en el consultorio, me pregunto si hacía lo correcto. Pero Candela es feliz con lo que es y con lo que hace. Ostenta prestigio y éxito. Y los padres debemos hacer lo que creemos mejor para nuestros hijos.

Pero todo esto pertenecía a un futuro remoto, mientras conducía de regreso de 'Granja Lechera', con mi hija a mi lado, que ya había empezado a cantar y estaba acabando el último verso de nuestra canción favorita... 'Dejé mi corazón en manos indiferentes'.


Felicidad como la que disfrutaba entonces, difícil será que la vuelva a disfrutar. Pero, por norma general, todo ser humano tiene que luchar por conseguirla adaptándose a lo que es y lo que tiene. Porque ansiar una felicidad total, es un obstáculo para la propia felicidad. Pero dar y recibir amor, tener salud, trabajo y amistad, es una situación francamente feliz para todos lo que se lo propongan

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Sáb Oct 15, 2016 2:48 pm



La Asafétida

'No existe la tranquilidad para un veterinario rural'. Pensaba mientras conducía.

Eran las seis de la tarde de un domingo, y allí estaba yo, yendo a Cerro Hierro para tratar de curar a un perro. Según me dijo mi hijo, que era quien había recogido el mensaje del urgente aviso, el perro llevaba ya enfermo toda la semana.

Mientras salía de San Nicolás, con los últimos rayos de sol, las calles se hallaban desiertas, y las casas presentaban ese aspecto confortable que evoca imagen de sillón, pipa, chimeneas encendidas. Miraba las luces titilando, y podía imaginarme a granjeros dormitando con las piernas extendidas.

Mi auto no se cruzó con ningún otro vehículo, y la carretera se iba haciendo cada vez más negra. Nadie circulaba por aquel lugar. Excepto el doctor Amor.

Llegué a la zona de la estación de la Renfe de Cerro Hierro y vi ante mí una fila de casas nuevas, con la fachada en piedra de un color amarronado.

Me bajé del coche y de pronto me sentí atrapado en una depresiva compasión: 'Emilia, casa 3, 2ª fila, paralela a la vía del ferrocarril; la única casa sin chimenea'. Había escrito mi hijo en una hoja del bloc que teníamos al lado del teléfono en una mesita. Mientras abría la cancela y cruzaba el jardín, llevaba la cabeza ocupada en lo que iba a decir. No tenía por qué ser grosero. Sólo intentaría explicar mi postura de que a los veterinarios también nos gustaba descansar los domingos y que aunque no nos importaba viajar para atender una urgencia, cuestionábamos una visita a un perro que había estado enfermo toda la semana. Era fácil de comprender que podían haber avisado el lunes o el martes.

Tenía ya listo mi discurso, cuando abrió la puerta una mujer de estatura media y de unos cincuenta años. Parecía preocupada.

____Buenas noches. Soy el veterinario. Emilia, supongo –saludé con los labios apretados.
____¡Oh, es usted! -sonrió-. No hemos sido presentados, pero suelo verle en San Nicolás con su hijo o con el doctor Pérez. ¡Pero no se quede ahí! ¡Pase, pase, por favor!

La puerta tenía acceso directo a un pequeño salón, poco iluminado. De una ojeada vi el mobiliario, algo anticuado, y una cortina que aislaba la parte del fondo. Emilia se hizo a un lado. En la cama de un cuarto próximo yacía un hombre esquelético, con los ojos hundidos.

____Es mi esposo, Emilio –se apresuró en decir. El hombre, serio, alzó una mano huesuda-. Y aquí está su paciente, nuestro querido Frankfurt –siguió, señalando un dachshund que se hallaba echado a un lado de la cama de su esposo.

____¿Frankfurt?

Sí, pensamos que era el nombre más apropiado para un 'perro salchicha alemán' –sonrió de nuevo. Su marido seguía serio y sin hablar.

____Es verdad. Un nombre muy apropiado –respondí.

Por un momento recordé lo acertada que era con los nombres para perros y gatos la Hermana Alegría. Sobre todo con Ámbar.

El perro me miró, como dándome la bienvenida. Me agaché para acariciar su piel reluciente.

____Parece sano. ¿Qué le ocurre?
____Toda la semana ha caminado de una forma extraña, como si tuviese problemas en las patas –respondió, y agregó-: en realidad, no nos preocupó. Pero esta tarde se desplomó y no podía volver a levantarse. Y esto sí que ya nos preocupó.
____Me si cuenta de eso mientras lo acariciaba –pasé la mano por debajo de su vientre y lo empujé levemente, hasta conseguir ponerlo en pie-: ¡Frankfurt, muéstrame cómo caminas, venga, muchacho, que vienes de una raza de valientes! -añadí.

Animado quizá por mis palabras de aliento, el perro se levantó y dio unos pasos vacilantes, pero la parte trasera se iba inclinando hasta que volvía a echarse. Y eso no me gustó.

____Es el lomo, ¿Verdad? –preguntó Emilia-. Porque las patas delanteras parecen fuertes –añadió.

____Ese es también mi problema -terció su marido, con aspereza en la voz, hablando por primera vez. Su esposa le cogió la mano y la acarició, reteniéndola entre las suyas.
____La debilidad está en la parte trasera –respondí y puse al perro sobre mis rodillas para a tocarle las vértebras lumbares, en busca de algún punto de dolor.
____¿Lo habrán golpeado? No le dejamos salir solo, pero se escabulle por la puerta del jardín y…
____Cabe la posibilidad que sea una lesión fortuita –la interrumpí-, pero lo más probable es que todo radique en los discos.
____¿Discos? –la mujer adoptó una expresión de confusión.
____Sí. Son cojines de cartílago de un tejido fibroso que están entre las vértebras. En los perros de un cuerpo tan largo, como Frankfurt a veces se dislocan del conducto raquídeo y ejercen presión sobre la médula.
____¿Qué posibilidades tiene de curarse? –se volvió a oír la voz áspera, desde la cama.

Esa era la pregunta clave con este síndrome. El pronóstico podría ser cualquiera: desde una completa recuperación, hasta una parálisis.

____No es fácil responder. No debo dar un diagnóstico erróneo. Por de pronto, le pondré esta inyección, tomará unas pastillas, y esperemos a ver cómo responde.

Le inyecté en vena un analgésico con antibiótico. Luego conté unas pocas pastillas de Salicilato, las metí en un pequeño tubo de plástico, que solía llevar en mi maletín, y se lo entregué a Emilia. Ese era el único tratamiento para estos casos que había entonces.

____Gracias. Y ahora, doctor Amor, pasando a algo más agradable –sonrió-. Nos gustaría invitarle a una cerveza. Mi marido suele tomar una todas las noches, sobre estas horas. ¿Le apetece acompañarle? Nos sentiríamos muy halagados por disfrutar un poco más de su compañía.
____Muy amable. Pero no quisiera molestar…
____No, no es ninguna molestia. A mi esposo le es grata su presencia, y yo estoy encantada de verle de nuevo.

Llevó a la mesa dos jarras de cerveza negra. Puso unas almohadas detrás de la espalda de su esposo, y se sentó en el borde de la cama, después de poner una de las jarras en la mano de su esposo.

