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MI BLOC, QUE NO BLOG

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Mensaje  achl el Dom Mar 12, 2017 1:40 pm



Ella y sus recuerdos

Ella había dejado ya de contar sus pasos desde hacía rato. Dejó atrás la gente y entendió lo mucho que amaba el silencio tras encontrarse sin el, en lo diferente que se veía todo después de pasar tan sólo unas horas de nostalgia.

En aquel lugar se sentía inadvertida, y acogida y sola a la vez.

¿Cómo podía desear tanto un estado tan triste? La soledad la dejaba sin máscara, y así pudo verse a sí misma, presentada a través de un charco en el suelo.

El sol se asomaba por el horizonte, iluminándole el rostro, reviviendo el color de sus iris de multicolores. Ese momento, ese justo momento era el de cerrar los ojos y esbozar una sonrisa.

Había estado mucho tiempo buscando y resulta que lo tenía todo delante de sus narices. Volvió a sonreír, quería saborear el momento sólo una vez más, quería volver a mojar y recrear sus labios en los recuerdos. Eran tan diferentes...

¿Por qué un dios no podía enamorarse de un mortal? Quizá precisamente era eso lo que hacía de la situación tan especial.

Aun diferencia tan abismal, aguardaba un sentimiento entrañable. Sólo por esa noche...


Después, todo volvería a ser como antes. Todo volvería a transcurrir como si nada. Pero, eso sí, con una sonrisa dibujada en su historia


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Mensaje  achl el Dom Mar 12, 2017 3:44 pm



Agonía

Realmente no sé por qué estoy aquí, pensando, ausente de mí misma y de cuanto me rodea. Escribiendo, quizá por escribir, o tal vez por rellenar  esas lagunas de mi vida, de las que nunca he querido hablar. Intentando ahuyentar una vez más esos fantasmas que se empeñan en volver para ahogar los quejidos de mi alma, maltrecha de tanta agonía.

Lo que hago ahora es adentrarme en un mundo creado por mis fantasías, aferrándome con fuerza a... quién sabe qué realmente. Pero da lo mismo.

Imagino sueños, pero no puedo dejar de vivir la realidad que cada día se presenta por sorpresa, sin avisar, sin preguntar si quiero verla. Pero, ahí está puntualmente ante mí para que no me olvide de ella.

Algunas veces quiero hablar sola, otras veces quiero gritar a todos que me dejen en paz. No quiero ver lo que me espera, quiero estar sola, sin hablar, sin que nada ni nadie pueda tener la oportunidad de dañarme, sin que mi corazón y mi alma se desgarren una vez más, y van... por la desesperación. Pero otras veces, las más, me tranquilizo, para continuar seguidamente atormentándome sin piedad

Quizás no este muy segura de lo que hago aquí; puede que nada, puede que todo. Sólo sé que el pasado está donde debe estar y que mi futuro lo seguiré escribiendo yo. ¿Pero qué es lo que quiero escribir? Las dudas me corroen, me destrozan, van a ser mi final...

Intento desesperadamente reponerme, pero ya no hay nada y nadie a lo que aferrarse y lentamente me apago. Se me acabaron los motivos para seguir viviendo y soy demasiado cobarde para acabar con mi vida. Creo que sería lo mejor. ¿Pero cómo y cuándo debo hacerlo?

Intento encontrar el valor para irme definitivamente. Es el único modo de conseguir que no tengan que preocuparse por mí. Y así todos quedamos satisfechos: ellos por verme morir y yo por por imaginarme muerta. Esta vida ya no es para mí. Me ha superado...

Sigo sin entender el motivo de mi absurda existencia.

Otro día más de desánimos, desesperanza, desilusión y decepción con la vida. Me siento perdida, confusa. Ya no quiero nada, no necesito nada, no espero nada... En realidad, no sé por qué narices sigo aquí, ni para que siguen amaneciendo los días para mí.

Estoy cansada, muy cansada, toda una vida dando amor, regalando mi tiempo, mi esfuerzo, mi ilusión, pidiéndole a la vida tan sólo un poco de eso mismo que di y, al final descubro que el amor, el respeto, el derecho a ser persona, el derecho a la justicia en mi vida, tan sólo se reducen al volumen de mis ingresos.

Nada tengo. Nada soy.


Ya no quiero luchar más por eso y ya me veo condenada a sufrirlo cada día hasta que me extinga por completo. Y que no se demore mucho, quiero desaparecer ya...


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Mensaje  achl el Lun Mar 13, 2017 1:23 pm



Actitud de mierda


Creo que no voy a poder deshacerme de mi actitud de mierda. Un cúmulo de sarcasmos constante, un millón de millones de comentarios que se apelotonan en mi cabeza, no sé si producto de la infelicidad, o de la verdad común que la mayoría de humanos negamos


Quisiera comandar ejércitos en pos de cambio, pero sólo soy un dolor de cabeza, una inyección mal puesta, un dardo venenoso que se quita antes de que mi mala leche pueda hacerle pupa. A veces sueño con un pelotón de fusilamiento que horada a gente inocente.

Mi niñez, que pasó lenta, quedó reducida a un pegote de pasado del que no puedo librarme. Mi habilidad con el balón en el colegio, tres tonterías oportunas, y ya tenía metido a mis compañeros en el bolsillo. Las niñas largaban de mí y mis profesores ni me castigaban de lo bien que les caía. Esto es así, cual líder infantil de hora de patio crees que la vida siempre será igual. Pero llega la hora del cambio, que no es fácil, es obligatorio.

Pero el único cambio será de la infancia a la vida real, que viene luego de la adolescencia, en forma de decisiones que tendrás que tomar, que en importancia serán inversamente proporcionales a tu madurez. Después, quizás, descubras que has acertado, que tu vocación de cuando tenías 17 años coincide con la que tienes con 30. O puede que de pronto prefieras pensar en otra cosa, y por ejemplo poner 'Rita Irasema' en Google, para ver qué puñeta sale.

Y sí, piensas, 'Rita Irasema' era más que follable, incluso con su pinta de maestra de primaria remilgada, sus pañuelos al cuello y sus pantalones de finales de los ochenta. Erotismo para padres. No debía ser fácil ver a tu mujer cambiando de peinando cada dos semanas, sin poder cambiar de cara, mientras Rita cantaba en la tele, con aquellos niños repeinados de casting catódico. Lo bueno del pasado es que no siempre vuelve para joderte, a veces, recordando, te echas unas sonrisas.

Uno llega a los 30 y se cree que puede aconsejar a todo el mundo. Uno cree que tiene cosas que aportar, consejos cimentados en experiencias propias. Si alguien, por ejemplo, te quiere aconsejar sobre la manera de ligarte a una tía, te dice qué es lo que hizo él con su novia, y que seguro funciona, como si las mujeres fuesen todas iguales y sólo tuvieses que leerte el libro de instrucciones. 'Sabios de pacotillas, que se metan sus experiencias por el culo', que yo persigo otra cosa.

La discreción no está de moda. La sinceridad es confundida con la mala educación. Levantas una piedra y encuentras cuatro entrometidos; tipos que se saben con más vivencias que tú: 'tío, qué dices, yo a mi novia la conocí en una disco'. 'Tío, en serio, tienes que salir'. 'Tío, por qué vas tan lento, ¡decídete ya!'. 'En serio tío, quita esa música rara'. '¿Y qué hiciste ayer en tu casa, ver una peli?'. Y tú vas y sueltas tus ironías de chico raro a la cara, una declaración de principios camuflada, y a la vez un mensaje claro y directo: 'yo no quiero ser como tú'.

Puede que el mayor logro de tu vida sea que ciertas personas no vuelvan a dirigirte la palabra. 'No es que haya un camino a seguir', pienso, es que la gente sólo ve un camino a seguir, con ciertas normas, dimes y diretes. Si ya tuviste tiempo desde los 18 a los 25 años para descubrir que no te gustan las discos, no tienes por qué seguir yendo cada finde. Puede que no te gusten los autos o las motos, y puede que conserves idea romántica de las relaciones que te alejan del apego de formar una familia porque sí, porque ya se te están adelantando todos los de tu generación.

Hay que hacer un esfuerzo agotador por desaprender si realmente quieres pasar por la vida con más altibajos que un geranio. Métete en la cabeza, concéntrate en la imagen de Espinete teniendo espasmos, mientras las balas terminan con su vida de erizo infantil; su sangre rosa salpicando el barrio, sus vísceras de disímiles y divertidos colores desperdigadas por el plató. Los Reyes Magos, los cumples con ilusión, los partidos de fútbol de tres horas, las bragas de la niñas, mi madre llamándome a gritos por la ventana...

Sinceramente, todo un tedio, el preludio de la vida adulta que a la gente le gusta mitificar. Y esas canciones que hablan del pasado como algo maravilloso. Muchos ven anuncios románticos de veintitantos años atrás y ahora pierden el culo por escribir guarradas en facebook . Acicala tu hipocresía y seguro te va a ir bien, pero luego no le des muchas vueltas a tu vida en tu lecho de muerte.

Preludios sempiternos. A veces te metes en un laberinto y nunca acaba de llegar la parte divertida, a ese lío romántico con crisis hacia la mitad y beso al final. Nos gusta alardear de vida maldita. Es más atrayente pintar cosas de rojo pasión y hacer dudar a los demás si lo has hecho con sangre.

Una mañana despierto después de haber vuelto a soñar con mi infancia, violada por el Adolf Hitler de la vida adulta. La racionalidad quizás sea el cáncer de todo esto. Dispara a tu yo matemático, captador de lo tangible y negador de intervenciones divinas. Vuélale la cabeza a ese tipo cínico que llevas dentro, o a esa joía chica que critica y juzga todo. Conviértete en Ken o Barbie. No tires tu pasado, ni endemonies tu futuro. No tengas miedo de exagerar las anécdotas. No tires al retrete esa salsa de la vida. La salsa de la vida; repite esto: '¿qué sería de tu vida sin esas pequeñas cosas que haces porque todo el mundo hace?'.

Cambiar suena demasiado escalofriante. ¿Por qué quitarle el polvo a un libro si puedes seguir viendo fotos de revistas? ¿Acaso no vas a acoger a Dios en tu corazón? ¿Así de insensible vas a ser? ¿Vas a ir en contra de Dios? Mira a tu madre, ¿vas a hacerla llorar con tu agnosticismo al borde del demoníaco ateísmo? Sin la historia más grande jamás contada no vas a ser nada. ¿Cómo vas a ser capaz de ir en dirección contraria? Los faros de los otros coches te van a cegar y vas a palmar por estúpido, por ir en contracorriente. Aunque para ti ese estilo de vida común no sea más que tradiciones y críos desnutridos. Dispárate al corazón y frena tu discurso moralizante. Envuelve todo esto en asesoramiento. Etiquétalo, archívalo en la 'A' y sigue adelante con tu vida.

Y todas las frases y las ironías siguen entrando en mi cabeza, a falta de otras mentes por aquí lo suficiente abiertas o estúpidas. Es lo que queda cuando vas tirando las etiquetas, cuando haces limpieza en tu cerebro y conservas sólo lo que abarca el sentido común.

Sabes que hay gente a cuya no le gusta tirar nada porque de algún modo debe tener miedo de que aun su optimismo, el futuro pueda ser peor que el pasado y haya que lamentarse por haberse deshecho de algo a lo que podía aferrarse para recordar ciclos mejores. Lo cual quizás sea en parte el motivo por el que cuando preguntas a un católico por qué cree en Dios te diga: 'porque sí' ¿Cómo intentar hacer que alguien vomite cuando sólo le queda bilis? No debes seguir forzando situaciones, no debes obligar a nadie a pensar si quiere ser como es o por qué cree en lo que cree, pues sólo te podrá responder que tiene fe, o que para gustos los colores, o que la tradición es la tradición...


Y mientras tanto, yo, como muchas otras personas, creo que no podré deshacerme de mi actitud de mierda


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Mensaje  achl el Miér Mar 15, 2017 12:14 am



Aquella última puerta

Y aquí estoy yo, sentado en la oscuridad, frente a una puerta que no sé si quiero abrir, mientras 'eso' continúa buscándome. Pero... ¿cómo terminé metido en esto?

¿Mi nombre? Adolfo. ¿Mis apellidos? No importan.

Todo empezó con la muerte de mi padre, año atrás. Nunca fui próximo a él. Desde que se separó de mi madre no volvimos a hablar; de hecho, su muerte fue lo único que me indicó que en estos últimos años seguía vivo. En su funeral me dijeron que se había casado de nuevo, y que tenía dos hijos, lo cual no me sorprendió; lo que sí me sorprendió es que luego del funeral me informasen que yo constaba en su testamento. Me testó una caja de madera cerrada y una llave con una nota: 'tú eres libre de elegir'.

Una vez en mi casa, me empecé a cuestionar si abrirla o no. Por un lado, tenía curiosidad, pero algo me decía que no debía hacerlo, y además ese extraño mensaje... Finalmente, me fui a dormir.

A la mañana siguiente me desperté muy decidido. Así que abrí la caja y dentro hallé un cuaderno. Éste estaba completamente en blanco, salvo una nota con la letra de mi padre: '¿estás dispuesto a seguir?'.

En ese instante no lo pensé, pero si hubiese sabido lo que pasaría luego, mi respuesta habría sido distinta. En la última página del cuaderno había un sobre con una dirección.

El lugar escrito en el sobre era una antigua librería. Entré y me atendió un extraño anciano. Le mostré el sobre, me miró y me dio un viejo libro, que al parecer era un diario de vida. Me fui a mi casa con el libro en mis manos, y una vez allí me puse a leerlo. El diario parecía de una persona trastornada que hablaba de un lugar oscuro en el que escuchaba hablar a los muros y que sus pasillos eran recorridos por los mismos demonios. La historia me pareció una locura, pero no sé por qué pensé que no era mentira.

Al final del libro había escrito un nombre con sus dos apellidos: José Gros García. Al indagar en internet encontré una noticia de 1968 que decía que un obrero de una mina se volvió loco y asesinó a sus compañeros. El tipo fue juzgado y declarado loco, por lo que fue encerrado en el manicomio 'El Faro'. Ya allí pregunté en recepción por él y hallé mi primer obstáculo: se había suicidado. Pregunté que quién estaba a cargo del enfermo y me dijeron que el doctor López. Fui a hablar con él y me dijo que al principio logró detener su paranoia, pero que en los dos últimos meses su estado decayó drásticamente, lo que lo llevó finalmente al suicidio.

En mi casa de nuevo, tuve tiempo para pensar en cuál sería mi siguiente paso, y entonces recordé el artículo del diario que encontré en internet y procedí a examinarlo con más detalle. En esto descubrí que el autor de la noticia fue Alejandro Orate Grillado, lo que me dio una nueva esperanza. Lo busqué en la guía telefónica y encontré su dirección.

Una vez en la puerta de su casa pulsé el timbre y la abrió un tipo de unos 50 años. Después de saludarle le dije que quería hablar con él. Me invitó a pasar. Ya dentro le hice algunas preguntas sobre lo ocurrido en la mina.

____Señor Orate, ¿qué sucedió con Gros hace 30 años?
____En la mina 'Endemonio', José Gros y ocho compañeros más estaban encargados de excavar en una nueva zona, más profunda que las otras, ya que se estaba buscando otras fuentes de minerales. Según declaró el propietario de la mina, a la segunda semana, Gros empezó a enloquecer y decía que no debían seguir excavando porque la mina estaba enojada con ellos. Pero él mismo no echó cuenta y siguió. A la octava semana de excavación ocurrió la tragedia: Gros mató a todos sus compañeros. Pero lo más curioso es que cuando le entrevisté negó el hecho. Estaba seguro de que no había sido él. Luego de esos asesinatos la mina cerró.
____¿Y usted nunca pensó que él no los asesinó? -le pregunté.
____Esa interrogante no me ha dejado dormir bien en los últimos 20 años -me respondió.

Tras esto me despedí de Orate y me dirigí a mi casa. Allí por primera vez relacioné todo esto con el diario de vida, por lo que ahora estaba seguro de que el lugar que describió Gros en el diario era aquella mina. Me puse a leer el diario de nuevo, pero desgraciadamente las últimas páginas del libro eran ilegible, por lo que no pude saber que lo que para Gros sucedió allí abajo el día del asesinato. Me pregunté '¿qué sucedió realmente en la mina?'. Decidí finalmente entrar a la mina para averiguar por mi cuenta. Cogí mis cosas y me dirigí hacia donde se hallaba la mina.

Cuando llegué al lugar, éste parecía completamente deshabitado. ¡Ojalá hubiera sido cierto!

En la entrada de la mina vi un mapa en la pared; memoricé cómo llegar hasta el sector. Encendí mi linterna y me metí en la boca del lobo.

La mina era bastante tétrica, pero en general no tuve problemas. Cuando llegué a la puerta del sector 7 tuve un escalofrío que me advertía que no siguiera, pero mi curiosidad era grande. Abrí la puerta y seguí mi camino. Una vez en el sector 7 empecé a sentir una rara sensación, como si 'algo' me estuviera mirando. Al fin llegué al final del túnel donde debieron estar excavando y allí por primera vez comprendí de lo que hablaba Gros en su diario, pues en mi cabeza retumbaba 'aléjate', y estoy convencido de que ésta no era una voz de mi interior. Mire a mi alrededor, como para darme una excusa a mí mismo de por qué no me atrevía a seguir, y en esto que vi una hoja de cuaderno tirada en el suelo. La cogí y las palabras escritas me quitaron el aliento.

Escritas en rojo, deseé que no fuera sangre, decía: 'hijo, en cierto modo me alegro de que hayas llegado aquí, ya que lo más seguro es que ahora esté ya muerto. Antes que nada te pido perdón por lo que te voy a pedir, lo que en realidad quiero, por favor haz lo que yo no pude hacer, coge la picota que dejé ahí y mira lo que yo no me atreví a ver'.

Por un instante quise pensar que no era mi padre, pero obvio que era él, sobre todo no quería creerlo. Sabía que una vez que avanzara más, ya no habría vuelta atrás. Igual que antes, mi curiosidad venció a mi inquietud, así que cogí la picota y empecé a excavar mientras esa voz en mi cabeza seguía 'aléjate', cada vez más fuerte. Finalmente, luego de unos minutos, crucé la pared rocosa y vi que tras la mina existía una construcción más antigua, cuya construcción estaba en mejor estado que la mina, como si aún estuviera en uso.

En ese lugar existía un único pasillo, que terminaba en una puerta. Seguí por el pasillo hasta la puerta mientras la voz en mi cabeza era ya intensa casi angustiante... '¡aléjate!'.

Al abrir la puerta llegué a un cuarto amplio, con una especie de máquina en un costado y una puerta sin manilla para abrirla al otro. Supuse que la máquina sería para abrir la puerta, pero cuando me fui acercando a ella, mi linterna se apagó, a la vez que que las voces en mi cabeza se callaron súbitamente. Esto me cogió desprevenido, pero seguí ciego y en silencio hacia donde recordaba que estaba la máquina, y entonces me asuntó el ruido de la puerta de la habitación abriéndose a mis espaldas. No estaba solo. No sabía qué hacer, lo que sabía era que tenía que esconderme. Así que me acerqué hasta la pared y me puse en cuclillas, esperando que lo que sea que hubiera entrado por esa puerta estuviera tan ciego como yo en esta densa oscuridad.

Después de un momento dejé de oír los pasos, y me atreví a encender el tubo fluorescente que traje para las emergencias. Y para alivio mío, 'eso' ya no estaba allí. Más calmado, me aproximé a la máquina y tiré la única palanca que tenía y, como sospechaba, se abrió la puerta al otro lado, así que no sé si por miedo de que 'eso' volviera o por la ansiedad de conocer lo que me esperaba más adelante corrí hacia la puerta. Una vez la crucé, ésta se cerró tras de mí y supe definitivamente que las cartas ya estaban echadas. Llegué hasta el lugar donde estoy ahora: un cuarto totalmente vacío, excepto por una enorme puerta al final de éste.

Me sentí más calmado, pero esta calma se rompió cuando oí golpes en el portal, por el que entré. La puerta era resistente, pero sabía que cedería. Tenía dos opciones: seguir adelante, o quedarme aquí y esperar que 'eso' me encontrase. La sensación que eso me causaba es igual a la que sentí al recibir la caja con la llave.


En ese atolondrado momento no sabía qué era lo que me llevó a cruzar la puerta, lo que sabía era que al otro lado de la puerta estaba el final de mi camino...