____Somos asturianos, de Gijón. Y… –empezó a explicar, de pronto, Emilia.
____Ya había notado un acento distinto al de aquí –la interrumpí.
____...nos vinimos aquí, a Cerro Hierro, hace un mes, después del accidente de mi marido –completó lo que iba a decir.
____¿Qué le ocurrió? –miré Emilio, preguntándole.
____Yo era minero –intervino por tercera vez-, y un día se nos cayó una bóveda encima: me rompió la espalda, me aplastó el hígado y me causó heridas internas. Pero tres compañeros míos murieron en el acto, de modo que tengo la suerte de estar vivo –bebió un sorbo de cerveza-. Pero los médicos me han dicho que nunca más volveré a caminar –añadió.
____Lo siento de veras –moví la cabeza.
____No diga eso. Cuando veo las bendiciones que Dios me ha dado, tengo que estar agradecido; sufro pocas molestias, y le puedo asegurar que esta mujer es la mejor esposa del mundo.
____¡Quién te oiga…! –Emilia se sonrojó-. Pero estamos muy felices por habernos venido a vivir a este maravilloso lugar. Tiempo atrás, pasábamos las vacaciones en Andalucía, y era sano alejarse de los humos y las chimeneas. El balcón de nuestro dormitorio de nuestra antigua casa daba a un muro, pero esta tiene varias ventanas, y una de ellas frente a nuestra cama. Sin esfuerzo, podemos ver más allá de doscientos metros. 
____Toda Andalucía es maravillosa. San Nicolás, del cual depende Cerro Hierro, y al igual que éste, se encuentra sobre una colina. Aquí hay mucho sol y corre una brida agradable. Desde cualquiera de esas ventanas pueden verse los verdes , que se extienden hasta el río. ¡Sí, amigos asturianos, han sabido elegir un buen lugar para vivir! –salió a escena mi vena terrera.
____Y el traer a Frankfurt ha sido una buena idea –dijo, de pronto, Emilio, quien añadió-: me sentía muy solo cuando mi esposa salía a la compra, pero este muchacho hacía que todo fuera diferente. No está uno solo cuando se tiene un perro.
____Tiene usted razón –le respondí y le pregunté, de pronto-: ¿cuántos años tiene Frankfurt? 
____Seis -contestó-. La mejor edad. ¿No, viejo? -dejó caer la mano sobre un lado de la cama, en busca de su perro.
____Parece que su sitio favorito es a su lado –le dije.
____Así es. Pero es gracioso. Mi esposa le pone de comer, lo lleva de paseo, lo asea… pero siempre vuelve a mi lado. Sólo tengo que mirarlo y le falta tiempo para venirse conmigo.

Esto es normal en las personas discapacitadas. Sus mascotas están cerca de ellas, como queriendo ofrecerles ayuda.

Terminé de beber mi cerveza y me puse en pie.

____Esta mía me va a durar un poco más -alzó su vaso, casi lleno.

Acostumbraba a beber algunas cervezas cuando salía con los compañeros después del trabajo. Pero ahora, ya ve… Aunque disfruto de esta única cerveza, junto con mi mujer y Frankfurt, y ahora con usted. es curioso cómo cambian las cosas…

La mujer se inclinó sobre él, fingiendo un regaño.

____¡Tuviste que cambiar tus costumbres, ¿no cariño?! –sonrieron. Y pude ver que era la primera vez que Emilio sonrió.

Me fui hacia la puerta de salida a la calle. 

____Gracias por la cerveza. Volveré el martes para ver cómo sigue Frankfurt. Espero que para entonces esté mejor. Buenas noches. Hasta pasado mañana. Aufwiedersehen, Frankfurt –sonreí.

Mientras iba saliendo, me despedí de nuevo de Emilio levantando la mano. Pero Emilia me cogió del brazo y me dijo: 

____Nos sentíamos mal por haber avisado un domingo, pero usted ha podido comprobar que teníamos un motivo para ello. Gracias y buenas noches, doctor Amor.
____No se preocupe ahora por eso. Es mi trabajo. Además, siempre quiero lo mejor para los animales domésticos. 

Mientras conducía de regreso en la oscuridad de la noche, pensé que en realidad la visita no me había causado molestia. Mi irritación se esfumó al entrar en aquella casa. Lo que me quedó fue un sentimiento de humildad. Si Emilio tenía que darle gracias a la vida, ¿cuál debía ser entonces mi postura? Yo, que lo tenía todo. Lo que quería era hacer desaparecer el mal presentimiento acerca del perro. Había indicio de fatalidad en los síntomas de Frankfurt, pero tenía que curarlo. Predispuse mi ánimo para ello.

Si embargo, el martes siguiente había empeorado.

____Es mejor que me lo lleve para hacerle unas radiografías –le dije a Emilia. Y añadí-: no veo mejoría. Y estos casos se deben tratar con celeridad. No podemos perder más tiempo.

En el auto, acomode a Frankfurt en el hueco del asiento delantero derecho. Lo iba mirando durante el trayecto y observé que sus patas traseras no se movían, que estaban quietas. 'Demasiado quietas', pensé.

No era necesario anestesiar para hacer un estudio radiográfico en nuestra recién adquirida máquina de rayos. Ya en mis manos las radiografías, detecté un estrechamiento entre las vértebras que confirmaba mis sospechas de protrusión. Actualmente, estas cosas se corrigen con esteroides o con cirugía, pero en aquel entonces sólo quedaba seguir con el tratamiento, rezar y esperar.

Ese fin de semana, la esperanza estaba diluyéndose. Ya le había administrado salicilato, pero el perro no podía levantarse. Le oprimí los dedos de las patas traseras y de pronto fui compensado con un ligero movimiento reflejo. Pero revoloteaba en mí que la parálisis en la parte posterior no estaba lejana.

El sábado siguiente me encontré con la uctuosa realidad de la confirmación de mi diagnóstico. Cuando entré en la casa, el perro se acercó a recibirme, caminando con las patas delanteras y arrastrando las traseras. Empecé a ver negro el panorama.

____Buenos días, doctor Amor –Emilia me recibió con sonrisa apagada. Señaló el perro, estirado cuan largo era sobre el suelo del salón-. ¿Cómo lo ve hoy? –añadió preguntándome.

Me incliné y le toqué las patas, buscando algún reflejo. Nada. Me encogí de hombros, incapaz de dar una respuesta. De pronto, tropecé con la mirada demacrada del señor de la casa.

____Buenos días, Emilio –simulaba tranquilidad, pero volvió la mirada hacia la ventana ignorándome, como si no estuviese. Durante unos momentos, me sentí incómodo.
____¿Está enfadado conmigo? -susurré a su esposa.
____No, es por esto -sostenía un periódico en la mano-. Se siente angustiado por algo desagradable -miré la hoja que señalaba que mostraba una ilustración de un perro dachshund, como Frankfurt, paralizado. Tenía la parte trasera del cuerpo sobre una pequeña plataforma con ruedas. Paseaba con su dueño y parecía normal, excepto por las ruedas.

Al oír Emilio un ruidos de papeles, no podía ser otra cosa que el periódico. Se volvió hacia nosotros, con una rapidez impropia para el estado en que se hallaba, y me preguntó:

____¿Qué piensa usted de eso? ¿No es una barbaridad? –me preguntó.
____No me gustan las apariencias, y supongo que su amo pensaría que era lo único que podía hacerse –le respondí.
____Quizá… -casi no le salía la voz-. Pero no me gusta que mi perro acabe como yo, o como ese otro perro –dejó caer la mano buscando. Pero Frankfurt aún seguía sobre el suelo del salón-. Ya no hay nada que hacer, ¿verdad? –añadió, preguntándome.
____Ya les dije que las esperanzas eran escasas, y añadí que estos casos no son fáciles de resolver. Lo siento.
____No, si no le estoy culpando. Sé que usted hace todo lo puede, y también sé que vela mucho por los animales domésticos. ¿Pero qué podemos hacer por Frankfurt? ¿Ponerlo 'a dormir'?
____Olvide eso tan horrible. He visto casos iguales, y a veces 'las parálisis desaparecen por sí solas', pasado algún tiempo. Tienen que seguir con el tratamiento, porque en verdad no creo que el caso de Frankfurt sea un caso desesperado.

Durante todo el trayecto de regreso, estuve dando vueltas al asunto. La esperanza de curación que les había dicho era lejana. Algunas veces ocurría 'una recuperación espontánea', pero los trastornos de Frankfurt continuaban avanzando.

No obstante, seguí visitándolo con asiduidad. Incluso una vez llevé un par de botellas de cerveza negra, que tomaba con Emilio. Tanto él como su esposa conservaban el buen humor, pero el perro no mostraba la más mínima mejoría. En una de esas visitas, al entrar en la casa olí algo desagradable. Había mucho de familiar para mí en ese olor. Podría ser…

Agudicé visiblemente el olfato, a la vez que observé que el matrimonio se miraba, como compinchado. Habló el marido, retorciendo la sábana entre los dedos, como un niño esperando un regañina.

____Es una sustancia que estamos administrándole. Apesta pero se supone que es buena. Oliverio, un antiguo compañero del trabajo, ha venido a visitarnos y nos ha traído la medicina. También él tiene un perro y además sabe de enfermedades que contraen los perros. Emilia, por favor–miró a su esposa y le hizo una indicación con la mano.

Con timidez, fue hacia la cocina y volvió portando un bote sin etiqueta, que me entregó. Lo destapé, y el fuerte olor aclaró mi memoria en el acto: ¡Asafétida! Un mejunje casero, remedio de los charlatanes de antes de la guerra. Aún se podía comprar en ciertas farmacias. Sabía que su popularidad se basaba en la suposición de que algo que olía mal tenía propiedades mágicas. También sabía que ese compuesto no iba a cambiar las cosas. Pero volví a tapar el bote, con evidente enfado.