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Mensaje  achl el Miér Mar 15, 2017 5:36 pm




Tres vampiros y sus vampiras


Desde tiempos inmemoriales, los vampiros y los licántropos han sido enemigos mortales, pero todo cambia en la vida con el transcurrir de los años


Me llamo Aurelio y soy un vampiro. Desde que nací como vampiro, se me ha entrenado para seguir las órdenes de los altos mandos del aquelarre y sobre todo me han entrenado para matar a nuestros enemigos naturales: los lobos licántropos.

Hoy tengo diez mil años y continúo con el mismo trabajo: matando todo ser que para el aquelarre sea un peligro. Constantemente me cambio de país, pues en toda mi vida he aunado muchos enemigos, cuyos harían un festín si me viesen muerto. Vivimos en la misma casa mis dos hermanos, Pepe y Fran, y yo, con nuestras esposas vampiras.

Pepe es magnífico con el arco y la flecha; posee gran vista y una puntería impecable. A Fran le van más las artes mágicas, conjuros, sellos. El único problema de los dos es que son muy perezosos, y al final todo el trabajo duro termino haciéndolo yo. Soy excelente con la espada. Me gustan más las luchas cuerpo a cuerpo que los ataques a la distancia. Tengo agilidad y velocidad increíbles, habilidades que ayudan para mis ataques.

Una tarde de otoño nos llegó una misión al norte de del territorio en que entonces vivíamos. Numerosos demonios clase 'H', como los cataloga el aquelarre jefe, estaban haciendo grandes estragos en un pueblo pacífico, por lo que nuestro trabajo era eliminarlos a todos.

____¡Nada mejor que una misión así antes de la cena! -exclamó Pepe.
____¿No tienes otras frases? Siempre dices lo mismo dependiendo de la hora del día que sea la misión -repliqué yo.
____Alguien se levantó hoy con la pierna izquierda -dijo Fran, riéndose.

Cuando llegamos al lugar nos escondimos para analizar bien la situación. El lugar estaba en ruinas. Los 'H' habían quemado casi todas las casas y había muchos heridos. Afortunadamente, ninguno grave

____Concentrarse en lo que vamos a hacer. Pepe, busca un terreno alto, y tú Fran me cubrirás; pon barrera para sellar la zona. No quiero que nadie pueda entrar o salir mientras estemos allí. Yo me encargaré de lo demás -dije trazando mi plan.

____¿Desde cuando tú eres el líder? -me reprochó Fran.
____¿Tienes un plan mejor? ¿Quieres ser tú el que vaya? -le pregunté.
____No. Seguiremos tus instrucciones.
____Cuando todo acabe, nos vemos en casa -les dije y nos separamos.

Entré en el pueblo y esperé a que Fran sellase bien todo el lugar. Luego aguardé a que Pepe se posicionase. Eché un último vistazo y desenvainé mi espada. Sin más espera corrí hacia los demonios 'H', matándolos uno a uno. No era tarea fácil, pues medían casi tres metros y eran fuertes y resistentes.


Después de matar a los ciento diez demonios 'H', entre los tres nos ocupamos en atender y curar a todos los heridos, y en construir de nuevo las casas destruidas. Y, finalmente, al ver que todo quedaba en perfecto orden, nos dirigimos hacia nuestra casa, ya que nuestras mujeres siempre nos esperan con mucha ansia; cenamos y luego... ¡ellas sí! nos 'derrotaron'


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Mensaje  achl el Vie Mar 17, 2017 3:34 am




Horrible episodio en la vida de Carla


'Carla, contéstame, dime algo por favor. Estoy muy preocupado. Hace tres días que no sé nada de ti'


Éste fue el WhatsApp que Manuel envió al móvil de Carla. Pero Carla no contestó. Manuel y Carla eran amigos desde niños. A Manuel le gustaba Carla, pero no se atrevía a decírselo por el miedo a perderla como amiga. Además, a Carla le gustaba otro chico. Ese chico era, cómo no, el tipo de chico que ningún padre desea como novio de su hija, pero quizá por eso mismo era el chico que todas las chicas del Instituto deseaban.

¿Por qué Manuel no tenía noticias de Carla, si sus relaciones de amigos eran estrechas y permanentes?  

El lunes fue la cena de fin de curso. Era el último año de Instituto y al año siguiente muchos no volverían a verse. Javier llegó al restaurante, donde iban a cenar, en un Audi deportivo, que se había comprado con el dinero negro que le proporcionaba vender droga. Ni que decir que era el centro de atención y todas las chicas babeaban durante la cena.

Al acabar la cena, fueron a una disco, y allí Javier se fijó en Carla. No era la más guapa del Instituto, pero tampoco fea. Javier nunca se había fijado en ella, pero esa noche, Carla vestía un muy escotado vestido verde, que dejaba ver buena parte de su impresionante anatomía pectoral, y esto a Javier le llamó la atención. 'Jo, qué tetas; ¿por qué aún no me he follado a esa tía?', pensó. Así que, altanero, se fue hacia ella mientras apuraba las últimas caladas del cigarrillo, y rodeado por las miradas llenas de envidia del resto de chicas, entabló conversación con Carla:

____Tú eres Carla, ¿no?
____Sí.
____¿Cómo es que estando en el mismo Instituto y en la misma clase no hablé nunca con una tía tan guapa? Yo soy Javier. ¿Me das dos besos?

Carla le dio dos besos, sin poder evitar que se le sonrojase la cara.

____Sé quien eres. Eso mismo digo yo.
____Pues estúpido que fui. Lástima que sólo quede una semana de curso, ahora que nos hemos conocido. Me hubiese gustado conocerte antes.

La charla siguió con temas triviales. Javier le contó unas pocas anécdotas sobre las putadas que hacía él a los 'pardillos'. Putadas como robarles la ropa en los vestuarios mientras se estaban duchando después de la clase de Gimnasia, o mearse en las mochilas, sin que se diesen cuenta y ver la cara que ponían después al meter la mano para sacar los libros, e incluso agresiones físicas. Todas estas 'gamberradas' solían ser grabadas con los móviles de otros de su misma calaña. E incluso Javier había contactado a través de internet con un tipo que le pagaba bien esos vídeos. No es que este comportamiento le agradase a Carla, pero el estar con el chico más guapo y travieso del Instituto la hacía sentir importante, y no pudo evitar fingir que le hacían gracia esas historias. Ella pensaba que en el fondo no podía ser tan mal chico, y que quizá una chica como ella podría amansar a la fiera y convertirla en un hombre de bien.

Mientras tanto, Manuel desde lejos, con sus amigos en la otra punta de la disco, resignado, miraba cómo Carla parecía estar pasándoselo bien. Veía cómo bebían y reían, y cómo en un momento dado Javier le pasó la mano por la cintura a Carla y le susurraba algo al oído.

De pronto sonó en móvil de Javier Éste contestó y comenzó a hablar. Con el ruido de la música, Carla sólo pudo escuchar que Javier decía: 'vale tío, pero no me jodas esta vez y tráete la pasta; no te fío más'. Y colgó.

Miró a Carla y le dijo:

____Bombón, tengo que ir a un sitio un momento.
____Pues nada. Ya nos veremos en otra ocasión.
____Tengo una idea. ¿Por qué no me acompañas? Sólo será un momento y así de paso te enseño mi coche nuevo.

La última vez que Manuel vio a su amiga ese finde fue en ese momento, saliendo de esa disco junto con Javier. Al otro día, martes, Carla no fue a clase, y durante todo el finde, Manuel no tuvo noticias suyas, pese a que solían quedar los martes para ir a un cine, por los precios especiales para estudiantes. Llamó a todas sus amigas y ninguna sabía nada de ella.

El martes por la mañana, penúltimo día de clase, todo el mundo hablaba sobre vacaciones, sobre las incorporaciones a la Universidad, o sobre la Selectividad. Pero Manuel no hacía más que mirar hacia el vacío pupitre de Carla. La clase de Matemáticas acababa de empezar y ella no estaba, y tampoco Javier, pero ésta ausencia era normal.

De repente, se abrió la puerta y entró Carla. 'Pasa, por ser el último día, haremos la vista gorda con la puntualidad', le dijo el profesor, en tono de broma. Carla nunca llegaba tarde, así que si esta vez lo hizo era por algo. Fue directa a su pupitre y sin mirar a nadie se sentó y estuvo todo el rato cabizbaja y pensativa, como ausente...

Al acabar la clase, Manuel se acercó y le preguntó por qué no contestó a su WhatsApp. 'Me robaron el móvil', dijo ella. 'Sí, debió ser una nochecita muy loquita, ¿no Carla?'. Le dijo su compañera de pupitre, y algunas chicas empezaron a reírse murmurando sobre los morados que Carla llevaba en el cuello. Manuel se percató de que también tenía un cardenal en uno de los brazos, como si alguien la hubiese sujetado con fuerza.

Al terminar la clase, Carla recogió sus cosas y salió, presurosa sin mediar palabra y sin esperar a Manuel, como era habitual. Manuel se escamó y salió detrás suya, alcanzándola a la salida del Instituto.

____¡Carla, espera! -dijo en voz alta.
____¿Qué quieres? -dijo ella, sin detenerse.
____¿Que qué quiero? Estás muy rara. ¿Qué te ocurre?
____¡Nada, no me pasa nada! ¿Por qué me tendría que pasar algo? ¡Qué pesados estáis todos hoy -respondió en tono airado
____¿Por qué te enfadas conmigo? ¿No ves que lo paso mal al verte así? Sé que algo te ocurre. ¿Crees que soy imbécil? Te conozco muy bien.

Carla rompió a llorar. Manuel la abrazó y trató de tranquilizarla.

____Por favor, cuéntamelo.
____Está bien -le dijo ella-. Pero aquí no. No quiero que nadie me vea así. Vamos a mi casa. A estas horas no habrá nadie en casa.

Y se fueron a su casa. Ya allí, le contó a Manuel lo ocurrido, sin mengua del decoro, debido a lo cándida que era, por la mucha confianza que se tenían y porque siempre le había considerado su mejor amigo  >>>


>>> Javier abrió las puertas de su Audi  deportivo. Se quitó la chaqueta, quedándose en camiseta de manga corta, que dejaba ver el dragón que llevaba tatuado en su musculoso brazo. Entramos en el coche y salimos rumbo al parque, que está detrás de la Iglesia. Un lugar sombrío y poco transitado, donde Javier había quedado con uno para, según supe luego, venderle un gramo de coca.

En el trayecto vi, alucinada, la habilidad que tiene Javier para conducir y liarse un porro simultáneamente. Le dio un par de caladas y me preguntó si quería, a lo que contesté que no.

Aparcó en un lugar oscuro del parque y dijo: '¡no me lo puedo creer; este cabrón no ha venido aún!'. '¿Que hacemos aquí?, le pregunté. 'Esperar a que venga uno que tengo que darle algo'. Me dijo que nos pasásemos al asiento de atrás mientras esperábamos.

Dio dos últimas caladas y lo tiró por la ventanilla; la cerró, me miró y me sonrió, que, ingenua yo, le devolví la sonrisa. Acercó su cuerpo al mío y me pasó la mano por detrás de la cabeza, mientras que dos dedos de la otra oscilaban en mis labios.

____Eres una chica muy bonita. ¿Lo sabías?
____¿En serio? Gracias.
____Oye, y ese Manuel... ¿Sale contigo?
____Sólo somos amigos.
____¿No tienes novio entonces?
____No.
____No puedo creerlo. Una cosa tan linda como tú y sin novio

Y mientras me decía esto, me acariciaba la espalda con una mano y con la otra la cara. Yo temblaba. Entonces me besó y me acarició las piernas desnudas. Adentró una de sus manos por debajo de mi falda y cuando yo me percaté de sus intenciones, cerré las piernas y le dije:

____Lo siento... Eso no, por favor.

Pero Javier no estaba acostumbrado a que le negasen nada.

____¿Qué pasa? ¿Estás quizá con la regla?
____No, es que... verás, me gustas, pero yo... yo soy virgen aún.
____No te preocupes que eso lo arreglo yo enseguida.
____Pero... es que no sé si quiero 'hacerlo'. Acabamos de conocernos.

En ese momento una luz irrumpió por detrás y se paró al lado del coche. Era el cliente de Javier. Yo le reconocí al ver su furgoneta. Se trata de un tipo peligroso al que apodan 'el Coca', un drogadicto que había estado en prisión por robos con violencia y por violación.

Sin hablar, 'el Coca' se sentó en el asiento derecho delantero y preguntó: '¿lo tienes ya?'. Javier sacó una caja de debajo del sillón del conductor. El sitio donde esconde la droga para que sus padres no se  la vean en casa, pues pensé que sus padres hacen registros por su cuarto. Sacó una bolsa con polvo blanco y le preguntó al 'Coca': '¿uno?' 'Sí, dame ese gramo que tengo un mono que no veas. Me voy a preparar una aquí mismo'. 'De eso nada, ¿no ves que tengo compañía?'. 'Venga, tío, que sabes que solo me sienta mal'. Javier le dejó. Al fin y al cabo, era 'un cliente fijo'.

'El Coca' echó un poco de polvo sobre un CD, lo trituró con una uña, sacó un billete de cinco euros, lo enrolló en cilindro y con él, inhaló la cocaína. Luego dijo: 'voy a mear' Y salió del coche dejándonos solos.

____¡Javier, esto no me gusta! ¡¿Me llevas a la disco o a casa por favor?! -grité yo.

Pero Javier estaba mirando como 'el Coca' hacia su meada.

____¿Has visto que 'paquetón' tiene este cabrón?
____¡¿Me estás escuchando?! ¡Quiero irme ya! -insistía yo.
____Tranquila. Sé que no te gusta ese tío, pero conmigo estás a salvo.

'El Coca' volvió al coche y ya estaba sintiendo el efecto de la droga. Cada vez más nervioso y eufórico. Comenzó a hablar como un comentarista de política sobre lo respetado que era él en la cárcel. Javier trató de cortarle el rollo para que se largase.

____Tío, ahora vete ya, que tengo un asunto entre manos.
____Ya veo, ya, menudas tetas tiene tu asunto. Cuánto eché de menos en la cárcel comerme melones como esos. ¿Por qué no me la presentas?
____No te pases, tío. Que esta fruta es para mí solo.

____¡Venga, Javi, tío! que con el polvo me pongo muy cachondo y no me queda pasta para ir de putas. Deja que me la folle  -y mientras decía esto estiró el brazo y me tocó un seno, que reaccioné chillando y diciéndole:
____¡Suéltame, cerdo!
____¿Cerdo yo? Jajajaja -respondió.
____Venga 'Coca', lárgate ya. ¿No ves que no quiere? -dijo Javier.
____¿Y desde cuando te importa lo que quiera una puta? Tampoco quería contigo. La he oído decir que quería irse. Con lo guapa que es esta zorra, ¿vas a dejar que se vaya? Vamos a follárnosla entre los dos.
____Y me busco la ruina. ¿Crees que quiero acabar preso como tú?
____Esta puta no dirá nada a nadie, por la cuenta que le trae

Después de decir eso, sacó una navaja de grandes dimensiones. Miró a Javier y le dijo:

____Y tú tampoco dirás nada ¿Qué prefieres echar un polvo o...?
____Joder, 'Coca'... Visto así... tienes razón.

Yo, llorando, muerta de miedo y con la voz entrecortada, le dije:

____¡Javier, no! ¡No, por favor!
____Lo siento, no puedo hacer nada. Me amenaza con navaja y está loco, pero que conste que yo no quería. No dirás que fui yo, ¿verdad?

'El Coca' salió del coche, abrió una de las puertas traseras, hizo un gesto a Javier para que se apartase y llevó la navaja a mi cara. Yo no paraba de llorar, mientras se desabrochaba la bragueta y dejaba al aire su enorme miembro, que estaba ya totalmente erecto.

Poniéndose sobre mí, aplastándome, y bajo la mirada entre temerosa y morbosa de Javier, 'el Coca' me dijo: 'chupa'. Yo, inundada en lágrimas le respondí: 'no, por favor, no; deja que me vaya, no diré nada a nadie'. 'El Coca' me cogió del cuello y puso su miembro en mi boca. Me tiró de los pelos, me acercó a su cuerpo y restregó su miembro por mi cara. '¿Qué prefieres chupar o te corto la lengua? 'Vale', dije, mezclando las palabras con el llanto. Empecé a chupar. Era tan grande que no cabía en mi boca. Luego, 'el Coca' me tiró del vestido para bajármelo. Cuando lo bajó hasta la cintura, le hizo seña a Javier para que me lo quitase. '¡Quítale también el sostén y las bragas; vamos, desnúdala entera!'. 'El Coca' sacó su pene de mi boca y empezó a chuparme los senos, mientras Javier me quitaba las bragas.



Según dicen tengo buen cuerpo. Me considero alta, metro setenta cinco, pelo negro, ojos verdes, no verdosos, ni verdes azulados, verdes como la albahaca. Mis pechos son grandes, pero firmes. Javier me dijo que creía eran operados. Cintura estrecha, vulva rosada, con vellos sin rasurar.

Me dije eso para mi interior en una pausa del relato, pensando que quizá el atractivo de mi cuerpo fue lo que llevó a Javier a hacer lo que hizo.


¡Chúpaselo!, ordenó 'el Coca' a Javier mientras él seguía mordisqueando mis pezones, y yo cerraba los ojos con fuerza, pensando que aquello era una pesadilla y que acabaría pronto.

Pero algo me devolvió a la realidad. Sentí la lengua de Javier frotando mi clítoris. No pude evitar que mi cuerpo reaccionase ante esa caricia. Sentí una especie de calambre que me hizo cimbrear, y solté un grito mientras sentí por mis muslos un liquido que salía de mi vagina. ¡Esta puta está a punto', dijo 'el Coca', y apartando a Javier se puso sobre mí y separó mis piernas. Quise volver a suplicar pero antes de poder articular palabra, 'el Coca' puso un dedo en la entrada de mi vagina y apretó, haciendo que su dedo entrase dentro, causándome fuerte dolor. Cuando 'el Coca' sacó el dedo, estaba empapado de sangre. '¡Oh, voy a estrenar raja!', dijo.

Javier dijo que sería buena idea grabar con móvil. Por algo así le pagarían buena pasta, pero al coger su móvil se percató que se había agotado la batería. Buscó en mi bolso y cogió el mío, empezando a grabar.

'El Coca' se puso encima mía, chupándome los pezones y restregando su pene por mi vagina, tratando de encontrar el agujero; al sentirlo, apretó fuerte. Yo sentía presión e intentaba no mirarle, pero su aliento me daba en la boca. De repente, sentí un dolor que me obligó a gritar. Y eso que sólo había logrado meterme la punta, pero seguía empujando para seguir penetrando, pero entre la estrechura de mi himen y la monstruosidad de su pene, la penetración era muy difícil. Me dolía mucho y no podía evitar moverme para evitar el dolor. 'El Coca' me echó la culpa por no estarme quieta. 'Así no puedo follar; abre las piernas. ¿No piensas estarte quieta? ¡Peor para ti!', me dijo, con cara de loco.

Me cogió del brazo, me sacó fuera del coche y me empujó de boca contra el capó. De modo que mi ano quedó a la vista. 'Javi, tu turno, quiero que te folles a esta puta por el culo'.

Javier le dio el móvil a 'el Coca', que lo cogió y siguió grabando. Javier se chupó un dedo y luego lo metió en mi ano. Ya no me quedaban fuerzas ni para quejarme. Después puso su pene en el agujero y empujó con fuerza; me sodomizó y siguió cada vez más violento. Empujaba una y otra vez, a  la vez que con ese rítmico vaivén, mis senos se movían sobre el capó del coche. Yo rugía de dolor. De pronto, Javier comenzó a rugir y la cara se le puso morada, y las venas del cuello se le hincharon. 'Javi, tío, qué pronto te corriste', dijo 'el Coca', que no había parado de masturbarse en todo el rato. Luego me dio la vuelta y me empujó hacia abajo hasta ponerme de rodillas. Puso su pene entre mis senos y me obligó a que me los sujetase con las manos y los moviese de arriba abajo para masturbarle con ellos.

Al cabo de unos minutos haciendo eso, apuntó hacia mi cara, rugiendo. Y cuando imaginé lo que iba a suceder, cerré los ojos y la boca, y entonces sentí dos chorros de líquido caliente y viscoso que me fusilaban el rostro. El semen del 'Coca' me caía desde el pelo cruzando la cara y chorreando hasta mis pechos.

Luego Javier me trajo a casa advirtiéndome que si contaba algo, 'el Coca' nos mataría a los dos. Entré aquí y me fui directa a la ducha, y luego me metí en la cama. Al otro día fingí estar enferma para no ir al Instituto. Me pasé escondida en mi cuarto todo este finde, llorando. Sentía rabia, pero también miedo; miedo a tener que contar todo lo que pasó, miedo al que dirán, miedo por hacer sufrir a mis padres, y miedo de mí misma por no comprender qué en el fondo hubo un momento que me sentí excitada. Y ahora se repite en mi cabeza de forma constante que me atormenta: 'si no me hubiese montado en el coche de Javier' <<<<



Al acabar de escuchar esa historia Manuel, enfurecido como nunca, salió corriendo en busca de Javier. Sabía que lo hallaría en la parte de atrás del Instituto, fumando hachís con sus secuaces. Fue hacia él y, para asombro de todos le dio un puñetazo que lo cayó al suelo. Siguió pegándole buena dosis de patadas. Finalmente, lo arrastró y siguió pegándole una serie de brutales reveses mientras le decía encolerizado: '¡hijo puta, delincuente, chulo, cabrón, drogadicto, malnacido; ahora vas a cobrar por todo lo que le has hecho!'. Chorros de sangre salían disparados de aquel cuerpo a cada golpe. Los otros chicos no se lo podían creer. Un chico menos fuerte que él, estaba zurrando fuerte al que llamaban jefe en el Instituto. Hasta los profesores le tenían miedo.

Cuando Manuel dejó de golpearle y soltó su cabeza, Javier cayó al suelo semi inconsciente. Y al darse la vuelta para marcharse, los otros chicos se apartaban a su paso, con miradas de desprecio.

Al otro día, Carla, llorando, a lágrimas vivas, le dijo a Manuel que no se atrevía a denunciarle. Y añadió:

____No hay ninguna prueba. Han pasado ya varios días y me he duchado todos los días, incluso dos veces.
____Pero existen cardenales y heridas que puedan servir como pruebas. Además, sabemos donde guarda las drogas. De eso sí tenemos pruebas. Podemos acusarle por eso -respondió Manuel.

Manuel convenció a Carla para que le contase todo a sus padres. Bueno, sin tantos detalles como a él. Y sus padres denunciasen el caso. Fueron al hospital. Examinaron a Carla. Por suerte, 'el Coca' no había eyaculado dentro de su vagina; pero aun eso, le hicieron todo tipo de pruebas para descartar infecciones de transmisión sexual.

Cuando la policía registró el deportivo de Javier, encontró la cajita donde guardaba la droga, y además el móvil de Carla. Quedaban de manifiesto las pruebas suficientes para detener a Javier y a 'el Coca'.

Al los seis meses se celebró el juicio. Por entonces Carla había empezado a ir a la Universidad, que la ayudó a soportar el cruel episodio. Se olvidó de todos, menos de Manuel con quién se sentía más unida que nunca.

Manuel, junto con los padres de Carla, la acompañaban siempre que ella tenía que acudir a comisaría para declarar, o para hacerse los chequeos pertinentes en el hospital.

Finalmente, todas las pruebas fueron negativas. Se le diagnosticó en su momento lesiones fuertes en la vagina y varios desgarros en el ano, que a estas alturas ya estaban curados.

El Juez ordenó ingreso en prisión de 'El Coca por delitos contra la libertad sexual, por reincidente y por violar la libertad condicional. El mismo Juez desestimó la petición del abogado de Javier para que se considerase a su cliente como víctima por el hecho de que 'Coca' lo había amenazado con arma, pero estimó que Javier pudo haber evitado la violación mientras 'el Coca' trataba de consumarla, y en su lugar se limitó a grabar todo aquel macabro espectáculo.

Después del juicio, Manuel fue a la casa de Carla para a visitarla. Saludó con cariño a sus padres y después entró en el cuarto de la muchacha. Se sentó junto a ella, la abrazó, y Carla le dijo: 'gracias por todo, por estar a mi lado en todo momento, y perdona por no haber atendido tus consejos y por no haberme dado cuenta de que sentías mucho amor por mí'.

Se besaron en los labios y Manuel le dijo que si ella quería, nunca jamás volvería a pasarle lo que le pasó.


A partir de entonces, Carla y Manuel empezaron a salir, y ahora como algo más que simples amigos. Ese mismo día hicieron el amor por primera vez. Carla no sintió ningún dolor, por contra, mucho amor y mucho placer, y por primera vez en su vida tuvo un orgasmo


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Mensaje  achl el Dom Mar 19, 2017 2:22 pm



Poco pecho, caderas anchas, cintura poco pronunciada

La mayoría de las mujeres hacen lo imposible para mantener un cuerpo perfecto, ahora bien, ¿se debe contar con 90-60-90 para lucir una figura ideal como pide la moda? ¿Qué ocurre con las mujeres de poco pecho, caderas anchas, cintura poco pronunciada? Es ese caso... ¿dónde entran en juego la mala alimentación y el empeño en las cirugías estéticas, que ponen riesgo la salud?

Dicen algunos nutricionista: 'el concepto de peso óptimo está perdiendo fuerza como valor para medir la realidad metabólica y fijar un punto de control'. Aunque para muchos suene extraño y aún no sea aceptable por la industria de la moda, según estudio realizado por científicos de Texas, Kelly Brook resultó ser la mujer con el cuerpo 'perfecto'.

Brook cuenta con 37 años y es la que más se acerca al ideal del cuerpo femenino: estatura de 1,68 y medidas 99-63-91. Los científicos llegaron a la conclusión que sus curvas, su rostro y su cabello armonizan su figura. Cabe resaltar que la modelo no se ha sometido a ninguna cirugía estética y esto es una de las razones principales por la que resultase la mujer con un cuerpo 'perfecto'.

Lo antes citado rompe completamente el gran peso que en su momento tuvieron las medidas 90-60-90. Para el siglo XXI, es muy atractivo para la sociedad las curvas pronunciadas del cuerpo femenino, sin que éste sea un cuerpo con exceso de peso.


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Mensaje  achl el Jue Mar 23, 2017 5:46 pm



Mi uniforme de trabajo

Recuerdo bien que antes de acudir a aquella entrevista de trabajo, noté algo muy extraño que se fue acrecentando no bien me bajé del autobús y empecé acercarme a aquel club de campo.

Tenía muros altísimos, como los de esas urbanizaciones que con los años y las continuadas crisis económicas quedaron en casas miserias. Hasta el portón enrejado de la entrada estaba cubierto por una lona negra que no dejaba ver ni el más mínimo resquicio de adentro.

Luego de lo largo y pesado que se me hizo el viaje desde Sevilla hasta un lugar medio escondido del último pueblo de la zona llegué al portón de la entrada y pulsé el timbre del portero eléctrico.

____¿Sí?
____Vengo por lo del anuncio de fontanero -respondí.
____Un momento -dijo la misma voz cascada, como de abuelo.

Aquel club estaba en una zona aislada, casi en medio del campo, lo que aumentaba mi curiosidad de por qué tanta manía por la privacidad. En el anuncio del diario pedían 'jardinero con experiencia para club de campo'. Necesité subirme a un metro y tres autobuses para llegar a ese rincón de la zona alta del Aljarafe sevillano.

Diez minutos después, unos ojos se asomaron por la mirilla:

____¿Sí?
____Soy la persona que llamó antes y vine para lo que dije antes.
____Ahora mismo le abro.

Se corrió el portón y apareció un viejo desnudo, salvo unas alpargatas de color beige, quizás para hacer juego con ese tostado completo de su piel. Me quedé helado. Clavado donde estaba. Aquel viejo me vio la cara y me preguntó:

____¿No sabía usted que este es un club nudista?
____No -respondí-. En el anuncio no mencionaba esta 'particularidad'.

Creo que esa palabra usé para especificar el lugar. Como no me decidía a entrar, aquel viejo me dijo:

____Bueno, ya que vino hasta aquí, aproveche la entrevista.

Y después, con tono más firme, como cansándose de mi indecisión:
____¡Pero pase, pase, que no le vamos a comer!

Pensé que los empleados del lugar no tenían por qué imitar a los socios del club en sus hábitos. Al fin y al cabo, el nudismo no era una religión y yo no tenía por qué ponerme en pelotas para entrar en el templo. En fin, como el viejo se aburría de esperarme, me decidí y entré.

Le seguí por un sendero de laja hasta un chalet con un cartel que rezaba 'Club Embolas. Dirección'. En el trayecto de unos cien metros, vi a varias familias burguesas haciendo vida al aire libre. De esa primera impresión, nada placentera por cierto, recuerdo a una gorda que jugaba al voley con un tipo. Sus tetas descomunales se bamboleaban cada vez que la mujer golpeaba la pelota, casi a punto de abofetearse su propia cara. Recordé un chiste: '¿por qué los clubes nudistas no entregan tickets a sus socios? Porque éstos no tienen bolsillos dónde guardarlos'. Y quedaba flotando la gracia al pensar que en la raja del culo podrían meterse el cartoncito con el dichoso numerito de socio.

Entramos. El viejo golpeó la puerta de una oficina y al asomarse un tipo con unas gafitas apoyadas sobre la punta de su nariz, el viejo le dijo:

____Señor director, este joven viene por la entrevista de trabajo.

El director me echó una mirada de abajo a arriba y me dijo:

____Pase.

Vestía elegante: camisa y pantalones de marca, mocasines... Me pareció muy esmerado en su ropa para un sábado en medio del campo. Le di mi currículum. El director se retrepó un poco las gafitas y leyó un rato. En el folio figuraba con todo detalle mis experiencias como jardinero en varias urbanizaciones de lujo. Si la gente adinerada había confiado sus propios jardines a mi persona, era evidente que tenía capacidad para ocupar ese puesto. Así que el máximo responsable del 'Club Embolas' no necesitó de preguntas. Fue directamente al grano:

____Usted ha visto, señor... -y volvió un momento al currículum para leer mi nombre-, Pérez, que éste es un club naturista, un campo nudista que le llamaban antes.

Y durante unos instantes se me quedó mirando a los ojos en silencio. Por lo que supuse que debía corroborar su dicho.

____Así es, señor director, lo he comprobado con mis propios ojos -le dije sin ningún dejo de ironía.
____Y usted se imaginará -continuó el director-, que aquí los empleados se adaptan a la filosofía del club.
Detestaba que usasen la palabra 'filosofía' para cualquier tontería, pero solamente asentí con un 'claro', y esperé a ver qué iba a decir después. En realidad, era un tipo bastante pedante.

____En consecuencia -concluyó el director-, toda la plantilla de operarios debe hacer sus tareas como vinieron al mundo, ya lo habrá visto en don Tejo, el portero -hubo un largo silencio-. ¿Se anima, señor Pérez? Según su currículum, usted es una persona altamente cualificada para cuidar el parque y los tres jardines de nuestras instalaciones, pero el acoplarse al modus vivendi de nuestros socios es una condición sine quan para que le demos este empleo.

Tanta fineza de latinismos me había mareado, al fin y al cabo allí afuera, viejos decrépitos paseaban sus alicaídos órganos reproductores.

Pensé que debía decidirme ya.

Sin embargo, antes le dije:

____Pero usted está vestido, y es el máximo responsable.
____Sí, en mi despacho, pero si salgo a dar una vuelta por el campo debo quitarme la ropa -y como si esto le hubiera activado algo, añadió: venga, que le voy a enseñar muestras instalaciones, así sabrá con cuánto verde va a tener que lidiar.

Y acto seguido se paró de su silla con ruedas, se escondió detrás de un biombo y en segundos emergió en cueros, salvo un par de zapatillas de lona. Era un tipo extremadamente velludo, un mono con anteojos, y me acaloré de sólo mirarle el pecho.

Salimos al exterior. El director me llevó de paseo por los cuatro rincones del recinto. Saludaba a los socios con despreocupación, y me numeraba mis hipotéticas obligaciones, si yo aceptaba: poda, abonado, plantación, regado... Me resultaba incómodo seguirle la conversación, mientras nos acercábamos a alguna mesa de cemento con su correspondiente parrilla, y alguna mujer me distraía con sus atributos. No quería mirarla, pero no podía evitar que los ojos se posasen me en algún culo firme o en algunas tetas redondas y bien proporcionadas. El director ni cuenta se daba, y yo no entendía cómo podía evitar una erección. Mientras me hablaba, pensé que el nudismo era, paradójicamente, antinatural: el hábito a él llegaba a apagar el deseo de tal manera que volvía a las personas asexuadas.

Súbitamente, el director se acercó a charlar con un tipo que en soledad asaba pedazos de carne en su parrilla.

____¿Y la familia? -le preguntó, dándole la mano.
____En la piscina -dijo el socio-. Yo soy el criado de todos ellos, el que se quema los huevos frente a este fuego -se rieron.

Al verme parado y en silencio, el socio inquirió con la mirada al director. Éste me hizo un gesto para que me acercase mientras le decía al otro:

____Le presento al señor Pérez. Vino para ofrecerse como jardinero, pero se llevó una sorpresa y aún no se ha decidido..

Le di la mano al tipo, que le dijo al director mirándome:

____Claro, lo entiendo.

Los tres reímos. Luego nos despedimos y seguimos recorriendo el campo. Dimos la vuelta entera al muro perimetral, inexpugnable por donde se lo mirase, y volvimos a la puerta de la dirección.

____¿Qué, Pérez, acepta o no? -me preguntó el director, refugiándose de un sol de sentencia de julio bajo el alero de la edificación.

Dije que sí, porque necesitaba el empleo. Me dio la mano otra vez como señal de bienvenida y se presentó:

____Mi nombre es Roberto Izquierdo.

Después hablamos de remuneraciones, o más bien él ofreció un sueldo y yo acepté. Antes de despedirse me dijo:

____Ahora vaya a ver a don Tejo. Él le tomará sus datos. Es urgente cortar el pasto, así que, si le parece bien, empezará mañana.

Y claro que me parecía bien, como a cualquier parado con necesidad por trabajar.

Cuando llegué a mi edificio lo primero que hice fue ir al piso de mi vecino y amigo y le pedí que me prestase su moto hasta que yo viese la manera de cómo desplazarme hasta mi nuevo trabajo, sin la necesidad de Metro y autobuses. Luego, ya en mi casa, busqué un tangas beige que a veces usaba para tomar sol en la terraza. Lo había pensado a la vuelta durante el interminable viaje. Cogí el tangas y reforcé con una correa de cuero el contorno; me fui a mi estantería de trabajo y cogí un alambre, cuyo corté con alicates trozos de tres centímetros y fui adhiriéndolos al tanga con el mayor cuidado posible, manteniendo la simetría en la distancia, pues ése sería mi único e inefable uniforme de trabajo. Seis ganchitos circundaban el hemisferio de tela del tangas. Ya acabada la transformación, volví a mi cuarto, me lo puse y me miré en el espejo: reí pensando que si me ponía un casco de operario podría pasar por un streeper en un disfraz de rol. En

En esa noche me costó conciliar el sueño. Aunque parezca broma, se me venía a la mente la imagen de don Tejo, con su escroto alicaído entre los pelos canosos del pubis, y me revolvía inquieto en la cama pensando que así podría terminar yo...

Al otro día, llegué al club media hora antes del horario señalado: siete y media. El club abría para los socios a las nueve y media, así que don Tejo vino al portón con su indumentaria de trabajo: un pantalón de dril blanco y una camisa azul. Esta vez, el viejo me llevó hasta un almacén junto al vestuario de los naturistas. Ya allí, me enseñó una ficha de cartulina con mi nombre y me explicó cómo marcarla con el reloj eléctrico para señalar mi horario de entrada y salida. Luego me entregó la llave de un casillero de metal que sería el mío.

Tenía el número 16, y yo recordé que, según la simbología de la quiniela, ese guarismo era 'el anillo' (¿el de don Tejo sería el doble cero?), pero no dije nada para no producir malas interpretaciones, al fin y al cabo era mi primer día de trabajo.

Después me señaló un vestuario rústico, con bancos de madera y clavos en la pared, para que me pusiera la ropa de trabajo: el uniforme de Adán. Don Tejo me dejó solo, como si afuera hubiera privacidad. Me desnudé y bajo los vaqueros traía el tangas adaptado. Guardé mi ropa en el casillero y colgué la llave de uno en los ganchos de mi única prenda.

Cuando salí al exterior no había nadie. ¿Y el almacén con herramientas dónde estaba? Caminé hasta otra construcción, una casilla con techo de chapa. La puerta no tenía candado. Adentro encontré herramientas, una carretilla y algunas macetas de plástico, esperando a ser plantadas. Me enganché del tangas una pala y un hacha de mano, y salí arrastrando la carretilla. Como hora después estaba agachado, preparando el terreno a la vera de una de las calles internas, cuando sentí que alguien me tocaba el hombro.

Tan concentrado estaba en mi juego que ni noté que el director del club, totalmente en pelotas, estaba a mi lado. Me paré y lo saludé. Izquierdo me preguntó cómo había llegado. 'En moto', le respondí. Él quedó helado con mi aparente vulgaridad. Me justifiqué alegando que nadie me había dejado instrucciones sobre por dónde comenzar mi labor. El director me dijo que estaba bien, que ése no era el problema. Señaló mi tangas con un índice: el problema era en que no estaba convenientemente desnudo y ya mismo empezarían a llegar los socios. Tuve la intención de aclararle que sólo los que se metían en la piscina estaban desnudos, ya que todos los demás usaban calzados, o gafas para el sol... Pero en su lugar le hice ver que ese no era un tangas corriente, sino un accesorio necesario para hacer bien mi trabajo:

____Señor, en algún lugar tengo que enganchar mis herramientas de trabajo, ¿no cree? -le dije

Y me quedé mirándole a ver si mi justificación merecía chiste sexual al respecto. Pero no. Pareció entender, mientras se fijaba en los ganchos que yo le había adaptado. Al fin me dijo:

____El reglamento es bien claro para todos: debemos seguir la filosofía naturista como norma principal de nuestra convivencia. Pero, de todos modos, voy a llevar su petición a la reunión de socios del club. Así que por lo pronto siga trabajando así.

Y así lo hice.

Ese domingo no paré un solo momento, casi ni para comer. Anduve por el campo, podando, plantando, desmalezando, regando. Había sectores muy abandonados, sin prestarle atención al entorno. Algunos nudistas me miraban extrañados, pero yo no podría evitar que mi escasa prenda, en su estrechez provocadora, marcase mucho los genitales. Y la verdad es que, más allá de la excusa para no querer desnudarme, era práctico poder acarrear conmigo los útiles más indispensables para mi trabajo de jardinero.

La semana siguiente tampoco nadie dijo nada sobre mi tangas beige, lo más parecido a estar en bolas. Pero yo, para no dejar mi hábito, imaginé qué reacción tendrían las mujeres, o al menos algunas que yo premiaría con mi súbito streap tease, si en medio del trabajo decidía desnudarme de golpe por propia decisión. Así que todo era cuestión de probar.

Una tarde iba yo por el parque arrastrando la carretilla, cuando vi a una mujer sola poniendo la mesa para el almuerzo. Era muy atractiva, y por suerte para mí, porque ello significaba que no me había camuflado con el entorno, me excitó en el acto. Desvié mi camino y me acerqué hasta el árbol más cercano a ella. Esperé a que notase mi presencia, y cuando se me quedó mirando me quité el tanga del tirón a la vez que simulé revisar la resistencia de los ganchitos, mientras que de reojo miraba la reacción de la naturista.

Podrán creer que se turbó; ella, que estaba en cueros frente a cualquier extraño. Se puso roja y desvió la mirada, como buscando a su marido. ¿Y de qué podría acusarme? ¿De cumplir con la 'filosofía' del naturismo que por me daba empleo? Mi actitud acabó unos segundos después, cuando volví a ponerme mi uniforme de jardinero. La mujer se había sentado en un banco, dándome la espalda. Y hasta que no me fui de aquella zona no reanudó sus quehaceres domésticos.

Fue esa mi única diversión en ese verano. Repetí la performance varias veces más, con el mismo resultado: las nudistas se ruborizaban al verme 'de repente' en traje de Adán.


Pensé que tal vez mi actitud abyecta desvolvía aquellas damas (quizás su 'filosofía' las convirtió en recatadas, casi frígidas) un poco del erotismo que su hábito de muros para adentro les había esquilmado


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Mensaje  achl el Vie Mar 24, 2017 1:18 am




¡Cuán sorpresa no se llevaría el embajador!