____¡¿Le está administrando esto?!

Se sentían como niños atrapados.

____Tres veces al día –dijo Emilio-. No le gusta, pero Oliverio dice que ha curado a otros perros con idéntico problema que el nuestro -su mirada era de súplica.
____Adelante entonces. Y ojalá surta efecto.

La Asafétida no iba a hacer más daño del que ya tenía el perro, y, en vista que mi tratamiento no había servido de mucho, no estaba en situación de reprobarla.

____En realidad, no tengo nada que objetar -agregué.

Emilia sonrió, y vi un comienzo de relajación en la expresión del marido, que me dijo:

____Gracias por no le molestarse –me miró-: puedo administrársela yo mismo. Es una cosa que puedo hacer. No se puede imaginar con cuánta fe lo hago -añadió.

Una semana después volví a visitar al perro.

____¿Cómo está hoy? –pregunté, repartiendo la mirada entre Emilio, Emilia y Frankfurt.
____Bien -siempre respondían lo mismo. Pero esta vez, Emilio tenía una expresión de júbilo. Bajó la mano, y el perro se subió a la cama. Me dijo-: mire usted –pellizcó en una de las patas traseras y se produjo una contracción, leve pero innegable.

En mi deseo por probar en la otra pata, por poco si caigo en la cama. El resultado era el mismo: una contracción, leve pero innegable.

____¡Está recuperando los reflejos! –exclamé.
____Parece que la Asafétida está funcionando -dijo Emilio.

De pronto, brotó de mi interior una cascada de emociones, sobre todo de vergüenza profesional y de orgullo herido. Pero fue momentáneo. Prevalecía en mí la felicidad por ver cómo se estaba produciendo una recuperación en el perro.

____La entrega demostrada en su mascota ha sido fundamental. Lo veo mucho mejor -agregué.
____Entonces… ¿se va a curar? –añadió.
____Es prematuro afirmar eso, pero parece que sí.

Pasaron algunas semanas antes de que se recuperase del todo. Era un caso evidente de 'recuperación espontánea', que no tenía nada que ver con la Asafétida ni con mis esfuerzos. Vis medicatrix Naturae, tenía ‘la culpa'. Una vez más…

Mi última visita a aquella casa era a la misma hora de la primera: las seis y cuarto de la tarde. Cuando me invitaron a pasar, el perro salchicha vino a saludarme, y luego volvió a su lugar favorito: junto a la cama de su propietario. Parecía que también tenía fe en la Asafétida.

____¡Esta es una escena maravillosa para todos nosotros! –dije, con énfasis-. ¡Su muchacho Frankfurt ya puede correr como un galgo! –añadí, sonriendo.
____Si señor –Emilio tocó a su perro-. Nos ha tenido preocupados este muchacho –añadió, mientras lo acariciaba.
____Me alegro de verle tan feliz. Es maravilloso cómo ha terminado todo –le dije, y añadí-: bueno, me marcho ya.
____No corra tanto, doctor Amor -me detuvo Emilia-. Antes de irse tómese una cerveza con mi marido.
____¡Pienso que es lo obligado en estos casos! –enfatizó Emilio.

Deseché la silla que me brindaban y me senté en un lado de la cama. Bebimos y charlamos satisfechos. Nuestras caras irradiaban amistad. Y Emilia nos miraba, feliz.

Pero estaban algo confundido. Mi parte en la recuperación de Frankfurt no había sido tenida en cuenta como útil. Frente a los ojos de sus amos, mis esfuerzos debieron parecerles torpes, ineficaces. Estaban convencidos de que Frankfurt habría muerto, de no ser por 'el gran remedio que les había traído su paisano, que era el que había puesto las cosas en su sitio'. Me levanté del borde de la cama y me dispuse a salir de la casa.

Pero justo en el momento en que iba saliendo, entraba Oliverio. Me lo presentaron y ampliamos la velada con una cerveza más cada uno. Emilio comenzó a hablar de la Asafétida. Entre la alegría y la ignorancia trató de enfrentarme con Oliverio, e incluso dio a entender 'que se tuviese en cuenta la Asafétida en los casos futuros'. No di mi opinión acerca de la Asafétida. Sólo les dije que me alegraba de la recuperación del perro. Y aunque mi orgullo quedó herido, no les dije nada. Lo importante era que fui testigo directo de un final feliz, en vez de una tragedia. Y esto era lo que importaba por encima de todo.


No obstante, en ningún momento traté de hacer ver a Emilio y a Emilia, y después a su amigo y paisano, Oliverio, que la total recuperación de Frankfurt era debida al 'Poder Curativo de la Naturaleza', aún por descifrar, y no a la Asafétida. Pero tampoco era necesario que hiciese ninguna aclaración, porque a aquel perro salchicha alemán lo salvaron el amor, la dedicación y la fe que se impusieron sus dueños y protectores. Y así, evidentemente, se tarda más en morir

achl

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Sáb Oct 15, 2016 7:27 pm



La Copla

'Para ser padre, es necesario tener nervios de acero y paciencia sin límite'. Ésta frase, oída tiempo atrás de mi amigo Pino, me venía muchas veces a la cabeza durante el crecimiento de mis hijos. Y una de las veces era en un 'Concurso de coplas', ofrecido por los alumnos de la señorita Pantoja.

La señorita Pantoja era una mujer encantadora, que frisaba en los cuarenta. Había iniciado en la copla a una buena parte de la niñería de la Sierra Norte de Sevilla, y una vez al año se desplazaba al pueblo con más adictos. En mi pueblo, San Nicolás, lo hacía en un local del Ayuntamiento, previamente equiparado para el acontecimiento, para los nativos de allí y para los estudiantes de pueblos colindantes. La señorita Pantoja quería ver el progreso en su alumnado. Los había desde los seis hasta los doce años, y el local estaba lleno de familiares. Julio tenía diez años, y en la última semana no había ensayado mucho para ese gran día.

En la comarca, todo el mundo se conocía, y a medida que el local se iba llenando se producían muchos saludos. Estaba sentado en una butaca que daba al pasillo central, con una nerviosa madre de Julio a mi lado, cuando vi que en la fila de atrás estaba mi amigo José, el viejo agricultor y granjero, erguido, con su traje de domingo.

____Hola, José. ¿Va a actuar alguno de los tuyos? –le pregunté.
____Sí –sonrió nervioso-. Una de mis nietas. Se ha esforzado mucho con ayuda de la gramola, y espero que hoy lo demuestre.
____¡Claro que sí! Además, la señorita Pantoja es una mujer muy comprensiva y tiene una ternura y una paciencia increíbles.

Asintió y se acomodó. Y empezó el gran espectáculo. Los primeros 'artistas' en subir al tablado eran los más pequeños, equipados con pantalón largo, chaquetilla corta, zahones, botas camperas y sombrero cordobés; y las niñas, con traje de faralaes, peineta y zapatos de tacón. A todos, el tablado les quedaba por debajo de lo normal, y a los benjamines sólo se les veía medio cuerpo. Revoloteaba cerca la señorita Pantoja para tratar de ayudar. Pero todos los fallos eran acogido con sonrisas de indulgencia, por parte del público; y al final, cada número era aplaudido. Era una competición; pero, eso sí, con tolerancia.

No obstante, conforme aumentaba la edad de los concursantes y los números iban siendo más difíciles, había tensión en el recinto. Los fallos no resultaban ya tan graciosos, y cuando Lola, la hija de Curro, el frutero, se detuvo a mitad de su interpretación, el silencio era absoluto. Pero cuando la reinició y terminó, con éxito, se relajó la concurrencia. Me di cuenta de que no éramos una sala llena de padres y abuelos que habíamos ido a escuchar cantar a hijos o nietos, sino un grupo de amigos que sufríamos juntos.

Cuando la nieta de José subía all escenario, José se sentó perceptiblemente en su asiento, crispándose los dedos encallecidos mientras se agarraba las rodillas. Cantó bien, hasta llegar a un punto complicado, que vibró con áspera disonancia. Pero como se percató de que ese punto no le había salido bien, probó de nuevo, y de nuevo, y de nuevo... con luz verde de la señorita Pantoja y de todos los que estábamos en la sala.

____¡Relájate, y empieza otra vez en un tono más bajo! –susurró la señorita Pantoja. La niña lo intentó y de nuevo se equivocó…

'No va a poder', pensé, con pulso agitado y músculos rígidos. Incluso mis labios bisbiseaban, tratando de ayudar.

En ese momento, instintivamente, miré a José; mostraba una expresión de congoja; sus largas piernas se movían repetidamente. Junto a él, su mujer y la abuela de la niña se inclinaba hacia delante, con la boca entreabierta y los labios trémulos.

Transcurrió una eternidad antes de superar ese punto y galopase hasta el final. Pero cuando lo superó, la aplaudimos. Y desde ese actuación, como ya no me sentía a gusto, oí medio en trance una sucesión de voces que cantaban sin grandes problemas. Hasta que llegó el turno de mi hijo…

Sin duda, todos los niños estaban nerviosos. Menos Julio, que con aire arrogante silbaba mientras subía al tablado y se acercaba al micrófono. Yo casi no podía respirar. A los pocos segundos comenzó a sudar todo mi cuerpo.

La canción que tenía que cantar se titulaba: 'Esclava de tu amor', título que quedará grabado dentro de mí hasta mi muerte. Era una rumba, con letra de desamor, de la cual, naturalmente, sabía hasta la última vocal. Julio empezó dejando correr la voz con soltura y con un movimiento de cabeza y brazos, como el mismísimo Bambino en la mejor de sus galas.

Hacia la mitad de 'Esclava…' venía un agudo y luego un grave antes de llegar al estribillo. Estos cambios eran maniobra del arreglista, que así daba un toque de variación al número. Pero para un niño y además principiante, significaba un calvario.

Alcanzó esos puntos moviendo brazos y manos con arte gitano, e iba reduciendo la voz hasta la subida final. Esperé entonces a que despegase... Pero no..., no despegaba. Se paró y miró al público durante unos segundos. Volvió a repetir el estribillo y de nuevo se paró, quedando en blanco… y en blanco...

El corazón me dio un vuelco. '¡Vamos, hijo, tú sabes bien lo que le sigue, te he oído cantarla mil veces!', me decía para mí. Pero él no parecía preocupado; miró a la orquesta, con ojos suficientes, y los músicos 'ocultaron' el fallo, y después empezaron el compás de lo que a continuación seguía.

En medio del más sepulcral de los silencios, una vez más se podía escuchar la voz tierna y suave de la señorita Pantoja:

____¡Tal vez sea mejor que no repitas el estribillo, Julio!
____¡Conforme!

Su respuesta sonó a tranquila mientras se sumergía confiado en su interpretación, pero yo cerré los ojos apenas se acercaba ese punto fatídico. Y fue entonces que sacó una voz, no sé de dónde, y sobre la marcha se inclinó sobre el tablado, como si las tablas tratasen de decirle algo. Yo empecé a padecer de nerviosismo.

En el palpable mutis del recinto, estaba seguro de que se oía un martilleo de mi corazón, a la vez que se veían temblar las piernas de mi mujer, junto con las mías. Nos hallábamos al límite del límite de nuestras resistencias. La encantada y encantadora voz de la señorita Pantoja, de nuevo se dejaba oír, deslizante como una brisa…

____¡¿Por qué no vuelves a intentarlo desde el principio?!
____¡Conforme!

Y se lanzó, cual huracán, todo fuego y todo furia. Era impensable que pudiera haber algún fallo en aquel virtuosismo.

Llegado ese momento, el público conocía 'Esclava…' tan bien como yo, y esperábamos que superase el temido atranque. Se reinició, a velocidad de vértigo. Pero, al poco… silencio. Las rodillas de su madre se golpeaban una contra la otra. Toda ella se hallaba al borde un ataque de nervios.

Mientras Julio permanecía callado, y sólo palilleaba con los dedos, sentía que me ahogaba. Miré hacia mis alrededores, en un gesto de desesperación, y vi que todos los asistentes lo estaban pasando mal. Y ante semejante panorama, alguien tenía que poner remedio a aquel aparente desparpajo de un crío de diez años, y quien mejor que la señorita Pantoja, que cortó de golpe la densa atmósfera creada con su ya desgastada, pero igual de dulce, voz:

____No pasa nada, Julio. Tal vez sea mejor que lo dejes y te sientes en tu sitio. Estoy segura de que en otra ocasión lo harás mejor.

Tocado por su amor propio y porque era un cabezota, repitió esa parte adornándola con los arreglos que habían hecho para él. Pero al llegar a ese punto… de nuevo silencio... mudo... huida la voz. No obstante, el aplauso que pude medir se acercó a los tres minutos. Evidentemente, aplaudían a la voluntad.

Se bajó del escenario, con descarados y a la vez humildes aires de superioridad, y después se reunió con sus compañeros, en la tercera fila.

Cuando finalizó la úllima interpretación, la señorita Pantoja se aproximó al borde del escenario, hasta el micrófono, y dijo:

____Damas y caballeros. Todos los que hemos organizado esta gala les quedamos agradecidos por su calurosa acogida. Esperamos y deseamos que hayan disfrutado tanto como nosotros –entonces le hizo un guiño a mi hijo, como de complicidad-. Muchas gracias a todos. Pero hay una cosa…

Hubo más aplausos y enseguida empezó un ruido de movimiento de las sillas que habían puesto en los pasillo, pues habían más personas que butacas. Pero ese ajetreo había interrumpido las palabras de la señorita Pantoja. Aún no había terminado de hablar…

____...más -levantó la mano, en un gesto como de que nos sentásemos de nuevo.- Con nosotros sigue aún un niño que sé que puede hacerlo mejor. Y no quiero irme a casa sin darle otra oportunidad… ¡Julio! -miró a mi hijo-: Julio, me pregunto si quieres intentarlo una vez más.

Mientras mi mujer y yo cambiábamos una mirada de horror, sonó, en una exclamación, una respuesta rotunda de mi hijo a través de cuatro palabras que podían ser fatales para mi salud.

____No hay ningún inconveniente.

No lo podía creer. No iría a empezar el martirio de nuevo… Pero sí. La pequeña figura se dirigió hacia el escenario. Desde detrás del mismo, se podía escuchar, por enésima vez, una voz celestial...

____Julio cantará.... 'Esclava de tu amor' –encima la señorita Pantoja dijo otra vez el título. No tenía que repetirlo. Ya lo sabíamos.

Hasta hacía unos instantes, sólo había tenido conciencia de un desgaste, pero ahora estaba atrapado de una tensión más fuerte que la anterior. Cuando mi pequeño miró a los músicos, la expectación iba en aumento. El 'nuevo Bambino' comenzó a cantar, y yo a una serie de respiraciones largas y temblorosas, encaminadas a ayudar a pasar con la mayor rapidez posible lo que se aproximaba. De nuevo se pararía en el punto que, tras varios intentos, no había superado. Y estaba convencido de que si esto llegaba a suceder de nuevo, me caería al suelo.

Apenas llegó a ese 'atravesamiento', cerré los ojos, pero seguía escuchando. Una pausa imperceptible. Después… siguió cantando, reflejada en su cara una expresión de triunfo.

Voló sobre esa parte tan difícil, y a mí me invadió una sensación de alivio. Julio disfrutaba con los brazos en movimiento y las manos expresivas. Mientras acababa el último compás, hizo un garganteo, 'made in Julio', que por supuesto no estaba en el guión, y después se echó hacia atrás con arte, como ni quizá lo pudiese hacer mejor la mismísima Marifé.

Dudo que en aquel salón se haya oído alguna otra vez un aplauso tan prolongada como el que siguió. Reventó en ovación. Pero Julio no era de esos que ignoran esta clase de homenajes. No. Cada niño cantaba su número, y luego se retiraba a su lugar. Pero mi hijo no. Ni mucho menos. Ante el pasmo de su madre y mío, caminó hasta la parte delantera del escenario, se puso una mano en el pecho y la otra por encima del trasero, se adelantó y se inclinó, saludando primero a un lado y después al otro, con un donaire, un tronío y un empaque propios en Estrellita Castro.

La ovación cambió a un rugido de risas que duró mientras mi hijo dejaba el escenario, y siguió hasta que abandonamos el salón.

Ya en la puerta de la calle, nos cruzamos con la señorita Luz Divina, la maestra solterona de la escuela, a la que Julio asistía.

____¡Dios, qué gusto! –se frotaba los ojos-. Uno siempre puede esperar que Julio, mi alumno preferido, iba a proporcionarnos el detalle más gracioso de la noche –nos dijo.