Es más que sabido que la humillación es también una forma de estar en este mundo


Ese sábado, cuando pulsé el timbre del pequeño hotel donde trabajaba, a las ocho en punto, como todas las semanas, mi jefa tardó más tiempo en venir de lo usual. Abrió y asomó todo el cuerpo a la claridad del día, y yo casi exploté en risa: la septuagenaria llevaba puesto un ridículo picardías rojizo, con los pelos canosos revueltos y la cara más arrugada que nunca. Aquel escracho andante parecía que se demoraba a propósito, apoyada contra el marco de nogal, para que la viesen las personas que pasaban por la acera.

____Me acosté muy tarde anoche -me dijo como excusa-. Empiece usted, López, que yo me arreglo un poco y le ayudo.

En realidad, no tenía por qué escusarse ya que era la jefa y propietaria de aquella mansión, transformada en hotel para ciertas ocasiones.

Y después de decir eso se encerró en el baño, viéndola yo avanzar por el zaguán: muslos escuálidos llenos de estrías, nalgas asoladas...

Es que eran años difíciles, y para ganarme unas pesetas había aceptado la oferta de una viuda ricachona, de las muchas que hay en Sevilla, para que le hiciera las veces de chico de los recados, y mayordomo 4x4 (todo terreno) en las veces en que la propietaria de la casa organizaba fiestas en su mansión. Por cierto, no me gustaba nada disfrazarme de pingüino, y tener que hacer reverencias a cada vieja pituca que pulsaba el timbre. Pero no me quedaba más remedio que ponerme a currar.

Ese sábado casualmente era fiesta, así que me quedaría en la casa hasta las tantas de la madrugada, cuando ya se hubiese ido el último invitado. Y mejor que fuese así: más tiempo, más pesetas a ganar.

Fui, por hábitos, al dormitorio. Lo primero que hice fue sacar las sábanas para llevarlas a la lavadora, y así aprovechaba todo el sol de la terraza a la hora de tender desde muy temprano. Al levantarlas en amasijo cayó al suelo una cosa ovalada, de plástico transparente, con un largo cable rojo que aún seguía conectado a un enchufe que había en la parte trasera de de las dos mesillas de noche. Cuando mi mente terminó de desarrollar la palabra 'consolador', apareció la vieja y me ordenó que empezase por la cocina, que ella tenía cosas que hacer en su dormitorio.

Dejé las sábanas y salí en silencio. La jefa cerró la puerta del cuarto tras de mí. Me dediqué a lavar ollas, vasos y platos que llenaban el fregadero. La noche anterior había recibido invitados, eso era indudable, pero no me había llamado para que yo la sirviera. Habría sido algo privado, porque la vajilla de plata y el juego de mantelería importada seguían guardados en la alacena, listos para usarse en esa noche. La mugre mayor estaba en la cocina, podía verla por la ventana que daba a la terraza. Platos, cubiertos y vasos, tirados por el suelo, sillas volcadas, ceniceros a tope de colillas... Parecía que la septuagenaria se había descontrolado pelín. Y pensar que esa noche venía el embajador de Portugal... Expresamente me lo había dicho el fin de semana anterior.

____López, nunca tuve a un embajador cenando en casa. Todo va a tener que estar perfecto. Si algo falla, no me lo voy a perdonar nunca.

Como para no meterme yo solo presión...

Estuve más de dos horas limpiando el desastre de la cocina. De los otros cuartos venía un silencio raro, e imaginé que la vieja estaría durmiendo, tal vez abrazada a su nuevo compañero, el señor Vibrador.

A falta de nuevas órdenes, y para que mi jefa no me descubriera ocioso, empecé con el salón-comedor, donde transcurriría la velada y en donde el menor detalle de higiene era la prueba de fuego para que comensales como el susodicho embajador esparciera por allí buenas referencias de la viuda de Montero de los Monteros.

A eso de las dos apareció la jefa con camisón y en zapatillas de piel, me encontró repasando la vajilla. Me preguntó cómo iba todo, mientras se encargaba de revisar los rincones en busca de telarañas.

____Allí arriba. Me parece que cuelga una -me dijo señalando con un dedo una esquina del salón.

No veía nada, pero para que me dejase trabajar tranquilo, fui a buscar el plumero con palo largo y lo pasé. Al acabar salí a buscarla por la mansión pero otra vez había desaparecido. Fui a su dormitorio y golpeé la puerta. La vieja asomó la cabeza con cara de pocos amigos.

____¿Hago el dormitorio, señora?
____¡No, hoy me encargo yo! Limpie los baños y fíjese que no falte nada para esta noche -me dijo.
____Muy bien señora.

Y ya no me molesté en pedir órdenes. A las cinco salí a hacer la compra. Quedaba poco papel higiénico y no fuera cosa que su excelencia tuviera que irse con paso ligero al baño... Como la vieja seguía encerrada, cogí dinero de su monedero y fui al supermercado.

Cerca de las ocho y sin nuevas órdenes, empecé a poner la mesa. Quince selectos comensales. Sin niños ni mascotas. Mantel y servilletas de seda, cubiertos de plata, copas de cristal. El menú sería bien sevillano: carne y pescado. No sé qué negocio tendría entre manos la vieja codeándose con esta gente de la diplomacia. Yo no conocía los detalles del protocolo para montar una mesa imperial, no era mayordomo de escuela. Hice todo solo y como pude, según mi sentido común de clase media que se las arregla como podía. 'Que hubiera contratado a un profesional, si no quiere correr riesgos, o por lo menos hubiera venido a controlarme, en vez de dejarme solo', pensé.

Ya era triste para mí tener que andar encorvándome frente a esa gente. Acabé de preparar la mesa y fui a buscar mi neceser para ir a ducharme. A las ocho y media empezarían a venir los primeros invitados.

En ese momento sonó el timbre. Fui a abrir. Era la floristería que traía los arreglos. No me molesté en ir a llamar la puerta a la vieja, pagué con su tarjeta de crédito imitándole la firma. No era la primera vez que lo hacía.

Preparé los floreros con igual intuición con que puse los cubiertos, porque tampoco sabía de asuntos de flores. Los distribuí entre el salón-comedor y la entrada de la casa. Luego recuperé mi bolso y ya empezaba a cruzar el terraza hacia el baño del fondo, cuando otra vez sonó el timbre. Era el servicio de catering. Tres tipos uniformados bajaron de un furgón mesas portátiles. Les dije que dejasen todo en la entrada. ¿Qué estaría haciendo la vieja todo el día encerrada en su cuarto? No podía dormir tanto. Ahora sí, me fui a duchar sin más demora.

Mientras me vestía creí escuchar voces. Al volver a la casa, ya disfrazado de pingüino, encontré a la jefa saludando a un tipo vestido con frac, que me hacía competencia. ¿Lo había recibido ella o estaría escondido en su dormitorio desde la noche anterior?, porque yo no le abrí la puerta... Me pareció que la jefa se molestó por mi aparición. Antes de dejarme solo en la cocina se sirvieron Don Perignon, y salieron con sus copas, entre risas y guiños de complicidad.

Enseguida empezaron a caer los invitados. Al abrir, debía anunciarlos con voz estentórea para que la dueña de casa viniera a recibirlos. El diputado Sala, el banquero Iglesia, una condesa, el notario Costa... Me entregaban sus costosos abrigos y yo los llevaba a la habitación de la vieja porque la casa no tenía guardarropas. La enorme cama matrimonial iba ganando en altura en una pila de pieles.


El último, como era de esperar, la estrella de la velada, el embajador de Portugal. El coche oficial estacionó frente a la mansión y su chófer le fue a abrir la puerta trasera. Tenía un enorme mostacho y ojos picarones. Lo presenté como 'su excelencia' más un apellido que no recuerdo. Lo hice impostando la voz lo mejor que pude para dar solemnidad profesional al asunto, la que se esperaba para semejante recepción.

Apareció la anfitriona y saludó al portugués con tanta melosidad que si el tipo sufría de diabetes moriría allí mismo de un ataque de hipoglucemia. Luego el recibimiento, el embajador se sacó el sobretodo, y la vieja, muy pendiente, me ordenó:

____López, lleve el abrigo de su excelencia al guardarropas.

No había tal cuarto en la casa, como ya dije, y la dueña lo sabía... Asentí, recibí el pesado sobretodo de manos del usuario, que sonreía con un aire pícaro como adivinando mi impericia de mayordomo. Hice una reverencia y desaparecí enseguida.

La cena transcurrió sin ningún problema. Yo era la única cara del servicio doméstico, así que aparecí varias veces por el salón empujando un carro de metal con bandejas y vinos. Todo el tiempo me preguntaba si estaba comportándome como el protocolo de la etiqueta lo requería, y antes de destapar una fuente o de servir una copa, levantaba la vista buscando la aprobación de la vieja, pero ella, en la cabecera de la mesa, estaba muy ocupada halagando al diplomático y seguro contándole sus proyectos de inversión en holding de turismo internacional. El portugués, cada vez que me veía aparecer, reponía en su cara la sonrisa de inteligencia:

____Tú no eres de por aquí, ¿verdad chico?

Fue el primero en irse. Cuando se levantó de su silla los otros comensales le siguieron, dejando claro que todos estaban al loro de sus movimientos. Yo, en pie en un rincón de la sala, miraba sin mirar, cual robot  reacciona ante el más mínimo estímulo. La señal me llegó cuando la vieja me envió una mirada. Me apresuré a buscarle el abrigo al dormitorio, no fuera que el diplomático descubriera que la arquitectura de ese hotel del siglo XIX no tenía guardarropas...

Como había sido el último en arribar, su prenda estaba en la cima de la montaña (¿cuántos millones de pesetas habría en ropa allí?). Mientras lo levantaba con sumo cuidado, para evitar que se arrugara, vi algo que se asomaba de debajo de la almohada: Míster Vibrador. Fue pensar y hacer.

Volví al descansillo de la puerta de la calle justo a tiempo para extenderle el lujos abrigo de pieles bien abierto para que su excelencia se lo pusiese sin dejar de prestarle atención a las alabanzas de la vieja.

Lo despidió desde la acera a la vez que el chófer oficial de la embajada le abría la puerta del Mercedes con cristales opacos y blindados.

Más atrás, eclipsado por la figura escuálida de mi jefa, yo aguardaba en postura solícita, un poco encorvado, los brazos abiertos, los ojos dirigidos hacia el suelo, lo había visto en una película. Mi cara, aunque a nadie le importase, porque yo era invisible para aquella gente, parecería denotar una mente vacía.


Y empero, no podía dejar de pensar en el portugués cuando llegase a su sede diplomática y descubriese, esa noche o cualquier otra, o la próxima vez en que debiera asistir a una velada oficial o particular, un objeto alargado, inconfundible en su uso, durmiendo en el fondo del bolsillo de su sobretodo


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Mensaje  achl el Lun Mar 27, 2017 12:40 pm



Aquella noche

Era noche iguana, pero oscura y fría; la calentaba, la encendía y la iluminaba la pasión, todavía sin amor. El pudor de ella, mi chica, por ‘esa primera vez’, se iba dejando querer. El mío, atrevido, porfiaba consigo mismo por ‘tomar el mando’. Pero todo eso al inicio, porque, a medida que transcurría la noche, el único que reinaba era un deseo mutuo. Empezamos con besos y caricias suaves, hasta llegar a besos con mensajes sugerentes y caricias tiernamente salvajes por todo el territorio corporal de cada uno, deteniéndonos, recreándonos y deleitándonos, en continuo toma y daca, en los sitios más recónditos de nuestras, hasta entonces desconocidas anatomías.


En esto del sexo, no sé yo que exista una preferencia, ni tampoco ‘un quién empieza primero’. Empero, toda la oda que rodeaba ese inolvidable encuentro era propicia, hasta el extremo que podíamos hacer de esa noche ‘nuestra gran noche’. Había atracción, cariño (consanguíneo pariente del amor), deseo, obsesión casi, y dos almas tratando de corroborar con hechos lo que desde tiempo atrás había sido ya con palabras


Súbitamente, como magia _gran regaladora de ilusiones_, nos dimos por entero a un intenso e inmenso goce, sin apenas detenernos. Es cierto que ‘cada vez’ es diferente, incluso con la misma mujer. Pero, en este caso, lo diferente se volvió en Deífico. Nuestras bocas y labios se empleaban a destajo. ¡Qué tarea más linda!

Instintivamente, me inicié a estudiar sus gustos. Y ella, encantada, tanto que ya moraba en la suite nupcial de la gloria. Mi lengua, insistente, procaz y atenta a reacciones, la recorrió entera, desde los dedos de los pies hasta su copiosa y morena cabellera. Mis besos, endiablados, se esparcían sin control entre su delicado cuello y su apetitosa boca, deslizándose luego hacia sus empinados senos, su linda barriguita y sus enérgicos, largos y torneados muslos.

Seguidamente hinqué mi lengua, erguida como lanza, en su vagina, ya empapada, proporcionándole un placer nunca antes experimentado por ella, como furtivamente parecían decirme sus grandes y bellos ojos soñadores. Y así 'se fue’, ¡incluso dos veces seguidas! Entretanto, mi pene, ardiente y deseoso, por momento iba tomando posición. Ella jadeaba con espasmos sonoros, y ese jadeo _de tal magnitud compulsiva era que no podía evitarlo_ provocaba que de mi pene, ‘sin dar todavía directamente en la diana’, emanara ese líquido blanco y viscoso, llamado semen.

Los dos, vagina y pene, que ya antes habían gozado por separado de un escape delicioso, sin pausa y con prisa, empezaron a certificar la proclividad del lote 69. Pero poco tiempo, porque, inmediatamente después, mi pene, más erguido, más posicionado y más deseoso, irrumpió impetuoso en su vagina, encharcada ya, se fusionaron, y fornicaron... y fornicaron… entre gestos de éxtasis, vítores celestiales, de placer, de inmenso placer, e incluso de aplauso.

Después decidimos reposar, para así también dar merecido recreo a ‘los guerreros guerrilleros’. Siguiendo en la cama aún, ‘cubiertos de todo’, dialogamos hasta el alba, en que de nuevo ambos sexos se sisearon al unísono, y entonces… ¡Oh, entonces! Entonces, nuestra imaginación exageradamente fantástica lo llevó a la primera plana del diario celestial de más tirada, titulando la noticia: ‘¡esto sí que sí!’. Y en ese culminante punto, ya sí había amor, que unido al cariño, a la atracción y al deseo, bagaje almacenado de mucho antes, se desató una explosión sexual inenarrable.


Mi chica y yo sabíamos la fuerza que tiene la fuerza del amor. Pero la realidad, una vez más, superó a la imaginación


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Mensaje  achl el Lun Mar 27, 2017 12:53 pm



Cita medio a ciegas

Era una locura. Era cierto, estaba loca. Sabía que no era una buena idea lo de aquella cita; pero, sin embargo, allí estaba yo, vestida para matar y para morir. No paraba de mirar el reloj. No sabía si él llegaría puntual. De todos modos, aún tenía tiempo para irme de nuevo a mi casa. Esa espera me estaba poniendo nerviosa, y, como todo hay que decirlo, feliz. Si yo no tuviera la puta manía de ser tan puntual, no me pasarían estas cosas.

De pronto, le vi llegar en su flamante Volvo. Se bajó y se acercó a mí. Era tal y como me lo habían pintado y yo imaginado: alto, ojos verdes, anchas espaldas y una cabellera rizada, que hacía que se le cayera un gracioso tirabuzón sobre la frente.

¡Jo, de nuevo me volvió a pasar! No sé cómo lo hago, pero en menos de un minuto ya estaba mi boca en su boca. Me invitó a subir al auto y nos fuimos… por ahí, por esos mundos de Dios. Iba dándome besos durante el trayecto, hasta que paró el coche en un aparente carril, y luego, poco a poco, subía hasta detrás de mi oreja. El tío sabía dónde besar. Como si ya conociese a la perfección cada rincón de mi cuerpo. Pero no intenté resistirme y dejé, a su libre albedrío, que sus hábiles y rápidas manos recorrieran todo mi cuerpo. Primero pequeñas caricias, pero las cosas iban in crescendo, subiendo el tono y tocándome en el lugar indicado y con los medios indicados, y todo ello acompañado de besos, como marcando el ritmo.

No obstante, me desconcertaba y a la vez me gustaba, me atraía y me excitaba. Sin siquiera decir nada, tomé la iniciativa, y comencé a deslizar una de mis manos por su espalda y terminé recorriéndola de arriba abajo, mientras cubría su torso de besos. Se dio la vuelta y yo seguí con mis besos y mis caricias, pero paré al llegar a su vientre. No quería apresurarme, quería 'gozarla' lentamente. No era algo que se debía desperdiciar, así como así.

Ambos callados, me desabrochó el sostén y empezó a jugar con mis senos, y a la vez meter y agitar su dedo del corazón en mi vagina. De pronto, se me cortó la respiración. Esta vez sí sabía lo que quería: me volvía loca. Su pene empezaba a agrandarse. Y yo no podía aguantar más, y con mucho deseo y más pasión mi mano se fue directamente a buscarlo y a… cogerlo.

En forma instintiva, le quité toda la ropa, y él hizo lo propio con la mía. Sin más, me echó suave sobre el asiento trasero y empezó, vía lengua, a lamer mi sexo. Iba calentándome por momentos. Se me aceleraba la respiración. Recibía tanto placer que quería capturar ese instante, no quería que se esfumase. Apenas me veía satisfecha, él dejaba que jugase con su pene. Me encantaba. Ahora era mío. Veía en su cara placer y eso me hacía feliz. Veía que yo tenía el control, pero le daba igual, y quizás le gustaba. Sin pensar, me hice dueña de todo. La pauta la marcó él cuando su miembro estaba increíblemente duro. Lo atenacé de nuevo, lo besé, lo lamí y lo mordisqueé repetidas veces y luego lo metí en mi vagina; empezamos a movernos, lento, rápido, rápido, lento, lento, rápido, rápido lento… y así hasta  alcanzar un increíble orgasmo.

Pasado unos instantes, entre risitas nerviosas, caricias suaves y besos apasionados, cogí su mano y la puse sobre la mía, haciendo fuerza la una contra la otra. Sin hablar, pero sin dejar de mirarnos a los ojos. Hasta que empezamos de nuevo… lento, rápido, rápido, lento, lento, rápido, rápido, lento...


¡Dios, y me vino un nuevo orgasmo…! ¡Y esta vez, los dos juntos…!


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Mensaje  achl el Lun Mar 27, 2017 4:59 pm




He soñado que soñaba


He soñado que soñaba
que no sueño contigo,
te sueño tanto de día
que de noche estoy rendido

He soñado que soñaba
con tu amor cada mañana,
y que contigo vivía
como un príncipe y su hada

He soñado que soñaba
entre las nubes volar,
y que había un paraíso
donde yo te iba a adorar.

He soñado que soñaba
que tu vivías por mí,
y que mi amor encendía
en ti el ansia de vivir

He soñado que soñaba
que paseaba contigo,
siempre juntos de la mano,
felices y muy unidos

He soñado que soñaba
que los campos florecían,
cuando nuestro amor llegaba
y la tierra lo absorbía

He soñado que soñaba
que te entregabas a mí,
y que yo era en este mundo
el más rico y más feliz

He soñado que soñaba
que el tiempo se detenía
y vivía nuestro amor,
sin descanso día a día

He soñado que soñaba
que la vida sueño es.
Es soñado que soñaba
que siempre te adoraré,
eres tan maravillosa
que la vida no ha querido
que en tu camino las cosas
sean de color de rosa

Y te lo ha puesto difícil,
a pesar de ser preciosa,
buena, lista y generosa
y te está costando mucho
afrontar a ti las cosas

Pero los problemas pasan
y quedarán para siempre
las cualidades que tienes:
buena, guapa, lista, dulce
y encima inteligente

Por eso si los problemas
eres capaz de afrontar,
cuando tú lo soluciones
te quedará lo demás

Si amor y admiración
fueran una misma cosa,
con lo que yo a ti te admiro
sólo sería tu vida
un caminito de rosas

Si el cariño fuera alcohol,
con lo que yo a ti te doy,
tu vida siempre estaría
emborrachada de amor

Si el respeto que te tengo
se convirtiera en amor,
tanto amor te iba a tener
que no puedo imaginar
cómo poder responder

Si el amor fuera el cariño
que yo te he entregado a ti,
tú estarías para siempre
loca de amor por mí.

Si me quisieras tan sólo
un poquito tú a mí,
con la fuerza que tú tienes
me volvería seguro
loco de amor por ti

Si el respeto fuera amor,
con lo que yo te respeto,
habría amor en tu vida,
vida mía, para el resto

Es mi admiración por ti
cada día mas inmensa,
admiro todo tu cuerpo
y la forma como piensas,
admiro tus movimientos,
la forma como te expresas,
y también admiraría
si supiera cómo besas

Admiro tu gran carácter,
fuerte pero con dulzura,
tus ojos, tu lindo cuerpo
y tus ganas de aventura

Admiro tu picardía,
tu gusto y tu fantasía
y la forma de afrontar
los problemas cada día

Ya no tengo inspiración
para decirte más cosas,
y expresarte cómo eres
tú para mí de preciosa,
eres preciosa por fuera,
eso te ayuda bastante,
mas tu belleza interior
es más importante

Y hablando de esa belleza
es difícil superarte,
pues con ese corazón
y ese tipazo interior,
lo tuyo y la perfección
se me asemeja bastante.

Y lo que es más importante
que la belleza exterior
con los años se termina,
en cambio lo que tú tienes
se reproduce y germina.
y te va dando valores
y nunca se te termina


Fuente: Internet-mcvp


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Mensaje  achl el Lun Mar 27, 2017 5:35 pm





Cuerpos cómplices

No pude aguantar tu cercanía, tú me provocaste. No sé si queriendo o sin querer aproximaste tanto tus labios a los míos que salté cual tigre sobre ellos para comerme la miel que desgranaste de tu boca, como panal exprimido por apicultor.

Tú me dejaste hacerte. Sin pedírmelo, sabía lo que querías cuando me acercaste tanto tus duros senos, coronados por esos pezones que son como dos fresas recién cortadas, como pétalos de rosas, aromáticos y embriagadores, como el más dulce licor que embriaga todo mi deseo de amarte, de hacerte mía, de poseerte.

No pude ni quise contener mi ansia de sexo, mi ansia de amar, y cogí tus lindos pezones y me los metí en la boca, como hambriento, como adicto, como un bebé se aferra al pecho de su mamá.

Me cogiste tan fuerte que sentí tus uñas clavarse en mi espalda como mil aguijones que desataban en mí más fuego aún.

La sangre comenzó a hervir en tus venas y en las mías al unisono, de tal forma que tus dientes apretaron con fuerza descompensada mis labios, haciéndome sentir dolor, entre los vaivenes placenteros de tu pubis, subiendo y bajando, como  amortiguadores de auto al circular por caminos lleno de baches.

El desenfreno llegó cuando te di la vuelta y te penetré con energía, casi con violencia, por detrás, como un caballo salvaje, acariciando y besando tu espalda, mientras apretabas con fuerza tu trasero contra mi pelvis, como si me quisieras absorber todo para adentro.

Mi miembro apretaba, arañaba las paredes de tu vulva, como si quisiera estallarla haciendo la entrada más ancha, más a su medida, al tiempo que se lubricaba, como diluvio de fluidos que se desborda, a pesar de la presión que ejerce el bombeo de nuestros sexos vulcanizando.

Tus adentros quemándome el glande, haciéndome sentir tanto placer, que ya no pude sujetar la avalancha que de líquido viscoso escapaba de mi miembro, que acogiste con todos los sensores de tu organismo, abiertos de par en par, para recibir la cascada caliente que salía a chorros de mi fuente volcánica.

Cuando pensaste que ya no quedaba nada más, mi boca bajó hasta tus labios inferiores, y mi lengua comenzó a abanicar tu flor, que estaban tan abierta que parecía una rosa a punto de desojarse.

Mi lengua siguió ahí, abajo, y tu cuerpo empezó a tener convulsiones, como si de una loca intentado soltarse de las ligaduras se tratase. Te afianzaste a mi cuello, mordiendo mi espalda, arañando cual gata salvaje, maullando, gritando, gimiendo, mientras no paraba en mi empeño de succionar tu rosa, que en ese momento se asemejaba a una fuente inundando mi boca de espuma envuelta con tu fluido salado, lo que hizo que no dominase la situación y acompañase a tu escapada orgásmica, vertiéndome en tus piernas, esparciéndome por toda la cama, pero sin dejar de trabajarte tu sexo, hasta que te quedaste quieta, jadeante, y con la respiración entrecortada, como si hubieses hecho un esfuerzo tremendo. Luego me dijiste: ‘gracias, amor’.


Acariciaste mi rostro con mucha ternura, y poco después te quedaste dormida


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Mensaje  achl el Mar Mar 28, 2017 12:39 pm




Inesperado trabajo y 'bien' remunerado

Mi trabajo no era gran cosa; pero, dada su naturaleza, conocía a gente en la calle, y así me relacionaba para lograr otro mejor pagado.

Trabajaba en una cuadrilla de podas. Los días de lluvias y mucho viento nos quedábamos en el almacén revisando las motosierras, pero siempre conseguía algún dinerillo extra al vender la leña que cortábamos de los árboles.

Ese día, el camión donde cargábamos las motosierras llegó un poco más tarde de lo habitual. Luego del desayuno, cargamos las motosierras, nos subimos al camión y nos dirigimos hacia el lugar destinado para la tarea.

En el trayecto, charlábamos y reíamos haciendo bromas entre hombres con las respectivas mujeres de cada uno. Manoseos entre nosotros eran cosa normal. Bromas, no mariconeo.

Vimos un nogal con uno de sus potentes brazos quebrado hacia la calle, existiendo peligro de caída, y como en la ciudad ya había muerto gente por ramas caídas, cogimos tres motosierras y trabajamos hasta derribar esa bestia vegetal.

Uno de los que tuvo que trepar, armado con potentes motosierras, fui yo. Curro y Pepe se dedicaron a parar el tráfico que por allí pasaba, mientras nosotros cortábamos. Después de unos minutos, el brazo cayó con tanto estrépito que hizo temblar el suelo.

Una vecina salió de su casa asustada por el ruido. Vio el panorama desde el porche de su casa. Nos vio desmenuzar el imponente palo en sólo tres minutos, y bajarnos de aquel nogal.

El frío del otoño amenazaba con hacerse sentir, y siempre comprábamos una botella de coñac para mantenernos calientes, pero ese día nadie fue a comprarla, y yo me estaba muriendo de frío.

La vecina, ataviada con anorak rojo, entró de nuevo a su casa moviendo su trasero. Era guapa. No superaba los cuarenta y cinco años, tal vez. Tenía nalgas apetecibles, y era de esas clásicas veteranas que aunque no son precisamente bellezas esculturales, sí son lo suficiente como para poder imaginarse una buena fantasía sexual con ellas.

Nosotros, absortos en nuestra tarea, con las risas clásicas, seguíamos con lo que estábamos enfrascados, pero grande fue nuestra sorpresa cuando esa vecina salió de nuevo a la calle, con una enorme bandeja con tazas de porcelana, cafetera humeante y azucarero, todo a juego.

Mi sorpresa fue mayor cuando al mirarla vi que sus bragas rojas se traslucían a través de la tela ajustada del pantalón. También, cuando vi un buen par de senos firmes, asomando por una camiseta que llevaba. En la ojeada anterior, no había visto nada de eso.

Mi miembro se puso alerta. Era muy corriente en nuestro trabajo que algunas mujeres nos ofreciesen café o leche caliente. Todos los que componíamos el equipo eramos hombres con brazos fornidos, idóneos para levantar maquinarias pesadas y motosierras grandes y potentes. Nuestros sudores y la dureza de los trabajos nos hacían apetecibles, como ya habíamos oído decir a una cincuentona.

Me acerqué, aún con la motosierra encendida en mi mano. La apagué, y la dejé sobre el suelo. Después cogí una de las tazas.

Todos los demás, ya se habían servido y tomaban su café conversando a varios metros de mi posición, de modo que estaban completamente ausentes de nuestra posible conversación.

____Perdón por el atrevimiento. Les vi trabajando a la intemperie y decidí prepararles algo caliente -me dijo la señora, mirándome a los ojos.

Le miré la cara. 'No tiene arrugas', me dije.

____Agradezco su detalle, señora -respondí, revolviendo el azúcar de mi taza con una cucharilla de plata.
____Ese árbol te ha costado mucho esfuerzo, ¿verdad? -me preguntó.
____El árbol en sí no es lo que cansa más, sostener la motosierra encendida y en marcha, es lo que casi agota -respondí.
____Pobre niño -me dijo en tono maternal-. ¿Qué edad tienes? Pareces joven.
____Cumpliré veintiocho el mes próximo.
____¡Oh, eres muy joven, casi un niño! -me dijo, esbozando una sonrisa insinuante.
____No tan niño. ¿Y usted cuántos tiene señora? -le pregunté.
____La edad a las mujeres no se les pregunta nunca. Pero no me llames de señora. Llámame Carmen.
____Perdón, Carmen.
____Perdonado. Y puedes tutearme también. ¿Cuál es tu nombre?
____Jaime -respondí, bebiéndome el resto de café que me quedaba.
____¿Quieres un poco más?
____No. Pero muchísimas gracias. Ahora debo seguir trabajando.
____Al menos descansa un poco. Debes estar cansado por luchar con esa motosierra. Si necesitas algo, dímelo.
____Ya que se ofrece, me gustaría ir al cuarto de baño a mojarme el pelo y quitarme el aserrín del árbol, si no es molestia -le dije.
____Ninguna molestia. Al contrario. Sígueme.

Mis compañeros me miraron con ojos de envidia, sabiendo que, probablemente, no me quedaría 'quieto'. Aunque mis intenciones no eran esas. Necesitaba quitarme esa porquería de la cabeza.

Su casa era muy lujosa, y estaba a excelente temperatura por la potente calefacción. Olía a perfumador caro, y a vicio, quizás. Carmen me señaló el baño y me fui hacia él. Entré y cerré la puerta por dentro.

Me mojé la cabeza, oriné y salí tan pronto acabé. Carmen esperaba en la puerta. Al verme de nuevo, se quedo mirándome fijamente.

____¡Qué lindo pelo tienes! Con ese pelo y esos ojos, debes tener muchas mujeres rendidas a tus pies.

Le sonreí, como de agradecimiento por el piropo, y le dije:

____Muchas gracias, Carmen.

Miró mi paquete y se relamió los labios con la punta de la lengua. Un gesto que no era la primera vez que me lo hacían, pero esta vez me excitó.

____Eres muy hermoso -me dijo, con toda la naturalidad del mundo-. Te espié mientras estabas en el baño -y se acercó más a mí.
____¿Con qué intenciones? -pregunté, aunque la respuesta era obvia.
____¿Por qué no te diviertes averiguándolo? -respondió, acariciándome mi bulto sobre el pantalón.

Separé el pelo que le caía al costado del cuello, y comencé a besarle la piel con mis labios. Carmen se estremeció y luego se separó, poniéndome las manos en el pecho.

____Aquí no. Ven conmigo.

Me cogió de la mano, y yo me dejaba llevar hacia un cuarto. La cama era enorme. Jamás había visto una cama tan grande y una tele de plasma tan lujosa, empotrada en la pared. Me arrojó con vehemencia sobre la cama. Yo caí de espaldas, rebotando levemente.

Se echó a mi lado y rápidamente comenzó a quitarme la ropa. Las manos le temblaban de impaciencia. Lo noté enseguida.

Después de haberme dejado en slip, se recreó en mi bulto, agitándose su vagina por encima de las bragas con el dedo del corazón, que luego chupó con labios de lujuria.

Le quité el sostén, y pechos de un tamaño considerable saltaron libres, con los pezones bien tiesos, que saboreé, mientras me excitaba mucho más con los gemidos que ella iba emitiendo.

Empecé a descalzarla, acariciando sus pies y quitándole los zapatos. Unas bragas rojas aparecieron ante mis ojos, mojadas en la parte de abajo, tal vez por algún orgasmo con mucha prisa.

Separé sus piernas, acariciando sus muslos, pero me paró para erguirse y abrazarme a sus senos, y así le diese más placer aún. Me dediqué a hacer lo que mejor sé en estos casos: acariciar su cuerpo con la punta de la lengua, en suaves movimientos, mientras ella se retorcía de placer.

Entonces me cogió del pelo y me dirigió mi cabeza hacia su entrepierna, la cual lamí por encima de las bragas, y las que luego bajé, descubriendo una vagina abierta, depilada y empapada. Con mis manos la separé un poco más, apareciendo un clítoris palpitante. Empecé a trabajarlo con la lengua y los labios con suavidad. Carmen se acariciaba los pechos y gemía escandalosamente.

Cuando un nuevo orgasmo llamó a pleno pulmón a su puerta, se levantó, acabó de quitarse las bragas y se puso a cuatro patas, mostrándome un redondo y firme trasero.

____¡¡Hazme tuya!! -me dijo en fuerte exclamación.

Me quité los calzoncillos y le separé las nalgas, observando como su ano estaba abierto y mojado por los líquidos de sus climax anteriores, que se escurrían por sus carnes. Lo acaricié con mis mis dedos, y Carmen se hundió más en el colchón, como entregándose en silencioso vaivén. Comencé a penetrarla, lentamente pero sin parar.

Al moverme dentro de ella, le arrancaba aullidos de felicidad, saboreando como pedía aún más adentro. Entonces, me hundí hasta la raíz misma de mi miembro, emitiendo aquella madura chillidos escandalosos de placer que me taladraron el cerebro, volviéndome tarumba de deseo.

Así estuvimos varios minutos, hasta que me 'fui' bestialmente, retirando mi miembro con igual lentitud que había entrado. Entonces, me recostó en la cama, y se subió encima de mí, penetrándose por la vagina, más mojada que antes, y empezó a hacer movimientos sobre mi vientre, volviéndome más tarumba que la vez anterior.

Jamás había visto a nadie mover las caderas de aquella manera. Después de unos minutos, cuando sentía las contracciones de su nuevo orgasmo, dejé de contenerme y acabé yo también por segunda vez.

Carmen se bajó de mi cuerpo, y luego se recostó en la cama, con signos evidentes de agotamiento.

Empecé a vestirme, sabiendo que mis compañeros de trabajo se estarían preguntando qué diablos habría pasado conmigo, pero se lo imaginarían.

A aquella ardiente madura le prometí, con total devoción y no menos convencimiento, que volvería de nuevo.

Después de darnos los últimos besos, cogió una billetera que había en la mesilla de noche, sacó un billete de 100 euros, lo puso en mi mano y me dijo:


Con esto podrás invitar a una copa a alguna chica de tu edad. Pero no dejes de visitarme, ya que por cada vez que hagamos lo mismo que hemos hecho hoy, recibirás un billete como ese


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Mensaje  achl el Mar Mar 28, 2017 1:14 pm



¿La mejor forma de olvidar?

Todavía no sé si es la mejor forma de olvidar, pero sí sé que quería morirme cuando me dejó. No entendía ni aceptaba que ya no me quisiese. Estaba convencido de que no había en el mundo ninguna otra mujer que me hiciese sentir como ella, ninguna otra mujer a la que pudiese amar como a ella…

La primera semana la pasé en un lamentable estado de nervios y ansiedad. Saltaba cuando sonaba mi móvil. No me concentraba en nada. Lloraba en las noches, hasta caer hecho polvo. Y cuando en las mañanas despertaba, tardaba un segundo en saber que no era una pesadilla. Insufrible se me hacía mi trabajo. Creía que me iba a llamar, que volvería, que se arrepentiría, pero los días pasaban sin noticias suyas, así que la llamé yo.

Contestó en tono frío y se mantuvo distante durante las frases de cortesía que cruzamos. Pero yo no quería ver lo evidente: estaba ciego. No pude aguantar la tentación de preguntarle si ya no me quería, y mis esperanzas se hicieron añicos contra sus palabras, cuando respondió: 'verás… es que he conocido a alguien'. Esto fue lo que me dijo la muy pendona. No recuerdo ya el resto de la corta charla. La amaba y la odiaba a la vez, aunque lo único que quería era olvidarla.

Había sido mi único amor, mi única pareja, mi única amante, mi única todo. Ambos compartíamos amistades, gustos, costumbres... Cuando ella me dejó, no sólo la perdí, toda mi vida perdí. Estaba furioso con ella, conmigo y con el mundo, así que decidí que debía hacer algo drástico para romper con todos los recuerdos que me agobiaban. ¿Me equivoqué? No lo sé…

Tiré todo lo que me recordaba a ella, dejé de frecuentar los sitios a los que íbamos juntos, me alejé de las amistades en común… Pero hacían falta más cosas: quería olvidar su olor, su voz, su forma de tocarme, de besarme, de abrazarme, de hacerme el amor... Para olvidar sus besos, probé otros; para olvidar su olor, lo mezclé en mi memoria con otros olores; para olvidar su voz, conocí voces nuevas; y para olvidar su tacto, busqué sexo. Pero cuando hallé sexo, mi mente se empeñaba en comparar. Pero no desfallecía. Era casi vital para mí apartarla definitivamente de mi pensamiento…

Y es sabido que para buscar lo que sea lo más indicado es Internet. Así que, entre contactos y chat, hallé candidatas donde elegir. No me llevó mucho tiempo hacerlo, y quizá por eso fue un desastre. Al principio, claro….

Mi primera cita fue con una chica de igual edad que mi ex...

...quedamos en un pub. Cuando llegué, ya estaba allí. Parecía más nerviosa aún que yo. Las conversaciones no fluían, la situación era incómoda, y fue por eso que me percaté de que había sido un error quedar al poco tiempo de conocerla.

¡Pero quería tirarme a una tía! ¡Lo necesitaba! Y no porque tuviese urgencia por hacer el amor ni porque estuviese excitado, sólo por despecho. Aunque no tenía remota idea de adónde ir. Finalmente, 'lo hicimos' en un motel cutre, con una cama mugrienta: yo, piernas encogidas, y echado de lado; y ella, pegada a mi espalda. Nos desnudamos lo justo. Nos no dimos ni un beso y su vagina ya buscaba mi miembro; ni siquiera me tocó, claro que mi pasividad tampoco ayudaba, que todo hay que decirlo. A los pocos segundos, tuvo un orgasmo. Si no me lo llega a decir, ni me entero. Traté de ser amable y hablamos. Me dijo que no 'lo hacía' desde años y que yo era su tipo de hombre. Por no reírme en su cara, me levanté, me vestí apresuradamente y salí a todo gas de aquella pocilga. Y en esa noche no sólo lloré por mi corazón destrozado, también porque me sentía un estúpido.

No me había ayudado en absoluto ese mi primer encuentro, pero supuse que sería por lo mal que había salido todo, así que al otro día me puse de nuevo manos a la obra, con la idea de elegir una nueva candidata. Y esta vez, sí presté más atención. Hablé con un par de mujeres por chat, y cuando decidí quedar con una de ellas, la llamé a móvil que me facilitó.

Era una chica arrogante que contaba 34 años, que...

...buscaba sexo esporádico, sin complicaciones, y parecía tener experiencia en citas de esta clase. Quedamos en un típico restaurante y la invité a cenar. Era atractiva, y sabía seducir. En todo momento me dejó las riendas, lo cual me hacía sentirme fuerte. Después de cenar nos fuimos a su casa. Comenzamos por unas copas. Me desnudó despacio, me besó y me acarició, hasta lograr excitarme, recorrió todo mi cuerpo, se esforzó al máximo en darme placer; me comió mi miembro, sin dejar de besarme. Rara vez le había hecho sexo oral a mi ex, pero aquella chica logró, sin ningún esfuerzo, guiar mi boca hasta su vagina. Después, tumbados en una alfombra, la penetré a la vez que mis manos cogían sus pechos y su boca jadeaba en mi oído. Eyaculé. Sin embargo noche tan aparente y tan excitante, cuando llegué a mi casa, también lloré.

Al otro día pensé de nuevo en mi ex, por lo que decidí seguir con mi terapia particular. Puse un anuncio pensando en el siguiente finde, y así tendría más días para decidir con quién quedaba. Y empezaron a llover respuestas apenas lo colgué. Me paré a leer algunas. Una de ellas la vi tan sincera, tan espontánea, que llamó mi atención. Contacté con la autora. Me gustó en persona, y luego de un rato de conversación, quedamos esa misma noche, ya que que estaba de paso en la ciudad.

Resultó ser una gran mujer: cuarenta años...


...aspecto juvenil, amable, divertida y tremendamente excitante. Tomamos whisky mientras reíamos y hablábamos de trivialidades. Me parecía increíble que, sin siquiera insinuarse, me sintiese tan atraído. Estaba deseando que dijese que nos fuésemos a la cama, pero pasaba el tiempo y seguía allí, en plan tertulia. Cuando por fin pagué para irnos, me di cuenta de que eran sus ojos y su forma de mirar lo que me estaba atrayendo.