De regreso a nuestra casa conduje despacio. Todavía estaba débil y pensé que podría resultar peligroso exceder la velocidad a más de cincuenta. La cara de mi mujer había recuperado el color, pero se podía ver una línea de agotamiento alrededor de los ojos y la boca, además de deteriorados el carmín en los labios y rímel en los ojos. Miré a través del espejo retrovisor, con idea de ver cómo iban las cosas en el asiento trasero.

Y en el asiento trasero seguía Julio, echado sobre él y silbando. Estba radiante de felicidad.

____¡Papá, mamá! –exclamó, de pronto-. ¡Me gusta mucho la copla! Primero porque es española; y segundo porque sus letras son como la vida misma.
____¡Estupendo, hijo! –respondí, y miré atrás de nuevo, sorprendido por sus palabras, casi impropias para su edad. Y continué:
____También a nosotros nos gusta. Pero, primero, tienes que ser un niño bueno; y segundo, debes atender tus obligaciones escolares –a 'la estrella de aquella tarde-noche' se la veía muy ajena a mis recomendaciones.
____¿Y sabéis por qué me gusta? –asomó la cabeza entre el hueco de los asientos delanteros, y con el mismo tono, agregó:
____Porque es una historia completa: tiene un principio, un intermedio y un final. Lo dicho. Como la vida misma.


Entonces no sabía cuál iba a ser el futuro de mi hijo. Pero sí sabía que a sus diez años tenía ya inclinaciones, más o menos definidas. Le animaba a que siguiese con sus aficiones, pero insistía en que no abandonase sus estudios primarios y posteriores universitarios. 'Todo es posible llevar adelante', le decía, y él parecía comprenderme, sin grandes muestras de desagrado

achl

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Sáb Oct 15, 2016 9:45 pm

Su Único Amigo

Me sorprendía que Ruiz llamase a nuestro consultorio para pedir que fuesen a su oficina a examinar un gato. Desde que se ofendió mortalmente porque Pérez le cobró mil pesetas por castrar a uno de sus caballos, que padecía de un cáncer de verga, y aunque ya hacía mucho tiempo de eso, acudía a otros veterinarios de Sevilla ciudad. También me sorprendía que un tipo como él se preocupase tanto por un gato enfermo…

Ruiz era, sin ninguna duda, el más rico de la comarca. Se dedicaba al comercio con chatarras. Además, tenía negocios de transportes y algunos caballos y yeguas, de la raza árabe, para competir en carreras oficiales. De hecho, hacía lo que fuese, aunque siempre legal, con tal de obtener beneficio. El dinero era el motor que guiaba su vida. Y cuidar a un gato, no significaba negocio. De ahí mi sorpresa.

Otra de las cosas que me sorprendían mientras conducía hacia su oficina, en Cerro Hierro, era el hecho de que tener una mascota, redunda en motivo de afecto, una vena de sentimiento, y esto no encajaba en la idiosincrasia del irascible Ruiz.

Una vez que llegué me dirigí, campo a través, cubierto de chatarras, hasta un cobertizo, donde dirigía su imperio. Se hallaba sentado detrás de su escritorio. Su obeso cuerpo estiraba hasta el límite las costuras de su traje azul, brillante por el uso; y en la cabeza llevaba un mugriento sombrero negro, echado hacia atrás. Su rolliza figura mostraba una expresión arrogante, además de despedir una mirada hostil.

____Este es el paciente –me dijo, al mismo tiempo que fruncía el entrecejo y señalaba un gato negro y blanco, echado encima de su escritorio.

Ese fue su saludo. Conociéndole, no esperaba que diese los buenos días, ni que sonriera siquiera. Me acerqué y acaricié al gato, el cual me compensó con un ronroneo. Era un gato de un tamaño mediano, con pelaje largo y blancas vetas atractivas en el pecho y las patas. Me gustó a primera vista.

____Bello animal –susurré-. ¿Qué problema tiene? –le pregunté.

____Es en una pata. Se habrá cortado -respondió, sin mimarme.

Palpé a través del mullido pelo, pero al llegar a un punto, a media extremidad, el gato respingó. Saqué las tijeras de mi maletín e hice un pequeño corte de pelo en una zona reducida. Entonces pude ver una herida transversal profunda, de cuya salía serosidad. Quedé perplejo durante unos momentos. Dirigí mi voz hacia Ruiz, con idea de informarle:

____Es probable que sea un corte, pero hay algo extraño en él. ¿Sale a menudo al solar y juega con las chatarras?
____A veces lo veo en el solar –esto fue lo que respondió.
____Pues entonces se habrá cortado con algo punzante. Le voy a inyectar una dosis de penicilina, y le dejaré un bote de pomada para que se la apliquen en la herida, mañanas y noches, durante quince días consecutivos.

Algunos gatos se resisten a las inyecciones, y dado que su defensa, como armamento, incluye garras y dientes, presentan dificultades. Pero éste no hacía ningún movimiento defensivo mientras iba metiéndole la aguja. De hecho, ronroneaba.

____Tiene un buen carácter –me dije, sin dirigir mis palabras a nadie. Después añadí, preguntándole a Ruiz-: ¿cómo se llama?

____Cable –contestó inexpresivo, desalentando más preguntas.

En vista de las circunstancias, saqué el ungüento de mi maletín y lo puse sobre el escritorio.

____Si no ve mejoría, avise al consultorio. Buenos días –esto fue lo último que le dije en esa ocasión.

Como esperaba, no hubo respuesta. Salí del cobertizo sintiendo un resentimiento que siempre había tenido en mi trato con Ruiz. Pero mientras cruzaba el terreno, libre de chatarras, me olvidé de todo eso y repasé el caso mentalmente: 'hay algo raro en la herida, pues no parece accidental. El corte es limpio y profundo, como si lo hubiesen hecho adrede con una hoja de afeitar o algo así. No sé… No sé… Esto es todo muy extraño. Y la llamada de Ruiz... más extraño aún'.

Un ligero golpe en mi hombro me sacó de mis pensamientos. Un tipo flaco que trabajaba con la chatarra, al parecer obrero de Ruiz me miró de una forma confabuladora, y me preguntó:

____¿Ha venido usted a ver al jefe?
____¿Por qué me lo pregunta? –respondí, con ésta pregunta.
____Porque es gracioso. El viejo 'cara de pocos amigos' preocupado por un gato.
____Eso parece. ¿Desde cuándo lo tiene? –le pregunté, de nuevo.
____Desde hace poco más de un año. Era callejero. Un día vino por aquí, se metió entre la chatarra y quedó enredado en un cable, de ahí su nombre. Ese mismo día, sabiendo cómo es Ruiz, pensé que lo echaría a patadas. Pero no. Lo adoptó. Y no lo comprendo. Ese gato se pasa todo el tiempo sobre su escritorio.
____Le debe gustar –contesté.
___¿A quién? ¿A Ruiz? ¡Jjajajajaj! A Ruiz sólo le gusta el dinero. Es un malnacido y un hijo de…
____Lo interrumpió un grito proveniente de la puerta de entrada a la oficina, en el cobertizo.
____¡Eh, tú! ¡Deja de hablar y sigue trabajando! –Ruiz, amenazador, blandía un puño. Mi interlocutor lanzó una terrible mirada hacia el cobertizo y luego siguió con su tarea, sin añadir nada más.

Mientras iba hacia mi coche pensé que así era el mundo de Ruiz: rodeado de odio. Su rudeza era bien conocida por toda la comarca, y aunque era indudable que su manera de ser lo había convertido en un millonario, no le envidiaban.

____¡Venga enseguida a ver a Cable! -me dijo, voz al teléfono, dos días después de mi visita.
____¿No ha mejorado? –le pregunté.
____¡Está peor! ¡Así que no tarde! ¡Deje ahora lo que esté haciendo y no se entretenga!

Evidentemente, no me conocía como yo le conocía a él, porque, muy lejos de ofenderme su tono, me estimulaba tratándose de un animal doméstico. Cuando llegué, Cable estaba echado sobre el escritorio, su sitio preferido. El dolor en la pata parecía no haber aumentado. Lo extraño era que la herida se había extendido.

Cogí el explorador de mi maletín y lo introduje en la herida. De pronto, sentí que la punta del instrumento enganchaba algo. Tiré de ese objeto desconocido con las pinzas y pude sacar una venda elástica, de un color beige. Las cosas se iban aclarando.

____Hay una venda alrededor de la herida –le expliqué, la corté y cayó sobre la mesa-. Ahí está. A partir de ahora, Cable se pondrá bien. No tiene por qué preocuparse más por este asunto.
____¿Una venda? –contestó, sorprendido-. ¡¿Y cómo es que no la vio la otra vez?!
____Porque estaría hundida en la carne.
____¡No doy por buena su respuesta! ¡¿Cómo ha llegado ahí?!
____Sin duda, alguien la ha puesto.
____¡¿Qué alguien la ha puesto?! ¡¿Para qué?! ¡¿Por qué?!
____No lo sé. Pero, al parecer, hay alguien perverso en este lugar.
____¡Apuesto a que ha sido alguno de mis obreros!
____No necesariamente. Cable sale todos los días solo al solar, e incluso a la calle, ¿no es así?
____¡Así es!
____En ese caso, puede ser alguien más.

Frunció el entrecejo con los ojos cerrados, como pensando. Me me dije para mí si  no estaría repasando mentalmente la lista de sus enemigos. Y si era eso, le llevaría bastante tiempo.

____De todos modos, tranquilícese. Lo más importante es que vi la venda y la pude extraer –concluí, sin tener en cuenta su furia. 

Se inclinó sobre el escritorio, y después pasó el dedo índice de la mano derecha sobre la cabeza de su gato. Había hecho esto mismo un par de veces en mi visita anterior. Era raro, pero se suponía que para él significaba lo más parecido a una caricia. Mientras tanto, ya había recogido todos mis bártulos y me disponía a salir del cobertizo 

Camino del consultorio pensé qué habría pasado de no haber visto la venda: parada del flujo sanguíneo, gangrena, pérdida de la pata, e incluso la muerte. La simple idea me hacía sudar.

Dos semanas después, volvió a llamar al consultorio. Pérez cogió el teléfono y me lo pasó. Sentí una punzada de aprensión al oír de nuevo su voz.

____¿Aún le duele la pata a Cable? –le pregunté.
____¡Eso ya ha sanado! ¡Ahora tiene algo en la cabeza!
____¿En la cabeza?l
____¡La gira de un lado a otro, sin control! ¡Venga enseguida! ¡Deje para más tarde lo que esté haciendo ahora!

El síntoma parecía úlcera gangrenosa, y cuando vi el gato girando la cabeza y con evidente malestar, aseguraba que era eso. Al dócil gato le gustaba que lo examinasen, porque el ronroneo aumentaba a medida que iba inspeccionándole la boca, los ojos, la nariz y las orejas. No veía nada. Pero... había algo que le estaba causando incomodidad.  Seguí buscando en el cuello, y de pronto el ronroneo cambió a un fuerte maullido apenas le pasé la mano por un punto determinado, junto al lomo.

'Aquí hay algo' -pensé. Cogí las tijeras y corté pelos hasta llegar a la piel, y..., ¡oh sorpresa! Había una venda de igual tamaño que la anterior, pero !doble! La miré con el explorador y la saqué con las pinzas. 

____Otra venda –le dije-. Y esta vez va en serio –añadí.

Vi cómo volvía a pasar el dedo sobre la cabeza de su gato.

____¡¿Y quién ha podido hacer esto?! -se preguntó, en voz alta.
____Habrá que buscar una manera de saberlo –aun no yendo para mí su pregunta, respondí. Y añadí-: la ley castiga la crueldad contra los animales, pero hay que coger in fraganti al causante.

Se quedó mirando el gato, como pensando cuándo sería un nuevo intento. También pensé eso. Pero ya no hubo más. El gato sanó y no volví a verlo hasta que tres meses después, una tarde, al regreso de mis visitas, Pérez salió a mi encuentro. Lo vi como angustiado. 

____¡Amor! ¡Hace unos instantes telefoneó Ruiz; le noté un tono de voz de preocupación! ¡Quiere que vayas a su oficina cuanto antes! ¡Cree que han envenenado a su gato!

El Cable que vi esa vez era disímil. No estaba sobre el escritorio, sino encogido en el suelo, entre lodos e inmundicias. Daba arcadas y vomitaba un líquido amarillento. Había más vómito y un charco de diarrea, del mismo color. Parecía intoxicado.

____¡Lo envenenaron, ¿no?! ¡Sí lo envenenaron! –se preguntó y se respondió. Y añadió-: ¡alguien le ha administrado un veneno!
____Es probable... es probable...

Vi al felino mientras se acercaba con lentitud a un plato con leche, y se sentaba con la misma actitud de encogimiento. No bebía, sólo permanecía inmóvil. 'Este síntoma me es conocido. Puede ser algo peor que un envenenamiento', pensé mientras Ruiz me miraba.

____¡Y bien! ¡Es o no es eso! -volvió a la carga.
____Aún no estoy seguro.

Le tomé la temperatura y esta vez no hacía el ronroneo. Se hallaba sumido en un principio de letargo. El termómetro marcaba cuarenta grados. Le toqué el abdomen y sentí una consistencia en los intestinos. No había tono muscular.

____¡Bueno, si no es eso, ¿qué es entonces?! –me preguntó de nuevo, con impaciencia excesivamente nerviosa.
____Lo que padece Cable es Enteritis Felina –respondí, al fin-. Algunos veterinarios le llaman 'Moquillo Gatuno'. En la actualidad, hay una epidemia en la zona. He visto un caso anteayer, y los síntomas que presenta su gato son los típicos en esta enfermedad.

Ruiz hizo un esfuerzo, con objeto de levantar su pesado cuerpo del sillón; se acercó al gato y le pasó el dedo sobre la cabeza.

____¿Puede curarlo? –me preguntó, de pronto. ¡Y muy calmado!
____Haré todo lo que esté al alcance de la ciencia. Pero le informo que la tasa de mortalidad es alta.
____¿Entonces mueren los gatos que padecen de esta enfermedad? –me preguntó, de nuevo.
____Me temo que sí.
____¡¿Y cómo es posible eso?! ¡Yo creía que los veterinarios tenían antibióticos maravillosos! ¡¿O no?! –de nuevo volvió a irritarse.
____Es que esto es un virus. Y los virus resisten los antibióticos.
____¡¿Qué va a hacer entonces?!
____Empezar ahora mismo con un tratamiento –contesté.

Inmediatamente después, inyecté a Cable una solución electrolítica, para combatir la deshidratación; una dosis de penicilina, para matar las bacterias intrusas; y un sedante, para controlar el vómito. Pero sabía que todo eso era algo paliativo. No había tenido suerte con la enteritis, y la epidemia era fuerte. Además, en esa época no había medicamentos para curar ese tipo de enfermedad. 

Visitaba al gato todas las tardes y sólo con verlo me hacía sentirme infeliz. Siempre se hallaba encogido, junto al plato de leche, o hecho ovillo en su cesto. No se le veía interés en el mundo exterior. Cuando le inyectaba, era como meter la aguja en algo sin vida. La tarde del cuarto día, vi que se iba. Pedí a Dios que esto no ocurriese.

____Vendré mañana -le dije. Ruiz asintió en silencio. Nunca, ante mí, mostró emoción alguna a lo largo de la enfermedad de su gato. Era de esa clase de hombres de una inexpresividad exasperante, incluso más allá de lo anormal.

En mi siguiente visita, cuando entré en el cobertizo vi la misma escena de los últimos días: un hombre en estado inexpresivo y un gato hecho ovillo sobre un cesto.

Cable permanecía quieto, demasiado quieto y, al acercarme vi, con un  sentimiento de fatalidad, que no respiraba. Le puse el estetoscopio sobre el corazón y alcé la cabeza.

____Ha muerto –informé a Ruiz, quien no cambió de expresión. Sólo se inclinó y pasó el dedo por la cabeza de su gato. 

Se dirigió a su escritorio y se sentó en su sillón. Pero, de pronto, se cubrió la cara con las manos. Lo vi, impotente, mientras sus hombros se movían y unas lágrimas caían sobre la mesa. Se quedó así durante unos minutos.

____Era mi único amigo –dijo, de pronto, levantando la cabeza.

Era difícil hallar en ese momento una palabra consoladora. Y más tratándose de un hombre así y en una situación así. Se levantó de nuevo y me miró, con gesto de desafío. Me dijo:

____¡Imagino lo que está pensando: 'he aquí a Ruiz, un hombre fuerte y duro llorando por un gato!' ¡Qué gracia! ¡Seguro que cuando salga de mi oficina, se reirá de mí y se lo contará a todo el mundo!