Caminamos hasta mi coche. Cuando creía que no le había gustado y que nos iríamos a casa por separado, noté su mano subiendo por mi nuca hasta mi cabeza. Me cogió del pelo y me echó hacia atrás. Se puso ante mí y muy cerca de mi cara me dijo: '¡tío guapo, está buenísimo!'. Creí derretirme. Entonces, allí mismo, en pleno aparcamiento, conocí su boca; con maestría me besó. Pero no fue eso lo único que me hizo; me echó contra el coche, me bajó los pantalones y metió mi miembro en su boca. Su hábil lengua lamía a un ritmo pausado mientras sus manos abrían mis piernas, manteniéndome inmóvil. No era esa la primera vez que me la comían, pero sí era la primera vez que sentí un placer inenarrable. Olvidé que estábamos en riesgo de ser vistos y me concentré en disfrutar. Oímos voces que se acercaban, pero no importaba. Llegó un punto en que no podía más; le quité las bragas, y entera se la metí. Vi placer y amor en sus ojos, por lo que se pegó más a mí, notando mi potente erección. Mientras me besaba y me llevaba hasta otra posición, abrió la puerta del coche y se sentó con las piernas fuera. Me acomodó sobre sus rodillas de tal manera que al abrir sus piernas se abrían las mías. Levanté su falda para verle su flor. Entre beso y beso lamía mi miembro. Después de conseguir que me eyaculase, la hice sentar en el asiento derecho del coche y le pregunté que dónde la dejaba. Pensé que íbamos a ir a su hotel, y así se lo hice ver, pero me dijo: 'eso mañana; hoy te lo piensas'.

Desperté al otro día pensando en que estaba deseando que llegase la noche para volverla a ver. Hasta muy entrada la mañana no me di cuenta de que esa día no había llorado. Triste sí, pero se me pasó pronto eligiendo el traje, la camisa, la corbata y los zapatos que iba a ponerme para esa nueva cita.

Y llegó la noche, y 'lo hicimos' en la habitación de su hotel. Entonces terminé de convencerme de que aquella mujer era una joya. Tras besarnos apasionadamente y meternos mano hasta ponernos casi cardiacos, me tiró sobre la cama, me descalzó y, cogiendo uno de mis pies, empezó a lamerlo. Nunca había pensado que esto podría suponerme sensaciones tan excitantes. El placer me hacía cerrar los ojos y emitir gemidos. A medida que iba descubriéndola, contra más placer me daba, más entregado estaba yo. Recorrió todo mi cuerpo, y cuando digo todo es todo. Metió su lengua allí dónde se le antojó, sin más reparos por mí que el que mi falso pudor dictaba y que valía bien poco ante la firmeza de su deseo. Saboreó mi miembro y la abertura de mi trasero las veces que le vino en ganas. Después desfiló ante el espejo para mis ojos, y en cada desfile se venía hacía mí y daba a mi pene cupidos lengüetazos. Recibía tanto placer que todo yo temblaba al mínimo contacto. Mi excitación era tan salvaje que tuve dos orgasmos seguidos. Y por añadidura, sus ojos en los míos, en una sensación de permanente complacencia…

Cuando llegué a mi casa y caí en mi cama, dormí como un lirón. Al otro día pensé, deseoso, en que en algunos de sus viajes la trajera de nuevo a mí. Era una mujer que no tenía la intención de perder.

Semejante sesión de sexo me dejó satisfecho por tres días, luego de los cuales volví a interesarme por las respuestas recibidas y por los nuevos anuncios que había puesto. Leí como unos seis, pero sin decidirme por ninguna. El listón había quedado ya muy alto con mi última cita y temía la frustración que podía causarme dar con una amante equivocada.

Al final elegí una chica pelirroja, treinta y cinco años...

...divorciada, físico espectacular y sentido del humor. La noche fue divertida. Fuimos a bailar. Hubo copa, magreo, y morbo compartido por meternos mano y saciarnos donde quiera que fuese y delante de quien fuese. Terminamos 'haciéndolo' en las escaleras de mi casa; el calentón no dio tregua para esperar el ascensor. Se quedó frita en mi cama y cuando a la mañana siguiente despertó, ya la tenía sobre mí, dispuesta para un nuevo ataque. Ese día sentí que había encontrado una amiga.

Mi siguiente cita fue a los dos días de la última, que supuso otro grato descubrimiento...

...quedamos en su casa, sin estar yo muy convencido, pero con las ideas claras en cuanto a no repetir errores pasados; si no me gustaba, me iría. Su aspecto era bueno: 38 años, guapa y bien hecha. Hablamos de la razón de nuestra cita: sólo queríamos sexo. Nos preguntamos nuestras experiencias y gustos. Me inspiró confianza y le conté el motivo por el que llevaba a cabo mis citas. Ya sincerados, me habló de sus gustos por la sumisión. Con la confianza recién estrenada le pregunté... ‘¿sumisa?, entonces sabrás lamer pies; tengo mono de eso’. Sonreía apoyando mis pies en sus muslos y con cara de querer complacer. Pero lo mejor fue ver cómo, con delicadeza, se puso a lamerlos con zapato y todo. Aquella noche disfruté de lo lindo del placer de ser adorado.

Tenía allí, en su casa, una colección de objetos y juguetes sexuales que me dejó alucinado. Le pedí que me explicase cuál era el uso de cada uno de ellos, y mientras lo hacía, trasteaba y demostraba sus utilidades. Se percató de que tenía una marcada erección, y me la sobó sobre el pantalón mientras le hacía mil preguntas acerca de una máscara. Aunque no me sentía muy seguro en ese papel, estaba lo suficiente excitado como para seguirle el juego. Cogí una correa de las que había colgadas, se la puse al cuello y la arrastré hasta su dormitorio; ya allí la empujé hacía la cama y me senté a horcajadas sobre ella, desabotoné su vestido y le dije que se desnudase sexy del resto.

Con esfuerzo y postura de contorsionista, se quitó el sujetador, los zapatos y las medias. Me levanté y rebusqué hasta encontrar una correa para sus muñecas, y unas tijeras. Cuando me vio con todo eso en la mano, se rió. Entonces até sus manos al cabecero y corté las medias de tal forma que quedaban sujetas a la cintura, dejando al aire sexo y culo. Pasaron por mi cabeza mil palabras humillantes sobre aquella situación, pero callé. Me senté en su pecho para que notase y viese la dureza de mi miembro, y enseguida atacó su lengua. Acabé 'tirándomela' en una postura que no recuerdo. Cuando nos despedimos, insistía en que volviese a llamarla. Se lo prometí. Y la llamé... Y varias veces además...

No voy a seguir contando una por una todas las amantes que he tenido hasta ahora. Se haría largo. Sólo diré que la mayoría ha sido buena y que también he sufrido malas experiencias, pero que voy almacenando trucos y mañas para que mis próximas citas sean lo más sabrosas posible.

Luego de cuatro meses de mi ruptura, me encontré, una tarde que volvía a casa, a mi ex llamando a mi puerta. Esa mañana me había llamado la cuarentona juvenil, que me dijo que estaba en la ciudad y que había quedado con otro. 'Qué pena', le dije; ella siempre tan deliciosamente morbosa. Me respondió: ‘no tiene por qué ser pena; puede ser alegría si tú quieres’. Y puedo asegurar que lo fue. En mi ex era en lo que menos pensaba, sabiendo que la noche entera la iba a pasar con 'mi cuarentona juvenil'.

Con una punzada en el estómago, la invité a entrar. Me preguntó si había estado fuera toda la noche; no respondí. Nos contamos sobre nuestros trabajos, le pregunté por los amigos. Ambos sabíamos de sobra que eran palabras que no iban a ninguna parte. Y cuando no había ya más qué hablar, rompió a decir ‘te echo mucho de menos; quisiera que volviésemos a intentarlo’.

Mi mente apartó los últimos meses y volvió hasta mi vida con ella. Sabía que todavía la quería, pero todo había cambiado ya. Hasta yo. Había hallado amantes, cómplices y catedráticas, a través del sexo. Unas, con destreza, sabiduría e imaginación; otras, con mil trastos de sumisión; otras, con vaginas encendidas y energías sin límites; otras, desinhibidas y atrevidas...Y así un largo etcétera. Y todas ellas aún permanecían en mi vida, y eso que sólo habíamos compartido momentos, pero me habían ayudado a conocerme, a encontrarme… y a todo eso no quería renunciar.

Iba a rechazar su propuesta, cuando una idea cruzó mi mente… ‘¿Y si hubiese una manera de no tener que renunciar a nada?’.

____Oye, ex novia -le dije, adoptado un tono un tanto sensual, pero enigmático a la vez-. Voy a contarte cómo lo he pasado desde que me dejaste…


Y después de decirle esas últimas palabras, una sonrisa pícara se dibujó en mi cara


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Mensaje  achl el Mar Mar 28, 2017 3:48 pm




Un 'rollo' ocasional con un cuarentón cambió mi vida

Me llamo Carmen, tengo 20 años y mucho carácter, aunque también soy muy ingenua. Mis amigos dicen de mí que soy bonita de cara y cuerpo. Trabajo como dependienta en unos grandes almacenes de la capital andaluza, Sevilla. Pero, aun mi acentuada ingenuidad, mi carácter me ayuda cada vez más a ir teniendo las cosas claras

Era un mediodía de un sábado gris, con frío y amenazando lluvia. Esperaba el autobús que me llevase a mi casa. Los fines de semana, al menos en mi ciudad, los horarios de los autobuses varían de los días laborales, por lo que puedes llevarte media hora o más en cualquier parada esperando.  

Estaba aburrida. Había poca gente en la parada. Entonces cogí mi móvil de mi bolso y eché un ligero vistazo a mis mensajes. Ninguno de ellos despertó interés en mí. En vista de lo cual, dejé el teléfono en el bolso y empecé a distraerme mirando detenidamente a las personas que había en la cola. En un ejercicio de inteligencia emocional, es una buena prueba observar a alguien y pensar cómo será su vida, aparte de que también puede aparecer alguna persona interesante.

En esto soy muy lanzada. Mis amigas, sobre todo Eli, me dicen que parezco una zorra, dispuesta siempre a cazar una pieza, aunque no me vale cualquiera. Cuando alguien pica mi curiosidad, voy directamente al grano, sin rodeos ni reticencias...

No vi a nadie que me atrajese en ningún sentido. Hasta que llegó a la cola un tipo, alto, moreno, muy atractivo, de unos cuarenta y tantos años y con aspecto de ejecutivo. Lo que se dice un maduro resultón. Nunca me había imaginado que me iba a fijar en un hombre mayor que yo. Si mi amiga Eli me hubiera dicho que me iba a enrollar con un tipo cuarentón, le hubiese respondido que estaba loca.

Vi cómo se fijaba en mí, cosa que me halagó. Además, ya tenía alguien con quien hablar, y así dar esquinazo al aburrimiento. Empezó a pasearse de un lado a otro, y cada vez que coincidíamos me miraba; primero suave y luego directamente a la cara. Iba yo guapa esa tarde: chaleco azul, camisa blanca, vaqueros rojos ajustados, y botas negras con poco tacón. Vi que le gustaba mi look y creo que yo también, así que una de aquellas veces que me miró le sonreí discretamente, y 'mi galán' me correspondió de la misma manera, discretamente.

Cada vez que se cruzaba conmigo nos mirábamos y sonreíamos, pero disimuladamente, como si no quisiéramos pregonar nuestro flirteo. Entablé charla con él. Para marcar la distancia, le hablé de usted. Pero percibí que eso le contrarió. Ya dije que soy atrevida y me gusta llevar el mando en toda charla o en toda seducción.

Le pregunté si sabía cada cuánto tiempo pasaban los autobuses, algo que yo sabía de sobra. Me contestó cordial, cosa que me agradó, que estaba de paso en la ciudad y que no lo sabía. Su varonil voz me transmitía seguridad. Algunos hombres se ponen a temblar cuando una mujer joven y bien hecha se dirige a ellos. Pero este no. Se veía a leguas que sabía cómo manejar a una mujer y cómo comportarse con ella. O sea, un caballero.

Estuvimos conversando hasta que llegó el autobús. Tengo que decir que se generó buena complicidad entre los dos. Tenía conversación culta, y cada vez me parecía más atractivo. Ya sabéis las mujeres, ese momento cuando hay algo dentro de ti que te dice que acabarás liándote.

Nos sentamos en los asientos de atrás del autobús, cuyo iba medio vacío, y seguimos charlando. A cada palabra, aparecía el deseo; le tocaba la rodilla, y él me cogía la mano. Estaba muy claro que el juego de seducción estaba en plena ebullición. Y aunque advertí que no era un simple ligón, también noté que le atraían las mujeres, hasta el extremo de cometer 'algunas travesuras políticamente incorrectas'.

De pronto, se acercó a mí e intentó darme un beso. No se lo iba a poner tan fácil, así que retiré la cara. Le miré retadora y él rió, pero luego me besó suave por el cuello, y eso sí me gustó. Mis defensas bajaron y me dejé llevar. Tenía ya el cuerpo erizado, y acabamos dándonos un buen morreo. Notaba que mi tangas estaba empezando a mojarse.

Se bajó algo los pantalones, me agachó la cabeza y me incitó a hacerle una felación. Una sensación morbosa. El autobús seguía circulando y la gente subía y bajaba de él. ¡Jo, aquel forastero me estaba poniendo cachonda perdida! La idea podía ser humillante, pero yo flipaba en colores con todo lo que estaba pasando.

Su miembro era de buen tamaño y grosor. Mientras succionaba su enorme falo, él me bajó la cremallera de mi pantalón y empezó a tocarme ahí abajo. ¡Estaba tan excitada que no noté mis jugos deslizarse por mis ingles! Experimentamos a la vez un orgasmo. Un hombre que iba detrás de nosotros, quiso decirnos algo, pero llevé un dedo a los labios, indicando que se callase.

Nos bajamos del autobús y él me invitó a su hotel. Nada más llegar, me bajó los pantalones de nuevo, me quitó el tangas y empezó a penetrarme mientras arañaba suavemente con sus uñas mi trasero. ¡Ufff qué tío, cómo me daba caña!

Soy  mujer con fuerte carácter, pero algo en mi interior me decía que me entregase por completo. Su miembro salía y entraba con fuerza, y sus dedos acariciaban mis pechos.. Acabé en otro orgasmo. Pero sin demora, me puso de rodillas y me dijo que de nuevo le hiciese otra felación. En esta vez noté que descargaba en mi boca. Me tragué toda su vertido.

Una vez que terminamos, me abrazó y me besó con ternura. Al cabo de una hora, salí del hotel, saboreando aquella maravillosa aventura. Cuando llegué a mi casa, me desvestí para ducharme, y a esto que sonó mi móvil. Era mi amiga Eli. Luego de hablar un rato y de citarnos caída la tarde, al ir a dejar de nuevo el móvil en el bolso vi unos billetes doblados. ¡300 euros! Que seguramente en un descuido mío, mi amante ocasional desconocido cogería mi bolso y con elegancia y clase, los habría dejado allí. Miré sorprendida el dinero y luego lo cogí y lo guardé en mi ropero, pero no me sentí una prostituta.

Ah, como se me olvidó preguntarle su nombre, y tampoco caímos ninguno de los dos en eso, le bauticé como mi George Clooney particular.

Volveré mañana a coger ese mismo autobús, en esa misma parada y a esa misma hora por si tengo la suerte de coincidir con él. Me encantaría volver a verle de nuevo. Y no es por dinero, que también, sino porque me gusta este tipo de hombre señor, aparte de que me lo pasé de maravilla haciendo el amor con él...


A veces, cuando menos se espera, nos puede ocurrir algo inesperado que quizás haga cambiar nuestra vida para siempre


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Mensaje  achl el Mar Mar 28, 2017 6:48 pm



Todo empezó en una biblioteca

Mis piernas se abren con irremediable soltura sobre las suyas, enfundadas ambas en esos tan ajustados vaqueros que parecen ser parte de nuestra propia anatomía


Nos habíamos conocido dos meses atrás. No era en un lugar muy común, al menos para entablar una charla de coqueteo. Pero eso ocurrió. Yo andaba perdida por las estanterías repletas de libros. Como pueden imaginar, me hallaba en una biblioteca. Para ser más exactos, en una de las bibliotecas públicas de Madrid. Acariciaban mis dedos las numerosas encuadernaciones de diversos colores. Leía detenidamente cada titulo, en busca de uno con la capacidad de proporcionarme una sensación de deseo o de incitación para leer su pequeña reseña trasera.

Él me miraba, anonadado, intentado encontrar explicación a ese ritual tan extraño. Yo, sin embargo, ni siquiera percibí su mirada clavada en mí, hasta que dulcemente cogió mi brazo, el que mantenía suspendido en el aire con el dedo índice guiándose por los títulos de los libros. Él empezó a cambiar de rumbo mi propia extremidad, hasta dejarla con mi dedo posado en un libro de un aspecto anticuado. Las hojas estaban algo amarillentas, rozando casi el color ocre, y al abrirlo se podía percibir un olor a rancio.

Me miró con una sonrisa...

____Ese te gustará. Cógelo. A mí me encantó.

A partir de ese momento y a causa de mi búsqueda frenética de un libro, empezamos una relación que no pasaba la barrera de la amistad. Nos llamábamos para comentar los libros que comúnmente leíamos. Pasábamos buena parte de nuestras tardes sentados en una cafetería bohemia, de amplias vidrieras, removiendo y removiendo el café, medio aguado, que nos servían. Pero qué decir, aun la escasa calidad del café, el tomármelo en compañía de aquel guapo de ojos grises, hacía posible que su sabor mejorase en cada trago.

Transcurrían los días por nuestra amistad inesperada, empezada por nuestra pasión por los libros; y a medida que pasaban, más ganas surgían en mí por besarle, y rozar su cuerpo. Y quizá algo más...

De ese modo, llegamos al momento en que ahora estamos viviendo. Iba a ser una tarde de invierno como otra cualquiera: libro en mano, ojos puestos en los luceros grises de mi amigo, y una sonrisa en medio de una conversación que me estimulaba hasta lo más recóndito del alma. Mis dedos largos, adornados de un par de anillos de bisutería fina y uñas moradas un color pastel, movían delicadamente la cuchara, haciéndola rechinar contra las paredes de la taza. Al mismo tiempo, mis labios se veían atrapados entre mis dentinas, y mis miradas encadenadas en parrafadas de letras. Enfrente, él me imitaba; sólo que sus ojos, de vez en cuando, se posaban en mí, provocando en su agraciada cara una amplía sonrisa que quitaría la cordura a cualquier mujer.

Una de las cosas por las que me enamoré de él fue su sonrisa. Solo verla, provocaba en mí la misma reacción, aunque triplicada. Cogí la taza, y sin levantar la mirada del libro, que cogía con la otra mano, llevé la loza a mis labios y bebí un pequeño, pero cálido, por no decir ardiente, sorbo. Un suspiro, procedente de mi compañero, me hizo levantar la mirada, pues me dio por pensar que aquel libro le había causado un leve espasmo. Pero lejos de la realidad; el espasmo se lo había causado yo. Cerró el libro con intrépida saña y lo apartó en la esquina de la mesa. Yo, sin poder salir de mi asombro, torcí el cuello, a la vez que la mirada, dejando reposar el escrito en mi regazo.

____¿Te encuentras bien? -sus manos cogieron las mías-: y añadió:
____Dime de una vez que me quieres, necesito escucharlo por fin salir de tus labios, porque hasta que ellos no lo hagan, los míos no confesarán.

Desde ese maravilloso momento supe que nuestra relación había tomado un nuevo curso. Me hallaba confusa; no sabía si levantarme y marcharme bajo la nieve espesa, o quedarme frente a él y al fin confesarle mi amor.

Evidentemente, si repasamos el prólogo de este relato, queda clara mi posición. Y me quedé. Y sin estar muy preparada, expresé con palabras románticas todo lo que sentía en ese momento. En medio de mi discurso, con los grises de él radiantes de admiración y sus manos sujetas a las mías con fuerza, alzó uno de sus brazos y echó la mirada hacía atrás.

____Camarero, la cuenta por favor.

Cuando se volvió hacía mí, de nuevo me cautivó con su sonrisa.

____No hables más. No vas a necesitar más palabras por hoy.

Se levantó, y yo, aún sin respiración, hice lo mismo. Me ajusté el gorro, los guantes y la bufanda; me abroché el abrigo y salí antes que él.