Estaba convencido de que lo que creía un gesto de debilidad rebajaría mi opinión acerca de él. Pero se equivocaba. Me agradó desde entonces. De hecho, iba a menudo por su oficina, sólo para saludarle, y a veces examinaba a alguna de sus yeguas o alguno de sus caballos. Y gratis.

La muerte de Cable transformó para bien el carácter de Ruiz. Con el àso del tiempo, toda la comarca se iba dando cuenta de la metamorfosis experimentada en aquel hombre.


¿Cuánto poder de persuasión tienen los animales domésticos que acaban por domar a personas como Ruiz? ¿Por qué aún hay gente que no sabe o no quiere ver el cariño, la fidelidad, la compañía y la ayuda que estos animales nos proporcionan? ¿Cuándo se extinguirá, de una vez para siempre, esa horrible desaprensión contra los animales domésticos?

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Sáb Oct 15, 2016 10:50 pm



La Voz de la Experiencia

Era una mañana de un domingo del mes de julio, y yo estaba lavándome las manos y refrescándome en el fregadero de la cocina de la granja de la abuela Gloria, después de ayudar a parir a una cerda. El sol resplandecía pero brisa corría. Desde la ventana se podía ver los verdes campos mientras los recorrían sombras, por las nubes proyectadas.

Esto ocurría en la 'Granja Los Dos Hermanos', en Cerro Hierro; sin duda, en uno de los mejores lugares en que uno se puede encontrar.

Una vez que me sequé, me fui al salón, y ya allí miré la cabeza blanca de la abuela Gloria, sentada en su sillón e inclinada sobre sus labores de puntos. La radio, en la mesa, sintonizaba en el servicio religioso. Mientras la miraba, escuchaba las palabras del sermón, pero enseguida regresaba a sus agujas, una de sus ocupaciones favoritas.

Era suficiente ese breve intervalo de tiempo para sentir una fe incuestionable, que aún permanece en mí. Cada vez que presencio discusiones acerca de las diversas religiones o creencias, se me aparece la cara, llena de arrugas, y la mirada serena de la abuela Gloria. Además de su enorme fe, la sabiduría era su principal bagaje, como gran complemento.

Tenía noventa años y vestía de un negro riguroso permanente. Le había tocado vivir los tiempos difíciles de trabajo en la tierra, y tenía tras sí una larga existencia de laboreos, en su granja y en su casa. Era una mujer admirable y admirada. Y jamás había corrido una voz en contra suya.

Me senté, mientras la abuela Gloria se levantó y se fue a la cocina, acompañada de mi hija. Regresaron enseguida. Candela me dijo:

____Papá, la abuela Gloria me ha enseñado unos pollitos recién salidos del cascarón. Y me ha regalado uno para mí.

La abuela Gloria regresó detrás de mi hija, se sentó en su sillón y levantó la cabeza.

____Es muy bonita tu hija, Amor, pero no recuerdo cómo se llama.
____Candela –respondí y añadí-: además de bonita, es la personita a la que más le gusta los animales domésticos.
____Eso está muy bien -dejó a un lado las agujas, y se levantó de nuevo.

Con rigidez, arrastró los pies hasta la cocina y después hasta el aparador. Acto seguido, se aupó y cogió una lata, adornada con colores llamativos, y sacó de ella una onza de chocolate.

____¿Qué edad tienes, Candela? -le preguntó, mientras le daba la golosina que llevaba en la mano.
____Seis años. Y gracias por el chocolate –respondió la niña.

La abuela Gloria observó las piernas fuertes y bronceadas, bajo los pantalones cortos azules, y las sandalias del mismo color.

____Vas muy bien equipada, Candela –le dijo.

Acto seguido, puso la mano, encallecida por el duro trabajo, en la cara de la niña, y luego regresó a su sillón, dejando a un lado por el momento sus labores de punto.

En Cerro Hierro, las personas mayores no eran efusivas; pero, para mí, el gesto que acababa de ver era una especie de júbilo. Volvió a coger las agujas y, sin decir nada más, siguió con su trabajo.

____¿Y cómo está tu otro hijo? ¿Julio? –me preguntó, de pronto.
____Sí, Julio. Está muy bien. Y ya tiene once años y es un chico responsable. Estoy muy orgulloso de él. En un futuro, quién sabe, a lo mejor es mi sustituto.
____Once y seis… -susurró.

Por un momento, parecía navegar en el tiempo, mientras movía las agujas. En realidad, se movían solas debido a la mucha experiencia acumulada. Después me miró y me dijo:

____Quizás tú no lo sabes, Amor, pero ésta es la mejor etapa de tu vida. Cuando los hijos son pequeños y van creciendo alrededor de uno, es lo mismo para todos. Sólo que algunos no lo saben y otros se dan cuenta demasiado tarde. Es un tiempo que pasa muy rápido. Ya te irá dando cuenta…
____Gracias por tus consejos –respondí-. Bueno, Gloria –extendí la mano-. Ya he acabado. Que tengas un buen día. Nos marchamos ya.

No quiso despedirse hasta no responder.

____De nada –miró a Candela-. Ya veo que siempre lleva a uno de tus hijos contigo mientras sales para atender tu trabajo. Y esto me gusta. Gracias por todo. Pero ya no os entretengo más. Hoy es el día del Señor y no se debe trabajar. Vayan con Dios –se despidió con un tierno beso a Candela y dos a mí, uno en cada mejilla.

Salimos de 'Granja Los Dos Hermanos', significativo nombre, puesto por su propietaria, como recuerdo a sus dos únicos hijos, muertos de accidente.

Tal vez por 'ese su navegar en el tiempo', sus últimas palabras se me quedaron grabadas. Y ahora que mi esposa y yo cumplimos cuarenta años juntos, aún permanecen. La vida ha sido buena con nosotros, que hemos tenido tantos momentos maravillosos, y creo que mi mujer y yo estamos de acuerdo en que Gloria tenía razón, sobre lo que llamaba... 'la mejor etapa de mi vida'. La voz de la experiencia se hacía notar, y esto era de mucho valor para mí.

Cuando llegamos al final del camino de la granja e íbamos a iniciar el cruce hacia San Nicolás, mi buen amigo José, que hallé fumigando, recién llegado de Huelva, y luego en el salón del Ayuntamiento, en el Concurso de la Copla, me indicó con la mano que me parase.

Detuve el coche, a la margen derecha del camino,

____Amor, ¿tú ya no te dedicas a los asuntos de riego? –me preguntó, a través de la ventanilla.
____¿Por qué preguntas eso? -le pregunté, a su vez con curiosidad.
____Porque hace unos días ha surgido un problema en mi pozo, y en varias ocasiones he ido a ver a tu hermano Fredy, pero no estaba en su almacén.
____¿Qué ocurre? A ver si yo lo puedo resolver.
____Es la bomba. El nivel del agua de mi pozo ha bajado, y mi bomba no tiene la fuerza suficiente para aspirar. Me han dicho que ahora fabrican unas más modernas. Auto-aspirantes, creo que se llaman. ¿Si me instalan una de esas bombas podrá sacar agua para mis cultivos? Porque, entre una cosa y otra, se me están secando los maizales; porque, como sabes, el año ha sido malo de lluvia.
____No estás mal informado. Una de esas bombas pueden solucionar tu problema. La tecnología nueva es revolucionaria. Se lo diré a Fredy para que te visite y 'te trate' bien.
____Gracias –respondió y miró a Candela-: Can, dale de mi parte un beso grande al mejor coplero de la región –añadió, sonriendo.

Apenas llegamos a San Nicolás, lo primero que hice fue entrar en el almacén de Fredy y transmitirle el encargo de José. Entré en el consultorio y vi a Pérez, que salía en esos momentos con cajas hacia su coche. Sus hijos, Pepe y Tere, de las mismas edades que los míos, ayudaban a su padre. Al igual que yo, le gustaba llevarlos consigo a las granjas. Acabó y cerró el maletero.

____Bien, Amor. Con esto, tengo de reserva unos días más para mis visitas –y añadió-: por el momento, no hay ninguna visita pendiente, así que Poli se queda en la guardia. Y ahora, si te parece, caminemos un poco y charlemos en la parte de atrás del consultorio.

Con nuestros hijos jugando delante nuestra, rodeamos la manzana y nos dirigimos hacia el jardín del consultorio. Ya en él, la luz del sol se veía aprisionada entre la alta pared de la iglesia, y el aire que corría por encima, sacudía las hojas de los árboles. Pérez se dejó caer sobre el césped, apoyándose en los codos. Lo secundé y me coloqué a su lado. Pérez arrancó una brizna de hierba y empezó a masticarla, adoptando una actitud pensativa.