____No sé para que te abrigas tanto; total, vivo a dos manzanas de aquí y sabes de sobra que pienso desnudarte.

Ese último comentario me hizo pararme en seco, con las mejillas llenas de rojeces. Una reacción, supongo, que por el cambio brusco de temperatura que mi cuerpo estaba experimentado: un frío gélido, un ardor insoportable en mi interior. Volvió pícaro y cogió mi mano, para tirar literalmente de mí.

____¡Venga, no seas boba, era una broma!

Suspiré, pues yo, siempre ingenua e inocente, me había creído su última afirmación, cuando era una mentira demasiado obvia como para ser vista. Le sonreí y él volvió a regalarme su sonrisa.

Estábamos ante su portal, cuando desplumó su guante de una de sus manos. Algo normal, pues tenía que tener más movilidad para manipular la cerradura y la llave. Nada más abrir la puerta, me hizo un gesto que indicaba que entrase. Caminé como mi cuerpo me dejaba, pues la nieve cuajada casi me había congelado los pies, y mi corazón parecía salirse del pecho. Un estruendo, que salía de la puerta de metal de la entrada, me sobrecogió. Pegué un salto, a pesar de haber intentado reprimirlo. De pronto, noté cómo unos brazos me rodeaban por detrás, y una sonrisa adornaba el silencioso pasillo, con el ascensor al final. Unas susurrantes y varoniles palabras a mi oído me llevaron a estremecerme:

____Mira, te quiero por lo que eras la primera vez que te vi en aquella biblioteca, te quiero por lo que eres en estas tardes de amenas conversaciones y te quiero por lo que deseo que seas dentro de tres o cuatro minutos en mi cama.

Volví a dar un brinco, y enseguida todo empezó a tornarse más ardiente. Sus brazos oprimían mi cuerpo, y sus pies guiaban a los míos para acceder al ascensor. Una vez dentro, pulsó la planta de su piso, se volvió y me besó apasionadamente.

Y llegamos al punto inicial:

Mis piernas se abren con irremediable soltura sobre las suyas, enfundadas ambas en esos tan ajustados vaqueros que parecen ser parte de nuestra propia anatomía

Sus manos comienzan a viajar por mi cuerpo, en busca de exploraciones, de saber cómo es cada milímetro de mi palmito. Me abre el pantalón y, sin preámbulos, mete la mano. Mis suspiros acelerados le llevan a juguetear con mi clítoris. Le pido, le suplico que pare ya, que no continúe, pero sigue moviendo sus dedos, mientras mi sexo entero se humedece y se calienta cada ves más. Entonces mis piernas empiezan a moverse hacía adelante y hacía atrás, lo que me permite notar cómo los botones de sus bragueta van a estallar. Mis gemidos aumentan de intensidad hasta llegar a aullidos, dando la bienvenida a una nueva faceta de él.

Coge mi cuello con firmeza y me clava suavemente los dientes en él, mientras hace amago de meterme dos dedos en la vagina , sin llegar a hacerlo, sabe que eso me va a desesperar, que me hará suplicarle que lo haga. Mis manos, que hasta entonces no habían participado, comienzan a manosear su paquete, el cual ya está lo suficiente endurecido. Al hacer tal acción se ensaya para bajar por mi torso. Me echa en el sofá y me arranca los pantalones. Me besa con pasión, dulzura, amor. Una mezcla de sentimientos en un solo beso. Sus manos aún continúan por ahí abajo, hasta que entre largos gemidos se lo pido; le pido que nos hagamos por fin uno. Sin embargo, él, en su vena juguetona, me pregunta jocosamente

____¿Qué es lo que quieres que te haga?

No puedo ni hablar, no me sale aliento para hacerlo, y antes de que pueda llegar al orgasmo, deja de tocarme. Mis pulsaciones se aceleran y recobro el aire.

____Repítemelo o así te quedas.

Me dice con el pelo mojado y pegado a su frente.

____¡No, por favor, no me hagas repetírtelo, que me ruborizaré!

Acaricia mis hombros y pone un puchero de lo más tierno.

____¡Pero si eso es lo que quiero, verte con los carrillos al rojo vivo...!

Cerrando los ojos con todas mis fuerzas, pero con una excitación incontrolada se lo repito, incluso con énfasis y más explícitamente...

____¡¡Hazme tuya!!

Entonces vuelve a él esa expresión tuna que tanto me excita. Baja sus pantalones y sus calzoncillos y empieza a penetrarme. El sofá cruje al son de nuestros gemidos. Mis manos intentan por todos los medios agarrarse a los cojines, pero mis uñas ya empiezan a resquebrajarse. Y todo ello en una mezcla de ambos.


Veo mis ojos marrones en sus ojos grises, o al menos los veía antes de aquel polvo tan especial y tan lleno de amor y pasión que me dejó marcada para los restos


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Mensaje  achl el Mar Mar 28, 2017 10:22 pm



La red y sus rarezas

En uno de los mensajes que recibí ayer, un tipo anónimo me pedía que me mease en su boca. No es la primera petición de esta clase que recibo, ni a estas alturas de navegar tanto por la red me sorprende nada, pero hoy me ha dado por preguntarme: '¿qué ocurriría si le dijese que acepto?'.

No sé qué mosca me picaría, pero jamás pensé que pudiera excitar mearse uno encima de otro, y menos aún sin las connotaciones que puede ofrecer conocer antes a la persona. La cosa es que le dije que si era de mi pueblo lo citaba esa tarde en los aseos de señoras del centro comercial, al que tenía pensado ir de compras, y también le dije que confirmase su asistencia. Así lo escribí, como una invitación de boda: ‘confirma tu asistencia’. Respondió afirmativamente, y añadió que como él lo había pedido, no quería perder 'la oportunidad de su vida de ver realizado su sueño’.

Durante toda esa tarde seguía con la idea en mi coco. No estaba nerviosa ni le daba vueltas a lo que había decidido, aunque nunca había quedado antes con ningún contacto de Internet.

Llegué muy temprano al centro comercial, hice unas compras y la llevé a mi coche. Después entré en dos tiendas para mirar ropa, y así hacer tiempo, y minutos después de la hora que había quedado, me fui al servicio. Le había advertido que esperase en el cubículo más alejado de la puerta de entrada y que la abriese cuando llamase con los nudillos y dijese ‘mensaje recibido’.

Había otras mujeres en el servicio de señoras. Esperaba que hubiese sido previsor y hubiera ido con tiempo para hallar el momento de meterse en el aseo, sin que nadie lo viese. En cualquier caso, si no estaba allí cuando yo llegase, no iba a esperarle, mearía y me iría, sin tomarme la molestia de perder más tiempo, ni de mirar en ningún otro cubículo.

Según me acercaba, veía que el cubículo al que yo iba estaba ocupado. Eso era buena señal. Respiré profundamente antes de llamar. Apenas pronuncié la contraseña, el cerrojo se abrió y la puerta quedó entornada. Me aseguré de que no había nadie más en el pasillo y empujé la puerta. Y allí estaba el sujeto, mirándome como si fuese una aparición. Mi instinto no me equivocó: era, a simple vista, un tipo normal y corriente; no parecía un loco peligroso. Eso y el saberme en un lugar público, bastó para decidirme a meterme en aquel espacio tan estrecho; cerré la puerta. Una vez dentro, él hizo ademán de presentarse, pero le corté el rollo.

____Ponte de rodillas y echa la cabeza hacia atrás -le dije, en un tono firme, mientras metía las manos bajo mi vestido y me quitaba las bragas.

Quedó unos instantes sin reaccionar, como procesando mis palabras.

____Pero… me quito la ropa antes, ¿no? -me gustó su desconcierto.
____No, sólo sácate el pene. Quiero comprobar si te excitas con esto –a bote pronto se me ocurrió esa idea.

La situación en sí debía excitarle, porque estaba empalmado cuando el pene asomó por la bragueta. Pero yo, ni siquiera pestañeé, como si todo aquello no fuera conmigo.

____¡Venga, venga, no te retrases! -le apremié haciendo gesto con la cabeza e indicándole el suelo.

Se colocó según le indiqué, arrodillado y con el culo contra los talones y la cabeza hacia atrás. No parecía una postura muy cómoda, pero no protestó. El ponerme sobre él, con un pie sobre la tapa del váter y el otro en el cubo con compresas mientras me sujetaba a la pared, me costó más de lo que pensaba. Cuando estuve preparada, levanté mi vestido, para no mojarlo, pero al mirar hacia abajo vi que su erección había cedido. Y eso me dio un poco de rabia. Pero estaba dispuesta a seguir con su juego, que, de pronto, también se había convertido en el mío

____¡Abre bien la boca y traga, cerdo! –medio chillé, con el propósito de humillarle más todavía.

Obedeció en lo de abrir la boca, pero tragar, sólo podía tragar saliva. Mi vejiga se negaba a obedecerme. Y no por falta de ganas de mear, pues llevaba toda la mañana bebiendo agua y aguantando las ganas para ese momento, pero esa extraña situación parecía bloquear mis músculos, a la vez que pensaba en mi dignidad. Pero, ¡qué coño! Yo accedí, ¿no? Pues adelante con los faroles.

Por fin sentí relajarse mi uretra y vi que empezaba a salir orina. Miré abajo y vi que cogía postura para recibir la orina en su boca, mediante una copa de cristal inclinada, a la vez que llevaba una de sus manos a su pene

____¡Ni se te ocurra masturbarte delante mía! –medio chillé, de nuevo.

Hice que el chorro saliese con presión, y vi cómo rompía contra la copa y chorreaba a través de su cuello, mojando su ropa. Disfrutaba de lo lindo. Más que un niño con un  juguete nuevo.

Duró bastante mi meada, y cuando terminé me di cuenta de que me sentía pletórica. Y aún más al ver su pene hinchado, como muy deseoso de largar el semen, como si fuese a reventar, y además todo mojado de meado, con un olor muy desagradable.

____¡Besa mi vagina ahora! ¡Pero un solo beso, y ni se te ocurra tocarla! -le avisé, sin importarme ya el tono de mi voz

Levantando el culo se incorporó lo suficiente para posar sus labios en mi vagina y darle un beso.

____Gracias, muchas gracias -musitó.

Cogí un klinex de mi bolso, me limpié la vagina y lo tiré al charco que se había formado. Me vestí, al loro de no pisar la orina ni rozarme con él.

____Cuando yo salga puedes masturbarte -le dije mientras recogía un poco mi pelo-. Y no olvides limpiar esto antes de irte -añadí.

Abrí la puerta y salí. Mientras me lavaba las manos, oí cerrarse el pestillo. Sonreí pensando que se la estaría sobando con el olor de mi meada

Luego de seis meses de aquello, sigo recibiendo mensajes suyos. Aun sin contestar a ninguno, sigue escribiéndome. El último que me ha enviado ha sido un largo relato en el que describe aquel momento. Me ha resultado tan guarro, tan adornado, tan lleno de sentimentalismo y con descripciones tan exageradamente halagadoras hacia mí, que no me ha quedado de otra que contraatacar con mi versión de los hechos. Así que le envié un mensaje con el siguiente texto:


Yo llegué, me meé en tu cara y me fui. Sólo eso. Así de sencillo y así de morboso. Sólo ha sido uno más de mis juegos sexuales


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Mensaje  achl el Miér Mar 29, 2017 2:37 pm



Club de carretera

Las paredes eran horrorosas, aunque guapos candelabros dorados adornaban lo ruin. Una negra lámpara en el techo iluminaba el salón, con sillones de armiño amarillo. Sobre un gran bracero de bronce, los rubíes enfurecidos parecían dientes de dragón. Se quemaban semillas de alucema e incienso. En una mesa, un jarrón chino. ¿Qué escena se dibujaba en él?: 'dos pescadores pescaban un pez espada, que hería a uno de ellos en la cara; gotas carmesí en una camisa arremangada, y el mar se bamboleaba entre olas espumosas'. En el jarrón, hortensia rosa con pétalos secos. De las mesas caían manteles hacia el suelo. En los sofás, los transexuales, semi desnudos y cubiertos de polvos. Rapadas al cero, pero con la cebezas doradas, salvo en el antifaz que les cubría los ojos, que era de color azul.

Estaba Trini, de grandes tetas y de lengua viperina. Conocía por su nombre los venenos, y su lengua era sucia como esos falos que ya había lamido. Sabía insultar. Se había defecado en la cara del último cliente porque no le dio propina. Le mentó a la madre por los cuernos del padre, antes de lanzar al aire un hermoso gargajo amarillento. Se contoneaba cual serpiente y era la endemoniada del grupo, como las cimas del Himalaya ¡Qué tetas tenía la tía!, capaces de amamantar a todo un ejército de legionarios sedientos de leche de teta. Y entre sus opulentos muslos, la cripta de su sexo depilado exigía un cohombro marino, eternamente erecto.

Sobre un piano verde, dorada como poniente, Conchi, la madrileña, que en una de sus manos sostenía una copa de anís. La llamaban la madrileña, pero había nacido en Cádiz. Jamás había visitado Madrid. Había denunciado a la policía a un tipo de 'Sendero Luminoso' que se había enamorado de ella en su visita a España. Llevaba el terrorista cheques por valor de cien millones, pero ella era puta por afición. Su cartilla jamás había estado en rojo. Rojos sólo sus labios, que ahora cataban anís. Mientras follaba era una hembra que cazaba, cual tigre-araña, la espalda de los hombres, a los que rodeaba con sus piernas, como cangrejos. Era un escorpión mutante, cuyos labios eran veneno. Había en sus ojos negros siete panteras rabiosas y su cuerpo era el de un ángel. ¿Cuántas vergas había bebido ya esa noche? Ninguna aún, por eso, anís en su boca, porque sus labios estaban secos, y cabreada ella, porque todavía no había degustado el sabor de un macho.

Sonaba en el reloj las tres de la madrugada, y un cisne blanco sobre las azoteas vomitaba su luz, enormemente ebrio. Frasca se miraba en un espejo. Hoy había cocinado un conejo. Ella misma se ocupó de matarlo y de desollarlo. ¡Qué soberbia era la tía! Rapada al cero parecía un marine americano, y lo era, porque era un hombre, pero su culo ya había recibido la verga de cientos de machos. En realidad se llamaba Pepe, y era de Linares. Con doce años, ya había mamado su primer falo. ¿Era gato o gata? Gata, pero sufrió horrores en su circuncisión. Ese día era como un pájaro al que le mutilan el sexo con tijeras. No tenía tetas, pero su culo había recibido más semen y vaselina que los que contienen los bancos de espermas. ¡Qué buen maromo podía ser si no fuera puto! Coleccionaba mariposas. Y nunca bebía vino porque vomitaba. Era mujer en la cama, sedienta de deseo, esclava absoluta. En su pecho tatuado había una cruz. Y sólo 'lo hacía' por dinero. Belleza endeble que si tuviera navaja sería felina.

Lis leía una revista del corazón. En su portada, una Infanta de España proclamaba su divorcio. Tenía zarcillos de oro puro en orejas. Repito que todos estos ángeles estaban rapados y dorados. El polvo de oro los hacía exóticos, como pájaros semi demonios. Lis era pequeñaja y traviesa, escondía una libélula en su pecho, y sus tetas, llenas de miel de higuera, conocían el significado del pellizco. Acababa de estar con un cliente y había triunfado. ¡Qué succión tan placentera le hizo por cincuenta pavos! El tipo era gordo, peludo y con mostachos mejicanos y andares patosos. Se empeñaba en decir: ¡manita, manita, manita!, mientras le succionaba entero. No había sido generoso con ella. Le había pagado, pero no le había dado propina y Lis trinaba. Por eso le dio una patada al gato. Leía que la Infanta Elena estaba ya harta de su marido pero ahora era feliz. También Lis quisiera degollar a algunos hombres y cortarles el pescuezo, como a gallinas.

Pitu era su primera noche y temblaba. En sus labios había una amapola virgen, y sus dientes no conocían aún el quid de la mordedura. ¿Quién te joserá esta noche por vez primera? Ya, Juan te robó el virgo, y Pepe y Jorge, y Federico, y Carlos, y Adolfo, y Felipe, y Ramón y Rodrigo, y Enrique…, pero nunca 'lo hiciste' por dinero. Tus tetas son hermosas, como peras inmensas, y hay en tu pubis un olor a romero y salvia. Es tu pureza como la de la azucena mustia; y en tus ojos, la noche y la luna destilan su fría incógnita.

Sólo un cuadro, de un autor anónimo, era a esas horas testigo directo del perfecto crimen que la alcoba escondía


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Mensaje  achl el Miér Mar 29, 2017 3:01 pm




El último curso escolar


Lo tuve clarísimo apenas le vi…


Apoyado sobre su flamante moto de alta gama: alto, guapo, moreno, bronceado, esbelto, altivo, observador y con expresión de triunfador, así era él. Un irritante niño de papá que hacía que mis hormonas se pusiesen a danzar. ¡Dios, que burra me ponía! ¿Hace falta decir que me impresionó a primera vista? En ese momento, miraba con celo, cómo rodeaba la cintura de avispa de una de sus conquistas del Instituto.

Ocultaba su torso bajo una fina camiseta con un dibujo en gris de una guapa y exótica mujer. Se pegaba a su esbelto cuerpo y a sus anchos hombros, en un exitoso intento por exhibir su buena forma física. Mis dientes se deslizaron por mi labio inferior, con la idea de dejarme marca. ¿Cómo era posible que con tan sólo un día de curso, ya había perdido el 'tete' y la cabeza por un tío? '¿Y quién es ese?', me pregunté para mi interior, alzando la cabeza y con los ojos fijos en él.

Pues era un chico que cursaba en mi Instituto, pero yo, raro en mí, no había reparado antes en él. Pero era el tipo ideal para esa animadora rubia, aparentemente descerebrada. Y digo 'aparentemente', porque era una de mis ‘amigas’, lo que no dejaba muy claro era que careciera de mollera, y que su pelo rubio era teñido. Sabía que no me quedaba sin una respuesta por parte suya. Y así fue. No tardó en decirme:

___¿No le conoces? Es Javi Milano
___¡Uff, pues está buenííííííísimo! ─alargué ésa palabra a propósito, de modo que terminó convirtiéndose en algo jocoso.

Este año no estaba yo muy animada para comenzar de nuevo las clases. Después de un verano de cero sexo masculino, acabé sin comerme una rosca. La coqueta casa de playa de mi abuela, en la zona de Cádiz, no me dio ese empujón para pasar las vacaciones que una chica de mi edad debe tener. En cierta manera, me avergonzaba no poder contar a mis amigas algún rollo del verano. En los veinte días que estuve de vacaciones, lo único que medio me mereció la pena era un socorrista polaco, que rozaba los treinta y cinco; no estaba mal, pero era demasiado mayor para mí. Hablamos alguna que otra vez, sin llegar a más...

Pero en este último curso estaba viendo las ventajas sexuales que me ofrecía mi Instituto de siempre.

Esa nueva conquista del tal ¡Mi—la---no! era una chica de un aspecto físico parecido al mío: ojos y boca grandes, cara sensual, además de simpática y dicharachera, pero su pelo negro no llegaba ni a sus hombros. Y se acicalaba y se pintaba más que yo. Algunas veces, muy ocupada en ocultar sus comisuras bajo un kilo de coloretes. Era, en pocas palabras, la más loca del Instituto.

Retomo lo que estaba diciendo poco antes con mi total interés puesto en Javi.

Me invadieron unas repentinas ganas, que quedaron en sólo eso: en repentinas, de tirarle de los pelos a aquella rubia, que ya empezaba a contonearse delante de él. La tía vestía una minifalda, que tapaba menos de lo que enseñaba, descubriendo unas lustrosas piernas bronceadas, seguro que del sol del verano. Aunque su estatura no sobrepasaba la mía, estaría en lo cierto al cien por ciento de haber podido hacer una comprobación poniéndome a su lado para ver si aquella tipa medía un centímetro más que yo. Pero eso no era tan relevante.

Con lo que no podía competir era con las dos tallas más de sujetador que usaba. Nadie podía negar que era una absoluta provocadora, de la que ya se sabía que 'se lo hacía' con cualquiera en el asiento trasero de los coches, en los moteles y en las discotecas, incluso cobrando.


Pero yo ya tenía muy claras mis intensiones: ‘antes que acabe este curso escolar, me tiraré a ese tío’


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Mensaje  achl el Miér Mar 29, 2017 3:03 pm




El último curso escolar


Lo tuve clarísimo apenas le vi…


Apoyado sobre su flamante moto de alta gama: alto, guapo, moreno, bronceado, esbelto, altivo, observador y con expresión de triunfador, así era él. Un irritante niño de papá que hacía que mis hormonas se pusiesen a danzar. ¡Dios, que burra me ponía! ¿Hace falta decir que me impresionó a primera vista? En ese momento, miraba con celo, cómo rodeaba la cintura de avispa de una de sus conquistas del Instituto.