____Qué lástima lo de la acacia –me dijo, súbitamente.

La miré. Hacía dos años que el esbelto árbol, que a veces se había elevado en medio del jardín, había sido derribado por la fuerza de un fuerte viento.

____Eso mismo estaba pensando yo –le respondí, y después quedé callado unos instantes. Pero, de pronto, le pregunté:

____¿Te acuerdas de que el día que llegamos de Huelva, para ver el local, me eché sobre la acacia, me quedé dormido y me despertó una rama de la propia acacia que me cayó en la barriga? Tú reías como un bellaco. Pero Dios te castigó, porque poco después, cuando yo me levanté, tropezaste con la misma rama y se te rompió un zapato.
____¡Claro que me acuerdo! –sonrió y miró hacia la recta hilera de ladrillos y piedras que coronaba las vallas de la iglesia, hacia el jardín, y sus rosales hacia el establo del fondo.
____¡Ahora que lo pienso! –dio un respingo-. Hemos pasado juntos muchos años y nos han ocurrido un montón de cosas en común desde que nos conocimos en la Protectora de Animales de Huelva. Como se suele decir: ha pasado mucha agua bajo el puente'.

Permanecimos en silencio un buen rato, y mi cabeza lo aprovechó para dar un repaso a los esfuerzos, a las alegrías y las penas de aquellos, ya remotos años. Pero, sin poderlo evitar, me eché sobre la hierba y cerré los ojos, sintiendo caricias del sol en la cara y oyendo los zumbidos de las abejas entre las flores, y los graznidos de los cuervos, que volaban sobre los olmos que sobresalían de los muros del jardín…

Pero, súbitamente, un sonido me venía desde lejos.

Era la voz de Pérez, medio gritando:

____¡Eh, gandul ¡Tú no vas a hacer lo mismo que la otra vez! ¡Quiero decir, quedarte dormido!
____Lo siento –me levanté penosamente y me senté en el verde-. Por poco no me pasa otra vez –le dije, y añadí-: es que me he levantado a las tres de la madrugada para atender un parto de una cerda. Y ahora mismo estoy que me caigo de sueño.
____Al menos, esta noche no tendrás que leer para poder quedarte dormido.

Sonreí al recordar que tanto Pérez como yo teníamos algunos 'libros especiales', a los que acudíamos cuando no nos llegaba el sueño. Libros infalibles para hacer dormir apenas se empezaban a leer.

____Creo que no –respondí, sonriendo, mientras me frotaba los ojos-. Esta noche no necesitaré ayuda -rodé hacia un lado, y añadí-: por cierto, el parto de la cerda fue en 'Granja De Los Dos Hermanos' -le conté lo que me había referido la abuela Gloria.

Pérez seleccionó una brizna del césped y empezó de nuevo a masticarla. Luego, la hizo a un lado en la boca y me dijo:

____Gloria es una mujer sabia. Ya lo ha visto todo -se sentó de pronto, en actitud de satisfacción. Luego se acercó más a mí, y agregó-:

____¿Sabes algo? Todo lo que te ha dicho Gloria se puede aplicar a nuestras vidas. Estamos pasando por nuestros mejores años. Se ve, se nota... Hemos trabajado duro durante el último lustro.
____¿Qué se puede aplicar a nuestras vidas? ¿Tú crees?
____Por supuesto. Mira si no todos los logros que hemos alcanzado En la actualidad tenemos fármacos y procedimientos que jamás podíamos haber soñado, podemos curar a nuestros animales domésticos de una forma que habría sido imposible hace tan sólo dos años. Y los granjeros se han dado cuenta de ello: vienen a nuestro consultorio, valoran y respetan nuestra profesión y saben que ahora es rentable acudir al veterinario. Además, aún somos jóvenes y con ganas de seguir trabajando.
____Es verdad. Nunca antes hemos estado tan ocupados.
____De hecho, apuesto lo que quieras que estos últimos años han sido los mejores de nuestras vidas. Habla contigo mismo y piensa en lo que estoy diciéndote. Piensa… Piensa…

Le hice caso y me quedé pensando.

____Es probable que tengas razón –respondí, al fin. Pero si estamos en la cresta de la ola, ¿quiere decir que a partir de ahora nuestras vidas van a declinar? –añadí, preguntándole.
____Ni mucho menos. Sólo que van a ser diferentes –respondió, y añadió-: algunas veces me ha dado por pensar que sólo hemos tocado el borde de las cosas –escupió a un lado la brizna que había estado masticando. Los ojos le brillaban, con ese entusiasmo y esa persuasión que me habían contagiado.

____Sí, mi querido amigo y socio. Y lo digo en serio. El éxito se encuentra próximo a nosotros –concluyó, de una forma triunfal.


Después de esa brillante locución de Pérez, pensé de nuevo, y de mis pensamientos extraje la siguiente conclusión: 'la experiencia nos demuestra a diario que conduciéndose con amor, trabajo, honestidad, perseverancia e ilusión, podemos alcanzar todo lo que nos propongamos. Porque los logros importantes en la vida no se obtienen sólo con dinero, incluso a veces es probable que no ayude a conseguirlos. Por contra, quizás los malogre'

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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

Mensaje  achl el Sáb Oct 15, 2016 11:24 pm



La Despedida y El Cierre

Actualmente, mi hijo ejerce de veterinario en la Protectora de Animales de Sevilla. Se halla investigando, junto con otros colegas, las enfermedades en los animales domésticos. Ya han han realizado algunos viajes al extranjero, en busca de nuevos conocimientos. Se casó con una compañera de la universidad, como yo; y ella es xenófoga de los animales domésticos -ironía del destino-. Ya me dieron un nieto. Su vida transcurre entregada a su familia y a su trabajo. Pero algunas veces hace incursiones en la copla, siempre que sus obligaciones familiares o profesionales se lo permiten. Pero no lo hace por un lucro económico, sólo trata de matar el gusanillo

Entre sus compañeros se encuentra el hijo de Pérez, Pérez Jr.; que, por cierto, está intentado convencer a mi hijo para instalar juntos un Consultorio para jóvenes veterinarios de Sevilla: Pérez&Amor Sucesores. Y como sea tan persuasivo como su padre, lo instalarán. Y con el paso del tiempo, puede seguir la saga con una tercera generación: Pérez&Amor Sucesores de Sucesores. Y en adelante, Dios dirá...

Mi hija aún sigue soltera y vive en Madrid. Oyó de la radio que había una vacante en un hospital de la capital, y entristecida dejó el pueblo, pero no podía dejar pasar esta oportunidad. Continúa estudiando. Cursa para lograr la especialidad en Puericultora. Dos veces al año viene a San Nicolás, para visitarnos. Es feliz viviendo sola. No obstante, ha llegado a mis oídos que la ven muy a menudo, acaramelada por Cibeles, en compañía de un médico de nacionalidad italiana. No sé. Pero como siempre he dicho, quiero lo mejor para mis hijos. Y mi hija es su propia dueña. Y lo que quiera que sea nos lo contará a su madre y a mí. Seguro estoy de ello.

Mi amigo, colega, casi sosias y exsocio, Pérez, vive con su esposa en la ciudad de Córdoba. Nos vemos poco, no habiendo más razón que porque no nos lo proponemos. Pero continuamos profesándonos el mismo cariño y amistad de nuestros primeros pasos en Huelva. Sus hijos se casaron ya, pero ninguno de ellos han hecho aún abuelo a sus padres.

Mi mujer y yo permanecemos en San Nicolás. Seguimos mimando el mismo amor que el día que cupido nos disparó. Acerté, pues, en elegirla como compañera. No sé lo que ella dirá de mí, pero yo digo de ella que es una gran señora, y siempre ha sido mi mejor amiga. Aún no le han aparecido ‘goteras’. A mí, sí: gota. Pero sigo con mis trabajos y además gratis, para gozo y ahorro del ya muy anciano señor Catalán, y para los granjeros de la región que soliciten mis servicios. Me ocupo también de una granja agrícola y ganadera que compramos en el término de Cazalla de la Sierra.

¿Mi sino? ¡Siempre con mis animales domésticos a cuesta!


¡Sí, la vida es maravillosa si nosotros mismos la hacemos maravillosa!



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Re: Mi libro "Y Dios se detuvo en Cerro Hierro"

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