Ocultaba su torso bajo una fina camiseta con un dibujo en gris de una guapa y exótica mujer. Se pegaba a su esbelto cuerpo y a sus anchos hombros, en un exitoso intento por exhibir su buena forma física. Mis dientes se deslizaron por mi labio inferior, con la idea de dejarme marca. ¿Cómo era posible que con tan sólo un día de curso, ya había perdido el 'tete' y la cabeza por un tío? '¿Y quién es ese?', me pregunté para mi interior, alzando la cabeza y con los ojos fijos en él.

Pues era un chico que cursaba en mi Instituto, pero yo, raro en mí, no había reparado antes en él. Pero era el tipo ideal para esa animadora rubia, aparentemente descerebrada. Y digo 'aparentemente', porque era una de mis ‘amigas’, lo que no dejaba muy claro era que careciera de mollera, y que su pelo rubio era teñido. Sabía que no me quedaba sin una respuesta por parte suya. Y así fue. No tardó en decirme:

___¿No le conoces? Es Javi Milano
___¡Uff, pues está buenííííííísimo! ─alargué ésa palabra a propósito, de modo que terminó convirtiéndose en algo jocoso.

Este año no estaba yo muy animada para comenzar de nuevo las clases. Después de un verano de cero sexo masculino, acabé sin comerme una rosca. La coqueta casa de playa de mi abuela, en la zona de Cádiz, no me dio ese empujón para pasar las vacaciones que una chica de mi edad debe tener. En cierta manera, me avergonzaba no poder contar a mis amigas algún rollo del verano. En los veinte días que estuve de vacaciones, lo único que medio me mereció la pena era un socorrista polaco, que rozaba los treinta y cinco; no estaba mal, pero era demasiado mayor para mí. Hablamos alguna que otra vez, sin llegar a más...

Pero en este último curso estaba viendo las ventajas sexuales que me ofrecía mi Instituto de siempre.

Esa nueva conquista del tal ¡Mi—la---no! era una chica de un aspecto físico parecido al mío: ojos y boca grandes, cara sensual, además de simpática y dicharachera, pero su pelo negro no llegaba ni a sus hombros. Y se acicalaba y se pintaba más que yo. Algunas veces, muy ocupada en ocultar sus comisuras bajo un kilo de coloretes. Era, en pocas palabras, la más loca del Instituto.

Retomo lo que estaba diciendo poco antes con mi total interés puesto en Javi.

Me invadieron unas repentinas ganas, que quedaron en sólo eso: en repentinas, de tirarle de los pelos a aquella rubia, que ya empezaba a contonearse delante de él. La tía vestía una minifalda, que tapaba menos de lo que enseñaba, descubriendo unas lustrosas piernas bronceadas, seguro que del sol del verano. Aunque su estatura no sobrepasaba la mía, estaría en lo cierto al cien por ciento de haber podido hacer una comprobación poniéndome a su lado para ver si aquella tipa medía un centímetro más que yo. Pero eso no era tan relevante.

Con lo que no podía competir era con las dos tallas más de sujetador que usaba. Nadie podía negar que era una absoluta provocadora, de la que ya se sabía que 'se lo hacía' con cualquiera en el asiento trasero de los coches, en los moteles y en las discotecas, incluso cobrando.


Pero yo ya tenía muy claras mis intensiones: ‘antes que acabe este curso escolar, me tiraré a ese tío’


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Mensaje  achl el Miér Mar 29, 2017 3:21 pm




En Troya me violaron a lo troyano

Entré en aquel salón, rodeado de estatuas femeninas. Damasquinados y yeserías arábigoandaluzas en paredes, y grandes lámparas de araña en los techos. Había una decena de cuadros con escenas mitológicas de centauros y cíclopes. En uno de ellos, como paisaje de fondo, Troya ardía devastada.

A la luz de las velas, la estancia fosforecía de un rabioso granate, pero los grandes sillones de terciopelo verde brillante con trece cojines amarillos de seda, fosforecían por sí solos.

Estaba desnudo, mi cuerpo de atleta de veinte años destilaba como una clepsidra olor a sándalo cereza, como en una mezcla híbrida de impuras sustancias y aromas balsámicos. Jarrones de cristal labrado, guardaban líquidos verdes y ámbares, cuyos líquidos de prestaban como el mejor de los afrodisíacos

Caí en un sueño en el que yo era un Apolo de belleza débil pero sublime. Mi torso de luna y nácar competía con la plata de aquellos candelabros despampanantes. En mi sueño mordía una flor, una extraña amapola rojiza y violeta. Y entre las volutas de vapor voluptuoso del fumadero de opio, aparecieron desnudas las náyades.

Las Venus de mi sueño llevaban tatuado un sapo en el pecho derecho, y un pez en el izquierdo. Estaban aceitosas incluso la mulata, que fulgía de aceitunos ámbares. Pronto empezaron a tocarme y a acariciarme. Algunas me rozaron los pies desnudos con la punta de sus pechos. Otras, me cogían de los hombros, y la más traviesa de todas, de profundos luciféricos ojos verdes, se aferró a mi verga y se la metió en la boca, devorándola.

Excitadas las otras por la escena de tan perfecta succión, se animaron a acometer mi cuerpo por todos los lados, llegando yo a sentir un enorme placer y a la vez un dolor por tan desenfrenada acometida.  

Me quemaba vivo. Me estaban desollando vivo con esa ramera sabiduría de embrujadas dementes. Me cabalgaron, aun mi pavor. Cada roce, era un suplicio; cada lengüetazo, un tormento. Me fustigaron como a toro.

Los latigazos que me propinaban me provocaban terribles dolores, y mi angustia era espantosa. Enseguida no les bastó el uso de sus labios y se metieron, una a una, y todas juntas, mi miembro en sus vaginas. Una lluvia púrpura cruzó por mis pupilas, ardiente y desagradable, con asco.

Me moría. Quería escapar de aquella furibunda violación, pero mi cuerpo, laxo y endeble, no respondía a mi deseo. Me sentía tan lacerado y tan sucio en cada lamida y en cada movimiento, que incluso llegué apedir la muerte. Nunca antes había recibido tanto gusto y tanto disgusto al mismo tiempo.

Aquella angustia, en todo mi cuerpo, escarbaba profundos laberintos. La tortura duró horas o... no sé cuánto, hasta que, derretido, eyaculé mi muerte decenas de veces.

¿Cuánto duró aquella masacre sexual contra mi persona? Habría que preguntarles a las masacradoras. Sólo sé que pasaron por mi mente veinte espantosos súcubos, hieráticos, bellos y terribles.


¿En realidad duró tantas horas? Repito que no lo sé. Lo que sí sé es que cuando salí de mi sueño estaba maltrecho, como si hubiese recibido cien embestidas de un rinoceronte


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Mensaje  achl el Miér Mar 29, 2017 3:34 pm





Esa es la mujer

A veces se cruza en tu camino una mujer que, por su propia decisión, quiere ser tuya. Y a uno le entra un deseo de conocerla, de conocerla a fondo, de amarla, de tocar su piel, de besar su boca, de tenerla para ti, junto a ti. Y yo tengo que confesar que me bebo los vientos por una mujer desde el primer día que se cruzó en mi camino. Y no es sólo su físico, que también, hay más: una extraña fuerza que me hace sentir un deseo de desnudarla espiritualmente, para unir nuestras almas y nuestros corazones, y físicamente, para practicar sexo juntos.


Esa es la mujer a la que quiero comerme a besos, saborear su boca y que mis dedos dibujen su figura bajo la luz de la luna

Esa es la mujer que hace que el poder de la adrenalina se añada al de la pasión

Esa es la mujer a la que quiero estrechar contra mí, haciéndole ver mi virilidad

Esa es la mujer que la excitación de poseerla, por debajo de su falda, deje escapar un gemido apagado

Esa es la mujer a la que quiero acariciarle sus muslos, acercándome a su entrepierna para sentir su calor, mientras mis manos exploran todo su cuerpo

Esa es la mujer a la que quiero que mis besos la recorran, parándose en sus deliciosas partes nobles, esas que me llevan al cielo

Esa es la mujer a la que deseo ese gran final, que me gusta retardar

Esa es la mujer a la que quiero abrir su blusa y desabrochar tu sostén, coger sus pechos y pegarlos a mí para que me sienta, y yo la sienta

Esa es la única mujer que ‘me pone’, ¡y de qué manera!

Esa es la mujer a la que quiero besar su cuerpo suavemente, hasta acabar extasiado

Esa es la mujer a la que quiero tocar su alma y su corazón

Esa es la mujer a la que mi lengua quiere lamerla por encima su ropa interior, liberando un gemido.

Esa es la mujer que con mis dientes quiero bajar sus bragas, destapar ese regalo, lamerlo, saborearlo y metiendo mi lengua para catar sus mieles. Y penetrarla saliendo líquido de su flor, chuparla despacio, y saborear sus jugos


En la intimidad, me quito los pantalones, saco mi miembro, me acerco a su oído y con palabras sutiles le digo: ¿me deseas? Y cuando baja su cabeza y su boca me lame, suelto un gemido. Nos fusionarnos, disfrutando de su boca hasta no poder más. Delicadamente alzo su cuerpo, abro sus piernas y de nuevo la penetro, sintiendo cómo entra cada centímetro de mi miembro.

Siguiendo, jalo su pelo y poco a poco la atraigo hacia mí, disfrutando de sus redondos y proporcionados senos con la otra mano hasta hacerla enloquecer, hasta que nuestros cuerpos topan a tal grado que reviento dentro de ella y a la vez me abandono a una pasión desenfrenada.


Y todo eso tan sólo es un aperitivo de las grandes noches que pensamos devorarnos el uno al otro


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Mensaje  achl el Miér Mar 29, 2017 3:56 pm




Gozo y las hago gozar con lo que les ordeno

Por órdenes severas mías, juntó sus piernas oprimiendo la negra prenda. Inclinó su cuerpo de nuevo mostrándome sus jugosos labios apretados, como los labios virginales de una muchacha adolescente. La inclinación se acentuaba con el lento descenso de la única prenda por sus largas y torneadas piernas, encorvando sus caderas siguiendo la trayectoria de los brazos. Sus labios vaginales se apretaban cada vez más, oprimidos por la encorvadura de sus caderas.

Al tocar el suelo, su cuerpo recuperó su posición primitiva. Sus piernas se alzaron en orden, desprendiéndose de la última prenda que acariciaba su piel morena.

El dedo índice de mi mano izquierda, más diestra para mí, la hizo doblar repetidamente. Su cuerpo desnudo caminó en el suelo del salón, dejando atrás la escasa vestimenta.

____Ya veo, con una enorme satisfacción, que has sentido mucho placer al complacerme.
____Sí, mi amo.

Mis dedos surcaron por su sexo, humedeciéndose con la transparencia de su jugosa excitación.

____¿Ha sido excitante para ti sentirte una hembra sumisa?
____Sí, mi amo -respondió separando ligeramente sus piernas, facilitando el acceso a mis dedos.
____¡Umm, delicioso! Es que esto que te ordeno deleita el más refinado y experto paladar masculino.

Le dije esa expresión con cara morbosa al saborear uno de los dedos que contenía esa fluidez femenina.

____No recuerdo ya el tiempo que no saboreaba algo tan exquisito.

Su cara se iluminaba de placer, como un gusto emocional.

____Ahora, ponte cómoda en la cama.

Le dije, al mismo tiempo que me dirigía hacia el armario y que después hurgué en él.

Su cuerpo desnudo se tendió sobre la fina sábana que cubría la cama.

____¿Alguna vez te han atado a la cama? -le pregunté, sacando cuatro cuerdas de cuero del armario.
____No, nunca.

La primera cuerda cumplía su misión de atarle la mano izquierda en el cabecero de la cama.

____¿Te gustaría?
____Mucho. Siempre ha sido una de mis fantasías.
____¿Nunca se lo pediste a ninguno de tus amantes?
____No, no me atrevía, me daba vergüenza.

La segunda cuerda hacia lo mismo con el pie del mismo lado.

____Esta noche perderás esa vergüenza. Supongo que sería la causante para no pedirle a tus amantes que te vendasen los ojos.

Las cuatro cuerdas la inmovilizaban en la base de la cama. Hurgué de nuevo en el armario, sacando una venda de seda.

____¿Me vendará los ojos? -preguntó al ver la venda entre mis manos.
____Si no te los vendase, te privaría del mayor placer que puede concebir el sexo.
____¿Cuál placer?
____El erotismo; un placer ciego. ¿Alguna vez lo has sentido? -negó con la cabeza, repetidamente.

Mi cuerpo se sentó en el borde de la cama, con las manos acariciando la suave seda. Sus claros ojos me miraron por última vez oscureciéndolos al vendarlos con la fina seda. La yema del dedo índice de mi mano derecha recorría con delicadeza su piel desnuda, despertando al primero de sus sentidos; el tacto.

____¿Sabes con que te estoy tocando?
____No, mi amo.
____La seda te está privando de utilizar la rápida estimulación de la vista, desconociendo que está recorriendo sobre tu piel; apagando la ardiente llama de tus ojos.

La yema seguía navegando parsimoniosamente sobre su excitada piel. Al apagar esa llama se siente la oscuridad del erotismo, su intenso misterio: el agudo oído, el sabroso gusto, la sutileza del tacto y ese rastreador del olfato; sin olvidarme de esa incertidumbre de la ceguera: inmenso placer ciego.

Me levanté de la cama, abandonando la habitación.

____¿Dónde está, mi amo? -no hubo respuesta por mi parte.

Su cuerpo completamente desnudo seguía inmovilizado por el cuero. Su vista vendada, oscurecía a lo que ocurría a su alrededor. El misterio del erotismo.

____No me deje aquí atada, mi amo.

La refrescante luz de la nevera iluminó la apagada cocina. Volví a cerrar la puerta de la nevera, oscureciendo su bombilla. El ruido del microondas retumbó en el oscuro salón, siendo audible desde mi habitación, donde mantenía el cuerpo maniatado de mi sumisa. Caminé en la oscuridad del salón.

____Tranquila, no dejaré atado tu cuerpo esta noche -le respondí al entrar de nuevo a la habitación.
____No temas, es sólo una pinza. Sería muy sencillo si te dejase despierto el sentido del olfato, reconocerías lo que he traído para ti.
____¿Qué ha traído, mi amo? -otra respuesta silenciosa por mi parte.

Un gemido fue su reacción al sentir como el ardiente hielo se deslizaba sobre su cuerpo desnudo, dejando un translúcido rastro en su piel. Su cuerpo helado serpenteaba por él a su antojo, movido por mis pinzas.

Creaba diminutos círculos en sus pezones, estimulándolos. Otro gemido soltó al introducir su diminuto cuerpo en su jugosa entrepierna, sintiendo sus escarchas en aquel interior de su cálido sexo. Su transparente cuerpo disminuyó casi de una forma imperceptible al salir, envuelto en su jugosa intimidad.

Era hora de bañar al empapado cuerpo cuadrado de hielo. Su ducha era el embalse recién fundido de chocolate. Giró la cabeza instintivamente al oír cómo crujía en el embalse fundido. La expresión en sus labios era la incertidumbre de ese crujido.

Sostuve el goteante hielo sobre su cuerpo, a la altura de su cintura. Las cálidas gotas refrigeradas caían sobre ella. Algunos segundos estuvieron endulzando su piel, levitado en el aire hasta que cesó el goteo. Su rostro vendado se mantuvo inmóvil, paralizado; era incapaz de reconocerlo con los sentidos del olfato y la vista apagados.

La pomposidad de la cama se hundió al subirme en ella, colocándome sobre su cuerpo desnudo. Mis rodillas se clavaron en su cuerpo artificial, apoyándome delicadamente sobre su pelvis. El dulce baño de chocolate volvía a colorear un gélido rastro sobre su piel morena. La combinación era deliciosa. Solté la pinza junto con el bañado cuerpo de hielo. Incliné mi cuerpo, clavando mis manos en la pomposidad de la cama.

Por tercera vez seguí aquel rastro, borrándolo de su piel. Su respiración se aceleraba al sentir como mi humedad se deshacía del dulce rastro, serpenteando por su piel. Mi cuerpo se desplazaba en aquel descenso, que era su desnudez. La bombilla de la habitación me obsequiaba una imagen deliciosa al alumbrar con sus prismas el rastro húmedo de mi lengua sobre su piel exótica.

____Quiero probarlo, mi amo -dijo con una voz crujida por las profundas respiraciones que empezaban a oprimir a sus pulmones.

Me desprendí de la camisa, desnudando mi torso. Mi cuerpo adoptó la postura del clásico misionero, apoyando las manos a la altura de sus hombros.

____Aún no. Todavía es pronto para revelar el misterio -respondí.

Mis dulces labios besaban su cuello, dejando unas leves huellas de aquel baño fundido. Unos agudos gemidos emanaban de sus adentros con mis besos.

Mi cuerpo volvió a levantarse de la cama, cayendo al suelo. La ropa que quedaba vistiendo mi cuerpo la desprendí, quedándome completamente desnudo ante los vendados ojos de mi sumisa. La presión de las pinzas desapareció.

Me arrodillé sobre la cama quedando mis labios a la altura de su húmeda entrepierna. Deseaba arrancarle de sus adentros el primer orgasmo de la noche. Sin que yo se lo autorice, no puede correrse.

Mi suave lengua empezó a lamer los labios hinchados de su cavidad más erótica, estimulando a su cuerpo. Mi lengua creaba lentos círculos sobre los excitados labios, intensificando sus gemidos y su respiración.

Mis dedos volvieron a los movimientos rápidos sobre el nervio de placer. Los círculos sobre los hinchados labios se aceleraron. Su espalda empezó a arquearse de placer, por el rápido movimiento de mis dedos. Mis labios se inundaban de su espesa excitación impregnándolos de aquel exquisito sabor. Mis dedos aumentaron sus acelerones semicirculares retorciendo a su espalda en un intenso placer.

Ambos acelerones cambiaron sus posturas al traspasar dos minutos en ese intenso placer. Tres dedos envestían salvajemente a su entrepierna, separando sus labios en cada una de ellas. Mis labios estimulaban a su nervio de placer. Un tercer invitado se unió al festín: los dientes, dando excitantes bocados en su entrepierna, mientras que esos dedos seguían en el mismo salvajismo.

Los gemidos se convirtieron en alaridos; gritos de puro y duro placer ante la faena de mis labios, mis dientes y mis tres dedos.

Mi mente deambulaba en la oscuridad del armario del cuarto contiguo, donde reposaban varios consoladores de distintos tamaños y materiales, que utilizaba para estimular a mis hembras sumisas en mi habitación de los juegos.

Borré esa idea de inmediato de mi pensamiento; rechacé que mi sumisa apreciase ese cuarto, al menos aquella primera noche.

Mis tres dedos se paralizaron, arqueándose en las paredes internas de su intimidad, como lo estaba haciendo su espalda. Los dedos se lubricaban de su fluida excitación en su interior.


Su respiración acelerada, sus gritos de placer y la forma de arquear su espalda, me avisaban de la proximidad de su primer, gran orgasmo de la noche


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Mensaje  achl el Miér Mar 29, 2017 4:35 pm




Hambre de ti

No quiero dejar de mirarte. No quiero cerrar mis ojos, pues en tu cara, encendida por el calor que nos abrasa, mora ese gesto que es mío, que sólo tú y yo conocemos. Me gusta mirarte; ver cómo se acerca tu cuerpo al mío y ver tu pecho terso y tu cuello fuerte donde se aloja mi boca y por momentos sale al encuentro de tus besos, sobre todo de esos gestos que, al dibujarse en tus labios entreabiertos, parecen una sonrisa, y de pronto me aparece una hambre insaciable que me ahoga: hambre de ti...

No hay cara más perfecta que la tuya cuando esbozas ese gesto Me hace vibrar por dentro. Me hace sentir que da sentido exacto a ese ritual que nos envuelve, a lo que mi ser percibe, a tu sudor escurriendo por tu frente, a ese tu olor tan exquisito que destilas cuando me amas irracionalmente, a nuestros besos, entre suspiros ahogados, a mis manos recorriendo tu húmeda espalda, al peso de tu cuerpo, que separa a la par mis muslos, a la seda y la dureza que se conjugan de una forma profunda, uniéndose en un vaivén infinito nuestros cuerpos.

¡Ese gesto es mío, sólo mío!


Y cuando yo te imagino así, te quiero y te deseo más que nunca


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